“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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sábado, 4 de enero de 2020

Pérez Galdós, novelista ejemplar.

El domingo 04 de enero de 1920, a las tres y media de la madrugada, Galdós estaba solo en su dormitorio de su casa de Hilarión Eslava (Madrid). Agonizaba por unas úlceras intestinales, consecuencia de un ataque de uremia. De repente, trató de alzarse de su cama y soltó un grito intenso. Entraron sus allegados, con su hija María a la cabeza. Lo encontraron acabado por un colapso espasmódico que le había dejado en la boca una mueca de horrible dolor. Acababa de morir el mejor y más completo y prolífico escritor español después de Cervantes.
Benito Pérez Galdós fue el gran observador de la vida de la época que va entre la Revolución liberal «Gloriosa» de 1868, el Sexenio Revolucionario (o Democrático) y la Restauración borbónica a partir de 1875. Su influencia impregna la llamada «Edad de Plata» de la cultura de nuestro país, con el Modernismo, el Desastre del 98, el Novecentismo y hasta la Generación de 1927 (Federico García Lorca llegó a conocer --anciano y prácticamente ciego-- a su admirado novelista antes de que expirara). Galdós es el retratista más esmerado de Madrid: sus barriadas, sus clases sociales, sus calles y comercios, sus cafés, sus animadas tertulias, y, también y especialmente, su habla castiza. Galdós se inspiró en los sainetes de Ramón de la Cruz para decidirse a plasmar con extraordinaria precisión cómo usaban el castellano las gentes de Madrid. Es así que la presunción, la arrogancia o espíritu jactancioso, pasando por la falsa sapiencia ridícula, hasta llegar a la ignorancia humilde e ingenua, caracterizan a los distintos personajes del autor canario como nadie antes lo había conseguido. El friso de individuos de ambos sexos y condición social es tan extenso como el salón de batallas del monasterio de El Escorial. Enorme. Galdós esgrimía una habilidad innata para reproducir tipos reales, y hacer de ellos entes literarios redondos o, según naturaleza del lienzo, apuntes rápidos de genial caricatura. No en vano, mientras estudiaba en la capital esa carrera de Derecho que no le gustaba, se ganó algunos reales como dibujante para la prensa, para la que igualmente componía artículos de muy variopintos temas que no le pagaban. Galdós dibujó a Higinia Balaguer, la sirvienta condenada a muerte en el proceso por el crimen de la calle Fuencarral (1888). El futuro novelista se pulió como redactor de prensa en diarios como La Nación y la Revista de España. Confraternizó con científicos, políticos, juristas e intelectuales en el antiguo Ateneo de la calle Montera. De las conversaciones aprendía grandemente; algo retraído desde niño, prefería, sobre todo, escuchar, prestar oídos a quien tenía algo que decir. Era muy respetuoso, aunque luego liberaba una fina y aguda ironía en sus comentarios escritos. De templado temperamento, Galdós gastaba tez cobriza y ojos rasgados de guanche, pero porte esbelto, delgado y firme. Hijo de una madre autoritaria, fría y escasamente cariñosa, el escritor mantuvo su distancia frente a las mujeres: nunca se casó, porque no creía que un amor durara para siempre, ni tampoco que dos personas que juntan sus vidas deban ser esclavas la una por la otra (en esto coincide con la definición de Ambrose Bierce sobre el matrimonio como institución: «comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos»). Tuvo y mantuvo a varias amantes (alguna psíquicamente inestable), a quienes nunca llevó a su vivienda particular, por respeto a su intimidad y a sus hermanas y cuñada, que vivían con él. Fue compañero sentimental, durante un tiempo, de la condesa de Pardo Bazán, para quien era su «miquiño», su «ratoncito» y con la que viajó por Europa central. El 31 de diciembre de 1919 falleció de bronconeumonía su última y más encandilada amante, Teodosia Gandarias, mujer vasca y con la que se carteaba desde Santander cuando ella permanecía en Madrid. Este idilio duró ocho años, de 1907 a 1915, y pudo implicar un hijo para el novelista que debió de morir al nacer o muy poco después. Galdós se retrata a sí mismo en el independiente coronel Evaristo González Feijoo, de Fortunata y Jacinta, el cual mantiene durante una temporada al lozano capricho de Juanito Santa Cruz y perdición de Maximiliano Rubín. «Yo no soy celoso --le decía [Feijoo]--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna mujer, creo que no me faltarás...» Feijoo da libertad para entrar y salir del nido de amor a Fortunata, así como capacidad de determinación cuando se canse de aquel estado. Hay varios «viejos verdes» en las novelas de Galdós; recordemos, por ejemplo, también a don Lope Garrido en Tristana. Por descontado que el don Jaime que tienta a su sobrina en Viridiana, de Luis Buñuel --una libérrima versión de Halma--, se inspira, asimismo, en los maduros fogosos de don Benito.
Pérez Galdós era un hombre progresista, agnóstico aunque no ateo, liberal, tolerante, amigable y comprensivo. Le agradaba llevarse bien con todo el mundo, porque las ideas no han de quebrar nunca la buena amistad. Mantuvo una estrecha camaradería con escritores conservadores y neocatólicos, como los cántabros Pereda y Menéndez Pelayo. Para Galdós la novela debe ser el pulso de los acontecimientos, y en ello se asimila a Balzac y a Dickens. Galdós pone al día la narrativa en español, y pasa de ser narrador partidista en sus novelas primeras, de tesis (Gloria, Doña Perfecta), a narrador testigo más o menos imparcial en sus grandes relatos sobre los madriles. En su ciclo espiritualista (el último) se alía con el pueblo llano para combatir la indiferencia de la clase media hacia el futuro de España. En las novelas galdosianas, la aristocracia ha perdido influencia, pero no poder económico (sobre todo, en el ámbito rural); se intenta acercar a la alta burguesía, comerciante, acaparadora en la ciudad de fincas y de antiguos espacios conventuales. Las profesiones liberales (médicos, abogados, farmacéuticos, libreros, artesanos, tenderos) forman la clase media baja, en quien Galdós confía para que lleve a cabo avances no revolucionarios ni violentos. Mas pronto ve cómo esta clase esforzada y modesta decide cruzarse de brazos y ceder terreno a la involución, en detrimento de un país más justo y equitativo socialmente. Esa apatía lo aproxima, hacia 1905, a posiciones republicanas de izquierda (como la representada por el PSOE de Pablo Iglesias); Galdós llega a participar en mítines socialistas en Madrid. Como anécdota puede contarse que Claudio López, segundo marqués de Comillas, decidió retirarle el saludo de honor de sus barcos a su paso por la bahía de Santander. Galdós vivió el mismo dilema que Larra: un ilustrado adalid de una educación universal, científica y abierta, pero incapaz de asir las riendas de potros jacobinos. Galdós se atrevió a dar algún paso más, que seguramente le granjeó sobradas antipatías y le costaría el Nobel de Literatura, aunque entiéndase que dentro de la dialéctica parlamentaria y no fuera de ella, entre las barricadas del 65 y del 73. De hecho, vivió los tempestuosos acontecimientos de la sargentada liberal de 1866 entre las paredes de su pensión de la calle del Olivo, de la que solo salió para ver cómo conducían a los depuestos sublevados hasta la tapia del coso taurino frente al Retiro, para fusilarlos allí.
Como perfectamente ha comprendido Francisco Cánovas Sánchez, «En toda la obra de Galdós existe una búsqueda permanente de la identidad española. En sus primeras novelas expresó su fe en la capacidad reformista de las clases medias. Durante el régimen de la Restauración advirtió con pesar que las clases medias se habían integrado en el sistema y que habían claudicado ante los poderosos. A principios del siglo XX, consideró que la verdadera patria estaba integrada por los trabajadores que luchaban para mejorar sus condiciones de vida y construir una sociedad más solidaria.» (v. Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso, Madrid, Alianza Editorial, 2019, pp. 123-124)
Para Galdós, la clase popular es la fértil, la preparada para engendrar retoños, la que pare sin detenerse a pensar en las ventajas y los inconvenientes, la que aumenta la población de un país. Fortunata y su carácter libre, irreverente e indómito, alejado de los prejuicios morales y de las beaterías ñoñas, representa la fuerza y empuje del pueblo llano. Fortunata es la vida y da la vida. Su primer hijo muere, no consigue sobreponerse al hambre, la mugre y la miseria. Pero el segundo (adoptado por Jacinta, la señorita burguesa estéril) puede tener un porvenir más prometedor. Cuando Juanito se prenda de Fortunata, la descubre en la pollería sorbiendo un huevo crudo, evidente símbolo de vitalidad, de naturaleza recia y vacunada contra el escrúpulo. Vale la pena recrear ahora ese pasaje:
«La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.  
Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas con ella.  
-¿Vive aquí -le preguntó- el Sr. de Estupiñá?  
-¿D. Plácido?... en lo más último de arriba -contestó la joven, dando algunos pasos hacia fuera.  
Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»... Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:  
-¿Qué come usted, criatura?  
-¿No lo ve usted? -replicó mostrándoselo- Un huevo.  
-¡Un huevo crudo! 
Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.  
-No sé cómo puede usted comer esas babas crudas -dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de trabar conversación.  
-Mejor que guisadas. ¿Quiere usted? -replicó ella ofreciendo al Delfín lo que en el cascarón quedaba.   Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; le repugnaban los huevos crudos.  
-No, gracias. 
Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.» (Parte Primera, III)
Fortunata no teme a la vida. La afronta como viene, y en determinados momentos (cuando disfruta junto a Juanito y tiene sus hijos con él) hasta la vuelve suya, la doma y somete. Pero al final pierde su partida, por fuerzas mayores incontrolables: infidelidad constante del Delfín, represión familiar, y una pelea por su derecho natural que termina en hemorragia y en septicemia.

