“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

lunes, 14 de enero de 2019

Familia de clase media sobre fondo gris.


En el número once de la madrileña calle Moratines, cerca de la glorieta de Embajadores, tiene el veterano Manuel Galiana su Estudio2 de teatro. Muy cerca, en el quince de la calle Ercilla, hay otra sala alternativa, La Encina Teatro
Actualmente, Galiana representa en su muy modesta sala, de apenas cuarenta butacas no cómodas, la tragicomedia La herida, original de Elena Belmonte. Un elenco reducido de seis actores, que casi no caben en el pequeño escenario a la vez, interpreta con eficacia este áspero retrato de un hogar. Una familia formada por un matrimonio maduro, que a duras penas se soporta, y sus dos hijos: la hija, que trabaja en una lencería, y el hijo, que se acaba de separar y es padre de un niño de seis años. Viven en el campo, retirados del bullicio de la ciudad. El padre ha sido vendedor de seguros, y ahora se dedica a los paseos, la contemplación, la reflexión, la escritura y el modelismo. La madre es una mujer frustrada, aburrida, supeditada a los deseos aislacionistas de su esposo. Su cariño se dirige a su hijo, mientras que la chica es la favorita del padre. 
En el día del cumpleaños del cabeza de familia, se presentan en la finca de improviso dos misteriosos jinetes, que piden agua para ellos y sus cabalgaduras. ¿Qué hacen esos hombres allí? ¿Qué buscan? ¿Supondrán una amenaza para la familia? A partir de ese instante, se van revelando los sinsabores de cada uno de los personajes, sus afectos, rencores, reproches, avenencias y desavenencias, que pueden darse en cualquier familia. Mejor dicho, que es más que seguro que se reproducen en muchas familias de clase media. No hay espacio para la diversión, para el compromiso en el amor. El amor no es más que la treta egoísta para no estar solo.
No parece que vaya a haber segundas oportunidades para estas vidas cruzadas que caminan, sin embargo, en eterno paralelo, como los raíles del tren. Porque se levanta el velo que lo niega todo, y a los cuatro míticos jinetes “se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra.”
Quitando el desenfreno apocalíptico, la obra se disfruta, porque hay maestría en su sencillez. Todos los actores están plenamente convincentes: desde Manuel Galiana y Pilar Civera, hasta Ana Feijoo, Jesús Ganuza, Óscar Olmeda y Pedro Fajardo.
La escenografía es mínima, pero no importa, porque la acción tampoco requiere efectos. El único error estriba en recomendar esta obra en Atrápalo “para todas las edades”, cuando es difícil que sea disfrutada por un público de edad inferior a dieciséis años.
© Antonio Ángel Usábel, enero de 2019.

sábado, 5 de enero de 2019

Navidad sin Reyes.


Una vez hice donación de material escolar y de dibujo a un centro de acogida tutelado por monjas.
Era un cinco de enero. Llevé yo una caja grande en un carrito. Lo había comprado todo con mucho amor, para llevar algo de alegría a esos niños sin familia o abandonados.

Las monjas no estaban. Se habían ido todas a celebrar Reyes con sus familias.

Me convidó a entrar una asistente mulata, dominicana. Muy amable conmigo, entretenía a tres niños con un parchís.

Me presentó a algunos niños. Un pequeño de unos cinco o seis años se me acercó y me preguntó si iba a ser yo su papá.

No supe qué responder. Por suerte llevaba preparados unos sobres de cromos y se los di.
Se entretuvo con ellos, pero me preguntó si iba a volver.

Yo tenía el corazón encogido, por lo mucho que me gustan los niños.

Luego hablé con una chica adolescente, de unos quince años, acogida allí. Me desengañó del asunto de la donación: las monjas no abrirían la caja ni repartirían el material. No. En vez de eso se lo quedarían ellas, hasta su antojo, como ya había sucedido antes con este tipo de cosas.

La niña aquella estaba muy desengañada con las religiosas. «La prueba es --me dijo-- que ninguna está aquí para pasar Reyes con nosotros».

Salí del hogar de acogida herido en lo más profundo, traicionado en mis propósitos, y muy dolido hacia la Santa Madre Iglesia.

Muy dolido hacia la Santa Madre Iglesia.

Aún resuena dentro de mí la reflexión del Padre jesuita Jean Télémond: “Hay algunos creyentes que son tan ignorantes del mundo real como ciertos incrédulos lo son del mundo de la Fe. «Dios es grande y terrible», dicen. Pero el mundo también es grande y terrible, y somos heréticos si lo ignoramos o lo negamos. Somos como los antiguos maniqueos que afirmaban que la materia es mala y la carne corrompida. Esto no es verdad. No es el mundo lo corrompido, ni la carne. Es la voluntad del hombre, desgarrada entre Dios y el yo. Este es el sentido de la Caída.” (Morris West, Las sandalias del pescador, 1963)

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2019.

Tiempo, espacio y Universo.


Preguntaron a un ordenador: “¿Existe algún Dios?”
Y el ordenador dijo: “Ya hay uno”. Y fundió los plomos.

