“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

sábado, 28 de agosto de 2021

Ángeles sin brillo.


Un héroe no tiene por qué ser famoso. Hay héroes que permanecen en la penumbra. El Diccionario de la RAE define “héroe”, en su primera acepción, como la persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble. Vendría después el individuo ilustre o famoso por sus hazañas y virtudes. Así, ¡cuántos héroes ha habido que no son recordados hoy, pues su gesta no pasó a las enciclopedias! Muchísimos. 

Héroe se puede ser toda la vida, o solamente unos minutos, unas horas, o unos días. Aun siéndolo siempre, no es ninguna garantía para el recuerdo o la fama, que, por otro lado, tampoco ha de convertirse en obsesión, como sí ocurrió en Castilla durante la Edad Media. La fama, entonces, era un consuelo para sobreponerse a la muerte. Quien era famoso, viviría, de algún modo, para siempre. Pero hoy el mundo nos tiene acostumbrados a olvidar. Son demasiados los hechos que ocurren, y se suceden muy rápido. Además, pasamos por alto demasiado a menudo el sacrificio y abnegación de los otros; como si no contara ni fuera importante. Por ejemplo, la entrega de los misioneros, voluntarios y cooperantes al bien de los desfavorecidos, tanto en regiones del tercer mundo, como a la vuelta de la esquina. Ninguno pasará a los libros de Historia ni a las enciclopedias, anuarios y anales. Pero han sido, han estado ahí, y han obrado acciones de relevancia en ayuda y socorro del prójimo.

Vamos a hablar de un libro que deja testimonio de virtudes de servicio y solidaridad que rozan el heroísmo. Unas virtudes de unos hombres y mujeres de vida normal, que salieron a relucir en un determinado momento, y que, aunque nunca volvieran a brillar, ellos y ellas llevan siempre consigo, para dicha de todos. Es el texto del periodista y escritor Félix Rosado Martín García-Barbero, Odisea 4x4 Filomena. Ángeles y héroes en la tormenta, publicado por Amazon en 2021. Durante la copiosa nevada del ocho al nueve de enero de ese año, en Madrid, se registraron numerosos casos de aislamiento: personas que necesitaban ir a un tratamiento de diálisis, sanitarios que precisaban llegar a sus hospitales, ancianos que se quedaban sin recibir su ración de comida, familias a las que les fallaba la calefacción. Las calles no se veían y el profundo manto blanco las había convertido en intransitables. Entonces surgieron unos hombres, propietarios de vehículos todoterreno, que espontáneamente decidieron coordinar esfuerzos para servir de transporte gratuito a quien lo necesitara. Mediante las redes sociales (Facebook, Messenger, WhatsApp, Telegram) se pusieron de acuerdo para ir a recoger y llevar hasta sus destinos a personas necesitadas de urgente desplazamiento. También para auxiliar a madrileños en sus casas, con calefactores o productos esenciales. El caos en la capital de España –y en sus alrededores—duró cuatro días: del ocho al once de enero. Un colapso agravado por la situación de alto riesgo por la pandemia de Covid-19, que obligaba a tomar medidas de prevención a la hora de llevar a alguien. Solo en el Barrio del Pilar, hubo al menos seis conductores que se pusieron al volante de sus máquinas para sortear la nieve helada y estar diez y catorce horas yendo de un punto a otro con viajeros. Y en otras áreas de Madrid, igualmente. Félix Rosado contactó con ellos y fue recogiendo sus experiencias de esas cuatro jornadas más largas y difíciles.

El resultado es un libro-reportaje. No es una novela, porque no se lee como una novela. El 80% de su contenido es real. No estamos ante un Dominique Lapierre / Larry Collins de ritmo frenético, que uno devore de principio a fin, comiéndose las uñas (si tiene tendencia a ello). No va a aprender nada de Historia, como suele suceder con los libros de esos autores, pero sí va a saber de gente normal que, durante poco tiempo, fue absolutamente imprescindible. Y que, probablemente, salvó vidas. No pasarán a las enciclopedias, y quizá dentro de poco no sean recordados, pero quien lea este libro, quien lo compre, o encuentre en una biblioteca o en un mercadillo, sabrá que estas personas existieron, y lo que obraron por los demás en esos días de la tormenta Filomena.