En las tertulias del café del Siglo, o en las del Gallo, disemina Galdós retazos de la forma de pensar de la clase media, que él no compartía de por sí. En este sentido, es significativo lo que apostilla José Ido del Sagrario ante Maximiliano, como la fórmula ideal del moderantismo:
«Porque mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando  empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le aplaudo». 
-Y yo también -dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel hombre razonaba discretamente. 
-¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?... -prosiguió Ido-. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre: «Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie. 
«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.» (Parte Cuarta, V)
 
Verdadera lección de Economía recibida por Rubín en un café, como si nada, más sucinta y sencilla que una clase magistral de facultad. Un gobierno populista espanta al capital, que se refugia en otro país. Y la alteración del orden que conviene al adinerado puede traer, además, la dictadura, el «cirujano de hierro» que vaticinaron los regeneracionistas como Joaquín Costa. Lo secunda el Delfín, dándoselas de entendido: «--Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté siempre con una estaca en la mano.» (Parte Primera, VIII) Retablo de panchitos, retozo y gozo de títeres de cachiporra.
«Buena es la libertad; pero primero es vivir». En eso se resume la consigna de quien desea llevar una existencia tranquila, pacífica y honrada. Que cada palo aguante su vela, y cada estrobo vaya a su tolete.

Respecto a sus creencias religiosas, el autor canario no las tenía claras. Admiraba la doctrina evangélica de la caridad, la misericordia y el perdón, pero no toleraba imposiciones dogmáticas ni en lo que se había convertido la Iglesia católica como institución de dominio, tiranía y poder autoritario. Hasta cierto punto, Galdós defendía los principios cristianos, siempre que se ejercieran desinteresadamente sin pedir del beneficiario nada en concreto. Apostaba don Benito, en última instancia, por una piedad interior, saboreada en silencio, privadamente. El proselitismo confesional le exasperaba y sacaba de quicio. La «Rata eclesiástica» de Fortunata y Jacinta es ese ejemplo de religiosidad controladora y directriz que Galdós no podía entender ni aprobar. Las Micaelas funcionan como un correccional para el sometimiento de las mujeres descarriadas y rebeldes. Quien amaba la capacidad de decisión individual no podía defender ese planteamiento reaccionario. La Iglesia era otro brazo armado de la alta burguesía, otro poder fáctico junto con parte del ejército y la monarquía alfonsina. Forma parte de ese orden decretado contra la libertad individual, como dejó señalado el profesor Julio Rodríguez Puértolas.
El cristianismo es una filosofía muy noble, pero que no funciona en la vida diaria, en la Naturaleza. Es traicionado y hasta pisoteado por los intereses egoístas e insolidarios, por esa tremenda y repetida ingratitud que se enfrenta a la caridad, al amor dispensado por el prójimo. Lo plasmó acertadamente Luis Buñuel en su versión de Nazarín, con el actor Paco Rabal de protagonista. Nazarín es un cura cabal, consecuente con el principio evangélico de humildad y pobreza. Es un santo varón predestinado a una vida penitente, y a poner siempre la otra mejilla:
«—Pero tengan por seguro que no me la dan [una parroquia] —añadía con seguridad exenta de amargura—. Y con plaza y sin plaza, siempre me verían ustedes tal como ahora me ven, porque es condición mía esencialísima la pobreza, y si me lo permiten les diré que el no poseer es mi suprema aspiración. Así como otros son felices en sueños, soñando que adquieren riquezas, mi felicidad consiste en soñar la pobreza, en recrearme pensando en ella y en imaginar, cuando me encuentro en mal estado, un estado peor. Ambición es ésta que nunca se sacia; pues cuanto más se tiene más se quiere tener, o, hablando propiamente, cuanto menos, menos. Presumo que no me entienden ustedes o que me miran con lástima piadosa. Si es lo primero, no me esforzaré en convencerles; si lo segundo, agradezco la compasión y celebro que mi absoluta carencia de bienes haya servido para inspirar ese cristiano sentimiento.»
El sacrificio de Nazarín no es comprendido ni por el pueblo llano, que lo ve anacrónico, inútil y sin sentido:
 «—Es un santo, créanme, caballeros; es un santo. Pero como a mí me cargan los santos..., ¡ay, no les puedo ver!..., yo le daría de morradas al padre Nazarín si no fuera por el aquel de que es clérigo, con perdón... ¿Para qué sirve un santo? Para nada de Dios. Porque en otros tiempos paíce que hacían milagros, y con el milagro daban de comer, convirtiendo las piedras   en peces, o resucitaban los cadáveres difuntos, y sacaban los demonios humanos del cuerpo. Pero ahora, en estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del teleforo o teléforo, y los ferroscarriles y tanto infundio de cosas que van y vienen por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los chiquillos de las calles?... Este cuitado que ustedes han visto tiene el corazón de paloma [...] ¿Enfadarse él ? Nunca. Si ustedes le dan un palo, es un suponer, lo agradece... Es así... Y si ustedes le dicen perro judío, se sonríe como si le echaran flores...»

Puede haber hombres santos, pero se ríen de ellos y no sirven para cambiar la muy áspera turgencia de la vida. Benigna, en Misericordia, es otra santa, y sin embargo pocos reconocen su entrega y sacrificio por su señora. Los santos no hacen el paraíso. Las conciencias no cambian, no se doblegan al altruismo. Por la misma razón, es difícil que todo buen propósito revolucionario triunfe en verdad y cambie este mundo mezquino para siempre. He ahí el callejón sin salida en que se encuentra el ser humano. Más de lo mismo. Es preciso que todo se modifique, para que también todo siga igual.

Que Galdós hacía hablar, e imponerse, al corazón, hasta llevarlo a temblar, da buena cuenta El abuelo. Un relato escrito contra las crudas tesis del naturalismo: la nieta que más quiere al anciano Albrit no es de su misma carne y sangre. El amor es un don espiritual que se tiene o no se tiene. A veces,es la última esperanza.
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Cuando Galdós hace testamento en marzo de 1919, tenía cien pesetas en su cuenta bancaria. Su mobiliario lo estimaba en cuatrocientas pesetas; sus libros y manuscritos en unas quince mil; su chalet de Santander lo valoraba en 125.000 pesetas; los derechos de autor (novelas y, sobre todo, adaptaciones teatrales) en 65.000 pesetas. A Teodosia Gandarias le asignaba una pensión mensual vitalicia de 250 pesetas. Sin embargo, el escritor reconocía una importante deuda acumulada de 34.325 pesetas. Pasó apuros económicos en sus diez o quince últimos años, hasta el punto de proponerse una cuestación popular para acudir en su auxilio.  Galdós hubo de operarse de cataratas en los ojos, intervención con la que no consiguió recuperar la agudeza visual. Se dio buena vida y gestionó malamente sus recursos e ingresos. Con el teatro ganó más que como novelista. Por eso se determinó a adaptar a las tablas los argumentos de algunas narraciones, ya que el teatro rendía mayores derechos de autor. Aun así, no escapó a la penuria monetaria. La pobreza le mordía como un perro enfurecido.
Al morir, recibió el postrer homenaje del pueblo de Madrid. Su capilla ardiente se instaló, a las siete y media de la mañana, en el patio acristalado del consistorio. El ataúd de caoba estaba sellado con una protección de cristal. A las tres y cuarto de la tarde partió la comitiva fúnebre hacia el cementerio del Este (La Almudena). A las cinco y media, Galdós era enterrado en un panteón en el suelo con lápida de granito.
©Antonio Ángel Usábel, enero de 2020.

miércoles, 22 de agosto de 2018

De migraciones y empalizadas.


