“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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martes, 27 de marzo de 2018

Privacidad.


El DRAE (Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua) define el término “privacidad”, en su segunda acepción, como “ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión.” Resulta el caso que el 6 de septiembre de 2016 publiqué yo, en mi canal de YouTube, nueve vídeos que recogían casi todo un recital de pasajes de zarzuelas que ofreció el Coro Lírico de Cantabria el 11 de agosto de 2016, en la localidad cántabra de Solares, concretamente en el Centro Cultural Ramón Pelayo (Medio Cudeyo). Yo mismo realicé la grabación. Me gusta la zarzuela, y los coros, y conocía a un miembro de la agrupación. Así que fui ese día con bastante tiempo sobrante, para inspeccionar el terreno, hablar con los responsables del auditorio, y preguntarles si tenían inconveniente en que grabara el evento. Me personé allí, era el primero en llegar, y encontré a la encargada de la sala. En un primer momento, al verme con el trípode para la cámara, pensaba ella que me enviaba el propio Coro Lírico. Le expliqué que no, que aunque conocía a un miembro del coro, se trataba de una iniciativa mía particular. Me contestó que como era un acto público en abierto (sin cobro de entrada), no había ningún inconveniente. Pocos minutos antes de que se abrieran las puertas del recinto –para mí y para todo el público--, salió fuera la persona que yo conocía, quien me aconsejó dónde situarme con la cámara, para obtener unas buenas imágenes. Me coloqué en el pasillo lateral izquierdo, de cara al escenario. El pasillo tenía una pasarela alzada añadida, lo que, llegado el caso, podría facilitar mi desplazamiento para resultar así más discreto aún. Una vez comenzado el recital, entraron tarde dos señoras, que bajaron por el pasillo donde yo tenía colocada la cámara, y sin reparar en ella por poco me la tiran al suelo; por eso, no pude luego aprovechar la primera intervención del coro.
La zarzuela es un género lírico español que se está perdiendo, porque interesa a poca gente joven. Es un tipo de música melódica no valorado hoy día por las nuevas generaciones. La zarzuela es la hermana menor de la ópera y la prima de la opereta, surgida en el imperio austrohúngaro en el siglo XIX, y adoptada después por la escena anglosajona (los musicales de Broadway y de Covent Garden). Pero, mientras que la ópera y la opereta siguen encontrando una notable aceptación en nuestro tiempo, porque siempre hay un público “chic” para la primera –lo que se traduce en un público culto amplio en el resto de Europa--, y porque la segunda se adapta muy bien a los gustos de las nuevas generaciones, con nuevos libretos y nuevas composiciones al caso, la zarzuela, con temas anclados en la sociedad tradicional decimonónica, anda muy de capa caída y con el pie en la tumba. Es por eso que me parece sumamente encomiable el esfuerzo de agrupaciones que, como el Coro Lírico de Cantabria, mantienen vivo el interés por incluir en sus repertorios temas de zarzuelas. El público de edad madura siempre lo vitorea, y hay algunos que, como yo, que ahora tengo cincuenta y un años, también lo disfrutamos mucho. La zarzuela tiene una música y una letra muy bonitas, que llegan con su hondo lirismo al corazón de cualquier persona sensible. Está claro que no tiene nada que ver con los estilos actuales, pero puede –y debe—continuar encontrando su rincón.
Mis vídeos pueden contribuir a acercar las iniciativas de dar a conocer la zarzuela al gran público que se sirve de YouTube y de otros medios de difusión por Internet. No hay nada malo en ello, creo, sino más bien todo lo contrario. Como cualquier otro montaje que sirva para estimular el conocimiento de otros géneros artísticos o musicales: baile, danza, ópera, opereta, vodevil, drama, comedia, concierto, sinfonía, música de cámara, etc., siempre que sus responsables no ofrezcan reparos para su grabación.
El dieciséis de marzo del presente año, alguien relacionado con el Coro Lírico de Cantabria me solicitó, a través del Messenger de mi página de Facebook, que procediera a retirar de YouTube esos nueve vídeos. Textualmente, me escribía esta persona: “Veo que tiene publicados varios vídeos de un concierto nuestro (Coro de Bohemios, Canción del Sembrador, Romanza de Simpson, Coro de la Murmuración y Coro de Románticos). Si bien fue un acto público y por supuesto sin prohibición expresa de grabación por nuestra parte, sí me gustaría pedirle que los retirase de las redes públicas y que no aparecieran en ningún sitio, ya que somos (o intentamos ser) bastante cuidadosos con estas cosas y mantener todos los vídeos publicados bajo supervisión. Sé que están grabados y publicados con la mejor de las intenciones, y desde luego que se lo agradecemos mucho, pero nos gustaría seguir manteniendo el control de todas las publicaciones en las que aparecemos. Sin más, un saludo y muchísimas gracias.” A esta persona que me escribe este mensaje no solo no le gusta la programación, y, en su derecho, “cambia de canal”, sino que llama a la cadena y exige que lo que se está en esos momentos emitiendo se altere e incluso desaparezca. Mi respuesta, por el mismo sistema de Messenger, fue la siguiente: “No voy a acceder a su petición, pues solicité permiso para grabar el concierto en el auditorio donde se ofreció. No se cobraba la entrada ni se restringieron las grabaciones en ese momento. Los vídeos llevan publicados ya bastante tiempo y me parece una forma bonita de dar a conocer el arte y talento de la agrupación coral, que mucha gente aprecia y respeta […] Sin otro particular, reciba mi atento saludo.”
Se da la curiosa circunstancia de que el propio Coro Lírico de Cantabria compartió mis vídeos en su página de Facebook, el 6 de septiembre de 2016, como atestigua la fotografía que muestro a continuación:
Los nueve vídeos de ese recital del Coro Lírico de Cantabria han recibido muy pocas visitas. En torno a trescientas. Fruto, seguramente, del ya comentado bajo interés que suscita hoy la zarzuela. En la página oficial del Coro Lírico de Cantabria (https://coroliricodecantabria.org) no hay ninguna disposición de Privacidad, ni ninguna restricción a grabaciones de las interpretaciones del grupo. 

