“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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miércoles, 15 de abril de 2026

Casta Diva.

Norma, de Vincenzo Bellini, es una de las primeras grandes óperas italianas. Estrenada en 1831, en pleno movimiento romántico europeo, representa la apoteosis del amor sobre los preceptos. Norma es una sacerdotisa celta, que ha jurado castidad al dios Irminsul. Comanda la resistencia contra el invasor romano de la Galia, y todos los druidas la obedecen. Sin embargo, guarda un gran secreto: enamorada del procónsul romano Pollione, ha llegado a tener dos hijos con él. Pero a Norma le sale una competidora, la muy joven y hermosa Adalgisa, también acosada por Pollione. Virgen consagrada al templo, Adalgisa confiesa a Norma los requerimientos del impetuoso romano. Entonces, Norma, en un arrebato de ira y de celos, piensa en apuñalar a sus hijos. Pero, en un último momento, se contiene y los exculpa de lo sucedido. Los niños merecen vivir.

"Norma", en la representación del Palacio de Festivales (marzo 2026)

A los druidas Norma transmite su vaticinio: Roma no sucumbirá por esta guerra, sino víctima de su propia decadencia, por sus muchos vicios.

Pollione es apresado por los druidas y conducido ante Norma. Ella confiesa ante ellos, y ante su mismo padre, Oroveso, que ha quebrantado sus votos y se ha unido al romano. Se ofrece ella misma en sacrificio para el dios. Hace prometer a Oroveso que cuidará de sus dos hijos, nietos suyos. En la postrer despedida, Pollione reconoce a Norma su amor, y ambos caminan hacia la pira, para ofrecer sus vidas a Irminsul. Era este, al parecer, la encina sagrada donde crecía el muérdago, que debía ser cortado con una hoz de oro. Con este elemento parasitario, se preparaba una infusión, que se daba a beber a las jóvenes fértiles. Dos toros se sacrificaban, y su sangre se esparcía alrededor del árbol. Se cree que Carlomagno ordenó talar la encina sagrada en 772, para poner fin a las últimas ceremonias paganas. El culto druida fue proscrito ya antes, en el Concilio de Tours de 567.

Es evidente la inverosimilitud del relato: Norma consigue mantener ocultos a sus dos hijos --incluso a su mismo abuelo, Oroveso--, y presentarse pura ante la cohorte druídica. Pollione, a pesar de ser un picaflor, se deja amansar por la lealtad final hacia Norma, renuncia a la joven Adalgisa, y acepta el martirio junto a la madre de sus hijos.

Como suele suceder con los libretos de Ópera (este es de Felice Romani), se basa el argumento en el drama francés Norma, o el infanticidio, de Alexandre Soumet. Son evidentes las conexiones con la tragedia griega clásica, como la Medea de Eurípides. Solo que, en este caso, el impulso de venganza perece bajo el instinto maternal.

Norma es, sin duda, una de las cumbres del belcantismo. Ideada para Giuditta Pasta, famosa en su momento por una versatilidad supina para encarnar todo tipo de féminas, concita una tesitura exigente, propia del “canto declamato”, en el que la voz debe transmitir toda la intensidad emocional del habla, incluso alargándose en una melodía sin término.

La vigencia de Norma reside en el empoderamiento de su protagonista femenina, que es respetada y obedecida por los druidas varones. Se resiste al sometimiento del romano Pollione, aunque no puede escapar a un destino adverso, al ahogo de su dicha por la beligerancia contra el opresor y el mandato de una divinidad cruel. 

Es así que Norma es un personaje femenino fuerte, con pleno carácter. Durante un tiempo, ha sabido vivir obedeciendo al solo dictado de su corazón, de su amor por Pollione, pese a ser este un enemigo de su pueblo. Ha contravenido las normas de su religión, siendo ella, además, cabeza visible de la misma. Invoca a la Diosa Luna, emblema de la Pureza, y le pide que temple los corazones ardientes, y el celo audaz, para que haya paz en la tierra, como la hay en el cielo.

Norma, ópera en dos actos (de ochenta y sesenta y cinco minutos, respectivamente), se ha representado el pasado sábado, 28 de marzo, en la sala Argenta del Palacio de Festivales de Santander, en un montaje a cargo del Teatro Nacional de la Ópera de Moldavia y LG Artist Management. La dirección escénica es de Rodica Picereanu, y la musical de Óliver Díaz.

La soprano canaria Yolanda Auyanet compone una excelente Norma, con una potente interpretación del aria principal, “Casta Diva”, prueba de fuego para toda profesional del canto, como el “Nessum dorma”, de Puccini, lo es, también, para los tenores. Auyanet se ha venido destacando en las óperas de Roma y de Turín, así como en Maria Stuarda, en Madrid y Bilbao.

Ekaterine Buachidze, mezzo, nacida en Tbilisi (Georgia), es una esbelta y atractiva Adalgisa de noble timbre vocal. Ha cantado junto a Sonya Yoncheva, y se ha destacado en Roma, Tokyo, Varna y Valencia.

Andeka Gorrotxategi, tenor natural de Abadiño (Bilbao), da una muy digna réplica con su Pollione. Con repertorio de “spinto”, ha demostrado su maestría en los teatros de Roma, La Fenice, Turín, Madrid y Sídney.

Completan el principal elenco: David Cervera, bajo (Oroveso); Víctor Jiménez Moral, tenor (Flavio); y Laura de la Fuente, soprano (Clotilde).

Colaboraron, en esta función, la Orquesta Sinfónica del Cantábrico, el Coro Lírico de Cantabria, y alumnos de los Conservatorios Profesionales de Música “Jesús de Monasterio” y de Torrelavega.

Una buena representación de la ópera de Bellini, con una escenografía clásica fiel al original, a precios asequibles.

Antonio Ángel Usábel, marzo de 2026.

* * *

Bellini compuso la partitura de Norma para el lucimiento de su admirada soprano Giuditta Pasta. Según algunas opiniones, buscaba desposar a la hija de Giuditta.

El canto del rol protagonista exige un esfuerzo dramático considerable, y se acerca al estilo posterior verdiano. En concreto, una voz de soprano drammatico di agilità, un tipo hoy extinguido, muy polivalente, con resistencia y seguridad en todos los registros, con muy amplia tesitura, y una extensión superior a dos octavas. Además, el personaje colma con su presencia el escenario, y ha de mostrar muy variadas facetas: severa sacerdotisa, celosa consorte enamorada, y madre preocupada por el destino de sus hijos. El papel de Pollione debería ser interpretado desde un prisma de tenor lírico ligero, con agudos confiados al falsete, es decir, de un modo contenido. El periodista español Mariano José de Larra asistió a una representación de Norma en Madrid, en 1835, y dio fe de los falsetes en Pollione por el tenor Giovanni Battista Genero. Más tarde, sin embargo, se abandonó este estilo para el personaje y sus agudos resultan bastante más intensos.

El primer Pollione fue Domenico Donzelli, mientras que el bajo Vincenzo Negrini se encargó de Oroveso. El papel de Adalgisa recaía, primeramente, en una soprano, una “seconda donna”, y no en una mezzo. Era frecuente que quien empezara de Adalgisa, terminara como Norma, como le sucedió a Giulia Grisi en París, hermana de Giuditta Grisi, tan aplaudida por Larra en Madrid. En el siglo XX, la Adalgisa por antonomasia fue Fiorenza Cossotto. La pudo igualar, en 1954, Fedora Barbieri.

Presencia importante --que debe cuidarse-- alcanza el coro. En el siglo XIX, cuando no había una inversión destacada para él, se solía contratar a cantantes locales, sin una preparación exigente.

La obertura de esta ópera es una de las más bellas de la etapa belcantista, y a menudo se interpreta separada, como pieza de concierto.  

En cuanto a las representaciones “históricas” de Norma, cabe citar la del 3 de febrero de 1838, con la que se inauguró el Gran Teatro del Liceo. Rosa Ponselle la interpretó en el Metropolitan neoyorquino en 1927. Gina Cigna hizo su versión en 1937. Mítica, de verdadera consagración operística, fue la Norma de Maria Callas, en el Metropolitan, la noche del 29 de octubre de 1956. Repitió su virtuosismo en el Teatro de Epidauro, el verano de 1960. Anita Cerquetti tuvo un gran éxito en la Arena de Verona, en 1957. Joan Sutherland, como la Callas, se especializó en este papel desde 1967. Lo paseó por Nueva York, Sidney, y Barcelona (1986). Lo mismo nuestra gran soprano Montserrat Caballé, otra estupenda Norma en Milán, Londres, Barcelona, Turín y Viena.

