“Voy a quitarles la opresión,
y a darles la libertad”
(Éx 6, 6)
Pascual Sanabria no existe. Es un
personaje de novela, en cuya trama llega a presidente del Gobierno de nuestro
país. Tiene la suerte del tonto –o la del guapo--, alguien que sabe estar ahí,
pulsando los resortes exactos, sumamente ambicioso, egoísta, ególatra y
despreocupado. Pascual Sanabria, líder del progresismo, va a trincar, a
llevárselo al bolsillo, mientras inunda el territorio de inmigrantes, reparte
ayudas a diestro y siniestro, favorece y encumbra el feminismo, pacta con
exterroristas e independentistas, y aplaude a colectivos de discriminados y
desfavorecidos (como el de los “okupas”). Sanabria es ese “crack” del
despropósito, del que vive únicamente el presente como si no hubiera que rendir
cuentas al porvenir. Todo está bien, todo va bien, y yo soy el mejor mandatario
que ha tenido España. Bajo la batuta omnipotente e inmisericorde –eso sí-- del
decreto ley.
Pascual Sanabria es el problema central de Ha llegado la hora, novela de Blanca del Cerro, publicada por Esstudio Ediciones (Madrid, 2ª ed., octubre de 2021, Col. Rúbrica). Una distopía que puede que ya se esté cumpliendo, literalmente, en nuestro momento de hoy, pese a que alguien pueda notar, quizá, ciertas dosis de exageración o de extremismo. Un país vendido por un sujeto que ha alcanzado el poder mediante una moción de censura, y cuyas iniciales son P y S (cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia, ¿o no?). Viaja por todo el mundo recibiendo esos homenajes y elogios que tanto le pavonean. Tiene una mujer atractiva, Cristina, a la cual guarda una fidelidad pía y que le pone muchísimo. Cristina fue, antaño, una agitadora del partido, una mujer que esparcía consignas para propagar un ideario que viniera de perlas. Si hay otra persona que además de él exista, esa es Cristina. Detrás de un gran hombre –se suele decir--, hay siempre una gran mujer. Es así que Pascual, infravalorado por su padre, llega a la cumbre no por inteligencia, ni talento, ni cumplida formación, sino por astucia. Miente, miente, miente, que la mentira se convertirá en verdad.
Al margen de los tejemanejes del
presidente, dos hermanos, Federico y Darío Valterra, de clase media, prosperan
en sus respectivas profesiones. Federico trabaja para una multinacional de
Seguridad, y Darío, en colaboración con un socio, Mateo, crea una pequeña
empresa de instalaciones informáticas.
Federico, con su esposa y familia,
va a diferentes destinos, hasta que consiguen afincarse en Monterrey, en una
buena colonia acomodada. Por su parte, Darío hace crecer su empresa y, ante el
avance del dominio de los extranjeros acogidos, se plantea compartir su
titularidad con sus empleados, abandonar España, y reunirse con su hermano en
México. Está harto de contemplar, impotente, la disolución del país: el
extravío de su identidad cultural, de sus tradiciones y festejos, de su
patrimonio histórico-artístico. España está dejando de ser ella misma, para
convertirse en un híbrido al completo servicio de una muy perversa organización
internacional, de procedencia oriental, y que prescribe un estado teocrático
donde la ley sea el dogma religioso y el hombre someta a la mujer, y la
considere criatura imperfecta de segundo orden.
El planteamiento del texto de
Blanca del Cerro es soberanamente audaz. Hay una extraordinaria valentía al
señalar, aun veladamente, los peligros de un movimiento étnico y confesional
real que se expande por Europa --y por
otras latitudes-- a un ritmo acelerado. Todavía más, que ello obedezca a un
plan secreto, silente, preconcebido, y que ha requerido de siglos de paciente espera.
De una paciencia infinita, necesaria para revertir, día a día, los designios de
unas victorias morales y políticas históricas. Unos triunfos que asentaron lo
mejor de la Democracia ateniense, del Derecho romano, de la doctrina de la
separación de poderes, de las Declaraciones de Derechos naturales, y del Código
Civil napoleónico en suelo europeo.
