“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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lunes, 11 de diciembre de 2017

Auschwitz, la fábrica de la muerte.

El topónimo Auschwitz, en Polonia, se ha convertido a nivel mundial en sinónimo de horror. La masacre programada de más de un millón cien mil personas, la mayoría de etnia judía, por parte de las autoridades nazis del Tercer Reich. Frío extremo, hambre, plagas, trabajo a menudo inútil (como trasladar enormes piedras de un lugar a otro sin sentido), experimentos médicos, palizas, torturas, vejaciones continuas, separaciones forzosas, expoliaciones, hacinamientos, todo ello conformaba el paraíso de este campo de exterminio gigantesco, donde el lema principal era “El trabajo libera”. Una vez que Alemania y la URSS se repartieron Polonia, Himmler ordenó aprovechar unos antiguos barracones del ejército polaco para construir un campo de internamiento masivo. Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, fue el encargado de eliminar con prontitud eficiente, casi inusitada, a varios miles de personas al día, que llegaban en largos convoyes de unos cuarenta y siete vagones de ganado. A Höss, quien había visitado Treblinka y sus cámaras de monóxido de carbono, solo aptas para unas doscientas personas, se le ocurrió la idea de utilizar Zyklon-B, un insecticida comercial muy tóxico, aplicado en la desinfección de ropa, para asesinar gente en masa. Lo probó con unos prisioneros rusos, y los cristales funcionaron. Inmediatamente se levantó una cámara de gas, con crematorio aledaño, que después fue trasladada a  la ampliación de Auschwitz: Birkenau. Allí se diseñaron otras cuatro salas de asfixia con sus hornos respectivos. Las chimeneas no paraban de emitir residuos de ceniza al cielo. Noche y día. Sin descanso. La atmósfera era nauseabunda, irrespirable, casi ya en el propio apeadero de tren del campo. Cuando los prisioneros descendían de los vagones, lo primero que notaban era que allí no se podía respirar, por un olor fortísimo y penetrante. De inmediato, los perros azuzando a los recién llegados, los guardias gritando las órdenes, y formando las filas de selección. Los focos deslumbraban. Los niños, los ancianos y los enfermos, directamente al grupo destinado a la cámara de gas. Los jóvenes, los hombres y las mujeres sanas, al corte de pelo, el tatuaje y el barracón correspondiente. Bienvenidos al Infierno.
Hitler odiaba a los judíos. No los consideraba alemanes, ni con derecho a ninguna nacionalidad. Era el pueblo errante, eternamente exiliado. Al no albergar en ellos un claro y profundo sentimiento patriótico, y al distinguirse voluntariamente de la población general, se consideraba que trabajaban únicamente por sus propios intereses, y no por el beneficio común. Los judíos de todos los países se apoyaban mutuamente, para asegurarse el control de las finanzas y de los medios de producción. Movían los capitales y las fuerzas humanas a su antojo. Hacían y deshacían naciones a su capricho. Eran un azote que sometía a todo el mundo. Hitler los llegó a calificar de “virus”. Naturalmente, no hizo sino aprovechar ideas que habían resurgido con mucha intensidad en Alemania a finales del siglo XIX. Tanto Richard Wagner, compositor de óperas, como F. Nietzsche, filósofo, fueron profundamente antisemitas. La crisis económica, abismal y sin solución, que atravesaba la República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial, agudizó estos sentimientos de que el extraño, el extranjero, nos viene a quitar lo nuestro. Por otra parte, el ascenso del bolchevismo y de los partidos obreros radicales de izquierda, encrespó aún más los ánimos revanchistas y de ajustes de cuentas con parte de la propia sociedad germana. El dinero en papel no valía nada. Para comprar una sola barra de pan había que acudir con bolsas enormes repletas de cientos de billetes sin apenas valor. La inflación era tremenda; el empleo, volátil o escaseaba. 
Hitler se apoyó en empresarios arios para llevar a cabo sus proyectos y reformas de la sociedad. Su propósito era anular para siempre las castas y las clases sociales, uniformizando Alemania (y de paso, Austria) y obligando a cada ciudadano a participar en una idea común de fortaleza, de superioridad racial, de supremacía y poderío sobre todas las naciones (como reza aún el himno alemán). Una vez emprendida y con el tiempo consolidada la “causa común”, se llegaría a un Reich próspero que duraría, al menos, mil años. Ese era el sueño de Hitler.
Pero la solución al desempleo llegó no solo con la construcción de autopistas, carreteras y complejos residenciales y vacacionales para la clase proletaria, sino, especialmente, con el velado rearme del ejército germano. Las industrias alemanas –saltándose la prohibición—se aplicaron a diseñar y fabricar en serie nuevos cazas y bombarderos, nuevas bombas incendiarias (algunas, probadas en la población vasca de Guernica), nuevos obuses, ametralladoras, tanques, sumergibles y cuanto material bélico cupiera imaginar. La Alemania de Hitler se preparaba para la guerra, aunque el caudillo hablara cínicamente de paz y de concordia. Su propósito era invadir Europa y someterla a la disciplina nacionalsocialista. Y de paso, limpiarla de judíos, de homosexuales, de débiles mentales, de masones, comunistas y rivales políticos. Había que acabar con todos los indeseables y los promotores de un arte y unas costumbres “degeneradas”. La raza aria necesitaba conquistar su espacio vital. Solo el ario perfecto debía permanecer y mandar. La doctrina fascista, brotada de un nacionalismo intolerante, excluyente y acérrimo, pisaba fuerte con su bota en Europa.
