“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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jueves, 11 de abril de 2019

Vencedores y vencidos.


«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.»

(Pablo Neruda)
En 1939 acabó una guerra civil que dividió a los españoles en vencedores y vencidos. Los del bando vencedor alardearon de acabar con las luchas partidistas bajo los auspicios conciliadores de una hegemonía católica y un régimen unipersonal autárquico. Los del bando vencido tuvieron dos opciones: o el exilio, o la depuración. Quedarse en la España de Franco, habiendo alentado la causa republicana, conllevaba un riesgo importante: ser detenido y encarcelado en espera de juicio, con resultados finales inciertos.
Tras la muerte del dictador vino la apertura política y el sistema democrático que todos conocemos. El 15 de octubre de 1977 se promulgó la Ley de Amnistía, lo que oficialmente terminaba con la persecución por causa ideológica en España. Fue un punto y final que llevó a la liberación y exoneración gradual (no automática) de presos políticos, combatientes u opositores a la dictadura. Pero también supuso la supresión de total responsabilidad para los funcionarios públicos y los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Entre otros, los agentes de la famosa Brigada de lo Político-Social, es decir, policías que habían participado en la investigación, detención, interrogatorio, tortura y encarcelación de opositores al régimen.
Concretamente, la Ley de Amnistía, dice en su artículo 2º, apartados e y f:
e) Los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en esta Ley. 
f) Los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas.  
Personajes garantes del orden público y social, como el apodado “Billy el Niño”, ya podían estar tranquilos. Habían cumplido durante años con su deber represivo, y no les iba a pasar nada en democracia. Democracia, demos gracias.
(No obstante, nos preguntamos si los responsables de matanzas como la de Paracuellos, que afectó a adeptos del bando de los sublevados, quedarían incluidos, y libres de culpa por esta ley. Recordemos que se fusiló –en ambos lados-- por causa únicamente de disensión ideológica, a inocentes que muchas veces no tenían que ver con el conflicto civil ni con el esfuerzo bélico.)
Pedro Almodóvar ha coproducido un valioso documental que lleva por título El silencio de otros (Almudena Carracedo, Robert Bahar –directores y guionistas--, 2018), recientemente emitido por RTVE. Este filme obtuvo el Premio del Público al Mejor Documental en el Festival de Berlín (2018), y así mismo el Goya y el Premio Forqué al Mejor Documental (2018). La película aborda varios puntos de interés: la exhumación de las víctimas por actos de guerra, con su correcta identificación; la petición de responsabilidades civiles y penales para quienes participaron en la represión franquista que aún están vivos; la investigación e inculpación de quienes sustrajeron niños a madres solteras y a familias desamparadas. 
No hay unos muertos mejores que otros. Toda persona fallecida se merece un respeto. Sus familiares igualmente. En virtud de la Ley de Memoria Histórica (octubre de 2007) se reconocía la dignidad de todos los represaliados durante la Guerra Civil y en la posterior dictadura de Franco. También se disponían medidas para facilitar la localización y recuperación de cuerpos sepultados en fosas comunes, aunque su exhumación debería corresponder a organizaciones y entidades privadas, como la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica). La ley parecía querer abrir viejas heridas, presuntamente cicatrizadas tras la Transición, y fue muy criticada. Sin embargo, es un hecho justo que descendientes de víctimas de la contienda fratricida deseen recuperar sus restos. Durante el franquismo ya se hicieron exhumaciones, que afectaron y beneficiaron, sobre todo, a los muertos afines al bando vencedor, si bien, con el propósito de su traslado al Valle de los Caídos, también se extrajeron restos óseos de víctimas republicanas. Hay quien ha participado en este documental y que ha fallecido sin ver recuperar los despojos de su madre, rapada al cero, desnudada, fusilada, y enterrada bajo una carretera. (El caso de María Martín.) 
Es una circunstancia histórica que los perdedores de una guerra tienen poco que hacer y menos que reclamar. Pero si una sociedad desea caminar hacia un futuro mejor, y transcurrido el tiempo oportuno que la haya llevado a cambiar muy positivamente en términos de reconciliación, solidaridad, hermandad, respeto y tolerancia, entonces ha de dar justicia a sus perdedores de una ya antigua guerra.
Terrible y truculento es que monumentos a las víctimas del holocausto civil español estén recibiendo agresiones por parte del odio intolerante. Así ha sucedido con las esculturas del Mirador de la Memoria en El Torno (Valle del Jerte, Extremadura), obra de Francisco Cedenilla Carrasco, tiroteadas a poco de su instalación, en 2008. Se apunta en el documental que al enterarse de los disparos el escultor consideró completada su obra.