La migración, ya sea de animales o de personas, suele conllevar un factor de subsistencia. No se cambia de clima, de región o de área de la Tierra por cansancio o capricho, sino, generalmente, para mejorar las condiciones de vida. Las aves migran en primavera a zonas cálidas para anidar y reproducirse, mientras que se trasladan a otros lugares cuando llega el otoño. Siempre buscando una temperatura templada y huyendo del frío. Los seres humanos imitaron un tiempo a las aves, y también escaparon del frío, y buscaron el calor del fuego. Cuando las grandes civilizaciones se asentaron, sin embargo, los seres humanos migraron por otros motivos: huyeron de las invasiones de pueblos hostiles, del azote de las epidemias, de las hambrunas, de las inundaciones, o bien en busca de trabajo o de vías comerciales. Los hombres se diferencian de los animales en que su ánimo migratorio no sigue una regularidad programada. No responde al tiempo o las estaciones. El hombre sabe cómo guarecerse de las inclemencias, pero no tanto sobre cómo protegerse de sus semejantes, cuando estos se vuelven sus enemigos y amenazan su vida y las de los suyos.

En la actualidad, asistimos a una huida generalizada de grandes masas de personas desde ciertas regiones y países a otros. Huyen de la violencia de la guerra, de las injusticias, del fanatismo e intolerancia religiosos, de la limpieza étnica, de la falta de trabajo, de la miseria y el hambre. El mundo es grande; es de todos; pero la población del globo crece sin cesar y no hay recursos suficientes, o estos están desigualmente repartidos. Esto hace que haya zonas “favoritas” porque son las más favorecidas: hay paz, respeto cultural y confesional, un orden social y ciudadano, una estabilidad. No obstante, tampoco hay empleo a discreción para todos. Gente bien formada debe desplazarse a países vecinos, o incluso atravesar medio mundo hasta encontrar un trabajo prometedor.

Las culturas siempre han levantado muros y empalizadas para defenderse de lo extranjero, para delimitar su espacio vital y cultural, para marcar las fronteras de lo suyo, de su idiosincrasia. Uno de los últimos muros (y de los más vergonzosos), el de Berlín, cuando la Europa comunista apartó a sus ciudadanos de cualquier “contaminación” capitalista. El muro de Berlín fue una cruel e infamante barrera ideológica, que algunos se saltaron y lo pagaron con su vida.

En relación directa con las migraciones humanas y los muros, la UIMP ha presentado en Santander, en agosto de 2018, el montaje escénico Birdie, a cargo de la Agrupación Señor Serrano (fundada en Barcelona en 2006). Se trata de una alternativa muy original e innovadora, que parte de la creación de mensajes visuales filmados y proyectados en directo, a partir de fotografías, recortes de periódico, maquetas, objetos, figuras a escala reducida, música, sonidos y voz en off (en inglés, de Simone Milsdochter, con subtítulos en castellano). El espectador asiste a una coreografía milimétricamente ensayada, que en este caso apunta a las desigualdades territoriales, las vallas fronterizas junto a lujosos campos de golf, y la esperanza de ciudades cosmopolitas, como Melilla, que, a semejanza de la Toledo medieval, acoge a varias religiones (cristiana, islámica y hebrea).

Secuencias y fotogramas de la mítica Los pájaros, de Hitchcock, sirven para establecer un paralelo entre las migraciones de aves y de personas damnificadas, a la vez que la profusión avícola de la película representa los temores invisibles y los miedos compartidos que fustigan a una sociedad que se protege de lo foráneo. Los pájaros son el pánico en el subconsciente colectivo y, al mismo tiempo, la Amenaza de Andrómeda que surge de la valla. Por una parte, el terror no tiene forma; por otra, son esos subsaharianos encaramados a una empalizada, que van a saltar sobre el campo de golf de los sueños avaros. Birdie, en inglés, significa ‘pajarito’, pero también ‘un golpe por debajo del par’ a la hora de meter la pelota en el hoyo. De este modo, se aúnan ambos sentidos: los intrusos y el ocio lujoso.
En sesenta minutos tan solo, Álex Serrano, Pau Palacios, Ferran Dordal y David Muñiz construyen su reflexión sobre las migraciones actuales. Según ellos, carece de sentido (y de utilidad) levantar vallas, porque las corrientes son indómitas y terminan traspasando los obstáculos. Pero, ¿cupieron todos los seres de la Creación en el Arca de Noé? Imaginemos que el mundo es el Titánic, cuya cubierta se divide simétricamente entre una borda favorita y otra odiada. Evidentemente, el impulso de dirigirse todo el pasaje hacia el área favorita, despoblando la repelente, hace zozobrar el buque, que en este caso se escora y hunde no tras chocar contra un iceberg, sino al impactar contra el ansia de bienestar y supervivencia de todos los miembros de la especie humana.

Quizá la mejor solución, la única viable y posible, pase por sanear las zonas peligrosas e indeseadas de la Tierra, volviéndolas más prósperas y seguras, para evitar así las migraciones masivas de personas. Pero habrá que aplicarse e implicarse bien a fondo, pues estamos hablando de países inmersos en eternos conflictos civiles, con facciones a menudo muy fanatizadas, donde reina la corrupción absoluta y no existe ninguna tradición democrática. Un terreno muy difícil de roturar, oxigenar, abonar, cultivar y recolectar en equitativo reparto.

Ni Europa ni el mundo occidental no pueden acoger volúmenes masivos de seres humanos desesperados. ¿Debe implicarse el primer mundo en una lucha armada abierta para domeñar ciertas áreas lejanas conflictivas? ¿A cuánta gente hay que matar en esa suerte de “cruzada” de liberación panafricana con el fin de que prosperen la paz y la estabilidad? No a una docena, ni a cientos, sino tal vez a miles; o incluso a cientos de miles, hasta que cundan la equidad y la justicia social, y estas puedan, más o menos, mantenerse y levantar naciones prósperas, tal y como las hemos conocido. La labor de “depuración” en loor del bien común sería ardua y cruel. Y sin embargo, acaso sea una apuesta inevitable que deba afrontar el primer mundo, haciendo suya la vieja máxima senatorial romana: Si vis pacem, para bellum” (‘Si quieres la paz, prepárate para la guerra’). Pues las guerras traen la paz, o la ilusión de la misma.

¿Podría la diplomacia ganar una batalla? Difícil, en ciertos ámbitos indómitos. ¿Las sanciones económicas? Las termina pagando el que menos culpa lleva. Hay que intervenir, con la fuerza, en esos territorios, al tiempo que se bloquea el tráfico de armas de fuego hacia las zonas hostiles. Solo así, con la ocupación militar temporal, cabría avanzar algo, siempre que se contara con la colaboración mayoritaria, y no tibia, de la población civil. Porque la guerra de guerrillas todavía ningún ocupante invasor la ha ganado. Si acaso Roma en territorio cántabro-astur, después de tener pacificada y sometida toda la Península.

