“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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domingo, 19 de marzo de 2017

Vivisección.


Pilar Primo de Rivera (Madrid, 1907-1991) es una figura hoy muy olvidada de la Historia reciente de España. De hecho, ni libros ni documentales que analizan la dictadura de Franco la mencionan apenas. Otros la omiten, como si no hubiera existido. De finales de la II República hasta la actualidad ha primado la idea de virilidad. El régimen que se instauró tras nuestra Guerra Civil decretó un diseño varonil de Estado: los hombres fueron los vencedores de la contienda, y los que con su fuerza deberían levantar la nueva nación. El papel de la mujer solo se contempló, fundamentalmente, como destinado al sostenimiento moral y al cuidado del marido y de los hijos. Esto no significa que la mujer debiera permanecer inactiva, sino todo lo contrario: como tal mujer debería volcarse en tareas en principio familiares u hogareñas (consideradas esenciales), pero también en labores de beneficio social y en educación de adultos y de escolares. Se pedía de la mujer que fuera entregada, abnegada, sufrida, que auxiliara allí donde se la requiriera y que cuidara siempre del varón, ya fuera este padre, abuelo, esposo u hermano. La buena mujer debía ponerse al servicio del hombre, pues este era el cometido que la tradición histórica le había venido asignando (no solo en España, sino en toda la civilización occidental). Pilar Primo de Rivera no combatió nunca estos asientos morales, sino al contrario, los alentó y convirtió en máximas, para confortar al régimen disciplinado y totalitario que había nacido con el triunfo del Caudillo. Sin embargo, y en la medida de lo posible, la hermana de José Antonio intentó que la mujer no fuera ni arrinconada, ni olvidada, aunque si bien en un plano subsidiario que nadie discutía.
Por eso esta obra cómico-dramática que ahora podemos ver en el Teatro del Barrio (C/ Zurita, 20), La Sección, escrita brillantemente por Jéssica Belda Peiró y Ruth Sánchez González, era tan necesaria. Para rescatar del olvido y valorar, en su justa medida y dimensión, una figura pública que los manuales y ensayos han silenciado. Con el guiño desenfadado de la farsa, con el aire canalla del vodevil, pero respetando el rigor histórico, las autoras nos sumergen en un divertido viaje a la España franquista. Y levantan, con humildad, pero con entrega total a este proyecto, uno de los mejores espectáculos teatrales que se pueden ver en Madrid esta temporada. Tres son las intérpretes de la obra, empezando por la propia Jéssica Belda, arropada en la aventura por Manuela Rodríguez y Natalie Pinot. Las tres consiguen plena verosimilitud de caracteres dentro del ejercicio paródico, lo cual se antoja doblemente difícil. Porque estás ofreciendo una versión cómica, risible, al tiempo de transparentar, con las pinceladas justas, la psicología endémica del personaje.
La Falange se crea en el madrileño Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933, con un discurso fundacional, pronunciado por su líder y jefe, José Antonio Primo de Rivera, del cual las autoras de esta pieza han aprovechado bastantes párrafos. José Antonio, harto de la división de la política española en multitud de partidos, algunos de ellos con pretensiones nacionalistas que herían y quebraban la unidad del país, propuso su “antipartido”, es decir, la solución definitiva al problema de las disensiones y los enfrentamientos: una España unida en un solo proyecto común, católico, que tomara como mayor defensa la dignidad de la persona, aun cuando bajo la tutela esta de un Estado totalitario. España tenía que cumplir con un designio histórico dentro de la civilización occidental; la España de Don Pelayo, de Isabel la Católica, de Garcilaso, de Carlos I, de Felipe II… La España de orden y mando imperialista y colonialista. Una protección integral al camarada obrero, regida siempre por un gobierno paternal y por el Vaticano. El sufragio universal y la teoría rousseauniana de libertad natural recuperada ilusoriamente a través del mismo no sirven de nada en un plan donde el fin está claro: ejercer los principios católicos de una tradición, y que estos sean ley. La Falange nace alimentada por el caos político-social imperante en España en la década de los treinta, y auspiciada por el Fascismo italiano de Mussolini y el nacionalsocialismo alemán de Hitler. Con la salvedad de que José Antonio nunca hubiera pretendido, seguramente, un diseño unipersonal de gobierno, tal y como después se comprobó, una vez muerto el jefe-fundador, en el levantamiento de Federico Manuel Hedilla contra Franco. En efecto, el jefe cántabro se opuso con ímpetu contra el control por Franco de la jefatura de Falange. Contaba para ello con las simpatías de los nazis, con la indiferencia de los fascistas italianos, y con la rivalidad de otros camaradas de partido, entre ellos, Pilar Primo de Rivera. Pero la unificación ideológica era necesaria (para impedir la fragmentación en facciones) y estaba en marcha. Así que Hedilla fue detenido, juzgado en consejo de guerra (Salamanca, julio de 1937) y condenado a cadena perpetua, primero, y a pena capital después. Si no se le ejecutó fue por la mediación de Pilar Primo en favor suyo. Hedilla pasó varios años en la cárcel y, cuando fue indultado, en 1947, no volvió a ser nadie dentro del nuevo estado. Peor suerte corrió otro falangista afiliado a la causa hedillista, que estuvo preso junto a José Antonio en la cárcel Modelo de Madrid, Pedro Marciano Durruti Domingo, hermano pequeño del guerrillero anarquista José Buenaventura Durruti (casualmente, abatido de un balazo solo dos horas antes del fusilamiento de José Antonio, en la madrugada del 20 de noviembre de 1936). En efecto, este Pedro M. Durruti –mecánico de profesión—fue juzgado en León por consejo de guerra y pasado por las armas el sábado, 22 de agosto de 1937. Al parecer, Pedro Durruti exigía –un poco confundido y desorientado-- la disolución de la Guardia Civil, y la incorporación a Falange de socialistas y comunistas arrepentidos.