Las grabaciones en audio más valoradas son: Maria Callas, Teatro de la Scala, EMI, 1954; Maria Callas, Teatro de la Scala, ARKADIA, 1955; Anita Cerquetti, Ópera de Roma, G.O.P., 1958; Joan Sutherland, con Richard Bonynge (dir.), DECCA, 1964; Leyla Gencer, Teatro de la Ópera de Bolonia, MYTO, 1966; Montserrat Caballé, con Plácido Domingo, Orquesta Filarmónica de Londres, RCA, 1972;  Montserrat Caballé, con Josephine Veasey y Jon Vickers, Teatro Regio de Turín, OPERA D’ORO, 1974 [de absoluta consagración]; Montserrat Caballé, con Riccardo Muti (dir.), Staatsoper de Viena, EXCLUSIVE, 1977; Renata Scotto, con Tatiana Troyanos, SONY CLASSICAL, 1979.

jueves, 26 de febrero de 2026

Parte alícuota.

Hay palabras que le asaltan a uno y luego le rondan la cabeza. Le pillan desprevenido, y le hacen pensar en su significado olvidado, o probable, o aproximado, o completamente erróneo.

Ayer, y antes de ayer quizá también, me asaltó: "alícuota".

De inmediato, relacioné el término con las Matemáticas.

Lo asocié a un enunciado de un problema; tal vez de álgebra, de esos que hacen pensar mucho.

El caso es que me olvidé de ello, ya que, por pereza o por desgana, no me molesté en consultar su significado exacto.

Lo dejé pasar.

Hoy, sin embargo, volvió "alícuota" a mi cabeza.

Parece como si reclamara una significación. Ella misma quería saber lo que era.

Me puse a pensar otra vez en "alícuota".

Volví al punto de partida: las Matemáticas.

Pero no supe aclarar nada más.

Así que, ahora sí, fui al diccionario de la Academia. Y busqué "alícuota".

Y leí, en principio: "adj. proporcional (perteneciente a la proporción). Parte alícuota".

¿Solo perteneciente a la proporción?

¿Cuánto, qué proporción? ¿Qué entender por ello? ¿Qué número implica?

Era evidente que había que recurrir al sintagma. A esa construcción hecha, lexicalizada, de "parte alícuota". El tándem de esas dos palabras juntas.

Porque nunca creí haber oído, o utilizado, el adjetivo desprovisto de ese mismo sustantivo.

Era así: "parte alícuota".

Pulsé sobre el sintagma, y el vínculo me llevó hacia la aclaración del misterio: "que es divisor exacto de una cantidad o número, pero no es el propio número. 3 es parte alícuota de 12".

He ahí el verdadero significado.

La precisión, la exactitud.

Ya mi cerebro podría descansar tranquilo.

Sabía lo que es "alícuota", y cómo y para qué emplear la palabra.

El problema es que es tan rara, tan poco común, que salvo que te dediques a las Matemáticas, no la vas a emplear en tu vida.

Fotograma de "El hombre que mató a Liberty Valance" (1962)

Y pronto se te olvidará. Y en diez años volverá a asaltarte, quizá, para pillarte de nuevo desprevenido. Como Liberty Valance en el polvoriento camino, enmascarado, y a la caída de la tarde.

Antonio Ángel Usábel, febrero de 2026.

miércoles, 4 de febrero de 2026

La España vendida de Pascual Sanabria.

 

“Voy a quitarles la opresión,

y a darles la libertad”

(Éx 6, 6)

Pascual Sanabria no existe. Es un personaje de novela, en cuya trama llega a presidente del Gobierno de nuestro país. Tiene la suerte del tonto –o la del guapo--, alguien que sabe estar ahí, pulsando los resortes exactos, sumamente ambicioso, egoísta, ególatra y despreocupado. Pascual Sanabria, líder del progresismo, va a trincar, a llevárselo al bolsillo, mientras inunda el territorio de inmigrantes, reparte ayudas a diestro y siniestro, favorece y encumbra el feminismo, pacta con exterroristas e independentistas, y aplaude a colectivos de discriminados y desfavorecidos (como el de los “okupas”). Sanabria es ese “crack” del despropósito, del que vive únicamente el presente como si no hubiera que rendir cuentas al porvenir. Todo está bien, todo va bien, y yo soy el mejor mandatario que ha tenido España. Bajo la batuta omnipotente e inmisericorde –eso sí-- del decreto ley.

Pascual Sanabria es el problema central de Ha llegado la hora, novela de Blanca del Cerro, publicada por Esstudio Ediciones (Madrid, 2ª ed., octubre de 2021, Col. Rúbrica). Una distopía que puede que ya se esté cumpliendo, literalmente, en nuestro momento de hoy, pese a que alguien pueda notar, quizá, ciertas dosis de exageración o de extremismo. Un país vendido por un sujeto que ha alcanzado el poder mediante una moción de censura, y cuyas iniciales son P y S (cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia, ¿o no?). Viaja por todo el mundo recibiendo esos homenajes y elogios que tanto le pavonean. Tiene una mujer atractiva, Cristina, a la cual guarda una fidelidad pía y que le pone muchísimo. Cristina fue, antaño, una agitadora del partido, una mujer que esparcía consignas para propagar un ideario que viniera de perlas. Si hay otra persona que además de él exista, esa es Cristina. Detrás de un gran hombre –se suele decir--, hay siempre una gran mujer. Es así que Pascual, infravalorado por su padre, llega a la cumbre no por inteligencia, ni talento, ni cumplida formación, sino por astucia. Miente, miente, miente, que la mentira se convertirá en verdad.

Al margen de los tejemanejes del presidente, dos hermanos, Federico y Darío Valterra, de clase media, prosperan en sus respectivas profesiones. Federico trabaja para una multinacional de Seguridad, y Darío, en colaboración con un socio, Mateo, crea una pequeña empresa de instalaciones informáticas.

Federico, con su esposa y familia, va a diferentes destinos, hasta que consiguen afincarse en Monterrey, en una buena colonia acomodada. Por su parte, Darío hace crecer su empresa y, ante el avance del dominio de los extranjeros acogidos, se plantea compartir su titularidad con sus empleados, abandonar España, y reunirse con su hermano en México. Está harto de contemplar, impotente, la disolución del país: el extravío de su identidad cultural, de sus tradiciones y festejos, de su patrimonio histórico-artístico. España está dejando de ser ella misma, para convertirse en un híbrido al completo servicio de una muy perversa organización internacional, de procedencia oriental, y que prescribe un estado teocrático donde la ley sea el dogma religioso y el hombre someta a la mujer, y la considere criatura imperfecta de segundo orden.

El planteamiento del texto de Blanca del Cerro es soberanamente audaz. Hay una extraordinaria valentía al señalar, aun veladamente, los peligros de un movimiento étnico y confesional real  que se expande por Europa --y por otras latitudes-- a un ritmo acelerado. Todavía más, que ello obedezca a un plan secreto, silente, preconcebido, y que ha requerido de siglos de paciente espera. De una paciencia infinita, necesaria para revertir, día a día, los designios de unas victorias morales y políticas históricas. Unos triunfos que asentaron lo mejor de la Democracia ateniense, del Derecho romano, de la doctrina de la separación de poderes, de las Declaraciones de Derechos naturales, y del Código Civil napoleónico en suelo europeo.