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| "El quitasol" (Francisco de Goya) |
No obstante, podemos encontrar
una salvedad importante --a modo de discrepancia-- en la coherencia argumental
de este libro. Se supone que los inmigrantes que se constituyen en partido
político, para mejor defender su presencia e intereses, tienen una muy distinta
procedencia. Los habrá del Magreb, de África y del Oriente Medio, pero también
de América del Sur y Central, de Europa oriental (rusos, ucranianos, rumanos,
georgianos…) y de India y China. Unas colonias muy versátiles, algunas deseosas
de pretender lo mejor del modo de vida occidental, y de huir de lo negativo y
dañino que antes conocieron. ¿Esas colonias permanecerían imperturbables ante
la imposición de una dictadura teocrática? Seguramente no; reaccionarían contra
ello, y defenderían un modo de vida mucho más próximo al que siempre se ha
desarrollado en España. Los chinos son pragmáticos y emprendedores, y no se
dejan someter con facilidad. Lo mismo los rusos y ucranianos con espíritu
empresarial. Los hispanoamericanos aman grandemente su cultura latina y miran a
España como a la patria madre. En fin, un conglomerado de pueblos que, pese a
ser muy distintos, pueden remar hacia un puerto común. Entenderse entre unos y
otros, alcanzar una cierta concordia, un acercamiento, es la única manera de
que un territorio no perezca ahogado en sangre. He ahí la gran esperanza (quizá
la única) de nuestro país, y de los de nuestro entorno.
La novela de Blanca se lee con
facilidad. Abusa de la omnisciencia narrativa y no presenta, apenas, a sus
personajes a través del diálogo. Una novela toma brío no solamente por las
acciones, los hechos que ocurren, sino también por la viveza de sus diálogos,
los cuales permiten que cada personaje cobre entereza, vitalidad, redondez,
cuerpo, y que se construya desde dentro. La omnisciencia absoluta lleva a la
monotonía, a que cada ente se describa desde la sola óptica del narrador, sin
reflejar riqueza de matices, y sin que cada lector se logre hacer su propia
idea, o juicio, de cada carácter. Todo se nos dice cómo debe ser entendido.
Tampoco hay presencia del monólogo interior, donde asome la duda, la debilidad,
la fragilidad del ente, que son hebras de humanidad.
Aun así, respecto a otras novelas
anteriores, Blanca del Cerro ha pulido su estilo: ha abandonado su acendrado
lirismo descriptivo en beneficio del progreso de la acción. Se aparta del
exceso de adjetivación valorativa, de los epítetos, y de metáforas y símiles neomodernistas.
Ahora su prosa es más directa.
A veces, proporciona detalles que
resultan innecesarios para lo que en esa escena ocurre. Por ejemplo, la
composición del menú de una boda (p. 43); el apunte de quién protagoniza y
dirige, y cuándo, El gran dictador --una película ya icónica, que
permanece en el imaginario colectivo—(pp. 133-134); la situación en el
callejero de un renombrado hospital madrileño (p. 192). Algún error de otro tipo
se desliza: si Ascensión, la madre de los hermanos Valterra, fue profesora de
Historia de España e Historia Universal en un colegio de Secundaria, no pudo
cursar solo Magisterio, sino que también necesitaría una licenciatura --hoy, un
grado universitario—(v. p. 40). Bastaría con decir que cursó estudios de
licenciatura en Historia, o en Filosofía y Letras. El baile de una boda, y la
barra libre que se ofrece, no preceden, sino que siguen a la ceremonia y a la
comida o cena (v. p. 44). Y, seguramente, el inconveniente más grande –desde la
óptica actual—sea presentar a México como tierra de promisión, país que acogió
con orgullo y enorme, enorme generosidad a los emigrantes españoles en el
pasado, pero cuya perspectiva de bienestar y seguridad ha empeorado catastróficamente
por efecto del imperante narcotráfico. A lo mejor, Chile, Costa Rica, Puerto
Rico, serían unos destinos más prometedores, si uno busca paz.
Antonio Ángel Usábel,
enero de 2026.

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