“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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lunes, 11 de diciembre de 2017

Auschwitz, la fábrica de la muerte.

El topónimo Auschwitz, en Polonia, se ha convertido a nivel mundial en sinónimo de horror. La masacre programada de más de un millón cien mil personas, la mayoría de etnia judía, por parte de las autoridades nazis del Tercer Reich. Frío extremo, hambre, plagas, trabajo a menudo inútil (como trasladar enormes piedras de un lugar a otro sin sentido), experimentos médicos, palizas, torturas, vejaciones continuas, separaciones forzosas, expoliaciones, hacinamientos, todo ello conformaba el paraíso de este campo de exterminio gigantesco, donde el lema principal era “El trabajo libera”. Una vez que Alemania y la URSS se repartieron Polonia, Himmler ordenó aprovechar unos antiguos barracones del ejército polaco para construir un campo de internamiento masivo. Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, fue el encargado de eliminar con prontitud eficiente, casi inusitada, a varios miles de personas al día, que llegaban en largos convoyes de unos cuarenta y siete vagones de ganado. A Höss, quien había visitado Treblinka y sus cámaras de monóxido de carbono, solo aptas para unas doscientas personas, se le ocurrió la idea de utilizar Zyklon-B, un insecticida comercial muy tóxico, aplicado en la desinfección de ropa, para asesinar gente en masa. Lo probó con unos prisioneros rusos, y los cristales funcionaron. Inmediatamente se levantó una cámara de gas, con crematorio aledaño, que después fue trasladada a  la ampliación de Auschwitz: Birkenau. Allí se diseñaron otras cuatro salas de asfixia con sus hornos respectivos. Las chimeneas no paraban de emitir residuos de ceniza al cielo. Noche y día. Sin descanso. La atmósfera era nauseabunda, irrespirable, casi ya en el propio apeadero de tren del campo. Cuando los prisioneros descendían de los vagones, lo primero que notaban era que allí no se podía respirar, por un olor fortísimo y penetrante. De inmediato, los perros azuzando a los recién llegados, los guardias gritando las órdenes, y formando las filas de selección. Los focos deslumbraban. Los niños, los ancianos y los enfermos, directamente al grupo destinado a la cámara de gas. Los jóvenes, los hombres y las mujeres sanas, al corte de pelo, el tatuaje y el barracón correspondiente. Bienvenidos al Infierno.
Hitler odiaba a los judíos. No los consideraba alemanes, ni con derecho a ninguna nacionalidad. Era el pueblo errante, eternamente exiliado. Al no albergar en ellos un claro y profundo sentimiento patriótico, y al distinguirse voluntariamente de la población general, se consideraba que trabajaban únicamente por sus propios intereses, y no por el beneficio común. Los judíos de todos los países se apoyaban mutuamente, para asegurarse el control de las finanzas y de los medios de producción. Movían los capitales y las fuerzas humanas a su antojo. Hacían y deshacían naciones a su capricho. Eran un azote que sometía a todo el mundo. Hitler los llegó a calificar de “virus”. Naturalmente, no hizo sino aprovechar ideas que habían resurgido con mucha intensidad en Alemania a finales del siglo XIX. Tanto Richard Wagner, compositor de óperas, como F. Nietzsche, filósofo, fueron profundamente antisemitas. La crisis económica, abismal y sin solución, que atravesaba la República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial, agudizó estos sentimientos de que el extraño, el extranjero, nos viene a quitar lo nuestro. Por otra parte, el ascenso del bolchevismo y de los partidos obreros radicales de izquierda, encrespó aún más los ánimos revanchistas y de ajustes de cuentas con parte de la propia sociedad germana. El dinero en papel no valía nada. Para comprar una sola barra de pan había que acudir con bolsas enormes repletas de cientos de billetes sin apenas valor. La inflación era tremenda; el empleo, volátil o escaseaba. 
Hitler se apoyó en empresarios arios para llevar a cabo sus proyectos y reformas de la sociedad. Su propósito era anular para siempre las castas y las clases sociales, uniformizando Alemania (y de paso, Austria) y obligando a cada ciudadano a participar en una idea común de fortaleza, de superioridad racial, de supremacía y poderío sobre todas las naciones (como reza aún el himno alemán). Una vez emprendida y con el tiempo consolidada la “causa común”, se llegaría a un Reich próspero que duraría, al menos, mil años. Ese era el sueño de Hitler.
Pero la solución al desempleo llegó no solo con la construcción de autopistas, carreteras y complejos residenciales y vacacionales para la clase proletaria, sino, especialmente, con el velado rearme del ejército germano. Las industrias alemanas –saltándose la prohibición—se aplicaron a diseñar y fabricar en serie nuevos cazas y bombarderos, nuevas bombas incendiarias (algunas, probadas en la población vasca de Guernica), nuevos obuses, ametralladoras, tanques, sumergibles y cuanto material bélico cupiera imaginar. La Alemania de Hitler se preparaba para la guerra, aunque el caudillo hablara cínicamente de paz y de concordia. Su propósito era invadir Europa y someterla a la disciplina nacionalsocialista. Y de paso, limpiarla de judíos, de homosexuales, de débiles mentales, de masones, comunistas y rivales políticos. Había que acabar con todos los indeseables y los promotores de un arte y unas costumbres “degeneradas”. La raza aria necesitaba conquistar su espacio vital. Solo el ario perfecto debía permanecer y mandar. La doctrina fascista, brotada de un nacionalismo intolerante, excluyente y acérrimo, pisaba fuerte con su bota en Europa.