Fueron personas que comenzaron a moverse como empujadas por un resorte invisible. El caso más claro, el de Enrique, empresario: “…Abre la puerta de su Ford, un ranger del 19 y queda pensativo. No va a ser para ayudar solamente a su suegro. El hospital de la Luz al que lo ha llevado ha abierto esperanzas y, como su nombre indica, luz para otras personas que van a requerir su ayuda. El destino lo ha conducido a ese grupo de SOS 4x4. Empieza a simpatizar con las peticiones de auxilio, diálisis, urgencias, médicos, enfermeros. –Me uno al grupo y pongo un mensaje: si necesita algo, me avisa—escribe (…) Los hados lo han abocado a ser un héroe inesperado del 4x4 para enfermos y personal sanitario (…) Conduce antes de desayunar, antes de la comida, antes de la cena. No me acordaba de que había que comer, dice (…) No ve calles, están enterradas, los buses atascados, la gente sin poder desplazarse, empieza a sentir la cara oculta de la nieve, un paisaje apocalíptico, árboles tirados, coches cruzados, es desolador”.

En un momento en que las fuerzas de seguridad y de asistencia públicas carecían de cobertura, ahí estaban los dueños de esos todoterreno para paliar la compleja situación. Y uno de ellos recién salido de un problema de salud muy delicado: contento y dispuesto a conducir. 

Los cinco últimos capítulos del libro de Félix Rosado se ocupan de ciudadanos de distintos servicios –policía, clínicas, empresas de interurbanos—y cómo afrontaron ellos los condicionantes de la nevada. En nuestra opinión, alcanzan gran interés, y deberían haber sido insertados entre los episodios dedicados a los conductores. De esta manera, el reportaje se habría vivido más como un relato novelístico emotivo y emocionante, al despejar la rutina de un ir y venir en un 4x4. Los casos de cierto riesgo complacen a mucho lector. Tal y como el libro se presenta resulta un poco reiterativo, aparte de extenso. Se podría haber aligerado la parte de los conductores voluntarios y no por ello el texto hubiera carecido de su matiz testimonial. Al fin y al cabo, no es un evangelio ni ha de tener estructura común, paralela o sinóptica.

Félix Rosado ha tenido la iniciativa de dar voz pública a estos héroes de la tormenta. Ha sido consciente de lo que otros vivíamos de manera inconsciente. Ha llamado la atención sobre un caso, ha estado ahí, se ha preocupado; ha escrito una crónica valiosa, aunque no redonda.

Lectores, acuérdense de sus vecinos. Estímenlos en gran medida. No son serafines ni portan alas, pero pudieran serlo. Son únicamente, como en la película de Douglas Sirk, ángeles sin brillo.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2021.

Adquirir este libro.


martes, 13 de julio de 2021

De civilizaciones perdidas y antiguos astronautas.

La Historia alternativa se pregunta constantemente por el origen de la civilización y de la especie humana. Y baraja dos hipótesis fundamentales: o la genialidad técnica vino a la Tierra de habitantes de otros mundos, o existió una primera gran cultura perdida, madre de todas las demás. La primera propuesta implica que regularmente podamos estar siendo visitados por extraterrestres, en sus naves espaciales –los ya tradicionales y bucólicos “platillos volantes”--; la segunda idea, la de una Atlántida desaparecida e hiperdesarrollada, explicaría los grandiosos monumentos de Egipto, el México azteca y maya, el Perú incaico, los moais de la isla de Pascua, Nan Madol (en la Micronesia), etc. Incluso está la tesis de que los humanos descendemos de dioses, los gigantes que se unieron a las hijas de los hombres. O tal vez, al habitar los alienígenas entre nosotros, camuflados como camaleones, se estén emparejando con hembras o varones terrícolas y vengan creando una especie nueva, reforzada y más preparada para la vida futura.


