“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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domingo, 13 de marzo de 2016

Rita.


Soberbiamente radiante se presentó Rita Maestre en el juzgado, con la serenidad de quien cree tener conquistado un lugar en la cumbre. Rita es bellísima, como lo prueba esta fotografía que publicó El Mundo (viernes, 19 de febrero). Es difícil presentar esta compostura ante el tribunal que te juzga. El talle erguido. Los ojos bajos, para no mirar a la juez. Tal vez con cierta humildad. Las manos enlazadas una con otra, como si se estuviera de oyente en una conferencia. Como bien señala Luis María Ansón, a esta llamativa figura puede esperarle un largo y prometedor futuro político.
Los hechos por lo que es ahora juzgada sucedieron en 2011, cuando ella era estudiante de Ciencias Políticas. Según su testimonio, se enteró de una protesta anticatólica en la cafetería de su Facultad, y decidió sumarse a la misma. Los manifestantes se dirigieron a la capilla del campus de Somosaguas, y entraron coreando consignas contra el culto. Al parecer, como ella ha reconocido, se quedó en sujetador y mostró su torso desnudo, algo que le parece que “no tiene por qué ser una cosa ofensiva”. Algunos de los participantes en esta algarada profirieron proclamas y gritos ofensivos para los creyentes católicos (y cristianos en general). No está atestiguado que ella coreara ninguna ofensa.
Es verdad que desnudos los hay hasta en la Capilla Sixtina, pero pintados sin ánimo de ofender, buscando la dimensión humanista que defendía el Renacimiento, como haciendo, además, de la Creación y del Juicio Final hechos fuera del tiempo, ajenos a las modas y a las distintas estéticas.
Vistos estos hechos en 2016, cinco años después –he aquí prueba de la rapidez de la justicia en España, que viene a castigar al adulto por las travesuras de niño--, Rita asegura que hoy no lo volvería a hacer, siendo como es cargo público. Ha adelantado mucho en estos cinco años. Más que otros en media vida.
La irrupción de ella, Rita, con su belleza y sus ganas de cambiar la realidad a su modo, de su grupo Ahora Madrid, de Podemos, de Ciudadanos y otras nuevas formaciones políticas, puede haber resultado positiva para nuestro país, con hasta hace poco esos dos grandes partidos endiosados, que han encubierto toneladas de corrupción y han hecho de la política un negocio, en vez de lo que debería ser: un servicio a la comunidad. Sucedió en el último tercio del siglo XIX: el turno de partidos, Liberal y Conservador, Sagasta y Cánovas en un férreo mano a mano. Aquel entendimiento entre dos pillos (o “cucos”, como los tildó Valle-Inclán) trajo un periodo de cierta estabilidad a España, pero tampoco pudo eludir la corrupción, ni el alzamiento de los primeros movimientos obreros por unos ideales de justicia social que no se habían tenido en cuenta. La Educación corría a cargo, mayoritariamente, de la Iglesia católica. Si no hubo más tasa de analfabetismo fue gracias a su labor. Con el socialismo, surgieron otros sistemas laicos, como el de la Institución Libre de Enseñanza, que significaron una alternativa importante. Aunque hemos de recordar que los mayores beneficiarios fueron los niños de clase media, o clase media alta, que luego de muchachos se alojarían en Pinar 21, la Residencia de Estudiantes. La II República puso en marcha las Misiones Pedagógicas, procurando enviar a los mejores maestros a las áreas más desfavorecidas de España. Pero el sistema educativo asentado de siglos era el de las órdenes religiosas. Un sistema que salió fortalecido al término de nuestra Guerra Civil.
La existencia de capillas en las Universidades es una secuela de que España hunde sus raíces históricas en el Catolicismo. Unas raíces exaltadas y promulgadas hasta la saciedad por el régimen del General Franco. El Catolicismo fue un baluarte histórico contra las invasiones de culturas que no nos pertenecían, como la islámica. La Iglesia fue un poder fáctico –aquí y en otros muchos países europeos--, pero también una garantía de salvaguarda de unos principios que nos alejan de la superchería de creencias idólatras, así como de un dios al que únicamente hay que temer y obedecer. Cristo habló de paz, de concordia, de amor al prójimo, de la disculpa de los errores y de las ofensas a través del perdón y la misericordia, del cuidado de los débiles, de la justicia social. Es cierto que los grandes jerarcas de la Iglesia han ignorado, y hasta mancillado, sus propias palabras. Pero no es menos verídico el sacrificio de muchos de los miembros de la Iglesia en beneficio de ese mensaje: todos los misioneros, las monjas que atienden a pobres y huérfanos, los curas de barriadas humildes, y cualquier sacerdote honesto que, mirando al fondo de una persona, consiga llevarle un poquito de serenidad, de amor y comprensión.

