“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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lunes, 22 de mayo de 2017

Los comediantes.


Después de un breve paso por Teatros del Canal, el Teatro Marquina de Madrid ha acogido la original semblanza de Albert Boadella sobre su vida y su experiencia teatral. El sermón del bufón, adaptación de su libro Memorias de un bufón (Espasa Calpe, 2004), cuenta con el patrocinio de RTVE y de Teatros del Canal, entre otras instituciones. Se trata de un espectáculo de confesiones y de reconocimientos ante el público, donde el escenógrafo y actor se desdobla en dos caracteres diferentes, pero simbióticos: el niño Albert, travieso, gamberro, jocoso, y el adulto Boadella, más comedido, aplomado y “responsable”. Recuerdos del enfant terrible de la niñez, y repaso a cincuenta y seis años de producciones con Els Joglars, en las que siempre ha primado más la mímica, la gesticulación, la música y el movimiento que la palabra. El discurso queda para los escritores, pero no tanto para un teatro cómico, ácido corrosivo, que pretende, mediante la exageración y la transgresión, convulsionar la sociedad. Albert y sus compañeros han sido, sobre todo y ante todo, comediantes, artífices bicornes de la farsa y de la traca.
El niño que tiraba un coche de hojalata a un pozo, que torturaba a una gata con descargas eléctricas y que se orinaba en el cáliz de la misa para probar la transmutación de cualquier caldo en la sangre del Redentor, fue el responsable de aquellas primeras obras que militaban con el extremismo político de izquierdas, tipo Teledeum o La Torna. La primera, una sátira blasfema de la celebración de la misa, suculentamente modernizada con elementos más comerciales como el “Ketchupcrist”, un producto para comulgar bajo las dos especies, con ligero sabor a tomate. (Como dice Boadella, la misa abandonó el teatro cuando comenzó a celebrarse en la lengua de cada uno, y no en latín.) En cuanto a La Torna, una visión grotesca de un consejo de guerra con unos militares borrachos, le costó el encarcelamiento y la posible pena de seis años de cárcel. Pero Boadella se las ingenió para fingirse enfermo, y una vez en el hospital, fugarse por una ventana y huir a Francia. Allí, el Albert impenitente y rebeco montó otra áspera farsa antibretona (Virtuosos de Fontainebleau) porque un gendarme le cascó una multa injusta. Así era Albert, dando chispa a la mecha.
La Torna (1977) conllevó un desengaño amargo. Boadella no se sintió arropado por la izquierda que hasta ese momento abanderaba, que curiosamente –mira tú—lo quería en la cárcel como “mártir”, y comenzó a dar un giro ideológico determinante en su vida y en su trayectoria profesional. La Torna provocó una perturbación de ondas importante, pero si se calibra bien, algo parecido se atrevió a hacer John Ford en El sargento negro (Sergeant Rutledge, 1960), al mostrar un tribunal militar que, en los intermedios de un consejo de guerra, organiza su pequeña timba. Es que España, “por tan raro disfraz equivocada”, soñándose libre y despertándose presa, no estaba aún acostumbrada a mofarse de sus instituciones.
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Con posterioridad, la mirada crítica de Albert –con aprobación de Boadella—se centró en Jordi Pujol, a quien conocía desde sus días en Banca Catalana. Así llegó el turno de Ubu President y de Ubu o los últimos días de Pompeya. La figura de Dalí, uno de los grandes genios catalanes –junto con Gaudí—no escapó tampoco a la revisión por parte de Boadella.
Hora y tres cuartos de conversaciones entre Albert y Boadella, con varios momentos en que ambos se confunden y parecen uno solo. (Albert y Boadella son tan sanos que saben reírse el uno del otro.) Lecturas desde el púlpito contra la irreverente sociedad de paranoicos que conformamos la masa social, y proyecciones de secuencias de sus particulares esperpentos, redondean este fresco, juvenil y merecido homenaje del consagrado al teatro y al oficio de comediante.
Curioso: el público que hoy arropa, aplaude y festeja que haya un Boadella sería el mismo que hace cuarenta años lo condenaría por insolente, obsceno y blasfemo. Lo que cambia una torna.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2017.




sábado, 15 de abril de 2017

Jesús libertador.


Los estudios que intentan reconstruir la vida del Jesús histórico, desligándolo del Cristo de la fe, suelen presentarlo o bien como un mesías libertador del pueblo judío, o bien como otro profeta más, que anuncia un reino de Dios en la tierra de carácter inminente. Pero estas lecturas han de tomarse con extrema cautela, por la sencilla razón de que carecemos de las fuentes documentales necesarias; de Jesús solo nos ha llegado la semblanza contenida en el Nuevo Testamento. Solo esa semblanza, que es puramente teológica, si exceptuamos –claro está—los muy escuetos apuntes profanos de Tácito y de Flavio Josefo sobre su huella. 