De todo esto ofrece testimonio la exposición itinerante que en diciembre se ha inaugurado en Madrid, en el Centro Arte Canal (Plaza de Castilla). Lleva por título “AUSCHWITZ. NO HACE MUCHO. NO MUY LEJOS” y está a cargo de MUSEALIA. Más de seiscientos objetos procedentes directamente del museo de Auschwitz – Birkenau, completados con abundantes vídeos y fotografías. Tres horas largas de recorrido por la más terrible historia de la Alemania nazi. Una visita instructiva, de inmersión en las técnicas delirantes del nacionalismo racista, cuyo mayor mérito estriba en acercarnos la realidad de un campo de exterminio a nuestra ciudad, a nuestras mentes y corazones. Quizá quien haya visitado Auschwitz no necesite acudir a ver esta muestra, porque habrá mascado el horror del exterminio en su origen. Es más bien para los jóvenes que no hayan leído mucho sobre la Shoa (Holocausto) y para cualquier persona sensibilizada con la Historia reciente de Europa. Aunque resulte dura, conviene llevar a los niños mayores de doce o trece años, para que vean con sus ojos lo que ocurrió una vez, y que nunca debe repetirse. O somos conscientes de los errores y fijaciones de nuestro pasado, o los volveremos a reiterar en nuestro futuro. De hecho, ya ha habido después de Auschwitz otras masacres inhumanas: la Camboya de los jemeres rojos y Pol Pot, hutus contra tutsis, los bosnios musulmanes de Srebrenica (julio de 1995). La barbarie étnica y el fanatismo violento continúan; no descansan.
Es por eso que debemos tener muy presente lo ocurrido en Auschwitz y en los demás campos de exterminio nazis. Nadie es un pura sangre. Todos llevamos mezcla de múltiples etnias. El error del nacionalismo racial es ignorar o tratar de solapar este hecho, y alimentar el odio injustificado contra quien, acaso, también es hermano.
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Para aproximarse a lo que fue Auschwitz, con todo su horror, se pueden tan solo visionar los treinta minutos del documental Noche y niebla, de Alain Resnais, filmado en color en 1956. Quien quiera adquirir un conocimiento más amplio, debe ver Shoa, el estremecedor documental de nueve horas, con entrevistas a supervivientes y guardianes, realizado por Claude Lanzmann en 1985. Igualmente, resulta ilustrativa la serie documental Auschwitz, los nazis y la Solución Final (seis episodios más un anexo: La fábrica de la muerte). Para enterarse de quiénes ayudaron a algunos judíos a escapar del Holocausto, es excelente, a modo de ejemplo, el documental La encrucijada de Ángel Sanz-Briz (España, 2017), historia del diplomático español destacado en la embajada de Budapest, quien extendió más de doscientos pasaportes (algunos, familiares) y múltiples salvoconductos a judíos del gueto. Se asegura que su iniciativa particular (ajena al gobierno franquista de entonces) salvó a cerca de 5.500 personas. El número de largometrajes que han abordado el tema de los campos nazis es interminable. Los mejores, la serie de televisión Holocausto (1978, ganadora de dos Globos de Oro), La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1982, con la excelente interpretación de Meryl Streep), La escapada de Sobibor (Jack Gold, 1987), El triunfo del espíritu (Robert M. Young, 1989), La zona gris (Tim Blake Nelson, 2001, con Harvey Keitel) y, por supuesto, la obra maestra de Steven Spielberg, La lista de Schindler (1993). Sobre la conferencia de Wannsee, del 20 de enero de 1942, puede verse la recreación de la BBC-HBO La solución final (Conspiracy, Frank Pierson, 2001, con Colin Firth y Kenneth Branagh). Acerca del exterminio de personas de etnia zíngara, se ha rodado Y los violines dejaron de sonar (Alexander Ramati, 1988, también novela suya). Indirectamente, han tocado el tema Vencedores o vencidos (Judgement at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961) y Nuremberg (2000, con Brian Cox y Alec Baldwin). Sobre la honda crisis alemana durante la República de Weimar es imprescindible El huevo de la serpiente (Ormens ägg/ Das Schlangenei, 1977), maravilloso filme de Ingmar Bergman, con David Carradine y Liv Ullmann. Puede completarse con la revisión, una vez más, de Cabaret (Bob Fosse, 1972), basada en la novela Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, sobre el ascenso del nazismo y sus repercusiones en la sociedad y los espectáculos. Asimismo, para el problema económico de la posguerra alemana, es de oportuna lectura el relato breve de Stefan Zweig La colección invisible (1929), que trata la historia de un coleccionista de grabados notables, víctima de una ceguera espontánea,  cuya familia los sustituye por burdas copias para vender los originales y así poder comer.
En cuanto a bibliografía, esta es muy amplia también. Destacan los dos estudios del escocés Laurence Rees: Auschwitz. Los nazis y la “solución final” (Crítica, 2005) y El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos (Crítica, 2017). De Isaac Bensalom, Auschwitz. Los campos de exterminio nazis (Ultramar, 1993). De Ignacio Mata Maeso, Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto (Ediciones B, 2007), dedicado a su tío abuelo Alfonso Maeso Huerta, casi cuatro años prisionero en el famoso campo austriaco. A propósito de los verdugos y torturadores, hay un libro, soberbio, de imprescindible lectura: Bestias nazis. Los verdugos de las SS, de Jesús Hernández (Melusina, 2013).
© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2017.