El mesianismo paternalista que pretendía José Antonio para España fue interpretado a la perfección, durante treinta y seis años, por el General Franco, a quien Wenceslao Fernández Flórez bautizó en ABC (20-09-1938) “Mesías de la redención cívica de España”.
La obra La Sección se centra, especialmente, en rescatar el rol jugado por las mujeres de Falange en la década de 1930 y en la inmediata posguerra. Pilar Primo de Rivera era melliza de una hermana, Angelita, que murió con apenas seis años, en 1913. Pilar era la segunda hermana del primogénito José Antonio, y huérfana de madre, fue acogida y criada, con tan solo dos añitos, por la abuela y sus tías paternas. Se crio en un ambiente castrense, autoritario y sumamente cerrado y tradicionalista. Cuando José Antonio funda la Falange, ella pide entrar, pero es admitida a través del S.E.U., el Sindicato Español Universitario. El 12 de julio de 1934, Pilar constituye la Sección Femenina. La Sección tuvo un desarrollo importante en poco tiempo: de 2.500 afiliadas en julio de 1936, pasó a 300.000 en octubre de ese mismo año, la mayoría residentes en la zona sublevada, y a 580.000 acabada la guerra. El 30 de mayo de 1939, en Medina del Campo, y ante 11.000 afiliadas, Franco refrendó su labor en el nuevo régimen, que las falangistas fueran reflejo de Isabel la Católica y dignas de su patrona, Santa Teresa de Ávila. La ley de la Jefatura del Estado, de 28 de diciembre de 1939, legitimaba jurídicamente la Sección Femenina y fijaba su cometido prioritario: la formación de la mujer española y su incorporación a la tarea nacional. Tenía que servir a España mediante la consolidación del espíritu nacional y la enseñanza de los sagrados principios del Movimiento. La Sección fijó su sede en el Castillo de la Mota (Valladolid), rehabilitado para ese acogimiento.
En octubre de 1936, con la contienda civil en marcha, una falangista, Mercedes Sanz Bachiller, crea el Auxilio de Invierno, con el fin de ayudar, en la peor estación del año, a niños huérfanos, evacuados y desplazados por las represalias y la furia de los combates. Se fundan comedores y hogares de acogida, y se forma a las mujeres voluntarias en enfermería. En enero de 1937, ya era el Auxilio Social, que contaba con trescientas mil mujeres en 1939. Mercedes Sanz era viuda de Onésimo Redondo, falangista muerto en un tiroteo en Labajos (Segovia), en julio de 1936. Como simpatizante de Hedilla, se enfrentó a Pilar Primo, al querer conservar la independencia del Auxilio Social, que la jefa de la Sección reclamaba también para sí. Mercedes Sanz había viajado a Alemania, y se había formado en trabajos sociales con los nazis. Al final, se impuso el criterio autárquico de Pilar Primo, y la Sección Femenina se hizo cargo de la dirección del Auxilio Social. Esta confrontación queda muy patente en la obra de Jéssica Belda y Ruth Sánchez. Mercedes Sanz fue la creadora del Servicio Social de la Mujer, una especie de servicio militar femenino, obligatorio para todas las mujeres de entre 17 y 35 años, que duraba seis meses, y se cumplía en comedores, hospitales, oficinas y similares.
Cuando termina la guerra, Pilar consigue seducir con su Sección a intelectuales de la talla de José Ortega y Gasset, quien visitó el Castillo de la Mota y quedó encandilado por la tarea de expansión que allí se hacía. Siguiendo a su hermano José Antonio, Pilar propuso una labor discreta para la mujer española, primero madre cuidadora y educadora de sus hijos, y luego profesional en igualdad de condiciones que el varón, aunque no necesariamente en competición con este. José Antonio había dicho a unas falangistas en Don Benito (Badajoz, 1935) que “la galantería no era otra cosa que una estafa para la mujer. Se la sobornaba con unos cuantos piropos para arrinconarla en una privación de todas las consideraciones senas. Se la distraía con un jarabe de palabras, se la cultivaba una supuesta estúpida, para relegarla a un papel frívolo y decorativo. Nosotros sabemos hasta dónde cala la misión entrañable de la mujer, y nos guardaremos muy bien de tratarla nunca como destinataria de piropos.” Pero añade el líder que lo importante en la mujer es siempre el sacrificio, la abnegación, en los que se reflejan e inspiran los varones de Falange: “Tampoco somos feministas. No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino y entregarla a funciones varoniles. A mí siempre me ha dado tristeza ver a la mujer en ejercicios de hombre, toda afanada y desquiciada en una rivalidad donde lleva –entre la morbosa complacencia de los competidores masculinos—todas las de perder. El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social a las funciones femeninas.” Este discurso del jefe falangista parece inspirado por la doctrina social de la Iglesia: las mujeres cumplen muy bien su cometido en funciones menores. No más.
