“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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domingo, 28 de febrero de 2016

Diálogo entre los dos sistemas de concebir el mundo.


“Y mi universo es de nuevo como había sido antaño,

una pequeña isla de sufrimiento flotando

en un océano de indiferencia.”

(Sigmund Freud, 16 de junio de 1939)

Últimos días para ver La sesión final de Freud, del dramaturgo Mark St. Germain, en la sala Arapiles 16, patrocinada por la Fundación UNIR (Universidad Internacional de La Rioja).

3 de septiembre de 1939. Ante la negativa alemana de retirar sus fuerzas de Polonia, Gran Bretaña declara la guerra a Hitler. Ese día Sigmund Freud –padre del psicoanálisis—recibe en su despacho de su casa de Londres al escritor y catedrático católico C. S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia. Lewis, ateo originariamente, es un converso, y un decidido defensor de la fe, pese a las incongruencias de un Dios que parece permitir el dolor y la injusticia. Freud es un no creyente, que ve muchos males en esa religiosidad que a menudo adormece a los pueblos. El famoso psiquiatra, judío, ha tenido que abandonar Viena, donde los nazis queman sus libros. Se ha refugiado en tierra inglesa, pero va muy enfermo, pues un cáncer de boca terminal le está haciendo padecer seriamente. De hecho, Freud morirá tan solo veinte días más tarde, el 23 de septiembre, alrededor de las tres de la madrugada. Una despedida planificada entre él y su médico Max Schur. Tres oportunas sobredosis de morfina causarán primero un coma, y en seguida la muerte.
El 3 de septiembre, mientras su esposa y el ama de llaves han ido de compras, Freud abre la puerta al profesor de Oxford Lewis. El psiquiatra está molesto por las críticas del escritor a sus trabajos. Quiere debatir con él sobre si la vida tiene una razón o no. Para Freud la religión es un cuento reconfortante que los hombres de todas las culturas se han contado a sí mismos para suavizar lo inevitable: la aspereza de la muerte, y luego el vacío, la nada. No existe la trascendencia, ni se les pueden encontrar explicación a los infortunios del ser humano. El dolor es un mal que no tiene sentido. ¿Para qué puede querer un Dios que un niño muera de enfermedad? ¿Cuál es el sentido de ese golpe para sus familiares? Ninguno. La única que puede contrarrestar en algo lo absurdo del dolor es la Medicina como ciencia. Los médicos están en guerra contra el dolor.
Lewis, en cambio, intenta dar un sentido final al sufrimiento humano: este quizá sea la campana que Dios utiliza para que no se pierda la fe y la esperanza en otra vida “auténtica”. Para despertar las conciencias y combatir la cerrazón del hombre sobre sí mismo: su antropocentrismo.
A pesar de su desconfianza hacia el hecho religioso, Freud es un estudioso de las creencias y los tabúes como fenómeno multicultural. Colecciona valiosos ídolos y figuritas de culturas primitivas y antiguas, que adornan su pasillo. El carcinoma corroe su boca, carente de paladar, reemplazado por una incomodísima prótesis que le hiere y le hace sangrar constantemente.
Freud acusa a la teología de haber fustigado a la ciencia durante siglos, como en el caso Galileo. Lewis no exculpa los desmanes cometidos en nombre de la fe, pero contraataca asegurando que él no está resentido con los hombres de ciencia por no atinar o ponerse de acuerdo sobre ciertas cuestiones; la causa de la extinción de los dinosaurios, por ejemplo.
Freud ve en Cristo un lunático fracasado, cuya filosofía antivitalista provoca la laxitud y la indefensión: “--¿Poner la otra mejilla? Debería poner Polonia su otra mejilla a Hitler? ¿Debería amar a sus vecinos mientras los tanques alemanes aplastan sus casas? ¿O podría seguir el ejemplo de Cristo y aceptar su martirio, porque los mansos heredarán la tierra? ¡Desde luego que la heredarán, pero enterrados en ella! (Freud suelta su pañuelo. Su discurso se torna susurrante, su dolor aflora) ¿Piensa que es una coincidencia que Jesús exigiera a sus seguidores que fueran como niños para entrar en el Reino? ¡Es únicamente porque el hombre no ha madurado lo bastante como para admitir que está solo en el Universo, y que la religión hace del mundo una guardería! Tengo dos palabras para usted: ¡Madure!”