Así pues, el Jesús que ha venido hasta nosotros es, presuntamente, y a todos los efectos, el Hijo de Dios hecho hombre, que viene a redimir al género humano, en especial a los hombres y mujeres que se condenan, porque no se encuentran a sí mismos ni saben cómo descubrir el Reino de Dios en sus corazones. Esta es la única imagen que validan, desde un principio, los textos sagrados. Y esta es la razón fundamental de que Jesús sea conocido hoy, es decir, que haya hecho Historia con mayúscula. Si Jesús ha creado escuela, si ha fundado varias confesiones cristianas y ha creado una comunidad mundial que, en su momento, cambió la faz del mundo, es por la calidez humana y sobrehumana de su mensaje: misericordia extrema, caridad absoluta sin condiciones, y no sacrificios vacuos, junto a un Padre cercano, amigo y comprensivo. La ley del amor a todo prójimo, comparable al buen amor de Dios, es la que transformó todo un imperio –el romano—y la que labró la construcción de Europa y del orbe evangelizado.
No es posible separar, pues, el Jesús histórico del Cristo de la fe, ya que, por los testimonios que tenemos, Jesús hizo de la fe (de la creencia en Él y en el Padre que lo envió), su única misión histórica. El sentido de su vida. Desde su infancia, cuando se extravía de sus padres, y se marcha a dialogar con los doctores de la Ley. Jesús ama a su familia, pero rompe con ella porque ha de obedecer altos designios. Por eso en un momento de su predicación dice que su verdadera madre y hermanos son quienes lo siguen a Él. Señal de que –como muy bien anota el Profesor D. Antonio Piñero—era incomprendido por su familia carnal. Ni su núcleo familiar lo entendía, ni tampoco lo tomaban en consideración en Galilea. Nazaret era una aldea insignificante en el siglo I, que ni siquiera aparecía en las rutas ni en los mapas. Para hacerse entender, Jesús hubo de dirigirse al corazón de Judea, a Jerusalén, donde allí sí que iba a hacer tambalearse las columnas del templo, con más ímpetu que Sansón. Su agitación social (y la que le conduciría finalmente a la muerte) vino de subvertir algunas convenciones religiosas. Por el “hasta hoy se os ha dicho…, pero yo ahora os digo…” Jesús puso un punto y aparte al Judaísmo. Lo matizó, y esas matizaciones se tornaron fuertemente incómodas para el orden político establecido –más para el confesional hebreo que para el aconfesional romano--.
“¿Qué es la verdad?” es la réplica cortante que le da Pilatos a Jesús, al creerse este en la sola posesión de la verdad. La verdad de Pilatos es el ara vacía que encuentra Pablo en Atenas, levantada a cualquier verdad, a cualquier dios… a un dios desconocido.
Si vemos en Jesús solo a un profeta, despojado de la púrpura celestial, podemos sentirlo como alguien que se sacrifica inútilmente, que ofrece su vida por nada. Un profeta fracasado. Pero leemos, en el Evangelio de Marcos –el más antiguo de los canónicos--, el ejemplo de alguien que exige una fe trascendente: al joven rico, por ejemplo, para ganarse un tesoro en el cielo (Mc 10 y ss.); a todos sus discípulos, les asegura persecuciones en el mundo a cambio de la vida eterna (Mc 10, 29-30). Es decir, el autor de este Evangelio, al calor seguramente de las predicaciones de Pablo y de Pedro, no presenta un Jesús judío defensor de sus tradiciones, sino a un hombre, Hijo de Dios, o Hijo del Bendito (como se le inquiere delante del Sanedrín), que pide confiar en un destino y en una razón fuera de esta vida carnal. Su “sedición” es contra las riquezas y ambiciones, contra la altanería y la falta de piedad y misericordia. Su revolución, la de los corazones, con la sana intención, sí, en efecto, de cambiar la realidad, para mejorarla, y de que así el sentir cristiano se vaya afianzando y extendiendo en la sociedad. En esto coincide con la lectura del apócrifo Evangelio de Tomás:
“113. Sus discípulos le dicen: ¿Cuándo vendrá el Reino? Jesús dice: No vendrá por expectativa. No dirán, "¡Mirad aquí!" o "¡Mirad allá!". Sino que el Reino del Padre se extiende sobre la tierra y los humanos no lo ven.” 
Como hombre, Jesús temió a la muerte, sufrió la llegada de sus últimos momentos. Pero fue la absoluta confianza en un Ser superior la que le llevó a asumir como inevitable su destino mesiánico.
San Pablo predica pronto el Jesús de la fe. Su máxima favorita es “Si Cristo no ha resucitado, nuestra creencia es vana” (1 Co 15, 14). Pero difunde su testimonio antes de la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito en el año 70. Es decir, antes de la derrota de los nacionalistas zelotes, quienes confiaban en liberar Israel de los romanos. ¿Por qué, entonces, predicar para la trascendencia, apostar por un Reino fuera de este mundo, cuando quedaba esa esperanza de liberación por las armas? ¿Por qué el cristianismo de Pablo comenzó a ofrecer una buena nueva, si todo el mundo en Judea estaba empeñado en un compromiso político nacional? No tiene mucho sentido comenzar a alentar lo contrario, aun cuando Pablo se esté dirigiendo, especialmente, a los no judíos (Evangelio de Tomás: “31. Jesús ha dicho: Ningún oráculo se acepta en su propia aldea, ningún médico cura a aquellos que le conocen.”)  La destrucción del Templo, la muerte de la empresa nacionalista, favoreció, obviamente, la aceptación y extensión del cristianismo paulino, en la medida en que este predicaba la fe en otro Reino, y otro Templo: el cuerpo de Cristo, sacrificado, muerto y resucitado (Tomás: “51. […]Lo que buscáis ya ha llegado, pero no lo conocéis.”) La concreción de Juan –“mi Reino no es de este mundo”—fue la rúbrica definitiva. De nuevo, en Tomás: “42. Jesús ha dicho: Haceos transeúntes”. Romeros en camino para otra vida.
Existe, pues, un ánimo de conversión: de aceptación del hombre nuevo. El ejemplo que da Pablo es Cristo. Y esa necesidad de conversión personal alcanza a los tiempos venideros: “El Reino de Dios está adentro de vosotros y está fuera de vosotros. Quienes llegan a conocerse a sí mismos lo hallarán y cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, sabréis que
sois los Hijos del Padre viviente. Pero si no os conocéis a vosotros mismos, sois empobrecidos y sois la pobreza.”
(Evangelio de Tomás, 3) 
La verdadera sabiduría se identifica con el “conócete a ti mismo” socrático, es decir, advierte que llevas lo mejor de ti dentro. El Cristo gnoseológico había dicho: “Pues mi
madre me parió, mas mi Madre verdadera me dio la vida.”
(Evangelio de Tomás, 101). Es decir, su “Madre” la Sabiduría. Es curioso, pero este comentario parece ser malévolamente parodiado en el Lazarillo, cuando en la posada de la villa de Escalona, dice el ciego a su criado niño: “A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.” (En referencia a las veces en que el ciego ha curado con vino las heridas de Lázaro)
El mismo proceso de reversión hacia el interior será el exigido por todos los anacoretas, los místicos alemanes del siglo XIII, y los erasmistas y quietistas del XVI y del XVII. Ser como trapo en la boca de un perro. Dejarse zarandear por los destellos de verdad que afloran en un corazón desprovisto de “ego” y abandonado a Dios.
Nos permitimos observar, por consiguiente, una linealidad en todo el mensaje cristiano, desde la predicación de Pablo en adelante. Jesús no fue un simple profeta, ni sacrificó su existencia por nada más que por una rotunda conversión de los corazones. Con sus momentos de alegría (como en las bodas de Caná) y sus instantes de cólera (como en la expulsión de los mercaderes del Templo). Mas siempre se consideró llave, la piedra angular, para alcanzar el Reino de Dios, que empieza a conquistarse con la actitud de cada uno en su vida. Es decir, es el Reino una realidad inmaterial, pero el lento proceso que acerca a él comienza en la vida corriente. Hemingway diría que como un encierro de los sanfermines: los buenos corredores confluyen en la plaza.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.
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Utilizo el Evangelio de Tomás como fuente documental porque recoge 114 dichos atribuidos a Jesús, algunos de los cuales aparecen también en los Evangelios sinópticos canónicos. Para algunos investigadores norteamericanos, este primer compendio de las afirmaciones de Jesús debió de escribirse tempranamente, quizá en el año 50. Esto es, resultaría así anterior a cualquiera de los Evangelios autorizados.
Es, además, muy posible que coincida en bastantes puntos con la perdida Fuente Q, el texto que debieron de tener a la vista los redactores de Mateo y de Lucas (no así el de Marcos).
El Evangelio de Tomás se conserva en un manuscrito copto de la primera mitad del siglo IV, que traduciría un original griego, quizá compuesto en Siria.

