“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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viernes, 5 de julio de 2019

El más galán caballero.

En la madrugada del 4 de julio de 2019, con noventa años, moría en un hospital de Madrid el galán más galán de las tres últimas décadas del teatro español. Arturo Fernández era el decano de la galanura. En la década de 1960, contendió en su rol de apuesto conquistador con Paco Rabal y quizá con Alberto Closas. Arturo era el señor del esmoquin, el actor que mejor ha llevado un traje, a la altura de un Gregory Peck o un Sidney Poitier. El rey indiscutible de la alta comedia, que él representaba y cuidaba mimosamente con compañía propia (un elenco que era casi siempre una pareja, para economizar y favorecer las giras por el territorio nacional). Los montajes de Arturo eran sobrios, pero la utilería siempre impecable, como la factura de sus corbatas. Hombres y mujeres elegantes, lustrosos, de la alta sociedad, con sus trampas, fingimientos y mentirijillas, cuyos problemas hacían las delicias de un público muy veterano, fiel, incondicionalmente rendido a la simpatía y entrega plena de su intérprete.


Arturo Fernández no se retiró porque contaba con la buena respuesta del público. Conseguía reponer con éxito la misma obra que la temporada anterior, pues siempre había gente que se había quedado sin verla. Pero, al mismo tiempo, ya estaba pensando y trabajando en su siguiente estreno, alguna pieza de comedia de esmoquin, a ser posible con pocos personajes, que le permitiera mostrarse a su público (sobre todo, al femenino) como este esperaba encontrarlo: de seductor, de conquistador, de eterno galán educado. Arturo pretendía que el público riera, se divirtiera, lo pasara bien. Pero también había un espacio para la reflexión en sus comedias: una defensa de la verdad, de la honestidad, de la fidelidad, frente al engaño, la falsedad o la traición. Ya fuera honradez en la pareja, ya lealtad entre un cura mayor y otro más joven (Enfrentados).

Para la posteridad quedará su nutrida filmografía (aunque no fue actor que realmente destacara en cine) y su excelente humor, su radiante optimismo, su vis dicharachera y hasta castiza, con su “chatín” y su “chatina”. Hombre de dicción esmerada, sobrio al expresarse, en un tono cálido y envolvente perfectamente cómplice con los personajes suyos.

Actor y empresario que nunca solicitó subvención para sus montajes, se va a notar la ausencia de su decana veteranía teatral. “--¿Este año no viene al Amaya Arturo Fernández?”

Siempre recordaremos a Arturo agradecido a su público, reverenciándolo con la mano derecha sobre el corazón, sus humildes inclinaciones de cabeza, mientras recibe del respetable los saludables y feéricos vítores de “¡Guapo, guapo!”

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2019.

jueves, 4 de julio de 2019

Facetas de Ibáñez Serrador.


El libro Narciso Ibáñez Serrador, de Jaime Serrats Ollé, editado en Barcelona por Dopesa en 1971 pasa por ser la primera biografía de este genio del entretenimiento televisivo. Un hombre aventurero, amante del riesgo y del aprendizaje por la experiencia, que se arruinó dos veces y, como el ave Fénix, resurgió de sus cenizas con más vigor y garantías de triunfo todavía.

Sus padres, titulares de sendas compañías de comediantes, se separaron cuando Chicho tenía cuatro años. Al ser él muy pequeño, el hecho no le afectó. Quedó bajo el cuidado de su madre Pepita Serrador, una mujer recia, autoritaria, controladora, muy culta (gran amiga de intelectuales de primer orden, como Tennessee Williams), que ejerció un gran proteccionismo sobre el niño hasta que este traspasó su adolescencia. Pero contribuyó a su educación también otro Narciso, Ibáñez Cotanda, un hombre bohemio que recorría como un vagabundo la ciudad de Buenos Aires con una maleta llena de periódicos, restos de comida y una enorme fotografía de Franco, con la que hacía rabiar a los republicanos españoles allí exiliados. Con su abuelo paterno, Chicho comía en un banco de la calle, tomaba el Metro haciendo burla a los viajeros que no llegaban a entrar al vagón, se subía al tranvía sin pagar billete y se sentía ácrata y, sobre todo, un ser libre, sin nada entre manos, despegado de lo material; una sensación que muchos años después recordaría y actualizaría en sus retiros en el Tíbet (1966 y 1971).

En la década de 1940, Chicho acompaña a su madre a España, y se instalan en Barcelona, en Vallvidrera, en una casa torreón que será lugar de visitas importantes. Chicho supervisa los montajes teatrales de Pepita Serrador. Llega el momento en que Chicho, con dieciséis años, se siente demasiado dependiente de su madre; es un muchacho enfermizo, tímido, retraído, que cada vez más necesita dar un paso de hombre. Si quiere madurar, pasar a la edad adulta, ser solo él, tiene que alejarse cuanto pueda de Pepita. Es un amor posesivo, que el muy joven Chicho anhela vencer. El argumento de La Residencia (su primer largometraje,de 1969), debido a Juan Tébar, pero reelaborado por Luis Peñafiel, el otro yo del realizador, es un reflejo de los años de la infancia: la señora Fourneau dirige con mano firme un internado donde las señoritas son reeducadas. Tiene un hijo adolescente, Luis, a quien intenta alejar de las internas y a quien constantemente recuerda que ninguna de ellas es digna de su atención. Algún día encontrará a una mujer ideal, que sea en realidad fiel copia de su madre, y que lo ame como él se merece. Tanto se lo repite a Luis que este llega al convencimiento de que es verdad, de que así habrá de ser. En consecuencia, asesina a varias internas e intenta componer con partes de sus cuerpos a la mujer ideal. Luis ha recreado monstruosamente la visión materna de la negación del amor fuera del estrecho ámbito familiar. Al fin y al cabo, como dice el castigado Norman Bates en Psicosis, “el mejor amigo de un muchacho es SU MADRE”.