Yo pensaba que mi respuesta, apoyando mi derecho a grabar y difundir imágenes de lo que fue un evento público en abierto, iba a poner en claro término este asunto. Pero al parecer no ha sido así, porque bien la misma persona que en Facebook me solicitaba la retirada de mis vídeos, o bien otra que alguna relación debe de tener con ella, puso en contra de ellos una reclamación de Privacidad en el Canal de YouTube. El jueves 22 de marzo me escribió el equipo de YouTube para informarme de dicha reclamación, sin decirme el quién ni el porqué, y dándome un plazo de cuarenta y ocho horas para revisar los nueve vídeos y efectuar en ellos las oportunas modificaciones, o incluso, proceder a su eliminación. Revisando la política de Privacidad del canal, comprobé que es aconsejable que no aparezca mencionada ninguna persona con su nombre y apellidos. Como consecuencia, para extremar precauciones, procedí a eliminar de uno de los vídeos el referente de quien me había aconsejado dónde emplazar la cámara durante el recital. Mantuve el nombre y apellidos de la directora del coro, puesto que se hallaba en el ejercicio de su cometido profesional. Descontando a quienes oficiaban de solistas, a ningún otro miembro del grupo se le señala con su nombre. La cámara se mantiene fija hacia el escenario, por lo que el público asistente no es identificable de un modo especial. Nadie del público, además, se ha quejado hasta ahora de ninguna de estas grabaciones.
El martes, 27 de marzo de 2018, el equipo de YouTube, a vuelta de mis oportunas alegaciones en defensa de la publicación de estos vídeos, ha considerado declararlos exentos de modificación y, por supuesto, de eliminación. Textualmente, el equipo escribe:
“Hemos revisado su reclamación y hemos decidido que el contenido se encuentra exento de eliminación de acuerdo con nuestras directrices de privacidad (puede encontrarlas en http://www.youtube.com/t/privacy_guidelines). El contenido no infringe nuestras políticas y seguirá publicado en el sitio. Muchas gracias por utilizar YouTube.”
Es decir, YouTube me otorga la razón y mi derecho a mantener publicados en mi canal estos nueve vídeos del Coro Lírico de Cantabria.
La RAE –como he señalado al principio—determina la “Privacidad” como “ámbito de la vida privada” con derecho a protección. Por ejemplo, supongamos que yo saco mi cámara a la calle y filmo a gente que va de un lado a otro. Luego voy y publico mi vídeo. Alguien que aparece en esas imágenes de pura casualidad lo ve y prefiere que no se le identifique en ellas. Reclama, y mi opción es o bien distorsionar su figura por medios técnicos, o bien cortar esa parte de la grabación, o incluso eliminarla del todo. Pero estamos hablando, en este caso concreto, de una actuación pública de una agrupación coral, cuyos miembros, mayores de edad, evidentemente, van a ser vistos, oídos y hasta identificados por el público asistente. Salen a un escenario y ofrecen su buen arte para deleite de los aficionados. No es su vida privada la que interesa ni se ve afectada en ese tiempo, sino su vida pública, como intérpretes de un grupo coral. Nada que atente, por tanto, a la Privacidad.
Yo he publicado actuaciones de otros grupos y, francamente, esta es la primera reclamación que he tenido. Por lo general, son vídeos muy aceptados, pues sirven de promoción gratuita a esos grupos artísticos.
Esperemos que la persona que ha puesto esa denuncia de Privacidad en YouTube se dé por bien contestada y comience a evaluar la realidad de otra manera, más positiva para todos. 
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2018.

sábado, 24 de marzo de 2018

El derecho a soñar otra España.


«La política maneja realidades que el político no elige. Maneja hombres, pasiones, que no se recortan a su capricho. Conducir hombres es muy distinto de escribir comedias.» (Manuel Azaña)
José Luis Gómez vuelve a poner voz y rostro a Miguel Azaña Díaz (1880-1940), histórico baluarte de nuestra II República, jurista e intelectual metido a político. En la misma línea de nuestros ilustrados y de Larra, romántico que retomó el testigo de la defensa del bien común, Azaña soñaba con un Estado republicano que contentara los intereses de todos –burgueses liberales y proletarios—y que sirviera para educar a las masas, para alejar al pueblo español de su atraso y su ignorancia. Fernando de los Ríos –a la sazón, padrino de Federico García Lorca—escuchó sus deseos y puso en marcha las Misiones Pedagógicas y La Barraca, teatro universitario ambulante. 
“La República será democrática, o no será”. La República vino a sustituir el poder desgastado de una monarquía que había confiado al brazo castrense los destinos del país. Y eso que el PSOE llegó a mostrar sus simpatías por ciertas decisiones de Miguel Primo de Rivera, el dictador que había desterrado a Unamuno a Fuerteventura. El principal escollo contra el que chocaba la bravura democrática del toro opositor fue la casi nula tradición republicana de España. La tradición regia, y además católica, pesaba mucho. El catolicismo dominaba la enseñanza y cuadraba las mentes a su medida. El personaje de Lázaro, de la excepcional San Manuel Bueno, mártir (1931), no puede enviar a su hermana Ángela a estudiar a una buena escuela laica porque no las hay; ha de conformarse con costearle una formación en un colegio de monjas, para que se pueda distinguir del aire embrutecido de la aldea. Cuando los laicistas toman el poder el 14 de abril de 1931, intentan favorecer un sistema nuevo de enseñanza, al socaire de Francisco Giner de los Ríos y de Alberto Jiménez Fraud. Paralelamente se hicieron fallas de algunos conventos e iglesias, y se persiguió a algunos curas que se querían entrometer en el diseño de la escuela pública nacional, como acaeció con el Padre Poveda, tristemente fusilado ante las tapias del cementerio del Este en julio de 1936.
Levantar una nueva España, tolerante, abierta, soberana de sí misma, no era tarea fácil. Más teniendo en cuenta que las izquierdas querían proscribir cualquier signo de tradicionalismo –cuartel, orden y crucifijo—y las derechas –no dispuestas a ceder ni un palmo—iban a poner desde un principio la zancadilla al proyecto de II República española. Los enfrentamientos dialécticos en el Congreso entre Azaña y Lerroux fueron evidente testimonio de este divorcio perenne entre “las dos Españas” machadianas. Varios grupos irreconciliables cuya cerrazón e intolerancia llevarían al país a una sangrienta e inútil Guerra Civil, como inútiles son todas las guerras, una vez valoradas desde la paz.
Discurso de las tres pes (voz original de Manuel Azaña)
A Azaña y a los ideólogos de la II República el proyecto se les fue de las manos. Había demasiados intereses enfrentados, incluso en el seno de las propias filas de los partidos en el poder. Esto se constató sobremanera en el primer año de Guerra Civil, cuando al gobierno de Azaña le costó Dios y ayuda sembrar disciplina entre las milicias populares. La desunión, el constante enfrentamiento interno, fue hábilmente aprovechado por el ejército profesional insurrecto, que rápidamente ganó terreno y se comenzó a imponer en la contienda. De hecho, las principales maniobras del ejército republicano resultaron meramente defensivas o de distracción.