Hay libros imprescindibles que uno debe leer, porque atañen al presente y al futuro de la especie humana.

El libro de despedida del Profesor Stephen Hawking (1942-2018) es uno de ellos. Examina de forma clara y divulgativa qué sabe la Ciencia hasta ahora del origen del Universo, su evolución en el espacio-tiempo, cómo se comportan los agujeros negros, la posibilidad (remota) de viajar en el tiempo, y sobre todo, temas de urgente abordaje como hasta dónde puede llegar la inteligencia del hombre respecto de la artificial --que puede crecer exponencialmente mucho más rápido, hasta sobrepasarnos con creces--, si seremos capaces de colonizar otros mundos, o si sobreviviremos en la Tierra.

Breves respuestas a las grandes preguntas (Barcelona, Crítica, 2018) es una colección de pequeños ensayos de Física, no de Metafísica. El Profesor Hawking entiende que el Universo surgió del Big Bang, y que en ese micromomento se crearon las leyes físicas que regulan la materia y el espacio-tiempo. Antes de eso, no sabemos lo que había. Nadie ha podido establecer un antes, si existieron otros universos que quizá colapsaron, o si hay manera de conectar con universos paralelos, o acaso con multiplicidades de historias diferentes (de acuerdo con la teoría cuántica de Richard Feynman).

La Física está explicando cada vez más, pero aún no lo ha explicado todo. Por ejemplo, qué hizo que una singularidad, una acumulación infinita pero muy diminuta de materia, del tamaño de una nuez, dejara de serlo de repente y se expandiera en milésimas de segundo hasta billones de billones de kilómetros. Hace 13.800 millones de años, el Universo debió de comportarse inicialmente como un agujero negro, que no es sino otra singularidad física, es decir, un punto donde la confluencia infinita y compacta de materia hace que el tiempo se detenga y que ni la luz avance. O sea, una incertidumbre, pues, si recurrimos a la famosa gran ecuación de Einstein, E=mc2, la energía en el centro de una singularidad sería el infinito de la masa multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, que en este caso es cero. Todo infinito multiplicado por cero da una indeterminación, o una incertidumbre. Esto puede significar que o bien la energía es cero, o bien que es infinita, asimilándose con ello al concepto de masa, que es infinita en una singularidad de agujero negro. Dentro de las leyes físicas, sabemos que la energía ni se crea ni se destruye; solamente se transforma, pasa de un estado a otro.

Habría que comprobar, no obstante, si el espacio-tiempo llega a detenerse en el centro de un agujero negro, pues en el “horizonte de sucesos”, que es su límite fronterizo más externo, hay energía que consigue escapar a su atracción, según convino el propio Hawking, dando lugar así a la “radiación de Hawking”. Es decir, que el propio cúmulo inmenso de materia concentrada se va desgastando con el tiempo, aunque es un proceso lentísimo.

Personalmente, me cuesta concebir que todo nuestro Universo haya podido surgir, de repente y sin causa primera, de una acumulación similar a una nuez, cuando las leyes físicas, además, presuntamente no existían y no había nada que, según Hawking, activara aquello. “Creo que el universo fue creado espontáneamente de la nada, según las leyes de la ciencia […] Esas leyes pueden, o no, haber sido decretadas por Dios, pero este no puede intervenir para transgredirlas, o no serían leyes. Eso deja a Dios la libertad de elegir el estado inicial del universo, pero incluso aquí, parece que pueda haber leyes. Si fuera así, Dios no tendría ninguna libertad.” (p. 57) “¿Tengo fe? Todos somos libres de creer lo que queramos, y mi opinión es que la explicación más simple es que no hay Dios. Nadie creó el universo y nadie dirige nuestro destino.” (p. 67) Según Hawking, al no existir el concepto de Tiempo antes del origen del Universo, sería imposible que un Dios actuara para crearlo, puesto que “no tendría tiempo” para que pudiera darse la progresión del acto de crear.

A juicio de Hawking, cuando surgió la energía positiva se originó, en cantidad simétrica, energía negativa, que es la generada por el desplazamiento de aquella. Es como cavar un hoyo: el montículo de tierra es parejo, en volumen, al espacio abierto en el suelo. La tierra extraída sería la energía positiva, mientras que el agujero constituiría la energía negativa. Conjeturamos que en el Universo hay materia y antimateria, partículas y antipartículas, en un proceso autodestructivo que está estableciendo la Física cuántica. A día de hoy, no sabemos explicar ni observar la materia oscura, salvo por procedimientos indirectos de captación matemática.