Hasta el momento, la diplomacia y los ejércitos de Occidente solo se han ocupado de derrocar dictaduras, pero sin alcanzar a establecer, en su lugar, alternativas democráticas. Se marcha el dictador de turno, pero ahí queda eso. En parte, también, porque no son sociedades que sean capaces de vivir al modo occidental, y los enfrentamientos y rivalidades étnicas y religiosas conducen a situaciones de inestabilidad permanente. Habría que tutelar, durante muchos años, esas sociedades, e incluso así sería un reto de titanes, con una probabilidad de éxito incierto. El colonialismo fracasó en el siglo XIX. Al final, hubo que irse de allí, aunque entonces el propósito no fue la enseñanza altruista, sino la explotación generalizada de los recursos naturales.
El “buen salvaje” no ha existido nunca. Cada cual llama bárbaro a aquello que no es su propia costumbre. La globalización derriba muchas diferencias, pero no es una panacea. Acerca mentalidades, pero la idiosincrasia cultural va a seguir en activo, y las creencias que se sientan amenazadas serán un amargo acicate contra una manera tolerante de entender y de vivir la realidad.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2018.
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[Preguntado Alfred Hitchcock sobre el sentido de su largometraje Los pájaros, respondió: “Si lo desea, puede convertirlo en el tema que crea más satisfacción en el mundo: que la gente no es consciente de que la catástrofe nos rodea.”

Por su parte, los críticos Ian Cameron y Richard Jeffrey escribieron: “La ambigüedad del significado de la película es su virtud principal. Si hubiera tenido un determinado significado alegórico, resultaría lo suficientemente relevante para que cada espectador lo tratara después en el ámbito personal. En cambio, su gran ambigüedad permite que la trama llegue a todos los niveles de la conciencia del público.”

domingo, 8 de septiembre de 2013

Nuevo blog sobre Santander y Cantabria.



Hoy, domingo 8 de septiembre de 2013, he inaugurado un nuevo espacio mío dedicado a Santander y Cantabria. En él iré comentando noticias y acontecimientos culturales relacionados con la Montaña.

 
Que os guste. Un saludo muy cordial a tod@s.

sábado, 23 de marzo de 2013

Nos deja González Echegaray.

“Cantabrum indoctum
iuga ferre nostra” (Horacio)
[‘El cántabro, no acostumbrado
a llevar nuestro yugo’]
He sabido del fallecimiento producido ayer (viernes, 22 de marzo de 2013), en su casa de la calle Rualasal de Santander, del sacerdote, erudito arqueólogo e historiador D. Joaquín González Echegaray. Tenía ochenta y dos años, y llevaba enfermo hacía tiempo. Han sido mis amigos de BISALIA, y en particular, D. Ismael Díez, quienes me han comunicado la noticia.
González Echegaray (Santander, 1930) ha sido un referente indiscutible para la investigación del patrimonio cultural de Cantabria. Tanto él, como su hermana Mª del Carmen, han sido responsables del estudio, catalogación y conservación de yacimientos que van del Paleolítico (cuevas rupestres), al periodo alto y bajomedieval, y aun posterior. Su extraordinario libro Los cántabros (1966), que Ediciones de la Librería Estudio ha reeditado en distintos formatos varias veces,  viene a servir de oportuna actualización y ampliación al ya clásico de Adolf Schulten, Los cántabros y astures y su guerra con Roma (1943). Como Schulten, Echegaray comenzó a recopilar en sus tiempos de seminarista todas las fuentes latinas que hablaban de Cantabria y del norte de Hispania. A partir de dichas fuentes dispersas, completadas por investigaciones de campo (básicamente, inscripciones en piedra --funerarias, votivas, públicas—y grafitos sobre piezas y objetos), fue construyendo e hilvanando el pasado antiguo de la región. Así descubrió un pueblo aguerrido, indómito, rebelde contumaz, nacido para la guerra, cuyos hijos hechos esclavos asesinaban a sus dueños y se volvían al monte. Sin embargo, Echegaray consideró esta belicosidad como signo y causa de su rápido ocaso, pues no puede vivir nadie en una batalla permanente. No donde se levanta una civilización, que era lo que acaecía en el resto de la Península. Los episodios suicidas de que habla Estrabón –madres infanticidas, hijos parricidas, crucificados que perecían cantando-- tenían frente a la romanización los días contados. Echegaray defiende, como condición de supervivencia relativa, la capacidad de adaptación de una cultura a aquella otra que pretende asimilarla y modificarla. El futuro es progreso, y el progreso está en saber avenirse. Algo muy duro de concebir después por los escritores regionalistas del XIX, como José Mª de Pereda y Amós de Escalante.
Echegaray era funcionario de la Diputación Provincial, puesto del que se jubiló en 1990. Su especialidad era la Historia Antigua; no en vano dirigió excavaciones no solo en la región cántabra, sino también en Jerusalén y Jordania. Fue a un colegio privado, laico y mixto, sorprendentemente llamado Santa Teresa de Jesús. Sus estudios religiosos los hizo en el seminario de Cóbreces (donde “se alistó” con tan solo once años) y en Corbán. Luego los completó en la Universidad Gregoriana de Roma.
De vuelta a su ciudad querida, se presentó a unas oposiciones al cargo de vicedirector del Museo de Prehistoria. Había sido otro religioso, el padre Carballo, paleontólogo, quien le introdujo en la afición por el pasado antiguo. Más tarde, fue colaborador del profesor Antonio García Bellido.
En Cantabria investigó las cuevas de Morín (Villanueva de Villaescusa), El Pendo, el Juyo (Igollo de Camargo), la Chora, el Otero, Rascaño y Altamira. Desenterró al “Hombre de Morín”, cuyo cadáver había dejado fiel impresión en la tierra arcillosa de su sepultura.
Gran conocedor de los asentamientos romanos, se ocupó también de Julióbriga (en una de sus primeras campañas) y del antiguo Portus Victoriae, es decir, la primitiva Santander latina, cuyos vestigios (unas termas romanas) puso al descubierto en el subsuelo de la cripta de la catedral de la ciudad.
Fue el fundador y primer director del Centro de Investigación y Museo Nacional de Altamira.
Con su desaparición se abre la gran incógnita de quién o quiénes van a tomar el relevo. Cantabria se está quedando sin arqueólogos locales, y hay todavía mucho patrimonio oculto que explorar. Cada vez que se amplía una carretera, o se mejora una autopista, aparecen entradas a cavidades con pinturas o huellas de asentamiento prehistórico que hay que cerrar apresuradamente con malla metálica para evitar su expolio. Y así permanecen olvidadas durante años.
Los oficios por su eterno descanso han tenido lugar el sábado 23, en la catedral de Santander. Posteriormente, el cuerpo ha sido conducido hasta el cementerio de Ciriego, e inhumado en el Panteón de Hombres Ilustres, junto a las cenizas del poeta José Hierro Real.
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* Su testimonio sobre Cantabria como Comunidad:
--“Creo que un pueblo como el nuestro debe estar interesado por sus raíces, pero esto no es conveniente que se lleve al mundo de la política, porque se deforma la realidad y puede conducir a situaciones ajenas al historiador.”
--“A veces pueblos de la antigüedad muy guerreros han transformado luego su manera de ser. Todo el mundo recuerda lo aguerrido de las legiones romanas, mientras que los italianos de hoy no son un pueblo que se signifique mucho por su arrojo en el combate. Eso suele pasar, son jugadas de la historia, y no debe interpretarse de forma peyorativa. Pero hay algo que sí podemos enlazar con aquella época, y es ese amor a lo nuestro, esa preocupación por nuestras cosas. El aprecio a nuestra tradición es una característica del pueblo cántabro. Incluso en el mundo de la emigración: todos los indianos vuelven a sus raíces. En cuanto al espíritu combativo, resurgió en parte durante la Guerra de la Independencia, cuando el obispo Menéndez de Luarca, al declararse la guerra a Napoleón, se dirigió al pueblo con una alocución que empezaba así: “Valerosos cántabros…”. Se inició la guerra, y se creó en Santander un ejército que subió a Reinosa a luchar contra los franceses, pero fue derrotado. Después, sobre todo en Liébana, se crearon una serie de unidades militares que llevaron el nombre de cántabros: “Los húsares de Cantabria”, “Tiradores de Cantabria”, “Cazadores de Cantabria”… Fue un momento histórico, una época en la que toda España estaba unida en la lucha por la independencia. Luego, afortunadamente, no ha habido más casos.”

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Juan Carlos Calderón (1936-2012), nostalgia y arte en familia.