Cuando tocó armar a pueblerinos, lo primero que estos hicieron al llegar a Madrid fue asaltar las casas del barrio de Salamanca, saqueando y violando a placer. Lo atestigua Agustín de Foxá en su valleinclanesca narración Madrid, de Corte a checa (1938). La prodigalidad revanchista de los tildados como “facciosos” azotaría España hasta varios años después de acabada la guerra: cárceles, juicios sumarísimos, ejecuciones, depuraciones, imposiciones y deposiciones. Excelentes iniciativas en el campo de la enseñanza laica, en los derechos y libertades civiles, en la incorporación de la mujer al mundo laboral, en el progreso de la Ciencia, en el desarrollo vanguardista y experimental de las artes y de la Cultura, fueron purgados con aceite de ricino y hasta indignamente extirpados de la sociedad española.
Personalmente, no me cabe concebir ninguna España que prescinda de la otra media, puesto que los mejores vinos se logran a partir del cruce de diversos sarmientos. La II República nació enfrentada, agriamente dividida, apartada de la forja de una empresa común. Escribe José Luis Gómez en su presentación del monólogo que «Patria, etimológicamente, es el lugar donde uno nace y nacieron los padres; al concepto de nación, que María Moliner define como la comunidad de personas que viven en un territorio, regido por el mismo Gobierno y unidos por lazos étnicos o de historia, habría quizás que añadir “compartiendo un mismo proyecto colectivo”; y la lealtad a ese proyecto colectivo, que se dota de un orden jurídico democráticamente acordado, está muy cerca del patriotismo constitucional del que habla Jürgen Habermas: tras el “espíritu republicano” de Azaña late, quizás, ese “patriotismo constitucional” que tanto nos puede ayudar en el tiempo presente.» La paradoja es que, en 1931 y años sucesivos, había varia gente que hablaba de que había que hacer cundir en España una empresa colectiva. Pero a costa de que siempre unos represaliaran a los otros y de que se recurriera a la dialéctica de los puños y de las pistolas. 
En cierta manera, Azaña fue un ideólogo ingenuo, un soñador para un pueblo con su identidad escabrosamente disociada de la tradición y, por ello, en entredicho. Cuando el 13 de octubre de 1931, desde su cargo de Ministro de la Guerra, arremete en las Cortes contra las órdenes religiosas, lo hace pensando que el catolicismo no es ya la impronta de pensamiento que cunde en esos momentos en Europa. No aboga por suprimir esas órdenes, sí por limitar su grado de influencia, sobre todo en el ámbito de la Enseñanza, porque veía que España necesitaba otras formas de pensar, una educación más volcada en los aspectos técnicos y científicos que conllevaba la modernidad. Hay una enorme nobleza y una gran conveniencia en la determinación de Azaña. El problema es que la España más reaccionaria nunca podría entender, ni menos tolerar, esa propuesta. En los países latinos mediterráneos (Grecia, Italia, España, Portugal) el peso de las creencias tradicionales era tan denso que volvía imposible cualquier cambio que se considerara “alienante”. Por ese motivo, Azaña estaba “desenfocado”, estaba planteando algo que muy difícilmente podría brotar en el seno materno de la sociedad española.

José Luis Gómez vuelve a mostrar toda su entereza y su profesionalidad como actor al recrear a Azaña, un personaje histórico “de enormes posibilidades teatrales”. Lo hace con un montaje austero, minimalista, cuatro sillas giratorias de madera junto a sus correspondientes ceniceros (era Azaña un fumador compulsivo), con el recurso quizá ya demasiado utilizado en el presente de los papeles leídos que se van desparramando por el suelo. No faltan guiños a la actualidad política de España, al traer a colación el problema del independentismo catalán, que tanto amargó a Azaña también. La experiencia alemana del actor se plasma en algún momento aislado con efecto de distanciamiento, a lo Brecht (“recuerdo al público que yo soy un actor que presto mi voz al personaje de Azaña”).
En verdad, un monólogo necesario para recordarnos la figura emblemática de Manuel Azaña Díaz, y sugerirnos su lectura.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2018.
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Azaña, una pasión española, por José Luis Gómez, según selección de textos y adaptación de José María Marco, en Teatro La Abadía (C/ Fernández de los Ríos, 42, Madrid). Hasta el 25 de marzo (2018).

domingo, 4 de febrero de 2018

Solo Dios tiene derecho a despertarme.


Con esta oración finaliza la tragicomedia de Óscar. O la felicidad de existir, basada en el libro de Érich-Emmanuel Schmitt Oscar y la Dama de Rosa (2002), que el director Juan Carlos Pérez de la Fuente ha llevado al Teatro Arapiles 16 de Madrid, contando con el magistral talento de la actriz Yolanda Ulloa. La única intérprete se desdobla en varios personajes, casi todos niños que pueblan la sección infantil de un hospital.
Esta obra es la historia de Óscar, el “Cabeza Huevo”, un niño de diez años, enfermo terminal de leucemia, y de su consoladora amistad con una mujer voluntaria, Mami Rosa. Mami Rosa se inventa que ha sido campeona de lucha libre e insta al niño a desahogar su pena escribiendo todos los días a Dios. Porque, si es cierto que Papá Noel no existe, no es menos verdad que Dios sí. Que nos escucha y a veces hace una visita a nuestro pensamiento.
Óscar se aplica a escribirle a Dios, confiándole su experiencia con sus amigos y sus deseos. Por allí se asoman el Palomitas, el Bacon, el Einstein, y la deliciosa Peggy Blue, llamada así por el tono poco oxigenado de sus venas. Un día Óscar se entera de que ya no va a vivir más, y se queja de esa injusticia. Porque sus padres se morirán, y Mami Rosa también, pero él lo hará primero, sin apenas confesar que ha vivido.
Mami Rosa lo conduce a la capilla del hospital y le muestra el crucifijo. El Hijo de Dios se enfrentó a la muerte para darnos esperanza de que se la puede vencer. Y que no hay que temer a lo desconocido –como sí lo hace Hamlet en su monólogo—sino abrazarlo con curiosidad, como algo que tenemos que conocer. A la muerte –aunque nos cueste mucho—hay que naturalizarla, ya que forma parte de la vida de los seres.
Mami Rosa sugiere a Óscar que piense y crea que cada día que viva de los próximos doce, cumplirá diez años más. Así se irá con ciento veinte años cumplidos, todo un veterano de este mundo. Óscar le hace caso, y los estragos de la leucemia sobre su cuerpo se confunden con los signos de la madurez y de la vejez. 
A medida que seguimos la representación –que Yolanda Ulloa vuelve completamente hipnótica, divertida y creíble—nos hacemos la película de la historia en nuestra cabeza. Tras un despertar, Óscar contempla la luz por la ventana como si fuera la primera vez, y lo que ve lo deja fascinado; quizá sea la preparación necesaria para cuando llegue en breve el instante del tránsito a ese país ignorado que solo hay que recordar. El texto de Schmitt es una pequeña maravilla. Juan Carlos Pérez de la Fuente acariciaba este proyecto desde hacía tiempo, e incluso había contado en su momento con las figuras de María Jesús Valdés y Ana Diosdado para el monólogo de Mami Rosa. 
Dios puede ser quien nos acompaña y quien nos espera. O puede ser esa quimera de mágico consuelo, “ese servicio que el hombre inventa para el hombre”. En su primera carta, el niño se cuestiona la existencia de ese ente cuya dirección postal nadie conoce. Pero pronto siente que escribirle le reporta un beneficio espiritual, y llega a cerrar sus misivas con una anhelante posdata. Más allá del placer de vivir, Mami Rosa lleva a Óscar a creer en algo trascendente. Y a disfrutar de sus últimos días con sensación de plenitud, y sin reproches.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2018.

