“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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martes, 29 de marzo de 2016

Exposiciones en la Biblioteca Nacional.


La Biblioteca Nacional de Madrid nos ofrece varias exposiciones de interés:
La biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega (1616-2016) es una esmerada reconstrucción de la biblioteca del legendario escritor mestizo, que se afincó en Montilla (Córdoba). Se cumplen ahora cuatrocientos años de su muerte, acaecida un 23 de abril de 1616. Traductor al castellano de los Diálogos de amor, de León Hebreo, el Inca dejó en su casa, al morir, quinientos ejemplares sin vender de la primera parte de los Comentarios Reales. Lo cual nos da una idea de las vicisitudes que tenían ya entonces los autores para “colocar” sus obras. Así, Cervantes solía vender la aprobación y el privilegio de impresión al librero, cobrando una suma fija –alrededor de los mil trescientos cincuenta reales--, y se olvidaba de la obra. Era el librero quien ostentaba la titularidad y asumía los riesgos de la producción del libro.
Gómez Suárez de Figueroa nació en Cuzco, en 1539 o 1540. Era hijo natural del capitán extremeño de noble alcurnia Sebastián Garci Lasso de la Vega, e Isabel Chimpu Ocllo, princesa inca, sobrina de Huayna Cápac. Aprendió todo el pasado del Perú de forma oral, a través de los mitos e historias familiares. Conocía como materna el quechua y en esto supo y pudo aventajar a los cronistas foráneos, menos dominadores del idioma indígena. Su tío-abuelo Cusi Huallpa y los capitanes Juan Pechuta y Chauca Rimachi le hablan de los usos de su pueblo. Por lado español, el ayo Juan de Alcobaza lo instruye en cultura española; el capitán Gonzalo Silvestre lo alecciona en historia militar; Juan de Cuéllar, en el colegio para mestizos, lo lleva por las fuentes greco-latinas. Se puede decir que el Inca nació de pie, o con un pan debajo del brazo.
En las luchas entre pizarristas y almagristas, las vidas de Gómez y de su madre Isabel llegaron a correr peligro. Era sonada la volubilidad interesada de su padre Sebastián, al que apodaban “el leal de tres horas”, porque se inclinaba con el viento y cambiaba de bando con suma rapidez. En una ocasión, el muchacho lo tuvo que sacar por los tejados para que no le rebanaran el cuello.
Fueron sonadas las fiestas que daba su señor padre en Cuzco, cuando fue nombrado Justicia Mayor y Corregidor. En las tales, habidas en la casona que da a la plaza Cusipata, conoció el muchacho a los Pizarro (Gonzalo y Hernando) y a bastantes aventureros y buscadores de fortuna. Sin embargo, contando Gómez con unos doce años, su padre toma esposa legal –que no es su madre Isabel Chimpu Ocllo--, sino una española respetable, Luisa Martel de los Ríos. El Inca escribe, entonces, con amargura: “Pocos ha habido en el Perú que se hayan casado con indias para legitimar los hijos naturales y que ellos heredasen”. A falta de ese gesto, se casan con señoras y tienen por criados y esclavos a los bastardos.
En 1559, fallece don Sebastián, y la viuda legal, para quitarse al Inca de en medio, prepara su viaje a la metrópoli. Con veinte años, el Inca es enviado a España, a Montilla, donde vivía su tío Alonso de Vargas. Si uno ve un plano alzado de Montilla del siglo XVII, estaba lleno de conventos y ermitas. En casa de Vargas, lee copiosamente a los humanistas. De algún modo, que no sabemos, se especializó en el dominio del italiano literario. Este hecho le llevó a traducir con enorme solvencia y habilidad los Diálogos, en 1590. En España se le nombraba, simplemente, el Inca. Felipe II comentaba la osadía grande del cuzqueño de verter con primor al castellano una obra escrita en una lengua que tampoco era la suya propia.
En 1605, el Inca homenajea en Lisboa, con nuevo libro, a Hernando de Soto y su expedición a La Florida. En 1609, edita en Lisboa también la primera parte de los Comentarios Reales, extensa reverencia y literario testimonio de su principesca estirpe incaica y del pasado y tradiciones y costumbres del Perú. El elevado proyecto sería completado con Historia general del Perú, que apareció póstumamente. El Inca nos habla de los caudillos orejones, cómo a maravilla se perforaban y dilataban sobremanera el lóbulo de la oreja por razones estéticas. Nos dice que los incas llamaban “illana” (‘hija del trueno’) al arcabuz, al que tenían por émulo del bramido de la tormenta, de la rapidez del rayo y del resplandor del relámpago. Personajes como él eran la llave y bisagra al misterio de una cultura ancestral.
El Inca se consideraba un mestizo y a mucha honra, pues fueron los españoles quienes procrearon con las indias; los padres llamaban “mestizos” a sus vástagos, y en loor a este criterio, “por nuestros padres y por su significación –dice-- me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él”. En cierto modo, el Inca se desnaturalizó de los suyos, asentándose en suelo español, escribiendo en castellano y traduciendo del italiano. Pudo en él más el lado de su padre que el de su madre. El Inca se refinó: no quiso ser peruano, pero tampoco español del todo, pues su meta era la Italia de Marsilio Ficino, de orden palaciego, pulida por Petrarca y Boccaccio. El Inca leía con placidez a estos dos escritores. Soñaba, tal vez, con Garcilaso, su pariente. Con El Cortesano de Castiglione, que Boscán dio a conocer.  No obstante, nunca olvidó América, ni su tierra, el Tawantinsuyu, y a ella consagró, escindido, lo mejor de su escritura.
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Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016) conmemora, también, los cuatrocientos años de la desaparición del mejor escritor español, enterrado un 23 de abril, pero seguramente muerto un día antes. La muestra se estructura en tres secciones, dedicadas al hombre (noticias historiográficas corroboradas), al personaje (su retrato en palabras y sus recreaciones artísticas) y al mito (la andadura de su obra quijotesca en otros países, Inglaterra, Francia, y su repercusión en el Romanticismo y el 98).