miércoles, 25 de enero de 2012

El libro negro de Grossman y Ehrenburg.


Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores acaba de publicar la traducción al español de un libro maldito, prohibido: El libro negro, de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, recopilación de fuentes de primera mano sobre los crímenes del Tercer Reich alemán. La idea de dejar testimonio escrito de aquellas atrocidades (solo igualadas por otros regímenes autoritarios y fascistas, como la Rusia estalinista de Beria, los Jemeres Rojos en Camboya, y similares) partió del científico Albert Einstein, de origen judío, quien la lanzó al ruedo en 1942. La propuesta se transformó, como la materia, en iniciativa, y los periodistas hebreos Grossman y Ehrenburg comenzaron, con empeño, a darle forma. Para 1946, habían conseguido reunir y elaborar veintisiete tomos de cartas, diarios y anotaciones escritos por testigos de la barbarie, que el Ministerio para la Seguridad del Estado Soviético se apresuró a custodiar. Y tan perfectamente lo hizo y selló, que hasta 1980 esos documentos no pudieron ver la luz. Fue en Israel, a través de una versión expurgada. Stalin había prohibido su edición en 1947, nadie sabe muy bien por qué, aunque pudo ser para no dar alas al naciente nuevo estado judío.(Recordemos que ex prisioneras judías de Auschwitz-Birkenau han declarado, hace pocos años, a la BBC que también fueron violadas y vejadas por algunos de sus "libertadores" rusos, acaso los mismos que luego se aprovecharían de orgullosas hembras arias en el frente de Berlín.)