Sin embargo, aun con toda la respetabilidad del mundo, Pilar Primo iba a ir más lejos que su hermano en la reivindicación de los derechos laborales de la mujer. Como reconoce su compañera de organización Teresa Loring Cortés, la II República consiguió notables avances para la mujer española: el sufragio femenino y mayor presencia universitaria. No obstante, tampoco la II República había potenciado la incorporación de las mujeres a la Administración estatal, pues mantuvo vigente la Ley y Reglamento de 1918 sobre funcionarios públicos, que solo permitían el acceso de las mujeres a puestos auxiliares y de servicios técnicos, con multitud de vetos en los distintos ministerios según el cargo. Las mujeres únicamente podían concursar al 35% de oposiciones, un 7% con carácter exclusivo y el resto de libre competencia con los varones. Los hombres, en cambio, podían aspirar al 93% de las convocatorias, con un 47% de índice de exclusividad para ellos. No pocas fueron las visitas de Pilar Primo al ministerio de turno para defender la plaza que, por méritos propios, correspondía a una mujer, y no a un hombre. Finalmente, el 22 de julio de 1961, a instancias de la Sección Femenina, se aprobó la Ley de igualdad de “Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer”. En su redacción intervinieron Manuel Fraga Iribarne y Roberto Reyes. En verdad, cada vez había mayor número de tituladas universitarias que reclamaban su puesto laboral. Algunas, solteras o viudas que no podían estar a expensas de sus familias, y necesitaban ejercer un trabajo. Y no todas iban a optar a ser maestras, secretarias o enfermeras. En diciembre de 1966, Pilar Primo consiguió que la Administración de Justicia admitiera a las mujeres (salvo para elevados puestos de responsabilidad, como la judicatura). Fueron reformas que tardaron en llegar, y que coincidieron con los gobiernos de los tecnócratas del Opus Dei y la visión de una España algo más abierta a Europa.
Pilar también potenció que se regularan como titulación universitaria los estudios de enfermería, y creó nuevas profesiones que podían desempeñar con éxito las mujeres: instructoras de juventudes, profesoras de hogar, profesoras de Educación Física, profesoras de Danza Clásica y Popular, instructoras rurales, jefas de granjas escuelas, ayas puericultoras y visitadoras sociales. En el campo, las instructoras rurales combatieron el alto índice de analfabetismo femenino y las enfermeras, con activas campañas de vacunación, la difteria, el tifus, la tuberculosis y la viruela. Se repartieron canastillas para recién nacidos. En el ámbito cultural, las formadas en música recogían en pentagramas romances, coplas y letrillas populares de la gente mayor de los pueblos. La Sección Femenina llevó a Sudamérica los Coros y Danzas españoles e incentivó el acercamiento cultural hispanoamericano. En 1965, en Frankfurt, las enfermeras españolas pidieron ser admitidas en el Consejo Internacional de Enfermería. Ante el esperable boicot a ellas, por vivir bajo una dictadura, una enfermera alemana se levantó para defender el derecho de pertenencia de las españolas al Consejo, en cuanto a buenas profesionales. Esa enfermera alemana resultó ser miembro de una familia de judíos alemanes, que, gracias a la diplomacia de Franco, había salvado su vida escapando de los verdugos nazis. España fue admitida en el Consejo.
En 1975, año de la muerte de Franco, hubo en España ocho mujeres Procuradoras en Cortes, sesenta y seis alcaldesas, seiscientas sesenta y una concejales y casi diez mil consejeras locales. La situación, aunque tarde, comenzaba a mejorar para la mujer española.
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No muestra la farsa La Sección la rivalidad que hubo, en un clima de preguerra, entre Dolores Ibárruri “Pasionaria” y Pilar Primo de Rivera. Un domingo de junio de 1934, en El Pardo, unos jóvenes socialistas se enzarzaron en pelea con otros jóvenes falangistas, de quienes pretendían oír La Internacional. El falangista Juan Cuéllar, de dieciocho años, fue derribado, pisoteado, y su cabeza aplastada con un cántaro. Después, Juanita Rico, socialista, se orinó sobre el cadáver. De vuelta en Madrid, un grupo de falangistas se cobró venganza: mataron a Juanita y dejaron tullido de por vida a su hermano Lino. Mundo Obrero señaló como criminales responsables a ciertos cabecillas de Falange y también a Pilar Primo, de la cual se pegaron carteles con la leyenda “Se busca”. Dolores Ibárruri insinuó veladamente en el Congreso la implicación de Pilar Primo en actos sangrientos. Ambas mujeres no se podían ver, pues su reconocido carisma alentaba fuerzas opuestas.
Otra notoria protagonista de La Sección es  Dña. Carmen Polo de Franco, un poder temible en la sombra. Agazapada tras la marioneta del Caudillo, confía en la fidelidad de Don Juan Carlos como continuador del Movimiento Nacional. No en vano, fue la segura instigadora para la elección de Carlos Arias Navarro como Presidente del Gobierno, tras el asesinato por ETA del almirante Luis Carrero Blanco, mano derecha de Franco. Doña Carmen Polo guardaba mucho las distancias con la Falange y con Pilar Primo de Rivera. No quería que ninguna mujer –salvo ella misma, claro está-- ejerciera presión y poder en los círculos de gobierno.
Así nos trae esta obra amena el recuerdo de una mujer, Pilar Primo de Rivera, de quien las enciclopedias, todavía hoy, llegan a concluir que “Durante el régimen franquista no tuvo ninguna influencia política y dedicó toda su vida a avivar el recuerdo de su padre, Miguel Primo de Rivera, y de su hermano.”
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2017.