El hombre. Se puede ver, por primera vez fuera del Ayuntamiento de Alcalá, el libro de bautizos de la parroquia de Santa María. En ella, un nueve de octubre de 1547, fue bautizado Miguel de Cervantes Saavedra. Esta iglesia fue quemada al comienzo de la Guerra Civil, en julio de 1936. Su párroco, D. César Manero Zaro, distrajo a tiempo el valioso libro y, temiendo lo peor, lo entregó a su buen amigo Juan Raboso San Emeterio, tabernero. Manero Zaro fue fusilado por republicanos extremistas en agosto de 1936. Juan Raboso decidió pedir ayuda a un vecino, fontanero, para ocultar el libro de bautizos. Entre ambos lo metieron en una caja de hojalata de galletas María, soldaron la tapa, y la tiraron a un pozo propiedad de Juan. Allí estuvo tres años. Cuando fue recuperada, en bastante buen estado, se sacó el libro y se llevó al Consistorio.[Izquierda Unida, en tardío desagravio a quienes fueron héroes –empezando por el párroco asesinado—propuso, en enero de 2015, dedicar una calle y una placa conmemorativa a los mismos.] 
Se exhiben firmas originales y apócrifas del autor del Quijote, teniendo en cuenta que no se han localizado los textos manuscritos de sus obras literarias, y que sus autógrafos corresponden a su oficio de comisario de abastos y a la petición de licencia de publicación.
Se recuerda la acción gloriosa de Cervantes en Lepanto, su cautiverio de cinco años en Argel, su rogatoria (infructuosa) de alguna plaza de funcionario en Indias, y su intento de ser dueño de la comedia, frustrado por el mejor talento para ello de Lope de Vega Carpio, a veces amigo, a veces enemigo de Miguel. En Madrid, Cervantes era muy conocido como hábil autor de romances y sonetos. Fama que debió de resonar hasta 1835, cuando se inaugura su estatua frente al Congreso de los Diputados, obra de Antonio Solá. Esta escultura, con Cervantes lozano y de pie, portando un rollo en la mano, estaba rodeada de una verja. Al pasar, los castizos solían llamarla la “jaula del jilguero”, es decir, de alguien que canta, un poeta romancista como don Miguel.
Quien canta, sus males espanta. El dicho y los hechos no parecieron ir de la mano en el caso del manco de Lepanto. Ignorada su heroicidad, no compensados los años de cautiverio, deshonradas una a una sus hermanas, acusado de desfalco por la justicia real (en realidad, por quiebra del banco en que guardaba el dinero recaudado el escritor), encarcelado varias veces, y desdeñado por los empresarios teatrales, Miguel de Cervantes pareció tener que gastar la paciencia del santo Job. Le llegó el éxito por el camino de la novela: La Galatea. Sobre todo, por el Quijote, cuya primera parte se ponía a la venta el 20 de diciembre de 1604. Ese libro cien veces prestado y manoseado, que habla de la imaginación como remedio para el fracaso. El bálsamo de fierabrás para un autor no ya joven, ninguneado en la corte y fuera de ella. De 1613 son las doce Novelas ejemplares, modelitos de relato idealizado al gusto italianizante. De 1615, la segunda parte del Quijote (ya armado caballero) y las Ocho comedias y ocho entremeses nunca representados. La espina en la planta del pie. Si Cervantes no ha podido verlos sobre las tablas, que al menos llenen un plato de cocido como sopa de letras. Póstuma será la llegada y difusión de la querida por su autor, la aventura bizantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617). Obras hay de Cervantes que se han salvado por chiripa; porque algún oportuno cauto copió el manuscrito, como sucedió con La Numancia, o que recogió en otra obra laudatoria tal o cual soneto conmemorativo.
Nada informa la muestra del fiasco de la búsqueda de los restos de Cervantes, reducido al final a una caldereta de pequeñas piezas de diecisiete esqueletos diferentes.
Nada apunta sobre el otro Miguel de Cervantes Saavedra, el bautizado en Santa María la Mayor de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) el 9 de noviembre de 1558, hijo de Blas de Cervantes Sabedra y Catalina López. El Cervantes apócrifo.
Nada conjetura sobre por qué Hasán Bajá perdonó la vida varias veces al intrépido cautivo, cuando era traicionado y señalado como cabecilla de las fugas. ¿Por su buen talante y educación? ¿Por su carácter distinguido pero afable? ¿Por su presunto y valioso alto abolengo? ¿Por la homosexualidad del cadí? Hay muchos misterios en la vida de Cervantes, como, generalmente, en todo lo que no se quiere contar.
El personaje. Cervantes se retrata verbalmente a sí mismo en el prólogo a las Novelas ejemplares. A partir de ahí, los pintores y escultores han tratado de reconstruir su rostro, sus rasgos, tal y como él los describió: "Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso,... Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra."
Esa semblanza de sí mismo inspiró muchos retratos. Se piensa que el que pudo partir del modelo original pudo ser el atribuido a Juan de Jáuregui, que avizora el salón de plenos de la Real Academia Española de la Lengua, tal vez de hacia 1600. Prolegómeno de otros muchos, grabados hechos durante los siglos XVIII y XIX para la reedición de sus obras: Kent y Vertue (1738), Del Castillo y Carmona (1780), Ferro y Selma (1791), Lane (1824), Geoffroy (1841), Nanteuil (1844), Madrazo (1859), Leslie y Danforth (1876), Barneto (1877), Maura (1879), Cano (1888), Machado (1900), etc.
El mito. La obra cumbre del novelista, el Quijote, imitado por los escritores ingleses: Henry Fielding (The History of Tom Jones, a Foundling. 1749), Charlotte Lennox (The Female Quixote. 1752), Laurence Sterne (The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman. 1759-1767), etc. El Quijote, héroe romántico en pos de lo imposible. El Quijote como idiosincrasia del alma española, a comienzos del siglo XX.  El Quijote y Cervantes, inspiradores de partituras, como El huésped del sevillano (1926), zarzuela de Jacinto Guerrero, donde se incluye a don Miguel como personaje. Toma a una moza de mesón por una gran señora disfrazada. Este error lo llevará a escribir su novela La ilustre fregona.
El Quijote y sus personajes inmortalizados en el monumento a Cervantes en la Plaza de España de Madrid, gigantesco homenaje iniciado en 1925, inaugurado en 1929, y concluido en 1960, debido a los arquitectos Rafael Martínez Zapatero y Pedro Muguruza, y al escultor Lorenzo Coullaut Valera.
Completan la exposición una serie de aforismos proyectados, sacados de las obras de Cervantes.
Falta en la muestra una aproximación a Cervantes y don Quijote en el cine. Porque, como acertadamente se señala en la película de Rafael Gil, de 1947, la muerte de Alonso Quijano no fue el fin, sino el principio.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.

lunes, 21 de marzo de 2016

Cleopatra VII.