Los recopiladores intentaron dar voz  a quienes ya no podían tenerla. Parte de sus testimonios fueron filtrados al tribunal internacional de Nuremberg, que juzgaba los crímenes nacionalsocialistas. En especial, los que afectaban a las localidades de Treblinka y Majdanek.


 Algunos de esos relatos superan cien mil veces en crudeza y crueldad al más sórdido de los episodios góticos, a la más perversa de las páginas de Sade o del pederasta Apollinaire. Me he quedado impresionado por cuanto atañe al sacrificio de NIÑOS, pequeños inocentes llevados como corderos al matadero, que eran directa y personalmente aniquilados, uno tras otro, por las manos férreas de verdugos sin corazón. Pienso en mi hijo, y le abrazo y doy gracias al Cielo por no haberle hecho nacer durante aquel horror. Porque la infamia cometida contra un niño es el peor de los crímenes, el más sacrílego y brutal. "Ahora me pegas porque soy pequeño y no puedo defenderme, pues no estoy a tu altura", diría cualquier niño ante una situación de maltrato. El Antiguo Testamento insta a proteger de manera especial al inmigrante, al huérfano y a la viuda (v. Dt 10, 18; Is 1, 17; Jr 7, 6). El Evangelio va más lejos, y advierte severamente: "Al que cometa pecado con uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al fondo del mar. [...] Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial" (Mt 18, 6; 10). Y Jesús añade: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado" (Mc 9, 37).

Aquellos niños de los campos y de los guetos, privados de familia, a quienes nadie ya podía abrazar y proteger, eran expuestos al juego sucio y sangriento de un enorme Cíclope, un Ogro estatal totalitario sin entrañas. Puestos en fila, caminaban solos por un sendero hacia la explanada de su inmolación. Cuando no, cogidos por sorpresa por los pies o los bracitos, eran arrojados por encima del hombro a un volquete, hacinados y descalabrados del golpe. Medio inconscientes, perecían abrasados en las altas llamas de la gasolina nazi. Sus ojos estallaban como burbujas de aire comprimido. El relato de sus desventurado final en Treblinka, me ha inspirado estos duros y rotundos versos, que ahora comparto con vosotros:

Contra el Reino de los Cielos.

“Treblinka. Febrero de 1943.
Os voy a contar lo que hacía
el Hijo Puta de Nazi.

El Hijo Puta de Nazi
llevaba un martillo al cinto,
se arremangaba,
lo escupía
y con él daba
a los niños en la cara.
El matarife les hundía el tabique nasal.

Eso hacía el que tal vez
luego dormía tranquilo,
como si cumpliera
un acto caritativo:
librar al niño judío de un mal mayor.

Treblinka, Auschwitz, Sobibor…
La apoteosis del Tren del Terror.

¿Qué os parece
lo que obraba
este cabrón?”

[© Antonio Ángel Usábel,
17 de enero de 2012]

[Tomo parte de la información de ABC Cultural, sábado, 21 de enero de 2012: "El libro prohibido de Grossman", pp. 4-7]




sábado, 11 de septiembre de 2010

Perversidad y perversión de la Guerra Civil.