La segunda cuestión que trata la película de Carracedo y Bahar, aún mucho más delicada y peliaguda, es la petición de derogación de la Ley de Amnistía del año 1977, para que se pueda juzgar a los participantes en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. Es decir, a individuos como “Billy el Niño”, y otros; incluso a ministros, como Rodolfo Martín Villa, uno de los artífices de la reforma política, ministro de la Gobernación (después Interior) entre julio de 1976 y marzo de 1979, a quien no se le reconocen actos comprometidos, salvo ser Jefe Nacional del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU) y procurador en Cortes, consejero del Reino y gobernador civil de Barcelona. Martín Villa sujetó tanto a franquistas como a comunistas (detuvo a Santiago Carrillo, pero lo mantuvo protegido), y hubo de lidiar con importantes revueltas de la policía y con una huelga general convocada por el PCE y CC.OO. a solo cuatro días de votar en el parlamento la Ley para la Reforma Política. Es él quien habla personalmente con cada uno de los procuradores franquistas para convencerlos sobre la necesidad de un cambio en España. Martín Villa es quien firma, además, la autorización para la inscripción del PCE en el Registro de Asociaciones Políticas. Durante su mandato como ministro sufrió el incesante acoso de los grupos terroristas (ETA, GRAPO, FRAP y ultraderecha), con 152 asesinatos y varios secuestros (Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado, y teniente general Emilio Villaescusa, por el GRAPO). Es incomprensible que los represaliados por el régimen pretendan enjuiciar a esta persona; su única “falta” es haber militado en el Movimiento Nacional de Franco y continuar con vida. Quizá sí sea reprochable que mantuviera, ascendiera e incluso condecorara a comisarios de la antigua Brigada Político-Social, como el mencionado “Billy el Niño”, el cual participó muy activamente en la desarticulación del GRAPO. En la vida nada es ni blanco ni negro. A Martín Villa se le reprochan, también, algunas muertes por actuaciones policiales de control: por disparos en manifestaciones (como fue el caso de Jesús María Zabala Erasun y de José Luis Cano Pérez) o por lanzamiento de botes de humo (la estudiante universitaria de veinte años Mari Luz Nájera). Muertes trágicas de 1977 en manifestaciones violentas y en un clima de mucha tensión social. Otros cayeron en controles policiales, como Kepa Tolosa Goicoetxea, tiroteado dentro de su coche por dos guardias civiles cuando estaba con su novia, en diciembre de 1975.
Han pasado cuarenta y un años desde la aprobación de la Ley de Amnistía, que libró de culpa a todos: presos y no presos. Los posibles delitos que cometieran los funcionarios públicos y policías de la dictadura han prescrito, además de haber sido “limpiados” por la ley. Como alternativa a esta evidencia, los represaliados y torturados por la dictadura han llevado su querella a otro país: Argentina. Allí han sido escuchados y apoyados por una juez, quien ha pedido al Gobierno español permiso para interrogar a señalados como criminales por los querellantes. Las declaraciones podrían realizarse por videoconferencia. España se ha opuesto a estos interrogatorios, por considerar el caso como cerrado. La Audiencia Nacional dictaminó, además, que los imputados por la demanda no habían cometido crímenes de lesa humanidad (los cuales no prescriben y pueden ser juzgados internacionalmente). Un crimen es de lesa humanidad si se comete sistemáticamente contra un colectivo, o sea, como parte de un ataque premeditado generalizado. Por ejemplo, los nazis contra los judíos, o los serbios contra los bosnios y estos contra los croatas, o viceversa. Suele haber un importante fundamento racial o confesional en estas purgas criminales. Sin embargo, el concepto de crimen de lesa humanidad se ha visto ampliado en naciones como Argentina (donde se ha llevado la querella española), comprendiendo allí cualquier violación de los derechos humanos ejercida desde el poder dictatorial. Esto es, la violencia contra individuos –no colectivos o grupos sociales—por el solo hecho de la diferencia ideológica. Eso es lo que se pretende revitalizar por los querellantes, y que sea de aplicación en nuestro territorio.
Como declara una afectada por la dictadura franquista, la Transición impuso el olvido; se exigió a las personas olvidar. Tenéis todos que olvidar el pasado para construir el futuro. Pero el olvido no implica ningún acto de justicia. Es más, el olvido hasta se olvida de hacer justicia, de poner las cosas en su sitio, o, como popularmente se dice, los puntos sobre las íes. El momento en que se promulgó la Ley de Amnistía fue extremadamente delicado. Aún no había llegado la Constitución de 1978. España todavía no era demócrata. Posiblemente, fue una ley básica e imprescindible para que pudiera venir el cambio político. Legalización de los ilegales y perdón para los oficiantes del franquismo. No hubo más, ni tampoco menos.
Derogar la Ley de Amnistía sería retroceder al pasado y traicionar el espíritu de concordia y el pacto grande que se hizo para conseguir la Transición. Habría que traicionar un pacto, un acuerdo político. Y sería proceder con una ilegalidad. 
Los represaliados por la dictadura de Franco se quedan así, sin su justicia, a falta de que prosperen o no nuevas demandas y querellas. Pero los que viven, por lo menos lo pueden contar. Los muertos, por el contrario, no pueden decir nada. ETA, organización terrorista armada, mató a más de ochocientos inocentes en presunta defensa de unos ideales. Sus presos vivos, o los ya excarcelados, lo pueden contar. Sus víctimas difuntas ya no pueden decir nada.
Lo ideal es que en este país nunca hubiera habido una guerra civil. Ni vencedores, ni vencidos. Pero la hubo, desgraciadamente. Y de aquellos polvos vinieron estos lodos. La justicia no ha alcanzado a todos, y el devenir de los acontecimientos –en presunto bien de la sociedad entera—ha perjudicado a algunas personas. Un mal inevitable que surgió de un momento histórico convulso: para algunos beneficioso, o cuando menos, neutro; para otros, amargo y adverso.
Se cumple ese dicho que define la realidad: Nunca llueve a gusto de todos.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
Tensión en Fuenterrabía. Muerte de Zabala Erasun

