A los druidas Norma transmite su
vaticinio: Roma no sucumbirá por esta guerra, sino víctima de su propia
decadencia, por sus muchos vicios.
Pollione es apresado por los
druidas y conducido ante Norma. Ella confiesa ante ellos, y ante su mismo
padre, Oroveso, que ha quebrantado sus votos y se ha unido al romano. Se ofrece
ella misma en sacrificio para el dios. Hace prometer a Oroveso que cuidará de
sus dos hijos, nietos suyos. En la postrer despedida, Pollione reconoce a Norma
su amor, y ambos caminan hacia la pira, para ofrecer sus vidas a Irminsul. Era
este, al parecer, la encina sagrada donde crecía el muérdago, que debía ser
cortado con una hoz de oro. Con este elemento parasitario, se preparaba una
infusión, que se daba a beber a las jóvenes fértiles. Dos toros se
sacrificaban, y su sangre se esparcía alrededor del árbol. Se cree que
Carlomagno ordenó talar la encina sagrada en 772, para poner fin a las últimas
ceremonias paganas. El culto druida fue proscrito ya antes, en el Concilio de
Tours de 567.
Es evidente la inverosimilitud
del relato: Norma consigue mantener ocultos a sus dos hijos --incluso a su
mismo abuelo, Oroveso--, y presentarse pura ante la cohorte druídica. Pollione,
a pesar de ser un picaflor, se deja amansar por la lealtad final hacia Norma,
renuncia a la joven Adalgisa, y acepta el martirio junto a la madre de sus
hijos.
Como suele suceder con los
libretos de Ópera (este es de Felice Romani), se basa el argumento en el drama
francés Norma, o el infanticidio, de Alexandre Soumet. Son evidentes las
conexiones con la tragedia griega clásica, como la Medea de Eurípides.
Solo que, en este caso, el impulso de venganza perece bajo el instinto
maternal.
Norma es, sin duda,
una de las cumbres del belcantismo. Ideada para Giuditta Pasta, famosa en su
momento por una versatilidad supina para encarnar todo tipo de féminas, concita
una tesitura exigente, propia del “canto declamato”, en el que la voz debe
transmitir toda la intensidad emocional del habla, incluso alargándose en una
melodía sin término.
La vigencia de Norma
reside en el empoderamiento de su protagonista femenina, que es respetada y
obedecida por los druidas varones. Se resiste al sometimiento del romano
Pollione, aunque no puede escapar a un destino adverso, al ahogo de su dicha
por la beligerancia contra el opresor y el mandato de una divinidad cruel.
Es así que Norma es un personaje
femenino fuerte, con pleno carácter. Durante un tiempo, ha sabido vivir
obedeciendo al solo dictado de su corazón, de su amor por Pollione, pese a ser
este un enemigo de su pueblo. Ha contravenido las normas de su religión, siendo
ella, además, cabeza visible de la misma. Invoca a la Diosa Luna, emblema de la
Pureza, y le pide que temple los corazones ardientes, y el celo audaz, para que
haya paz en la tierra, como la hay en el cielo.
Norma, ópera en dos
actos (de ochenta y sesenta y cinco minutos, respectivamente), se ha
representado el pasado sábado, 28 de marzo, en la sala Argenta del Palacio de
Festivales de Santander, en un montaje a cargo del Teatro Nacional de la
Ópera de Moldavia y LG Artist Management. La dirección escénica es
de Rodica Picereanu, y la musical de Óliver Díaz.
La soprano canaria Yolanda Auyanet compone una excelente Norma, con una potente interpretación del aria principal, “Casta Diva”, prueba de fuego para toda profesional del canto, como el “Nessum dorma”, de Puccini, lo es, también, para los tenores. Auyanet se ha venido destacando en las óperas de Roma y de Turín, así como en Maria Stuarda, en Madrid y Bilbao.
Ekaterine Buachidze,
mezzo, nacida en Tbilisi (Georgia), es una esbelta y atractiva Adalgisa de
noble timbre vocal. Ha cantado junto a Sonya Yoncheva, y se ha destacado en
Roma, Tokyo, Varna y Valencia.
Andeka Gorrotxategi, tenor
natural de Abadiño (Bilbao), da una muy digna réplica con su Pollione. Con
repertorio de “spinto”, ha demostrado su maestría en los teatros de Roma, La
Fenice, Turín, Madrid y Sídney.