El caso es que todavía no sabemos a dónde vamos, ni de dónde venimos. Especulaciones hay muchas y bien sembradas. Un número especial de la revista de divulgación científico-técnica Muy Interesante (julio de 2021), va dedicado a los “Fenómenos extraños explicados por la Ciencia”, y entre otros temas aborda el posible origen extraterrestre de nuestra especie, a través de los cauces que hemos mencionado antes. Es verdad que la Historia alternativa se agarra a un clavo ardiendo y construye explicaciones que literalmente “rizan el rizo”. Sobre los platillos volantes, la revista explica que no eran redondos en su origen, sino más bien en forma de semidisco o boomerang. De hecho, el avistamiento inaugural se produjo el 24 de junio de 1947, cuando el piloto Kenneth Arnold vio nueve objetos voladores en forma de luna creciente, y que se desplazaban a velocidad meteórica. Los medios publicitaron la noticia escribiendo que eran como platos rebotando en una superficie acuática. Y de esos platos nacieron los consabidos platillos. Sus descripciones no parecen haber variado mucho a través de las décadas, como si hubiera la obligación de responder a un canon. Sin embargo, pilotos de combate del portaaeronaves Nimitz captaron y filmaron, con cámaras de infrarrojos, en noviembre de 2004, en la vertiente atlántica, objetos volantes de aspecto impreciso moviéndose a gran velocidad. Lo mismo consiguió repetir el Theodore Roosevelt, en distintos meses de 2014 y 2015. Es decir, algo parece haber ahí fuera de origen incierto.

Kenneth Arnold (1947)

La primera abducción con sexo con una alienígena la refirió Antônio Vilas-Boas, un granjero brasileño de veintitrés años, de Minas Gerais, aficionado a lecturas ufológicas. Fue en la madrugada del 16 de octubre de 1957. Meses antes, un semanario había publicado una experiencia muy similar. 

Dejando aparte los casos de médiums y psíquicos claramente fraudulentos, la revista no da razón para hechos constatados, como, por ejemplo, las apariciones marianas fotografiadas junto a la cúpula de una iglesia copta de El Cairo, en abril de 1968. Cien apariciones hasta 1971, vistas por cerca de 250.000 personas. Ni por qué y cómo el planeta Marte influye en los natalicios de futuros deportistas de elite, con algo más de un 22% de probabilidades, constatado por ocho estudios independientes, que suscriben la realidad de esa “anomalía estadística”. Ni el momento de la construcción de la Esfinge de Guiza y a quién representa. Unas fisuras del monumento se atribuyen no al viento, sino al agua de lluvia, lo que haría retrasar su construcción a unos siete mil años, es decir, a una época anterior al rey Keops, el artífice de la Gran Pirámide. Hay objetos y construcciones, por lo tanto, que aún carecen de una explicación racional e histórica detallada, lo cual no significa que no la vaya a tener en algún momento.


De ovnis, visitas extraterrestres y distopías futuras, versa
El hombre que perdió su espíritu. Cuentos fantásticos del futuro, del periodista y escritor Félix Rosado Martín García-Barbero (Navas del Marqués, Ávila, 1964). El volumen fue publicado por Amazon en diciembre de 2019 y lo conforman seis relatos de distinta extensión.

En el primero, El hombre que perdió su espíritu: en busca de la molécula transparente, el autor imagina la vida en el año 2999. Una humanidad deshumanizada, cariacontecida, de caras grises, donde las relaciones afectivas no existen, porque los niños vienen por encargo y con un diseño determinado. Hay muchas celebraciones que han perdido su sentido, como la Navidad. Todo es material. No hay lugar para confiar en nada trascendente. Recuerda bastante al panorama turbio de Ray Bradbury y su Fahrenheit 451, con esas personas viajando en el monorraíl con la mirada ausente y la piel tan necesitada de caricias.

Carta de amor a un clon es, sin dudas, el relato más emotivo: en un viejo disquete se descubre una carta de despedida a una tal Violeta. Un texto hermosísimo, sincero, y que se ve que brota de lo más profundo del corazón. El lector vive en un tiempo ya sin amor ni sentimentalismos, pero la lectura del escrito alienta en él un leve signo de humanidad.

La tercera historia, El OVNI de luces naranjas, es, en parte grande, autobiográfica. Cuenta el avistamiento de un platillo alienígena en una carretera secundaria entre montañas. Es de noche, y la nave emite un destello anaranjado hacia el cielo. Al solitario testigo le hubiera gustado poder fotografiarlo. Aparte, nos habla de un segundo episodio paranormal, también con apoyo en la realidad.