viernes, 1 de marzo de 2019

80 aniversario de la muerte de Antonio Machado.


Se cumplieron, el viernes 22 de febrero de 2019, ochenta años del fallecimiento, en el exilio de Colliure, del poeta español ANTONIO MACHADO RUIZ. Antonio Machado es mi poeta preferido. Tradicional en sus versos, liberal de espíritu. Siempre lo he imaginado como un hombre solitario y frágil, magnánimo, pacífico y condescendiente. Humilde hasta en la forma de su muerte. Tenía sus ideas, y las decía, pero no se metía con nadie. Era noble de ánimo y bueno de espíritu. Amaba a España y la sufrió desgarrada por la intolerancia y una Guerra Civil. De cuantos poemas me han sobrecogido de él, elijo «Campo», que simboliza la cristalización modernista del Ideal.

sábado, 24 de marzo de 2018

El derecho a soñar otra España.


«La política maneja realidades que el político no elige. Maneja hombres, pasiones, que no se recortan a su capricho. Conducir hombres es muy distinto de escribir comedias.» (Manuel Azaña)
José Luis Gómez vuelve a poner voz y rostro a Miguel Azaña Díaz (1880-1940), histórico baluarte de nuestra II República, jurista e intelectual metido a político. En la misma línea de nuestros ilustrados y de Larra, romántico que retomó el testigo de la defensa del bien común, Azaña soñaba con un Estado republicano que contentara los intereses de todos –burgueses liberales y proletarios—y que sirviera para educar a las masas, para alejar al pueblo español de su atraso y su ignorancia. Fernando de los Ríos –a la sazón, padrino de Federico García Lorca—escuchó sus deseos y puso en marcha las Misiones Pedagógicas y La Barraca, teatro universitario ambulante. 
“La República será democrática, o no será”. La República vino a sustituir el poder desgastado de una monarquía que había confiado al brazo castrense los destinos del país. Y eso que el PSOE llegó a mostrar sus simpatías por ciertas decisiones de Miguel Primo de Rivera, el dictador que había desterrado a Unamuno a Fuerteventura. El principal escollo contra el que chocaba la bravura democrática del toro opositor fue la casi nula tradición republicana de España. La tradición regia, y además católica, pesaba mucho. El catolicismo dominaba la enseñanza y cuadraba las mentes a su medida. El personaje de Lázaro, de la excepcional San Manuel Bueno, mártir (1931), no puede enviar a su hermana Ángela a estudiar a una buena escuela laica porque no las hay; ha de conformarse con costearle una formación en un colegio de monjas, para que se pueda distinguir del aire embrutecido de la aldea. Cuando los laicistas toman el poder el 14 de abril de 1931, intentan favorecer un sistema nuevo de enseñanza, al socaire de Francisco Giner de los Ríos y de Alberto Jiménez Fraud. Paralelamente se hicieron fallas de algunos conventos e iglesias, y se persiguió a algunos curas que se querían entrometer en el diseño de la escuela pública nacional, como acaeció con el Padre Poveda, tristemente fusilado ante las tapias del cementerio del Este en julio de 1936.
Levantar una nueva España, tolerante, abierta, soberana de sí misma, no era tarea fácil. Más teniendo en cuenta que las izquierdas querían proscribir cualquier signo de tradicionalismo –cuartel, orden y crucifijo—y las derechas –no dispuestas a ceder ni un palmo—iban a poner desde un principio la zancadilla al proyecto de II República española. Los enfrentamientos dialécticos en el Congreso entre Azaña y Lerroux fueron evidente testimonio de este divorcio perenne entre “las dos Españas” machadianas. Varios grupos irreconciliables cuya cerrazón e intolerancia llevarían al país a una sangrienta e inútil Guerra Civil, como inútiles son todas las guerras, una vez valoradas desde la paz.
Discurso de las tres pes (voz original de Manuel Azaña)
A Azaña y a los ideólogos de la II República el proyecto se les fue de las manos. Había demasiados intereses enfrentados, incluso en el seno de las propias filas de los partidos en el poder. Esto se constató sobremanera en el primer año de Guerra Civil, cuando al gobierno de Azaña le costó Dios y ayuda sembrar disciplina entre las milicias populares. La desunión, el constante enfrentamiento interno, fue hábilmente aprovechado por el ejército profesional insurrecto, que rápidamente ganó terreno y se comenzó a imponer en la contienda. De hecho, las principales maniobras del ejército republicano resultaron meramente defensivas o de distracción.