Por su parte, la llamada Teoría M (muy controvertida, cuestionada seriamente por no pocos físicos teóricos como una seudociencia, y escasamente explicada en este libro de Hawking) se centra en la mecánica cuántica, en los quarks como componentes en el interior de los protones y neutrones. En esos quarks existen supuestamente mínimas distorsiones del espacio-tiempo que se comportan como minúsculas cuerdas en vibración, moviéndose hasta en diez dimensiones diferentes. Eso quiere decir que la cohesión de la materia que forma nuestro Universo responde a unas vibraciones determinadas de esas cuerdas, constituyendo así las leyes de nuestra Física. Pero nada impide que las vibraciones fueran distintas, componiendo otra melodía y con ello leyes diferentes del espacio-tiempo. Es decir, en los límites de nuestro Universo conocido, y de sus leyes físicas determinadas, pueden abrirse otros universos distintos con leyes también diferentes, con esas cuerdas o distorsiones del espacio-tiempo dictando un comportamiento para nosotros extraño de la materia. Quizá, proyectos de universo, universos a medio hacer donde la luz y los cuerpos celestes observen movimientos imposibles.
El Universo, ¿está habitado por seres inteligentes distintos a nosotros? Si lo está, aún no se ha establecido contacto. Ni por ondas de radio ni mucho menos de forma directa. Los OVNIS son una invención de la imaginación (p. 177) ¿Deberíamos los humanos colonizar otros planetas? Desde luego: nos va en ello nuestra supervivencia como especie. “Creo que estamos actuando con imprudente indiferencia hacia nuestro futuro en el planeta Tierra. En este momento no tenemos otro lugar adonde ir, pero a la larga la especie humana no debería poner todos sus huevos en una sola canasta o en un solo planeta. Solo espero que hasta entonces podamos evitar que la canasta caiga.” (p. 191) La cuestión es que, para viajar con prontitud a otros mundos habitables, habría que desplazarse a, por lo menos, un quinto de la velocidad de la luz, lo cual hoy, solo en teoría, se podría conseguir con rayos láser superconcentrados en velas de naves miniaturizadas. O lo que ello implica: la tecnología necesaria para que el hombre alcance otros planetas fuera de nuestro sistema solar está muy en pañales, y puede no llegar antes de que un asteroide choque contra la Tierra, aniquilándonos, o que estalle un conflicto bélico termonuclear, o que los recursos naturales o el oxígeno respirable y nuestra protección del sol y sus mortales radiaciones se terminen. El cataclismo puede venir en cualquier momento y por una confluencia de causas.

Por otro lado, está el peligro de que la inteligencia artificial nos supere. Y que para esa inteligencia artificial seamos seres prescindibles. La única manera de crecer exponencialmente como lo hace la inteligencia de una máquina es crear seres humanos mejorados, por medio de la manipulación del ADN. La intervención genética en la creación de superhumanos, una raza superior, más inteligente, nos puede salvar de ser sustituidos por las máquinas. La ética tendrá que rendirse a la evidencia: o el hombre crece rápidamente en inteligencia, o no habrá hombre en un futuro. Lo que sucede en 2001, una odisea del espacio, con el computador Hal rebelándose contra la tripulación de la nave es un hecho que será posible dentro de unos años. Y tendremos que estar preparados para ello, igualando – si no superando-- la inteligencia de los superordenadores.

Las próximas décadas van a exigir una inversión en Ciencia sin precedentes. La obligación de descubrir nuevas formas de energía no contaminante, de materiales alternativos a los que hoy dañan la Naturaleza, de desarrollar naves seguras y rápidas para alcanzar otros planetas, serán un enorme reto que conllevará alentar y fortalecer en las nuevas generaciones el espíritu científico. Los jóvenes deben querer y deben creer en la Ciencia. Y han de formarse eficientemente en ella, para que trabajen en soluciones a los grandes problemas de la especie.

El 5 de diciembre de 1897, Santiago Ramón y Cajal pronunciaba su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Dos años después, en 1899, reelaboró su discurso y lo dedicó a los jóvenes investigadores. Su intención fue que la Ciencia creciera en España, que fuera este un país competitivo en Europa, donde se formaran científicos responsables y serios que realizaran descubrimientos positivos. La sana y buena intención de Cajal coincide ahora con la del Profesor Hawking: que haya más y mejores jóvenes científicos. Escribe D. Santiago en el prefacio a su segunda edición de Reglas y consejos sobre investigación biológica: “Si yo, careciendo de talento y de vocación por la ciencia, al solo impulso del patriotismo y de la fuerza de voluntad, he conseguido algo en el terreno de la investigación, ¡qué no lograrían esos “primeros de mi clase” y esos “muchísimos primeros de otras muchas clases” si, pensando un poco más en la patria y algo menos en la familia y en las comodidades de la vida, se propusieran aplicar seriamente sus grandes facultades a la creación de ciencia original y castizamente española! El secreto para llegar es muy sencillo; se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia […] ¡Ojalá que este humilde folleto que dirigimos a la juventud estudiosa sirva para fortalecer la afición a las tareas del laboratorio..!”