En el Río de la Pila de Santander hay un bar donde se toca jazz que se llama el Drink Club. Fue fundado por Ramón, el segundo de los hermanos Calderón. No se puede hablar de cultura en la capital cántabra sin pensar en esta familia, los Calderón. Tres hermanos y una hermana, Teresa. Fernando (1928-2003), el mayor, excelente pintor figurativo; Ramón (1932-2004), dibujante, pintor y escultor; Juan Carlos, que ha fallecido poco después de la madrugada del lunes, 26 de noviembre de 2012, a los setenta y seis años, de un penoso cáncer de esófago, en la clínica Quirón de Madrid.

 
Juan Carlos, excelente compositor de baladas y música melódica, de jazz, y meritorio arreglista. Vivían los hermanos en el número 37 de la calle del Sol, cerca del paseo de Menéndez Pelayo, todo él arbolado de plátanos. En Villa Asunción, un chalet con jardín, tenía la familia un amplio piso arrendado, epicentro de un terremoto de expresividad pictórica, manual y musical como pocas veces ha llegado a darse en un hogar. Eran tres chavales de una inquietud artística, de un ansia de expresividad desmesurada. “Hacíamos arte sin darnos cuenta” –testimonia Juan Carlos. Como jugando. “Había muchísimo cachondeo y cosas muy locas para entonces”, nos sigue contando. “En el Club de Tenis, en el Marítimo, transgredimos todo; no hicimos caso de nada”. Una transgresión que consistió en traer a España formas nuevas de expresividad, fundamentalmente aprendidas de Norteamérica (el jazz) e Italia (el redescubrimiento del arte pictórico renacentista, fusionado con el lenguaje de vanguardia). En el Drink Club, cuyo gerente era Ramón, comenzaron a celebrarse unas sesiones intensivas de jazz los fines de semana, y ahí fue donde se inició Juan Carlos, con su grupo Santander New Orleans Band. El jazz era un sonido prohibitivo en España en la década de 1950 y 1960. Era ir contra la norma: la canción española, la música clásica y sacra, la zarzuela y la marcha militar. A los Calderón igual les daba por bajar un piano al césped de su jardín y tocar en torno a él, cara a la galería.
 
Poco a poco, los hermanos se fueron decantando por una disciplina: Fernando, por los cuadros de pataches, los bergantines ligeros de dos palos típicos en el norte; Ramón, por sus esculturas naturalistas y compuestas, de conchas y maderos que la mar ha mecido y abrillantado; Juan Carlos, por sus improvisaciones de jazz y sus primeras curvas melódicas.

Juan Carlos era solo tres años mayor que mi padre. Ambos fueron compañeros de colegio en los Escolapios. Cuando se abrió el Drink Club, mi padre –que no era músico ni pintor-- lo frecuentaba y escuchaba las interpretaciones que ofrecían Juan Carlos y su grupo. No actuaban canónicamente sobre una tarima. Se revolcaban con los saxos y los trombones y trompetas por el suelo de la sala, improvisando en todas las posturas. Aquello era de locura, un desmadre. Y no solo se tocaba, se bebía, hasta altas horas o la noche entera incluso. Pero todo se hacía con un talento innato, sublime, sobresaliente, que afloraba en los momentos más jocosos. No tenían intención de lograr nada serio en principio, de pulirse y profesionalizarse. Era solo su modo de divertirse y pasarlo bien haciendo lo que más les gustaba. A Ramón, por ejemplo, le dio por decorar al óleo las cubas del Riojano, por obrar algo que se salía de lo corriente, que no se conocía. Juan Carlos, que estudiaba piano clásico con Laura Llorente, se dejó seducir por la beatlemanía y se dispuso a componer pop. Tuvo la suerte de dar con compañeros interesados en lo mismo, y ahí comenzó la profesionalización, el modo de ganarse la vida.

Una de sus primeras composiciones lleva el ortopédico título Concierto para flauta, orquesta y timbal, Vals nº 1. Cuando abandona Cantabria y se traslada a Madrid, en 1959, compone música para el cine mientras toca por las noches jazz en garitos de alterne. A su hermano mayor Fernando le gustaba presumir que, cuando Juan Carlos tocaba el piano en un local de la calle del Marqués de Villamagna, iba a verlo Ava Gardner, que luego se lo llevaba a su chalet alquilado de La Moraleja.

Juan Carlos colabora con buenos directores, de la talla de Angelino Fons, León Klimovsky (Una chica para dos, 1968), Jaime de Armiñán (Carola de día, Carola de noche, 1969), Julio Coll (El mejor del mundo, 1970), Luis Revenga (Mañana en la mañana, 1972), Pedro Masó (La familia, bien, gracias, 1979). Si bien es verdad que las necesidades alimenticias lo llevan a crear partituras de jazz descabalado para títulos de terror: La rebelión de las muertas (1973), Los ojos azules de la muñeca rota (1974).

Su primer trabajo grabado de jazz lo realiza junto a la cantante de pop edulcorado Elia Fleta. En 1963, consigue un puesto de pianista estable en el club Bourbon Jazz. Allí su teclado acompañaba a vocalistas como Don Byas, Stephan Grapelli, Carmen McRae, Dexter Gordon, o Donna Hightower.

Poco a poco, consigue que le produzcan más discos: en 1968, uno con un cuarteto para Polydor, producido por el ex alumno del Ramiro, Alfonso Sainz, que también le financia Juan Carlos Calderón presenta a Juan Carlos Calderón, con siete temas propios más una versión de Danny Boy, y grabada con un cuarteto propio. Sin embargo, su mejor y más celebrado disco de jazz, con tres temas suyos y tres de Miles Davis, Thelonious Monk y Oliver Nelson, y una big band de acompañamiento (catorce músicos), es Bloque 6 (reeditado en cd por Blue Note en 1996). Este elepé ganó el premio al mejor disco de jazz en Estados Unidos. Las puertas de la fama internacional se abrían para el santanderino. Si se consiguió grabar fue merced a una oferta disparatada de Juan Carlos Calderón a los responsables de Información y Turismo: incluir una orquesta de jazz de diecisiete miembros en el programa de los Festivales de España. Lo admitieron y el músico se puso a ello. Debutaron en Santander, para pasar luego a Palma de Mallorca y Barcelona. La iniciativa gustó, y el elepé se produjo. Así fue cómo la audacia de Calderón al proponer lo que no se había hecho antes le llevó a la escalada del éxito. Además de las manos de Juan Carlos al teclado, y Pedro Iturralde al saxo tenor y soprano, Bloque 6 tiene un maravilloso toque de palillos debido a Pepe Nieto.

Por aquellos tiempos (finales de los sesenta), hizo los arreglos para el La, la, la, de Massiel y se entregó a producir y a promocionar al mejor grupo de música ligera que hemos tenido, Mocedades. Un matrimonio de catorce años, y las más acertadas canciones de Juan Carlos, las baladas por las que siempre se le recuerda: Eres tú (segundo puesto en Eurovisión en 1973), Tómame o déjame, Pangue Lingua, La otra España, ¿Quién te cantará?, Charango. En 1975, Sergio y Estíbaliz interpretan Tú volverás, y Cecilia, Amor de medianoche, que gana el Festival de la OTI, lo que le confirma como el mejor autor de canción melódica romántica de España. La nostalgia llega a 1985, con el tema La fiesta terminó, en la voz de Paloma San Basilio. De Eres tú (único nº 2 de ventas en EE.UU. de un tema en español) se cuenta la anécdota de que fue grabada en inglés por el gran Bing Crosby con el título Touch The Wind. Y así la versionaron igualmente el mismo Mocedades, Nana Mouskouri, y hasta Johnny Mathis, con acompañamiento del propio Juan Carlos. En español, las mejores interpretaciones se deben a Mocedades, por supuesto, y al grupo The Kelly Family. Eydie Gorme solía llevarla también en su repertorio. Las malas lenguas mencionan una influencia en esa canción de Rapsodia de Rachmaninoff sobre un tema de Paganini. Pero la influencia del pasado es un aspecto común en Arte. Sucede en pintura, en escultura, en literatura… ¿Por qué no, también, en música? Sin ir más lejos, cuando escucho el tema principal de En busca del Arca perdida, de John Williams, siempre me parece descubrir notas del Don Juan de Richard Strauss. Esto no es malo, es como tomar un poema y darle otra forma.