Cuando tocó armar a pueblerinos, lo primero que estos hicieron al llegar a Madrid fue asaltar las casas del barrio de Salamanca, saqueando y violando a placer. Lo atestigua Agustín de Foxá en su valleinclanesca narración Madrid, de Corte a checa (1938). La prodigalidad revanchista de los tildados como “facciosos” azotaría España hasta varios años después de acabada la guerra: cárceles, juicios sumarísimos, ejecuciones, depuraciones, imposiciones y deposiciones. Excelentes iniciativas en el campo de la enseñanza laica, en los derechos y libertades civiles, en la incorporación de la mujer al mundo laboral, en el progreso de la Ciencia, en el desarrollo vanguardista y experimental de las artes y de la Cultura, fueron purgados con aceite de ricino y hasta indignamente extirpados de la sociedad española.
Personalmente, no me cabe concebir ninguna España que prescinda de la otra media, puesto que los mejores vinos se logran a partir del cruce de diversos sarmientos. La II República nació enfrentada, agriamente dividida, apartada de la forja de una empresa común. Escribe José Luis Gómez en su presentación del monólogo que «Patria, etimológicamente, es el lugar donde uno nace y nacieron los padres; al concepto de nación, que María Moliner define como la comunidad de personas que viven en un territorio, regido por el mismo Gobierno y unidos por lazos étnicos o de historia, habría quizás que añadir “compartiendo un mismo proyecto colectivo”; y la lealtad a ese proyecto colectivo, que se dota de un orden jurídico democráticamente acordado, está muy cerca del patriotismo constitucional del que habla Jürgen Habermas: tras el “espíritu republicano” de Azaña late, quizás, ese “patriotismo constitucional” que tanto nos puede ayudar en el tiempo presente.» La paradoja es que, en 1931 y años sucesivos, había varia gente que hablaba de que había que hacer cundir en España una empresa colectiva. Pero a costa de que siempre unos represaliaran a los otros y de que se recurriera a la dialéctica de los puños y de las pistolas. 
En cierta manera, Azaña fue un ideólogo ingenuo, un soñador para un pueblo con su identidad escabrosamente disociada de la tradición y, por ello, en entredicho. Cuando el 13 de octubre de 1931, desde su cargo de Ministro de la Guerra, arremete en las Cortes contra las órdenes religiosas, lo hace pensando que el catolicismo no es ya la impronta de pensamiento que cunde en esos momentos en Europa. No aboga por suprimir esas órdenes, sí por limitar su grado de influencia, sobre todo en el ámbito de la Enseñanza, porque veía que España necesitaba otras formas de pensar, una educación más volcada en los aspectos técnicos y científicos que conllevaba la modernidad. Hay una enorme nobleza y una gran conveniencia en la determinación de Azaña. El problema es que la España más reaccionaria nunca podría entender, ni menos tolerar, esa propuesta. En los países latinos mediterráneos (Grecia, Italia, España, Portugal) el peso de las creencias tradicionales era tan denso que volvía imposible cualquier cambio que se considerara “alienante”. Por ese motivo, Azaña estaba “desenfocado”, estaba planteando algo que muy difícilmente podría brotar en el seno materno de la sociedad española.

José Luis Gómez vuelve a mostrar toda su entereza y su profesionalidad como actor al recrear a Azaña, un personaje histórico “de enormes posibilidades teatrales”. Lo hace con un montaje austero, minimalista, cuatro sillas giratorias de madera junto a sus correspondientes ceniceros (era Azaña un fumador compulsivo), con el recurso quizá ya demasiado utilizado en el presente de los papeles leídos que se van desparramando por el suelo. No faltan guiños a la actualidad política de España, al traer a colación el problema del independentismo catalán, que tanto amargó a Azaña también. La experiencia alemana del actor se plasma en algún momento aislado con efecto de distanciamiento, a lo Brecht (“recuerdo al público que yo soy un actor que presto mi voz al personaje de Azaña”).
En verdad, un monólogo necesario para recordarnos la figura emblemática de Manuel Azaña Díaz, y sugerirnos su lectura.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2018.
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Azaña, una pasión española, por José Luis Gómez, según selección de textos y adaptación de José María Marco, en Teatro La Abadía (C/ Fernández de los Ríos, 42, Madrid). Hasta el 25 de marzo (2018).

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Moriré de cara al sol.


“Asimismo algunas personalidades intentaron gestiones diplomáticas para sacar a José Antonio de la cárcel, entre ellos Eugenio Montes, por medio del Conde de Romanones, en comunicación con el Gobierno de París. Hizo, asimismo, una gestión la Princesa Bibesco con Azaña, quien le contestó de la siguiente y sorprendente manera: «Que sentía muchísimo la situación de José Antonio Primo de Rivera, por quien no podía interceder, pues él también era un prisionero.» A tal desorden e incontrol habían llegado las cosas. Esta misma Bibesco, inglesa de nacimiento, casada con rumano, recurrió al Foreing Office, que no se dignó ni contestar.” Estas palabras las suscribe Pilar Primo de Rivera en sus Recuerdos de una vida. No menciona expresamente la relación sentimental que hubo entre su hermano José Antonio y Elizabeth Asquith, Princesa Bibesco, pues ella era una mujer casada, y tenía fama de frívola y voluble. Finalmente, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia moría fusilado en el patio de la enfermería de la prisión de Alicante, poco después de las seis y media de la mañana del 20 de noviembre de 1936. Tenía 33 años. Ni los funcionarios de prisiones, ni los dos médicos forenses designados para el caso quisieron asistir al momento de la descarga. Según una de las últimas versiones, de un total de catorce ejecutores, ocho fueron quienes dispararon sobre José Antonio. Le dieron en las piernas, y cuando el cuerpo se dobló y cayó al suelo sobre su costado izquierdo, un miliciano descargó su pistola en la nuca. Su hermano Miguel Primo de Rivera escuchó el fusilamiento desde su celda. José Antonio murió con el pequeño crucifijo que le había llevado su hermana Carmen, religiosa, y con la mano derecha asida al jersey, a la altura del corazón. No quiso que se le vendaran los ojos, y sus últimas palabras fueron el grito de “¡Arriba España!”, contundente, apenas ensordecido por los disparos. Junto a él perecieron dos falangistas y dos carlistas.

La figura política y, especialmente, humana de José Antonio está siendo rehabilitada –si cabe-- en nuestros días por diversos estudios, como los de José María Zavala, periodista: La pasión de José Antonio (Plaza & Janés, 2011); Las últimas horas de José Antonio (Espasa Calpe, 2015). Y el bellísimo, aunque extenso, ensayo de Jesús Cotta, educador: Rosas de plomo. Amistad y muerte de Federico y José Antonio (Stella Maris, 2015). A estos habría que sumar otros varios, como la semblanza bicéfala que le dedicaron Enrique de Aguinaga y Stanley G. Payne en Ediciones B (José Antonio Primo de Rivera, 2003).