El vienés sigue en su ataque con la cuestión del mal. Si existe Dios, este ha permitido el Diablo, cuando lo más lógico es que quien es todo bien ponga fin a quien es todo perjuicio. Lewis responde que Dios no nos quiere autómatas obedientes, leales y sumisos, sino que nos da la oportunidad de elegir entre el bien y el mal. Y en un alarde de positivismo histórico, admite que el hombre ha creado sus propios males al margen de Dios y del Diablo. “El sufrimiento humano –dice—es la culpa del hombre”. A lo que Freud contesta con una pregunta que descoloca a Lewis: “¿Acaso me he causado yo mi propio cáncer? ¿O es la venganza de Dios la que me está matando?”
Evidentemente, asistimos a un torneo dialéctico interminable, como una correa sin fin. Pero en un instante muy crítico para la Historia de Europa, como es el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con las vidas que se cobraría, y a la vez, definitivo para un enfermo terminal condenado, esta disputa cobra especial intensidad y resonancia. Los niños parten hacia el campo, en trenes. Los convictos salen en masa de las cárceles, ante los próximos bombardeos. Cualquier desencuentro ideológico se antoja, en esos trágicos e inciertos momentos, banal. Freud, todo un genio, lúcido insumiso, enfrentado a un intelectual diletante como C. S. Lewis. Las simpatías del autor –y las del público—van hacia el genio austriaco, indudablemente. (Freud es uno de los mejores prosistas que he leído; resultan fascinantes sus ensayos de tema humanístico o científico. Tienen una redacción impecable.)
Confieso sentir debilidad hacia los dramas históricos con dos personajes antagónicos. Mi otra gran predilección teatral es ver a Lope y a Valle bien representados. Recuerdo con mucha satisfacción las últimas versiones de las obras de Jean-Claude Brisville, a cargo de Josep-María Flotats: La cena (Teatro Bellas Artes, 2004); El encuentro de Descartes con Pascal joven (Teatro Español, 2009). Me agrada la tensión del teatro donde el espectador puede escoger entre posturas morales o ideológicas diversas. Por eso, he acogido con enorme dicha esta pieza solvente de Mark St. Germain, más cuando viene impecablemente interpretada por Helio Pedregal –en el papel de Freud--, y por Eleazar Ortiz –en el de Lewis--. La caracterización, ademanes, inflexiones de Pedregal componen una plena reencarnación del médico vienés. Parece que Freud ha resucitado, y que está ante nosotros. La dirección corre a cargo de Tamzim Townsend, y la traducción se debe a Ignacio García May. Sobresaliente, también, la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda.
La sesión final de Freud, un grato descubrimiento. Un drama para recordar y revisitar siempre.

(A Marion Hall)

© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2016.
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Que sepamos, nunca se produjo un debate tal entre Sigmund Freud y C. S. Lewis. La obra de St. Germain es una ucronía –una impostura histórica--. El 3 de septiembre de 1939, Freud lo pasó en su casa, pero leyendo una carta de su discípulo y futuro biógrafo Ernest Jones. Los estudiosos de Freud para nada lo relacionan con C. S. Lewis. Sin embargo, un ensayo sirvió de fuente e inspiración a St. Germain: La cuestión de Dios: C.S. Lewis y Sigmund Freud debaten sobre Dios, Amor, Sexo y el sentido de la vida (Nueva York, Simon & Schuster, 2002), del Dr.  Armand M. Nicholi, Jr., psiquiatra y profesor en Harvard. Las dos contrapuestas figuras las utilizó Nicholi para representar posiciones-clave acerca de temas existenciales y emocionales de las civilizaciones humanas.
La sesión final de Freud (Freud’s Last Session) fue estrenada el 10 de junio de 2009, en Pittsfield (Massachussetts, Estados Unidos), por la compañía Barrington Stage, con dirección de Tyler Marchant. El reestreno en Nueva York (Marjorie S. Deane Little Theater) se produjo el 22 de julio de 2010. Contó con la misma dirección y protagonistas (Martin Rayner como Freud; Mark H. Dold como C. S. Lewis). Se estrenó en España en enero de 2015, en la sala pequeña del Teatro Español, con exacto montaje al que ahora se puede ver en la Sala Arapiles 16.
"Lewis y Freud a escena".
"La sesión final de Freud"_Programa UNIR.