Completan el principal elenco:
David Cervera, bajo (Oroveso); Víctor Jiménez Moral, tenor (Flavio); y Laura de
la Fuente, soprano (Clotilde).
Colaboraron, en esta función, la
Orquesta Sinfónica del Cantábrico, el Coro Lírico de Cantabria, y alumnos de
los Conservatorios Profesionales de Música “Jesús de Monasterio” y de
Torrelavega.
Una buena representación de la
ópera de Bellini, con una escenografía clásica fiel al original, a precios
asequibles.
Antonio Ángel Usábel,
marzo de 2026.
* * *
Bellini compuso la partitura de Norma
para el lucimiento de su admirada soprano Giuditta Pasta. Según algunas
opiniones, buscaba desposar a la hija de Giuditta.
El canto del rol protagonista
exige un esfuerzo dramático considerable, y se acerca al estilo posterior
verdiano. En concreto, una voz de soprano drammatico di agilità, un tipo
hoy extinguido, muy polivalente, con resistencia y seguridad en todos los
registros, con muy amplia tesitura, y una extensión superior a dos octavas.
Además, el personaje colma con su presencia el escenario, y ha de mostrar muy
variadas facetas: severa sacerdotisa, celosa consorte enamorada, y madre
preocupada por el destino de sus hijos. El papel de Pollione debería ser
interpretado desde un prisma de tenor lírico ligero, con agudos confiados al
falsete, es decir, de un modo contenido. El periodista español Mariano José
de Larra asistió a una representación de Norma en Madrid, en
1835, y dio fe de los falsetes en Pollione por el tenor Giovanni Battista
Genero. Más tarde, sin embargo, se abandonó este estilo para el personaje y sus
agudos resultan bastante más intensos.
El primer Pollione fue Domenico
Donzelli, mientras que el bajo Vincenzo Negrini se encargó de Oroveso. El papel
de Adalgisa recaía, primeramente, en una soprano, una “seconda donna”, y no en
una mezzo. Era frecuente que quien empezara de Adalgisa, terminara como Norma,
como le sucedió a Giulia Grisi en París, hermana de Giuditta Grisi, tan
aplaudida por Larra en Madrid. En el siglo XX, la Adalgisa por antonomasia fue Fiorenza
Cossotto. La pudo igualar, en 1954, Fedora Barbieri.
Presencia importante --que debe
cuidarse-- alcanza el coro. En el siglo XIX, cuando no había una inversión
destacada para él, se solía contratar a cantantes locales, sin una preparación
exigente.
La obertura de esta ópera es una
de las más bellas de la etapa belcantista, y a menudo se interpreta separada,
como pieza de concierto.
En cuanto a las representaciones
“históricas” de Norma, cabe citar la del 3 de febrero de 1838,
con la que se inauguró el Gran Teatro del Liceo. Rosa Ponselle la interpretó en
el Metropolitan neoyorquino en 1927. Gina Cigna hizo su versión en 1937.
Mítica, de verdadera consagración operística, fue la Norma de Maria Callas,
en el Metropolitan, la noche del 29 de octubre de 1956. Repitió su virtuosismo
en el Teatro de Epidauro, el verano de 1960. Anita Cerquetti tuvo un
gran éxito en la Arena de Verona, en 1957. Joan Sutherland, como la
Callas, se especializó en este papel desde 1967. Lo paseó por Nueva York,
Sidney, y Barcelona (1986). Lo mismo nuestra gran soprano Montserrat Caballé,
otra estupenda Norma en Milán, Londres, Barcelona, Turín y Viena.
Las grabaciones en audio más valoradas son: Maria Callas, Teatro de la Scala, EMI, 1954; Maria Callas, Teatro de la Scala, ARKADIA, 1955; Anita Cerquetti, Ópera de Roma, G.O.P., 1958; Joan Sutherland, con Richard Bonynge (dir.), DECCA, 1964; Leyla Gencer, Teatro de la Ópera de Bolonia, MYTO, 1966; Montserrat Caballé, con Plácido Domingo, Orquesta Filarmónica de Londres, RCA, 1972; Montserrat Caballé, con Josephine Veasey y Jon Vickers, Teatro Regio de Turín, OPERA D’ORO, 1974 [de absoluta consagración]; Montserrat Caballé, con Riccardo Muti (dir.), Staatsoper de Viena, EXCLUSIVE, 1977; Renata Scotto, con Tatiana Troyanos, SONY CLASSICAL, 1979.

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