Hasta hace poco, de Agustín de Foxá (Madrid, 1903-1959) sólo sabía yo que tenía calle en Madrid y que había sido escritor falangista. Conocía el título de su novela más emblemática, Madrid, de Corte a checa (1938), de la cual había leído comentarios elogiosos vertidos por intelectuales de diferente signo. Hacía tiempo que tenía anotada la voluntad de leer esa novela. Una gana acrecentada si cabe, últimamente, por la Ley de Memoria Histórica, la exhumación de ajusticiados sin juicio justo, y el espíritu revanchista y rencoroso que se respira hoy, tras esa Transición que a algunos les parece poco, y a los que seguramente les agradaría retrotraer las responsabilidades criminales hasta el mismo cerco de Numancia. Entre esos “algunos”, los hay que ni tan siquiera la vivieron, y por consiguiente no pueden saber demasiado bien lo que andan denostando.

Este verano pude conceder unos días a la ficción de Foxá, que ha sido reeditada por el sello El Buey Mudo (2ª ed., Madrid, noviembre de 2009). Su comienzo imita el sainete esperpéntico de Baza de espadas, o de cualquier otra página tahúr del mejor Valle-Inclán. Estamos en los postreros días de la monarquía de Alfonso XIII, condenada a muerte mediante un pacto tácito entre liberales monárquicos, como Alcalá Zamora, y presidencialistas advenedizos como Azaña, entonces todavía un desconocido. El rey había autorizado una zafia dictadura –la de Primo de Rivera—y el régimen se descomponía sin ofrecer prometedoras alternativas. La clase media exigía cambios de relieve, y el sector obrero comenzaba a movilizarse formando agrupaciones sin cuento. La falta de entendimiento llevó a la ausencia de acuerdos, y la orfandad en los pactos al extravío de responsabilidades y a que se levantara la veda de la caza del enemigo político. Pronto, sol y sangre; con cada nuevo amanecer sobre Madrid, quince manzanas de casas asaltadas, saqueadas, convertidas en albergues de los sobrinos de Pascual Duarte, recién venidos del campo con su rancio abolengo analfabeto a cuestas y su fusil o escopeta al hombro. Cadáveres abandonados en las calles o en los solares del extrarradio, donde se fusilaba a los “facciosos”. Carnets y salvoconductos que no servían para salvar la vida si no portaban los sellos de la UGT y de la CNT. Edificios emblemáticos –como el Círculo de Bellas Artes—convertidos en prisiones donde se vejaba y torturaba.

En la Puerta del Sol, un 14 de abril de 1931, apalean a un gitano por gritar ¡Viva el Rey!. “Moría por don Alfonso –apostilla irónico el narrador—aquel hombre que sólo conocía de la Monarquía la rudeza de los tricornios” (pág. 80). Se inician los asaltos a iglesias y monasterios, que representan un milenio de educación reaccionaria y de alianza con aristócratas y clases altas. Un ministro del nuevo ramo los justifica con un socorrido y lacónico “más vale la vida de un republicano que todos los conventos de España” (p. 94). Seguramente no cae en el hecho de que gracias a la Iglesia tenemos civilización occidental, arte, comedores para indigentes y escolarización para críos de muy distinta extracción. Pero es que la llegada de la República inauguró para muchos no un periodo de libertad, sino de desbocado libertinaje, como el de ese joven que pellizca con descaro a las mozas, diciendo “Pa eso estamos en la República” (p. 81).