Los cristianos debemos perdonar, y perdonamos, aunque nos consternen, por inciviles, este tipo de acciones irreverentes. Y nos congratulamos en vivir, de momento y que sea así por siempre, en un país cuya tradición considera el arrepentimiento. Recordemos que, en otras partes, otras idiosincrasias menos tolerantes y más quisquillosas solucionan estas contestaciones a golpe de cimitarra.
Yo pienso que una capilla, que acoge unas creencias que no hacen mal a nadie, y que es símbolo de nuestra Historia, merece un respeto. Se sea o no creyente. Como hay que respetar, asimismo, los lugares de culto de otras religiones, siempre que las tales se muestren cordialmente respetuosas con un plan de convivencia y de paz.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.
Rita Maestre_Trotacapillas

sábado, 13 de febrero de 2016

Más cerca del misterio del Universo.


Hace muchos años, en 1988, hice para una asignatura de Filosofía un trabajo sobre la naturaleza del Universo según Giordano Bruno. Me fascinaba la historia de un hombre que, sin instrumentos de medición, con la única fuerza de su pensamiento, esbozó su teoría de un Universo en infinita expansión, que comprendía tanto lo inmensamente grande, como lo minúsculo, lo delicadamente pequeño. Lo más grande pudiera ser el colapso de la materia –la fusión de galaxias y de agujeros negros--; lo más reducido, la mecánica cuántica, los átomos, hadrones, quarks, leptones. Bruno no debió de estar muy lejos de la verdad. Arriesgarse a pensar de un modo libre y distinto le costó la vida. El 17 de febrero de 1600, en Roma, este antiguo fraile dominico de cincuenta y dos años, que coqueteó en sus buenos días con el protestantismo, fue atado a un poste, atravesada su lengua con alfileres –para impedirle hablar o gritar--, y quemado vivo. Era entonces Papa Clemente VIII.
Sí, leí Del Infinito Universo y los mundos (1584), donde desarrolla su idea de un espacio panteísta en continua expansión, sin motivo de principio ni de fin. Donde defiende que haya otros planetas habitados, similares al nuestro. Que la materia corporal de las cosas no cambia sustancialmente, sino que solo se transforma. Muda su apariencia. Me volví un devoto del nolano, a quien consideré, desde entonces, una mente privilegiada, una inteligencia asombrosa, desperdiciada por el contexto sociocultural en que le tocó vivir.
Soy católico y siempre he respetado, en la medida de lo posible, a mi Iglesia. Pero lamento que el dogmatismo haya estropeado a menudo tan buenas ideas y tan nobles hombres. Claro que sirva de consuelo que Bruno fue tildado de hereje apóstata tanto por católicos como por luteranos. Él mismo siempre desconfió del calvinismo, por considerarlo tan hermético y soberbio como cualquier otro sistema religioso del momento. Durante unos años, encontró acomodo entre los protestantes londinenses y germanos, pero sus ideas terminaron incomodando también a estos. Una pena.