Desde el 3 de diciembre de 2015 y hasta el 8 de mayo de 2016, el Centro de Exposiciones Arte Canal (junto a Plaza de Castilla, Madrid) ofrece una magna muestra sobre la mujer más poderosa, influyente e intrigante del Mundo Antiguo: Cleopatra VII. La culta egipcia, políglota, de dulce y suave voz, atrayente discurso, y belleza dudosa que conquistó el corazón de dos héroes romanos: Julio César y Marco Antonio. Nombrar a Cleopatra es evocar a Egipto, al Nilo, a los fastos de Alejandría, con su faro, su inmenso puerto, y su fastuosa e inigualable biblioteca. Todo barco que atracaba en Alejandría era registrado, y los rollos que portara, confiscados para los fondos de la biblioteca. La ciudad, fundada por Alejandro el Grande, y ampliada por Ptolomeo I, uno de sus generales macedonios, contaba con un sistema de enormes aljibes subterráneos que se llenaban con las crecidas del Nilo. Esto garantizaba el suministro de agua a la ciudad en la temporada más seca. El Serapeum era un inmenso recinto sagrado en honor de Serapis, el nuevo dios egipcio creado por la estirpe macedonia, con aspecto de Zeus, y fruto de la fusión entre Osiris y Apis.
Ptolomeo XII había dispuesto en su testamento que sus dos hijos, Cleopatra VII (de dieciocho años) y Ptolomeo XIII (de diez) gobernaran el país del Nilo, en igualdad de condiciones, tras su muerte. Roma serviría de árbitro y juez en las diferencias. Pero Ptolomeo expulsó del poder a Cleopatra, que reunió en Siria un ejército para combatir a su hermano. Cleopatra solicitó la ayuda de Roma, y se presentó ante César dentro de una alfombra enrollada. Pronto lo sedujo, y lo atrajo hacia su causa. Cleopatra reunía en sí el saber mistérico de los sacerdotes y médicos egipcios y el refinamiento cultural helénico. De nada sirvió que Ptolomeo intentara apaciguar a César presentándole la cabeza de su enemigo Pompeyo. César depuso a Ptolomeo y optó por Cleopatra como reina. Para evitar nuevas rebeldías, César ordenó incendiar las naves que había en el puerto de Alejandría, con tan adversa fortuna de quemar también gran parte de la famosa e insustituible biblioteca.
Con Cleopatra, César tuvo un hijo, Cesarión. Vivía Cleopatra entre los romanos cuando César murió asesinado, en el 44 a. C. Roma tenía a Cleopatra como a una peligrosa extranjera. Cleopatra marchó de regreso a Egipto. Pero sabía que debía atraerse a quien ostentara el nuevo poder. A Marco Antonio le correspondió el Mediterráneo oriental. La reina fue a verlo a Tarso, en una enorme y lujosísima galera. Se ganó la confianza y el amor incondicional de Antonio. Cuando Octavio, hijo adoptivo de César, supo de esta alianza, montó en cólera y declaró la guerra a la pareja. Antonio y Cleopatra tuvieron tiempo de engendrar tres hijos, antes de verse las caras con Augusto en Accio. Fue el dos de septiembre del 31 a. C. Las naves egipcias y romanas de Antonio fueron destruidas por las de Octavio. En el fragor del combate, Cleopatra se puso a salvo. Antonio la creyó muerta o desertora y se hirió a sí mismo. Al parecer, aún tuvo tiempo de morir en brazos de Cleopatra. Ante la llegada de los romanos, y la condena de Octavio y del Senado en pleno, Cleopatra se aisló con dos sirvientas en sus aposentos y se dio muerte de alguna forma; presumiblemente ingiriendo veneno –como sus criadas—o bien haciéndose morder por un áspid en el brazo. La calenturienta imaginación de los artistas del Renacimiento y del Barroco presenta a la reina haciéndose morder un pezón por la serpiente. Octavio, que la halló muerta, ordenó el mayor de los funerales para ambos enamorados, Marco Antonio y Cleopatra. Sus tumbas aún no han sido halladas por los arqueólogos.
Pero el mayor triunfo de la reina Cleopatra lo obtuvo después de muerta. Aunque solo una hija consiguió sobrevivir a la purga de Octavio, el arte, la moda y los estilos egipcios se impusieron en Roma y el resto de ciudades italianas, como Pompeya, donde se inauguró un templo al culto de la diosa Isis. Los motivos naturalistas egipcios –ibis, grullas, cocodrilos, lotos, papiros—decoraban las domi de los romanos. Por su parte, en Egipto, nombrada provincia romana, Octavio fue representado como un oferente en los relieves de los templos, como en el de Debod, que se trasladó luego a Madrid.
La completísima exposición que nos ofrece Arte Canal supone una verdadera inmersión, durante casi dos horas y media, en el mundo ptolemaico. Siete secciones constituyen el recorrido: “Egipto, tierra del Nilo”; “Los Ptolomeos, reyes de Egipto”; “La última reina de Egipto”; “Egipto en Roma”; “Cleopatra, inspiración de artistas”; “Cleopatra y las artes escénicas”; “La fascinación de Egipto en España”.
Los cinéfilos se recrearán en los lujosos vestidos que lució Elizabeth Taylor en Cleopatra (1963), de Joseph Leo Mankiewicz. Todos ellos confeccionados en seda e hilo de oro. También se puede ver la capa dorada de alas de buitre que llevó la actriz en la larga y ampulosa secuencia del recibimiento en Roma.