lunes, 10 de abril de 2017

La atrevida.


La veterana actriz Pilar Gómez recrea con ternura la vida de Doña Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851 – Madrid, 1921) en Emilia, un montaje de Teatro del Barrio (C/ Zurita, 20, 28012 Madrid) cuya dramaturgia viene firmada por Anna R. Costa.
Se trata del supuesto diálogo que mantiene la escritora con los señores académicos, algunos colegas suyos, como Juan Valera, Leopoldo Alas “Clarín”, y, por supuesto, su admirado y loado Benito Pérez Galdós, con quien sostuvo un apasionado romance. Doña Emilia tiene vetado el ingreso en la Docta Casa, por su condición de mujer, de feminista y de naturalista, esto es, la tendencia narrativa preconizada desde Francia por el ateo Emilio Zola, que excluye de la conducta humana todo espiritualismo.
Pero lo cierto es que Doña Emilia fue una naturalista a medias: ella era católica, aunque no llevara muy católica y ejemplar vida, y nunca desdeñó la trascendencia del alma en el comportamiento de sus personajes. Su amado Galdós defendió el mismo espiritualismo en novelas como Misericordia o Nazarín, porque los españoles maman de una tradición ineludible, aunque no esté probado –según Don Benito—que el cristianismo funcione de verdad para arreglar el mundo, desfondado por los vendavales de la hipocresía moral y la ingratitud.
Mujer muy entera, fue Presidenta de la Sección Literaria del Ateneo de Madrid (1906), consejera de Instrucción Pública a instancia del pedagogo Francisco Giner de los Ríos, y catedrática de literaturas neolatinas en la Universidad Central (1916). En 1883, publicó La cuestión palpitante, una colección de artículos en defensa del Naturalismo que le costó su matrimonio. En ellos, sin embargo, tomaba como “perniciosa herejía” negar la libertad humana, es decir, el libre albedrío, que por su fe establecía por encima de cualquier directriz de signo positivista. Doña Emilia se apropió de cierta sordidez descriptiva y de la pintura de tipos embrutecidos de la Galicia profunda en Los pazos de Ulloa. En 1882, da a las prensas uno de sus relatos más interesantes y valiosos, La Tribuna, cuya decidida protagonista, Amparo, defiende los derechos laborales de sus compañeras, obreras en una fábrica de tabacos de Marineda (La Coruña). Es la primera novela española que se centra en el proletariado urbano, y la primera reivindicativa de los derechos sociales de las mujeres. No obstante, Amparo queda “inactivada” por las fuerzas del orden, por el militar del que se enamora, que la dejará preñada y sola a su suerte.
Consciente de no ser buena profeta en su tierra, Doña Emilia se fue distanciando cada vez más del Naturalismo, y entonó el acto de contrición en sus últimas arrancadas literarias: La Quimera (1905) –si el arte no colma tus aspiraciones, la religión sí--; La sirena negra (1908) –el salvado del nihilismo por la conversión--. En realidad, esta tendencia proclive al sacrosanto incienso ya había sido anunciada por obras anteriores, de inicios de 1890: Una cristiana y La prueba. Es, además, autora de una de las mejores biografías de San Francisco de Asís, editada en 1881, y alabada por el erudito cántabro Marcelino Menéndez Pelayo.
Intelectual, pues, contradictoria, no tan rebelde, desde luego, como la pinta este montaje de Anna R. Costa, que tiende a la idealización. Aunque su familia era liberal, su vena aristocrática hizo que la familia tuviera que exiliarse tras la Revolución de 1868, con estancias en Inglaterra, Italia, Alemania y Francia. Su vida pública, no obstante, no fue fácil, salpicada por los motes de “marimacho” y de meretriz, debido a sus bien aireados romances. Físicamente no era muy agraciada: padecía de sobrepeso y de estrabismo. La escritora estaba enemistada con “Clarín”, Pereda y Armando Palacio Valdés, quienes tildaron algunas de sus novelas de “pornográficas”. El perdón real le llegó en 1908, cuando Alfonso XIII la nombró condesa. Por otra parte, recibió otras altas distinciones, como la Orden de Damas Nobles de María Luisa y la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice, que el Papa la concedió. No cejó, sin embargo, en su convencida lucha por los derechos de la mujer, publicando numerosos artículos e impartiendo conferencias. Su personalidad era muy alabada por intelectuales como Ramón Pérez de Ayala, Lázaro Galdiano y Miguel de Unamuno. Don Miguel debió a ella la publicación de En torno al casticismo en la revista “La España Moderna”. Nunca se reconcilió con su marido, el abogado José Quiroga y Pérez de Deza (fallecido en 1912), porque consideraba ella que el matrimonio y la actividad intelectual eran incompatibles. La castidad también. En la serie de televisión Blasco Ibáñez (1997), con guion y dirección del genial Luis García Berlanga, Doña Emilia (interpretada en este caso por Emma Penella) se beneficia literalmente a un joven Vicente, recién llegado a Madrid, en su despacho del Ateneo.
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Cuando la familia Franco ocupó el Pazo de Meirás, que había sido residencia de la escritora, Doña Carmen Polo ordenó quemar numerosas cartas y documentos que allí se guardaban. Una sustancial pérdida para los investigadores de la Literatura, y un rancio tabú impuesto sobre su figura de mujer intelectual.
Destacamos el cariño que ha puesto Pilar Gómez para construir el personaje, con un marcado acento gallego. Su Emilia desborda simpatía, desenfado, e infunde lo que a veces falta: vitalidad. Una hora de representación intensa, durante la cual Pilar desnuda a Emilia y consigue la complicidad y empatía total del espectador hacia ella. Pilar, un talentazo de actriz.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.