Juan Carlos siempre componía primero la partitura, al piano, y luego pensaba en que se le añadiera la letra. Eso ocurrió con Amor de medianoche, una canción como para quedar encerrada entre las paredes de Villa Asunción, con letra de Evangelina Sobredo (Cecilia). Habla de muñecas, de sombras en los rincones y guiñoles. De un cuarto, y de una puerta que ha de ser abierta para dejar partir el amor. Estoy por apostar que es la canción que recoge aquel espíritu de la casa familiar de Santander: los Calderón aprendiendo de los padres, y creando juntos y por separado.

 
En 1977, Juan Carlos decide saltar el charco e irse a vivir a Los Ángeles, ciudad de adoración suya, junto con Santander y Madrid. Allí progresa musicalmente, ayuda a promocionar a jóvenes valores, etc., etc. Qué duda cabe que ni Luis Miguel ni Ricky Martin son Mocedades, que era el anillo al dedo para el estilo romántico del autor. A la vuelta, Juan Carlos sufre la crisis del cd, y se replante nuevas fórmulas de negocio relacionadas con grandes temas para ser grabados. Ahí es donde le ha sorprendido la Muerte. “Un día no puede ser. / Una hora tienes de vida”. No le ha dejado hacer lo que antes nadie había hecho.

Jacobo Calderón sobre su padre y programa funeral.

Teresa Calderón habla de su padre Juan Carlos.

Página oficial de Juan Carlos Calderón.

lunes, 18 de mayo de 2009

HISTORIA DE UNA AMISTAD.

Francisco S., mi buen, enorme amigo y maestro, que me quiere bien, me prestaba hace unos días un clásico revelador totalmente desconocido para mí, el estudio de Vicente Marrero Historia de una amistad (Madrid, Ed. Magisterio Español, 1971). Para quienes amamos Santander, con su Sardinero, sus cafés, sus atalayas, sus playas y su romántica bahía, este libro de Marrero es un goce para los sentidos y un bálsamo para el corazón. Se centra en detallar la profunda, emotiva y larga amistad entre mentalidades muy dispares, las de los escritores José María de Pereda, Benito Pérez Galdós y Marcelino Menéndez Pelayo. Un trío de ases sublimado si contamos con la participación añadida del decano de las letras del siglo XIX, Juan Valera, del crítico más audaz, Leopoldo Alas “Clarín”, y del emperador de la poesía hispanoamericana, Rubén Darío.



Sin demeritar a los otros, vamos a detenernos ahora en aquellos genios de las veladas de San Quintín y de la guantería de Juan Alonso. Pereda y Galdós eran edecanes consumados del Realismo narrativo. Pereda era un tradicionalista acérrimo, historiador ultramontano de su terruño, patriarca de los cántabros, sus decires, sus usos y costumbres. Militante en el carlismo, apenas salía de su comarca y odiaba en lo más profundo viajar a Madrid. Galdós era un santanderino de adopción; a Santander iba a echar sus mejores “canas al aire”, y desde aquel extraordinario puerto de indianos retrataba como nadie el Madrid de la Restauración. Agnóstico, que nunca ateo ni descreído, hablaba más del cristianismo de espíritu que del catolicismo inquisidor, que aborrecía, dada su vinculación con posturas republicano-socialistas. Don Marcelino, curiosamente el benjamín de los tres, amaba la Historia de España y de su Literatura, y se convirtió pronto, casi durante su adolescencia, en el mejor conocedor del pasado creativo del país, y en el primer gran filólogo que hemos tenido los españoles. También, uno de los mejores conocedores de la poesía latinoamericana. Católico convencido, era un monárquico de tradición divina. Cuando se propuso a Galdós dos veces para el Nobel, los españoles “que no podían ser otra cosa” vitoreaban a Don Marcelino para igual galardón. Y, sin embargo, ni unos ni otros parecían comprender que no existía rivalidad, sino camaradería: la que da el asombro desprovisto de envidia. “Clarín” se dio cuenta de que eran las ideas cristianas, la religión en definitiva, aunque observada desde distinto ángulo, la que posibilitó el acercamiento respetuosísimo de aquellos grandes talentos.

Cuando Galdós alcanzó cierto éxito con Gloria, sus dos amigos alabaron la trabazón del relato, su ágil estilo, pero también deploraron respetuosamente su sentido maniqueo de la vida, su carácter de “novela de tesis”, donde el progresismo y la tolerancia caminan del lado del judaísmo, y el inmovilismo intolerante y teocrático queda para los curas católicos. El escenario velado de Gloria es, además, Santander. Pereda soñaba en sus adentros, y en sus cartas a Menéndez Pelayo, con la conversión sincera y definitiva de su querido Galdós. ¿Por qué no había puesto éste en su Gloria un buen sacerdote, un ejemplo de las verdaderas virtudes católicas, que sirviera de contrapunto a los diáconos amargados y perversos? Al fin y al cabo, otras confesiones también tienen sus lacerantes lacras, y no hay por qué entrar ni en exaltaciones ni en persecuciones injustas. La tolerancia debe ser primera ley, mientras el buen Dios no se decida a iluminar por igual a todos los hombres con la fuerza preclara de su Espíritu. Por su parte, Don Benito veía con ternura los cuadros costumbristas de su compadre Pereda; se sonreía ante su ingenuidad, pero evitaba denigrarlos o efectuar cualquier comentario ridiculizador. Don Marcelino contemplaba con agrado el arte narrativo de Pereda y Galdós, y se congraciaba con tener por amigos a tan sublimes prosistas. Él era, además, un niño cuando Pereda era aclamado ya como maestro en Santander.



Detengámonos en ese niño prodigio, en ese bibliófilo impenitente y lector voraz. Cuando Pereda y Galdós se conocieron en una fonda de la calle Atarazanas, en el verano de 1871, Marcelino Menéndez Pelayo contaba sólo quince años. Tres años antes ya se había comenzado a dar a conocer en los periódicos locales, contestando con éxito a sesudos acertijos de tema histórico. Hijo de don Marcelino Menéndez Pintado, catedrático de Matemáticas de Enseñanza Secundaria, en el instituto destacaba nuestro genio por sus extraordinarios trabajos de investigación. En ese mismo año de 1871, inicia Filosofía y Letras en Barcelona, de la mano del gran Milá y Fontanals. Con dieciocho años, estudiando ya en Madrid, era capaz de dar cumplida noticia de manuscritos y códices guardados en la Biblioteca Nacional. Por desavenencias ideológicas con Salmerón, catedrático de Metafísica de la Universidad Central, traslada la matrícula a Valladolid, donde se licencia. El Ayuntamiento de Santander y la Diputación le otorgan becas de ampliación de estudios en el extranjero por un importe total de siete mil pesetas, que don Marcelino invierte, sobre todo, en la compra de valiosos libros antiguos. Entonces comenzará su más largo y fructífero matrimonio: los libros, su apabullante biblioteca que llegará a contar con más de 50.000 volúmenes, y que él donará generosamente a la capital cántabra.

Viajes por Lisboa, Roma, París, Lovaina, Bruselas, La Haya… y más libros en la maleta, para traer a casa. Comienza a escribir el primer tomo de la Historia de los heterodoxos españoles, la biblia de las herejías nacionales. Decía su buen hermano Enrique, el poeta, que Marcelino “amaba a Dios sobre todas las cosas y al libro como a sí mismo”. Corre el mito del atril doble para leer con comodidad dos libros a la vez mientras come. La leyenda de ser capaz de recitar de memoria un libro recién leído. Su enorme conocimiento de ocho lenguas antiguas y modernas… De niño, visitaba con su padre las librerías de bibliófilo, o las bibliotecas particulares de consumados latinistas. Con doce años, montó su primer estante sobre un aparador. Veinte libros tan sólo. Después convirtió el estante en un armario, como los de las antiguas bibliotecas monacales. Pronto su padre, que lo quería y tenía posibilidades para ello, ordenó construir para los libros un pabellón en el jardín. Su hijo había heredado, quintuplicada, la pasión del abuelo. En 1892, con treinta y cinco años, pasaban de 8.000 los volúmenes de su colección, y entonces fue cuando ordenó levantar un edificio expreso para albergarlos en la casa familiar de Santander. Entre ellos, 23 incunables y 563 manuscritos. Autógrafos originales de Quevedo y Lope de Vega, una obra de Plotino que había pertenecido a Isabel la Católica y regalada a ella por Lorenzo el Magnífico. Y con ellos, los 67 volúmenes alumbrados por el propio polígrafo. [Recomendamos encarecidamente a nuestros lectores que visiten la página web de su biblioteca: www.bibliotecademenendezpelayo.org, con importantes enlaces a bibliotecas privadas y universitarias del mundo entero, obras hispanas, latinas y griegas (que se pueden descargar) y revistas literarias del ámbito hispano. Además, el interesado puede bajarse todos los manuscritos de obras de la colección que ya han sido digitalizados.]