Pero, sobre todo, deslumbran y apabullan esos cientos de objetos originales que constituían la vida cotidiana en los palacios de Alejandría y en los salones de Roma. Los vasos de alabastro, los cuencos, las páteras, los anillos y brazaletes de oro con forma de serpiente enroscada, los camafeos, las urnas funerarias, las estatuillas votivas, los amuletos, las esculturas, relieves, téseras y pinturas al fresco, que han sobrevivido más de dos mil años y cuyo diseño rivaliza con los más cuidados objetos de joyería y hogar de nuestros días.
Nadie sabe de veras el aspecto real de Cleopatra VII. De ella, o inspiradas en ella y en sus divinas antecesoras, se conservan numerosos bustos que difieren entre sí. En esas efigies lo normal sería la idealización. Por eso se cree que los retratos más aproximados de la reina se encuentran en las monedas. En la numismática se la representa de perfil, con una nariz aguileña prominente.
Cleopatra… su solo nombre hechiza. Evoca las ruinas de su vida. Las arenas del desierto circundando la ciudad. Alejandría, tumba y oasis, cenit y gloria.

“Como preparada desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño…
Escucha con emoción, como último placer los sones
del cortejo misterioso,
y dile adiós a la Alejandría que te pierdes.”
(Apunte de un poema de Cavafis)
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.

sábado, 19 de marzo de 2016

Desventurado Pijoaparte.


La editorial Seix Barral va a lanzar, el próximo 5 de abril de 2016, una edición conmemorativa del clásico de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa. Se han cumplido cincuenta años desde aquella primera edición de tres mil ejemplares, con golosa portada de Oriol Maspons y esa deliciosa Susan Holmquist fotografiada desde arriba, ligera de equipaje, en blanco desnudo, al volante de un descapotable. (Por si alguien no sabía por dónde iban los tiros, ahí estaba la portada).

Esta nueva versión incluye las calificaciones (y descalificaciones) del equipo censor. La novela estuvo a punto de no ser autorizada por una serie de motivos:
1º. El protagonista es un delincuente de poca monta, un ladrón de motos. (Quizá a los censores les faltó apuntar que no era alguien que robara a lo grande, faceta tampoco permisible en una España bien ordenada).
2º. Sentido clasista del relato: enfrentamiento entre la alta burguesía barcelonesa y los desclasados, en particular, un inmigrante murciano, un “charnego”. Demasiada –y muy peligrosa—envidia por las clases privilegiadas. Tufo a posible reivindicación de la injusticia social y la lucha de clases.
3º. Alusión a sectores marxistas, con los cuales el autor demuestra tener empatía.
4º. Ambiente recargado de erotismo, con descripciones de intimidades sexuales. (Temor de los censores a la incitación al onanismo, o bien a la reproducción de estas escenas con la novia, con la consiguiente pérdida de la inocencia y de la pulcritud en las formas).
5º. Inclusión demasiado frecuente de expresiones groseras y subidas de tono, como “hijo puta”, “cabrón”, “joder”, y demás.
6º. El autor es conocido por sus tendencias marxistas; por ejemplo, por haber firmado cartas colectivas de adhesión, enviadas al Sr. Ministro de Información y Turismo, durante tres meses de 1963.
Por tales faltas, se desaconsejaba autorizar Últimas tardes con Teresa. Sin embargo, la audacia y persistencia de Juan Marsé, su carta de reivindicación de la calidad de la obra al por entonces Director General de Información, D. Carlos Robles Piquer, y su posterior reunión con él, posibilitaron suavizar los descalificativos y allanar el camino a la publicación de la novela. Simplemente se exigió cambiar algún “pechos” por “senos”, algún “muslo” por “antepierna” (no “entrepierna”, ¡por Dios!). Tras estas pequeñas modificaciones, el relato quedó autorizado el 1 de marzo de 1966. A primeros de abril, se imprimió en Seix Barral Hermanos. El precio del ejemplar, ciento veinte pesetas.
Pero las vicisitudes no acababan con la censura. Cuando apareció la novela en las librerías, llovió sosa cáustica. No gustó, naturalmente, a los conservadores. Tampoco a los progresistas más de izquierdas. Menos, a los catalanes bien enraizados. La trama constituye un órdago a la alta burguesía catalana –no española, sino catalana, o barcelonesa--, la de la pérgola y el tenis, puesto que un indigno y pretencioso charnego osa tomar al asalto la cama de una señorita bien. Es como una segunda Regenta, pero cambiando a la malcasada insatisfecha por la joven virginal atraída por lo vulgar. A la peregrina Oviedo, por Barcelona, quizá más emprendedora. Por si fuera poco, el Pijoaparte no es representante de nada ni de nadie en particular. No tiene inquietudes políticas. Se mueve por sí mismo, por su propia ambición. ¡Vaya manera de servir Marsé a las clases proletarias! No se observan vínculos ideológicos con ninguna tesis reglada. ¡Estamos ante un escritor LIBRE! Un autor que no se debe a nadie, ni se inclina ante nadie, y cuya obra es como un tábano sobre el anca de un buey. ¡Eso no se puede consentir!
ABC recoge, en su reportaje del 19 de marzo de 2016, que cierto comunista abofeteó a una camarada de su formación por nombrar la novela de Marsé y decir que le había parecido bien. El precio de la sumisión esclavista a unas siglas.
No hay nada como demostrar valentía y, además, tratar de ser independiente. Por todo ello, ¡felicidades y enhorabuena, Juan Marsé!
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.


domingo, 13 de marzo de 2016

Rita.