"El quitasol" (Francisco de Goya)

No obstante, podemos encontrar una salvedad importante --a modo de discrepancia-- en la coherencia argumental de este libro. Se supone que los inmigrantes que se constituyen en partido político, para mejor defender su presencia e intereses, tienen una muy distinta procedencia. Los habrá del Magreb, de África y del Oriente Medio, pero también de América del Sur y Central, de Europa oriental (rusos, ucranianos, rumanos, georgianos…) y de India y China. Unas colonias muy versátiles, algunas deseosas de pretender lo mejor del modo de vida occidental, y de huir de lo negativo y dañino que antes conocieron. ¿Esas colonias permanecerían imperturbables ante la imposición de una dictadura teocrática? Seguramente no; reaccionarían contra ello, y defenderían un modo de vida mucho más próximo al que siempre se ha desarrollado en España. Los chinos son pragmáticos y emprendedores, y no se dejan someter con facilidad. Lo mismo los rusos y ucranianos con espíritu empresarial. Los hispanoamericanos aman grandemente su cultura latina y miran a España como a la patria madre. En fin, un conglomerado de pueblos que, pese a ser muy distintos, pueden remar hacia un puerto común. Entenderse entre unos y otros, alcanzar una cierta concordia, un acercamiento, es la única manera de que un territorio no perezca ahogado en sangre. He ahí la gran esperanza (quizá la única) de nuestro país, y de los de nuestro entorno.

La novela de Blanca se lee con facilidad. Abusa de la omnisciencia narrativa y no presenta, apenas, a sus personajes a través del diálogo. Una novela toma brío no solamente por las acciones, los hechos que ocurren, sino también por la viveza de sus diálogos, los cuales permiten que cada personaje cobre entereza, vitalidad, redondez, cuerpo, y que se construya desde dentro. La omnisciencia absoluta lleva a la monotonía, a que cada ente se describa desde la sola óptica del narrador, sin reflejar riqueza de matices, y sin que cada lector se logre hacer su propia idea, o juicio, de cada carácter. Todo se nos dice cómo debe ser entendido. Tampoco hay presencia del monólogo interior, donde asome la duda, la debilidad, la fragilidad del ente, que son hebras de humanidad.

Aun así, respecto a otras novelas anteriores, Blanca del Cerro ha pulido su estilo: ha abandonado su acendrado lirismo descriptivo en beneficio del progreso de la acción. Se aparta del exceso de adjetivación valorativa, de los epítetos, y de metáforas y símiles neomodernistas. Ahora su prosa es más directa.

A veces, proporciona detalles que resultan innecesarios para lo que en esa escena ocurre. Por ejemplo, la composición del menú de una boda (p. 43); el apunte de quién protagoniza y dirige, y cuándo, El gran dictador --una película ya icónica, que permanece en el imaginario colectivo—(pp. 133-134); la situación en el callejero de un renombrado hospital madrileño (p. 192). Algún error de otro tipo se desliza: si Ascensión, la madre de los hermanos Valterra, fue profesora de Historia de España e Historia Universal en un colegio de Secundaria, no pudo cursar solo Magisterio, sino que también necesitaría una licenciatura --hoy, un grado universitario—(v. p. 40). Bastaría con decir que cursó estudios de licenciatura en Historia, o en Filosofía y Letras. El baile de una boda, y la barra libre que se ofrece, no preceden, sino que siguen a la ceremonia y a la comida o cena (v. p. 44). Y, seguramente, el inconveniente más grande –desde la óptica actual—sea presentar a México como tierra de promisión, país que acogió con orgullo y enorme, enorme generosidad a los emigrantes españoles en el pasado, pero cuya perspectiva de bienestar y seguridad ha empeorado catastróficamente por efecto del imperante narcotráfico. A lo mejor, Chile, Costa Rica, Puerto Rico, serían unos destinos más prometedores, si uno busca paz.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.

domingo, 1 de febrero de 2026

DÑA. EMILIA PARDO BAZÁN, CRONISTA DE LA VIDA ESPAÑOLA.

La coruñesa Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue aclamada, y famosa, por novelas como Insolación, Los pazos de Ulloa, La Madre Naturaleza, o La Tribuna, pero, dentro de sus dotes de periodista, dejó publicadas unas excelentes crónicas de la vida nacional, en la revista La Ilustración Artística, entre los años de 1896 y 1915. Se calcula que llegó a publicar más de mil quinientos artículos, hoy, en su mayoría, inéditos, en cuanto que no han sido reeditados.

Para intentar paliar en algo este vacío, y “olvido” de la faceta periodística de la condesa, la profesora Carmen Bravo-Villasante realizó una selección prologada de cuarenta y cuatro de esas colaboraciones, en el volumen La vida contemporánea (1896-1915), en Madrid, Editorial Magisterio Español, 1972, col. Novelas y Cuentos, nº 103.

Su lectura presente ofrece una cuidada instantánea de distintas facetas de su momento: política, literatura, sociedad (fiestas, costumbres, tendencias, crímenes). Permite comparar problemas de entonces con otros de ahora, para ver que la situación no ha cambiado mucho. De muestra, un botón:

«La política es alta ciencia. Por ella se rigen los pueblos, y quien a fondo la conoce y la practica –un Maquiavelo, un Fernando el Católico, un Bismarck—tiene igual derecho a la inmortalidad que los héroes y los artistas inspirados. Pero en nada se parece la política seria a lo actual, mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones, y no vemos por ningún lado al que se eleve por encima de cábalas y conjuras de pasillos del Congreso. La verdad es que tampoco la opinión se preocupa de descubrir a la individualidad llena de prestigios, que pueda tomar en sus vigorosas manos la dirección de España. Si nos preocupásemos, en efecto, la individualidad surgiría; siempre ha surgido en casos análogos, y la historia está llena de tales ejemplos. Como no la invocamos por el magnetismo de nuestros anhelos, no surge» (07 de julio de 1913).

No hay políticos de verdad, de peso, capaces de llevar a cabo la labor titánica de la regeneración del país, tal y como proponía, por aquel tiempo, Joaquín Costa, con su figura ideal del “cirujano de hierro”. Pero es que tampoco son pedidos, buscados o deseados por la ciudadanía, que prefiere desentenderse, y que su nación vaya por donde vaya. A la inacción, inutilidad y diletantismo de unos –los profesionales de la política—se une la distracción o indiferencia de los otros –el electorado en general--.

En otro de sus trabajos, del nueve de febrero de 1903, la condesa aborda la tesis de Costa, así como la solución propuesta, para la mejora del gobierno de la nación, por destacadas personalidades que ocupan escaños en el Congreso. Las había variopintas. He aquí algunas: Salvador Canals echaba en falta un verdadero patriotismo español, que sobrepusiera al interés particular, el bien común; los señores Altamira y Posada abogaban por la independencia judicial y la extensión y mejora de la Enseñanza, con un buen presupuesto anual (la visión ilustrada); Severino Bello pedía la inmediata intervención de una cohorte de intelectuales en el gobierno (la tesis de Ortega y Gasset y de Gregorio Marañón); Lorenzo Benito creía en la necesidad de un mandatario de carácter enérgico y decidido (tal vez, un segundo Narváez; habría que preguntárselo); Pompeyo Gener pedía una república federal, de capitalidad cambiante, así como un fortalecimiento de la instrucción pública; Enrique Gil y Robles culpaba de los mayores males a una clase media volcada en el mercantilismo, con un pueblo explotado, y reclamaba una dictadura sin restricciones de poder y sin paliativos; Pella y Forgas solicitaba la descentralización del Estado y la creación de la autonomía regional; Jacinto Octavio Picón proponía un gobierno de coalición, constituido por verdaderos patriotas entregados a la sanación de las lacras del país.

En lo que todos estaban de acuerdo es que el panorama gubernamental español era lastimoso, y que no podría seguir igual.

En el Congreso –cuenta Dña. Emilia—cunde la verborrea acompañada de una perpetua gesticulación; tantos ademanes hacían nuestros diputados, que con las manos, los brazos y el cuerpo todo daban a entender una determinada postura. Un inglés que no hablara español se divertiría viendo tal explosión de mímica. Mientras aquellos señores arreglaban la nación, un obrero cojo accidentado esperaba el diagnóstico del médico forense a partir de una placa radiográfica, para saber si tenía derecho, o no, a una indemnización por accidente laboral. «Y al salirme al paso este episodio aislado y sencillo de la lucha económica –reflexiona la escritora—se me viene a los labios una frase de la novela Resurrección: “Este sí que es el mundo, el verdadero mundo”» (07 de marzo de 1904). La realidad del día a día de la gente que tiene que trabajar duro para ganarse su pan; no la de unos señores diputados que peroran y peroran, y almuerzan de maravilla. Menos decir y proclamar, y más hacer. El movimiento se demuestra andando.

