“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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lunes, 21 de marzo de 2016

Cleopatra VII.


Desde el 3 de diciembre de 2015 y hasta el 8 de mayo de 2016, el Centro de Exposiciones Arte Canal (junto a Plaza de Castilla, Madrid) ofrece una magna muestra sobre la mujer más poderosa, influyente e intrigante del Mundo Antiguo: Cleopatra VII. La culta egipcia, políglota, de dulce y suave voz, atrayente discurso, y belleza dudosa que conquistó el corazón de dos héroes romanos: Julio César y Marco Antonio. Nombrar a Cleopatra es evocar a Egipto, al Nilo, a los fastos de Alejandría, con su faro, su inmenso puerto, y su fastuosa e inigualable biblioteca. Todo barco que atracaba en Alejandría era registrado, y los rollos que portara, confiscados para los fondos de la biblioteca. La ciudad, fundada por Alejandro el Grande, y ampliada por Ptolomeo I, uno de sus generales macedonios, contaba con un sistema de enormes aljibes subterráneos que se llenaban con las crecidas del Nilo. Esto garantizaba el suministro de agua a la ciudad en la temporada más seca. El Serapeum era un inmenso recinto sagrado en honor de Serapis, el nuevo dios egipcio creado por la estirpe macedonia, con aspecto de Zeus, y fruto de la fusión entre Osiris y Apis.
Ptolomeo XII había dispuesto en su testamento que sus dos hijos, Cleopatra VII (de dieciocho años) y Ptolomeo XIII (de diez) gobernaran el país del Nilo, en igualdad de condiciones, tras su muerte. Roma serviría de árbitro y juez en las diferencias. Pero Ptolomeo expulsó del poder a Cleopatra, que reunió en Siria un ejército para combatir a su hermano. Cleopatra solicitó la ayuda de Roma, y se presentó ante César dentro de una alfombra enrollada. Pronto lo sedujo, y lo atrajo hacia su causa. Cleopatra reunía en sí el saber mistérico de los sacerdotes y médicos egipcios y el refinamiento cultural helénico. De nada sirvió que Ptolomeo intentara apaciguar a César presentándole la cabeza de su enemigo Pompeyo. César depuso a Ptolomeo y optó por Cleopatra como reina. Para evitar nuevas rebeldías, César ordenó incendiar las naves que había en el puerto de Alejandría, con tan adversa fortuna de quemar también gran parte de la famosa e insustituible biblioteca.
Con Cleopatra, César tuvo un hijo, Cesarión. Vivía Cleopatra entre los romanos cuando César murió asesinado, en el 44 a. C. Roma tenía a Cleopatra como a una peligrosa extranjera. Cleopatra marchó de regreso a Egipto. Pero sabía que debía atraerse a quien ostentara el nuevo poder. A Marco Antonio le correspondió el Mediterráneo oriental. La reina fue a verlo a Tarso, en una enorme y lujosísima galera. Se ganó la confianza y el amor incondicional de Antonio. Cuando Octavio, hijo adoptivo de César, supo de esta alianza, montó en cólera y declaró la guerra a la pareja. Antonio y Cleopatra tuvieron tiempo de engendrar tres hijos, antes de verse las caras con Augusto en Accio. Fue el dos de septiembre del 31 a. C. Las naves egipcias y romanas de Antonio fueron destruidas por las de Octavio. En el fragor del combate, Cleopatra se puso a salvo. Antonio la creyó muerta o desertora y se hirió a sí mismo. Al parecer, aún tuvo tiempo de morir en brazos de Cleopatra. Ante la llegada de los romanos, y la condena de Octavio y del Senado en pleno, Cleopatra se aisló con dos sirvientas en sus aposentos y se dio muerte de alguna forma; presumiblemente ingiriendo veneno –como sus criadas—o bien haciéndose morder por un áspid en el brazo. La calenturienta imaginación de los artistas del Renacimiento y del Barroco presenta a la reina haciéndose morder un pezón por la serpiente. Octavio, que la halló muerta, ordenó el mayor de los funerales para ambos enamorados, Marco Antonio y Cleopatra. Sus tumbas aún no han sido halladas por los arqueólogos.
Pero el mayor triunfo de la reina Cleopatra lo obtuvo después de muerta. Aunque solo una hija consiguió sobrevivir a la purga de Octavio, el arte, la moda y los estilos egipcios se impusieron en Roma y el resto de ciudades italianas, como Pompeya, donde se inauguró un templo al culto de la diosa Isis. Los motivos naturalistas egipcios –ibis, grullas, cocodrilos, lotos, papiros—decoraban las domi de los romanos. Por su parte, en Egipto, nombrada provincia romana, Octavio fue representado como un oferente en los relieves de los templos, como en el de Debod, que se trasladó luego a Madrid.
La completísima exposición que nos ofrece Arte Canal supone una verdadera inmersión, durante casi dos horas y media, en el mundo ptolemaico. Siete secciones constituyen el recorrido: “Egipto, tierra del Nilo”; “Los Ptolomeos, reyes de Egipto”; “La última reina de Egipto”; “Egipto en Roma”; “Cleopatra, inspiración de artistas”; “Cleopatra y las artes escénicas”; “La fascinación de Egipto en España”.
Los cinéfilos se recrearán en los lujosos vestidos que lució Elizabeth Taylor en Cleopatra (1963), de Joseph Leo Mankiewicz. Todos ellos confeccionados en seda e hilo de oro. También se puede ver la capa dorada de alas de buitre que llevó la actriz en la larga y ampulosa secuencia del recibimiento en Roma.

Pero, sobre todo, deslumbran y apabullan esos cientos de objetos originales que constituían la vida cotidiana en los palacios de Alejandría y en los salones de Roma. Los vasos de alabastro, los cuencos, las páteras, los anillos y brazaletes de oro con forma de serpiente enroscada, los camafeos, las urnas funerarias, las estatuillas votivas, los amuletos, las esculturas, relieves, téseras y pinturas al fresco, que han sobrevivido más de dos mil años y cuyo diseño rivaliza con los más cuidados objetos de joyería y hogar de nuestros días.
Nadie sabe de veras el aspecto real de Cleopatra VII. De ella, o inspiradas en ella y en sus divinas antecesoras, se conservan numerosos bustos que difieren entre sí. En esas efigies lo normal sería la idealización. Por eso se cree que los retratos más aproximados de la reina se encuentran en las monedas. En la numismática se la representa de perfil, con una nariz aguileña prominente.
Cleopatra… su solo nombre hechiza. Evoca las ruinas de su vida. Las arenas del desierto circundando la ciudad. Alejandría, tumba y oasis, cenit y gloria.

“Como preparada desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño…
Escucha con emoción, como último placer los sones
del cortejo misterioso,
y dile adiós a la Alejandría que te pierdes.”
(Apunte de un poema de Cavafis)
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.

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