sábado, 8 de abril de 2017

El reverso del espejo.


“Algunos muertos escriben poemas” (J. A. Pamies)
Diario nómada. 326 estaciones es el tercer poemario publicado por José Antonio Pamies (Alicante, 1981). Un libro muy entero y trabajado, sin una pizca de improvisación, que se alzó con el II Premio del Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca «Homenaje a Miguel Ángel Velasco». La misma institución ha publicado el trabajo, en su colección “Minerva” (abril de 2014).
Pamies escapa a todo encasillamiento. La profundidad y extensión de su verso, la genialidad hermética contenida en cada poema, resultan indescriptibles y sí imprescindibles de saborear por cada lector en tranquilo silencio. En Pamies la poesía se vuelve especialmente un paisaje áulico, un lenguaje propio, oculto a los sentidos del idioma común. La lengua renace en su esfera poética, ajena a todo lirismo contenido. Pamies escribe de forma seca, metafórica, hipercontundente. No busca despertar emoción, sino que su voz, su palabra, viven por y para sí mismo. Su lector ha de ser obligatorio, entregado, pero no incondicional ni rendido a su estilo. No son los reflejos populares de García Lorca o de Miguel Hernández los que encontramos aquí, sino la hiedra muerta de Aleixandre, Altolaguirre o Concha Méndez. Incluso parecido juego especular de los dos últimos nombres: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al espejo / sin porvenir de la muerte./ Allá van nuestros recuerdos/ mostrándonos lo que fuimos/ y para siempre seremos,/ cristal en que nuestras almas/ revivirán lo vivido/ en las prisiones del tiempo” (“Roca maternal. 1929”, en Las islas invitadas). “Sé que la muerte se esconde/ por detrás de los espejos./ Con ojos de agua nos mira/ cuando nos vemos en ellos.” (Poemas. Sombras y sueños, 1944). En Diario nómada: “Hay un cristal, hay un cristal de espejo/ donde siempre se refleja esta cara./ Narciso y Edipo me inyectan la sed,/ mataría por encontrar a Dorian.” “Es cierto, me hubiese gustado amarte/ una tarde cualquiera,/ cuando tu nombre fue Beatriz/ y Dante nos vestía de dios en el espejo.” “Porque eres, oh poesía, tristeza dichosa,/ candil prendido en el espejo…” “Contra la baranda del tiempo aúlla/ un espejo de sangre…” “Y ha de resurgir su blanca piel de escarcha/ en cada espejo sucio de la noche…” “La fiebre del insecto, el espejo de Eurídice...”
El espejo nos introduce en lo oculto, en el inframundo, en lo simulado del disfraz, en la réplica a toda coherencia y a cualquier lógica. Espejo es la respuesta a este mundo. Espejo es esta poesía en sí misma, creación de sensaciones personales, de gritos y susurros sin luz del día. El poeta –“trapecista de sueños”-- se enfrenta a Malasaña, el bosquejo de su existencia vagando sin temple: “porque la muerte tan solo interrumpe un despertar.” El creador es “herido por la luz del silencio/ en la tenue avenida con sabor a nadie” y donde la poesía “deja un rastro de vida”, quizá “el amargo brebaje de la historia”. Son los recovecos del barrio secreteres de tinta. “Todos castigan al que habla solo por las calles (…) No saben/ que ella ha puesto nombre a esta ciudad de enfermos,/ a este nicho de solitarios redomados.” La ciudad al caerse de la noche, desde la oscuridad, con las certezas de aurora, en tal tiempo apalancado por el deseo inconcreto, por el sueño de amor de los autores malditos enfebrecidos y ciegos de sobados sobornos:
“Cualquier tarde en Malasaña
una mujer te besa las ideas,
un poema se te escapa de los labios,
un amigo te alegra el corazón.
Y después, cuando la luz del día
se despide de los transeúntes,
un ensueño familiar
atraviesa el espejo de sus calles.
Donde el ahora es ley,
y el amor un infinito practicable.”
Amor a veces sarraceno, amor hostil, que clava sus “garras de fuego en las entrañas” con toda la opresión de la ausencia en el paisaje solitario del hombre. El hombre, condenado a vivir de noche, a soñar en lo opaco, a intentar gozar de espaldas a la claridad. La tiniebla de un “error desmemoriado/ que hunde su cabellera en el tiempo.” Cerca siempre, como gorras de bandidos, el concierto de ratas y la procesión de cucarachas para desmentir cualquier belleza, toda negación a lo que no sea un pronto olvido: “Noche herida de estivales cabellos/ bañados en satélites de luz,/ noche que deseas el amor y no cuerpos/ a ti te ofrezco el más solitario de mis cantos…”
De tanto en cuando, el eco adormecido de una acotación de Valle-Inclán:
“…Efímeras poses parlotean
sin dejar rastro, huella.
Los árboles susurran estupor,
desde algún territorio baldío
un perro ladra a la luna.”
El correlato objetivo, tan querido y mimado por T. S. Eliot y Jaime Gil de Biedma, se abre paso en algunos renglones de Pamies con la soltura de un patio de mugre y vecindad: “Aquel olor del polvo, húmeda tierra, cuando llovía. Perdido/ entre la huerta vaga mi corazón de nube.” “Vieja calle de Oporto/ donde aquel tranvía amarillo (…) va señalando los espacios huecos…” “Ya no hay nadie en la plaza/ donde jugábamos ayer/ los niños de la calle,/ un columpio se balancea solo/ en la memoria.”
Los dioses, más deshumanizados que nunca, desconocen la travesura del deseo, mientras el poeta baja hasta su encrucijada de destino y nos regala este inconmensurable soneto:
“Asombrado en silenciosas quimeras
que tejen sin descanso esta osadía
y repican con ahínco en las trincheras
de insobornables versos con manía.