El cuarto episodio, El cometa habitado Oumumua, reproduce el típico encuentro de la civilización terrestre con visitantes de las estrellas. La postura de los militares, el asombro de los testigos, etc. Unas secuencias que vemos en las películas La guerra de los mundos (1953), de Byron Haskin, y Ultimátum a la Tierra (1951), de Robert Wise. 

La quinta entrega es El Viejo, el gato y la pistola. En una ciudad destruida, un anciano –quien todavía tiene recuerdos del mundo de antes—se topa con un joven. El destino de los dos viene sellado por un fatídico accidente.

La última parte es una farsa construida a costa de los dioses y diosas del Olimpo: El festín de los dioses en el firmamento. Las deidades celebran un gran convite a expensas de una Tierra desertizada y unos pobres hombres que colonizan el cosmos como alternativa.

Una colección agradable de relatos futuristas, que plantea interrogantes lógicos e inteligentes sobre el porvenir lejano de la Humanidad. Su futuro, no obstante, comienza a hacerse hoy  presente: la alienación del ser humano, la degradación del medio natural y de las sensaciones, el dominio absoluto de la tecnología y de la inteligencia artificial, el desamor, la soledad, el abandono, la ausencia de valores y la falta de trascendencia de las acciones emprendidas. El autor le ha puesto corazón, y se nota. Uno de esos libros breves y accesibles para disfrutar en cualquier lugar y en todo momento. No defrauda, por su compromiso, y su lectura se agradece.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2021.


martes, 6 de julio de 2021

El poema, la puerta.

“Continuar vagando

hasta que el poema me alcance…”

(José Antonio Pamies)

El poema es la puerta a todo. El universo del cual no puede renegar el creador. El resultado de minutos de vida, de experiencias intrahistóricas personales, la persiana que vela la habitación propia. Es una apuesta por la geometría de la escritura, tinta cúbica de luz o de sombra.


Este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día (Fundación Málaga, marzo de 2019, Premio Málaga Ciudad del Paraíso 2018), es un homenaje a la creación poética como única alternativa. Su poesía no es lírica, sino extraordinariamente eficiente. Se contiene a sí misma y habla con su propia voz. Es ella, como si tal cosa. Es el principio y el fin del ser en el tiempo. La voz no consigue estar callada ni en las horas de silencio, como surco de la noche y augur de impulsos solemnes. Luego se reproduce en el fonógrafo de la lectura y conmueve o no el alma de cada intérprete.


En el libro que nos ocupa hay evocación de la bohemia, luces de la ciudad, nostalgia del artista en su barrio, mundo dejado atrás, y ahora mudado en despacho de un distrito rural. Hay un reencuentro con las viejas estancias, los reflejos empañados, la recuperación de un espacio familiar, mas sin caer en nostalgias, ni en ninguna reconstrucción del pasado. Se mira la vida desde el presente, que es lo que importa. Se abren las cerraduras con la ganzúa del verso. Y en el plano metafórico comienza la lluvia que sube de la tierra al cielo, la humedad que sofoca el ardor, o la esfera que descuenta las horas del día: veintitrés, dos, una.


Trazos de canciones antiguas, reminiscencias del viejo canto porteño: 

IV.

“Volver,

pasados los años,

a casa de tus padres.

Sentir,

que se detiene el tiempo

en los espejos rotos

de las habitaciones.”

………………………………………

“Volver

con la frente marchita,

las nieves del tiempo platearon mi sien.

Sentir

que es un soplo la vida…” (Lepera / Gardel)

Rastros de un Madrid ilusionado -tal vez, incluso ilusorio—y profundamente fértil:

XII.

[…] “Invoco errores

de aquella juventud

que me llevó a creer en la utopía

de poetas lejanos, amigos sinceros

transmitiendo en horas solitarias

esta absurda pasión de libertad

que es la poesía.”

La poesía es camino y testigo ineludible del amor, la que guía en cada puesta de sol, en el atardecer, despejando los equívocos que esconden las sombras. La poesía es un arte sin explicaciones, un potencial que da sentido al mundo, y que, a la vez, porta la antorcha de lo inefable. Hablan las sinestesias: “silenciosa claridad”, “amanecen / miradas de cristal”; los oxímoron: “un silencio de ruido”; las metáforas: “sueños del arte / que hoy son ceniza muerta”. He aquí la partitura del poema, de la música de los sentidos.