* Obras de Érich-Emmanuel Schmitt en español:

Cartas a Dios. Óscar y la Dama de Rosa, Booket, 2017, ISBN 978-84-08-16681-8

El Señor Ibrahim y las flores del Corán, Booket, 2017, ISBN 978-84-08-16666-5

Concierto a la memoria de un ángel, Booket, 2014, ISBN 978-84-233-4755-1

La mujer del espejo, Alevosía, 2013, ISBN 978-84-15608-36-3

El libro más bello del mundo y otras historias, Booket, 2012, ISBN 978-84-233-2075-2

Milarepa, Ediciones Obelisco, 2003, ISBN 978-84-7720-987-4
El evangelio según Pilatos, Edaf, 2001, ISBN 978-84-414-0892-0


lunes, 11 de diciembre de 2017

Auschwitz, la fábrica de la muerte.

El topónimo Auschwitz, en Polonia, se ha convertido a nivel mundial en sinónimo de horror. La masacre programada de más de un millón cien mil personas, la mayoría de etnia judía, por parte de las autoridades nazis del Tercer Reich. Frío extremo, hambre, plagas, trabajo a menudo inútil (como trasladar enormes piedras de un lugar a otro sin sentido), experimentos médicos, palizas, torturas, vejaciones continuas, separaciones forzosas, expoliaciones, hacinamientos, todo ello conformaba el paraíso de este campo de exterminio gigantesco, donde el lema principal era “El trabajo libera”. Una vez que Alemania y la URSS se repartieron Polonia, Himmler ordenó aprovechar unos antiguos barracones del ejército polaco para construir un campo de internamiento masivo. Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, fue el encargado de eliminar con prontitud eficiente, casi inusitada, a varios miles de personas al día, que llegaban en largos convoyes de unos cuarenta y siete vagones de ganado. A Höss, quien había visitado Treblinka y sus cámaras de monóxido de carbono, solo aptas para unas doscientas personas, se le ocurrió la idea de utilizar Zyklon-B, un insecticida comercial muy tóxico, aplicado en la desinfección de ropa, para asesinar gente en masa. Lo probó con unos prisioneros rusos, y los cristales funcionaron. Inmediatamente se levantó una cámara de gas, con crematorio aledaño, que después fue trasladada a  la ampliación de Auschwitz: Birkenau. Allí se diseñaron otras cuatro salas de asfixia con sus hornos respectivos. Las chimeneas no paraban de emitir residuos de ceniza al cielo. Noche y día. Sin descanso. La atmósfera era nauseabunda, irrespirable, casi ya en el propio apeadero de tren del campo. Cuando los prisioneros descendían de los vagones, lo primero que notaban era que allí no se podía respirar, por un olor fortísimo y penetrante. De inmediato, los perros azuzando a los recién llegados, los guardias gritando las órdenes, y formando las filas de selección. Los focos deslumbraban. Los niños, los ancianos y los enfermos, directamente al grupo destinado a la cámara de gas. Los jóvenes, los hombres y las mujeres sanas, al corte de pelo, el tatuaje y el barracón correspondiente. Bienvenidos al Infierno.
Hitler odiaba a los judíos. No los consideraba alemanes, ni con derecho a ninguna nacionalidad. Era el pueblo errante, eternamente exiliado. Al no albergar en ellos un claro y profundo sentimiento patriótico, y al distinguirse voluntariamente de la población general, se consideraba que trabajaban únicamente por sus propios intereses, y no por el beneficio común. Los judíos de todos los países se apoyaban mutuamente, para asegurarse el control de las finanzas y de los medios de producción. Movían los capitales y las fuerzas humanas a su antojo. Hacían y deshacían naciones a su capricho. Eran un azote que sometía a todo el mundo. Hitler los llegó a calificar de “virus”. Naturalmente, no hizo sino aprovechar ideas que habían resurgido con mucha intensidad en Alemania a finales del siglo XIX. Tanto Richard Wagner, compositor de óperas, como F. Nietzsche, filósofo, fueron profundamente antisemitas. La crisis económica, abismal y sin solución, que atravesaba la República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial, agudizó estos sentimientos de que el extraño, el extranjero, nos viene a quitar lo nuestro. Por otra parte, el ascenso del bolchevismo y de los partidos obreros radicales de izquierda, encrespó aún más los ánimos revanchistas y de ajustes de cuentas con parte de la propia sociedad germana. El dinero en papel no valía nada. Para comprar una sola barra de pan había que acudir con bolsas enormes repletas de cientos de billetes sin apenas valor. La inflación era tremenda; el empleo, volátil o escaseaba. 
Hitler se apoyó en empresarios arios para llevar a cabo sus proyectos y reformas de la sociedad. Su propósito era anular para siempre las castas y las clases sociales, uniformizando Alemania (y de paso, Austria) y obligando a cada ciudadano a participar en una idea común de fortaleza, de superioridad racial, de supremacía y poderío sobre todas las naciones (como reza aún el himno alemán). Una vez emprendida y con el tiempo consolidada la “causa común”, se llegaría a un Reich próspero que duraría, al menos, mil años. Ese era el sueño de Hitler.
Pero la solución al desempleo llegó no solo con la construcción de autopistas, carreteras y complejos residenciales y vacacionales para la clase proletaria, sino, especialmente, con el velado rearme del ejército germano. Las industrias alemanas –saltándose la prohibición—se aplicaron a diseñar y fabricar en serie nuevos cazas y bombarderos, nuevas bombas incendiarias (algunas, probadas en la población vasca de Guernica), nuevos obuses, ametralladoras, tanques, sumergibles y cuanto material bélico cupiera imaginar. La Alemania de Hitler se preparaba para la guerra, aunque el caudillo hablara cínicamente de paz y de concordia. Su propósito era invadir Europa y someterla a la disciplina nacionalsocialista. Y de paso, limpiarla de judíos, de homosexuales, de débiles mentales, de masones, comunistas y rivales políticos. Había que acabar con todos los indeseables y los promotores de un arte y unas costumbres “degeneradas”. La raza aria necesitaba conquistar su espacio vital. Solo el ario perfecto debía permanecer y mandar. La doctrina fascista, brotada de un nacionalismo intolerante, excluyente y acérrimo, pisaba fuerte con su bota en Europa.