Emilia Pardo Bazán

Aparte del uso de un invento como el diagnóstico por radiografía, y del buen sabor del té Hornimans, la condesa menciona el primer caso de mujer licenciada en Medicina por Madrid, la ginecóloga Dña. Concepción Aleixandre. «Ahí tenemos una mujer ejerciendo, legalmente, una profesión científica. Si pudiésemos unir al nombre de la Aleixandre una docena, dos docenas de nombres, el caso constituiría un síntoma muy favorable a España. Por desgracia hay que reconocer que se trata de un hecho aislado, sin imitadoras, y por consiguiente, honroso tan solo para el individuo» (25 de enero de 1904). En favor del feminismo, y del progresismo de la mujer, hablaba, curiosamente, cierta publicación católica francesa, redactada por eclesiásticos: por una visión judaica del papel sumiso de la hembra humana en la Biblia, se había relegado al mínimo el rol de esta en la sociedad occidental. Eva era la eterna pecadora, que tenía que ser sustituida y redimida por la figura materna de la Virgen María, cuidadora de todo el género humano. Con tal motivo, el abate Jorge Frémont postulaba la necesidad de que la mujer entrara en la Ciencia, de que asistiera a las clases de la Sorbona, para poder dar luego a sus futuros hijos una educación religiosa, pero totalmente exenta de supersticiones y errores. Esa actitud abierta de los clérigos galos la acusaba en ausencia Dña. Emilia en los tradicionalistas españoles, algunos de los cuales tildaban de “monos” a las mujeres estudiosas. De todas maneras, el pueblo llano era tan cerrado como en época de Esquilache, y se congregaba en violenta turba para agredir a los médicos municipales que iban a vacunar contra la viruela en el distrito madrileño de La Latina (ibíd.)

Así era España: un país al que le costaba avanzar. Un Madrid con el Ritz como gran hotel de lujo, y con el Palace aún por construir sobre los terrenos de Medinaceli. Con una alta mortalidad infantil, con carros de mulas obstaculizando las principales calles de la capital, con el telekino de Torres Quevedo como primer mando a distancia, con las corridas de toros, los teatros y el cinematógrafo para llenar el tiempo libre. Sobre los teatros, y sus géneros, cada uno tenía su público. Las rifas y tómbolas benéficas se hacían la competencia unas a otras. En la calle se detenía a las primeras fumadoras, pero no a los chiquillos de diez años con el mismo hábito. La falda pantalón causaba cierto revuelo, mas no tanto el tango, por bailarse a cubierto, en los salones de los hoteles. Los automóviles eran causa de frecuentes accidentes de sus pilotos, “por compresión, por proyección, por combustión, por estrellamiento y por precipitación”, uno aplastado bajo su vehículo, otro achicharrado por su gasolina, otro despeñado al lecho de un torrente. Pero a los valientes conductores no arredraba el “artilugio trepidante”, que, además, no parecía sino que “todos somos millonarios”, cuando en España se freía a impuestos al contribuyente, impelido a comer patatas y ensaladas (08 de junio de 1908). ¿Nos suena algo todo esto?

Dña. Emilia exonera la acción violenta de ciertos grupos de izquierda (anarquistas y socialistas), alegando que los conservadores no han sido unos santos, precisamente, y que todos ellos sumieron el siglo XIX en luchas fratricidas: motines, alzamientos, revoluciones, barricadas, guerrillas, deportaciones, prisiones, ejecuciones, saqueos, incendios, embargo de bienes, destrucción de monumentos, y otras gruesas barbaridades de calado (10 de junio de 1901). La nueva guerra europea, la de 1914, destruyó la fantástica catedral de Reims, bajo fuego alemán, pérdida insustituible que lamentaba, muy dolorosamente, la escritora coruñesa (12 de octubre de 1914). Le causó hondo malestar, también, que al Congreso Internacional de la Mujer, que se celebraba en Londres, entre junio y julio de 1899, no asistiera ninguna representante española, al no poder ella misma acudir –tras ser invitada—por estar de vuelta de otro viaje al extranjero (mayo, Conferencia de París). Igualmente, se condolió de que hubieran nacido los boy-scouts, pero no las niñas exploradoras, como si estas no tuvieran el derecho de disfrutar y de descubrir la naturaleza, y se resentía del neologismo aplicado a la novedosa actividad: “escutismo” (07 de julio de 1913).

Un volumen, el elaborado por Bravo-Villasante, que nos permite descubrir el lado cívico de Dña. Emilia Pardo Bazán, y que merecería ser reeditado en la actualidad.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.

* * *

Evocación de los versos de Rubén Darío.

COMO EN LAS CAVERNAS

[FRAGMENTO. EN “LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA”, Nº 1.029, 16 DE SEPTIEMBRE DE 1901]

La modistilla carecía de trabajo. No hemos llegado todavía en España, la "nación católica por excelencia", a preocuparnos de este caso frecuente y baladí: que una mujer que desea y necesita trabajar no encuentre en qué ni en dónde. En qué... ¡Diablo! Sí; hay un trabajo que siempre encuentra fácilmente, sobre todo en las grandes capitales, la mujer, aunque no sea ni joven ni hermosa, como dice que es la modistilla del crimen. Trabajo llaman a su ejercicio las infelices que, de diez a tres de la madrugada, recorren a paso furtivo las calles sombrías y lodosas de Madrid, tapándose medio rostro con el amarillento mantón. Pero este trabajo no le convenía a la modistilla: tenía la meta de ser honrada, el propósito de conservar lo que no dan, a quien no lo lleva en el alma colocado allí por Dios, ni las más altas posiciones ni las educaciones más refinadas y pulcras, y como manera de ganarse el pan no sabía ni quería conocer sino el trabajo..., el trabajo inaccesible, en el verano, cuando los talleres interrumpen su labor y la amarga cebolla brota entre las piedras caldeadas de la desierta villa y corte.

El trabajo era tanto más necesario cuanto que no sostenía sólo la vida de la modistilla, sino la de su madre y un hermanito de corta edad. Los seres queridos aguardaban el pan y el sustento, y ella, la que debía aportarlo, la que se había impuesto la tarea de llevar en el pico al humilde nido la cotidiana pitanza, volvía de vacío, humillada, dolorida, con la vergüenza en el rostro y el desaliento en el corazón. Un día tras otro día, ya sabemos cómo se desenvuelve el trivial y doloroso viacrucis dentro de las familias pobres: hoy se empeña lo superfluo si algo tienen superfluo; mañana, lo necesario; pasado, lo indispensable -el instrumento de trabajo, la máquina de coser-. Vence el término de la casa; por todas partes apremian los acreedores de una peseta o de cincuenta céntimos, mucho más implacables y feroces que los de mil duros; la cocina no tiene carbón; la despensa está barrida; la percha, vacía; el baúl, rebañado; la cama, sin sábanas; el estómago, desfallecido, envía al cerebro vapores de alucinación mortal.... y la modistilla, antes que ver ese cuadro, quiere dejar el mundo. Ahí están las aguas del estanque de la Moncloa, brindando seguro y tranquilo lecho y bálsamo para olvidar penas y luchas.

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Es de noche. Sale de casa, y con el paso automático de los que van a cumplir repentina determinación, guiados por una idea fija, cruza los barrios extraviados de Madrid, se mete en los terrenos solitarios y en los ásperos desmontes que rodean de aridez a la Cárcel. Modelo. Dos hombres, al paso, la dirigen un requiebro brutal, de esos que nuestro pueblo suelta como soltaba la ballesta el tosco venablo. Ella avanza indiferente, sorda, abismada en sus preocupaciones y ansiosa de llegar cuanto antes al término del lúgubre paseo. Ellos, en cambio, han reparado, han visto: tal vez han observado la extraña y anormal situación de ánimo de la gallarda moza; de seguro han devorado con los ojos la belleza, sospechado el abandono, la soledad, la indefensión, todo lo que pone en sus zarpas de fiera la presa fácil.

