“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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jueves, 20 de agosto de 2020

De repente me encuentro...

De repente me encuentro en la calle Princesa de Madrid, a la altura de Ventura Rodríguez. Acabo de dejar atrás las Concepcionistas y, enfrente, el Palacio de Liria. En realidad estoy a cuatrocientos kilómetros de distancia, en Santander. Pero ahora prefiero avanzar por esa calle madrileña, que tanto he transitado, mientras me pregunto a dónde voy, hacia dónde camina mi vida. Si llegaré a Plaza de España y acometeré Gran Vía, o si daré la vuelta, a la Plaza de los Cubos. Cuántos recuerdos de intimidad velada esconde para mí ese rincón. Y los cines Princesa, Renoir y Golem, cuántas gratas horas en versión original, solo o en compañía de otros.

Estaba aún en la calle Princesa. Por allí tenía su casa y su salón literario la Condesa de Pardo Bazán, de feliz estatua en la acera contraria. Por allí había un sitio de multicopias donde tiré ejemplares de mis trabajos universitarios. Cerca también la calle del Limón, donde vivía un buen profesor mío de Arte e Historia universal. 

Cruzando Tutor, más abajo, en Ferraz casi, el impresionante Museo Cerralbo, en el que el tiempo se detiene en el siglo de las guerras carlistas. 

Cuando uno transita por esas calles, en verdad no sabe hacia dónde se dirige ni por qué. Puede subir o bajar, pero siempre le parece permanecer en el mismo estado de espera y en el mismo sitio. Tal vez cerca o tal vez lejos de casa. Tal vez aún con veintitrés años o tal vez con cincuenta y tres. Puede que tranquilo paseante, o impaciente y apresurado por llegar a una cita. Con sus parientes vivos o ya no. Con las esperanzas e ilusiones por hacer, o con ellas olvidadas. Con una bolsa de El Corte Inglés y un regalo dentro, o sin nada en la mano. 

Si deseo capturar múltiples retazos de mí mismo, o la intemporalidad de mi persona, no he de separarme de la calle Princesa. No es mi rincón favorito de Madrid, pero sí uno de los que mejor me representa y contiene. Me da la sensación de que ahí empieza y acaba todo. De que alimenta mi soledad siempre reinstaurada. Donde me siento escupido al mundo, y sin un por qué ni un para qué o un hasta qué tramo del paseo.

Definitivamente, nunca encontraré a los demás allí, conmigo. Solo mi eterno ser ausente. La presencia fantasmal de un hombre que nunca sigue una dirección definitiva ni alcanza una meta determinada. 

Siempre, de repente, sigo a alguien; me doy cuenta: soy yo. Me encuentro en Princesa.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2020.

sábado, 4 de enero de 2020

Pérez Galdós, novelista ejemplar.