De todo esto ofrece testimonio la exposición itinerante que en diciembre se ha inaugurado en Madrid, en el Centro Arte Canal (Plaza de Castilla). Lleva por título “AUSCHWITZ. NO HACE MUCHO. NO MUY LEJOS” y está a cargo de MUSEALIA. Más de seiscientos objetos procedentes directamente del museo de Auschwitz – Birkenau, completados con abundantes vídeos y fotografías. Tres horas largas de recorrido por la más terrible historia de la Alemania nazi. Una visita instructiva, de inmersión en las técnicas delirantes del nacionalismo racista, cuyo mayor mérito estriba en acercarnos la realidad de un campo de exterminio a nuestra ciudad, a nuestras mentes y corazones. Quizá quien haya visitado Auschwitz no necesite acudir a ver esta muestra, porque habrá mascado el horror del exterminio en su origen. Es más bien para los jóvenes que no hayan leído mucho sobre la Shoa (Holocausto) y para cualquier persona sensibilizada con la Historia reciente de Europa. Aunque resulte dura, conviene llevar a los niños mayores de doce o trece años, para que vean con sus ojos lo que ocurrió una vez, y que nunca debe repetirse. O somos conscientes de los errores y fijaciones de nuestro pasado, o los volveremos a reiterar en nuestro futuro. De hecho, ya ha habido después de Auschwitz otras masacres inhumanas: la Camboya de los jemeres rojos y Pol Pot, hutus contra tutsis, los bosnios musulmanes de Srebrenica (julio de 1995). La barbarie étnica y el fanatismo violento continúan; no descansan.
Es por eso que debemos tener muy presente lo ocurrido en Auschwitz y en los demás campos de exterminio nazis. Nadie es un pura sangre. Todos llevamos mezcla de múltiples etnias. El error del nacionalismo racial es ignorar o tratar de solapar este hecho, y alimentar el odio injustificado contra quien, acaso, también es hermano.
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Para aproximarse a lo que fue Auschwitz, con todo su horror, se pueden tan solo visionar los treinta minutos del documental Noche y niebla, de Alain Resnais, filmado en color en 1956. Quien quiera adquirir un conocimiento más amplio, debe ver Shoa, el estremecedor documental de nueve horas, con entrevistas a supervivientes y guardianes, realizado por Claude Lanzmann en 1985. Igualmente, resulta ilustrativa la serie documental Auschwitz, los nazis y la Solución Final (seis episodios más un anexo: La fábrica de la muerte). Para enterarse de quiénes ayudaron a algunos judíos a escapar del Holocausto, es excelente, a modo de ejemplo, el documental La encrucijada de Ángel Sanz-Briz (España, 2017), historia del diplomático español destacado en la embajada de Budapest, quien extendió más de doscientos pasaportes (algunos, familiares) y múltiples salvoconductos a judíos del gueto. Se asegura que su iniciativa particular (ajena al gobierno franquista de entonces) salvó a cerca de 5.500 personas. El número de largometrajes que han abordado el tema de los campos nazis es interminable. Los mejores, la serie de televisión Holocausto (1978, ganadora de dos Globos de Oro), La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1982, con la excelente interpretación de Meryl Streep), La escapada de Sobibor (Jack Gold, 1987), El triunfo del espíritu (Robert M. Young, 1989), La zona gris (Tim Blake Nelson, 2001, con Harvey Keitel) y, por supuesto, la obra maestra de Steven Spielberg, La lista de Schindler (1993). Sobre la conferencia de Wannsee, del 20 de enero de 1942, puede verse la recreación de la BBC-HBO La solución final (Conspiracy, Frank Pierson, 2001, con Colin Firth y Kenneth Branagh). Acerca del exterminio de personas de etnia zíngara, se ha rodado Y los violines dejaron de sonar (Alexander Ramati, 1988, también novela suya). Indirectamente, han tocado el tema Vencedores o vencidos (Judgement at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961) y Nuremberg (2000, con Brian Cox y Alec Baldwin). Sobre la honda crisis alemana durante la República de Weimar es imprescindible El huevo de la serpiente (Ormens ägg/ Das Schlangenei, 1977), maravilloso filme de Ingmar Bergman, con David Carradine y Liv Ullmann. Puede completarse con la revisión, una vez más, de Cabaret (Bob Fosse, 1972), basada en la novela Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, sobre el ascenso del nazismo y sus repercusiones en la sociedad y los espectáculos. Asimismo, para el problema económico de la posguerra alemana, es de oportuna lectura el relato breve de Stefan Zweig La colección invisible (1929), que trata la historia de un coleccionista de grabados notables, víctima de una ceguera espontánea,  cuya familia los sustituye por burdas copias para vender los originales y así poder comer.
En cuanto a bibliografía, esta es muy amplia también. Destacan los dos estudios del escocés Laurence Rees: Auschwitz. Los nazis y la “solución final” (Crítica, 2005) y El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos (Crítica, 2017). De Isaac Bensalom, Auschwitz. Los campos de exterminio nazis (Ultramar, 1993). De Ignacio Mata Maeso, Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto (Ediciones B, 2007), dedicado a su tío abuelo Alfonso Maeso Huerta, casi cuatro años prisionero en el famoso campo austriaco. A propósito de los verdugos y torturadores, hay un libro, soberbio, de imprescindible lectura: Bestias nazis. Los verdugos de las SS, de Jesús Hernández (Melusina, 2013).
© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2017.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Mucha vale mucho.