Soberbiamente radiante se presentó Rita Maestre en el juzgado, con la serenidad de quien cree tener conquistado un lugar en la cumbre. Rita es bellísima, como lo prueba esta fotografía que publicó El Mundo (viernes, 19 de febrero). Es difícil presentar esta compostura ante el tribunal que te juzga. El talle erguido. Los ojos bajos, para no mirar a la juez. Tal vez con cierta humildad. Las manos enlazadas una con otra, como si se estuviera de oyente en una conferencia. Como bien señala Luis María Ansón, a esta llamativa figura puede esperarle un largo y prometedor futuro político.
Los hechos por lo que es ahora juzgada sucedieron en 2011, cuando ella era estudiante de Ciencias Políticas. Según su testimonio, se enteró de una protesta anticatólica en la cafetería de su Facultad, y decidió sumarse a la misma. Los manifestantes se dirigieron a la capilla del campus de Somosaguas, y entraron coreando consignas contra el culto. Al parecer, como ella ha reconocido, se quedó en sujetador y mostró su torso desnudo, algo que le parece que “no tiene por qué ser una cosa ofensiva”. Algunos de los participantes en esta algarada profirieron proclamas y gritos ofensivos para los creyentes católicos (y cristianos en general). No está atestiguado que ella coreara ninguna ofensa.
Es verdad que desnudos los hay hasta en la Capilla Sixtina, pero pintados sin ánimo de ofender, buscando la dimensión humanista que defendía el Renacimiento, como haciendo, además, de la Creación y del Juicio Final hechos fuera del tiempo, ajenos a las modas y a las distintas estéticas.
Vistos estos hechos en 2016, cinco años después –he aquí prueba de la rapidez de la justicia en España, que viene a castigar al adulto por las travesuras de niño--, Rita asegura que hoy no lo volvería a hacer, siendo como es cargo público. Ha adelantado mucho en estos cinco años. Más que otros en media vida.
La irrupción de ella, Rita, con su belleza y sus ganas de cambiar la realidad a su modo, de su grupo Ahora Madrid, de Podemos, de Ciudadanos y otras nuevas formaciones políticas, puede haber resultado positiva para nuestro país, con hasta hace poco esos dos grandes partidos endiosados, que han encubierto toneladas de corrupción y han hecho de la política un negocio, en vez de lo que debería ser: un servicio a la comunidad. Sucedió en el último tercio del siglo XIX: el turno de partidos, Liberal y Conservador, Sagasta y Cánovas en un férreo mano a mano. Aquel entendimiento entre dos pillos (o “cucos”, como los tildó Valle-Inclán) trajo un periodo de cierta estabilidad a España, pero tampoco pudo eludir la corrupción, ni el alzamiento de los primeros movimientos obreros por unos ideales de justicia social que no se habían tenido en cuenta. La Educación corría a cargo, mayoritariamente, de la Iglesia católica. Si no hubo más tasa de analfabetismo fue gracias a su labor. Con el socialismo, surgieron otros sistemas laicos, como el de la Institución Libre de Enseñanza, que significaron una alternativa importante. Aunque hemos de recordar que los mayores beneficiarios fueron los niños de clase media, o clase media alta, que luego de muchachos se alojarían en Pinar 21, la Residencia de Estudiantes. La II República puso en marcha las Misiones Pedagógicas, procurando enviar a los mejores maestros a las áreas más desfavorecidas de España. Pero el sistema educativo asentado de siglos era el de las órdenes religiosas. Un sistema que salió fortalecido al término de nuestra Guerra Civil.
La existencia de capillas en las Universidades es una secuela de que España hunde sus raíces históricas en el Catolicismo. Unas raíces exaltadas y promulgadas hasta la saciedad por el régimen del General Franco. El Catolicismo fue un baluarte histórico contra las invasiones de culturas que no nos pertenecían, como la islámica. La Iglesia fue un poder fáctico –aquí y en otros muchos países europeos--, pero también una garantía de salvaguarda de unos principios que nos alejan de la superchería de creencias idólatras, así como de un dios al que únicamente hay que temer y obedecer. Cristo habló de paz, de concordia, de amor al prójimo, de la disculpa de los errores y de las ofensas a través del perdón y la misericordia, del cuidado de los débiles, de la justicia social. Es cierto que los grandes jerarcas de la Iglesia han ignorado, y hasta mancillado, sus propias palabras. Pero no es menos verídico el sacrificio de muchos de los miembros de la Iglesia en beneficio de ese mensaje: todos los misioneros, las monjas que atienden a pobres y huérfanos, los curas de barriadas humildes, y cualquier sacerdote honesto que, mirando al fondo de una persona, consiga llevarle un poquito de serenidad, de amor y comprensión.

Los cristianos debemos perdonar, y perdonamos, aunque nos consternen, por inciviles, este tipo de acciones irreverentes. Y nos congratulamos en vivir, de momento y que sea así por siempre, en un país cuya tradición considera el arrepentimiento. Recordemos que, en otras partes, otras idiosincrasias menos tolerantes y más quisquillosas solucionan estas contestaciones a golpe de cimitarra.
Yo pienso que una capilla, que acoge unas creencias que no hacen mal a nadie, y que es símbolo de nuestra Historia, merece un respeto. Se sea o no creyente. Como hay que respetar, asimismo, los lugares de culto de otras religiones, siempre que las tales se muestren cordialmente respetuosas con un plan de convivencia y de paz.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.
Rita Maestre_Trotacapillas

domingo, 28 de febrero de 2016

Diálogo entre los dos sistemas de concebir el mundo.


“Y mi universo es de nuevo como había sido antaño,

una pequeña isla de sufrimiento flotando

en un océano de indiferencia.”

(Sigmund Freud, 16 de junio de 1939)

Últimos días para ver La sesión final de Freud, del dramaturgo Mark St. Germain, en la sala Arapiles 16, patrocinada por la Fundación UNIR (Universidad Internacional de La Rioja).