Juventud que corre como potro sin freno. El joven universitario José Félix Carrillo, de familia aristocrática que pasa sus veranos en San Sebastián y Cercedilla, se ve tentado por las posiciones hedonistas que alienta la República: amor libre, mujeres fáciles, poesías de vanguardia y filmes rusos. El agnosticismo pervierte. Al mismo tiempo, flirtea con Pilar, una chica de su posición, a quien terminan casando sus padres con un poderoso hacendado. El desánimo por sus torpes relaciones afectivas con muchachas de vida licenciosa contribuye en gran medida a que Pedro Otaño y otros amigos que escandalizan a los reductos proletarios de Cuatro Caminos, Tetuán y La Ventilla, consigan ganárselo para la causa falangista, cuyo líder, José Antonio Primo de Rivera, es el encargado de extenderle el carnet del partido. José Antonio es un reformista cristiano, que aboga por el orden responsable de toda la vida, por la educación moral del obrero y por la recuperación del triunfalismo imperial patrio (el día en que los españoles encuentren una causa común, España volverá a ser grande). Se junta en Or Kompon –un pintoresco local de Gran Vía—con sus camaradas Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, el marqués de Bolarque y otros, para componer un himno, el futuro “Cara al sol” (pp. 214-218). Cuando poco a poco vaya estallando la Guerra Civil, como efecto pernicioso de intereses diversos y oscuros ajustes de cuentas, veremos a José Félix mimetizándose para sobrevivir en un Madrid sacudido por camarillas radicales: socialistas, comunistas, anarquistas. Cada grupo con sus “checas” o cárceles del pueblo, sus peculiares tribunales de mozalbetes, limpiabotas, criadas y analfabetos, dictando jacobinas sentencias de muerte contra clérigos, señoritos, y demás buenos cristianos. Salir con buen pie de una checa –merced al testimonio de algún amigo camarada—no es garantía de que no se acabe conducido a otra, que la jeta no guste en aquélla –sino que desagrade—y que se dicte auto de fusilamiento inmediato contra el infortunado. Las familias burguesas se apresuran a militar figuradamente, cara a los registros, adquiriendo en la cuesta de Moyano las obras completas de Marx o de Trotsky. El aire de Madrid se torna irrespirable: se huele a incendio, a pólvora, a saqueo, a carne carbonizada. Madrid, pronto, se queda sin aire. La gente se apiña en las embajadas, buscando abrigo y protección. Proliferan por doquier los “pacos” (francotiradores de azoteas), los puestos de control y los coches y camionetas paramilitares. En muchas casas, se esconde en desvanes y hasta se empareda a los evadidos, intentando con eso librarlos de una suerte ruin. [Recuerdo que mi bisabuela Matilde contaba que tuvo escondidos en su casa de Gonzalo de Córdoba a refugiados de ambos bandos, que dormían sobre colchones en el angosto pasillo. Por su oficio de enfermera municipal, estaba llamada a salvar vidas humanas, fueran del signo que fueran].



La Dama del Alba se adueña de la ciudad y pasea del brazo de cualquiera, con entero casticismo: “Empezaba a clarear; cerca de las tapias del botánico, unas mujerzuelas tomaban churros y aguardiente, rodeando dos cadáveres. Parecían padre e hijo. Estaban con las cabezas ensangrentadas, desarticulados como espantapájaros, revueltos con los trajes oscuros. –Toma, que hoy entoavía no te has desayunao. Y aquella mujer metía un churro frío en la boca seca del muerto.” (p. 276). Unos falangistas, a quienes llevan a fusilar en un coche, gritan al paso de un control “¡Arriba España!”, para así llevarse por delante a sus sorprendidos ejecutores bajo una potente descarga (p. 293). Se fusila en el Cerro de los Ángeles al Sagrado Corazón (p. 271). “Tiraban todo un pasado. Las leyendas, los recuerdos, la nostalgia […] Y la ciudad se quedaba sin historia, como una ciudad nueva de Australia o Norteamérica.” (ibíd.) El cerco se estrecha alrededor de José Félix y ni siquiera su amistad con Alberti y su mujer, María Teresa León, parece aliviar sus penas. “Ponte de perfil, que te voy a retratar”, y caía otro "faccioso" sentenciado. Pedro Otaño se camufla de revolucionario y recorre la capital con los suyos, simulando falsos fusilamientos de gente que puede librar. Pilar ha enviudado al ser su marido víctima de los chequistas, quienes lo arrojan por una ventana a un patio interior (pp. 322-23). Por fin, un amigo, Joaquín Mora, le consigue a nuestro hombre unos salvoconductos de la CNT. En la estación están a punto de detenerlos, pero una republicana rusa, amiga de José, les firma los pasaportes y consiguen montar en el tren, hacia Valencia. Después, el expreso a Barcelona y la frontera de Port Bou. Una corta estancia en Francia, hasta que España va quedando en manos de Franco y sus militares sublevados. Entonces llegan San Sebastián, Burgos, Salamanca, Toledo… y de nuevo Madrid, que hay que contribuir a liberar de tanto rojo asesino a tiro limpio.