En el Palacio de Gaviria (C/ Arenal, 9, Madrid) se puede admirar y disfrutar el arte de Alphonse Mucha (pronúnciese “Muja”), un pintor y cartelista checo que impulsó el Art Nouveau. Es una muestra antológica de doscientas obras, dignas de contemplar en el enclave idóneo de este edificio neoclásico, cuyas vidrieras y aseos modernistas entonan adecuadamente con el estilo Mucha.
Mucha (Ivancice, Moravia, 1860 – Praga, 1939) es un nombre apenas celebrado por el gran público. Pero quizá nadie, al menos una vez en su vida, ha dejado de encontrarse con una reproducción de alguna obra suya, bien un cartel, o bien una caja de galletas. Fue el primer artista en democratizar y popularizar su arte por los barrios de París, donde residió. Como el también grande y al mismo tiempo lastimero Toulouse-Lautrec, Mucha se ganó la vida con la publicidad de locales, ampliándola además a ilustraciones para libros, cajas, estuches, perfumes, menús, y todo lo imaginario vendible que pudiera ser decorado con sus lápices y pinceles. Fue un gran publicista, de los primeros que hubo en Europa, y que se dio cuenta de que un producto tiene que entrar, primero, por los ojos. Se codicia lo que se ve. Mucha venía de estudiar en Múnich, y con veintiocho años se plantó junto al Sena, entre ese pueblo parisino abierto al cosmopolitismo que le iba a dar de comer. En la Navidad de 1895, una celebérrima actriz de teatro, Sarah Bernhardt, estaba desesperada porque no encontraba ningún talento que vendiera bien su imagen. Mucha se enteró de los deseos de la divina y diseñó una imagen de ella, de cuerpo entero, sosteniendo una palma en la mano. Era el cartel para Gismonda. Cuando la actriz lo vio, recibió a Alphonse en su camarín privado y, fascinada, lo abrazó y le dijo que la había hecho inmortal. Seguidamente, le extendió un contrato por seis años para realizar toda la cartelería de sus estrenos, así como el diseño del vestuario y de parte de los decorados. El contrato con la Bernhardt catapultó a Alphonse al Olimpo y pronto rebasó fronteras y fue conocido y cotizado internacionalmente.
Para Sarah Bernhardt Mucha ejecutó composiciones de signo andrógino: un Hamlet y un Lorenzaccio (ver) interpretados por una mujer de pelo corto y con facciones masculinizadas. Resulta verdaderamente inquietante y estremecedor su cartel de Medea, con su mirada de febril enloquecimiento, su postura altanera y las muñecas cogidas, mientras su mano derecha declina una larga daga.
Mucha compartió estudio con Paul Gauguin, a quien fotografió tocando el armonio sin pantalones. Diseñó alhajas para el joyero Georges Fouquet. Se casó en 1906 con una alumna suya de dibujo, su compatriota Marie Chytilová (Maruska), más joven que él (25 años ella, y 46 el pintor). A la hija de ambos, Jaroslava (nacida en Nueva York, en marzo de 1909), la retrató varias veces.
El estilo Mucha se caracteriza por la primacía del dibujo sobre la pintura, por el dominio de las curvas, y por su tendencia a ensalzar la elegancia y finura del cuerpo femenino, convirtiendo a cada mujer en una diosa. La cabellera es una parte fundamental del físico: larga, ondulada, rubia, parda o pelirroja. Los hombros, descubiertos, en un grito de sensualidad. Los labios perfectos. El cutis inmaculado, como de sirena en mascarón de proa. La dama enmarcada en un bosque de azucenas, lirios o de camelias. Este recurso de los motivos florales como marco lo pudo tomar Mucha de artistas británicos, como William Morris (1834-1896), socialista utópico como H.G. Wells, quien se especializó en papeles pintados y telas estampadas con temas naturalistas.
Pero Mucha era un patriota eslavo. Aceptó decorar el pabellón bosnio en la Exposición Universal de París de 1900, porque era un encargo importante. De hecho, lo hizo tan bien que fue condecorado por el emperador Francisco José, dueño y señor del imperio austrohúngaro. Cuando marchó a Estados Unidos, no cejó en su empeño de conseguir un mecenas que le financiara su Epopeya Eslava, veinte futuros lienzos enormes, ciclópeos, colosales, donde Mucha iba a desarrollar otras tantas escenas emblemáticas de la Historia y la Cultura de su pueblo. Se trataba de mezclar la verdad con la épica de los mitos y las leyendas medievales, quizá influenciado por lo que pudo ver cerca de Múnich, en Neuschwanstein, el fastuoso castillo de cuento de hadas ideado por Luis II de Baviera. Inclinación bizantina, tonos dorados, en los frescos de Wilhelm Hauschild. Las sagas de las pinturas murales de Tristán e Isolda, Sigurd, Gudrun, Parsifal, Lohengrin o Tannhauser, debieron de inspirar igualmente el futuro trabajo nacionalista de Mucha. Su obra patriótica tuvo que ocultarse durante la ocupación nazi de Checoslovaquia, para que no fuera destruida.
Alphonse Mucha ingresó en la Masonería francesa. Imbuido de la Teosofía, creía y confiaba en la Concordia universal de todas las naciones. La Sabiduría, como buen masón, era para él el principal baluarte del Gran Edificio. Cuando al final de siglo entró en crisis el positivismo, Mucha se dejó seducir por corrientes espiritistas. Su segunda pasión era la fotografía (que, a su parecer, terminaría desplazando a las artes figurativas); en alguno de sus autorretratos practicó la doble exposición de la misma placa, de modo que aparece un cuerpo evanescente al positivar. Como un fantasma. 
En 1936, Alphonse escribió sus memorias, Tres declaraciones sobre mi vida y mi obra. El Museo Jeu de Paume le tributó ese año una exposición junto al también checo Frantisek Kupka (1871-1957). Mucha murió de pulmonía en Praga, tras ser encarcelado e interrogado por la Gestapo. Iba a cumplir entonces setenta y nueve años.
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2017.
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[El Art Nouveau comprende, en líneas generales, las dos últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del XX. Sus raíces hay que hallarlas en el posromanticismo, el prerrafaelismo británico y el simbolismo francés. Se extendió rápidamente a las artes decorativas: todo objeto de uso corriente es merecedor de una atención artística esmerada. Mucha no fue el único creador del nuevo estilo: en Francia lo impulsan tanto el diseñador Émile Gallé como el arquitecto Héctor Guimard (discípulo, a su vez, del modernista belga Víctor Horta). Guimard fue el diseñador de las mamparas modernistas de acceso al Metro de París.
Se desarrolló un arte pictórico efímero, apto para decorar fachadas y llamar la atención sobre productos y eventos. En esta línea trabajaron Armand Séguin y Louis Anquetin. En escultura se apuntó al movimiento rompedor Georges Lacombe.
En Francia se llevó la decoración modernista al vidrio –con Henry Cros--, la cerámica –Thorvald Bindesboll—y la joyería de René Lalique. La encuadernación de lujo llegó a su maestría con Eugène Grasset. Las paredes interiores de las casas solían entelarse con motivos chinescos u orientales.
En otros países surgieron, igualmente, artistas innovadores: el arquitecto Antonio Gaudí, en España; el vidriero Köpping y el impresor Eckman en Alemania; el pintor y tipógrafo William Morris en Inglaterra, donde también se abrieron las pinturas de Walter Crane.]