Quizá, si Dios existe y nos ama, nos esté enviando el progreso científico como herramienta de solución a nuestros mayores y más acuciantes problemas.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2019.
* * *

Los que somos creyentes nos gusta pensar que no somos producto de la casualidad, que no estamos aquí porque sí. Hawking piensa solo en términos físicos, materiales, no espirituales, por no ser este su campo. Dios, si existe, es un ente incorpóreo, espiritual, y por tanto, no sometido a las condiciones del espacio-tiempo. Cuando yo era joven, estudiante de Filosofía en la Universidad, ideé y redacté un complejo trabajo titulado “La duda metafísica: prolegómenos positivistas para una filosofía de la praxis”, en el cual, tras las lecturas de Kant y de Giordano Bruno, yo llegaba a los mismos postulados que Hawking, solo que basándome solo en el concepto de espacio (y no de tiempo). Yo pensaba que la materia estaba, en el Universo, en constante expansión, sin límites ni bordes; por lo tanto, no había sitio físico para Dios Creador. Es más, todo Dios podría estar contenido en el propio Universo, sin distinguirse en nada de la materia, como defendía la teoría panteísta de Giordano Bruno.

Aún hoy no sé qué es Dios: si un ser paternal con el que nos vamos a encontrar tras la muerte, que nos va a recibir con los brazos abiertos, o algo cuya forma y experiencia ni sospechamos. Una especie de Luz sin ser la luz física que conocemos, que es deformable por elementos ópticos, por la gravedad y la materia. O bien cualquier sensación anímica inefable, difícil de explicar con palabras.

El cristianismo asegura que, en la otra vida, seremos individualidades con corporeidad intangible, hasta que llegue el momento en que nuestra carne resucite y se vuelva a formar del polvo. Que “hay muchas moradas”, pero esto es casi como pensar en un gran auditorio, donde estarán más cerca de Dios quienes se lo hayan merecido más (por su piedad, santidad y buenas obras) y más alejados los menos píos y por ello menos favorecidos con la “recompensa” divina. ¿Será esto así? ¿Habrá “categorías”? ¿Divisiones de entes y separaciones espaciales? ¿O es una idea infantil, creada por mentalidades simples que solo conciben “el otro mundo” como una seudoproyección de este que conocemos? Los antiguos egipcios creían en la otra vida como una continuación efectiva de la ya experimentada físicamente; por eso los faraones y altos dignatarios se hacían llevar sus objetos personales a sus tumbas. Iban a vivir, después de un juicio favorable al alma, como en este mundo. Quizá el cristianismo se ha basado en esta idea de la mitología egipcia para ofrecer su visión de la vida espiritual fuera del tiempo y del espacio.

Cuenta Hawking en su documental “El gran diseño” que los vikingos suponían que un dios-lobo mordía y devoraba parte del sol durante un eclipse. Y que no se lo comía por entero y para siempre porque ellos, aguerridos guerreros de mar y tierra, lo conseguían amedrentar con sus gritos y sus amenazas. Nosotros, ¿no estaremos creyendo, en el fondo, todavía hoy en un ente parecido?

Decimos que Dios es Amor, Misericordia y Piedad supremas, lo que no hay en esta vida en estado puro. Los dioses de los vikingos no ofrecían esa premisa. Si creemos en el Amor, en una Justicia para la injusticia, entonces Dios existe. Como el mismo Hawking reconoce, cada uno de nosotros se hace su propia idea de la realidad. Lo que nos parece, eso es lo que son para nosotros el mundo y la vida.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Estrenos teatrales noviembre / diciembre de 2018.