El domingo 04 de enero de 1920, a las tres y media de la madrugada, Galdós estaba solo en su dormitorio de su casa de Hilarión Eslava (Madrid). Agonizaba por unas úlceras intestinales, consecuencia de un ataque de uremia. De repente, trató de alzarse de su cama y soltó un grito intenso. Entraron sus allegados, con su hija María a la cabeza. Lo encontraron acabado por un colapso espasmódico que le había dejado en la boca una mueca de horrible dolor. Acababa de morir el mejor y más completo y prolífico escritor español después de Cervantes.
Benito Pérez Galdós fue el gran observador de la vida de la época que va entre la Revolución liberal «Gloriosa» de 1868, el Sexenio Revolucionario (o Democrático) y la Restauración borbónica a partir de 1875. Su influencia impregna la llamada «Edad de Plata» de la cultura de nuestro país, con el Modernismo, el Desastre del 98, el Novecentismo y hasta la Generación de 1927 (Federico García Lorca llegó a conocer --anciano y prácticamente ciego-- a su admirado novelista antes de que expirara). Galdós es el retratista más esmerado de Madrid: sus barriadas, sus clases sociales, sus calles y comercios, sus cafés, sus animadas tertulias, y, también y especialmente, su habla castiza. Galdós se inspiró en los sainetes de Ramón de la Cruz para decidirse a plasmar con extraordinaria precisión cómo usaban el castellano las gentes de Madrid. Es así que la presunción, la arrogancia o espíritu jactancioso, pasando por la falsa sapiencia ridícula, hasta llegar a la ignorancia humilde e ingenua, caracterizan a los distintos personajes del autor canario como nadie antes lo había conseguido. El friso de individuos de ambos sexos y condición social es tan extenso como el salón de batallas del monasterio de El Escorial. Enorme. Galdós esgrimía una habilidad innata para reproducir tipos reales, y hacer de ellos entes literarios redondos o, según naturaleza del lienzo, apuntes rápidos de genial caricatura. No en vano, mientras estudiaba en la capital esa carrera de Derecho que no le gustaba, se ganó algunos reales como dibujante para la prensa, para la que igualmente componía artículos de muy variopintos temas que no le pagaban. Galdós dibujó a Higinia Balaguer, la sirvienta condenada a muerte en el proceso por el crimen de la calle Fuencarral (1888). El futuro novelista se pulió como redactor de prensa en diarios como La Nación y la Revista de España. Confraternizó con científicos, políticos, juristas e intelectuales en el antiguo Ateneo de la calle Montera. De las conversaciones aprendía grandemente; algo retraído desde niño, prefería, sobre todo, escuchar, prestar oídos a quien tenía algo que decir. Era muy respetuoso, aunque luego liberaba una fina y aguda ironía en sus comentarios escritos. De templado temperamento, Galdós gastaba tez cobriza y ojos rasgados de guanche, pero porte esbelto, delgado y firme. Hijo de una madre autoritaria, fría y escasamente cariñosa, el escritor mantuvo su distancia frente a las mujeres: nunca se casó, porque no creía que un amor durara para siempre, ni tampoco que dos personas que juntan sus vidas deban ser esclavas la una por la otra (en esto coincide con la definición de Ambrose Bierce sobre el matrimonio como institución: «comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos»). Tuvo y mantuvo a varias amantes (alguna psíquicamente inestable), a quienes nunca llevó a su vivienda particular, por respeto a su intimidad y a sus hermanas y cuñada, que vivían con él. Fue compañero sentimental, durante un tiempo, de la condesa de Pardo Bazán, para quien era su «miquiño», su «ratoncito» y con la que viajó por Europa central. El 31 de diciembre de 1919 falleció de bronconeumonía su última y más encandilada amante, Teodosia Gandarias, mujer vasca y con la que se carteaba desde Santander cuando ella permanecía en Madrid. Este idilio duró ocho años, de 1907 a 1915, y pudo implicar un hijo para el novelista que debió de morir al nacer o muy poco después. Galdós se retrata a sí mismo en el independiente coronel Evaristo González Feijoo, de Fortunata y Jacinta, el cual mantiene durante una temporada al lozano capricho de Juanito Santa Cruz y perdición de Maximiliano Rubín. «Yo no soy celoso --le decía [Feijoo]--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna mujer, creo que no me faltarás...» Feijoo da libertad para entrar y salir del nido de amor a Fortunata, así como capacidad de determinación cuando se canse de aquel estado. Hay varios «viejos verdes» en las novelas de Galdós; recordemos, por ejemplo, también a don Lope Garrido en Tristana. Por descontado que el don Jaime que tienta a su sobrina en Viridiana, de Luis Buñuel --una libérrima versión de Halma--, se inspira, asimismo, en los maduros fogosos de don Benito.
Pérez Galdós era un hombre progresista, agnóstico aunque no ateo, liberal, tolerante, amigable y comprensivo. Le agradaba llevarse bien con todo el mundo, porque las ideas no han de quebrar nunca la buena amistad. Mantuvo una estrecha camaradería con escritores conservadores y neocatólicos, como los cántabros Pereda y Menéndez Pelayo. Para Galdós la novela debe ser el pulso de los acontecimientos, y en ello se asimila a Balzac y a Dickens. Galdós pone al día la narrativa en español, y pasa de ser narrador partidista en sus novelas primeras, de tesis (Gloria, Doña Perfecta), a narrador testigo más o menos imparcial en sus grandes relatos sobre los madriles. En su ciclo espiritualista (el último) se alía con el pueblo llano para combatir la indiferencia de la clase media hacia el futuro de España. En las novelas galdosianas, la aristocracia ha perdido influencia, pero no poder económico (sobre todo, en el ámbito rural); se intenta acercar a la alta burguesía, comerciante, acaparadora en la ciudad de fincas y de antiguos espacios conventuales. Las profesiones liberales (médicos, abogados, farmacéuticos, libreros, artesanos, tenderos) forman la clase media baja, en quien Galdós confía para que lleve a cabo avances no revolucionarios ni violentos. Mas pronto ve cómo esta clase esforzada y modesta decide cruzarse de brazos y ceder terreno a la involución, en detrimento de un país más justo y equitativo socialmente. Esa apatía lo aproxima, hacia 1905, a posiciones republicanas de izquierda (como la representada por el PSOE de Pablo Iglesias); Galdós llega a participar en mítines socialistas en Madrid. Como anécdota puede contarse que Claudio López, segundo marqués de Comillas, decidió retirarle el saludo de honor de sus barcos a su paso por la bahía de Santander. Galdós vivió el mismo dilema que Larra: un ilustrado adalid de una educación universal, científica y abierta, pero incapaz de asir las riendas de potros jacobinos. Galdós se atrevió a dar algún paso más, que seguramente le granjeó sobradas antipatías y le costaría el Nobel de Literatura, aunque entiéndase que dentro de la dialéctica parlamentaria y no fuera de ella, entre las barricadas del 65 y del 73. De hecho, vivió los tempestuosos acontecimientos de la sargentada liberal de 1866 entre las paredes de su pensión de la calle del Olivo, de la que solo salió para ver cómo conducían a los depuestos sublevados hasta la tapia del coso taurino frente al Retiro, para fusilarlos allí.
Como perfectamente ha comprendido Francisco Cánovas Sánchez, «En toda la obra de Galdós existe una búsqueda permanente de la identidad española. En sus primeras novelas expresó su fe en la capacidad reformista de las clases medias. Durante el régimen de la Restauración advirtió con pesar que las clases medias se habían integrado en el sistema y que habían claudicado ante los poderosos. A principios del siglo XX, consideró que la verdadera patria estaba integrada por los trabajadores que luchaban para mejorar sus condiciones de vida y construir una sociedad más solidaria.» (v. Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso, Madrid, Alianza Editorial, 2019, pp. 123-124)
Para Galdós, la clase popular es la fértil, la preparada para engendrar retoños, la que pare sin detenerse a pensar en las ventajas y los inconvenientes, la que aumenta la población de un país. Fortunata y su carácter libre, irreverente e indómito, alejado de los prejuicios morales y de las beaterías ñoñas, representa la fuerza y empuje del pueblo llano. Fortunata es la vida y da la vida. Su primer hijo muere, no consigue sobreponerse al hambre, la mugre y la miseria. Pero el segundo (adoptado por Jacinta, la señorita burguesa estéril) puede tener un porvenir más prometedor. Cuando Juanito se prenda de Fortunata, la descubre en la pollería sorbiendo un huevo crudo, evidente símbolo de vitalidad, de naturaleza recia y vacunada contra el escrúpulo. Vale la pena recrear ahora ese pasaje:
«La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.  
Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas con ella.  
-¿Vive aquí -le preguntó- el Sr. de Estupiñá?  
-¿D. Plácido?... en lo más último de arriba -contestó la joven, dando algunos pasos hacia fuera.  
Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»... Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:  
-¿Qué come usted, criatura?  
-¿No lo ve usted? -replicó mostrándoselo- Un huevo.  
-¡Un huevo crudo! 
Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.  
-No sé cómo puede usted comer esas babas crudas -dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de trabar conversación.  
-Mejor que guisadas. ¿Quiere usted? -replicó ella ofreciendo al Delfín lo que en el cascarón quedaba.   Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; le repugnaban los huevos crudos.  
-No, gracias. 
Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.» (Parte Primera, III)
Fortunata no teme a la vida. La afronta como viene, y en determinados momentos (cuando disfruta junto a Juanito y tiene sus hijos con él) hasta la vuelve suya, la doma y somete. Pero al final pierde su partida, por fuerzas mayores incontrolables: infidelidad constante del Delfín, represión familiar, y una pelea por su derecho natural que termina en hemorragia y en septicemia.

En las tertulias del café del Siglo, o en las del Gallo, disemina Galdós retazos de la forma de pensar de la clase media, que él no compartía de por sí. En este sentido, es significativo lo que apostilla José Ido del Sagrario ante Maximiliano, como la fórmula ideal del moderantismo:
«Porque mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando  empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le aplaudo». 
-Y yo también -dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel hombre razonaba discretamente. 
-¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?... -prosiguió Ido-. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre: «Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie. 
«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.» (Parte Cuarta, V)
 
Verdadera lección de Economía recibida por Rubín en un café, como si nada, más sucinta y sencilla que una clase magistral de facultad. Un gobierno populista espanta al capital, que se refugia en otro país. Y la alteración del orden que conviene al adinerado puede traer, además, la dictadura, el «cirujano de hierro» que vaticinaron los regeneracionistas como Joaquín Costa. Lo secunda el Delfín, dándoselas de entendido: «--Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté siempre con una estaca en la mano.» (Parte Primera, VIII) Retablo de panchitos, retozo y gozo de títeres de cachiporra.
«Buena es la libertad; pero primero es vivir». En eso se resume la consigna de quien desea llevar una existencia tranquila, pacífica y honrada. Que cada palo aguante su vela, y cada estrobo vaya a su tolete.