lunes, 6 de noviembre de 2017

Pon la megafonía.


No sin verdadera malevolencia se dice a veces que se conservan tantas astillas de la cruz de Cristo como para reconstruir un bosque entero. Y tantas gotas destiladas del pecho de la Virgen como para montar una central lechera.
Con el tercer secreto de Fátima parece querer ocurrir algo parecido. Que se sepa, y hasta la fecha, se han difundido tres versiones totalmente distintas del mismo. Las dos más conocidas y comentadas las incluíamos hace unos días bajo el epígrafe “El tiempo y el momento”. Pero el tercer presunto testimonio es bastante menos conocido, y lo ofrece el periodista José María Zavala en su libro El secreto mejor guardado de Fátima. Una investigación 100 años después (Barcelona, Ed. Planeta, 2017).
Zavala refiere que, en agosto de 2016, le llegó a la carpeta “spam” de su correo un mensaje anónimo que estuvo a punto de borrar. En lugar de liquidarlo, optó por abrirlo, y he aquí que se encontró a la Esclava del Señor. O a su portavoz, porque se trataba de la copia de un texto manuscrito, en portugués, cuya autora debía de ser, nada más y nada menos, que Lucia dos Santos, la vidente de Fátima. Zavala contactó con un traductor nativo y con una perito calígrafo profesional, Dña. Begoña Slocker de Arce. La perito constató y certificó pulcramente que el texto “dubitado” (fechado en Tuy, el 01 de abril de 1944), recién recibido, había sido escrito por la misma persona que la de los textos indubitados de control (es decir, las fotocopias de los secretos anteriores redactados por Lucia dos Santos, en agosto de 1941). Su certificación fue firmada en Madrid, a 08 de diciembre de 2016.
Tenemos, entonces, que considerar que la vidente de Fátima escribió esta tercera versión del tercer misterio. ¿Y qué dice este relato de veinticuatro líneas? Un Santo Padre, con los ojos del mal, entra en un templo gris, a modo de fría fortaleza de cemento, dejando atrás a una muchedumbre que lo alaba. La Señora lo interpretó como la apostasía de la Iglesia. La misma Señora dictó que fuera difundido este secreto antes de 1960. Y añadió que la sede de Pedro, en tiempos de Juan Pablo II, debía abandonar Roma (por no obedecer el dogma de fe) y ser trasladada a Fátima. San Pedro del Vaticano tendría que ser demolido y una nueva catedral habría de levantarse en Fátima. Si después de anunciado este secreto, el Vaticano no lo acatara en un plazo de 69 semanas, Roma sería destruida.
Las sesenta y nueve semanas han pasado, han venido dos Papas desde San Juan Pablo II, y el Vaticano parece seguir en pie y sin intenciones de trasladarse a otro lugar. 
Zavala relaciona este texto de Lucia dos Santos con los peligros del abandono de la ortodoxia, a raíz del Concilio Vaticano II, y la extensión de un confuso y falso ecumenismo. Y menciona, a tal fin, las advertencias de San Escrivá de Balaguer y la visionaria monja agustina Ana Catalina Emmerick (beatificada en 2004). 
Pero, evidentemente, este nuevo mensaje –redactado por Lucia tres años después que los que oficialmente se han dado a conocer—se aparta de lo que hasta ahora se nos ha comunicado. No tiene nada que ver la visión de un Anti-papa o un Pontífice al servicio del diablo, con un Papa y unos obispos martirizados en medio de las ruinas de una ciudad. Lucia dos Santos parecía escribir al dictado; pero ¿al dictado de quién? ¿De la Señora que se le apareció? ¿De su propia conciencia de creyente? ¿O de terceras personas, interesadas en llevarlo todo en la dirección más oportuna? 
Este tipo de serias contradicciones lo único que logra es sembrar la desconfianza y las dudas sobre la autenticidad y legitimidad de los supuestos “mensajes de la Virgen María”. Y, por descontado, causa una preocupación añadida a la Iglesia católica.
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2017.

sábado, 4 de noviembre de 2017

El tiempo y el momento.