No obstante, ahora llega a las carteleras madrileñas otra nueva alternativa: el musical, firmado, dirigido y producido por Álvaro Sáenz de Heredia, MI PRINCESA ROJA. Toma como fuente textual el estudio de José Antonio Martín Otín “Petón”, El hombre al que Kipling dijo sí (2005), publicado por la editorial falangista Barbarroja, y en la actualidad, agotado. El drama se abre, precisamente, en el momento del final de José Antonio. La Muerte, esa belleza oscura, egoísta, indómita, rebelde, imperecedera secuestra el escenario líricamente, majestuosamente, como lo hiciera García Lorca, caracterizado de ella en uno de los autos sacramentales que representó. La Muerte obliga al ejecutado a recordar el último tramo de su vida. Son los años de la Segunda República, convulsos, ásperos, mezquinos. Poco o nada esperanzados, cuando deberían serlo. España se ahoga sin rey. Camina hacia un desastre colectivo, embreado por los separatismos, las desigualdades sociales, la falta de entendimiento hasta en ciudadanos de muy similar ideología. Se suceden las cribas, los asesinatos en la calle, el descontrol. José Antonio Primo de Rivera, marqués de Estella, es un señorito de clase media-alta, abogado de oficio, hijo de un militar golpista y dictador. Pretende a la señorita Pilar Azlor de Aragón, duquesa de Luna. El padre de la chica se opone al enlace, pues no considera al novio ni de alto abolengo, ni con ingresos generosos. El 12 de junio de 1935, Pilar se casa con otro hombre, Mariano de Urzáiz. José Antonio es tímido y retraído, y le cuesta aceptar el varapalo. No se le conocen muchas novias. Para compensar, quizá, ese vacío en su vida sentimental, Primo de Rivera lleva una activa vida pública: doctorado en Derecho en 1923, en marzo de 1931 el Colegio de Abogados de Madrid lo elige Decano perpetuo; y el 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia de Madrid, funda Falange Española, un movimiento filofascista, de sabor rancio, bendecido por Mussolini, que pretende ser un antipartido, es decir, la alternativa eficaz, ordenada y desinteresada a cualquier tendencia. José Antonio quiere superar las diferencias por medio de abrazar un “destino único”, el interés de España como país, con sus raíces católicas y su glorioso pasado imperial. Desea refundar el imperio de Carlos I y de Felipe II, con el establecimiento de un mando supremo unitario, autoritario, que obre –llevado por la mística cristiana-- en beneficio del interés general, y que trabaje por la justicia social, el reparto adecuado y universal de la riqueza y del producto del trabajo, y vele por que la propiedad del campo recaiga prioritariamente en quien lo rotura, siembra y cuida. Es decir, en el campesino. Se trataría de una revolución hecha “desde arriba”, desde la óptica y el despacho de un acomodado conservador. José Antonio ama la tradición, la cultura y costumbres populares de cada región española, pero no se cierra al progreso, porque sin cambios no existen las mejoras, las alternativas. Tampoco da la espalda al acercamiento dialéctico, al entendimiento a través del diálogo: aprecia y admira a Manuel Azaña, presidente de la República, a quien considera un buen hombre. Admira y quiere entenderse en lo social con Federico García Lorca, a quien el poeta Gabriel Celaya testimonia que conoció una noche, en Casablanca, la sala de fiestas que había en la Plaza del Rey, frente al Circo de Price. Debía ser el año 1934. Ya desde 1932, José Antonio trataba a Carlos Morla Lynch, embajador de Chile, e íntimo de Lorca. Tanto Lorca como José Antonio tenían sus respectivas tertulias en un mismo local, La Ballena Alegre, un café chic que estaba en la calle de Alcalá, frente al Palacio de Correos. Al parecer, según sigue testimoniando Celaya, Lorca le aseguró que José Antonio era “un tío muy simpático”, con quien solía recorrer Madrid los viernes por la noche en un taxi con las cortinillas bajadas. En el musical que nos ocupa, José Antonio no solo se ve con Federico en La Ballena Alegre, sino que es incluso Lorca el que le inspira el Cara al sol, el himno de la Falange rematado el 3 de diciembre de 1935 en la cripta del restaurante vasco Or-Kompón, en la calle de Miguel Moya, cerca de la Plaza de Callao. En efecto, se presenta Federico ante José Antonio con el poema XXIII de los Versos sencillos (1891) del rebelde cubano José Martí (1853-1895), que dicen:
“Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural:
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor;
¡Yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al Sol!

“Moriré de cara al sol”, palabras agoreras, premonitorias, aplicadas a la circunstancia tanto de Federico como de José Antonio. El verso fascina al jefe falangista, que lo admite sin reservas.
“Cara al sol con la camisa nueva
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver…”