Respecto a sus creencias religiosas, el autor canario no las tenía claras. Admiraba la doctrina evangélica de la caridad, la misericordia y el perdón, pero no toleraba imposiciones dogmáticas ni en lo que se había convertido la Iglesia católica como institución de dominio, tiranía y poder autoritario. Hasta cierto punto, Galdós defendía los principios cristianos, siempre que se ejercieran desinteresadamente sin pedir del beneficiario nada en concreto. Apostaba don Benito, en última instancia, por una piedad interior, saboreada en silencio, privadamente. El proselitismo confesional le exasperaba y sacaba de quicio. La «Rata eclesiástica» de Fortunata y Jacinta es ese ejemplo de religiosidad controladora y directriz que Galdós no podía entender ni aprobar. Las Micaelas funcionan como un correccional para el sometimiento de las mujeres descarriadas y rebeldes. Quien amaba la capacidad de decisión individual no podía defender ese planteamiento reaccionario. La Iglesia era otro brazo armado de la alta burguesía, otro poder fáctico junto con parte del ejército y la monarquía alfonsina. Forma parte de ese orden decretado contra la libertad individual, como dejó señalado el profesor Julio Rodríguez Puértolas.
El cristianismo es una filosofía muy noble, pero que no funciona en la vida diaria, en la Naturaleza. Es traicionado y hasta pisoteado por los intereses egoístas e insolidarios, por esa tremenda y repetida ingratitud que se enfrenta a la caridad, al amor dispensado por el prójimo. Lo plasmó acertadamente Luis Buñuel en su versión de Nazarín, con el actor Paco Rabal de protagonista. Nazarín es un cura cabal, consecuente con el principio evangélico de humildad y pobreza. Es un santo varón predestinado a una vida penitente, y a poner siempre la otra mejilla:
«—Pero tengan por seguro que no me la dan [una parroquia] —añadía con seguridad exenta de amargura—. Y con plaza y sin plaza, siempre me verían ustedes tal como ahora me ven, porque es condición mía esencialísima la pobreza, y si me lo permiten les diré que el no poseer es mi suprema aspiración. Así como otros son felices en sueños, soñando que adquieren riquezas, mi felicidad consiste en soñar la pobreza, en recrearme pensando en ella y en imaginar, cuando me encuentro en mal estado, un estado peor. Ambición es ésta que nunca se sacia; pues cuanto más se tiene más se quiere tener, o, hablando propiamente, cuanto menos, menos. Presumo que no me entienden ustedes o que me miran con lástima piadosa. Si es lo primero, no me esforzaré en convencerles; si lo segundo, agradezco la compasión y celebro que mi absoluta carencia de bienes haya servido para inspirar ese cristiano sentimiento.»
El sacrificio de Nazarín no es comprendido ni por el pueblo llano, que lo ve anacrónico, inútil y sin sentido:
 «—Es un santo, créanme, caballeros; es un santo. Pero como a mí me cargan los santos..., ¡ay, no les puedo ver!..., yo le daría de morradas al padre Nazarín si no fuera por el aquel de que es clérigo, con perdón... ¿Para qué sirve un santo? Para nada de Dios. Porque en otros tiempos paíce que hacían milagros, y con el milagro daban de comer, convirtiendo las piedras   en peces, o resucitaban los cadáveres difuntos, y sacaban los demonios humanos del cuerpo. Pero ahora, en estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del teleforo o teléforo, y los ferroscarriles y tanto infundio de cosas que van y vienen por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los chiquillos de las calles?... Este cuitado que ustedes han visto tiene el corazón de paloma [...] ¿Enfadarse él ? Nunca. Si ustedes le dan un palo, es un suponer, lo agradece... Es así... Y si ustedes le dicen perro judío, se sonríe como si le echaran flores...»

Puede haber hombres santos, pero se ríen de ellos y no sirven para cambiar la muy áspera turgencia de la vida. Benigna, en Misericordia, es otra santa, y sin embargo pocos reconocen su entrega y sacrificio por su señora. Los santos no hacen el paraíso. Las conciencias no cambian, no se doblegan al altruismo. Por la misma razón, es difícil que todo buen propósito revolucionario triunfe en verdad y cambie este mundo mezquino para siempre. He ahí el callejón sin salida en que se encuentra el ser humano. Más de lo mismo. Es preciso que todo se modifique, para que también todo siga igual.

Que Galdós hacía hablar, e imponerse, al corazón, hasta llevarlo a temblar, da buena cuenta El abuelo. Un relato escrito contra las crudas tesis del naturalismo: la nieta que más quiere al anciano Albrit no es de su misma carne y sangre. El amor es un don espiritual que se tiene o no se tiene. A veces,es la última esperanza.
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Cuando Galdós hace testamento en marzo de 1919, tenía cien pesetas en su cuenta bancaria. Su mobiliario lo estimaba en cuatrocientas pesetas; sus libros y manuscritos en unas quince mil; su chalet de Santander lo valoraba en 125.000 pesetas; los derechos de autor (novelas y, sobre todo, adaptaciones teatrales) en 65.000 pesetas. A Teodosia Gandarias le asignaba una pensión mensual vitalicia de 250 pesetas. Sin embargo, el escritor reconocía una importante deuda acumulada de 34.325 pesetas. Pasó apuros económicos en sus diez o quince últimos años, hasta el punto de proponerse una cuestación popular para acudir en su auxilio.  Galdós hubo de operarse de cataratas en los ojos, intervención con la que no consiguió recuperar la agudeza visual. Se dio buena vida y gestionó malamente sus recursos e ingresos. Con el teatro ganó más que como novelista. Por eso se determinó a adaptar a las tablas los argumentos de algunas narraciones, ya que el teatro rendía mayores derechos de autor. Aun así, no escapó a la penuria monetaria. La pobreza le mordía como un perro enfurecido.
Al morir, recibió el postrer homenaje del pueblo de Madrid. Su capilla ardiente se instaló, a las siete y media de la mañana, en el patio acristalado del consistorio. El ataúd de caoba estaba sellado con una protección de cristal. A las tres y cuarto de la tarde partió la comitiva fúnebre hacia el cementerio del Este (La Almudena). A las cinco y media, Galdós era enterrado en un panteón en el suelo con lápida de granito.
©Antonio Ángel Usábel, enero de 2020.

lunes, 11 de febrero de 2019

Por la unidad de España.