La poesía construye un mundo paralelo, pero también inmortaliza este. La Naturaleza no imita al arte, sino que lo sugestiona. Y, al desperezarlo, brota la primavera en otro jardín lejano.

La poesía nos salva de la vulgaridad, de la mediocridad, del aislamiento. Es un canto testimonial desde la soledad, para mostrarnos a los demás vivos aspirantes a una felicidad esperada.

La poesía es lo ausente, lo que falta y lo que queda. La poesía, como el océano, nunca besará las nubes, porque ella misma será horizonte, mar, tierra y cielo.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2021.

……………………………………………………………………………..

Para conseguir este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día, el lector se puede dirigir a https://fundacionmalaga.com/libro/umbral-del-dia/


jueves, 1 de abril de 2021

Prevención.

En algo más de un año de pandemia, es lo único que ha salvado a la mayoría de los seres humanos. El uso frecuente de la mascarilla, la desinfección de manos, y no ir a lugares concurridos, especialmente cerrados. La Ciencia se está dando prisa: han creado vacunas apenas testadas, con importantes efectos secundarios aleatorios, y que no contemplan las diferentes variantes de la Covid-19. Es así que el total de la población que acepta la vacuna, está sirviendo de cobaya. Ni la OMS clarifica, ni los laboratorios fabricantes se sienten obligados a desvelar lo más comprometedor y confidencial, ni muchos gobiernos se atreven a cuestionar nada, ante un desastre económico de proporciones inasumibles. La población se deja llevar por lo que los telediarios difunden, que es el mensaje de la conveniencia de estar vacunados, como única forma de comenzar a parar la autarquía del coronavirus.

Que la gente se vacune puede ser un comienzo del fin, pero no un final definitivo asegurado. La protección efectiva contra la infección es de unos pocos meses, todo lo más medio año. Para cuando a los últimos se les haya vacunado, los primeros necesitarían de alguna dosis más de recordatorio. Es decir, cabría entrar en un ciclo sin fin, como una correa continua. Los linfocitos T son los que nos pueden salvar, acaso, de la necesidad de segundas dosis, ya que actúan de hemeroteca-recordatorio en la reactivación de las defensas del organismo.

El tiempo normal de desarrollo de una vacuna es de cerca de nueve años, como poco. De ellos, la mayor parte afectan no a la elaboración del producto en sí, ni a la comprobación de su eficacia, sino a la seguridad, esto es, al estudio y valoración de efectos asociados a la administración del preparado. La burocracia para obtener los permisos definitivos por parte de las agencias nacionales del Medicamento, suele ser larga y concienzuda. En el caso de la pandemia por la Covid-19, a todos los dirigentes –dada la elevada alarma social, las sustanciosas pérdidas económicas, los confinamientos, las restricciones de libertades, y el número indiscutible de decesos—les ha entrado la prisa por agilizar los trámites legales que dan carta blanca a la comercialización y aplicación de una vacuna. Esto conlleva que la seguridad de ese producto haya quedado relegada a un segundo plano. Más cuando también están en juego subvenciones nacionales e internacionales multimillonarias, para asegurar la presta fabricación de las suficientes y muy ansiadas dosis.


Nadie puede conocer, a día de hoy, cómo terminará la pandemia (o si, realmente, terminará). Por experiencias anteriores, como la terrible gripe de 1918, cabe esperar que dure el azote del patógeno tres o cuatro años –como mucho--, y que luego desaparezca como vino, de improviso, y quizá para siempre (el ADN del virus mortal de 1918 solo se ha podido obtener de cadáveres de víctimas enterradas en regiones frías). En el primer tercio del siglo XX, no existían vacunas contra los virus. Otros peligrosísimos virus letales, como el ébola, causante de fiebre hemorrágica, van y vienen, aparecen y desaparecen cada cierto tiempo, todavía no se sabe por qué motivo. No existe cura contra ellos. Es solo la Naturaleza misma quien los controla: los ata o los desata como los dioses a las furias. Tal vez incluso esté Dios tras ello (recordemos las inmisericordes plagas del Éxodo, sembradas por ángeles divinos). Patógenos todavía incurables, como el de la peste bubónica, que azotó Asia y Europa en la Alta y Baja Edad Media, y aun después, parecen permanecer hoy dormidos, inactivos, para beneficio del género humano.