Conviene resaltar tres producciones de la cartelera teatral madrileña, dos de ellas suculentas. 
En primer lugar, la reactivación de un texto esencial y magistral del drama contemporáneo: Calígula, de Albert Camus, en montaje de Mario Gas y la compañía Teatre Romea. En el Teatro María Guerrero hasta el 30 de diciembre.
Esta vez la traducción corre a cargo de Borja Sitjà, y el papel principal es interpretado por Pablo Derqui. El vestuario juega al anacronismo, puesto que se lucen trajes blancos en vez de togas. El texto de Camus es una seria advertencia, al presente y al futuro, de que la tiranía es inmortal. Siempre se repetirán los déspotas mientras la Historia continúe. El desgarrador grito final de Calígula tras ser apuñalado así lo concita: “¡Todavía estoy vivo!” Calígula es un emperador que desea lo imposible –quiere poseer la Luna--, puesto que todo lo demás le aburre: el poder en sí, los juegos, las orgías, el sexo, el incesto… Nada hay que el joven Calígula no haya probado todavía. A sus súbditos les preocupa el erario, las finanzas, la Hacienda. En cambio, parecen querer dar poca importancia a todo lo humano: sentimientos, pena, dolor, sufrimiento. Calígula va a llevar la lógica hasta sus últimas y más atroces consecuencias: “Si os preocupa el dinero, es que entonces la vida para vosotros no vale nada. Bien, seamos lógicos, moriréis arbitrariamente.” 
El drama de Camus es de un equilibrio portentoso y ejemplar: no se echa de menos ningún aspecto, ni ningún otro le sobra. Cada frase es oro de veinticuatro quilates. Como para ser esculpida en mármol. Imperecedera su lectura como su puesta en escena. Pablo Derqui borda una interpretación del emperador lógico cuyo listón puso muy alto José María Rodero. Derqui construye y entona su papel en lo que quizá cabría parecer cierto guiño a José Luis Gómez, sobre todo en la voz cálida, redonda y melosa.
Una escenografía muy sobria, sobre un tablero blanco con unos vanos delineados, alguno de los cuales se abre a requerimiento de la acción. El trabajo de todos los actores es más que notable en todo su conjunto, por lo que el resultado global no puede ser sino excelente.
Nadie debería dejar de lado este Calígula de Albert Camus y Mario Gas.
Seguidamente conviene destacar de este mes la poderosa composición que Natalia Dicenta y Ramón Langa hacen del intensísimo drama de Juana Escabias Apología del amor (2011), rebautizado ahora como La puta de las mil noches. En la sala Margarita Xirgu del Teatro Español (Madrid), hasta el 23 de diciembre. La dirección es de Juan Estelrich. Para los amantes de duelos interpretativos, de dramas de solo dos personajes, el uno frente al otro. 
Un millonario inválido decide contratar los servicios de una prostituta madura para toda una noche. No solo la pagará por horas, sino que le dejará llevarse un maletín cargado de dinero si se somete a cuantas ideas y caprichos le vengan en gana. La chica al principio pone sus reparos, su desconfianza, pero al final accede. Poco a poco se abre un juego cruel de sadismo y de vejaciones verbales del cliente hacia la hetaira. El tullido desea que la chica de alterne se desnude ante él –y ante su cámara—no de cuerpo, sino de alma. Está sediento por conocer su pasado como puta hasta el más mínimo detalle: cuándo y cómo empezó, por qué, qué tipo de clientes ha tenido, a quiénes ha sufrido más, qué hará dentro de cinco años, cuando no pueda disimular que su rostro está ajado por la edad. 
El tema de esta obra es fuerte, pero no hiere, no resulta insoportable. Se sigue con interés, por saber si la chica se ganará su fortuna, si el cliente quedará satisfecho, o qué sorpresas pueden deparar a ambos personajes cuando aquel encuentro concertado alcance un desenlace.
 Natalia Dicenta y Ramón Langa nos hacen olvidar que es teatro lo que vemos, puesto que lo vivimos como si estuviéramos en esa casa, en ese salón de amplios ventanales, testigos mudos de lo que acontece a esas dos personas, que son solo actores de enorme talento.
Hay un momento, curioso, en que se desliga la prostituta de su profesión al tachar al cliente de “putero”. Es decir, quien suele ir con rabizas. La hetaira se distancia de lo que ella misma es, hace y practica, y se permite juzgar al individuo por su actitud viciada desde una posición de “decencia” pequeñoburguesa. Si no hubiera necesidad de sexo, no existirían los hombres que contrataran servicios de acompañamiento (ya sea este masculino o femenino), pero tampoco habría razón de ser de la prostitución. Es decir, una inclinación hacia el sexo pagado, sin amor, hace que haya prostitutas, y que estas sean maltratadas y humilladas por una clientela que se satisface con conductas sádicas y destructivas. Como las que afloran a lo largo de la representación. 
Nietzsche nos recordó que el amor, el matrimonio y el sexo son solo herramientas de poder, de dominación del otro; de esclavitud física y moral. Cuando un cliente está dispuesto a pagar mucho, y una prostituta a aceptar demasiado, no existen límites para la transgresión de toda normativa.
Para el ácido, cínico y cáustico escritor norteamericano Ambrose Bierce, incluso el matrimonio bien constituido es un oprobio. Así lo define él en su famoso Diccionario del diablo: Matrimonio, s. Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.”
Cervantes, lejos de censurar el puterío, alabó, en el capítulo XXII de la Primera Parte del Quijote, el oficio de alcahuete. O sea, de quien por dineros concierta encuentros amorosos o carnales entre unos y otras: “Por solamente el alcahuete limpio no merecía él ir a bogar en las galeras, sino a mandallas y a ser general dellas. Porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien nacida…” A don Quijote le parece que para ser mediador en asuntos sentimentales hay que tener madurez y cabeza, no loca juventud e inexperiencia.
Llegamos, por último, al experimento fallido de Juan Mayorga de aunar comedia con simbolismo en su última dramaturgia El Mago. En el Teatro Valle-Inclán (Madrid), hasta el 30 de diciembre. Un reparto de seis actores, encabezados por Clara Sanchís y María Galiana, da vida a la más que confusa experiencia de una madre que acude sola a un espectáculo de magia en el que se practica la hipnosis. Reaparece en casa con la sensación onírica de estar volando sobre los tejados, como Mary Poppins. Su comportamiento es gamberro, infantil, y desconcierta a su marido Víctor (José Luis García-Pérez) y a su hija adolescente Dulce (Julia Piera). Ante la imposibilidad de que vuelva en sí, o de que regrese de escena la verdadera Nadia (Clara Sanchís), padre, hija y abuela se acercan –por separado-- a la representación del hipnotista. Todo lo que los espectadores ven puede estar sucediendo solo en la cabeza de Nadia: su regreso es virtual, no real, y da pie a la obra que se desarrolla en el comedor de aquel piso. O ha vuelto en verdad Nadia, pero aún captada por la voluntad del Mago, quien le hace creer cuanto parece ocurrir. Un juego de metaficción, de metateatro pirandelliano, que cansa por lo insustancial, repetitivo de las gracias (o desgracias) de la protagonista, y que aburre en el transcurso de ochenta y cinco minutos. Idea más fecunda para microteatro que para una pieza extensa, que a su mitad somete al espectador a un examen de desciframiento de claves simbólicas, filosóficas y sicosomáticas. El conflicto se extiende como una goma elástica, hasta perder intensidad y diluirse. El argumento pierde interés rápidamente y el público, si aprecia algo, un matiz, es solo el buen trabajo de los actores, embarcados en un complejo proyecto interpretativo, porque la obra es pero no es comedia, no es pero sí es drama, al mismo tiempo de resultar un híbrido difícil de volver creíble y de digerir.
Menos espesa que la insufrible El cartógrafo, menos interesante que El arte de la entrevista, pero a mucha distancia de las mejores obras del autor: La lengua en pedazos, El chico de la última fila, Himmelweg, Reikiavik.
La dirección de El Mago es del propio Mayorga.
© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2018.