Unidad no solo territorial, sino también de intereses comunes, respetando la idiosincrasia y riqueza cultural de los pueblos de España, pero trabajando todos por la prosperidad de la patria.
Esa debe ser la doble unidad, el doble aliento por el que se trabaje. España no es únicamente la Comunidad de Madrid, ni Castilla-León o Castilla-La Mancha. España es Cataluña, Valencia, el País Vasco, Galicia, Aragón, Andalucía, Extremadura, Baleares, Canarias, y todas las demás circunscripciones territoriales del país.
La situación de inestabilidad actual viene motivada por varias causas:
1ª. El derecho constitucional de representatividad significativa de las Comunidades Autónomas en el Congreso y Senado.
2ª. La sumisión de décadas de los partidos mayoritarios gobernantes (PSOE y PP) a los intereses nacionalistas, a cambio de apoyos en las Cámaras Baja y Alta.
3ª. La transmisión de competencias esenciales a las Comunidades Autónomas. Especialmente, el área educativa, lo que ha propiciado la adaptación y manipulación a conveniencia de los contenidos curriculares por parte de gobiernos locales nacionalistas.
4ª. El ansia de poder sin límites de los partidos nacionalistas (o locales), no contentos nunca con una autonomía más que generosa.
5ª. La interpretación de que el sistema democrático vigente en España (Monarquía parlamentaria) es un régimen impuesto durante la Transición política, merced a un pacto entre partidos, y no a consultas electorales que fueran perfilando el sistema democrático que se quería. Quien así cree, olvida los delicadísimos momentos por los que atravesó toda la sociedad española desde la muerte de Franco hasta 1981 (golpe de Estado de Tejero) y aun después. Lo complicado que fue el acercamiento de posturas, alcanzar pactos de consenso beneficiosos para poner en marcha nuestra democracia. Y todo eso en perpetua lucha con movimientos extremistas de un bando y otro, y de grupos armados terroristas (ETA y Grapo). La acción del terrorismo fue sangrienta e implacable durante varios años, con atentados todas las semanas, y secuestros y asesinatos premeditados cada sí y cada no. Hubo que vencer y sobreponerse a todo ese clima malsano, enemigo de libertades y del bien común.
6ª. La escandalosa corrupción política, que ha hecho perder la confianza en la democracia española y en los partidos mayoritarios, principalmente responsables, e implicados en ella.
7ª. La ausencia de armonización de criterios, en loor de un entendimiento fructífero, por parte de las fuerzas políticas españolas. La Constitución de 1978 podrá convencer más o menos, pero es la Carta Magna que regula todo el reglamento jurídico del Estado español y hay que defenderla, respetarla, cumplirla y hacerla cumplir, al menos mientras esté vigente.
Así pues, no se puede asegurar que haya hoy un único culpable de la agria situación de inestabilidad a la que nos lleva el separatismo.
La culpa es compartida. Por eso, la solución exige unión, determinación, fuerza solidaria. Saber lo que se quiere, por qué se desea así y cómo se quiere. España es grande y tiene que continuar dando cabida a su extraordinaria riqueza cultural. Una riqueza que ha de ser causa de orgullo general, y no de división o de desconocimiento entre españoles.
 España es una en su diversidad. Y los españoles todos hemos de mirar al futuro con optimismo, amando a nuestro país, a todo él. El porvenir en paz y prosperidad solo se puede construir con la aportación de todos los ciudadanos. Y para ello debe haber absoluta transparencia política, completa separación e independencia de poderes (legislativo, ejecutivo, judicial), honradez en el ejercicio de los cargos públicos, supresión de privilegios por desempeño de actividades públicas, disminución del gasto por duplicidad de puestos burocráticos, concierto educativo eficaz (ideológicamente neutro), igualación territorial, acceso libre a una formación laboral eficiente, empleo estable y digno para todos los españoles, derecho a una vivienda digna por parte de todos, paridad en los sexos, supresión de impuestos abusivos, calidad en la Sanidad estatal.
Puede que me olvide de alguna condición, pero entre las que he citado están muchas muy importantes.
Ahora resta que nuestros dirigentes amen al país y se entreguen a él verdaderamente. Y que nos animen y nos inciten a arrimar nuestro hombro a cada uno de nosotros. La cosecha dependerá del amor que demos a España.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2019.

jueves, 14 de mayo de 2015

Un mundo a la deriva.


Hoy he recibido por correo la propaganda electoral y las papeletas de voto de los dos partidos mayoritarios. Me he entretenido en abrirlo y observar su contenido. Leo la carta de Mariano Rajoy y leo verdades: “Hemos abordado juntos nuestro mayor reto en décadas. Una crisis injusta golpeó nuestras vidas. Millones de españoles perdieron su empleo. Familias afectadas y proyectos truncados nos hablaban a las claras del daño de un país aparentemente condenado a la quiebra o al rescate”. Sigue diciendo el actual presidente: “Han sido años muy difíciles (…) Hoy España ha cambiado, y este año aspira a ser el país que más crezca en la Unión Europea. No es por casualidad: se debe a las decisiones adecuadas para recuperar nuestro bienestar.” Y Rajoy reconoce: “Sé bien que la recuperación y la creación de empleo, tan visibles en las cifras, no se sienten aún en cada casa…”

Efectivamente, cuando llegaron los Populares al poder, España estaba al borde del rescate económico, quizá no tanto por la veleidosa gestión del PSOE de Zapatero, como sí por los efectos de una crisis mundial, originada en Estados Unidos, y debida a una larga cadena de préstamos irresponsables sin la oportuna fianza. Nuestra prima de riesgo quedaba por las nubes. Desde entonces, la política de recortes y de excesiva austeridad del PP ha conseguido evitar que nuestro país se haya hundido en el abismo (como le ha sucedido, claramente, a Grecia). Seguimos enganchados a Europa –eso sí, aniquilada nuestra minería, nuestra cabaña ganadera, nuestra agricultura, nuestra industria y alta metalurgia, nuestros astilleros, por obra y gracia de las concesiones de D. Felipe González Márquez. Esto hace que difícilmente podamos aproximarnos a la locomotora alemana, o a los primeros vagones de los estados del Norte. ¿Hay una Europa de dos velocidades, una consagrada a la producción e innovación, y otra sacrificada al sector turístico y de servicios? Sin duda. Por tal motivo, los ingleses se muestran reticentes y hasta se plantean continuar en la Unión, porque no quieren perder su identidad de potencia líder en el mundo.
De acuerdo con que se está logrando cierta estabilidad económica. Pero a costa de ahogar a las familias con la congelación de salarios, y aumentar la diferencia entre lo que se gana y el coste de la vida. Si la gente no gana, no puede consumir; y si consume tal vez lo honestamente comprensible, se endeuda. Cuando las empresas no facturan pedidos, van a la quiebra, y el gobierno liberal lo contrarresta permitiendo la precariedad en la contratación y las malas condiciones de los empleados. Así, “salva” a las empresas por un tiempo más. Prolifera el trabajo en condiciones esclavistas, donde hay sumisión y miedo a la protesta. Si no lo quieres así, hay doscientos en la puerta esperando. Los jóvenes, o no cuentan con el necesario aliciente para terminar sus estudios, o si lo hacen con brillantez, y obtienen su flamante Grado, han de exiliarse a otros territorios para ganarse un jornal digno con una continuidad y promoción garantizadas. Francamente, no quisiera que mi hijo, que tiene ahora nueve años y es pequeño todavía, se viera condenado a un exilio forzoso dentro de catorce o quince, porque en España no hay posibilidades ni oportunidades dignas para él, siempre que haya demostrado merecerse un buen empleo. Conozco gente joven –arquitectos, estomatólogos-- que ha debido marchar a Holanda y a Chile para labrarse un futuro allí. Resulta que estamos formando buenos titulados superiores para que, total, tengan luego que partir fuera de la patria, como “chimbamberos”, ese neologismo despectivo que se llega a aplicar al sudamericano sin fortuna que viene aquí, derivado de “Chimbambas” o Quimbambas, es decir, en sitio lejano o fuera de todo mapa. En el supuesto de que en España se alcanzara un soñado “estado del bienestar” (que no ha existido hasta la fecha), sería a muy largo plazo, y a costa del sacrificio de varias generaciones jóvenes.  Cada vez que miro, me doy cuenta de cuán parecida es esta sociedad a la reflejada por la Vida de Lazarillo de Tormes (1554): los jóvenes desempleados, puestos a servir a un patrón mezquino, o mendigando honra y honor a través de un discreto oficio estatal por oposición. Recordemos ese pasaje de nuestra mejor literatura heterodoxa: “Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento, por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa. Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen.” (Tratado Séptimo) Es con ayuda de las amistades y de cierta mano influyente como Lázaro procura su reposo, presente y futuro, haciéndose pregonero de sentencias. Amigos hay que tener hasta en el infierno. Nuestro pasado histórico llama, así, con esa sencillez e ingenuidad, a la puerta de nuestras peores pesadillas de hoy. Y no aprendemos.