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* Fuentes bibliográficas consultadas: José María Zavala, Las últimas horas de José Antonio, Madrid, 2015; Javier R. Portella (ed.), José Antonio Primo de Rivera. El político que amaba la Poesía y a su “Princesa Roja”, Madrid, 2015; Teresa Loring Cortés, «Promoción político-social de la mujer durante los años del mandato de Francisco Franco», en Fundación Nacional Francisco Franco, El legado de Franco, Madrid, 1993; Pilar Primo de Rivera, Recuerdos de una vida.
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TEATRO DEL BARRIO va a dedicar una trilogía titulada “Mujeres que se atreven” a la dramatización de la biografía de tres intelectuales españolas de renombre: Emilia Pardo Bazán (novelista y ensayista), María Teresa León (novelista y ensayista) y Gloria Fuertes (poeta). De hecho, el espectáculo Emilia, de Noelia Adánez, con dirección de Anna R. Costa e interpretación de Pilar Gómez, ya está en cartel.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Perversidad y perversión de la Guerra Civil.

Hasta hace poco, de Agustín de Foxá (Madrid, 1903-1959) sólo sabía yo que tenía calle en Madrid y que había sido escritor falangista. Conocía el título de su novela más emblemática, Madrid, de Corte a checa (1938), de la cual había leído comentarios elogiosos vertidos por intelectuales de diferente signo. Hacía tiempo que tenía anotada la voluntad de leer esa novela. Una gana acrecentada si cabe, últimamente, por la Ley de Memoria Histórica, la exhumación de ajusticiados sin juicio justo, y el espíritu revanchista y rencoroso que se respira hoy, tras esa Transición que a algunos les parece poco, y a los que seguramente les agradaría retrotraer las responsabilidades criminales hasta el mismo cerco de Numancia. Entre esos “algunos”, los hay que ni tan siquiera la vivieron, y por consiguiente no pueden saber demasiado bien lo que andan denostando.