Protegido por sabios y rameras
bajo hasta el puente, busco la amnistía
de tu boca en estaciones sinceras
y no hallo más que piel de policía.

Los hombres me apedrean con sus huesos,
busco refugio en la montaña norte,
planean vuestro fin amigos presos.

Os volarán la tapa de los sesos
por no untar de amor el pasaporte.
La resistencia nómada de besos.”
La poesía de José Antonio Pamies es primero suya, cierta, segura, pero misteriosamente se hace nuestra si penetramos en su espeso laberinto, para luego no encontrar la salida.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.
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José Antonio Pamies, Diario nómada. 326 estaciones, Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca y Sloper, Palma de Mallorca, 2014, Colección “Minerva”, ISBN 978-84-942494-2-6

sábado, 25 de marzo de 2017

Vaticanistas.


El fenómeno religioso siempre me ha interesado. Como creyente seducido por el catolicismo, pero a menudo desde una óptica ciertamente crítica, la historia de los papas, del Vaticano, y de la Iglesia católica en general, han gozado de mi más vivo interés. Comencé siendo seguidor del humanismo de Erich Fromm, con su visión desmitificadora de las creencias dogmáticas (El dogma de Cristo), continué profundizando en la interpretación que hacía Gonzalo Puente Ojea del Evangelio de Marcos, y me empapé de las crónicas vaticanas tan esclarecedoras y sugestivas de Juan Arias. A Paloma Gómez Borrero la seguí, sobre todo, por televisión.
Maravilloso tríptico el formado por Arias, Puente Ojea y Gómez Borrero en lo que al conocimiento del Estado Vaticano se refiere. En enero fallecía Gonzalo Puente, quien fue embajador de España ante la Santa Sede entre 1985 y 1987, nombrado por Francisco Fernández Ordóñez, ministro de Asuntos Exteriores con Felipe González. Arias, a Dios gracias, todavía está en activo y sigue publicando libros y escribiendo para El País. Paloma Gómez Borrero, tan eterna ante nuestra mirada como su querida Roma, nos ha dejado este viernes, 24 de marzo de 2017, a las ocho de la tarde. Enferma de un proceso hepático, ha muerto al pie del cañón a los ochenta y dos años.
Nadie dominaba como ella los entresijos, las entretelas del Vaticano. Próxima siempre a la curia, entraba y salía con facilidad y llamaba a todas las puertas, donde era cálidamente recibida. Con Juan Pablo II mantuvo una amistad especial. Le dedicó al menos cuatro libros; lo acompañó en todos sus viajes. Y es que Paloma, lejos de ir contra corriente, era más papista que el Papa. Hablaba con orgullo del Santo Padre y del ministerio de la Iglesia romana. Nunca hubo atisbo de vena censora en sus palabras, y sí esa familiaridad casera que distingue a uno de los nuestros. Con Paloma, el Papa y sus monseñores podían tener la seguridad de un buen predicamento.
Paloma Gómez era, además, una extraordinaria prosista. Su estilo es directo y sencillo, y su escritura entra y se lee con placer y sin ningún esfuerzo.
Ha sido la voz de TVE en Roma durante más de una década, y su primera mujer corresponsal en el extranjero. Una de esas figuras que llenan nuestra cotidianeidad y que instantáneamente asociamos a un escenario o a un ámbito. Hace pocos días, a comienzos de febrero, nos dejaba también otro comentarista irrepetible, José Luis Pérez de Arteaga, la voz por excelencia de los conciertos de Año Nuevo, maravilloso timbre para visitar los compositores clásicos. Periodistas que han formado parte de la piel de la reciente intrahistoria de España, que nos han informado puntualmente como decanos de su oficio, y que serán difíciles de olvidar.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2017.

domingo, 19 de marzo de 2017

Vivisección.