Antes de que le suceda algo parecido a lo de este personaje, Chicho pone tierra de por medio: con un dinerillo ganado como actor radiofónico, decide marcharse a Egipto. Cuarenta dólares solo. En teoría va allí a regalarle un ramo de rosas a una chica que conoció en Mallorca y a quien en la despedida no pudo agasajar con ningún obsequio. Cuando se lo participa a su madre, Pepita solo le responde: “--Ten cuidado al cruzar las calles”. Chicho reconoce que empezó a ser él mismo, a labrarse un presente y un futuro en el momento en que se va a El Cairo, solo, sin ningún tipo de asistencia parental, y se tiene que ganar la vida de la más variada forma: animador nocturno en sala de fiestas, guía turístico, recepcionista de hotel, corresponsal en Gaza y hasta marino contrabandista de tabaco entre Alejandría y el Pireo. “Si de algo puedo enorgullecerme –él mismo declara-- es de que a los dieciséis años supe conquistar por mí mismo una total independencia económica. Desde entonces hasta ahora, calcetines o automóviles, lentejas o relojes, todo, lo obtuve con mi trabajo. Con cien trabajos diferentes. A partir de los dieciséis años decidí vivir solo. En un oscuro cuarto de pensión [como en el que murió olvidado su abuelo paterno, el viajero de la maleta] si las cosas iban mal, o en un piso propio si la fortuna me ayudaba (…) Por no existir dependencia alguna, en mí murió muy joven la rebeldía lógica del adolescente y mis padres comenzaron a ser algo más que padres: amigos. Amigos con los que podía hablar de igual a igual.” Esa escapada a Egipto creó al Chicho emprendedor, al empresario innovador y amigo del riesgo.

En Egipto, Chicho subsiste durante seis meses. Luego regresa a Barcelona, enfermo de tisis pulmonar. Tras un reposo en Vallvidrera, consigue recuperarse y se pone a las órdenes de su madre, en el teatro. Adapta El zoo de cristal, de Tennessee Williams. Escribe dos obras dramáticas propias que son prohibidas: Aprobado en inocencia y El Agujerito. Aunque él reconoce que busca hacer sobre todo un entretenimiento de calidad, sin compromiso con tesis alguna, los programas que facturará luego sí que tratan de defender al individuo, su idiosincrasia, sus peculiaridades, y especialmente su libertad, frente a las presiones o imposiciones sociales. Así es el caso de El asfalto, N. N. 23, El trasplante, entre otras historias distópicas.

El amor de madre llegó al punto de preparar la iniciación sexual de Chicho. En Bilbao, una chica veinteañera le hizo guiños en un ascensor de hotel. Se pusieron a hablar, salieron juntos varios días e intimaron. Luego la muchacha desapareció, y Chicho se olvidó de ella. Cuatro años más tarde, como dejándolo caer por casualidad, su madre le reveló que ella estaba al tanto de ese episodio: el encuentro no había sido casual; la chica era una profesional del alterne, y había sido contratada y hasta aleccionada por Pepita para hacerle “un favor” a su hijo. El suceso estriba entre un guion genial para el cine y un plan de falsa bondad, escabroso, repugnante y triste.

Con pocas expectativas para lograr fortuna en España en el mundo del espectáculo que conoce bien, Chicho se establece en Buenos Aires en 1958. Tiene 23 años, y se reencuentra con su padre, Narciso Ibáñez Menta, un astro rey en Argentina. Padre e hijo forman un equipo muy prometedor y fructífero. Chicho está decidido a explorar –y explotar-- un nuevo medio: la televisión. El medio allí se financia vendiendo los espacios en antena a las firmas comerciales; es decir, son los paquetes publicitarios los que pagan los programas. Chicho se recorre todas las agencias de publicidad para asegurarse financiación para sus ideas. En cinco años, más de ochocientos guiones, firmados por Chicho como Luis Peñafiel. Los coloca en el Canal 7 de la televisión argentina, pero no puede dirigir la grabación de todos los primeros porque no estaba cualificado como realizador de televisión. Tiene allí un amigo y maestro, que le enseña los trucos de cámara, su movimiento y emplazamiento ideal: Juan Manuel Fontanals. Cuando se abre el Canal 9, a Chicho ya se le permite grabar y dirigir su programación. Animado por las dotes cavernosas de su padre, un Lon Chaney hispano, maestro del disfraz, graba con él Obras maestras del terror. El espacio causa sensación en el público. Chicho gana mucho dinero. Quiere entonces expandir su negocio a Montevideo, su ciudad natal. Se asocia con un matrimonio alemán que quiere abrir unos supermercados. Pero un diluvio deja sin suministro eléctrico a medio Uruguay y causa inundaciones muy severas. Los productos almacenados por sus socios germanos se requisan como auxilio. En un momento, Chicho pierde todo lo invertido. Se queda arruinado. Pero nunca se rinde. Sabe que ha de levantarse de nuevo y volver a luchar. Regresa a Buenos Aires, y en una carpa monta, con ayuda de Pepita Serrador, Aprobado en inocencia, su primera comedia (prohibida en España). La obra es un éxito rotundo. Chicho se repone. Se ruedan más capítulos de Obras maestras del terror, en formato cine, bajo dirección de Enrique Carreras.

En febrero de 1962, Chicho se casa por primera vez con Adriana Gardiazábal, Miss Argentina. Había conocido a esta joven algunos años antes, en la cola de un cine de Río de Janeiro. Pero no le fue bien al matrimonio, y la separación llegó un año después. En 1962-63 Chicho vuelve a tener un descalabro económico notable: produce para televisión doce episodios de ciencia-ficción, sin saber que el canal está en quiebra. Cada capítulo se lleva dos millones de pesetas de la época. Se ruedan nueve episodios, y el dinero invertido no se repone. Chicho solo consigue recobrar un 3% de lo puesto. Pero se lleva a España alguna de las cintas de vídeo, que será lo que le abra las puertas de TVE, y unas muy largas décadas de éxito, tanto nacional como internacional. Fue José Luis Colina (director artístico) quien le abrió el camino a “Estudio 3” de TVE, un espacio misceláneo que precisaba una renovación: abandonar su rigidez en favor de un mayor entretenimiento, con historias de misterio y emoción.

Chicho adapta libremente el cuento de Poe El corazón delator, que titula El último reloj, que recibe una mención especial en el Festival de Montecarlo en 1964. Después llegan El asfalto e Historias para no dormir (con Ibáñez Menta como estrella), Historia de la frivolidad (en colaboración con Jaime de Armiñán), La Residencia… La relajación en la censura y la fama del autor hacen posible el estreno, por fin, en nuestra tierra de Aprobado en inocencia y El Agujerito (Teatro Lara, Madrid, marzo de 1970). A partir de 1972, el Un, dos, tres, el campanazo definitivo de Ibáñez Serrador en España. Chicho tenía treinta y siete años. Llegaría a formar pareja con dos secretarias del famoso concurso.

Pepita Serrador falleció de cáncer en Madrid el 24 de mayo de 1964. Por expreso deseo suyo, se la sepultó en el cementerio granadino de San José, donde reposa desde 1970 en una tumba cedida a perpetuidad por el Ayuntamiento. Los restos mortales de su hijo Chicho se han reunido con ella, como en un vínculo fiel, íntimo e indisoluble.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2019.


domingo, 9 de junio de 2019

"Y hasta aquí puedo leer." (En memoria de Narciso Ibáñez Serrador).