3 de septiembre de 1939. Ante la negativa alemana de retirar sus fuerzas de Polonia, Gran Bretaña declara la guerra a Hitler. Ese día Sigmund Freud –padre del psicoanálisis—recibe en su despacho de su casa de Londres al escritor y catedrático católico C. S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia. Lewis, ateo originariamente, es un converso, y un decidido defensor de la fe, pese a las incongruencias de un Dios que parece permitir el dolor y la injusticia. Freud es un no creyente, que ve muchos males en esa religiosidad que a menudo adormece a los pueblos. El famoso psiquiatra, judío, ha tenido que abandonar Viena, donde los nazis queman sus libros. Se ha refugiado en tierra inglesa, pero va muy enfermo, pues un cáncer de boca terminal le está haciendo padecer seriamente. De hecho, Freud morirá tan solo veinte días más tarde, el 23 de septiembre, alrededor de las tres de la madrugada. Una despedida planificada entre él y su médico Max Schur. Tres oportunas sobredosis de morfina causarán primero un coma, y en seguida la muerte.
El 3 de septiembre, mientras su esposa y el ama de llaves han ido de compras, Freud abre la puerta al profesor de Oxford Lewis. El psiquiatra está molesto por las críticas del escritor a sus trabajos. Quiere debatir con él sobre si la vida tiene una razón o no. Para Freud la religión es un cuento reconfortante que los hombres de todas las culturas se han contado a sí mismos para suavizar lo inevitable: la aspereza de la muerte, y luego el vacío, la nada. No existe la trascendencia, ni se les pueden encontrar explicación a los infortunios del ser humano. El dolor es un mal que no tiene sentido. ¿Para qué puede querer un Dios que un niño muera de enfermedad? ¿Cuál es el sentido de ese golpe para sus familiares? Ninguno. La única que puede contrarrestar en algo lo absurdo del dolor es la Medicina como ciencia. Los médicos están en guerra contra el dolor.
Lewis, en cambio, intenta dar un sentido final al sufrimiento humano: este quizá sea la campana que Dios utiliza para que no se pierda la fe y la esperanza en otra vida “auténtica”. Para despertar las conciencias y combatir la cerrazón del hombre sobre sí mismo: su antropocentrismo.
A pesar de su desconfianza hacia el hecho religioso, Freud es un estudioso de las creencias y los tabúes como fenómeno multicultural. Colecciona valiosos ídolos y figuritas de culturas primitivas y antiguas, que adornan su pasillo. El carcinoma corroe su boca, carente de paladar, reemplazado por una incomodísima prótesis que le hiere y le hace sangrar constantemente.
Freud acusa a la teología de haber fustigado a la ciencia durante siglos, como en el caso Galileo. Lewis no exculpa los desmanes cometidos en nombre de la fe, pero contraataca asegurando que él no está resentido con los hombres de ciencia por no atinar o ponerse de acuerdo sobre ciertas cuestiones; la causa de la extinción de los dinosaurios, por ejemplo.
Freud ve en Cristo un lunático fracasado, cuya filosofía antivitalista provoca la laxitud y la indefensión: “--¿Poner la otra mejilla? Debería poner Polonia su otra mejilla a Hitler? ¿Debería amar a sus vecinos mientras los tanques alemanes aplastan sus casas? ¿O podría seguir el ejemplo de Cristo y aceptar su martirio, porque los mansos heredarán la tierra? ¡Desde luego que la heredarán, pero enterrados en ella! (Freud suelta su pañuelo. Su discurso se torna susurrante, su dolor aflora) ¿Piensa que es una coincidencia que Jesús exigiera a sus seguidores que fueran como niños para entrar en el Reino? ¡Es únicamente porque el hombre no ha madurado lo bastante como para admitir que está solo en el Universo, y que la religión hace del mundo una guardería! Tengo dos palabras para usted: ¡Madure!”

El vienés sigue en su ataque con la cuestión del mal. Si existe Dios, este ha permitido el Diablo, cuando lo más lógico es que quien es todo bien ponga fin a quien es todo perjuicio. Lewis responde que Dios no nos quiere autómatas obedientes, leales y sumisos, sino que nos da la oportunidad de elegir entre el bien y el mal. Y en un alarde de positivismo histórico, admite que el hombre ha creado sus propios males al margen de Dios y del Diablo. “El sufrimiento humano –dice—es la culpa del hombre”. A lo que Freud contesta con una pregunta que descoloca a Lewis: “¿Acaso me he causado yo mi propio cáncer? ¿O es la venganza de Dios la que me está matando?”
Evidentemente, asistimos a un torneo dialéctico interminable, como una correa sin fin. Pero en un instante muy crítico para la Historia de Europa, como es el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con las vidas que se cobraría, y a la vez, definitivo para un enfermo terminal condenado, esta disputa cobra especial intensidad y resonancia. Los niños parten hacia el campo, en trenes. Los convictos salen en masa de las cárceles, ante los próximos bombardeos. Cualquier desencuentro ideológico se antoja, en esos trágicos e inciertos momentos, banal. Freud, todo un genio, lúcido insumiso, enfrentado a un intelectual diletante como C. S. Lewis. Las simpatías del autor –y las del público—van hacia el genio austriaco, indudablemente. (Freud es uno de los mejores prosistas que he leído; resultan fascinantes sus ensayos de tema humanístico o científico. Tienen una redacción impecable.)
Confieso sentir debilidad hacia los dramas históricos con dos personajes antagónicos. Mi otra gran predilección teatral es ver a Lope y a Valle bien representados. Recuerdo con mucha satisfacción las últimas versiones de las obras de Jean-Claude Brisville, a cargo de Josep-María Flotats: La cena (Teatro Bellas Artes, 2004); El encuentro de Descartes con Pascal joven (Teatro Español, 2009). Me agrada la tensión del teatro donde el espectador puede escoger entre posturas morales o ideológicas diversas. Por eso, he acogido con enorme dicha esta pieza solvente de Mark St. Germain, más cuando viene impecablemente interpretada por Helio Pedregal –en el papel de Freud--, y por Eleazar Ortiz –en el de Lewis--. La caracterización, ademanes, inflexiones de Pedregal componen una plena reencarnación del médico vienés. Parece que Freud ha resucitado, y que está ante nosotros. La dirección corre a cargo de Tamzim Townsend, y la traducción se debe a Ignacio García May. Sobresaliente, también, la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda.
La sesión final de Freud, un grato descubrimiento. Un drama para recordar y revisitar siempre.