Madrid, de Corte a Checa –firmada en Salamanca, en septiembre de 1937, II año triunfal-- es una crudísima narración donde se masca el terror revolucionario. Las horas y los días se viven intensamente, con poderosa angustia y ganas de evasión. Se sufre por el triste destino de cada víctima y se valora la totalidad del relato como una denuncia de la barbarie humana, venga de donde venga, a pesar de que Foxá –por convicciones ideológicas bien determinantes-- la haga aflorar tan sólo de una parte del pueblo español, olvidando la violencia gratuita de quienes se alzaban para poner orden en tan confuso y fétido panorama político. Cuando uno termina la lectura de esta brillante novela, escrita con pulso y con ingenio irónico, piensa ¡Dios mío! ¡Gracias por librar a mis hijos y a mi familia de tamaña crueldad y catástrofe! Gracias por habernos evitado la terrible ruleta rusa de la Guerra Civil, y por habernos permitido vivir en un tiempo de paz y de entendimiento. Por eso, alabada sea nuestra Transición, con sus virtudes y también con sus defectos, ninguno tan grande, mezquino e irreparable como los cometidos por españoles entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939.

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[Agustín de Foxá, diplomático, conde de Foxá, llegó a académico de la R.A.E. en 1956. Colaboró en periódicos y revistas, como Jerarquía y Vértice, y dirigió la publicación hispano-italiana Legiones y Falanges (1940-43). Fue autor de los poemarios La niña del caracol (1933), El almendro y la espada (exaltación de la guerra; 1940) y El gallo y la muerte (1948). Como dramaturgo, destaca su obra Baile en capitanía (sobre la Segunda Guerra Carlista; 1944)]

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“Nos quieren robar este prodigio de entrega y sacrificio que representó la tropa de la División Azul, pero somos muchos los que recordamos aquella gesta, honramos su heroísmo y no olvidamos la epopeya de su sacrificio”. Esta reivindicación la hace José Utrera Molina, conocido abogado, en su artículo de fondo “Ladrones de la Historia” (ABC, 4 de julio de 2010). Según él, sus miembros “lo dieron todo por la Patria”, es decir, por España. Pero, que históricamente se sepa, la Unión Soviética no estaba en guerra con la España de Franco, sino con la Alemania nacionalsocialista, y la División Azul fue una tropa de voluntarios con la que se quiso pagar, de algún modo, la ayuda prestada por Hitler a los sublevados españoles durante nuestra contienda civil. Es decir, militaron con los nazis, y a favor de sus intereses bélicos, no de los de España, que entonces era supuestamente neutral.

La desconfianza de Franco hacia Hitler en Hendaya quedó luego de sobra justificada por las atrocidades sin número cometidas por el régimen nazi en Europa. La mayor y más imperecedera de ellas, el Holocausto, la Shoa. Seis millones de judíos –hombres, mujeres y niños—enviados a campos de exterminio. En Sobibor, hubo padres que fueron obligados a cargar con los cadáveres de sus hijos. En Treblinka había un pasillo natural al aire libre, flanqueado por setos y alambradas, donde se hacía esperar a mujeres hebreas con sus hijos, antes de pasarlas a la sala donde se las cortaba el cabello y, seguidamente, a la cámara de gas de monóxido de carbono, activado por un motor de tanque. En dicho pasillo, las mujeres no podían aguantar el miedo y se orinaban y defecaban de pie. También murieron “malos españoles” en las escaleras de Mauthausen, y homosexuales, gitanos, sacerdotes, disidentes políticos alemanes, disminuidos psíquicos, prisioneros de guerra rusos, y demás personal molesto. ¿Acaso haber defendido al régimen que ejecutó este GENOCIDIO también constituye una alegría para el recuerdo de los “héroes” de la División Azul? Más sería un recuerdo vergonzoso. Les invito a ver en DVD las más de nueve horas de documental con entrevistas a testigos y supervivientes del Holocausto –incluidos, verdugos alemanes— de Shoa, de Claude Lanzmann. Espeluznante rememoración. La importancia y trascendencia histórica del Holocausto acaban de ser reconocidas por el propio Fidel Castro, antaño líder de la revolución cubana, y hogaño discutible converso: “Yo no creo que nadie haya sido más injuriado que los judíos. Diría que mucho más que los musulmanes. [Los judíos] son culpados por todo, pero nadie culpa a los musulmanes por cualquier cosa. [Los judíos] han sido sometidos a terribles persecuciones y a progromos. Uno podría haber pensado que desaparecerían, pero su cultura y religión los mantuvo juntos como nación”. Además, en toda la historia de la Humanidad, “ no hay nada que se pueda comparar con el Holocausto” (El Mundo, 9-09-2010).