Pilar Primo de Rivera (Madrid, 1907-1991) es una figura hoy muy olvidada de la Historia reciente de España. De hecho, ni libros ni documentales que analizan la dictadura de Franco la mencionan apenas. Otros la omiten, como si no hubiera existido. De finales de la II República hasta la actualidad ha primado la idea de virilidad. El régimen que se instauró tras nuestra Guerra Civil decretó un diseño varonil de Estado: los hombres fueron los vencedores de la contienda, y los que con su fuerza deberían levantar la nueva nación. El papel de la mujer solo se contempló, fundamentalmente, como destinado al sostenimiento moral y al cuidado del marido y de los hijos. Esto no significa que la mujer debiera permanecer inactiva, sino todo lo contrario: como tal mujer debería volcarse en tareas en principio familiares u hogareñas (consideradas esenciales), pero también en labores de beneficio social y en educación de adultos y de escolares. Se pedía de la mujer que fuera entregada, abnegada, sufrida, que auxiliara allí donde se la requiriera y que cuidara siempre del varón, ya fuera este padre, abuelo, esposo u hermano. La buena mujer debía ponerse al servicio del hombre, pues este era el cometido que la tradición histórica le había venido asignando (no solo en España, sino en toda la civilización occidental). Pilar Primo de Rivera no combatió nunca estos asientos morales, sino al contrario, los alentó y convirtió en máximas, para confortar al régimen disciplinado y totalitario que había nacido con el triunfo del Caudillo. Sin embargo, y en la medida de lo posible, la hermana de José Antonio intentó que la mujer no fuera ni arrinconada, ni olvidada, aunque si bien en un plano subsidiario que nadie discutía.
Por eso esta obra cómico-dramática que ahora podemos ver en el Teatro del Barrio (C/ Zurita, 20), La Sección, escrita brillantemente por Jéssica Belda Peiró y Ruth Sánchez González, era tan necesaria. Para rescatar del olvido y valorar, en su justa medida y dimensión, una figura pública que los manuales y ensayos han silenciado. Con el guiño desenfadado de la farsa, con el aire canalla del vodevil, pero respetando el rigor histórico, las autoras nos sumergen en un divertido viaje a la España franquista. Y levantan, con humildad, pero con entrega total a este proyecto, uno de los mejores espectáculos teatrales que se pueden ver en Madrid esta temporada. Tres son las intérpretes de la obra, empezando por la propia Jéssica Belda, arropada en la aventura por Manuela Rodríguez y Natalie Pinot. Las tres consiguen plena verosimilitud de caracteres dentro del ejercicio paródico, lo cual se antoja doblemente difícil. Porque estás ofreciendo una versión cómica, risible, al tiempo de transparentar, con las pinceladas justas, la psicología endémica del personaje.
La Falange se crea en el madrileño Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933, con un discurso fundacional, pronunciado por su líder y jefe, José Antonio Primo de Rivera, del cual las autoras de esta pieza han aprovechado bastantes párrafos. José Antonio, harto de la división de la política española en multitud de partidos, algunos de ellos con pretensiones nacionalistas que herían y quebraban la unidad del país, propuso su “antipartido”, es decir, la solución definitiva al problema de las disensiones y los enfrentamientos: una España unida en un solo proyecto común, católico, que tomara como mayor defensa la dignidad de la persona, aun cuando bajo la tutela esta de un Estado totalitario. España tenía que cumplir con un designio histórico dentro de la civilización occidental; la España de Don Pelayo, de Isabel la Católica, de Garcilaso, de Carlos I, de Felipe II… La España de orden y mando imperialista y colonialista. Una protección integral al camarada obrero, regida siempre por un gobierno paternal y por el Vaticano. El sufragio universal y la teoría rousseauniana de libertad natural recuperada ilusoriamente a través del mismo no sirven de nada en un plan donde el fin está claro: ejercer los principios católicos de una tradición, y que estos sean ley. La Falange nace alimentada por el caos político-social imperante en España en la década de los treinta, y auspiciada por el Fascismo italiano de Mussolini y el nacionalsocialismo alemán de Hitler. Con la salvedad de que José Antonio nunca hubiera pretendido, seguramente, un diseño unipersonal de gobierno, tal y como después se comprobó, una vez muerto el jefe-fundador, en el levantamiento de Federico Manuel Hedilla contra Franco. En efecto, el jefe cántabro se opuso con ímpetu contra el control por Franco de la jefatura de Falange. Contaba para ello con las simpatías de los nazis, con la indiferencia de los fascistas italianos, y con la rivalidad de otros camaradas de partido, entre ellos, Pilar Primo de Rivera. Pero la unificación ideológica era necesaria (para impedir la fragmentación en facciones) y estaba en marcha. Así que Hedilla fue detenido, juzgado en consejo de guerra (Salamanca, julio de 1937) y condenado a cadena perpetua, primero, y a pena capital después. Si no se le ejecutó fue por la mediación de Pilar Primo en favor suyo. Hedilla pasó varios años en la cárcel y, cuando fue indultado, en 1947, no volvió a ser nadie dentro del nuevo estado. Peor suerte corrió otro falangista afiliado a la causa hedillista, que estuvo preso junto a José Antonio en la cárcel Modelo de Madrid, Pedro Marciano Durruti Domingo, hermano pequeño del guerrillero anarquista José Buenaventura Durruti (casualmente, abatido de un balazo solo dos horas antes del fusilamiento de José Antonio, en la madrugada del 20 de noviembre de 1936). En efecto, este Pedro M. Durruti –mecánico de profesión—fue juzgado en León por consejo de guerra y pasado por las armas el sábado, 22 de agosto de 1937. Al parecer, Pedro Durruti exigía –un poco confundido y desorientado-- la disolución de la Guardia Civil, y la incorporación a Falange de socialistas y comunistas arrepentidos.