Audaz, arriesgadísima esta hipótesis en el musical de Sáenz de Heredia. Nos parece de una osadía extrema. Aunque plausible cierta amistad entre José Antonio y Lorca, Federico no quería saber nada de la Falange, ni de cualquier otra formación política, fuera del signo que fuese. No quería que se le vinculara o se le relacionara con ningunas siglas. Según su amigo íntimo Pepín Bello –por otra parte, filofalangista--, Federico era “el hombre más apolítico del mundo”. Estaba, firmemente, sí, con la causa de la libertad. Enamorado del folclore andaluz, de la tradición lírica popular española, y del Siglo de Oro, Federico defendía los cambios sociales: el derecho de la mujer a dirigir su vida, el derecho de los débiles y los oprimidos (los gitanos, los negros…), el derecho de todo hombre a expresarse y a vivir sin ataduras. Federico era un simpatizante de izquierdas, pues, pese a sus defectos, solo las izquierdas traían aires nuevos, vientos saludables de renovación. Podría respetar la causa de la Falange, pero al mismo tiempo desconfiar de ella por sus vínculos con el fascismo italiano y su defensa a ultranza de una visión imperial autárquica. La Falange de José Antonio era un cuerpo paramilitar que no dudaba en responder con la violencia a los ataques y provocaciones. Al jefe le costaba sujetar a sus “cachorros”. Esto no podía ni convencer ni agradar a García Lorca, un ser sensible, pacifista, temeroso de cualquier incordio. Del mismo modo, tampoco la Rusia estalinista podía atraerle. Quizá por eso, la supuesta nota en una servilleta que a Federico dirigió José Antonio, en Salamanca o en Palencia, quedó sin contestar: “Federico, ¿no crees que con tus monos azules y nuestras camisas azules se podría hacer una España mejor?” José Antonio tentaba al apolítico, para ganárselo para su causa igualmente apolítica, por creerla al margen de la política vigente en aquellos días.

Dos detalles son, con todo, verídicos: fue José Antonio Primo de Rivera quien avaló La Barraca (la compañía de teatro universitario ambulante de Federico), y desbloqueó (en 1934) su subvención, cuando quiso ser prohibida y suprimida por la derecha (como, de hecho, sucedió en el verano de 1935); y el decorador y actor de La Barraca, Alfonso Ponce de León, era falangista.
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Pero dejemos que entre en juego la coprotagonista de esta historia en su lado más romántico: Elizabeth Asquith, Princesa Bibesco. En la obra de Sáenz de Heredia, José Antonio la conoce en una recepción oficial. Es una mujer desenvuelta, simpática, culta, de agradable tono y conversación. Está casada con un diplomático, el rumano Antoine Bibesco. Elizabeth es liberal, progresista, y frecuenta los círculos culturales y políticos republicanos, como el Ateneo. Tiene fama de frívola, y de coquetear con todos los hombres que la atraen. Azaña la consideraba una impertinente, aunque con indudable encanto y poder de seducción.

Es así que, ante las reticencias y dudas de Pilar Azlor, su novia oficial, José Antonio cae en los brazos de la aristócrata inglesa. Ella es seis años mayor que él. Su relación va creciendo en ese Madrid convulso de los asesinatos y de las algaradas callejeras. La Bibesco manifiesta su alegría entonando con su sirvienta y camarera una preciosa balada, de lo mejor de las piezas de este musical. Cuando el panorama se nubla y ensombrece, es ella quien ruega a Azaña que encarcele a Primo de Rivera, para salvarlo de los tiradores que le tienen ganas. El 13 de marzo de 1936, la Junta Política de Falange es detenida y conducida a la Dirección General de Seguridad. Dos días después, José Antonio y varios de sus camaradas ingresan en la Cárcel Modelo, que estaba en Moncloa. En ella perecerá asesinado su hermano Fernando. José Antonio no recuperará la libertad. Allí lee, hace gimnasia y juega torpemente al fútbol. El 5 de junio de 1936, él y su otro hermano Miguel son trasladados a la prisión de Alicante, su lugar definitivo. Tras la sublevación militar, su situación se complica sobremanera: se le acusa de estar a favor de los rebeldes. Los servicios secretos alemanes lo intentan rescatar en septiembre, pero el plan fracasa. Franco se muestra reticente a considerar la liberación del jefe de Falange un objetivo prioritario. A partir de octubre, el Gobierno republicano, comandado esta vez por el líder socialista Francisco Largo Caballero, que ha desplazado a Azaña, quien marcha a Barcelona, ordena procesar por delito de rebelión a José Antonio. Las cosas se ponen muy feas en muy poco tiempo para el líder falangista. En el Gobierno han entrado sectores comunistas y anarquistas, que reclaman contundencia. La Princesa Bibesco, desesperada, acude a entrevistarse con Azaña, pero el político le dice que ha perdido toda su influencia. En su celda de la prisión, José Antonio escribe cartas. Se duele del estado a que han llegado las cosas en España. No desea una dictadura militar, ni que los militares alcancen el poder de forma decisoria y permanente. No quiere un gobierno que repita el inmovilismo y el anquilosamiento anterior. Está dispuesto a mediar entre los sublevados y el Gobierno republicano, para convencer a aquellos de que depongan las armas y se vaya a un gobierno de coalición y consenso. Empeña su palabra de caballero de volver a Alicante, a la cárcel, después de la entrevista con el mando castrense. Pero la República declina esta mediación. El general Orlov, sicario del feroz Stalin, no va a dejar escapar vivo a Primo de Rivera. Se sigue adelante con el procesamiento… El veredicto ya se sabe; es inapelable. José Antonio es condenado a muerte.

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MI PRINCESA ROJA es un musical muy digno, con agradables melodías a cargo de Mario Gosálvez y Andrés SH Nelke. La dirección es adecuada. La escenografía, resuelta por medio de vídeos y decorados proyectados, efectiva. Las interpretaciones de los protagonistas Juan Carlos Barona (José Antonio) e Irene Mingorance (Elizabeth Asquith), serenas y convincentes. Pero deseamos destacar dos secundarios que resplandecen de modo intenso: Francisco Prado, como Manuel Azaña; y Sonia Reig, como La Muerte. El mayor defecto de la propuesta de Sáenz de Heredia es no mostrar ninguna lacra del personaje principal. Por ello, asistimos a una suerte de beatificación de José Antonio Primo de Rivera, ofrecido con dimensiones humanas inconmensurables, y alejado de cualquier defecto (salvo el de prendarse de una mujer casada, claro). José Antonio fue una víctima más de la contienda civil, que asoló de muerte y destrucción España. Un inocente entregado por sus verdugos, y acaso por los dudosos condiscípulos, al martirio.

