“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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jueves, 1 de abril de 2021

Prevención.

En algo más de un año de pandemia, es lo único que ha salvado a la mayoría de los seres humanos. El uso frecuente de la mascarilla, la desinfección de manos, y no ir a lugares concurridos, especialmente cerrados. La Ciencia se está dando prisa: han creado vacunas apenas testadas, con importantes efectos secundarios aleatorios, y que no contemplan las diferentes variantes de la Covid-19. Es así que el total de la población que acepta la vacuna, está sirviendo de cobaya. Ni la OMS clarifica, ni los laboratorios fabricantes se sienten obligados a desvelar lo más comprometedor y confidencial, ni muchos gobiernos se atreven a cuestionar nada, ante un desastre económico de proporciones inasumibles. La población se deja llevar por lo que los telediarios difunden, que es el mensaje de la conveniencia de estar vacunados, como única forma de comenzar a parar la autarquía del coronavirus.

Que la gente se vacune puede ser un comienzo del fin, pero no un final definitivo asegurado. La protección efectiva contra la infección es de unos pocos meses, todo lo más medio año. Para cuando a los últimos se les haya vacunado, los primeros necesitarían de alguna dosis más de recordatorio. Es decir, cabría entrar en un ciclo sin fin, como una correa continua. Los linfocitos T son los que nos pueden salvar, acaso, de la necesidad de segundas dosis, ya que actúan de hemeroteca-recordatorio en la reactivación de las defensas del organismo.

El tiempo normal de desarrollo de una vacuna es de cerca de nueve años, como poco. De ellos, la mayor parte afectan no a la elaboración del producto en sí, ni a la comprobación de su eficacia, sino a la seguridad, esto es, al estudio y valoración de efectos asociados a la administración del preparado. La burocracia para obtener los permisos definitivos por parte de las agencias nacionales del Medicamento, suele ser larga y concienzuda. En el caso de la pandemia por la Covid-19, a todos los dirigentes –dada la elevada alarma social, las sustanciosas pérdidas económicas, los confinamientos, las restricciones de libertades, y el número indiscutible de decesos—les ha entrado la prisa por agilizar los trámites legales que dan carta blanca a la comercialización y aplicación de una vacuna. Esto conlleva que la seguridad de ese producto haya quedado relegada a un segundo plano. Más cuando también están en juego subvenciones nacionales e internacionales multimillonarias, para asegurar la presta fabricación de las suficientes y muy ansiadas dosis.


Nadie puede conocer, a día de hoy, cómo terminará la pandemia (o si, realmente, terminará). Por experiencias anteriores, como la terrible gripe de 1918, cabe esperar que dure el azote del patógeno tres o cuatro años –como mucho--, y que luego desaparezca como vino, de improviso, y quizá para siempre (el ADN del virus mortal de 1918 solo se ha podido obtener de cadáveres de víctimas enterradas en regiones frías). En el primer tercio del siglo XX, no existían vacunas contra los virus. Otros peligrosísimos virus letales, como el ébola, causante de fiebre hemorrágica, van y vienen, aparecen y desaparecen cada cierto tiempo, todavía no se sabe por qué motivo. No existe cura contra ellos. Es solo la Naturaleza misma quien los controla: los ata o los desata como los dioses a las furias. Tal vez incluso esté Dios tras ello (recordemos las inmisericordes plagas del Éxodo, sembradas por ángeles divinos). Patógenos todavía incurables, como el de la peste bubónica, que azotó Asia y Europa en la Alta y Baja Edad Media, y aun después, parecen permanecer hoy dormidos, inactivos, para beneficio del género humano.

Los laboratorios, muy concentrados en lograr vacunas, han relegado el objetivo de descubrir preparados que prevengan o palíen con efectividad los efectos más dañinos de este coronavirus: trombosis pulmonar, ictus, parálisis temporales, fatiga crónica. 

Por tanto, y mientras las vacunas no se revelen como una verdadera y segura panacea, lo mejor que tenemos es la PREVENCIÓN. Y, unida a ella, como compañera necesaria, la paciencia. La resignación, más difícil de alcanzar y de sobrellevar por los jóvenes y los niños, que quieren salir a retozar y divertirse, como corresponde a la edad. 

Mascarilla, agua, jabón, hidrogel, y prudencia, desde el inicio de esto, y hasta que convenga.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2021.