Una ojeada, un codazo les basta para entenderse y concertarse en el propósito criminal. Son hombres de acción a su manera: de acción violenta casi siempre. Su oficio es cruel: apostados al ingreso de las ciudades, armados, investidos de derechos que el Fisco les atribuye, registran la cesta del pobre, recaudan el más oneroso y odioso de los tributos el que origina la carestía, aquel cuyo resultado directo es el hambre, por la cual va la modistilla al suicidio. No son para ellos cosa nueva ni las groseras licenciosidades con la mujer, ni la riña a brazo partido y tiro limpio con el varón. Tienen esa arrogancia del funcionario español, que se siente un poco señor feudal de la inerme, sencilla y desvalida muchedumbre, ignorante de la ley y del derecho. ¡Son, además, hombres! Hombres que se creen dueños de la mujer en el hecho de que es mujer, criterio que se revela en la osadía y arrebato con que a ellas se dirigen, y en la facultad de matarlas que se arrogan con tal lisura, a pretexto de amor, de celos o de honra.

A paso de lobo la siguen, entre la sombra; ella ni les siente venir. La alcanzan pronto, la acometen, la amordazan, la amarran, la sujetan por medio de una piedra enorme sobre el pecho. ¡Destino extraño! Ella iba a morir; pero ¿cómo había de imaginar que antes iba a la tortura y a la vergüenza? Animosa, recobrada, despertada de su fúnebre sueño hipnótico por la realidad, lucha, se defiende rabiosamente, con las uñas, con el cuerpo, con inconsciente energía. Su cara se ensangrienta, sus muñecas se destrozan, y en un momento de cansancio de los dos brutos consigue huir, consigue que sus voces sean oídas, que se aproxime gente. Los malvados la persiguen a tiros; descargan sus revólveres contra la desventurada, para evitar que hable, que los acuse; y animándose mutuamente al asesinato, como se habían animado al atropello, el uno aconseja al otro que "apunte a la cabeza". Y el tiro sale, y sólo por milagro, por el temblor de la mano criminal, o por la falencia habitual en la puntería del revólver, la que iba a perecer ahogada no perece atravesada de un balazo en la sien.

¿Y qué ocurre cuando la pobre modistilla va a quejarse, deshecha en llanto y con el rostro bañado en sangre, ante quienes están obligados a velar por ella y por todos? Desde luego, ya no piensa en el suicidio. Acaso quiere vivir para ver castigados a sus infames opresores. Elle a promis de ne plus recommencer. Así se titula un capítulo conmovedor de Fromont jeune et Risles aîné, el que refiere a la odisea de la infeliz cojita Delobelle en busca del último consuelo, el fracasado suicidio... ¿Habrá prometido no hacerlo más la modistilla madrileña? ¿Qué drama se representó en su espíritu, después de la escena salvaje ante el asilo de María Cristina?

EMILIA PARDO BAZÁN

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domingo, 18 de enero de 2026

La casa donde crecen las telarañas.

La Real Academia Española de la Lengua (RAE) fue fundada, en 1713, a instancias de D. Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, nacido en Navarra, octavo marqués de Villena, quien tomó posesión de su letra A, como primer miembro, el 6 de julio de ese año. El nuevo monarca Borbón, Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, la apadrinó al año siguiente, consciente de que la lengua castellana o española debía ser protegida y cuidada, tanto en su forma hablada, como, sobre todo, escrita (con ánimo de terminar con las vacilaciones en ciertas grafías, que venían de la Edad Media, del momento de formación del idioma). Existía, además, el precedente de la Academia Francesa de la Lengua, creada, en 1635, por un grupo de amigos intelectuales bajo la protección del cardenal Richelieu. Sus cuarenta miembros recibieron el nombre de Los Inmortales, y fueron acomodados en sillones por orden del Rey Sol.


Una de sus primeras obras capitales fue el llamado Diccionario de Autoridades, publicado entre 1726 y 1739, y simplificado en un solo tomo, en 1780. Recibió tal título porque bastantes de las entradas contenían un ejemplo de uso, tomado de la lengua escrita. No todas, ni mucho menos. También se dio cabida a la etimología, y a refranes y frases lexicalizadas, que incluso podían venir avaladas por algún escritor. Por ejemplo, del tomo V, “obesidad”, que se define como “Crasitud o gordura demasiada del cuerpo del hombre. Es voz usada de los Médicos (sic), y tomada de la latina obesitas”. Esta entrada carece de ejemplo de uso, y es tratada, casi, como si fuera un tecnicismo, ya que pertenecía, entonces, al argot de la Medicina. La entrada para un diminutivo, “obispillo”, reza así: “Burla que hacen los estudiantes en las Universidades con los nuevos, poniéndolos sentados, con alguna mitra de papel u otra insignia ridícula, y dándoles algunos chascos, y diciéndoles palabras de chanza y picantes. Costumbre indigna entre cristianos. Lat. Sebola flicorum jocus. ALFAR. part. 2. lib. 3. cap. 4: ¡Oh dulce vida de los estudiantes! Aquel hacer de obispillos, aquel dar trato a los novatos, meterlos en rueda, sacarlos nevados, darles garrote a las arcas, sacarles patente, o no dejarlos libro seguro”. En este vocablo, el ejemplo de uso se toma de una obra de la picaresca, La vida de Guzmán de Alfarache (1599-1604), de Mateo Alemán. Si consultamos la entrada “obra”, podemos leer el dicho “Obra comenzada no te la vea suegra ni cuñada”, con la siguiente explicación: “Refrán que aconseja que lo que uno quiere que llegue a efecto, lo procure ocultar de quien se lo impida”. Y hoy solemos decir que tal o cual construcción parece “la obra del Escorial”, cuando es un proyecto de envergadura y largo en el tiempo. Resulta que esa misma expresión se recoge ya en el Autoridades (“cualquier cosa que tarda mucho en finalizarse”). La voz “phantasma”, que era un sustantivo femenino entonces, se define, además de como “la representación de alguna figura que se aparece…”, como “hombre entonado, grave y presuntuoso”, y “phantasmón” añade “que se desdeña de hablar y tratar con otros”. Es decir, el Diccionario no se abstiene de incluir las acepciones populares o coloquiales. Otra evidencia es el término vulgar “pendejo”, más empleado hoy en Hispanoamérica que en España, y que el Autoridades define como “apodo que se da comúnmente al hombre que es cobarde, sin valor ni esfuerzo”. Bajo la entrada de “puta”, leemos el dicho “Puta la madre, puta la hija, y puta la manta que las cobija”, “refrán con que se nota a alguna familia o junta de gente, donde todos incurren en un mismo defecto”. “Putañero” (que no todavía “putero”) “se aplica al hombre dado al vicio de la torpeza (eufemismo para una pésima costumbre, hábito o comportamiento)”. Y “puto” es “el hombre que comete el pecado nefando”, esto es, “los pecados de atrás” (según la misma entrada).

Lejos de reflejar únicamente el habla y vocabulario de la gente culta, el Autoridades se abrió para los usos y términos más comunes, lo que demuestra que la RAE, desde sus comienzos, no quiso imponer “el buen decir”, sino que se plegó a evidenciar lo que se oía en la calle, entre todo tipo de españoles.

Con esto deseamos salir al paso de un extenso artículo publicado por D. Arturo Pérez-Reverte, escritor y académico, en el diario El Mundo, el lunes, 12 de enero de 2026, bajo el título “Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor”. Su tesis es que, en los últimos años, la RAE ha perdido fuelle, prestigio, y cariz normativo entre los hablantes de español. Que la Docta Casa da cabida, bien pronto, al lenguaje descuidado de los medios, y que, a menudo, termina aceptando y validando lo que el uso impone. O de otro modo: en un pulso echado entre la RAE y la calle, gana siempre la segunda. Asimismo, evoca la ausencia de “autoridades” de relieve, esos días de un Cela, un Vargas Llosa, o de los ilustres filólogos Manuel Seco, Gregorio Salvador o Rodríguez Adrados. Se resiente de que las reuniones de los jueves cada vez son más espurias, y vacías de contenido eficiente.

Secundando la posición de Pérez-Reverte, el también escritor y académico Álvaro Pombo, en declaraciones al mismo diario El Mundo (publicadas el martes, 13 de enero pasado), afirma que en la Academia existe “la contraposición clara entre decantarse por el uso o hacerlo por la norma”, y reconoce que la institución “se ha decantado por el uso frente a la norma”.