domingo, 11 de noviembre de 2018

El amor tiene un precio.


(A Soraya Fabuel)
Amar a un padre tiene un precio. Eso es lo que demuestra este intenso drama familiar de Arthur Miller (1915-2005) que ahora se representa en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid. Historia de dos hermanos, Víctor y Walter. El primero se sacrificó por un padre que creía que lo amaba a él; el segundo, voló del nido y no quiso saber nada, para labrarse un porvenir como cirujano. Es el tiempo de la Gran Depresión, de la miseria que afecta profundamente a toda la sociedad norteamericana, donde se buscan las sobras de los restaurantes en los cubos de basura. Víctor podría haber sido un químico eminente, pero no poseía los quinientos dólares para continuar sus estudios y hubo de ingresar en el cuerpo de Policía para llevar dinero a casa. A cambio, con los años, es feliz en su matrimonio, mientras que Walter es desdichado y está solo. El odio y el rencor por los malentendidos alimenta esta pieza encomiable y modélica, El precio, todo un clásico moderno junto a otras obras del autor neoyorquino, como Todos eran mis hijos, Las brujas de Salem o Panorama desde el puente.

Silvia Munt realiza un trabajo de adaptación (la versión la firma Cristina Genebat), puesta en escena y dirección realmente sugestivo y brillante, con un elenco de buenos actores, entre los que destaca primeramente Eduardo Blanco, como el nonagenario tasador judío Solomon. Magníficos también están Tristán Ulloa (Víctor) y Elisabet Gelabert (Esther), secundados por el personaje antagonista de Walter, que interpreta con su punto de acierto Gonzalo de Castro. No se usan micrófonos durante la representación, lo cual es de agradecer, porque confiere autenticidad y relieve teatral al acabado. La escenografía, sobria, pero completamente ajustada a lo que necesita la acción, es de Enric Planas. De hecho, el decorado se funde como un personaje más: la buhardilla de la crisis.
El drama de Miller habla de lo generalmente vivido en toda familia: las rencillas entre hermanos a la hora de conseguir la atención y el amor de alguno de los progenitores (o de ambos); el altruismo (tal vez, marca de agua de la ingenuidad) enfrentado al egoísmo (o, si se quiere, la lucha por la supervivencia); el poder del dinero; el éxito matrimonial frente a la deriva amorosa y el naufragio en el islote de las almas solitarias.
Un drama ambientado en la Depresión americana, que habla, sin embargo, a cualquier época, porque aborda problemas y cuestiones humanas neurálgicas. En el aire queda flotando el último parlamento, cual fantasma de verdad lapidaria: “Solo al final [de tu vida] sabes si has tenido suerte o no.”
Cuatro actores de talla, bien escogidos, actualizando esta pieza magistral de Arthur Miller. De nuevo, el mejor teatro en Madrid levantado por compañías y elenco catalanes. Muy recomendable, porque será lo mejor de esta temporada.
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2018.
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Arthur Miller, nacido en Harlem de inmigrantes vieneses, decidió hacerse escritor cuando leyó Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky. Su idea principal para el Teatro es que es posible la Tragedia hoy día, ensayada con seres del común. Miller se casó con Marilyn Monroe, una diva abocada a lo trágico. Para el autor neoyorquino, la falsedad, el fingimiento de valores, el engaño, es lo que conduce a la equivocación y al error, cuando ya no es posible enderezar lo ocurrido. Mienten las acusadoras de Salem; finge Willy Loman, el viajante de comercio, infiel a su mujer; traiciona la moralidad Eddie Carbone, el celoso estibador; comete estafa Joe Keller, fabricante de piezas defectuosas para el Ejército. Estamos rodeados de miseria y de engaño, y pagamos sus efectos.
Arthur Miller fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras el 8 de mayo de 2002.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Pagar el pato.