Este verano pude conceder unos días a la ficción de Foxá, que ha sido reeditada por el sello El Buey Mudo (2ª ed., Madrid, noviembre de 2009). Su comienzo imita el sainete esperpéntico de Baza de espadas, o de cualquier otra página tahúr del mejor Valle-Inclán. Estamos en los postreros días de la monarquía de Alfonso XIII, condenada a muerte mediante un pacto tácito entre liberales monárquicos, como Alcalá Zamora, y presidencialistas advenedizos como Azaña, entonces todavía un desconocido. El rey había autorizado una zafia dictadura –la de Primo de Rivera—y el régimen se descomponía sin ofrecer prometedoras alternativas. La clase media exigía cambios de relieve, y el sector obrero comenzaba a movilizarse formando agrupaciones sin cuento. La falta de entendimiento llevó a la ausencia de acuerdos, y la orfandad en los pactos al extravío de responsabilidades y a que se levantara la veda de la caza del enemigo político. Pronto, sol y sangre; con cada nuevo amanecer sobre Madrid, quince manzanas de casas asaltadas, saqueadas, convertidas en albergues de los sobrinos de Pascual Duarte, recién venidos del campo con su rancio abolengo analfabeto a cuestas y su fusil o escopeta al hombro. Cadáveres abandonados en las calles o en los solares del extrarradio, donde se fusilaba a los “facciosos”. Carnets y salvoconductos que no servían para salvar la vida si no portaban los sellos de la UGT y de la CNT. Edificios emblemáticos –como el Círculo de Bellas Artes—convertidos en prisiones donde se vejaba y torturaba.

En la Puerta del Sol, un 14 de abril de 1931, apalean a un gitano por gritar ¡Viva el Rey!. “Moría por don Alfonso –apostilla irónico el narrador—aquel hombre que sólo conocía de la Monarquía la rudeza de los tricornios” (pág. 80). Se inician los asaltos a iglesias y monasterios, que representan un milenio de educación reaccionaria y de alianza con aristócratas y clases altas. Un ministro del nuevo ramo los justifica con un socorrido y lacónico “más vale la vida de un republicano que todos los conventos de España” (p. 94). Seguramente no cae en el hecho de que gracias a la Iglesia tenemos civilización occidental, arte, comedores para indigentes y escolarización para críos de muy distinta extracción. Pero es que la llegada de la República inauguró para muchos no un periodo de libertad, sino de desbocado libertinaje, como el de ese joven que pellizca con descaro a las mozas, diciendo “Pa eso estamos en la República” (p. 81).