El viernes 7 de junio de 2019 (un día después del 75 aniversario del desembarco aliado en Normandía) se fue Narciso Ibáñez Serrador, para todos Chicho, el alma creativa de nuestra Televisión Española. El hombre autodidacta, valiente, imaginativo, que renovó los conceptos y las estrategias sobre cómo hacer televisión en España. Aseveró cierto crítico que Chicho pudo hacer programas mejores o peores, pero ninguno aburrido, porque el arte de entretener es combatir el aburrimiento.
Nacido en Montevideo (Uruguay), el 4 de julio de 1935, día de la fiesta nacional norteamericana, era hijo de dos actores, el español Narciso Ibáñez Menta (actor asturiano nacido en 1912 y emigrado a Río de la Plata en 1928) y la argentina Pepita Serrador. Fue un niño muy delicado de salud, que padecía púrpura hemorrágica infantil, una enfermedad autoinmune que puede impedir la coagulación de la sangre. Además, sufría de bronquitis frecuentes y de un principio de tuberculosis. El pequeño Narciso asistió poco a la escuela, pues su familia estaba en constantes giras, pero cuando iba se quedaba en clase en los recreos, para evitar riesgos de golpes y caídas. Eso le llevó a ser un niño tímido, retraído, y aficionado a la lectura. Su formación fue básicamente teatral, ya que asistía a las representaciones de sus padres y él mismo ayudaba en lo que podía. Narciso y Pepita se separaron cuando Chicho tenía unos cuatro años. Quedó al cuidado de su madre, una mujer fuerte y bastante autoritaria. A los ocho años, participó en el doblaje al castellano del largometraje Bambi, en el que puso voz al conejo Tambor. Con doce años vino a España. A los dieciocho terminó el Bachillerato en Salamanca. A continuación, avisó a su madre de que se iba a El Cairo. Y allí llegó con solo cuarenta dólares en el bolsillo. Compró una guía turística, se la estudió, y en cuanto pudo ya estaba enseñando los monumentos a los turistas. Desempeñó en Egipto toda suerte de empleos además de guía, destacando el de animador en un cabaret, donde contaba chistes en francés.
De regreso a España, se puso a colaborar en la compañía artística de su madre, en la cual hizo de todo: acomodador, apuntador, maquinista, electricista… En 1951 debutó como actor en la obra Filomena Marturano. No cesó de formarse y en tres años llegó a participar en más de una treintena de títulos dramáticos. Pronto, consiguió estrenar una versión muy propia de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, en el Teatro Windsor de Barcelona. Al mismo tiempo, escribía guiones radiofónicos, bajo el seudónimo literario que siempre empleó, Luis Peñafiel. 

A finales de la década de 1950, decidió viajar a la Argentina y probar fortuna en la televisión de allí. Comenzó a adaptar piezas clave de grandes maestros del terror y lo sobrenatural. En 1961, volvió a España, con alguno de sus programas argentinos, y se ofreció a Televisión Española. A partir de ese momento, comenzaba el mito de Chicho Ibáñez Serrador.

En 1965 estrenó en nuestra televisión pública nacional su serie semanal de relatos de terror y misterio Historias para no dormir. Clasificada con dos rombos (mayores de dieciocho años), ofrecía guiones propios y ajenos, junto a adaptaciones de autores extranjeros. El formato recordaba el de La hora de Alfred Hitchcock (1962-1965) y también el de La dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1958-1964), de Rod Serling, en el sentido de ser mediometrajes de tema inquietante que contaban con una presentación breve de su responsable. Así, Chicho filmó su versión de El extraño caso del señor Valdemar, de Edgar Allan Poe, por él rebautizada como El pacto. O El muñeco, a partir de dos relatos de Henry James y Robert Bloch, una historia de brujería en el hogar. La mayoría de los episodios contaron con la valiosa presencia protagonista de su padre, Narciso Ibáñez Menta, un experto en caracterización, de potente voz cavernosa. A la misma serie pertenece El asfalto, el drama de un caballero cojo que queda atrapado en asfalto fresco y se va progresivamente hundiendo en él, ante la mirada risueña, indiferente o hasta burlona de los transeúntes. Un episodio que adelanta La cabina, de Garci y Mercero, y que fue premiado, en 1967, con la Ninfa de Oro en Montecarlo. Una crítica a los riesgos de las grandes ciudades, al individualismo profundo del hombre no solo moderno, sino de todos los tiempos, a la funesta burocracia que ralentiza o incluso posterga cualquier trámite, a los rusos que hacen sus fotos. Solo exonera al gallego que intenta salvar al infeliz de aquel desastre, aquella trampa mortal.
De inmediato le alcanzó a Chicho el rayo poderoso de una segunda Ninfa de Oro, por Historia de la frivolidad, en realidad una crítica velada de la censura. El programa se estrenó en horario de mínima audiencia, por su contenido comprometido para el régimen franquista, y para que pudiera competir en Montecarlo, certamen que exigía programas emitidos.
Historias para no dormir continúa en emisión hasta 1974 (el año en que se le nombró Director de Programas de TVE, cargo que solo desempeñó tres meses, al resistírsele la supresión de la censura), con algún coletazo incluso en 1982. Paralelamente a la serie, Chicho publicaba los guiones en formato de libro. Para Chicho, pasar miedo es una forma de recuperar la infancia, con sus terrores a veces injustificados: el miedo a la oscuridad, o al silencio, o a lo desconocido. El miedo al sótano o al desván, a la habitación cerrada, a los fenómenos inexplicables.
1972 es el año de la escalada fulgurante hacia el éxito internacional de Chicho, porque inicia un programa concurso que será exportado a otras pantallas extranjeras, dividido en tres bloques: cuestionario, pruebas de destreza y de habilidad físicas, y tómbola. Tres secciones. De ahí el título del concurso para parejas, el Un, dos, tres, responda otra vez. Con el Un, dos, tres… crecimos, ensimismados por los regalos de La Subasta, por lo menos dos generaciones de españoles. El adivinar dónde se escondía la fatal calabaza Ruperta (cuya voz chillona de la cabecera era la del propio Chicho, distorsionada) y dónde estaba el apartamento de Torrevieja, o el coche, o los electrodomésticos, o el fajo de billetes, concentraba ante el televisor a cerca de veinte millones de espectadores. La Subasta era un monográfico dedicado a algún momento histórico o a algún fenómeno cultural o social. Los humoristas que intervenían tenían gracia y los presentadores (Kiko Ledgard y Mayra Gómez Kemp) mucha solera para conectar con el público, al cual se le pedía opinión, o al que se hacía participar. Hubo personajes entrañables, como el avaro Don Cicuta (sublime hacer de Valentín Tornos). Con diez temporadas en su trayectoria, la fórmula agonizó en 1994. El Un, dos, tres contaba con varias azafatas-secretarias, que fueron las primeras en lucir minifalda en TVE. Varias de ellas se convirtieron en actrices después. Ofrecía como premios lo que no había, o era todavía difícil de conseguir en España para un público de clase media o inferior. Todo un hito de la pequeña pantalla. En 2004, se intentó recuperarlo, con el título de Un, dos, tres, a leer esta vez, para lo cual se vendía un clásico del terror o del misterio en los quioscos de prensa, con una presentación y un cuestionario sobre la obra y su autor, que luego eran aprovechados en cada programa. Sin embargo, la animación a la lectura no tuvo seguimiento y el Un, dos, tres quedó eliminado de la parrilla televisiva.
Quizá el último campanazo de Ibáñez Serrador fue el espacio para adultos Hablemos de sexo, de marzo a diciembre de 1990, que presentaba la psicóloga Elena Ochoa y que se alzó con el Premio Ondas.