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El mesianismo paternalista que pretendía José Antonio para España fue interpretado a la perfección, durante treinta y seis años, por el General Franco, a quien Wenceslao Fernández Flórez bautizó en ABC (20-09-1938) “Mesías de la redención cívica de España”.
La obra La Sección se centra, especialmente, en rescatar el rol jugado por las mujeres de Falange en la década de 1930 y en la inmediata posguerra. Pilar Primo de Rivera era melliza de una hermana, Angelita, que murió con apenas seis años, en 1913. Pilar era la segunda hermana del primogénito José Antonio, y huérfana de madre, fue acogida y criada, con tan solo dos añitos, por la abuela y sus tías paternas. Se crio en un ambiente castrense, autoritario y sumamente cerrado y tradicionalista. Cuando José Antonio funda la Falange, ella pide entrar, pero es admitida a través del S.E.U., el Sindicato Español Universitario. El 12 de julio de 1934, Pilar constituye la Sección Femenina. La Sección tuvo un desarrollo importante en poco tiempo: de 2.500 afiliadas en julio de 1936, pasó a 300.000 en octubre de ese mismo año, la mayoría residentes en la zona sublevada, y a 580.000 acabada la guerra. El 30 de mayo de 1939, en Medina del Campo, y ante 11.000 afiliadas, Franco refrendó su labor en el nuevo régimen, que las falangistas fueran reflejo de Isabel la Católica y dignas de su patrona, Santa Teresa de Ávila. La ley de la Jefatura del Estado, de 28 de diciembre de 1939, legitimaba jurídicamente la Sección Femenina y fijaba su cometido prioritario: la formación de la mujer española y su incorporación a la tarea nacional. Tenía que servir a España mediante la consolidación del espíritu nacional y la enseñanza de los sagrados principios del Movimiento. La Sección fijó su sede en el Castillo de la Mota (Valladolid), rehabilitado para ese acogimiento.
En octubre de 1936, con la contienda civil en marcha, una falangista, Mercedes Sanz Bachiller, crea el Auxilio de Invierno, con el fin de ayudar, en la peor estación del año, a niños huérfanos, evacuados y desplazados por las represalias y la furia de los combates. Se fundan comedores y hogares de acogida, y se forma a las mujeres voluntarias en enfermería. En enero de 1937, ya era el Auxilio Social, que contaba con trescientas mil mujeres en 1939. Mercedes Sanz era viuda de Onésimo Redondo, falangista muerto en un tiroteo en Labajos (Segovia), en julio de 1936. Como simpatizante de Hedilla, se enfrentó a Pilar Primo, al querer conservar la independencia del Auxilio Social, que la jefa de la Sección reclamaba también para sí. Mercedes Sanz había viajado a Alemania, y se había formado en trabajos sociales con los nazis. Al final, se impuso el criterio autárquico de Pilar Primo, y la Sección Femenina se hizo cargo de la dirección del Auxilio Social. Esta confrontación queda muy patente en la obra de Jéssica Belda y Ruth Sánchez. Mercedes Sanz fue la creadora del Servicio Social de la Mujer, una especie de servicio militar femenino, obligatorio para todas las mujeres de entre 17 y 35 años, que duraba seis meses, y se cumplía en comedores, hospitales, oficinas y similares.
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Cuando termina la guerra, Pilar consigue seducir con su Sección a intelectuales de la talla de José Ortega y Gasset, quien visitó el Castillo de la Mota y quedó encandilado por la tarea de expansión que allí se hacía. Siguiendo a su hermano José Antonio, Pilar propuso una labor discreta para la mujer española, primero madre cuidadora y educadora de sus hijos, y luego profesional en igualdad de condiciones que el varón, aunque no necesariamente en competición con este. José Antonio había dicho a unas falangistas en Don Benito (Badajoz, 1935) que “la galantería no era otra cosa que una estafa para la mujer. Se la sobornaba con unos cuantos piropos para arrinconarla en una privación de todas las consideraciones senas. Se la distraía con un jarabe de palabras, se la cultivaba una supuesta estúpida, para relegarla a un papel frívolo y decorativo. Nosotros sabemos hasta dónde cala la misión entrañable de la mujer, y nos guardaremos muy bien de tratarla nunca como destinataria de piropos.” Pero añade el líder que lo importante en la mujer es siempre el sacrificio, la abnegación, en los que se reflejan e inspiran los varones de Falange: “Tampoco somos feministas. No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino y entregarla a funciones varoniles. A mí siempre me ha dado tristeza ver a la mujer en ejercicios de hombre, toda afanada y desquiciada en una rivalidad donde lleva –entre la morbosa complacencia de los competidores masculinos—todas las de perder. El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social a las funciones femeninas.” Este discurso del jefe falangista parece inspirado por la doctrina social de la Iglesia: las mujeres cumplen muy bien su cometido en funciones menores. No más.