Aparte de abordar hechos históricos, con una mirada discutible, MI PRINCESA ROJA es un absoluto estreno, una obra enteramente original, no como la mayoría de musicales de la Gran Vía, que son adaptación de películas o de operetas filmadas. La duración del espectáculo es de una hora y media. Se puede ver en el Teatro Arlequín de Madrid (C/ San Bernardo, 5).
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2015.
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* ELIZABETH CHARLOTTE LUCY ASQUITH, PRINCESA BIBESCO (26-02-1897 / 07-04-1945), era hija del que fuera Primer Ministro británico durante la I Guerra Mundial, Herbert Henry Asquith, casado en segundas nupcias con Margot Tennant, madre de Elizabeth. Este Henry Asquith, aunque liberal, firmó la orden de arresto contra Oscar Wilde, por comportamiento inmoral, en 1892. A los diecinueve años escribió un breve dueto, “Fuera y dentro”, que ella misma protagonizó en el Palace Theatre. Organizó varias exposiciones de retratistas ingleses, e intervino en papeles secundarios en un par de películas de David Wark Griffith. En 1919, se casó con Antoine Bibesco, príncipe y diplomático rumano afincado en Londres. Veintidós años mayor que ella, era aficionado a la literatura y comediógrafo ocasional de mediano éxito. Era muy amigo de Marcel Proust, y presuntamente homosexual como él. A partir de 1921, Elizabeth intensifica su discreta actividad creativa: tres libros de cuentos, cuatro novelas, dos obras de teatro y un poemario. En 1940, publica The Romantic (El Romántico), novela donde recrea la personalidad de José Antonio Primo de Rivera. El libro está dedicado póstumamente a él, con estas palabras: “A José Antonio Primo de Rivera. Te prometí un libro antes de que lo comenzara. Es tuyo ahora que está acabado. Aquellos a los que amamos mueren para nosotros solo cuando nosotros morimos.” Elizabeth pasó la II Guerra Mundial en Rumanía, donde enfermó de neumonía, falleció y reposan sus restos, en el panteón de la familia Bibesco, en el Palacio Mogosoaia, a las afueras de Bucarest. Tenía 48 años. Su epitafio es un verso suyo: “Mi alma se ha ganado la libertad de la noche”. Su única hija fue Priscilla Hodgson, fallecida en 2004. Su hermano, Anthony Asquith, fue director de cine, responsable de Pygmalion (1938), con Leslie Howard, y La importancia de llamarse Ernesto (1952). La hermanastra de ambos era Violet Bonham Carter, también escritora, íntima amiga de Sir Winston Churchill, y abuela de la actriz Helena Bonham Carter. Es decir, que la expareja de Tim Burton es sobrina-nieta de Elizabeth Asquith.

Los Bibesco llegaron en marzo de 1927 a Madrid. Se alojaron en un piso de alquiler, en la calle Quintana, que pertenecía a Alfonso de Orleáns y Borbón, primo de Alfonso XIII. Allí dieron numerosas cenas y fiestas. Elizabeth Asquith, amiga de George Bernard Shaw y de John Maynard Keynes (a quien, literalmente, metió mano en la platea de un teatro), despertaba la atención de Claude G. Bowers, embajador norteamericano en Madrid, que hablaba bien de ella. Con José Antonio solía ir a un merendero de Alcalá de Henares. Le gustaba perderse con él por la carretera de Madrid-Alcalá, “la ruta más hermosa del mundo”, según sus palabras. A Elizabeth la conquistó España, la hizo suya. Y ella correspondió: “Si a una la viola España, queda embarazada para siempre”.

Elizabeth Asquith no fue, sin embargo, el último amor de José Antonio, sino una joven falangista abulense, a quien conoció muy poco antes de su ingreso en prisión, y con quien se carteaba.
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** JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA Y SÁENZ DE HEREDIA (Madrid, 24-04-1903 / Alicante, 20-11-1936): hijo primogénito del militar y dictador Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, y de Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín, a quien el niño pierde con cinco años de edad. José Antonio se educa en el Colegio Alemán (Primaria), en varios centros de Cádiz y Jerez de la Frontera, y en el Cardenal Cisneros (Bachillerato). Se licencia y doctora en Derecho por la Universidad Central de Madrid (1917-1923). Conoce a Ramón Serrano Suñer. Trabaja como traductor de inglés / español para la casa de automóviles McFarland. Hace su servicio militar entre Barcelona y Madrid, que concluye con el grado de alférez. En abril de 1925 debuta de auxiliar de abogado con José María Arellano, que asesora a una empresa importadora de automóviles. En 1926, ingresa en la Academia de Jurisprudencia y realiza, con unos compañeros de Universidad, un viaje a Roma. En 1929, rinde homenaje, junto a su padre, a los hermanos Antonio y Manuel Machado por sus éxitos teatrales. En 1930, fallece su padre, a los sesenta años. Por aquel mismo año, José Antonio agrede al general Gonzalo Queipo de Llano en el café Lion d’Or, por una afrenta familiar. Lleva escondida en el puño una pequeña llave inglesa, que deja una señal permanente en la frente del general. Es sometido a un consejo de guerra, hallado culpable, y expulsado del ejército. Ingresa en la Unión Monárquica Nacional y participa en un mitin en un frontón de Bilbao. En 1931, se presenta como candidato independiente a Cortes por Madrid, pero lo derrota ampliamente Manuel Bartolomé Cossío, de la Institución Libre de Enseñanza. En 1932, él y su hermano Miguel son detenidos como presuntos simpatizantes del golpista José Sanjurjo. Se les libera, y en 1933, José Antonio comienza a colaborar en publicaciones fascistas. Hace amistad con Ramiro Ledesma Ramos, Julio Ruiz de Alda, Alfonso García Valdecasas y otros futuros camaradas de la Falange. A inicios de octubre viaja a Roma y se entrevista con el Duce, Benito Mussolini, quien le promete respaldo y financiación.