Sentimos no haber llamado mucho antes la atención sobre esta estupenda obra titulada 7 años, original de José Cabeza para Netflix, que ha adaptado y dirigido Daniel Veronese. La producción ejecutiva es de Olvido Orovio y Carlos Larrañaga. Cuatro socios de una empresa creada por ellos mismos, se reúnen un fin de semana porque han defraudado a Hacienda y pueden ir a la cárcel. Se les ocurre entonces, como alternativa cruel, que uno de ellos decida asumir todas las responsabilidades y exonere a los demás. El problema es decidir quién. ¿Echarlo a suertes? No parece ser esa la solución. Pero hay la posibilidad de contar con un mediador, un profesional de la conciliación, el sencillo y humilde José (Miguel Rellán). 
José será el encargado de que los cuatro socios se valoren a sí mismos en sus funciones dentro de la firma: ¿quién es más valioso? ¿quién más prescindible? ¿quién tiene familia y no podría separarse de ella? ¿quién asumiría mejor el encierro? Pero el reconocimiento abandona el plano profesional y alcanza el humano, el modo de ser de cada uno, sus secretos a voces, sus rencillas. 
Cuando Verónica, Marcel, Luis y Carlos crearon la empresa de soluciones informáticas estaban unidos. Eran todos para uno, y uno para todos. Necesitaban despegar comercialmente, hacer su cartera de clientes, incluso fuera de España. Tuvieron éxito, por su habilidad, buenas ideas y tesón; crecieron y se consolidaron. Pero un día Verónica notó que apenas disponía de vida privada, de tiempo fuera del trabajo, y que, además, lo que ganaba le parecía no poder compensar esa importante carencia. Y decidió ponerle remedio creando una contabilidad B que rápidamente fue asumida por sus tres socios. El dinero no declarado se iba de viaje a Suiza. 
Ahora, con la Justicia pisándoles los talones, se acuerdan de lo que pone en las cajetillas de tabaco: “Fumar mata”. Advertencias como esa son mil veces leídas y otras tantas ignoradas. Hay gente que, aun conocedora del riesgo fatal, lo asume y franquea la línea roja. Así que, cuando llegan los baches no puede decir que no estaba apercibida.
No obstante, el sistema también es a menudo permeable y pecador, como los seres humanos llevados por sus tentaciones, y reserva sorpresas que aquí no es conveniente contar.
7 años es una obra dinámica y amena, cuya acción no decae ni un momento. Los diálogos son naturales, espontáneos y chispeantes. Y la interpretación coral brillante y excelente. Un perfecto engranaje y acabado de conjunto, con unos estupendos Carmen Ruiz (Verónica), Daniel Pérez Prada (Carlos), Eloy Azorín (Luis), Juan Carlos Vellido (Marcel) y Miguel Rellán (José). Todos implicados en lograr el mejor de los efectos y en que el público lo disfrute y reconozca.
7 años –con una notable acogida-- se merecería más tiempo en cartel. 
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2018.
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José Calles Vales y Belén Bermejo Meléndez explican, en su Dichos y frases hechas, que "pagar el pato" encubre, en realidad, “pagar el pacto”. ¿Cuál? El de los hebreos con Dios, por su protección como Pueblo Elegido. Yahvé es un dios celoso, que exige fidelidad, amarlo por encima de todo. En compensación, los hebreos se sobrepondrán a cualquier contratiempo histórico. Pero los hebreos fueron los instigadores de la crucifixión de Jesús de Nazaret, y en consecuencia, tras la diáspora por Europa, los judíos padecieron de los cristianos el reproche de aquel crimen. Tenían que pagar elevados impuestos como castigo y compensación por su error. En una novela histórica como Ivanhoe, de Sir Walter Scott, a los judíos se les solicita reunir una importante suma de dinero para liberar al cautivo rey Ricardo, legítimo monarca inglés, y no su hermano Juan. En la obra que nos ocupa, nadie en verdad llegaría a “pagar el pacto” o “pagar el pato”, pues esta expresión conlleva asumir injustamente las culpas de una mala acción y recibir represalia por ella. Los cuatro protagonistas del drama son culpables, por perfectamente responsables, de lo que han hecho. Luego se trata únicamente de pagar el impuesto uno solo, o de purgar todos.

domingo, 14 de octubre de 2018

Alma rebelde.