Juventud que corre como potro sin freno. El joven universitario José Félix Carrillo, de familia aristocrática que pasa sus veranos en San Sebastián y Cercedilla, se ve tentado por las posiciones hedonistas que alienta la República: amor libre, mujeres fáciles, poesías de vanguardia y filmes rusos. El agnosticismo pervierte. Al mismo tiempo, flirtea con Pilar, una chica de su posición, a quien terminan casando sus padres con un poderoso hacendado. El desánimo por sus torpes relaciones afectivas con muchachas de vida licenciosa contribuye en gran medida a que Pedro Otaño y otros amigos que escandalizan a los reductos proletarios de Cuatro Caminos, Tetuán y La Ventilla, consigan ganárselo para la causa falangista, cuyo líder, José Antonio Primo de Rivera, es el encargado de extenderle el carnet del partido. José Antonio es un reformista cristiano, que aboga por el orden responsable de toda la vida, por la educación moral del obrero y por la recuperación del triunfalismo imperial patrio (el día en que los españoles encuentren una causa común, España volverá a ser grande). Se junta en Or Kompon –un pintoresco local de Gran Vía—con sus camaradas Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, el marqués de Bolarque y otros, para componer un himno, el futuro “Cara al sol” (pp. 214-218). Cuando poco a poco vaya estallando la Guerra Civil, como efecto pernicioso de intereses diversos y oscuros ajustes de cuentas, veremos a José Félix mimetizándose para sobrevivir en un Madrid sacudido por camarillas radicales: socialistas, comunistas, anarquistas. Cada grupo con sus “checas” o cárceles del pueblo, sus peculiares tribunales de mozalbetes, limpiabotas, criadas y analfabetos, dictando jacobinas sentencias de muerte contra clérigos, señoritos, y demás buenos cristianos. Salir con buen pie de una checa –merced al testimonio de algún amigo camarada—no es garantía de que no se acabe conducido a otra, que la jeta no guste en aquélla –sino que desagrade—y que se dicte auto de fusilamiento inmediato contra el infortunado. Las familias burguesas se apresuran a militar figuradamente, cara a los registros, adquiriendo en la cuesta de Moyano las obras completas de Marx o de Trotsky. El aire de Madrid se torna irrespirable: se huele a incendio, a pólvora, a saqueo, a carne carbonizada. Madrid, pronto, se queda sin aire. La gente se apiña en las embajadas, buscando abrigo y protección. Proliferan por doquier los “pacos” (francotiradores de azoteas), los puestos de control y los coches y camionetas paramilitares. En muchas casas, se esconde en desvanes y hasta se empareda a los evadidos, intentando con eso librarlos de una suerte ruin. [Recuerdo que mi bisabuela Matilde contaba que tuvo escondidos en su casa de Gonzalo de Córdoba a refugiados de ambos bandos, que dormían sobre colchones en el angosto pasillo. Por su oficio de enfermera municipal, estaba llamada a salvar vidas humanas, fueran del signo que fueran].



La Dama del Alba se adueña de la ciudad y pasea del brazo de cualquiera, con entero casticismo: “Empezaba a clarear; cerca de las tapias del botánico, unas mujerzuelas tomaban churros y aguardiente, rodeando dos cadáveres. Parecían padre e hijo. Estaban con las cabezas ensangrentadas, desarticulados como espantapájaros, revueltos con los trajes oscuros. –Toma, que hoy entoavía no te has desayunao. Y aquella mujer metía un churro frío en la boca seca del muerto.” (p. 276). Unos falangistas, a quienes llevan a fusilar en un coche, gritan al paso de un control “¡Arriba España!”, para así llevarse por delante a sus sorprendidos ejecutores bajo una potente descarga (p. 293). Se fusila en el Cerro de los Ángeles al Sagrado Corazón (p. 271). “Tiraban todo un pasado. Las leyendas, los recuerdos, la nostalgia […] Y la ciudad se quedaba sin historia, como una ciudad nueva de Australia o Norteamérica.” (ibíd.) El cerco se estrecha alrededor de José Félix y ni siquiera su amistad con Alberti y su mujer, María Teresa León, parece aliviar sus penas. “Ponte de perfil, que te voy a retratar”, y caía otro "faccioso" sentenciado. Pedro Otaño se camufla de revolucionario y recorre la capital con los suyos, simulando falsos fusilamientos de gente que puede librar. Pilar ha enviudado al ser su marido víctima de los chequistas, quienes lo arrojan por una ventana a un patio interior (pp. 322-23). Por fin, un amigo, Joaquín Mora, le consigue a nuestro hombre unos salvoconductos de la CNT. En la estación están a punto de detenerlos, pero una republicana rusa, amiga de José, les firma los pasaportes y consiguen montar en el tren, hacia Valencia. Después, el expreso a Barcelona y la frontera de Port Bou. Una corta estancia en Francia, hasta que España va quedando en manos de Franco y sus militares sublevados. Entonces llegan San Sebastián, Burgos, Salamanca, Toledo… y de nuevo Madrid, que hay que contribuir a liberar de tanto rojo asesino a tiro limpio.