Es verdad que hoy la terminología no pasa tanta cuarentena como en el pasado. Antes, para que una palabra fuera admitida en el Diccionario de la RAE (DRAE), debía experimentar un trasiego de bastantes años y por diversas latitudes. Incluso hay palabras muy usadas –no precisamente vulgarismos ni coloquialismos--, como, por ejemplo, la voz “metre” -calco del francés “maître”--, que no la recoge todavía el DRAE. Un oficio ya añejo, que se refiere al jefe de camareros de un restaurante. Todo el mundo la conoce, y la ha empleado alguna vez, sin duda, pero, para sorpresa, no está en el DRAE.

Regionalismos, el DRAE inserta el adjetivo cántabro “pindio”, que se refiere a algo empinado, por ejemplo, una cuesta. O el sustantivo “raquero”, con la definición peyorativa de “ratero que hurta en puertos y costas”, en vez del niño o muchacho semidesnudo que vagabundea por los muelles y bucea unas monedas (que fue la acepción que le otorgó D. José María de Pereda, novelista y cuentista de la Montaña, que volvió literaria y famosa esta figura). No admite el DRAE “borono”, otro adjetivo utilizado en el Norte (Cantabria, País Vasco) para calificar a alguien torpe, tosco y sin educación. Una voz que, creo, fue reivindicada también por el escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga.

La voz “machirulo” –empleada por cierto sector de la población—convive ahora en el DRAE junto a “machista” –mucho más generalizada, y menos sectaria--. Ambas significan lo mismo: que exhibe una actitud de prepotencia varonil.

No han entrado aún “petado” (atestado de gente) ni “pagafantas”, esta última, forma juvenil de referirse a un “pagano” (persona que paga cuentas ajenas de manera abusiva para ella), o un “paganini”, coloquialismo que es calco del patronímico del famoso y excelso violinista genovés. Acaso, porque el Paganini músico fue muy pródigo con su capital, que solía apostar con generosidad en las mesas de juego. Él mismo decidió montar su propio casino, y se terminó arruinando, ya cuando estaba enfermo de tuberculosis.

Va deprisa el DRAE, y ya mete “remake” (por segunda versión) y “espóiler” (por revelación del final). Afortunadamente, no aceptó “emilio”, calco de “e-mail”, o correo electrónico.

Los cinéfilos encontramos “macguffin”, xenismo creado por Sir Alfred Hitchcock, y que el DRAE define como “motivo argumental que hace avanzar la trama, aunque no tenga gran relevancia en sí mismo”. Suele ser la excusa para que los malos vayan tras los buenos, y así crear intriga y emoción.

Es una realidad que la lengua es un consenso entre los hablantes que la usan. La lengua vive por sus hablantes. La lengua se mantiene, asimismo, en contacto con otras, e influye en ellas y es influida por las demás. Es un código vivo, versátil y cambiante. No algo muerto, pétreo e inamovible. Del mismo modo a como se cambian los nombres de las calles, se modifica el léxico de una lengua, adaptándose a los gustos y necesidades de los tiempos. Por eso, la RAE no puede ni ordenar como un legislador, ni prescribir recetas como un doctor en Medicina, ni juzgar como un magistrado. Puede –y debe—aconsejar sobre formas de uso, vocablos, terminología. Por ejemplo, por qué aceptar palabras extranjeras de las cuales ya existen sinónimos comunes en español. Pero, en última instancia, son los hablantes de español quienes han de cuidar su idioma propio, que es de todos, y que no se convierta –por excesivo descuido o indiferencia—en un código chabacano y burdo. Y el uso depende del tipo de “registro”, que, a su vez, denota educación, formación, lectura, o no. Quien más lee, conoce un mayor vocabulario, por lo general. Y es quien puede decidir sobre qué términos aplicar en cada momento, circunstancia o ámbito. Quien no lee, ha de atenerse a lo básico del léxico, pues no conocerá nada más que palabras comunes y muy generales. También las cuestiones gramaticales se fortalecen con la lectura y con el nivel educativo. Decir “detrás de ti”, y no “detrás tuyo”; “considero que” y no “considero de que”; “conduje” y no “conducí”; “satisfice” y no “satisfací”; “prever” y no “preveer” (construida sobre “proveer”).

Recurrir al DRAE, al Diccionario Panhispánico de Dudas, o a la Gramática de la RAE, es un acto voluntario, que suele partir libremente de quien se preocupa por su idioma. He ahí lo importante: que cada hablante sienta la necesidad –en algún instante, o por alguna razón—de preocuparse de su lengua y, ante la duda, ir y mirar en el Diccionario o en la Gramática.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.

 

lunes, 25 de agosto de 2025

La intrépida y el galán.

La imaginación de Juan Carlos Rubio y de Luis Miguel Serrano obra la magia de que dos autores sublimes, que no se conocieron, la reina del misterio, Agatha Christie Mallowan (1890-1976), y el varias veces candidato al Nobel, el canario Benito Pérez Galdós (1843-1920), sostengan una fructífera y amena conversación en la habitación de un hotel tinerfeño, el Taoro, donde la primera, en efecto, se alojó en febrero de 1927, huyendo de las penurias que la aquejaban (la muerte de su madre, y la solicitud de divorcio de su esposo, Archibald). Allí concluyó otra de sus novelas de asesinatos, titulada El misterio del tren azul. Tal es el arranque de Querida Agatha Christie, comedia teatral estrenada el 8 de septiembre de 2024, en el Teatro Garnelo (Montilla, Córdoba), y que ha sido representada dos días, 22 y 23 de agosto, en Casyc de Santander, dentro de su temporada Talía.

Durante una noche tormentosa, Agatha intenta telefonear a su infiel Archie, sin conseguirlo. Depresiva, se prepara una dosis letal de sulfato de talio. Pero, antes de que llegue a ingerirla, alguien llama a su puerta. En el umbral, al destello de un relámpago, aparece la esbelta figura de Don Benito, elegantemente ataviado. El personaje se justifica diciendo que ha oído las cavilaciones de la escritora a través del frágil tabique, pues él se aloja en la habitación contigua. Sabe que Agatha se va a suicidar, y se propone disuadirla. Con tranquilidad, dado que vivir es más difícil que morir, él mismo se bebe el agua envenenada. Tendrán una hora para departir amigablemente, antes de que el tóxico cumpla su cometido.

Entre burlas y veras, amenizada la charla de cara al público con la fina ironía del novelista canario, y entre copitas de ginebra, va pasando la hora y veinte de representación. Conocemos las circunstancias personales de ambos genios de la narración. De Pérez Galdós, por ejemplo, su prodigalidad, su afición a las conquistas amorosas, y el drama de perder, por suicidio, a Lorenza Cobián, la madre de su única hija, María. De Christie, su gusto por el surf, su carácter resolutivo, su necesidad de viajar, su amor hacia Rosalind, su también única descendiente, y una imaginación para inventarse mundos y personajes afianzada desde la infancia. 

Monumento a Agatha Christie en Puerto de la Cruz (Tenerife)

Querida Agatha Christie es una comedia que entretiene y agrada, muy solventemente interpretada por Carmen Morales (lástima que sea una actriz a quien no se vea más a menudo en teatro) y Juan Meseguer (quien edifica un agradable, muy caballeroso y risueño Don Benito). Desde luego que el final de la obra habría entusiasmado a la madre de la autora británica, Clara Miller, muy entregada a prácticas espiritistas y a creencias en lo paranormal.

Juan Carlos Rubio nos brindó, hace poco, el estupendo drama Música para Hitler, escrito en colaboración con Yolanda García Serrano, y estrenada en abril en Teatros del Canal (Madrid).  En ella, un oficial alemán, melómano y sensible (magníficamente construido por Cristóbal Suárez, en una de las más creíbles, memorables y sólidas interpretaciones de la temporada madrileña), visita a Pau Casals en su refugio francés, para tratar de convencerlo de que toque ante el dictador germano, entonces aún amo de Europa. Carlos Hipólito compone un muy sereno y emotivo Casals, dispuesto a seguir con su vida tranquila, sus convicciones demócratas, y a no ceder ante las presiones del oficial, pese a que este pueda seducir a su sobrina, acogida por el matrimonio. La calidad del texto de este drama lo consideramos superior a la comedia sobre Agatha Christie, y se merecería un largo recorrido por la cartelera española. Completan el elenco Kiti Manver y Marta Velilla.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2025.