Los laboratorios, muy concentrados en lograr vacunas, han relegado el objetivo de descubrir preparados que prevengan o palíen con efectividad los efectos más dañinos de este coronavirus: trombosis pulmonar, ictus, parálisis temporales, fatiga crónica. 

Por tanto, y mientras las vacunas no se revelen como una verdadera y segura panacea, lo mejor que tenemos es la PREVENCIÓN. Y, unida a ella, como compañera necesaria, la paciencia. La resignación, más difícil de alcanzar y de sobrellevar por los jóvenes y los niños, que quieren salir a retozar y divertirse, como corresponde a la edad. 

Mascarilla, agua, jabón, hidrogel, y prudencia, desde el inicio de esto, y hasta que convenga.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2021.

miércoles, 20 de enero de 2021

Su isla lo guarda.

  

Su isla lo guarda.

Este libro suyo

nos lleva a habitar con él,

y a vivir mientras vive.

Resuenan los pasos de su madre,

y la voz de su tía,

en el latido del amor amante,

discreto y callado;

en el mar, que lo mira con otro color.

Desde aquel tiempo

aquí estamos, no solos ni abandonados,

con el mismo Carlos diferente,

recordado de una forma

que nadie más puede evocar.

     * * *

Cuando uno quiere comentar un libro de poesía, nunca sabe muy bien por dónde comenzar. Cada poema es una experiencia aparte. Pero lo que más llama la atención de este libro de Carlos Javier Morales, titulado El corazón y el mar (colección Adonáis nº 675, Madrid, Ediciones Rialp, 2020), es que ofrece una visión completa de su realidad presente y pasada. Las partes del volumen están perfectamente imbricadas para que podamos seguirlo por Santa Cruz de Tenerife –su ciudad natal—y por el pueblo de sus padres, caminando junto a él como Juan Ramón nos acercaba hasta su Moguer amado, el rincón de su infancia recobrado en su prosa poética.

Este libro arroja el placer de lo auténtico, de lo íntimo y desnudo. Él se pregunta: “…con tantos textos… / ¿cuál debe ser el texto de mi vida?” No hay por qué escoger uno u otro. El poeta puede tener su preferencia, como igualmente el lector. El poeta recorre su isla, describe el mar –cuya fuerza asimila al amor--, defiende la memoria como una fórmula para romper barreras temporales, para que nadie muera ni nada se pase. El amor es una manera de abarcar el mundo, toda su alegría y su belleza, condensados en la perfecta rosa juanramoniana, en el cántico de Guillén y su absoluta dicha, en la nostalgia que combate la aspereza de la solitud. El amor verdadero, el que no defrauda, viene de unos buenos padres. Es el que permanece siempre, el que se resiste a desaparecer y a no ser igualado por otro, el que riega el oasis en el desierto espantable. Cuando se ha sido amado bien, desde la niñez, no se está solo, ni vacío.

El amor puede formar una impresión pasajera de lo eterno: “Cuando oigo tus pisadas, / entra la eternidad en nuestro cuarto (…) Ven cuanto antes esta noche. Espero / que otra vez me rescates de mi cárcel: / tanta es mi soledad y tan terrible / que necesito verte cara a cara. / (…) Tú eres la eternidad:/ solo tu cuerpo rescatará al mío.” El amor libra del miedo a la muerte, pues es un sentirse acompañado, y con ello pletórico de aliento, de germinación.

El poeta se encuentra con otras figuras solas, como ese hombre que come sentado sobre una roca, mientras la fuerza del oleaje amenaza con llevárselo de golpe (“Mar de invierno”). O el nadador que bracea incansable hacia un horizonte ilimitado, tal vez huyendo de lo que le supera. Su soledad se encuentra con la de otros, y hasta se ahonda al desaparecer con el desencuentro: “Un día no viniste. / Y el siguiente tampoco. / De ti solo conservo algunas fotos juntos.” (“Hipótesis”).

Caspar D. Friedrich, "El monje frente al mar"

 Imperio de la soledad: solo medita la palabra del profesor el alumno discreto y aventajado, que mira atento desde su pupitre; solo se queda el maestro cuando otra promoción marcha. ¡Qué solo se está siempre en el cementerio, recordando pasajes y prosperidades, oyendo muy dentro, e invariable, la voz a ti debida!