El Teatro Valle-Inclán da la oportunidad de ver ahora una adaptación simplificada del Galileo Galilei de Bertolt Brecht. Se recupera el caso Galileo en la interpretación desenfadada de Ramón Fontserè, que le quita solemnidad al personaje, y su hierro a los inquisidores. Galileo observó la Luna y los satélites de Júpiter con un rudimentario telescopio, y pudo saber que los planetas no tienen luz propia, sino que reflejan la que reciben del Sol. No existen esferas de cristal que suspendan los planetas, en torno a la Tierra, porque en torno al propio Júpiter orbitan al menos tres pequeños satélites que varían de posición. Este movimiento tridimensional no sería posible si hubiera un cristal. La Tierra no es el centro del universo, sino que gira alrededor del Sol, y este quizá, a su vez, rota sobre sí mismo.

Con estas observaciones caían varios mitos. Primero, la supuesta ciencia infalible de Aristóteles no era tal. El gran clásico –pilar del tomismo—se equivocó. Segundo, Ptolomeo no construyó sino un escaparate de cristal rígido donde colgar todo lo del cielo, poniendo a la Tierra –madre del cordero de la Creación—en el centro.  A los padres de la Iglesia esto les vino divinamente –nunca mejor dicho—porque así aparecía el Papa y la cátedra de San Pedro en el único punto admisible y lógico: el núcleo de la esfera. Tercero: las ciencias adelantan que es una barbaridad muy bárbara. El hombre, libre de dictados y ataduras, mediante la razón, la observación y la experimentación, puede llegar casi donde quiera. Es decir, el conocimiento del mundo natural está en proceso, es una estructura variable. Se podrán poner puertas y cerrojos, pero, aun a través de las celosías, el hombre de ciencia siempre atisbará más allá. Y llegará más lejos, en el secreto de su taller o de su laboratorio. En dictamen genial de Giordano Bruno, “Si la verdad no se cambia es porque es aceptada, o no lo es, por la mayoría de la gente”.

Hoy la prensa ha publicado el último gran avance en el conocimiento e interpretación del cosmos, un descubrimiento largo tiempo anhelado, que corrobora la predicción de Albert Einstein. Ha sido, por fin, posible medir la levísima radiación de las ondas gravitacionales, unas perturbaciones del espacio-tiempo que se originan, por ejemplo, con la tempestuosa fusión de dos agujeros negros o bien por el estallido de una supernova. Si tiro una piedra en un recinto de agua estancada y perfectamente quieta, se originan de inmediato unas ondas exocéntricas que van perdiendo fuerza según se alejan del epicentro. Esas ondas terminan volviéndose indetectables a simple vista, pero siguen su andadura. De modo muy similar se comporta la energía desprendida de dos agujeros negros fusionados. Es muy leve, porque la condensación de la materia fagocita casi todo, no dejando escapar salvo una ligerísima impresión. Ayer, 11 de febrero de 2016, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, los detectores LIGO (Laser Interferometer Gravitational-wave Observatory) instalados en Livingston (Louisiana) y en Hanford (Washington, Estados Unidos), fueron capaces de medir las ondas gravitacionales producidas por el choque de dos agujeros negros, con una masa estimada en entre 29 y 36 veces la de nuestro Sol, que se produjo hace 1,3 billones de años. En una sola fracción de segundo una cantidad de masa de tres veces la del Sol quedó convertida en ondas gravitacionales. Las ondas gravitacionales son rugosidades en el espacio-tiempo.
El espacio-tiempo no es permanente, ni lineal, como lo suponía Newton, sino que varía por efecto de la masa. Se “curva”. O lo que es lo mismo: la luz, máximo valor de velocidad, no siempre sigue una línea recta. Se comba por las masas de los cuerpos celestes y su fuerza gravitatoria.
Einstein y el holandés Willem de Sitter (1872-1934) concibieron un Universo en constante expansión –con alejamiento progresivo de la materia estelar--, y a la vez recesivo. Las galaxias se separan desde la Gran Explosión, pero también, paradójicamente, se van frenando. Acaso por efecto de la materia oscura, esa parte no identificada del cosmos, que puede llegar a ocupar cerca del 90%, muy poco densa, y desprovista de fotones.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2016.