Cuando los populares –u otro partido con empeño—consigan lograr, en esas décadas prodigiosas, la bonanza prometida, ¿repartirán, serán más justos con los que las han pasado canutas? ¿O será esto, por el contrario, un sinvivir perenne con el cinturón apretado y comiendo lo que han dejado los ratones? Que los liberales no descuiden ni ignoren nunca a la clase obrera, que necesita mimos hasta que sea, en  justicia, clase media, motora económica de un país bien equilibrado.
De momento, se espera de ellos que no aumenten los impuestos y que los hijos no vuelvan a pagar lo que, por decimoséptima vez, ya han pagado sus padres. Los partidos de izquierda, ansiosos de gravar todo, hasta los cubiertos de plástico y el capital conseguido con ahorro, se olvidan de esa realidad.
En Reino Unido, acaba de recibir el partido conservador de David Cameron una nueva confianza del electorado. Los británicos apuestan por la estabilidad económica de los tories. Cameron ya anuncia más austeridad todavía. Y eso significa sacar otra vez la podadera: más recortes en las ayudas sociales. El Primer Ministro quiere ahorrar doce mil millones de libras esterlinas (esto es, dieciséis mil  millones de euros), y bajar el techo de gasto social en ciento veinte mil millones de libras (o ciento sesenta mil millones de euros), excluyendo las pensiones, lo cual se puede decir que no es moco de pavo. Sin embargo, según el diario The Guardian, caerán las pagas por maternidad y las subvenciones en vivienda para los jóvenes, entre otros beneficios varios.

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La propaganda del PSOE habla de “soluciones justas” que no se dice cuáles son. Eso sí, se recuerda “a los que se encuentran en situación de indefensión o de vulnerabilidad o de falta de oportunidad, en condiciones inaceptables laboral o socialmente.” Y sigue: “Soy candidato de un partido, el partido socialista, con hombres y mujeres que consideran, asimismo, que las políticas públicas, los servicios públicos, los servicios sociales son una prioridad.” (Ángel Gabilondo). El propósito es muy digno y hasta imprescindible en una monarquía bien ordenada: priorizar lo público –que no tiene por qué ser sinónimo de gratuito al cien por cien--, como un servicio mayoritario, autosuficiente y de calidad. Donde estén una buena Sanidad y Escuela públicas, que se quite lo privado. No hay motivo de favorecer los recursos privados en estos sectores, cuando los mismos deben verse como un beneficio social común. El problema del PSOE es que sabe cómo gastar, pero no tanto cómo devolver dinero a la caja. Se gasta, y se gasta, y se gasta, y a menudo no se sabe en qué ni por qué –ya saldrá el sol por Antequera--, y luego se comprueba que las arcas están vacías, y que ha de llegar un gobierno liberal conservador para arreglar el desaguisado de tanto despilfarro y tanto amiguismo. Y de nuevo a apretarse el cinturón, y vuelta a empezar.
No se piense que el empleo camina mejor, necesariamente, con gobiernos de izquierda. Yo hice una carrera de Letras, y con las legislaturas de Felipe González, entre los años 1990 y 1996, no me vi en ningún modo favorecido por ese momento de optimismo desatado, y tan cercano, en apariencia, al estrato cultural. Fue con el segundo gobierno de José María Aznar, a partir de 2000, cuando comencé a ser requerido por la enseñanza pública para dar clases. Fue también en esa época cuando crecieron las ofertas de plazas de docente en las oposiciones de las distintas Comunidades, en especial, en la de Madrid. Y de esta guisa, las oportunidades para labrarse una estabilidad en el sector educativo. Hubo pues “vacas gordas” con el socialismo para algunos, pero no para todos.
La propaganda socialista comenta en otro apartado: “Hoy, en Madrid, existe una minoría que pretende que todo siga como está, frente a ella otra minoría aspira a desmantelar las instituciones” (Antonio Carmona). La primera minoría debe de venir representada por Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre. O sea, el continuismo. La segunda, por la ruptura radical de Podemos y/o Ahora Madrid. Entre ambas posturas se sitúa el “cambio tranquilo” del PSOE. Un cambio “sereno y honesto”, con “sentido común”, que anteponga a las personas, “que dinamice la economía sin asfixiarla con impuestos, que apueste por la cultura y la innovación, y que de una vez por todas ponga fin a la corrupción y a la impunidad en Madrid.” Los socialistas no pueden hablar, precisamente, de transparencia de gestión ni de perseguir el delito dentro y fuera de sus filas. Curiosamente, los mayores casos de corrupción –solapados durante años—se han descubierto en la etapa del PP, no estando ni mucho menos exento este grupo de sus pecados de deshonestidad y burla a sus votantes y a la sociedad en general.
El aliento a la Cultura es imprescindible, como imbuir a los jóvenes en ella. El PSOE lo tiene más fácil porque la mejor cultura es hecha por gente progresista. El último Premio Cervantes, otorgado dignísimamente al talento indiscutible de Juan Goytisolo, genial crítico de nuestros clásicos más lucientes, los heterodoxos, da testimonio de ello. Falta consolidar una ley orgánica educativa consensuada con todos los grupos parlamentarios, para que cunda la mecha de la inquietud por saber, esa pasión por descubrir que sentían, siendo jóvenes, D. Santiago Ramón y Cajal y D. Severo Ochoa, y que igualmente hizo de D. Marcelino Menéndez Pelayo un niño prodigio. Hay que igualar al alza, y no a la baja, como hasta ahora se ha hecho. Y construir una buena Formación Profesional y unos Grados que garanticen la excelencia de oportunidades para quien se esfuerce y vele por su preparación laboral, con una oferta de enseñanza generosa y amplia, y un sistema de becas sólido que respalde, avale y premie esa inquietud.