Grillete para una isla es el mar, el mejor aliado, el que también se contiene a sí mismo. Tan igual, pero siempre variable. Espejo del interior, y rúbrica del pálpito machadiano que bautiza este poemario: se salen del pecho las continuas pérdidas –ley de vida--, que la madurez no llena, hasta quedar ya solos, bajo un toldo de ausencias, el corazón y el mar.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2021.


 

martes, 19 de enero de 2021

Escaparate para un poeta.

 El documental Leo Zelada: Transpoética (Mario Le Clere, España, 2021) se queda en el escaparate de un poeta, que puede parecer aquí «escaparatista». No hace justicia a Leo Zelada (seudónimo de Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes), un nómada peruano afincado en Madrid y consagrado en cuerpo y alma al arte poética.

Leo Zelada, en "Transpoética" (2021)

Quienes conocemos a Leo sabemos que ha levantado la vida cultural del barrio de Malasaña, a través de muy interesantes tertulias y lecturas líricas. Con ello acapara cierto protagonismo, consustancial a la vanidad de todo autor. Pero un protagonismo necesario que revierte en el interés de todos, ya que obra en beneficio de la Cultura y de la simbiosis entre tradiciones diferentes. Sinceramente, haría mucha falta contar con más gente con igual iniciativa a la suya, aunque convendría actuar con menos prejuicios, en loor de un pluralismo democrático imprescindible.

A Leo le cuesta mantener las amistades, porque no es poco suspicaz y selectivo. Además, tiende a cambiar de parroquianos con cierta frecuencia, pues se cansa de los que ya conoce y animan desde tiempo atrás sus reuniones. La savia nueva es de agradecer, pero valorando el árbol, que es hijo centenario de la tierra.

Volviendo al documental, ni acierta con la forma, ni tampoco alcanza un fondo. Le falta sosiego y parece una bengala encendida, que se consume pronto. Va a un ritmo vertiginoso; no te permite empatizar con el personaje; sobre todo, si te es desconocido y deseas saber de él. No vemos al hombre andariego, ni al aventurero sin límites, ni al creador en actitud de crear, ni al animador cultural, ni al editor de libros, ni al autor ante su público. No vemos apenas nada, salvo a un poeta (que podría ser como otros tantos) leyendo pasajes de su poesía y explicando muy brevemente su origen y su inquietud.

Un reportaje cáscara de nuez.

Disiento de Leo cuando no ve que la literatura en español se surtió del universo mítico precolombino a partir del «boom» de los años sesenta. En ese momento acabó, por pequeña y rutinaria, la Meseta, y se abrió el corazón hispano a un horizonte alucinante. No poco le debe el idioma español a un García Márquez, un Vargas Llosa, un Uslar Pietri, un Otero Silva, o un Carpentier. Hacia dónde camina el arte literario en español, no lo sabemos. No parece haber figuras ni tendencias señeras. Autores salen a patadas, y no se puede abarcar todo.

Leo Zelada concibe la poesía como Rimbaud, Verlaine o Baudelaire lo hacían. La entiende como forma de vida. El poeta, para estos autores, es, básicamente, un aguador que escancia palabras bellas (o acaso hipnóticas) con las que mitigar la sed de los lectores. Es un oficio desinteresado. Una causa social vital, y vitalista, con aromas de suicidio. Porque el destino de los poetas es no ser reconocidos como profesionales que crean riqueza. Su calificativo ha sido, demasiado a menudo, y de manera harto mortificante, de ociosos muertos de hambre. El poeta a veces se olvida de que tiene que comer, y otras duerme donde no le esperan. El poeta íntegro solo se posee a sí mismo, por incomprendido. El poeta entero no ha dejado nunca de vivir como antagónico al mundo que lo rodea. La poesía es la única verdad atemporal, pero una completa ucronía dentro del tiempo.

Leo Zelada es uno de esos hombres cuyo destino elegido es mantener viva la llama de la poesía. Un poseído por ese delirio que hace que el aire palpite y la luz cambie de color e intensidad. La llave del amanecer a otro mundo.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2021.

Acceso al documental en YouTube.