Jane Eyre (1847), de Charlotte Brontë, ha sido llevada muchas veces al cine. Para el título de mi crónica plagio, sin más, el de una de sus versiones más intensas y celebradas, dirigida en 1943 por Robert Stevenson, y protagonizada por Joan Fontaine y Orson Welles. Los firmantes de aquel guion eran Aldous Huxley, John Houseman, Ketti Frings, Henry Koster, y el propio director.
Ahora, en Madrid, en el Teatro Español, el Teatre Lliure nos trae una nueva versión, para las tablas, dirigida por Carme Portaceli y adaptada por Anna Maria Ricart. Aun quien haya leído la novela original o haya visto las lecturas cinematográficas del texto, puede disfrutar mucho de este montaje.
Conviene partir de unas palabras clave dichas por la protagonista, cuando está siendo regenerada en Lowood, que corresponden al capítulo VI de la novela: “Si todos obedeciéramos y fuéramos amables con los que son crueles e injustos, ellos nunca nos tendrían miedo y serían cada vez más malos […] Tenemos la obligación de devolver el golpe.” Esta forma de pensar, temeraria, pues se aparta de la evangélica de amar al enemigo, sorprende en una autora que era hija y esposa de clérigos. Charlotte combatió el fanatismo religioso, así como la crueldad e hipocresía que anidaban en él. Pero no era ninguna revolucionaria apartada de toda ética. Cuando Jane Eyre (capítulo XXVII) medita sobre la posibilidad de hacer feliz a Rochester, porque ha descubierto que su mujer vive, se impone a sí misma el alejamiento. No puede pertenecer a un hombre casado. Entonces afloran las viejas máximas bíblicas de si tu ojo te escandaliza, etc. Jane se pregunta a quién herirá si permanece junto a Rochester y se hace su amante, y ella misma se contesta: “Me importo a mí. Cuanto más sola y desvalida e indefensa me halle, más me respetaré. Voy a cumplir la ley dada por Dios y aceptada por los hombres.”
Es el individuo puesto entre espada y pared. Entre rebeldía tal vez pagana y sumisión al criterio común. Jane no ha venido a cambiar el mundo; quizá tampoco a aceptarlo. Puede, sí, que a sobrellevarlo del mejor modo posible. No es callada, no se resigna; se alza y se defiende, pero no va ella a dictar unas nuevas normas que no serían comprendidas ni valoradas por su sociedad. La libertad individual depende de los ásperos límites que la civilización establece. No podemos ir por la vida haciendo lo que nos da la gana. Otra heroína, Fortunata, de Pérez Galdós, pagará las consecuencias de querer enmendar la plana a los más básicos requisitos sociales.
La versión que nos ofrece en este montaje Anna Maria Ricart está muy lograda. La primera parte, en el reformatorio de Lowood, es la más endeble. La amistad con Helen, la niña que muere de tuberculosis, no queda suficientemente trenzada. La acción sube muchos enteros desde el momento en que Jane se cruza con Rochester por primera vez. Y se consolida el interés con sobrada firmeza desde la aparición de la loca (espléndida Gabriela Flores). Abel Folk compone un Rochester simpático, mesurado, grato a la vista, nada huraño, frío o distante. La veteranía de este actor lo vuelve en acierto imprescindible para la obra. Pepa López se sobreactúa cuando interpreta a tía Reed, y mejora bastante cuando es el ama de llaves. Joan Negrié gana enteros como Saint John y no tanto en sus otros personajes. Jordi Collet cumple bien como Mason, el cuñado de Rochester. Magda Puig es una maravillosa Diana. Y la protagonista, Jane, bajo responsabilidad de Ariadna Gil, resulta convincente, más en su dicción que en su expresividad. Su talle alto, pero muy delgado, su tez pálida, contribuyen a crear el lado frágil de Jane. Su voz firme, algo aguda, su parte indómita.
La escenografía, amplia pero sobria, sin apenas mobiliario, en un gran salón blanco sobre el que se proyectan árboles y Lunas cuando la acción lo requiere, están a cargo de Anna Alcubierre y Eugenio Szwarcer
De nuevo son compañías catalanas las encargadas de traer a Madrid el teatro de mayor calidad. Se demostró con Panorama desde el puente, de Arthur Miller, en febrero de 2017, dirigida por Georges Lavaudant e interpretada por Eduard Fernández y Mercè Pons (https://www.abc.es/cultura/teatros/abci-panorama-desde-puente-tragedia-sin-destino-dioses-201702100125_noticia.html) O, en esas mismas fechas, Las bodas de Fígaro, complejo, magistral y ejemplar montaje a cargo también de Teatre Lliure, con dirección de Lluís Homar (https://www.abc.es/cultura/teatros/abci-bodas-figaro-beaumarchais-barbero-cuarenton-y-revolucionario-201702040155_noticia.html) Recordemos que fue Adolfo Marsillach quien notó que, terminando la década de 1960, se hacía ya mejor teatro en Barcelona que en Madrid; más progresista, más innovador en su apuesta y planteamientos. No es redundante que recobremos sus palabras: “Barcelona está viviendo un formidable momento teatral […] Paradójicamente, el nivel escénico de Madrid ha descendido muchísimo. Da la impresión de que ambas ciudades han elegido –o se han visto obligadas a elegir—dos caminos diametralmente distintos: más arriesgado y progresista el de Barcelona y más convencional y conservador el de Madrid […] Quizá Madrid necesite llegar al punto cero de su calidad artística –no debe de faltar mucho—para que se produzca la desesperada reacción que hubo en Barcelona. Confiemos.” (Tan lejos, tan cerca. Mi vida). Advertencia salida, no en vano esperemos aún, del fundador del Centro Dramático Nacional y de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2018.
"Jane Eyre"_Programa Teatro Español.