Madrid, de Corte a Checa –firmada en Salamanca, en septiembre de 1937, II año triunfal-- es una crudísima narración donde se masca el terror revolucionario. Las horas y los días se viven intensamente, con poderosa angustia y ganas de evasión. Se sufre por el triste destino de cada víctima y se valora la totalidad del relato como una denuncia de la barbarie humana, venga de donde venga, a pesar de que Foxá –por convicciones ideológicas bien determinantes-- la haga aflorar tan sólo de una parte del pueblo español, olvidando la violencia gratuita de quienes se alzaban para poner orden en tan confuso y fétido panorama político. Cuando uno termina la lectura de esta brillante novela, escrita con pulso y con ingenio irónico, piensa ¡Dios mío! ¡Gracias por librar a mis hijos y a mi familia de tamaña crueldad y catástrofe! Gracias por habernos evitado la terrible ruleta rusa de la Guerra Civil, y por habernos permitido vivir en un tiempo de paz y de entendimiento. Por eso, alabada sea nuestra Transición, con sus virtudes y también con sus defectos, ninguno tan grande, mezquino e irreparable como los cometidos por españoles entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939.

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[Agustín de Foxá, diplomático, conde de Foxá, llegó a académico de la R.A.E. en 1956. Colaboró en periódicos y revistas, como Jerarquía y Vértice, y dirigió la publicación hispano-italiana Legiones y Falanges (1940-43). Fue autor de los poemarios La niña del caracol (1933), El almendro y la espada (exaltación de la guerra; 1940) y El gallo y la muerte (1948). Como dramaturgo, destaca su obra Baile en capitanía (sobre la Segunda Guerra Carlista; 1944)]

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“Nos quieren robar este prodigio de entrega y sacrificio que representó la tropa de la División Azul, pero somos muchos los que recordamos aquella gesta, honramos su heroísmo y no olvidamos la epopeya de su sacrificio”. Esta reivindicación la hace José Utrera Molina, conocido abogado, en su artículo de fondo “Ladrones de la Historia” (ABC, 4 de julio de 2010). Según él, sus miembros “lo dieron todo por la Patria”, es decir, por España. Pero, que históricamente se sepa, la Unión Soviética no estaba en guerra con la España de Franco, sino con la Alemania nacionalsocialista, y la División Azul fue una tropa de voluntarios con la que se quiso pagar, de algún modo, la ayuda prestada por Hitler a los sublevados españoles durante nuestra contienda civil. Es decir, militaron con los nazis, y a favor de sus intereses bélicos, no de los de España, que entonces era supuestamente neutral.

La desconfianza de Franco hacia Hitler en Hendaya quedó luego de sobra justificada por las atrocidades sin número cometidas por el régimen nazi en Europa. La mayor y más imperecedera de ellas, el Holocausto, la Shoa. Seis millones de judíos –hombres, mujeres y niños—enviados a campos de exterminio. En Sobibor, hubo padres que fueron obligados a cargar con los cadáveres de sus hijos. En Treblinka había un pasillo natural al aire libre, flanqueado por setos y alambradas, donde se hacía esperar a mujeres hebreas con sus hijos, antes de pasarlas a la sala donde se las cortaba el cabello y, seguidamente, a la cámara de gas de monóxido de carbono, activado por un motor de tanque. En dicho pasillo, las mujeres no podían aguantar el miedo y se orinaban y defecaban de pie. También murieron “malos españoles” en las escaleras de Mauthausen, y homosexuales, gitanos, sacerdotes, disidentes políticos alemanes, disminuidos psíquicos, prisioneros de guerra rusos, y demás personal molesto. ¿Acaso haber defendido al régimen que ejecutó este GENOCIDIO también constituye una alegría para el recuerdo de los “héroes” de la División Azul? Más sería un recuerdo vergonzoso. Les invito a ver en DVD las más de nueve horas de documental con entrevistas a testigos y supervivientes del Holocausto –incluidos, verdugos alemanes— de Shoa, de Claude Lanzmann. Espeluznante rememoración. La importancia y trascendencia histórica del Holocausto acaban de ser reconocidas por el propio Fidel Castro, antaño líder de la revolución cubana, y hogaño discutible converso: “Yo no creo que nadie haya sido más injuriado que los judíos. Diría que mucho más que los musulmanes. [Los judíos] son culpados por todo, pero nadie culpa a los musulmanes por cualquier cosa. [Los judíos] han sido sometidos a terribles persecuciones y a progromos. Uno podría haber pensado que desaparecerían, pero su cultura y religión los mantuvo juntos como nación”. Además, en toda la historia de la Humanidad, “ no hay nada que se pueda comparar con el Holocausto” (El Mundo, 9-09-2010).