Utrera Molina habla de un amigo suyo de infancia –Enrique Morante Villegas—que se enroló en la División con dieciséis años, resentido por el asesinato de su padre a manos de un grupo de milicianos marxistas, que lo tiraron por el balcón de su casa. No fue el único. También fusilaron los republicanos a Pedro Muñoz Seca, cuyo mayor éxito, La venganza de Don Mendo, reponen actualmente en Madrid dos compañías distintas, y cuya despedida del mundo –“Me temo, señores, que yo no figuro entre su círculo de amistades”—supone un verdadero guiño al desenfado. Como también pasaportaron a otro intelectual “de derechas”, Ramiro de Maeztu, o a uno de los héroes del vuelo del Plus Ultra, Ruiz de Alda. Sin duda fue la despedida violenta del padre lo que condicionó poderosamente la actitud de aquel jovencísimo Enrique Morante y le llevó a buscar celosa venganza combatiendo en las filas de Muñoz Grandes. Se iba a luchar contra los comunistas, los “rojos”, los mismos que habían jaleado el vil asesinato del padre del muchacho. Ahora se dice de Vladimir Ilich Ulianov que alcanzó a convertirse en el Lenin revolucionario porque su hermanor mayor, Alexánder, fue ahorcado como enemigo del estado por orden del zar Alejandro III, padre de Nicolás II. Vladimir Ilich tenía diecisiete años cuando se produjo esta ejecución, un 8 de mayo de 1871, en la fortaleza de Schlüsselburg. Desde ese momento, se volvió agrio, y según el historiador Philip Pomper (El hermano de Lenin, Ed. Ariel) terriblemente vengativo. La ley del talión se cumplió con el fusilamiento del zar Nicolás II y de toda su familia y asistentes personales en Ekaterimburgo (v. La Razón, 14-05-2010).



Muertes, cruentas injusticias, las hubo en los dos bandos de nuestra Guerra Civil. La noche del 8 de diciembre de 1936, por ejemplo, en el monte de La Orbada, a 24 km de Salamanca, los “nacionales” fusilaron al pastor protestante Atilano Coco, muy amigo de Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Lo mataron por masón y por no ser católico, como Dios manda. Con él corrieron la misma suerte el Timbalero, crítico taurino, y un metre de hotel (v. Público, 9-11-2009). Todos sabemos lo que pasó con Federico García Lorca en Granada, cuya muerte responde más posiblemente a rencillas familiares y de propiedad de unas tierras, que a motivos específicamente ideológicos.

Y gracias a Franco, sin embargo, tenemos hoy en España carreteras, embalses, hospitales, iglesias y la posibilidad de una enseñanza confesional de carácter católico. Es decir, libertad de profesar un culto que, de otro modo, quizá hubiera sido definitivamente proscrito. El mismo Franco cuyos compadres no le acertaban a valorar en su justa medida, como obró el Duce Benito Mussolini, quien en diciembre de 1937, según atestigua el diario de su amante, Claretta Petacci, afirmó “ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. [Los españoles] son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ahí está la razón de por qué comen y duermen tanto.” (v. El País, 17-11-2009) Sin saberlo, en parte el Duce estaba coreando la principal razón histórica defendida por Américo Castro: España, crisol de culturas, cristiana, árabe y judía.