(A Marion Hall)

© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2016.
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Que sepamos, nunca se produjo un debate tal entre Sigmund Freud y C. S. Lewis. La obra de St. Germain es una ucronía –una impostura histórica--. El 3 de septiembre de 1939, Freud lo pasó en su casa, pero leyendo una carta de su discípulo y futuro biógrafo Ernest Jones. Los estudiosos de Freud para nada lo relacionan con C. S. Lewis. Sin embargo, un ensayo sirvió de fuente e inspiración a St. Germain: La cuestión de Dios: C.S. Lewis y Sigmund Freud debaten sobre Dios, Amor, Sexo y el sentido de la vida (Nueva York, Simon & Schuster, 2002), del Dr.  Armand M. Nicholi, Jr., psiquiatra y profesor en Harvard. Las dos contrapuestas figuras las utilizó Nicholi para representar posiciones-clave acerca de temas existenciales y emocionales de las civilizaciones humanas.
La sesión final de Freud (Freud’s Last Session) fue estrenada el 10 de junio de 2009, en Pittsfield (Massachussetts, Estados Unidos), por la compañía Barrington Stage, con dirección de Tyler Marchant. El reestreno en Nueva York (Marjorie S. Deane Little Theater) se produjo el 22 de julio de 2010. Contó con la misma dirección y protagonistas (Martin Rayner como Freud; Mark H. Dold como C. S. Lewis). Se estrenó en España en enero de 2015, en la sala pequeña del Teatro Español, con exacto montaje al que ahora se puede ver en la Sala Arapiles 16.
"Lewis y Freud a escena".
"La sesión final de Freud"_Programa UNIR.

sábado, 20 de febrero de 2016

Una soprano reunió a Mozart y Salieri.


Viena, 1785. W. Amadeus Mozart compone, con libreto de Lorenzo Da Ponte, Las bodas de Fígaro. La ópera se finaliza en octubre. Mozart la quiere estrenar cuanto antes, pues se sabe que Antonio Salieri y los suyos preparan otra gran pieza vocal. Sin embargo, el genio no cuenta con el beneplácito de algunos intérpretes, y la moralidad de la obra queda también en entredicho. En fin, los ensayos ocupan abril de 1786, y se espera levantar el telón, ante el emperador José II, el día 28. Su majestad ha escuchado pasajes de la partitura que le han agradado. Pero el estreno no se puede producir hasta el 1 de mayo. Aunque hay arias celebradas (que luego silban cocheros y taberneros), el conjunto no convence a muchos espectadores, que consideran la trama aburrida. En resumidas cuentas, solo se dan nueve representaciones de Las bodas, y Mozart queda cada vez más desengañado de la corte vienesa. Él esperaba ese rotundo éxito que le llevara a la apoteosis y le asegurara financiación.
Amadeus anda escaso de dinero. La casa donde vive alquilado le cuesta 450 florines. Es mucho, si no se tienen ingresos fijos y generosos. Ese vivir a lo grande exaspera al padre de Mozart, Leopoldo. Sin embargo, han entrado los dos en la francmasonería, a la que igualmente será convocado Joseph Haydn, músico que estrecha su amistad con Mozart. El emperador quiere vigilar de cerca a los masones, lo mismo que a los Iluminados y Rosacruces. Pero es liberal, y no desea prohibir ninguna de esas organizaciones secretas. Si acaso, sí reagruparlas, para que no proliferen en exceso. Pertenecer a la masonería enorgullece a Amadeus, que a sus treinta y un años espera sacar beneficios de ello. Las rencillas con su padre, no obstante, no se suavizan, pese a pertenecer los dos a la sociedad secreta.

En su casa, Mozart se entretiene con sus amigos jugando al billar y a los bolos. Es un enamorado de las partidas de bolos. Así mismo, se pierde de noche en fiestas de carnaval, y seduce a varias artistas, cantantes en su mayoría. A su esposa Constanza la engaña con descaro absoluto. Para sobrevivir cuando no le llegan encargos prometedores, se resigna a recibir a alumnos. Traba amistad importante con un grupo de músicos ingleses que querían pulir su estilo en Viena. Entre ellos está una joven soprano, la cual tiene esa desdicha ingrata de perder la voz por un tiempo. Es Nancy (Anna Selina) Storace, a quien Mozart visita varias veces en su casa, y donde interpreta sus Cuartetos a Haydn, en loor a su admirado amigo y maestro. Nancy había perdido la voz el 1 de junio de 1785, al interpretar una ópera de su hermano Estéfano Storace, Los esposos malavenidos (Gli sposi malcontenti).

Tan encaprichado está Mozart con Nancy que piensa seguirla en un viaje por Inglaterra e Italia en 1786. Como tiene a Constanza y a sus dos hijos, no titubea en escribir a su padre a Salzburgo para que el abuelo se haga cargo allí de los pequeños, mientras él se marcha con su mujer, en realidad detrás de la Storace. Leopoldo le contesta que de eso nada. Sin embargo, él cuida y educa a su otro nieto, hijo de Nannerl, la aventajada hermana de Mozart.
Cuando Leopoldo casi está escribiendo su negativa de ejercer de niñero, el 15 de noviembre de 1786, con tan solo un mesecito de edad, fallece de garrotillo el bebé de Amadeus, Johann-Thomas. Es el segundo vástago que se le muere al genio. Naturalmente, esto termina de frustrar las esperanzas de cualquier escapada.

Nancy Storace debió de ser una cantante muy seductora, puesto que no solo interesó a Mozart, sino también a su archirrival, Antonio Salieri. A raíz de perder la voz y recuperarla, tras una cuidada convalecencia durante el verano de 1785, ambos músicos unieron su talento desigual para dedicarle una cantata, la K. 477 a. La letra la puso Da Ponte. Esta pequeña bagatela se creía completamente extraviada, hasta hace muy poco, cuando ha sido rescatada por el compositor y musicólogo germano Timo Jouko Herrmann. Herrmann la halló por casualidad, cuando consultaba por Internet los catálogos del Museo Checo de Música. Por lo visto, este centro conservaba una copia de “Por la recobrada salud de Ofelia”, el título de la pieza en honor de Nancy. Y viene atribuida a Mozart y Salieri, conjuntamente, además de a otro compositor desconocido, un tal Cornetti. Hay que puntualizar que la pieza se divide en tres partes, cada una realizada por un autor. Es decir, las idearon por separado, y luego fueron ensambladas para su interpretación conjunta. Como se hacen hoy los falsos duetos: cada cantante graba su voz por separado, y luego se ensambla con la de otro.