Despega su fulgurante carrera. En 1878, don Marcelino se presenta a la cátedra de Literatura de la Universidad Central, rivalizando con el mismísimo Canalejas. La obtiene. 21 años. El bedel apagaba las luces de la Facultad, se iba el sol, y seguía perorando don Marcelino sobre literatura con sus alumnos, ensimismados por la tremenda erudición y la exacta precisión demostradas en sus explicaciones.

En 1880, es elegido académico de la R.A.E. 24 años. En 1882, con 26, concluye la Historia de los heterodoxos y entra en la Real Academia de la Historia. Comienza su Historia de las ideas estéticas en España y edita las Obras Completas de Milá y Fontanals. 1889: es nombrado bibliotecario interino de la Real Academia de la Historia, y aceptado en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Entre 1890 y 1893, publica sus antologías de poetas líricos castellanos y de poetas hispanoamericanos (en cuatro tomos). Esta última obra era su preferida, de la que se sentía más orgulloso. Sobre ella ha dejado expresado el historiador Carlos Pereira:

«Vistas de este modo las cosas, Menéndez Pelayo es el primero de los americanistas españoles. Los hubo antes que él, pero nadie antes que él dio la fórmula del americanismo integral. De Menéndez Pelayo parte un sentido de la solidaridad que no se había actualizado en obra alguna.La Historia de la Poesía Hispano-Americana es un libro capital para España y fundamental para América. Este libro parecía llegar a su hora, como suele decirse. Pero si llegaba a su hora para la crítica, para el público llegaba con un adelanto de medio siglo. Era, en suma, uno de esos libros que, tal vez inconscientemente, van dirigidos a la posteridad y que tiene como destino una renovación de las ideas. No había público para el libro de Menéndez Pelayo. No lo había en España y no lo había en América. La Historia de la Poesía Hispano- Americana es la mejor de sus obras o, por lo menos, la que él mismo conceptuaba la mejor. Pero el público carecía de preparación para su lectura, tanto por deficiencia de saber como de entusiasmo. Nadie sentía lo americano en España. Nadie sentía lo americano en América. "Esta obra es de todas las mías –dice Menéndez Pelayo– la menos conocida en España, donde el estudio formal de América interesa a muy poca gente, a pesar de las vanas apariencias de discursos teatrales y banquetes de confraternidad." De dos maneras puede leerse la Historia de la Poesía Hispano-Americana: o vemos en ella un libro de erudición, compuesto minuciosamente, de acuerdo con un plan de divisiones geográficas, en el que lo más importante es la compilación de noticias curiosas, instructivas, útiles y, sobre todo, exactas, o bien leyendo las 900 páginas de recorrido atendemos a la impresión de un conjunto grandioso, del que se destacan como de la masa arquitectónica de una catedral, de una abadía o de un castillo, torres y explanadas, pórticos, estatuas, relieves, hornacinas, arboledas, jardines y fuentes...»

En 1898 –la triste fecha del Desastre--, a los 42 años, ocupa el cargo de director de la Biblioteca Nacional. Impulsa la Revista de Archivos, hito en la investigación erudita española. En 1901, ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1911, un año antes de su muerte, es elegido director de la Academia de la Historia. Su sueldo más abultado, aunque bien generoso para la época, fue de doce mil pesetas, con descuentos. Lo que no necesitaba para vivir y para mantener sus dos casas, lo invertía en adquirir preciados volúmenes en subastas nacionales y extranjeras.





Así llegamos a 1912… El 7 de abril, don Marcelino hace testamento, y lega a la ciudad de Santander, su patria, su biblioteca así como el edificio en que se halla. En los últimos tiempos se le veía vagar solo por los cafés de su ciudad --el Suizo entre ellos--, asistido por su capa, meneando la cabeza, como asintiendo o negando para sus adentros. Leía algunos periódicos ingleses, y de Madrid La Época, su favorito. El domingo, 19 de agosto, sufre un colapso por la mañana del que tarda en recuperarse. Pide que le asista el mismo padre confesor que antaño acompañara a su señora madre, de la vecina parroquia de San Francisco. Entre sus últimas palabras, mirando por última vez al pabellón de su biblioteca, las que mejor esculpen en mármol de Carrara su figura inmortal: “Qué lástima tener que morir cuando me faltaban tantas cosas que leer”. Luego soltó el libro y la pluma y tomó el crucifijo. Ya lo llamaban sus buenos amigos, Laverde, “Clarín”, Valera y Pereda. Así pues, pasó a la eternidad. Tenía 56 años. Fue amortajado con el hábito de la orden franciscana, y sepultado en la nave lateral de la catedral de Santander. Planeando, suspendidos en el aire como un nimbo perenne, los mágicos, bellísimos versos que dedicó a su tierra:

“Puso Dios en mis cántabras montañas
auras de libertad, tocas de nieve,
y la vena del hierro en sus entrañas”

* * *


Volvamos ahora a “Clarín” y a su propuesta de la religiosidad como panacea. Para el agudo y acerado escritor zamorano, nuestra alma necesita creer, y es por medio de las creencias religiosas comunes como se dota de fraternidad y de cohesión a un pueblo. Lo asevera en Un discurso (1891), presentado en la apertura del año universitario, y enviado a Menéndez Pelayo, quien lo elogia con emoción, pues ve en “Clarín” a un hombre que no ha perdido la fe: “Se me ensancha el alma cuando veo a un liberal como usted coincidir conmigo en lo esencial del terrible problema […] la absoluta necesidad de la educación religiosa, no ya sólo para que la vida colectiva no acabe de disolverse, sino, lo que importa más, para la salvación del alma propia, como quiera que esto se entienda.” El más díscolo de los amigos, por lo escéptico, era Galdós, quien reconocía, en carta a Pereda, que el catolicismo “es la más perfecta de las religiones positivas”, aun cuando él dice carecer de fe, lo que le lleva a ir tirando en un estado que no termina --justamente y por eso--, de agradarle. A propósito de los descalificativos contra Gloria, el insigne narrador canario se define decididamente: “Ninguna religión positiva, ni aun el catolicismo, satisface el pensamiento ni el corazón del hombre en nuestros días. No hay quien me arranque esta idea ni con tenazas. El catolicismo no puede seguir rigiendo en absoluto la vida. Convengo en que marchamos rápidamente al caos; pero este desconsolador hecho no puede ser un argumento en contra de aquella idea.” (El subrayado es nuestro). Es decir, el propio Galdós reconoce hacia dónde conduce el agnosticismo, y lo que es peor consuelo, el ateísmo: a la destrucción del orden social, a la pérdida de los valores morales, esenciales del ciudadano y de la persona. Se vio a las claras décadas después, durante la malograda II República Española, con la persecución sistemática de la Iglesia y de sus seguidores, para proponer un nihilismo pseudocomunista a cambio. El dramático resultado –del cual nadie decente se vanagloria—fue nuestra contienda civil. Y todavía hay quien ve en el nacionalcatolicismo del régimen franquista un decorado de cartón-piedra. Aquella dictadura, chapuceramente contradictoria como son todas, paraíso de crueldad y de represalia, esgrimió sin embargo con relativo tino la vertiente religiosa como fórmula de estabilidad social. El descreimiento de épocas pasadas radicalizó las posturas, e hizo levantar la barbacana del mazo y del hisopo. Se pidió una suerte de estado teocrático como lo hubo durante la Edad Media y el absolutismo imperial. El aleccionamiento de catecismo tuvo como nota positiva inculcar un cierto respeto por los valores éticos de la religión, aun cuando muchas parejas, obligadas a admitir el único matrimonio autorizado, el católico, firmaran de antemano ante notario un “documento de dudas razonables sobre el dogma” por si la relación fracasaba y había que recurrir a Roma y al Tribunal de la Rota.