Utrera Molina habla de un amigo suyo de infancia –Enrique Morante Villegas—que se enroló en la División con dieciséis años, resentido por el asesinato de su padre a manos de un grupo de milicianos marxistas, que lo tiraron por el balcón de su casa. No fue el único. También fusilaron los republicanos a Pedro Muñoz Seca, cuyo mayor éxito, La venganza de Don Mendo, reponen actualmente en Madrid dos compañías distintas, y cuya despedida del mundo –“Me temo, señores, que yo no figuro entre su círculo de amistades”—supone un verdadero guiño al desenfado. Como también pasaportaron a otro intelectual “de derechas”, Ramiro de Maeztu, o a uno de los héroes del vuelo del Plus Ultra, Ruiz de Alda. Sin duda fue la despedida violenta del padre lo que condicionó poderosamente la actitud de aquel jovencísimo Enrique Morante y le llevó a buscar celosa venganza combatiendo en las filas de Muñoz Grandes. Se iba a luchar contra los comunistas, los “rojos”, los mismos que habían jaleado el vil asesinato del padre del muchacho. Ahora se dice de Vladimir Ilich Ulianov que alcanzó a convertirse en el Lenin revolucionario porque su hermanor mayor, Alexánder, fue ahorcado como enemigo del estado por orden del zar Alejandro III, padre de Nicolás II. Vladimir Ilich tenía diecisiete años cuando se produjo esta ejecución, un 8 de mayo de 1871, en la fortaleza de Schlüsselburg. Desde ese momento, se volvió agrio, y según el historiador Philip Pomper (El hermano de Lenin, Ed. Ariel) terriblemente vengativo. La ley del talión se cumplió con el fusilamiento del zar Nicolás II y de toda su familia y asistentes personales en Ekaterimburgo (v. La Razón, 14-05-2010).



Muertes, cruentas injusticias, las hubo en los dos bandos de nuestra Guerra Civil. La noche del 8 de diciembre de 1936, por ejemplo, en el monte de La Orbada, a 24 km de Salamanca, los “nacionales” fusilaron al pastor protestante Atilano Coco, muy amigo de Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Lo mataron por masón y por no ser católico, como Dios manda. Con él corrieron la misma suerte el Timbalero, crítico taurino, y un metre de hotel (v. Público, 9-11-2009). Todos sabemos lo que pasó con Federico García Lorca en Granada, cuya muerte responde más posiblemente a rencillas familiares y de propiedad de unas tierras, que a motivos específicamente ideológicos.

Y gracias a Franco, sin embargo, tenemos hoy en España carreteras, embalses, hospitales, iglesias y la posibilidad de una enseñanza confesional de carácter católico. Es decir, libertad de profesar un culto que, de otro modo, quizá hubiera sido definitivamente proscrito. El mismo Franco cuyos compadres no le acertaban a valorar en su justa medida, como obró el Duce Benito Mussolini, quien en diciembre de 1937, según atestigua el diario de su amante, Claretta Petacci, afirmó “ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. [Los españoles] son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ahí está la razón de por qué comen y duermen tanto.” (v. El País, 17-11-2009) Sin saberlo, en parte el Duce estaba coreando la principal razón histórica defendida por Américo Castro: España, crisol de culturas, cristiana, árabe y judía.