Chicho dirigió dos películas de terror, La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976). Sin embargo, con ser taquillera la primera y muy mediana la segunda, el cine fue un medio que se le resistió y Chicho no pudo encontrar ofertas para nuevos proyectos. En 2000 ganó el Premio Lope de Vega por El águila y la niebla. Historia clínica en dos partes (estrenada dos años más tarde en el Teatro Español). Chicho donó los dos millones de pesetas (doce mil euros) del galardón a la Fundación Casa del Actor. En 2001, recibió el Premio Toda una Vida, de la ATV. Desde entonces, varios han sido los reconocimientos y homenajes que se le han dedicado. Entre ellos, el Goya de Honor en 2019.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2019.

lunes, 22 de abril de 2019

Una luz sin retorno.

Tengo en mis manos el diario de un viaje por la vida, y como tal las paradas del alma cuando tiene sed. Toda antología merece un enorme respeto, porque encierra lo mejor de uno mismo ofrecido a los demás, el pan compartido con los hermanos. Por eso, no debemos nunca enjuiciarla; la disfrutaremos más o menos, pero salvaguardando prudentemente nuestra opinión y tratando de acercar la vivencia de cada poema escogido a nosotros.
Carlos Javier Morales es una persona sencilla, una buena persona a quien conozco desde hace mucho tiempo. Estudiamos juntos en la Universidad Complutense, pero luego nos hemos tratado poco. Ahora él reside en su querida isla de Tenerife, su patria, donde también trabaja como docente. En abril de 2017, publicó en la Editorial Renacimiento de Sevilla su compendio de poesía Una luz en el tiempo, uno de cuyos ejemplares tuvo la bondad de dedicarme. (Cuando un autor te dedica un ejemplar, te vienen más ganas de saborear la lectura del libro.)
Noto en Carlos Javier la aceptación de múltiples experiencias ajenas, que él sabe tornar propias con un estilo personal. Percibo el ansia de inmortalidad conseguida a través de la palabra poética, que perseguía neuróticamente Juan Ramón. Siento la nostalgia por la efímera juventud perdida, que lloraron vates dispares, como Rubén Darío y Jaime Gil de Biedma. Alcanzo a ver la trasposición del yo al tú --merced al amor-- de la que tanto hablaba Salinas. Me llega la sensualidad prohibitiva de un Villena o de un Cernuda. Supongo que grandes certezas que se pueden concitar en cualquier sujeto. Evidencias que, mostradas sin atavíos, llevan a la percepción de una sinceridad que se recibe con comprensión, cariño y hasta agrado. Carlos Javier construye poesía de la experiencia, que es aquella que no necesita inventarse nada para significar.
Me parecen como mejores sus primeros versos, aparecidos en El pan más necesario (1994, Premio de Poesía Villa de Martorell) y Madrid como delirio (1996). “A mi casa pequeña” podría ser el himno de un poeta, quien solo tiene la desnudez de su palabra y, sin embargo, parejamente, aun con las manos vacías se puede dar algo si hace falta. Voluntad de entrega en una oda imprescindible. En “Maldición de la soledad” palpita esa ligazón juvenil del amor con la facultad de crear. Construyamos –hagamos algo nuevo—, porque somos amados. Y no se trata solo de fusionar un par de almas, sino de disfrutar de la carnalidad, de juntar un cuerpo con otro, pues estamos hechos de espabilada carne y atribulado espíritu.
La carnalidad es algo que resalta en la poesía de Carlos Javier. La piel está para acariciarla. Con los dedos suaves también se hidrata. “Es tuyo el territorio de mi cuerpo / y mía la extensión de tus delicias” (“Proyecto de una tarde”). “Solo te podré amar aquí, aquí mismo, / aquí donde se enredan nuestros cuerpos (…) Si te hablan de un amor espiritual, / diles que les prediquen a los ángeles: / aquí todo lo vivo hay que palparlo, / hay que tenerlo cerca y retenerlo; / morderlo si hace falta. Y hace falta. / No solo de palabras vive el hombre: / las palabras sin pan no significan” (“Ley de vida”). No cabe ser más explícito. El pan más necesario. Pan como símbolo de encuentro carnal. Pertenecemos a un cuerpo, y es él quien nos señala el lugar sin límites (“el amor solo une / territorios lejanos”). El detonante es ese Martini rojo, vívido reclamo para el acercamiento. Pues ánimo: con el amor correspondido se logra la sensación de escapar de la muerte (“Animal de lenguaje”). “Bienvenido tu cuerpo, / bienvenida tu sangre” (“El hablador”).
“Elogio de la verdad” va dedicado a Luis Antonio de Villena. Declaración de esas noches bohemias, de amor loco donde lo mejor se lleva puesto. Manrique escribió que nuestra vida es un río, y se detuvo ahí, enlazándolo en seguida con el mar, que es el morir. Ahora Carlos Javier nos habla de los efectos de ese río: cómo da fertilidad a las orillas, cómo se nutre de sus afluentes. Porque importa la demora, la suma de instantes, la sustancia de los momentos, para al final saber que ese río “todo lo pudo en su transcurso” (“El río de la vida”).
En “Razones de mi oficio” el autor confiesa: “Yo quise ser un hombre y me engañaron: / por eso soy poeta, / porque siempre he vivido del deseo / que nadie me ha saciado todavía”. Pero, el poeta, ¿no aplaca acaso, no sacia con la poesía? Otro poeta contemporáneo, Leo Zelada, cree que él no se dedica a la poesía para morirse de hambre, sino para colmar la sed del que lo lee. El poeta tiene un cometido pecuniariamente modesto, pero antiguo: aplacar la sed del alma en los banquetes y fiestas de los poderosos. Es paradójico, y a la vez fieramente humano, sentir deseo mientras se llena el vacío de otros. Me alieno de lo más profundo de mi ser para que me recibas entero por fuerza de mi voz. Rebosa tu copa con mi canto cuando –¡qué espanto! - queda mi cántaro hueco.
Cabría muy bien cerrar el libro con el poema “Curiosidad urgente”. ¿Qué hay detrás del probador? ¿Qué más nos dará la eternidad? ¿Cómo será y seremos? Y por fin el remate de un solo verso generoso y sublime para titular un nuevo poemario: “jardines sin ocaso”.
Carlos Javier Morales nos presta un rayo de sol con su antología. Su vida ilumina siempre hacia adelante; es una luz sin retorno.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
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Sabido es que no caben todos los buenos versos en una antología. En Una luz en el tiempo, se nos priva, por ejemplo, de esa admiración –simpáticamente frívola-- hacia Diana de Gales, y, sobre todo, de ese “Vuelo Madrid-Tenerife” que dice mucho del ser de siempre de su autor. Su infinito es su reducto respetado. Me permito reproducirlo a continuación:

“Hoy me espera mi isla, mi caleta,
la casa de mi pueblo:
me llevan esperando todo el año,
como espera la roca la ola brava.

    Después de tantos años pisando tierra firme,
me cuesta ver mi vida rodeada de agua para siempre.
Me cuesta ver el tiempo que ha caído
por este precipicio de los años.

Me cuesta ver el cielo, el mar
y el límite,
lo grande y lo pequeño,
mi principio y mi fin tan de repente.

    Cuando llegue a mi isla, a mi caleta,
a mi casa de niño, no sé si aguantaré tanta distancia
de espacios y de tiempos,
tanta verdad de golpe.”
(Carlos Javier Morales)

jueves, 18 de abril de 2019

La Biblia en Piedra de París.

Recuerdo con mucho agrado, como uno de los grandes descubrimientos de mi adolescencia, la lectura amenísima del clásico de Víctor Hugo Nuestra Señora de París (1831), en la edición de Cátedra Letras Universales. El inmenso talento del novelista galo te hacía contemplar París en la Edad Media, convertía Notre Dame en un espacio vivo, por donde se movía el malvado Frollo y brincaba entre las campanas el feo jorobado Quasimodo, enamorado de la delicada y grácil cíngara Esmeralda. Hubo un capítulo que disfruté especialmente, el dedicado a La Corte de los Milagros (luego parafraseado por Valle-Inclán en su Ruedo ibérico), donde los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan. Toda el hampa de la ciudad allí refugiada y recogida, para decidir sobre sus próximos hurtos y sus nuevas tretas para timar al incauto. Por supuesto, el más que emotivo final, en aquel triste osario donde reposan los esqueletos de Quasimodo y de la gitana.
Más tarde, visioné en TVE la adaptación a la pantalla grande de William Dieterle, Esmeralda la cíngara (1939), en blanco y negro, con la extraordinaria y altiva Maureen O´Hara y el siempre perfeccionista y maravilloso Charles Laughton. Y, por fin, la copia restaurada de El jorobado de Notre Dame (Wallace Worsley, 1923), esa joya protagonizada por El hombre de las mil caras, el genio del cine mudo Lon Chaney. 
Me pregunto qué hubiera dicho Víctor Hugo si hubiera contemplado el pavoroso incendio del lunes 15 de abril de 2019. Su inmensa y querida catedral devastada por las llamas y con serio peligro de derrumbe general. La aguja de su primera gran restauración decimonónica por los suelos. Toda la techumbre hundida y el interior de las naves convertido en un improvisado brasero enorme, castigando de calor intenso los muros y las obras de arte, incluidas los valiosísimos rosetones y vidrieras.
Afortunadamente, la estructura del edificio parece querer mantenerse en pie, aunque los bomberos franceses (de los mejores del mundo) aún no están seguros de que las naves del crucero sobrevivan, al haber perdido el apoyo de las vigas de madera. Cualquier golpe fuerte de viento podría hacerlas caer, con lo que otras partes de la dañada y maltrecha catedral (los arbotantes y columnas) podrían colapsar casi a la vez. Parece muy necesaria una reparación urgentísima, con labores de apuntalamiento de esos muros en estado crítico. Al haberse utilizado agua en las labores de extinción del fuego, la piedra puede haber absorbido gran parte de esa humedad, aumentando su peso. El coro, aunque castigado por los cascotes, ha resistido. Igualmente, el prodigioso órgano, aunque no se sabe si habrá perdido sonoridad y precisará de una restauración. El altar mayor también ha aguantado. La cadena humana que se formó para ir extrayendo objetos a toda prisa posibilitó la salvaguarda de muchos de ellos. 
Macron, el presidente francés, promete una eficiente restauración que será acabada en cinco años. Varias familias adineradas francesas han prometido fuertes sumas de dinero para sufragar los gastos. Ya se llevan recaudados más de mil millones de euros solo con lo donado por esas familias. Lo curioso del caso es que, antes de este incendio, Notre Dame tuvo serios problemas para conseguir ser restaurada, pues nadie quería financiar los trabajos a gran escala. De hecho, al parecer el mayor monto del capital era de origen norteamericano. Ahora es posible que lluevan los donativos de toda Europa y de otros lugares del mundo.
Técnicos españoles que han colaborado en la restauración de nuestras catedrales, como la de Burgos, estiman que el proceso de rehabilitar Notre Dame podría muy bien llevar veinte años. Habrá que estimar también qué tipo de materiales se van a poner para sostener las cubiertas, si madera de roble, u otros sintéticos, como la fibra de vidrio, o de mayor ligereza, como el aluminio. Tendrá que decidirse el estilo de la reconstrucción, si acorde con el original y con la recreación posterior de Viollet-le-Duc, o con inclusión de elementos modernos. El propio Viollet-le-Duc era partidario de elegir aquellos materiales que dieran al monumento una mayor duración y estabilidad, aunque eso conllevara sacrificar el estilo primigenio. Una inyección muy fuerte de dinero aceleraría los trabajos, que quizá se completarían en entre tres y cinco años, como quiere el presidente Macron. No obstante, todo va a depender del verdadero estado y nivel de fragilidad de los muros. Habrá que actuar con total cuidado y esmero si hay peligro de derrumbamiento.
Circula por ahí una presunta predicción del desastre atribuida a Nostradamus. Es apócrifa, es decir, falsa. En las centurias del famoso adivino no hay referencia a acontecimientos particulares; Nostradamus se centra en hechos de carácter general, que afectan a las naciones y pueblos. Habla de reyes, de tronos, de guerras entre países, de ataques al clero, pero no menciona sucesos de menor escala.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
Dossier incendio Notre Dame de París_Diario "ABC".
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El «estilo» Viollet-le-Duc huye del historicismo romántico, aunque apuesta por recuperar y plasmar el espíritu que gestó el monumento. Después de una concienzuda documentación se impone una actuación eficaz, con el uso de materiales que preserven lo restaurado por largas generaciones:

«Visto en su contexto, el mensaje de Viollet-le-Duc tiene carácter de manifiesto metodológico permanente. Forman parte de él conceptos tan fundamentales en la restauración monumental (tanto la de entonces como la de hoy) como son la concepción de la autenticidad del monumento con independencia de la originalidad de la materia; la necesidad del profundo conocimiento (histórico, tipológico, artístico, material, estático, simbólico, etc.) del monumento antes de proyectar cualquier intervención en él, y la concepción del acto restaurador no como un gesto de recuperación nostálgica o historicista sino un acto de profundo significado arquitectónico que permita dar o devolver al monumento su capacidad documental, utilitaria y significativa. Es decir, como un acto de genuina creación arquitectónica y racionalidad constructiva, que no excluye la reconstrucción (incluso, si fuera el caso, de aquello que no llegó a materializarse), pero que exige la mayor fidelidad posible a la materialidad, el espíritu y el significado de la obra restaurada, sin renunciar a la innovación técnica cuando sea preciso. Esa es la esencia de su mensaje. Ese es, a mi juicio, su legado.»
(Antoni González Moreno-Navarro, “Siempre nos quedará Viollet-le-Duc”, en Papeles del partal, nº 6, mayo de 2014).

jueves, 11 de abril de 2019

Vencedores y vencidos.


«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.»

(Pablo Neruda)
En 1939 acabó una guerra civil que dividió a los españoles en vencedores y vencidos. Los del bando vencedor alardearon de acabar con las luchas partidistas bajo los auspicios conciliadores de una hegemonía católica y un régimen unipersonal autárquico. Los del bando vencido tuvieron dos opciones: o el exilio, o la depuración. Quedarse en la España de Franco, habiendo alentado la causa republicana, conllevaba un riesgo importante: ser detenido y encarcelado en espera de juicio, con resultados finales inciertos.
Tras la muerte del dictador vino la apertura política y el sistema democrático que todos conocemos. El 15 de octubre de 1977 se promulgó la Ley de Amnistía, lo que oficialmente terminaba con la persecución por causa ideológica en España. Fue un punto y final que llevó a la liberación y exoneración gradual (no automática) de presos políticos, combatientes u opositores a la dictadura. Pero también supuso la supresión de total responsabilidad para los funcionarios públicos y los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Entre otros, los agentes de la famosa Brigada de lo Político-Social, es decir, policías que habían participado en la investigación, detención, interrogatorio, tortura y encarcelación de opositores al régimen.
Concretamente, la Ley de Amnistía, dice en su artículo 2º, apartados e y f:
e) Los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en esta Ley. 
f) Los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas.  
Personajes garantes del orden público y social, como el apodado “Billy el Niño”, ya podían estar tranquilos. Habían cumplido durante años con su deber represivo, y no les iba a pasar nada en democracia. Democracia, demos gracias.
(No obstante, nos preguntamos si los responsables de matanzas como la de Paracuellos, que afectó a adeptos del bando de los sublevados, quedarían incluidos, y libres de culpa por esta ley. Recordemos que se fusiló –en ambos lados-- por causa únicamente de disensión ideológica, a inocentes que muchas veces no tenían que ver con el conflicto civil ni con el esfuerzo bélico.)
Pedro Almodóvar ha coproducido un valioso documental que lleva por título El silencio de otros (Almudena Carracedo, Robert Bahar –directores y guionistas--, 2018), recientemente emitido por RTVE. Este filme obtuvo el Premio del Público al Mejor Documental en el Festival de Berlín (2018), y así mismo el Goya y el Premio Forqué al Mejor Documental (2018). La película aborda varios puntos de interés: la exhumación de las víctimas por actos de guerra, con su correcta identificación; la petición de responsabilidades civiles y penales para quienes participaron en la represión franquista que aún están vivos; la investigación e inculpación de quienes sustrajeron niños a madres solteras y a familias desamparadas. 
No hay unos muertos mejores que otros. Toda persona fallecida se merece un respeto. Sus familiares igualmente. En virtud de la Ley de Memoria Histórica (octubre de 2007) se reconocía la dignidad de todos los represaliados durante la Guerra Civil y en la posterior dictadura de Franco. También se disponían medidas para facilitar la localización y recuperación de cuerpos sepultados en fosas comunes, aunque su exhumación debería corresponder a organizaciones y entidades privadas, como la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica). La ley parecía querer abrir viejas heridas, presuntamente cicatrizadas tras la Transición, y fue muy criticada. Sin embargo, es un hecho justo que descendientes de víctimas de la contienda fratricida deseen recuperar sus restos. Durante el franquismo ya se hicieron exhumaciones, que afectaron y beneficiaron, sobre todo, a los muertos afines al bando vencedor, si bien, con el propósito de su traslado al Valle de los Caídos, también se extrajeron restos óseos de víctimas republicanas. Hay quien ha participado en este documental y que ha fallecido sin ver recuperar los despojos de su madre, rapada al cero, desnudada, fusilada, y enterrada bajo una carretera. (El caso de María Martín.) 
Es una circunstancia histórica que los perdedores de una guerra tienen poco que hacer y menos que reclamar. Pero si una sociedad desea caminar hacia un futuro mejor, y transcurrido el tiempo oportuno que la haya llevado a cambiar muy positivamente en términos de reconciliación, solidaridad, hermandad, respeto y tolerancia, entonces ha de dar justicia a sus perdedores de una ya antigua guerra.
Terrible y truculento es que monumentos a las víctimas del holocausto civil español estén recibiendo agresiones por parte del odio intolerante. Así ha sucedido con las esculturas del Mirador de la Memoria en El Torno (Valle del Jerte, Extremadura), obra de Francisco Cedenilla Carrasco, tiroteadas a poco de su instalación, en 2008. Se apunta en el documental que al enterarse de los disparos el escultor consideró completada su obra.