El cristianismo, en su variante católica, forma parte innegable de la idiosincrasia española e hispana. Por mucho que algunos vocingleros, en época republicana o actual, intenten desconocerlo. Quieren alienarnos de nuestras creencias tradicionales, volviéndose irrespetuosos frente a quien no piensa como ellos. Poco han aprendido del genio galdosiano, o clariniano, que abogaba por una espiritualidad innata en el ser del español, aunque la tal no corroborara taxativamente los dogmas del catolicismo. Hoy día, quienes no creen se molestan por la presencia de quienes creen, y ni siquiera abrazan posiciones de espiritualidad conciliadoras, como el krausismo o la teosofía. Ahí están ataques despiadadamente frontales a la Historia del cristianismo y de la Iglesia católica, como el esgrimido con verdadera saña por el escritor colombiano Fernando Vallejo (La puta de Babilonia, 2007). De acuerdo que el papado no ha sido ninguna institución perfecta, y que Roma ha cometido errores de bulto, algunos extraordinariamente vergonzosos, crueles y jactanciosos, como beatificar a quienes amparaban a los clérigos responsables de las matanzas del campo croata de Jasenovac. Pero tampoco se puede negar la emprendedora labor social de la Iglesia, en caridad, sanidad, infancia, educación y formación. No es cierto que Pío XII fuera un aliado del nazismo y un antisemita convencido, como dice ese autor, que ignora lo imprescindible que es la diplomacia para la supervivencia. Si Pío XII hubiera criticado abiertamente el régimen de Hitler, éste habría ocupado el estado Vaticano y silenciado al papa, como de hecho hizo con sacerdotes y monjas católicos internados en los campos de exterminio (Kolbe, Sangel, Stein…) Aún vive hoy en Israel Zeev Steinberg, músico, una de las personas salvadas de la Shoa gracias a la orden dictada expresamente por Pío XII para acoger y esconder en los monasterios a los judíos perseguidos por los nazis (v. Alfa y Omega, nº 641, 14-05-2009). Es obvio que cada cual cuenta la feria según le va en ella. Si creemos en Dios, sólo Él conoce objetivamente el grado de inocencia o de culpabilidad de cada ser humano. Pero Vallejo, llevado de aprensión supina, difunde otras severas imprecisiones, como asegurar que los nazis eran cristianos, cuando en realidad –todos lo sabemos-- sólo difundían el culto al Führer y a la raza aria. Mas se ve que, para él, el cristianismo ha sido la bestia negra de toda la cultura occidental.

Tanto España como la cultura hispánica, la que extendimos los españoles por el mundo, al otro lado del océano, es lo que es merced a su trayectoria confesional. Lo ha expresado magistralmente el nuevo arzobispo de Toledo, Monseñor Braulio Rodríguez Plaza: “La unidad verdadera es siempre la que nace de la confesión de la fe común. En la historia de España es evidente que la confesión de fe común ha fecundado la vida de las personas, de los pueblos, de la cultura, en orden a la conquista del respeto de la dignidad de la persona humana. La realidad histórica de España difícilmente se entendería, ni antes ni ahora, sin esa unidad de confesión de fe que la ha configurado y caracterizado. Los obispos españoles, en la Instrucción pastoral Orientaciones morales ante la actual situación de España, de noviembre de 2006, que no ha perdido un ápice de vigencia, señalábamos que «esta unidad cultural básica de los pueblos de España, a pesar de las vicisitudes sufridas a lo largo de la Historia, ha buscado también, de distintas maneras, su configuración política. Ninguna de las regiones actualmente existentes, más o menos diferentes, hubiera sido posible tal como es ahora, sin esta antigua unidad espiritual y cultural de todos los pueblos de España». No debemos olvidar esta afirmación.” (v. Alfa y Omega, nº 638, 23-04-2009, p. 26).

Sin embargo, la tremenda crisis de valores por las que atraviesa España en esta primera década del siglo XXI no es exclusivamente nuestra. Individualismo, conformismo, tedio, apatía, extravío de un rumbo y de un proyecto de vida, se dieron también en, por ejemplo, la sociedad norteamericana de 1950-55, tal y como atestigua con los personajes de su novela Richard Yates (Revolutionary Road, 1961). La cultura estadounidense aparecía “narcotizada y moribunda”, y sólo la vieja Europa, la cuna madre, parecía ofrecer alguna esperanza de recuperación, con sus tradiciones ancestrales, su impulso civilizador, sus matrimonios fieles y sus oportunidades de vida realizada y dichosa. Europa era como un Edén. El país de las grandes comodidades, la industria de primera línea y la Estatua de la Libertad miraba a Europa. Ahora Europa, ¿hacia dónde mira?

A los hombres con valores, con ética y con preocupaciones trascendentales, dirige Juan Manuel de Prada su urgente y muy necesario libro La nueva tiranía. El sentido común frente al Mátrix progre (Ed. Libroslibres, 1ª ed., abril de 2009). La cultura de la idolatría, despersonalizada, globalizadora y alienante, pretende vencer a lo “caduco” y “reaccionario”, sustituyendo las lámparas viejas por otras nuevas como en el cuento de Aladino. Pero las nuevas lámparas de latón, aun por muy relucientes, no sacan genio por mucho que se froten. “Y, contra este nuevo orden cuasirreligioso, sólo se alza el orden religioso, que restituye al hombre su verdadera naturaleza y le propone una visión cabal del mundo que ataca los cimientos del trampantojo sobre los que se asienta la nueva tiranía, disolviendo sus falsificaciones•” (v., op. cit., p. 14). Como dejó sentenciado Chesterton hace ya muchos años, quien no cree en Dios, cree en cualquier cosa. Hemos de recordar siempre que no nos limitamos a vivir, sino que convivimos. Por tal motivo, fundamentado y fundamental, pidamos al menos para que los que no creen en Dios respeten el derecho a creer de los demás, y que jamás veamos de nuevo rota la base de nuestra tolerancia y convivencia.

Antonio Ángel Usábel
(Madrid, 17 de mayo de 2009)

* PARA SABER MÁS: recomendamos la consulta de la bibliografía siguiente:

I. Sobre la vida de Marcelino Menéndez Pelayo:

-- Artigas Ferrando, Miguel. Menéndez y Pelayo, Madrid, Ed. Voluntad, 1927.
--Artigas Ferrando, Miguel, La vida y la obra de Menéndez Pelayo, Zaragoza, Heraldo de Aragón, 1939.
--Bonilla Sanmartín, A., Marcelino Menéndez Pelayo, Madrid, 1914.
--Cossío, José Mª de, Rutas literarias de la Montaña, Santander, Ediciones de la Librería Estudio.
--García de Castro, R., Menéndez Pelayo.
--González Piedra, Juan, Vida y obra de Menéndez Pelayo, Madrid, Publicaciones Españolas, 1952, col. Temas españoles, nº 12.
--Pellón Gómez de Rueda, Adela, “Perfil humano de Menéndez Pelayo”, en Menéndez Pelayo. Setenta y cinco aniversario, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1989, pp. 10-35.
--Rodríguez Alcalde, Leopoldo, “Marcelino Menéndez Pelayo”, en Retablo biográfico de montañeses ilustres, Ediciones de la Librería Estudio, 1978, t. I, pp. 107-114.
--Sánchez Reyes, Enrique, Menéndez Pelayo. Biografía del último de nuestros humanistas, Santander, 1956.
--Sánchez Reyes, Enrique, Biografía crítica y documental de Marcelino Menéndez Pelayo, Madrid, C.S.I.C., 1974.

II. Sobre Benito Pérez Galdós en Santander:
--Madariaga, Benito, Pérez Galdós. Biografía santanderina, Santander, Institución Cultural de Cantabria / Instituto de Literatura “José Mª de Pereda”, 1979.
--Madariaga de la Campa, Benito, Pérez Galdós en Santander, Santander, Ediciones de la Librería Estudio, 2005.

III: Sobre la vida de José Mª de Pereda:
--Cossío, José Mª de, Rutas literarias de la Montaña, Santander, Ediciones de la Librería Estudio.
--Menéndez Pelayo, Enrique, y otros, “Apuntes para la biografía de Pereda”, en El Diario Montañés, 1 de mayo de 1906, recogido en el t. XVII de las Obras Completas de D. José M. de Pereda, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1922 (3ª ed.).