José Antonio tuvo cinco hermanos: Miguel, Carmen (monja), Pilar y Angelita (fallecida en 1913), y Fernando.
Su vida pública ha sido reseñada con anterioridad, por ser parte del argumento de Mi princesa roja.

¿Cómo era la personalidad de José Antonio? Tímido, tranquilo en su esfera privada, de mirada serena y apuesta, le gustaba, sin embargo, descollar. Solía querer tener razón. Tenía cierto aire místico, frailuno, y una vocación religiosa latente. Si se sentía provocado o insultado, respondía de una manera iracunda y violenta. Admitía la dialéctica de los puños, siempre y cuando no fuera letal con el oponente. Le gustaba la caza. Vio en el fascismo italiano la manera de encauzar por el orden la II República española. Pero el fascismo, aparte de hiperviolento, no convencía a José Antonio, por ser aquel demasiado materialista, y poco dado a una sensibilidad cristiana trascendente. Convencido de la necesidad de justicia social, hablaba no tanto de la incautación de propiedades legitimadas, como sí del reparto de la plusvalía del trabajo a los asalariados. Para él, como bien apuntaba el ideólogo revolucionario Carlos Marx, el capitalismo está llamado a su superación, a su extinción. Es un sistema injusto que esclaviza al obrero, le chupa la sangre, y enriquece a unos pocos a costa del esfuerzo vano de la mayoría. La piedra angular de una sociedad más justa y equitativa es la moral católica. La familia es la base sagrada de la sociedad. La forma de gobierno de verdadera estabilidad y progreso, la autoridad suprema de un jefe único. El individuo debe beneficiar el bien común, pero sin extraviar su propia identidad, sin ser alienado, como sí sucedía en el fascismo. Las personas son personas, no autómatas. La cuestión clave está en que el individuo comprenda y crea en un “destino único común” de España como nación. Y que trabaje por ello. El Estado es responsable, en última instancia, de una “misión histórica permanente”. Los partidos políticos, que conducen a la división, son peligrosos e innecesarios, banales; el sindicalismo como protector del obrero, sin embargo, es tolerable y hasta necesario. Franco, al ganar la Guerra Civil, interpretó y aplicó el pensamiento de José Antonio. Abolió los partidos políticos --salvo el sindicalismo vertical--, y se erigió en el gran padre protector de todos los españoles.



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*** JUAN MANUEL DE PRADA: En Las máscaras del héroe (1996), este novelista imagina de forma un tanto anacrónica que José Antonio conoció a Lorca en la imprenta de La Gaceta Literaria, que editaba Ernesto Giménez Caballero cerca de las tapias del cementerio de San Martín, junto a la estación de Mediodía. Sería en 1928, con la aparición del Romancero gitano. Allí trabajaba el futuro falangista sayagués Ramiro Ledesma Ramos, más proclive a la acción violenta que el, en principio, pacifista José Antonio. Primo de Rivera estrecha la mano de Lorca y le confiesa su admiración por sus versos. Lorca debió de parecerle, con sus romances, la conjunción perfecta de tradición y vanguardia. Más adelante, se habla en la novela del repunte de la violencia callejera, entre extremistas de izquierdas y de derechas. José Antonio acepta la formación de sus escuadras a regañadientes, forzado por un clima de violencia generalizado. Y, siempre, como medida defensiva al margen de toda incitación. Su formación de jurista parecía impedirle alentar posturas violentas. No obstante, Prada nos recuerda unas palabras muy contradictorias del jefe de Falange: “No nos conformaremos con que no haya tiros en las calles porque se diga que las cosas andan bien; si es preciso, nosotros nos lanzaremos a las calles a dar tiros para que las cosas no se queden como están”. Como si quisiera querer cumplir con el gesto surrealista más banal –según André Breton--: el de salir a la calle pistola en mano y disparar al azar contra la gente.

**** JOSÉ ANTONIO, POETA: A Primo de Rivera le gustaba la poesía, y hacer poesía él mismo. Como “La profecía de Magallanes”, que le publicó la revista Raza Española en 1922:
“Es infinito el mar, la vida, corta,
nuestro poder, pequeño,
¡pero no os arredréis! ¿Qué nos importa
que se acabe la vida en el empeño?
¿Qué importa nuestra muerte, si con ella
ayudamos al logro de este sueño?
Si la muerte es tan bella,
¿qué importa sucumbir en el empeño?
¡No importa que muramos! Las estelas
que dejan nuestras raudas carabelas
jamás han de borrarse; por su traza
vendrán para buscar nuevos caminos
otros brazos marinos
de nuestra religión y nuestra raza.”

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