Sin embargo, ni en socialistas ni en populares he leído la palabra “ética”; ÉTICA, sí;  ni tampoco el reconocimiento de los errores de deshonestidad cometidos hasta ahora. Parece como si nada hubiera pasado. Como si nadie fuera culpable, por acción u omisión. Se olvidan de entonar un “mea culpa” en su propaganda, quizá por no admitir esa responsabilidad ante los jueces que conducen las causas penales abiertas por doquier. Pero una clase política que no admite los principios éticos, y que obra sin ellos, ¿qué país puede dejar a nuestros hijos? ¿Qué cimientos de conducta ejemplar se alzan pensando en los niños y jóvenes, adultos ciudadanos del mañana?
Antonio Carmona, candidato socialista a la alcaldía de Madrid, señala al “viejo profesor Tierno Galván” como modelo de gestor público. Efectivamente, fue un hombre muy querido, y llorado cuando murió. A mí también me sedujo por su simpatía, su mesura, y sus “aires cosmopolitas”. Me encantaban sus peculiares bandos, cuajados de barroquismo conceptista. Embelleció Madrid y modernizó y saneó muchos servicios públicos. Pero recuerdo sus pregones con su consigna de “Hala, a colocarse”, en alusión a probar los porrillos, si no algo peor, en un momento –la Movida—en que las drogas duras azotaban las noches de la capital y dejaban los parques y campas sembrados de mutantes. Porque no creo que D. Enrique se estuviera refiriendo –con segundas--  a otra manía menos psicodélica, pero no menos perniciosa, que también cundía por entonces y desde siempre: la de observar compadreo para el puesto, en vez de méritos y talento.
(Hago este inciso, al socaire de la alusión del candidato Carmona: Mi abuela materna, que todavía vive, fue muy amiga y compañera de trabajo de Encarna, la esposa de Tierno. Solía hablar mi abuela con ella con frecuencia y decía que el marido de esta “era muy inteligente”. Tierno Galván, hombre marxista y agnóstico, tuvo amigos y compañeros de Falange y consiguió sin problemas su cátedra de Derecho Político en Murcia, en 1948. Desde allí, y después desde un destino nuevo en Salamanca, comenzó a gestar su oposición al régimen dictatorial del Caudillo. En 1966, se exilia a Estados Unidos, a Princeton, tras haber sido expulsado de su cátedra por su actitud aperturista. Regresó a España con la democracia del Rey Juan Carlos.)
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 Vayamos acabando… Ciudadanos habla de combatir con firmeza y dureza la corrupción para sanear el sistema político. Pero no habla de bajar los impuestos y de dónde va a sacar los fondos para hacer ciertos cambios. Parece ser que entre sus filas lleva a antiguos falangistas, lo cual no tiene que ser malo de entrada, si pensamos en la lucha de José Antonio Primo de Rivera contra un capitalismo salvaje. Sin embargo, recordemos que el movimiento de Franco, en el cual militaron expresamente los falangistas, fue financiado por el banquero Juan March. Una de cal y otra de arena.


 Izquierda Unida es una postura extrema que, para obtener fondos por el bien común, lo mismo sacude el manzano de las grandes fortunas (como quiere hacer Podemos) que quizá sablea al tendero de la esquina, por vanidoso y judío. Es decir, arremete y atenta contra la clase media, sospechosa de aversión a las barriadas proletarias.
Mucho ruido y pocas nueces. Sin ética, entre mentiras y medias verdades, seguiremos navegando en un mundo a la deriva.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2015.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Perversidad y perversión de la Guerra Civil.

Hasta hace poco, de Agustín de Foxá (Madrid, 1903-1959) sólo sabía yo que tenía calle en Madrid y que había sido escritor falangista. Conocía el título de su novela más emblemática, Madrid, de Corte a checa (1938), de la cual había leído comentarios elogiosos vertidos por intelectuales de diferente signo. Hacía tiempo que tenía anotada la voluntad de leer esa novela. Una gana acrecentada si cabe, últimamente, por la Ley de Memoria Histórica, la exhumación de ajusticiados sin juicio justo, y el espíritu revanchista y rencoroso que se respira hoy, tras esa Transición que a algunos les parece poco, y a los que seguramente les agradaría retrotraer las responsabilidades criminales hasta el mismo cerco de Numancia. Entre esos “algunos”, los hay que ni tan siquiera la vivieron, y por consiguiente no pueden saber demasiado bien lo que andan denostando.

Este verano pude conceder unos días a la ficción de Foxá, que ha sido reeditada por el sello El Buey Mudo (2ª ed., Madrid, noviembre de 2009). Su comienzo imita el sainete esperpéntico de Baza de espadas, o de cualquier otra página tahúr del mejor Valle-Inclán. Estamos en los postreros días de la monarquía de Alfonso XIII, condenada a muerte mediante un pacto tácito entre liberales monárquicos, como Alcalá Zamora, y presidencialistas advenedizos como Azaña, entonces todavía un desconocido. El rey había autorizado una zafia dictadura –la de Primo de Rivera—y el régimen se descomponía sin ofrecer prometedoras alternativas. La clase media exigía cambios de relieve, y el sector obrero comenzaba a movilizarse formando agrupaciones sin cuento. La falta de entendimiento llevó a la ausencia de acuerdos, y la orfandad en los pactos al extravío de responsabilidades y a que se levantara la veda de la caza del enemigo político. Pronto, sol y sangre; con cada nuevo amanecer sobre Madrid, quince manzanas de casas asaltadas, saqueadas, convertidas en albergues de los sobrinos de Pascual Duarte, recién venidos del campo con su rancio abolengo analfabeto a cuestas y su fusil o escopeta al hombro. Cadáveres abandonados en las calles o en los solares del extrarradio, donde se fusilaba a los “facciosos”. Carnets y salvoconductos que no servían para salvar la vida si no portaban los sellos de la UGT y de la CNT. Edificios emblemáticos –como el Círculo de Bellas Artes—convertidos en prisiones donde se vejaba y torturaba.