Sin embargo, aun con toda la respetabilidad del mundo, Pilar Primo iba a ir más lejos que su hermano en la reivindicación de los derechos laborales de la mujer. Como reconoce su compañera de organización Teresa Loring Cortés, la II República consiguió notables avances para la mujer española: el sufragio femenino y mayor presencia universitaria. No obstante, tampoco la II República había potenciado la incorporación de las mujeres a la Administración estatal, pues mantuvo vigente la Ley y Reglamento de 1918 sobre funcionarios públicos, que solo permitían el acceso de las mujeres a puestos auxiliares y de servicios técnicos, con multitud de vetos en los distintos ministerios según el cargo. Las mujeres únicamente podían concursar al 35% de oposiciones, un 7% con carácter exclusivo y el resto de libre competencia con los varones. Los hombres, en cambio, podían aspirar al 93% de las convocatorias, con un 47% de índice de exclusividad para ellos. No pocas fueron las visitas de Pilar Primo al ministerio de turno para defender la plaza que, por méritos propios, correspondía a una mujer, y no a un hombre. Finalmente, el 22 de julio de 1961, a instancias de la Sección Femenina, se aprobó la Ley de igualdad de “Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer”. En su redacción intervinieron Manuel Fraga Iribarne y Roberto Reyes. En verdad, cada vez había mayor número de tituladas universitarias que reclamaban su puesto laboral. Algunas, solteras o viudas que no podían estar a expensas de sus familias, y necesitaban ejercer un trabajo. Y no todas iban a optar a ser maestras, secretarias o enfermeras. En diciembre de 1966, Pilar Primo consiguió que la Administración de Justicia admitiera a las mujeres (salvo para elevados puestos de responsabilidad, como la judicatura). Fueron reformas que tardaron en llegar, y que coincidieron con los gobiernos de los tecnócratas del Opus Dei y la visión de una España algo más abierta a Europa.
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Pilar también potenció que se regularan como titulación universitaria los estudios de enfermería, y creó nuevas profesiones que podían desempeñar con éxito las mujeres: instructoras de juventudes, profesoras de hogar, profesoras de Educación Física, profesoras de Danza Clásica y Popular, instructoras rurales, jefas de granjas escuelas, ayas puericultoras y visitadoras sociales. En el campo, las instructoras rurales combatieron el alto índice de analfabetismo femenino y las enfermeras, con activas campañas de vacunación, la difteria, el tifus, la tuberculosis y la viruela. Se repartieron canastillas para recién nacidos. En el ámbito cultural, las formadas en música recogían en pentagramas romances, coplas y letrillas populares de la gente mayor de los pueblos. La Sección Femenina llevó a Sudamérica los Coros y Danzas españoles e incentivó el acercamiento cultural hispanoamericano. En 1965, en Frankfurt, las enfermeras españolas pidieron ser admitidas en el Consejo Internacional de Enfermería. Ante el esperable boicot a ellas, por vivir bajo una dictadura, una enfermera alemana se levantó para defender el derecho de pertenencia de las españolas al Consejo, en cuanto a buenas profesionales. Esa enfermera alemana resultó ser miembro de una familia de judíos alemanes, que, gracias a la diplomacia de Franco, había salvado su vida escapando de los verdugos nazis. España fue admitida en el Consejo.
En 1975, año de la muerte de Franco, hubo en España ocho mujeres Procuradoras en Cortes, sesenta y seis alcaldesas, seiscientas sesenta y una concejales y casi diez mil consejeras locales. La situación, aunque tarde, comenzaba a mejorar para la mujer española.
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No muestra la farsa La Sección la rivalidad que hubo, en un clima de preguerra, entre Dolores Ibárruri “Pasionaria” y Pilar Primo de Rivera. Un domingo de junio de 1934, en El Pardo, unos jóvenes socialistas se enzarzaron en pelea con otros jóvenes falangistas, de quienes pretendían oír La Internacional. El falangista Juan Cuéllar, de dieciocho años, fue derribado, pisoteado, y su cabeza aplastada con un cántaro. Después, Juanita Rico, socialista, se orinó sobre el cadáver. De vuelta en Madrid, un grupo de falangistas se cobró venganza: mataron a Juanita y dejaron tullido de por vida a su hermano Lino. Mundo Obrero señaló como criminales responsables a ciertos cabecillas de Falange y también a Pilar Primo, de la cual se pegaron carteles con la leyenda “Se busca”. Dolores Ibárruri insinuó veladamente en el Congreso la implicación de Pilar Primo en actos sangrientos. Ambas mujeres no se podían ver, pues su reconocido carisma alentaba fuerzas opuestas.
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Otra notoria protagonista de La Sección es  Dña. Carmen Polo de Franco, un poder temible en la sombra. Agazapada tras la marioneta del Caudillo, confía en la fidelidad de Don Juan Carlos como continuador del Movimiento Nacional. No en vano, fue la segura instigadora para la elección de Carlos Arias Navarro como Presidente del Gobierno, tras el asesinato por ETA del almirante Luis Carrero Blanco, mano derecha de Franco. Doña Carmen Polo guardaba mucho las distancias con la Falange y con Pilar Primo de Rivera. No quería que ninguna mujer –salvo ella misma, claro está-- ejerciera presión y poder en los círculos de gobierno.
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Así nos trae esta obra amena el recuerdo de una mujer, Pilar Primo de Rivera, de quien las enciclopedias, todavía hoy, llegan a concluir que “Durante el régimen franquista no tuvo ninguna influencia política y dedicó toda su vida a avivar el recuerdo de su padre, Miguel Primo de Rivera, y de su hermano.”
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2017.

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* Fuentes bibliográficas consultadas: José María Zavala, Las últimas horas de José Antonio, Madrid, 2015; Javier R. Portella (ed.), José Antonio Primo de Rivera. El político que amaba la Poesía y a su “Princesa Roja”, Madrid, 2015; Teresa Loring Cortés, «Promoción político-social de la mujer durante los años del mandato de Francisco Franco», en Fundación Nacional Francisco Franco, El legado de Franco, Madrid, 1993; Pilar Primo de Rivera, Recuerdos de una vida.
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TEATRO DEL BARRIO va a dedicar una trilogía titulada “Mujeres que se atreven” a la dramatización de la biografía de tres intelectuales españolas de renombre: Emilia Pardo Bazán (novelista y ensayista), María Teresa León (novelista y ensayista) y Gloria Fuertes (poeta). De hecho, el espectáculo Emilia, de Noelia Adánez, con dirección de Anna R. Costa e interpretación de Pilar Gómez, ya está en cartel.