Es más que evidente que la Storace –que iba a interpretar a Susana en Las bodas de Fígaro--encandilaba a ambos músicos, y que estos decidieron convenir una corta tregua, enviando al editor su parte para esta cantata de reverencia. No olvidemos que Mozart y Salieri andaban reñidos por el estreno de sus óperas respectivas. Es más, Leopoldo Mozart habla de los intentos de extorsión y sabotaje contra su hijo Amadeus, por parte de Salieri y sus acólitos, en otra carta a su Nannerl, fechada el 18 de abril de 1786. Y atribuye estas intrigas al gran talento y virtuosismo que en Viena se reconocía a Mozart.

Lo bonito y curioso del caso es que la valía de una mujer, sus encantos personales y seguramente profesionales, sirvieron para que dos compositores olvidaran su enemistad durante unas horas –o unos días--. Y que no fue una Dalila, ni una Judith, sino una artista que impulsó la creatividad. Una bien entrañable anécdota –curiosa, infrecuente e irrepetible-- para la biografía de ambos músicos.
Desde luego, una historia agradecida y genuina para un buen dramaturgo. Dos hombres que se disputan la llama del talento, a los pies de una mujer con voz divina. Quizá haya autor que la escriba.
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Hay datos y detalles que corroboran la autenticidad plena de la partitura ahora recuperada:
1º. Aunque no se trata de una partitura manuscrita autógrafa, y está en el Museo de la Música de Praga solo desde la década de 1950, no desde su publicación en el siglo XVIII, la edición se anuncia en un periódico vienés de los años de Mozart, el Wienerblättchen. En este medio se recoge, el 26 de septiembre de 1785, que “Per la ricuperata salute di Offelia” es una canción de celebración, al estilo italiano, para pianoforte, con letra de Lorenzo Da Ponte y musicada por los tres maestros de capilla: Salieri, Mozart y Cornetti. La partitura –se añade—se puede adquirir en el establecimiento de la Compañía Artaria (Artaria Compagnie), en Michaelplatz. Está firmada con iniciales sobre la misma partitura, y no con nombres completos. Su editor, Giuseppe Nob. De Kurzbek, imprimió numerosos libretos de Da Ponte. Uno, en concreto, que se guarda en la Biblioteca del Congreso de Washington, un drama bufo en dos actos, Los malentendidos (Gli Equivoci), basado en una comedia de Shakespeare (La comedia de los errores), de 1787, con texto de Lorenzo Da Ponte y, ¡atención!, música de Estéfano Storace (Stefano Storace), inglés, que era el hermano mayor de Nancy (Ann) Storace.

“Ophelia” en griego significa ‘La que socorre a los demás’. Es el personaje de la hermana de Laertes en Hamlet, el drama maestro de W. Shakespeare. Ofelia pierde la razón por los desplantes de su amado príncipe Hamlet y muere ahogada. Hamlet, además, había dado muerte equivocadamente al padre de Ofelia, Polonio.
Es extraño que se haya escogido un personaje tan trágico para una canción festiva, una cantata.
2º. Interviene en la cantata, supuestamente, un tercer autor, hoy no identificado: Cornetti. “Cornetti”, en italiano, son las judías verdes, o bien un bollo: el cruasán. El Wiener Realzeitung del 18 de octubre de 1785, también menciona la cantata, producida por el Abad Da Ponte, y escribe Cornetti así, en cursivas. Este dato sugiere un seudónimo, no un apellido real. Se apunta a la posibilidad de un tal Alessandro Cornet. Pero es difícilmente aceptable que dos primeras figuras –Mozart y Salieri—admitieran a un tercero en concordia –apenas conocido—para firmar la cantata.
El cruasán fue creado por los pasteleros vieneses en 1683. Su forma de media luna quería evocar el asedio turco de la ciudad. De ese modo, al morder uno de estos Hörnchen –‘cuernecillos’--, a los vieneses les parecería estar comiéndose a los turcos, cuya bandera recogía una media luna.
Pero “cuernecillos” podría esconder, también, una connotación de índole marital: el marido burlado. ¿Podría ser Fígaro, el personaje de las bodas, quien se va a casar con Susana, una joven a quien pretende un noble, el Conde de Almaviva? Toda la obra se la pasa Susana, con ayuda de Fígaro y de la Condesa, intentando esquivar al pesado del Conde. Finalmente, lo consigue, con ingenio. Quizá se trate de un juego de espejos de Mozart: se inventa un tercer colaborador para su cantata, señalando a Fígaro, el prometido a quien se quiere burlar –el “Cuernecillos”--, en un momento en que él y Da Ponte preparaban Las bodas. Es plausible.

"Per la ricuperata salute di Offelia". 
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Esta partitura no debe llevarnos a creer que la rivalidad entre Mozart y Salieri haya sido un mito, puesto que el testimonio de Leopoldo es claro: teme las acciones de Salieri y sus partidarios contra el estreno de Las bodas de Fígaro.
De ahí a pensar que Salieri planificara la muerte de Mozart va un paso de gigante. Fue el escritor Alexander Pushkin el primero en presentar a Salieri como envenenador de Mozart, en un minúsculo drama teatral (Mozart y Salieri). Salieri se siente como un diletante de la creación musical, y no soporta la genialidad excelsa de Amadeus; decide acabar con él, para librar al mundo de tan aplastante talento.
El dramaturgo inglés Peter Levin Shaffer rescató la ucronía de Pushkin para escribir el drama Amadeus (1979). Salieri –harto de la omnipresencia musical de Mozart—determina envenenarlo.