De todo esto ofrece testimonio la exposición itinerante que en diciembre se ha inaugurado en Madrid, en el Centro Arte Canal (Plaza de Castilla). Lleva por título “AUSCHWITZ. NO HACE MUCHO. NO MUY LEJOS” y está a cargo de MUSEALIA. Más de seiscientos objetos procedentes directamente del museo de Auschwitz – Birkenau, completados con abundantes vídeos y fotografías. Tres horas largas de recorrido por la más terrible historia de la Alemania nazi. Una visita instructiva, de inmersión en las técnicas delirantes del nacionalismo racista, cuyo mayor mérito estriba en acercarnos la realidad de un campo de exterminio a nuestra ciudad, a nuestras mentes y corazones. Quizá quien haya visitado Auschwitz no necesite acudir a ver esta muestra, porque habrá mascado el horror del exterminio en su origen. Es más bien para los jóvenes que no hayan leído mucho sobre la Shoa (Holocausto) y para cualquier persona sensibilizada con la Historia reciente de Europa. Aunque resulte dura, conviene llevar a los niños mayores de doce o trece años, para que vean con sus ojos lo que ocurrió una vez, y que nunca debe repetirse. O somos conscientes de los errores y fijaciones de nuestro pasado, o los volveremos a reiterar en nuestro futuro. De hecho, ya ha habido después de Auschwitz otras masacres inhumanas: la Camboya de los jemeres rojos y Pol Pot, hutus contra tutsis, los bosnios musulmanes de Srebrenica (julio de 1995). La barbarie étnica y el fanatismo violento continúan; no descansan.
Es por eso que debemos tener muy presente lo ocurrido en Auschwitz y en los demás campos de exterminio nazis. Nadie es un pura sangre. Todos llevamos mezcla de múltiples etnias. El error del nacionalismo racial es ignorar o tratar de solapar este hecho, y alimentar el odio injustificado contra quien, acaso, también es hermano.
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Para aproximarse a lo que fue Auschwitz, con todo su horror, se pueden tan solo visionar los treinta minutos del documental Noche y niebla, de Alain Resnais, filmado en color en 1956. Quien quiera adquirir un conocimiento más amplio, debe ver Shoa, el estremecedor documental de nueve horas, con entrevistas a supervivientes y guardianes, realizado por Claude Lanzmann en 1985. Igualmente, resulta ilustrativa la serie documental Auschwitz, los nazis y la Solución Final (seis episodios más un anexo: La fábrica de la muerte). Para enterarse de quiénes ayudaron a algunos judíos a escapar del Holocausto, es excelente, a modo de ejemplo, el documental La encrucijada de Ángel Sanz-Briz (España, 2017), historia del diplomático español destacado en la embajada de Budapest, quien extendió más de doscientos pasaportes (algunos, familiares) y múltiples salvoconductos a judíos del gueto. Se asegura que su iniciativa particular (ajena al gobierno franquista de entonces) salvó a cerca de 5.500 personas. El número de largometrajes que han abordado el tema de los campos nazis es interminable. Los mejores, la serie de televisión Holocausto (1978, ganadora de dos Globos de Oro), La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1982, con la excelente interpretación de Meryl Streep), La escapada de Sobibor (Jack Gold, 1987), El triunfo del espíritu (Robert M. Young, 1989), La zona gris (Tim Blake Nelson, 2001, con Harvey Keitel) y, por supuesto, la obra maestra de Steven Spielberg, La lista de Schindler (1993). Sobre la conferencia de Wannsee, del 20 de enero de 1942, puede verse la recreación de la BBC-HBO La solución final (Conspiracy, Frank Pierson, 2001, con Colin Firth y Kenneth Branagh). Acerca del exterminio de personas de etnia zíngara, se ha rodado Y los violines dejaron de sonar (Alexander Ramati, 1988, también novela suya). Indirectamente, han tocado el tema Vencedores o vencidos (Judgement at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961) y Nuremberg (2000, con Brian Cox y Alec Baldwin). Sobre la honda crisis alemana durante la República de Weimar es imprescindible El huevo de la serpiente (Ormens ägg/ Das Schlangenei, 1977), maravilloso filme de Ingmar Bergman, con David Carradine y Liv Ullmann. Puede completarse con la revisión, una vez más, de Cabaret (Bob Fosse, 1972), basada en la novela Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, sobre el ascenso del nazismo y sus repercusiones en la sociedad y los espectáculos. Asimismo, para el problema económico de la posguerra alemana, es de oportuna lectura el relato breve de Stefan Zweig La colección invisible (1929), que trata la historia de un coleccionista de grabados notables, víctima de una ceguera espontánea,  cuya familia los sustituye por burdas copias para vender los originales y así poder comer.
En cuanto a bibliografía, esta es muy amplia también. Destacan los dos estudios del escocés Laurence Rees: Auschwitz. Los nazis y la “solución final” (Crítica, 2005) y El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos (Crítica, 2017). De Isaac Bensalom, Auschwitz. Los campos de exterminio nazis (Ultramar, 1993). De Ignacio Mata Maeso, Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto (Ediciones B, 2007), dedicado a su tío abuelo Alfonso Maeso Huerta, casi cuatro años prisionero en el famoso campo austriaco. A propósito de los verdugos y torturadores, hay un libro, soberbio, de imprescindible lectura: Bestias nazis. Los verdugos de las SS, de Jesús Hernández (Melusina, 2013).
© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2017.