La segunda cuestión que trata la película de Carracedo y Bahar, aún mucho más delicada y peliaguda, es la petición de derogación de la Ley de Amnistía del año 1977, para que se pueda juzgar a los participantes en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. Es decir, a individuos como “Billy el Niño”, y otros; incluso a ministros, como Rodolfo Martín Villa, uno de los artífices de la reforma política, ministro de la Gobernación (después Interior) entre julio de 1976 y marzo de 1979, a quien no se le reconocen actos comprometidos, salvo ser Jefe Nacional del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU) y procurador en Cortes, consejero del Reino y gobernador civil de Barcelona. Martín Villa sujetó tanto a franquistas como a comunistas (detuvo a Santiago Carrillo, pero lo mantuvo protegido), y hubo de lidiar con importantes revueltas de la policía y con una huelga general convocada por el PCE y CC.OO. a solo cuatro días de votar en el parlamento la Ley para la Reforma Política. Es él quien habla personalmente con cada uno de los procuradores franquistas para convencerlos sobre la necesidad de un cambio en España. Martín Villa es quien firma, además, la autorización para la inscripción del PCE en el Registro de Asociaciones Políticas. Durante su mandato como ministro sufrió el incesante acoso de los grupos terroristas (ETA, GRAPO, FRAP y ultraderecha), con 152 asesinatos y varios secuestros (Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado, y teniente general Emilio Villaescusa, por el GRAPO). Es incomprensible que los represaliados por el régimen pretendan enjuiciar a esta persona; su única “falta” es haber militado en el Movimiento Nacional de Franco y continuar con vida. Quizá sí sea reprochable que mantuviera, ascendiera e incluso condecorara a comisarios de la antigua Brigada Político-Social, como el mencionado “Billy el Niño”, el cual participó muy activamente en la desarticulación del GRAPO. En la vida nada es ni blanco ni negro. A Martín Villa se le reprochan, también, algunas muertes por actuaciones policiales de control: por disparos en manifestaciones (como fue el caso de Jesús María Zabala Erasun y de José Luis Cano Pérez) o por lanzamiento de botes de humo (la estudiante universitaria de veinte años Mari Luz Nájera). Muertes trágicas de 1977 en manifestaciones violentas y en un clima de mucha tensión social. Otros cayeron en controles policiales, como Kepa Tolosa Goicoetxea, tiroteado dentro de su coche por dos guardias civiles cuando estaba con su novia, en diciembre de 1975.
Han pasado cuarenta y un años desde la aprobación de la Ley de Amnistía, que libró de culpa a todos: presos y no presos. Los posibles delitos que cometieran los funcionarios públicos y policías de la dictadura han prescrito, además de haber sido “limpiados” por la ley. Como alternativa a esta evidencia, los represaliados y torturados por la dictadura han llevado su querella a otro país: Argentina. Allí han sido escuchados y apoyados por una juez, quien ha pedido al Gobierno español permiso para interrogar a señalados como criminales por los querellantes. Las declaraciones podrían realizarse por videoconferencia. España se ha opuesto a estos interrogatorios, por considerar el caso como cerrado. La Audiencia Nacional dictaminó, además, que los imputados por la demanda no habían cometido crímenes de lesa humanidad (los cuales no prescriben y pueden ser juzgados internacionalmente). Un crimen es de lesa humanidad si se comete sistemáticamente contra un colectivo, o sea, como parte de un ataque premeditado generalizado. Por ejemplo, los nazis contra los judíos, o los serbios contra los bosnios y estos contra los croatas, o viceversa. Suele haber un importante fundamento racial o confesional en estas purgas criminales. Sin embargo, el concepto de crimen de lesa humanidad se ha visto ampliado en naciones como Argentina (donde se ha llevado la querella española), comprendiendo allí cualquier violación de los derechos humanos ejercida desde el poder dictatorial. Esto es, la violencia contra individuos –no colectivos o grupos sociales—por el solo hecho de la diferencia ideológica. Eso es lo que se pretende revitalizar por los querellantes, y que sea de aplicación en nuestro territorio.
Como declara una afectada por la dictadura franquista, la Transición impuso el olvido; se exigió a las personas olvidar. Tenéis todos que olvidar el pasado para construir el futuro. Pero el olvido no implica ningún acto de justicia. Es más, el olvido hasta se olvida de hacer justicia, de poner las cosas en su sitio, o, como popularmente se dice, los puntos sobre las íes. El momento en que se promulgó la Ley de Amnistía fue extremadamente delicado. Aún no había llegado la Constitución de 1978. España todavía no era demócrata. Posiblemente, fue una ley básica e imprescindible para que pudiera venir el cambio político. Legalización de los ilegales y perdón para los oficiantes del franquismo. No hubo más, ni tampoco menos.
Derogar la Ley de Amnistía sería retroceder al pasado y traicionar el espíritu de concordia y el pacto grande que se hizo para conseguir la Transición. Habría que traicionar un pacto, un acuerdo político. Y sería proceder con una ilegalidad. 
Los represaliados por la dictadura de Franco se quedan así, sin su justicia, a falta de que prosperen o no nuevas demandas y querellas. Pero los que viven, por lo menos lo pueden contar. Los muertos, por el contrario, no pueden decir nada. ETA, organización terrorista armada, mató a más de ochocientos inocentes en presunta defensa de unos ideales. Sus presos vivos, o los ya excarcelados, lo pueden contar. Sus víctimas difuntas ya no pueden decir nada.
Lo ideal es que en este país nunca hubiera habido una guerra civil. Ni vencedores, ni vencidos. Pero la hubo, desgraciadamente. Y de aquellos polvos vinieron estos lodos. La justicia no ha alcanzado a todos, y el devenir de los acontecimientos –en presunto bien de la sociedad entera—ha perjudicado a algunas personas. Un mal inevitable que surgió de un momento histórico convulso: para algunos beneficioso, o cuando menos, neutro; para otros, amargo y adverso.
Se cumple ese dicho que define la realidad: Nunca llueve a gusto de todos.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
Tensión en Fuenterrabía. Muerte de Zabala Erasun