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No queremos dejar pasar la ocasión de destacar el coleccionable de National Geographic Historia Grandes Mujeres, dedicado a Agatha Christie: enigmas de una escritora. Se trata de un fascículo de 143 páginas, de lectura amenísima, y con un completo acercamiento a la personalidad de la autora más publicada a nivel mundial después de Shakespeare, con más de cuatrocientos millones de ejemplares vendidos. La redacción de esta biografía breve se debe a María Romero Gutiérrez de Tena.

Agatha Christie fue la mejor novelista de la Historia, la de más fértil imaginación, con una inusitada e inigualable habilidad para crear tramas detectivescas, así como una gran variedad psicológica de personajes, quizá por debajo, eso sí, de escritores como Dostoievski, Tolstoi, Flaubert, “Clarín”, o el mismo Benito Pérez Galdós.

Una mujer intrépida, que perdió a su padre a los once años de edad. En París, llegó a ser una consumada pianista, pero su timidez la impedía actuar ante un público. Decidió entonces estudiar compuestos químicos y ofrecerse como enfermera en Torquay, su localidad natal, durante la Gran Guerra de 1914. En 1918, y sin contar con el permiso materno, decidió casarse con Archibald Christie, aviador de combate, de quien tomó su apellido. Dos años más tarde, consigue publicar su primera novela, El misterioso caso de Styles, aunque su consagración no llegará hasta 1926, cuando dé a la imprenta El asesinato de Roger Ackroyd, considerada obra cumbre del relato de detectives. Durante 1922, ella y Archibald dan la vuelta al mundo promocionando el Imperio británico y recogiendo objetos para una exposición londinense. A su paso por Sudáfrica, aprende por sí sola a subirse a una tabla de surf, pese a la amenaza de los tiburones y los frecuentes cortes en hombros y pies con el coral.

En 1926, pierde a su madre y su marido le solicita el divorcio, para casarse con una jovencita. La autora se refugia sola en la mansión familiar de Ashfield, necesitada de urgentes reformas que ella misma acomete entre una profunda crisis de ansiedad. El 3 de diciembre se monta en su vehículo y desaparece, dejándolo abandonado en una carretera. Toda Inglaterra se pregunta qué ha sido de la creadora de Hércules Poirot. Once días más tarde, la policía la encuentra en un balneario de Harrogate, registrada bajo el nombre de Teresa Neele, y aquejada de amnesia. 

En febrero del año siguiente, viaja a Tenerife, con su hija Rosalind. En ese mismo año, en un cuento, presenta a su detective femenina, la sagaz, resuelta, observadora e inquieta Miss Marple, una anciana aficionada a investigar crímenes. A partir de Muerte en la vicaría, de 1930, Agatha le dedicó otras doce novelas. En 1928, se divorcia de Archibald y emprende un largo recorrido en solitario por Europa y Asia en el famoso, y lujosísimo tren, Orient Express. El viaje la conduce a Irak, donde visita las excavaciones de Ur, y conoce al que será su nuevo esposo y compañero definitivo, el arqueólogo Max Mallowan. Cuando se casa con Mallowan el 11 de septiembre de 1930, él tenía 27 años y ella casi 40.

Casarse con un arqueólogo que trabajaba en Oriente Medio implicaba abandonar su hogar inglés e irse a vivir a casas de adobe y tiendas de campaña en el desierto, a unos treinta kilómetros de Mosul. Por las noches, los chinches y las ratas asaltaban los camastros, y Agatha solía preferir dormir al raso, bajo las estrellas. Para ayudar a su marido Max en las investigaciones de campo, y por propio gusto suyo, se volvió una experta en la restauración y datación de cerámica mesopotámica, cuyas piezas ella dibujaba para el inventario con milimétrica precisión. 

Agatha Christie y Max Mallowan, h. 1950.

En 1930, idea un seudónimo, Mary Westmacott, con el fin de diversificarse como novelista y escribir romances. Aún hoy esas novelas (de las que Agatha se sentía muy orgullosa, pues la permitían ser más ella misma) deben publicarse con la indicación, al menos en la cubierta, de su famoso nombre verdadero, para atraer al público lector y que sean vendibles. Un amor sin nombre, Retrato inacabado y Lejos de ti esta primavera, fueron el contrapunto a los relatos de crímenes.

En enero de 1934, Agatha Christie regala a su público la historia de Poirot de la que estaba más orgullosa, Asesinato en el Orient Express, con un argumento inspirado por el secuestro y homicidio del pequeño hijo del héroe de la aviación Charles Lindbergh.

Durante la década de 1930, reside entre Inglaterra y Oriente Medio, escribiendo y asistiendo a su marido en sus excavaciones. En 1939, publica otro enorme éxito: Diez negritos (rebautizada como Y no quedó ninguno, para evitar las connotaciones racistas).

En 1943, nace su único nieto, Matthew Prichard, a quien regalará los derechos de la obra La ratonera, estrenada en 1952 y escenificada ininterrumpidamente desde entonces (25.000 representaciones hasta 2012). Este drama de intriga se basa en el relato corto Tres ratones ciegos, que Christie leyó para emisión por la BBC en 1947.

Preocupada por garantizar un futuro boyante a su hija Rosalind y a su nieto Matthew, en 1944 Agatha redacta dos volúmenes que permanecerán inéditos y que se guardarán en una caja fuerte de máxima seguridad. Uno de ellos, titulado Telón, la despedida del genial Hércules Poirot. Verá la luz en 1975.

En 1950, comienza a escribir su autobiografía, que no concluirá hasta quince años después. Este libro completará su texto anterior Ven y dime cómo vives (noviembre de 1946), sobre sus años en Oriente Medio como arqueóloga.

Agatha Christie ha dado obras numerosísimas a los aficionados al misterio y al crimen. Además de las ya citadas, cabe destacar con infinito agrado: Asesinato en Mesopotamia (1936), Muerte en el Nilo (1937), Cita con la muerte (1938), Navidades trágicas (1939), Maldad bajo el sol (1941), Cinco cerditos (1942), Cianuro espumoso (1945), La venganza de Nofret (1945), Se anuncia un asesinato (1950), La señora McGinty ha muerto (1952), Después del funeral (1953), El templete de Nasse-House (1956), El tren de las 4:50 (1957), Un gato en el palomar (1959), El espejo se rajó de parte a parte (1962), Misterio en el Caribe (1964), Noche eterna (1967), Némesis (1971), Los elefantes pueden recordar (1972), Un crimen dormido (1976).

En 1971, la reina Isabel II la distinguió con el título de Dama Comendadora de la Orden del Imperio británico.

Hacia 1974, dejó de escribir.

Agatha Christie falleció plácidamente, por causas naturales, ante su marido Max Mallowan, el 12 de enero de 1976, en su casa de Winterbrook (Wallingford, Inglaterra). Tenía 85 años. Ella y Max vivieron juntos durante tres décadas y un lustro. Max falleció tan solo dos años después, en agosto de 1978, a los 74 años. Había recibido el título de “Sir”. Sin embargo, Mallowan volvió a casarse, en 1977, con la arqueóloga Barbara Parker, compañera suya de trabajo.

 

domingo, 6 de julio de 2025

Me duele como a ti. Rosa Montero sobre Marie Curie.

Todos los seres humanos estamos sometidos a las contingencias de la vida, y, en algún trámite de ella, pasamos por las mismas experiencias que han atravesado nuestros congéneres, algunas muy gratas y reconfortantes, otras tristes, trágicas y desalentadoras. Nos toca saborear la vida con la mayor intensidad posible, pero también recibir con acritud a la Dama del Alba, ya para nuestros familiares y amigos, o bien para nosotros mismos. Como dijo aquel, “no solo hay que saber vivir, también hay que saber morir llegado el momento”.