En la Puerta del Sol, un 14 de abril de 1931, apalean a un gitano por gritar ¡Viva el Rey!. “Moría por don Alfonso –apostilla irónico el narrador—aquel hombre que sólo conocía de la Monarquía la rudeza de los tricornios” (pág. 80). Se inician los asaltos a iglesias y monasterios, que representan un milenio de educación reaccionaria y de alianza con aristócratas y clases altas. Un ministro del nuevo ramo los justifica con un socorrido y lacónico “más vale la vida de un republicano que todos los conventos de España” (p. 94). Seguramente no cae en el hecho de que gracias a la Iglesia tenemos civilización occidental, arte, comedores para indigentes y escolarización para críos de muy distinta extracción. Pero es que la llegada de la República inauguró para muchos no un periodo de libertad, sino de desbocado libertinaje, como el de ese joven que pellizca con descaro a las mozas, diciendo “Pa eso estamos en la República” (p. 81).

Juventud que corre como potro sin freno. El joven universitario José Félix Carrillo, de familia aristocrática que pasa sus veranos en San Sebastián y Cercedilla, se ve tentado por las posiciones hedonistas que alienta la República: amor libre, mujeres fáciles, poesías de vanguardia y filmes rusos. El agnosticismo pervierte. Al mismo tiempo, flirtea con Pilar, una chica de su posición, a quien terminan casando sus padres con un poderoso hacendado. El desánimo por sus torpes relaciones afectivas con muchachas de vida licenciosa contribuye en gran medida a que Pedro Otaño y otros amigos que escandalizan a los reductos proletarios de Cuatro Caminos, Tetuán y La Ventilla, consigan ganárselo para la causa falangista, cuyo líder, José Antonio Primo de Rivera, es el encargado de extenderle el carnet del partido. José Antonio es un reformista cristiano, que aboga por el orden responsable de toda la vida, por la educación moral del obrero y por la recuperación del triunfalismo imperial patrio (el día en que los españoles encuentren una causa común, España volverá a ser grande). Se junta en Or Kompon –un pintoresco local de Gran Vía—con sus camaradas Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, el marqués de Bolarque y otros, para componer un himno, el futuro “Cara al sol” (pp. 214-218). Cuando poco a poco vaya estallando la Guerra Civil, como efecto pernicioso de intereses diversos y oscuros ajustes de cuentas, veremos a José Félix mimetizándose para sobrevivir en un Madrid sacudido por camarillas radicales: socialistas, comunistas, anarquistas. Cada grupo con sus “checas” o cárceles del pueblo, sus peculiares tribunales de mozalbetes, limpiabotas, criadas y analfabetos, dictando jacobinas sentencias de muerte contra clérigos, señoritos, y demás buenos cristianos. Salir con buen pie de una checa –merced al testimonio de algún amigo camarada—no es garantía de que no se acabe conducido a otra, que la jeta no guste en aquélla –sino que desagrade—y que se dicte auto de fusilamiento inmediato contra el infortunado. Las familias burguesas se apresuran a militar figuradamente, cara a los registros, adquiriendo en la cuesta de Moyano las obras completas de Marx o de Trotsky. El aire de Madrid se torna irrespirable: se huele a incendio, a pólvora, a saqueo, a carne carbonizada. Madrid, pronto, se queda sin aire. La gente se apiña en las embajadas, buscando abrigo y protección. Proliferan por doquier los “pacos” (francotiradores de azoteas), los puestos de control y los coches y camionetas paramilitares. En muchas casas, se esconde en desvanes y hasta se empareda a los evadidos, intentando con eso librarlos de una suerte ruin. [Recuerdo que mi bisabuela Matilde contaba que tuvo escondidos en su casa de Gonzalo de Córdoba a refugiados de ambos bandos, que dormían sobre colchones en el angosto pasillo. Por su oficio de enfermera municipal, estaba llamada a salvar vidas humanas, fueran del signo que fueran].



La Dama del Alba se adueña de la ciudad y pasea del brazo de cualquiera, con entero casticismo: “Empezaba a clarear; cerca de las tapias del botánico, unas mujerzuelas tomaban churros y aguardiente, rodeando dos cadáveres. Parecían padre e hijo. Estaban con las cabezas ensangrentadas, desarticulados como espantapájaros, revueltos con los trajes oscuros. –Toma, que hoy entoavía no te has desayunao. Y aquella mujer metía un churro frío en la boca seca del muerto.” (p. 276). Unos falangistas, a quienes llevan a fusilar en un coche, gritan al paso de un control “¡Arriba España!”, para así llevarse por delante a sus sorprendidos ejecutores bajo una potente descarga (p. 293). Se fusila en el Cerro de los Ángeles al Sagrado Corazón (p. 271). “Tiraban todo un pasado. Las leyendas, los recuerdos, la nostalgia […] Y la ciudad se quedaba sin historia, como una ciudad nueva de Australia o Norteamérica.” (ibíd.) El cerco se estrecha alrededor de José Félix y ni siquiera su amistad con Alberti y su mujer, María Teresa León, parece aliviar sus penas. “Ponte de perfil, que te voy a retratar”, y caía otro "faccioso" sentenciado. Pedro Otaño se camufla de revolucionario y recorre la capital con los suyos, simulando falsos fusilamientos de gente que puede librar. Pilar ha enviudado al ser su marido víctima de los chequistas, quienes lo arrojan por una ventana a un patio interior (pp. 322-23). Por fin, un amigo, Joaquín Mora, le consigue a nuestro hombre unos salvoconductos de la CNT. En la estación están a punto de detenerlos, pero una republicana rusa, amiga de José, les firma los pasaportes y consiguen montar en el tren, hacia Valencia. Después, el expreso a Barcelona y la frontera de Port Bou. Una corta estancia en Francia, hasta que España va quedando en manos de Franco y sus militares sublevados. Entonces llegan San Sebastián, Burgos, Salamanca, Toledo… y de nuevo Madrid, que hay que contribuir a liberar de tanto rojo asesino a tiro limpio.


Madrid, de Corte a Checa –firmada en Salamanca, en septiembre de 1937, II año triunfal-- es una crudísima narración donde se masca el terror revolucionario. Las horas y los días se viven intensamente, con poderosa angustia y ganas de evasión. Se sufre por el triste destino de cada víctima y se valora la totalidad del relato como una denuncia de la barbarie humana, venga de donde venga, a pesar de que Foxá –por convicciones ideológicas bien determinantes-- la haga aflorar tan sólo de una parte del pueblo español, olvidando la violencia gratuita de quienes se alzaban para poner orden en tan confuso y fétido panorama político. Cuando uno termina la lectura de esta brillante novela, escrita con pulso y con ingenio irónico, piensa ¡Dios mío! ¡Gracias por librar a mis hijos y a mi familia de tamaña crueldad y catástrofe! Gracias por habernos evitado la terrible ruleta rusa de la Guerra Civil, y por habernos permitido vivir en un tiempo de paz y de entendimiento. Por eso, alabada sea nuestra Transición, con sus virtudes y también con sus defectos, ninguno tan grande, mezquino e irreparable como los cometidos por españoles entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939.