domingo, 17 de marzo de 2019

Queroseno en el teatro.


El Teatro es un arte de entretenimiento y un difusor de la cultura. Pero a lo largo de la Historia también ha servido de catarsis, de liberación de las emociones (como ocurría durante las escenificaciones de la tragedia griega), y de denuncia de “morales viejas o equívocas”, como pedía García Lorca. De denuncia y de catarsis es la orientación que toma Jauría, de Jordi Casanovas, con dirección de Miguel del Arco, y que se representa hasta el 21 de abril de 2019 en el Teatro Pavón Kamikaze (Madrid). Con Jauría hay queroseno en la sala, arde el teatro al término del drama. Algo similar consiguió don Benito Pérez Galdós con su Electra (Teatro Español, 30 de enero de 1901), cuya protagonista, una joven de dieciocho años, es forzada a ingresar en un convento para escapar de un supuesto potencial incesto. La acción planteada por Galdós estaba basada en circunstancias reales, sucedidas un año antes: el caso de Adelaida de Ubao e Icaza, “seducida” por un cura jesuita para entrar en un convento de Esclavas, y que terminó en el Tribunal Supremo, con dos ilustres letrados como contendientes: Nicolás Salmerón, abogado de Adelaida, y Antonio Maura, en la parte defensora de los intereses de la congregación. Ganó el litigio la familia y Adelaida volvió a su casa. Pero lo curioso es que después ella decidió regresar a la vida conventual, hasta el punto de morir en ella, con veintinueve años floridos, en el noviciado de Azpeitia.
Jauría es una obra imprescindible, cuyo desarrollo se sigue como una película de Hitchcock. Reconstruye fielmente, y a partir de las actas del proceso, sin añadir diálogo ficticio, los lacerantes hechos acaecidos en la madrugada del 7 de julio de 2016 en Pamplona, cometidos por cinco individuos seguidores del Sevilla, con menos cacumen que una cabeza de alfiler, contra una joven madrileña de dieciocho años, hincha del Atlético de Madrid. El grupo popularizado como La Manada contactó con esta mujer, durante las celebraciones, en el patio del castillo de la ciudad, se ganó hasta cierto punto su confianza, y tras un corto recorrido por la calle –a falta de habitación libre en un hotel-- la conminaron a entrar en un portal y allí, en un apartado –casi un hueco—de apenas tres metros cuadrados la rodearon entre los cinco, la desnudaron y la obligaron a tener sexo oral, vaginal y rectal con cada uno de ellos. Después de unos quince o veinte minutos de forzamiento, se marcharon escalonadamente. Uno de ellos sacó el teléfono móvil de la riñonera de la víctima, le extrajo la tarjeta SIM y la tarjeta de memoria, que tiró al suelo, y se llevó el terminal. Otro de los miembros del grupo estuvo grabando en vídeo parte de los hechos, en varias tomas que suman cincuenta y nueve segundos. 
La sentencia del tribunal que juzgó a los cinco sujetos –y sus ulteriores revisiones por dos tribunales superiores, a falta del Supremo—falló un delito de abusos sexuales, lo que se castiga con nueve años de prisión. En primera instancia, un magistrado votó por la libre absolución de los encausados, al no observar violencia, reacciones de desagrado, ni oposición de la víctima en las imágenes grabadas. Otros jueces, en la revisión de la sentencia inicial, emitieron también voto particular, pero fallando un delito de agresión sexual, que se pena con catorce años de reclusión. Es decir, opiniones divididas, que van desde la libre absolución, hasta un delito mayor de violencia sexual. El abuso sexual es utilizar una posición de superioridad física para llevar a la víctima a cometer actos que no desea, pero sin esgrimir violencia directa. La agresión sexual es forzar a la víctima a mantener relaciones no deseadas en ningún momento.
Lo que se desprende de los hechos probados, escenificados en esta obra de Casanovas, es que hubo agresión sexual contra la mujer. La hubo en el momento en que cinco individuos la acorralan en un espacio mínimo, le arrancan la ropa, y la conminan a sostener con ellos diversas prácticas sexuales, alguna de ellas especialmente dolorosa y traumática cuando no se pretende, como es la penetración anal. No contentos con su “hazaña” (de la cual alardearon luego en las redes sociales, diciendo que hasta había vídeo), dejaron a la víctima sola, desamparada, y sin poder comunicarse ni pedir ayuda con el móvil. Un acto mezquino, de una cobardía inusitada y una vileza inexcusables. De haber sido militares los encausados, se habrían enfrentado a un consejo de guerra y a penas, posiblemente, de veinte años de cárcel. Por atentar severamente contra el honor de la víctima, contra su intimidad, y contra el propio honor de la institución militar. El Código Penal militar (artículo 19, punto 2) permite incrementar una pena cuando no existan atenuantes en hechos especialmente dolosos. Alguno de estos individuos había participado, además, en otro acto similar en Pozoblanco (Córdoba), algunos meses antes de lo acontecido en Pamplona. Muy mala ralea.
El modo de ser de la mujer que sufrió el ataque sexual no disculpa ni aminora en nada la responsabilidad del delito. Es cierto que ella había bebido, es verdad que tuvo sin duda un exceso de confianza al ir sola por la calle con esos cinco hombres. Es sorprendente por qué su primera intención, tras salir del portal donde se produjeron los hechos, fue contactar con el amigo con el que había llegado a Pamplona, en vez de avisar de inmediato a la policía. Fue una pareja civil la que se dio cuenta de su estado confuso, al verla sentada en un banco, y la que llamó a emergencias. Es muy probable que los efectos del alcohol aumentaran su confusión y postergaran, en cierto modo, el estado de shock. Cuando fue examinada en la clínica de Navarra, los análisis de alcohol dieron positivo. Se han discutido bastante también algunos detalles relativos al tiempo posterior de recuperación de la mujer: que se fuera a la playa unos días con la madre de una amiga, y que hasta septiembre de 2016 no comenzara a acudir a asistencia psicológica en los servicios sociales de la Comunidad de Madrid. Es decir, una actitud de aparente normalidad que contrasta con la que debería seguir alguien con shock postraumático. 
Las calles de toda ciudad española deben ser seguras para cualquier persona. Nadie ha de sentirse amenazado, o ser víctima de un delito por la circunstancia de transitar o de participar en actos públicos. 
Elementos como los cinco procesados por los hechos de Pamplona han de desaparecer de nuestra sociedad, por malignos e indeseables. Su comportamiento no es excusable en ningún modo. 
Jordi Casanovas levanta buen teatro de denuncia, de concienciación social y de interpelación a nuestra Justicia sobre el alcance de la responsabilidad delictiva de reos como los procesados. María Hervás construye un personaje potente, que parece vivir por completo las acciones narradas. Es un esfuerzo muy intenso, metódico, naturalista, que no decae ni mínimamente. Focaliza la atención del público. También interpreta a la fiscal del caso. Por su parte, Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Martiño Rivas y Raúl Prieto componen un tándem soberbio, perfectamente imbricado y acompasado en su doble papel de acusados y magistrados. La dirección de Miguel del Arco está en consonancia con el perfecto resultado logrado.
Al término de la obra, el público, enfervorizado, prorrumpió en un largo y sonoro aplauso, como muy pocas veces hemos visto de entusiasmo en un teatro. Hubo “catarsis” también, con los votos particulares de algunos espectadores: “--¡Esta es la Justicia que tenemos en España!”; “--¡Yo sí te creo, yo sí te creo, yo sí te creo!”
Otro de los propósitos de montar este drama es combatir el “machismo residual” que subyace en la sociedad española, al prejuzgar a una mujer y al intentar atenuar con ello la conciencia de culpa. Las leyes españolas sobre violencia contra la mujer son, sin embargo, más severas que las de otros códigos europeos. Y en España no se dan más casos de agresiones a mujeres que en otros países de nuestro entorno, como Alemania y Francia. Lo ideal es que el concepto de Justicia no pierda nunca su entidad se juzgue a quien se juzgue –ya sea hombre o mujer—y que la Justicia contribuya de verdad a construir una sociedad más equitativa, equilibrada y segura para todos.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2019.
"Jauría" (2019)_Dossier.