A veces necesitamos saber que los demás también sufren, para conjurar nuestro dolor ante una adversidad funesta y profunda. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, se dice. O “Todo tiene remedio, menos la muerte”. Voy a hablar de un caso, transmutado en forma de libro, que merecería haber recibido mi atención y comentario mucho antes, puesto que se editó en 2013 y yo acabo de finalizar su lectura en estos días de abril de 2025. Me refiero a La ridícula idea de no volver a verte, de la periodista y escritora Rosa Montero. La autora perdió a su marido, el también periodista Pablo Lizcano, el 3 de mayo de 2009, por efecto de un cáncer devastador. Su desolación buscó refugio y, en parte, catarsis, en lo que significó la muerte inesperada, por accidente, de Pierre Curie para su esposa, María Sklodowska-Curie. Los esposos Curie formaron, quizá, el mejor tándem matrimonial y profesional de la Historia (por lo menos, de la de la Ciencia). Ambos, Premio Nobel de Física en 1903 por el descubrimiento del radio y de la radioactividad natural de los elementos, junto a Henri Becquerel. Después, en solitario, Marie recibiría, en 1911, el Premio Nobel de Química.

Marie y Pierre Curie.

Quien más o quien menos conoce que Marie Curie perdió a su marido Pierre cuando este resbaló en una calle y su cabeza quedó atrapada bajo la rueda de un carro. Era el 19 de abril de 1906. 46 años tenía el físico investigador y 38 años su esposa, quien quedó al cargo de su suegro y de sus dos niñas, Irene y Eva (la primera, eminente científica como su madre, descubridora, junto a su consorte de la radioactividad artificial, y ganadora del Premio Nobel de Química en 1935; la segunda, biógrafa de Marie y literata). Fruto de aquel accidente que reventó la cabeza de Pierre fue un diario que Marie escribió en honor de él y a modo de consuelo y despedida. Este diario, y las modernas biografías sobre Marie Curie, son las que inspiran a Rosa Montero su libro, un bellísimo acercamiento a aquella pareja de sabios, a sus vicisitudes y a su lado más humano. Aunque se hayan leído otras reconstrucciones de la vida de la doble Premio Nobel franco-polaca, --acaso más técnicas, densas o documentadas--, no se debe dejar pasar el delicioso, cálido y tierno homenaje que le dedica Montero.

Entre los rasgos que caracterizaron a los Curie se dan coincidencias con Rosa Montero y su marido Pablo. Este último era un apasionado gran conocedor de la Botánica, y de hacer excursiones de observación por el campo. Igual los Curie, grandes entendidos en especies de plantas florales y extraordinarios aficionados a recorrer campiñas y espacios naturales en bicicleta. La autora del libro presenta el dedo anular más largo que el dedo índice, una característica no frecuente en las mujeres, y sí en los varones; pero es que Madame Curie tenía el mismo don masculino. Por otra parte, Marie Curie desarrolló un aliento maternal no solo hacia sus dos hijas, sino también hacia Pierre, a quien debía de ver como un niño grande, un sabio volcado en su intensísimo trabajo de laboratorio necesitado de protección y cuidados. De igual modo, esta es la semblanza que de Pablo Lizcano traza Rosa en su texto: “Pablo era un niño. Pablo era un hombre. Era un niño dentro de un hombre. Tenía una inteligencia formidable y muy original: seguía sorprendiéndome tras dos décadas de convivencia. Era cabezota, refunfuñón, seductor, honesto. Escribía muy bien y era un estupendo periodista. Además de elegante, atlético y meticuloso. Y le gustaban tanto el silencio como las discusiones […] Le recuerdo sacando a la calle, sobre un cartón, caracoles recogidos en nuestro pequeñísimo jardín, porque no tenía corazón para matarlos (solía hacerse el duro pero era así de bueno). Le recuerdo feliz paseando por los montes…” (v. el capítulo “Escondido en el centro del silencio”).

No obstante, esta es una historia sobre Marie Curie, como mujer de inteligencia superior, con fortaleza y arrestos como para abandonar su país natal e irse a estudiar a Francia. Una mujer que pasó frío y hambre mientras se formaba en París, que supo atraerse a un joven con enorme potencial y talento, que luchó contra los prejuicios sexistas, que removió toneladas de material radioactivo con sus propias manos, que se implicó denodadamente en descubrir mínimas porciones de mineral puro, que, en principio, ella y Pierre pensaron que era la solución para todo, y que la comunidad empresarial internacional explotó en desconocido perjuicio para la salud de los ciudadanos. Efectivamente: nadie temió al radio, y minúsculas porciones de él se incorporaron a lociones, cremas para la piel, y otros productos mágicamente curativos o beneficiosos. Los mismos Curie no tomaron las correctas precauciones para protegerse del mineral: Pierre hasta portaba un tubito con algo de radio en el bolsillo. Tanto su salud, como la de Marie, se fueron prontamente resintiendo. Pierre se sentía muy cansado y debilitado cuando sufrió el fatal percance con aquel carro. Si no hubiera muerto del aplastamiento, posiblemente habría fallecido no muy tarde por destrucción o alteración de las células y de la médula espinal. La misma Marie falleció a los sesenta y seis años, muy avejentada, el 4 de julio de 1934, por anemia aplásica, es decir, por un completo deterioro funcional de su médula.

En una mujer de inteligencia privilegiada, tan autoexigente y estricta consigo misma, tan esforzada y entregada a la causa científica, ¿Quedaría algún espacio para el amor, para encontrar la felicidad de la vida hogareña y el solaz en la intimidad? En la mayoría de los retratos fotográficos que se conservan de la genio, se la percibe como una persona extremadamente severa, firme, disciplinada, sesuda, cerebral, sin concesiones a la relajación, y menos a una sonrisa. Una mujer sargento, soviética, militarizada. Y, sin embargo, por sus escritos privados al menos, parece que sí llegó a disfrutar de su familia francesa y a sentirse unida a Pierre como si estuviera destinada para ello. Es más, una vez muerto su marido, Marie Curie se enamoró otra vez, aunque su unión furtiva con Paul Langevin, un estrecho colaborador de su esposo, durara poco, pues él era casado y un donjuán empedernido. La prensa más amarilla se encargó de airear el asunto: a Marie se la tachó de extranjera roba maridos, y hasta fue muy seriamente amenazada por la engañada mujer de Langevin. Todo ese escándalo en medio de la concesión a la investigadora de su segundo Nobel. Gente sin contemplaciones hubo que apedreó la casa de Madame Curie. No la perdonaban una parcela privada poco edificante bajo la consigna de la moralidad burguesa y cristiana. La científica recibió, empero, el apoyo condescendiente de eminencias en ciernes, de la talla de Albert Einstein, jovencísimo entonces.

Tumbas de Marie y Pierre Curie en el Panteón de París.

Aun cuando eran dos inmensos investigadores de la Naturaleza, Pierre y Marie también mostraron una inclinación o creencia hacia los supuestos fenómenos parapsicológicos de comunicación con el más allá y con las almas de los difuntos. Asistieron a algunas sesiones espiritistas y vieron aquellas experiencias como un territorio inexplorado. El espiritismo, como ingrediente del antipositivismo y del antirracionalismo, se había puesto muy de moda en Europa y Norteamérica en la segunda mitad del siglo XIX e incluso primeros años del XX.

Lo que sí tenían claro ambos genios era la necesidad imperiosa de despertar en la juventud un interés por el estudio de la Naturaleza, en detrimento, acaso, de los estudios humanísticos, como única fórmula de lograr un avance imparable de la Ciencia. Fue tema de conversación entre Marie, Pierre, y otras personas amigas en la víspera del fatídico día para aquel.

El libro de Rosa Montero nos recuerda que la Muerte existe, que está ahí, siempre pendiente de nosotros y acechando el mejor y único instante. Hay un pasaje, al inicio del capítulo titulado “Aplastando carbones con las manos desnudas”, que da escalofríos y hace reflexionar preocupantemente: cuando la autora compara la llegada de la Muerte con el juego del escondite inglés: alguien (tal vez la víctima) apoyado en la pared, de espaldas, mientras los jugadores intentan acercarse sin ser descubiertos. Entre ellos está la Muerte, que avanza hacia la pared ligera, silenciosa, implacable y cruel. En algún turno, gana la partida.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2025.