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[Agustín de Foxá, diplomático, conde de Foxá, llegó a académico de la R.A.E. en 1956. Colaboró en periódicos y revistas, como Jerarquía y Vértice, y dirigió la publicación hispano-italiana Legiones y Falanges (1940-43). Fue autor de los poemarios La niña del caracol (1933), El almendro y la espada (exaltación de la guerra; 1940) y El gallo y la muerte (1948). Como dramaturgo, destaca su obra Baile en capitanía (sobre la Segunda Guerra Carlista; 1944)]

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“Nos quieren robar este prodigio de entrega y sacrificio que representó la tropa de la División Azul, pero somos muchos los que recordamos aquella gesta, honramos su heroísmo y no olvidamos la epopeya de su sacrificio”. Esta reivindicación la hace José Utrera Molina, conocido abogado, en su artículo de fondo “Ladrones de la Historia” (ABC, 4 de julio de 2010). Según él, sus miembros “lo dieron todo por la Patria”, es decir, por España. Pero, que históricamente se sepa, la Unión Soviética no estaba en guerra con la España de Franco, sino con la Alemania nacionalsocialista, y la División Azul fue una tropa de voluntarios con la que se quiso pagar, de algún modo, la ayuda prestada por Hitler a los sublevados españoles durante nuestra contienda civil. Es decir, militaron con los nazis, y a favor de sus intereses bélicos, no de los de España, que entonces era supuestamente neutral.

La desconfianza de Franco hacia Hitler en Hendaya quedó luego de sobra justificada por las atrocidades sin número cometidas por el régimen nazi en Europa. La mayor y más imperecedera de ellas, el Holocausto, la Shoa. Seis millones de judíos –hombres, mujeres y niños—enviados a campos de exterminio. En Sobibor, hubo padres que fueron obligados a cargar con los cadáveres de sus hijos. En Treblinka había un pasillo natural al aire libre, flanqueado por setos y alambradas, donde se hacía esperar a mujeres hebreas con sus hijos, antes de pasarlas a la sala donde se las cortaba el cabello y, seguidamente, a la cámara de gas de monóxido de carbono, activado por un motor de tanque. En dicho pasillo, las mujeres no podían aguantar el miedo y se orinaban y defecaban de pie. También murieron “malos españoles” en las escaleras de Mauthausen, y homosexuales, gitanos, sacerdotes, disidentes políticos alemanes, disminuidos psíquicos, prisioneros de guerra rusos, y demás personal molesto. ¿Acaso haber defendido al régimen que ejecutó este GENOCIDIO también constituye una alegría para el recuerdo de los “héroes” de la División Azul? Más sería un recuerdo vergonzoso. Les invito a ver en DVD las más de nueve horas de documental con entrevistas a testigos y supervivientes del Holocausto –incluidos, verdugos alemanes— de Shoa, de Claude Lanzmann. Espeluznante rememoración. La importancia y trascendencia histórica del Holocausto acaban de ser reconocidas por el propio Fidel Castro, antaño líder de la revolución cubana, y hogaño discutible converso: “Yo no creo que nadie haya sido más injuriado que los judíos. Diría que mucho más que los musulmanes. [Los judíos] son culpados por todo, pero nadie culpa a los musulmanes por cualquier cosa. [Los judíos] han sido sometidos a terribles persecuciones y a progromos. Uno podría haber pensado que desaparecerían, pero su cultura y religión los mantuvo juntos como nación”. Además, en toda la historia de la Humanidad, “ no hay nada que se pueda comparar con el Holocausto” (El Mundo, 9-09-2010).

Utrera Molina habla de un amigo suyo de infancia –Enrique Morante Villegas—que se enroló en la División con dieciséis años, resentido por el asesinato de su padre a manos de un grupo de milicianos marxistas, que lo tiraron por el balcón de su casa. No fue el único. También fusilaron los republicanos a Pedro Muñoz Seca, cuyo mayor éxito, La venganza de Don Mendo, reponen actualmente en Madrid dos compañías distintas, y cuya despedida del mundo –“Me temo, señores, que yo no figuro entre su círculo de amistades”—supone un verdadero guiño al desenfado. Como también pasaportaron a otro intelectual “de derechas”, Ramiro de Maeztu, o a uno de los héroes del vuelo del Plus Ultra, Ruiz de Alda. Sin duda fue la despedida violenta del padre lo que condicionó poderosamente la actitud de aquel jovencísimo Enrique Morante y le llevó a buscar celosa venganza combatiendo en las filas de Muñoz Grandes. Se iba a luchar contra los comunistas, los “rojos”, los mismos que habían jaleado el vil asesinato del padre del muchacho. Ahora se dice de Vladimir Ilich Ulianov que alcanzó a convertirse en el Lenin revolucionario porque su hermanor mayor, Alexánder, fue ahorcado como enemigo del estado por orden del zar Alejandro III, padre de Nicolás II. Vladimir Ilich tenía diecisiete años cuando se produjo esta ejecución, un 8 de mayo de 1871, en la fortaleza de Schlüsselburg. Desde ese momento, se volvió agrio, y según el historiador Philip Pomper (El hermano de Lenin, Ed. Ariel) terriblemente vengativo. La ley del talión se cumplió con el fusilamiento del zar Nicolás II y de toda su familia y asistentes personales en Ekaterimburgo (v. La Razón, 14-05-2010).



Muertes, cruentas injusticias, las hubo en los dos bandos de nuestra Guerra Civil. La noche del 8 de diciembre de 1936, por ejemplo, en el monte de La Orbada, a 24 km de Salamanca, los “nacionales” fusilaron al pastor protestante Atilano Coco, muy amigo de Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Lo mataron por masón y por no ser católico, como Dios manda. Con él corrieron la misma suerte el Timbalero, crítico taurino, y un metre de hotel (v. Público, 9-11-2009). Todos sabemos lo que pasó con Federico García Lorca en Granada, cuya muerte responde más posiblemente a rencillas familiares y de propiedad de unas tierras, que a motivos específicamente ideológicos.

Y gracias a Franco, sin embargo, tenemos hoy en España carreteras, embalses, hospitales, iglesias y la posibilidad de una enseñanza confesional de carácter católico. Es decir, libertad de profesar un culto que, de otro modo, quizá hubiera sido definitivamente proscrito. El mismo Franco cuyos compadres no le acertaban a valorar en su justa medida, como obró el Duce Benito Mussolini, quien en diciembre de 1937, según atestigua el diario de su amante, Claretta Petacci, afirmó “ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. [Los españoles] son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ahí está la razón de por qué comen y duermen tanto.” (v. El País, 17-11-2009) Sin saberlo, en parte el Duce estaba coreando la principal razón histórica defendida por Américo Castro: España, crisol de culturas, cristiana, árabe y judía.