En 2017 se han cumplido cien años de las apariciones de Fátima. El 13 de octubre, un siglo desde la llamada “danza del sol” que muchos testigos dijeron haber contemplado. Coincidiendo con la celebración de estos cien años de los “secretos” anunciados por el alguien del Cielo a tres niños analfabetos de diez (Lucia), nueve (Jacinta) y siete años (Francisco), Goya Producciones ha sacado un documental, de unos 75 minutos de duración, titulado Fátima. El último misterio. En él se presentan los mensajes de la Virgen como profecías que se han ido cumpliendo a lo largo del siglo XX. Además se sostiene la tesis de que la Salvación del mundo depende grandemente de su conversión de una línea pecadora a otra pía. O la Humanidad se convierte de corazón al mensaje de Cristo, haciendo profunda y sincera Penitencia, o será destruida en un mar de catástrofes y sufrimientos horribles. Es decir, se asume una vía o postura chantajista para la Salvación del hombre: o este vuelve al camino de las creencias y del arrepentimiento (en especial, de los “pecados de la carne”, violentísimas afrentas al Inmaculado Corazón de María), o seguirá padeciendo profundos y definitivos males, y podrá ser aniquilado.
Una visión terrible, apocalíptica, no apta –como previenen los productores—para jóvenes menores de dieciséis años. Ahora bien, la ofrecida en el reportaje, ¿es una interpretación legítima, acorde con el mensaje misericordioso del Evangelio? Eso es otra cuestión; algo verdaderamente discutible.
Empecemos por el principio. ¿Fueron reales las apariciones de Fátima? La única catalizadora de cuanto se sabe de ellas fue Lucia dos Santos, quien las reunió por escrito el 25 de julio de 1941, en una carta a su obispo, y en respuesta a una expresa petición de este. Sor María Lucía del Inmaculado Corazón había entrado de novicia a los catorce años (cuatro después de sus visiones), y el 24 de octubre de 1925 profesó de monja. Sus primeras memorias sobre las apariciones en Cova da Iria datan de 1935. Esto es, casi veinte años después de los hechos que le dieron fama. Sor María Lucía –no ya Lucía a secas—era una persona distinta: había recibido una formación teológica –por simple que pudiera ser—que antes no tenía. Luego lo expresado por escrito por ella sobre las visiones pudo venir filtrado e influenciado, perfectamente, por lecturas canónicas de variado tipo. Sor María Lucía era una mujer sencilla, simple, obediente, crédula, y por ello, influenciable desde el sector más estricto y ortodoxo del clero. Esto no quiere decir, en absoluto, que mintiera, que inventara o no dijera la verdad; solo que pudo no contar los sucesos como realmente pasaron, sino como ella llegó a creer de buena fe que acaecieron. Las visiones las tuvo de niña. La recreación de ellas, ya de adulta, con veintiocho años. Cuando cualquiera intenta recordar un hecho concreto que le sucedió en la infancia, lo reproduce aproximadamente, a una escala totalmente distinta. Los lugares y edificios visitados de niños los recordamos con diferentes estructuras y dimensiones que cuando los volvemos a ver de adultos. Todos podemos hacer la prueba. La memoria no es una herramienta precisa, sino solo aproximativa. Sor María Lucía escribió lo que creyó recordar, y de un modo determinado, quizá alentado por ciertas lecturas que le parecieron ajustables y oportunas a aquella vivencia de su niñez. En la aparición de la “chica” o “señora” del 13 de julio de 1917, Lucia escribe que vio literalmente el Infierno: un mar de fuego, como en una caverna debajo de la tierra, donde se conjuntaban, entre gritos y alaridos, las almas de los condenados y los excéntricos demonios. Es un panorama que parece reproducir enteramente la concepción pictórica y canónica del Hades. Un lugar de fuego, de tortura y de espanto irreductible. Pero no podemos estar más de acuerdo con la lectura del periodista J. J. Benítez al respecto: “Para los que nos consideramos hijos de un Padre Universal –que solo sabe del amor—la posibilidad de un «infierno» constituye una de las peores «calumnias» que ha podido levantar el ser humano contra Él.” Por consiguiente, para Benítez, o se confundieron los pastorcillos de Aljustrel, o los confundieron para ajustar lo referido por ellos a un canon preestablecido (v. “El secreto de Lucía”, en Mis enigmas favoritos).
La Iglesia Católica considera, oficialmente, que el depósito de la Revelación de Dios al hombre terminó con Jesucristo. Por eso, no declara dogma de fe las apariciones marianas, que serían así supuestas “revelaciones privadas” de la divinidad a los fieles videntes. Puede haber personas especialmente dotadas y designadas por la Divina Providencia para efectuar una relectura o acomodación del Evangelio a los tiempos. El mismo Dios Creador no actuó siempre de la misma forma. Confió primero en la bondad intrínseca de los hombres, pero fue traicionado por estos al comer del fruto del conocimiento del bien y del mal, y así hubo de expulsarlos del Paraíso, por medio de un ángel con una espada flamígera. Curiosamente, ese personaje de la espada de fuego vuelve a recrearse en la lectura del “tercer secreto” que ofreció la Santa Sede el 13 de mayo de 2000: “Hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! La lectura de esto es que Dios, a través del ángel, exige que el mundo se arrepienta de sus pecados, se convierta y haga penitencia. Dios amenaza, si no, con destruir al mundo, pero su Divina Madre, Reina de Misericordia, detiene el efecto del fuego destructor. Por eso, las llamas no incendian la Tierra. Y el tercer misterio continúa: “Y vimos en una inmensa luz que es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.” Este texto de Sor María Lucía está fechado en Tuy, el 03 de enero de 1944. Se ha querido ver en él la profecía del atentado sufrido por San Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981. El propio Pontífice fue el primero que se convenció de que la mano de la Virgen de Fátima había desviado la trayectoria del proyectil fatal disparado por Alí Agca. En agradecimiento, consagró por dos veces el mundo al Inmaculado Corazón de María (tal y como había mandado la Virgen en las visiones de Lucia dos Santos), para impedir así males mayores, y pidió que la bala del atentado quedara engarzada en la corona de la imagen de Fátima.
No obstante, observamos diferencias notables entre lo relatado por Lucia y lo que ocurrió en Roma ese 13 de mayo: el Papa no murió. La ciudad no estaba destruida. Nadie más lo acompañó en el martirio. No hubo ningún riego de sangre. La visión parece exagerada respecto de los hechos reales atribuidos como su proyección. 
En el documental de Goya Producciones, el portavoz del Vaticano en el pontificado de San Juan Pablo II, Joaquín Navarro-Valls (miembro del Opus Dei, fallecido en julio de 2017), certifica que el texto autógrafo presentado ante los medios de comunicación es el original y único redactado por la religiosa vidente. No hay otro, ni se guardan otras partes o versiones diferentes de lo visto por Sor María Lucía. Las especulaciones al respecto son, por tanto, para él, innecesarias e injustificadas. No hay nada más.
Volvamos al tema de la Revelación de Dios en la Historia humana. En el Antiguo Testamento, Dios, distante de los hombres, realiza pactos y alianzas con estos por medio de los profetas. Esos pactos, lamentablemente, se asemejan a las películas de indios: los blancos siempre quebrantan el tratado de paz con los pieles rojas. Los hombres siempre traicionan a Dios, y le vuelven la espalda. Es así que, en un momento dado, Dios varía su estrategia: decide encarnarse, tomar cuerpo y apariencia humana. Llega Jesucristo, Redentor absoluto del mundo. Jesús predica la Buena Noticia: su Amor por los hombres va a quebrar cualquier traba, todo desacuerdo entre una vida de faltas y el Perdón del Padre. Jesús no viene a disculpar a justos, sino a pecadores. Su Amor es infinito e imperecedero. Y nos transmite la Ley del Amor: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Pero tampoco descuides el buen amor a Dios Creador. 
No se produce, pues, un viraje del Dios del Antiguo Testamento en la Buena Nueva, sino la solución definitiva. Dios deja al hombre por imposible. Pero no lo abandona ni reniega de él, sino que lo salva por medio del sacrificio de su Hijo Jesucristo.
Jesucristo –como señala San Pablo—vence a la Muerte y con ello al Mal en la Tierra. Jesucristo otorga la Vida Eterna a quienes creen sinceramente en Él y dan testimonio de su Mensaje. Se fue con el Padre, pero nos dejó su aliento: su Espíritu. Eso explica que Jesús sea Emmanuel (o Immanuel), que quiere decir ‘Dios con nosotros’. Porque el Amor y la Bondad habitan entre nosotros, y debemos saber vivificarlos. Dios está a mano. Es el corazón del hombre en paz y alegría en el amor a sus semejantes. 
Siempre habrá creyentes, gente que rece por la Salvación del mundo (que empezó y terminó, en realidad, con Cristo); personas que amen a sus semejantes y obren el bien, con pureza y nobleza de alma. Por tal motivo, las amenazas y visiones apocalípticas ofrecidas en bastantes supuestas apariciones marianas suenan un poco a gratuitas. Lo que sí es importante –desde luego—es que cada uno de nosotros, libremente, sin coacciones de ningún tipo, por fe y esperanza en la Caridad, optemos por Jesucristo. Que seamos los hijos pródigos que volvemos junto a nuestro Padre, avergonzados por nuestros errores y pidiendo perdón. Y nuestro Padre no dejará de recibirnos con los brazos abiertos en sus muchas moradas y de celebrar gran fiesta.
En el reportaje de Goya Producciones, el comunismo es el lobo del rebaño. El azote del mundo, la peste del siglo XX. Ciertamente, el materialismo entronizó al hombre y desbancó a Dios. Y todo lo que se construye en este mundo, desde los paraísos artificiales –como los Jardines Colgantes de Babilonia--, pasando por los mausoleos, hasta los nombres de las calles, resulta caduco, pasajero y perecedero. Solo los buenos valores no perecen, porque pasan de padres a hijos, de una generación a otra. Las revoluciones sociales –a menudo radicales y violentas--nunca han sido una panacea, pero es verdad que algo han servido para cambiar a positivo. La Revolución Francesa de 1789 acabó fagocitándose a sí misma, tal y como escenifica mágicamente Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces. Mas sin ella no hubiéramos superado, probablemente, el sistema de gobierno absolutista y autoritario de los reyes, y como sugirió María Antonieta de Habsburgo, en ausencia de pan, soñaríamos con los pasteles. Si la burguesía, aliada de las clases trabajadoras, no hubiera pedido y obtenido cambios, la vida hoy seguiría derroteros aún más injustos. La revolución leninista de 1917 fue sangrienta y trajo muchas consecuencias nefastas, pero hay que reconocer que el zar era un tirano que vivía a costa y a espaldas de su pueblo. Y que esta situación no la podría querer tampoco el Cielo.
Cuando Sor María Lucía redacta sus memorias, tiene presente que el comunismo y su idea materialista de la vida avanza por la faz del Globo. De hecho Portugal, en la época de las visiones de los tres pastorcillos de Fátima, atravesaba ya un periodo laicista y totalmente contrario a la libertad de cultos. Los tres primos –Lucia, Jacinta y Francisco—fueron encarcelados por la autoridad y casi obligados a renegar de las apariciones en Cova da Iria. Había un profundo enfrentamiento entre el poder civil y el religioso. Y esto se fue extendiendo paulatinamente por toda Europa en los años veinte y treinta del pasado siglo. Ahora bien, todo lo malo que parece ser el comunismo, no lo debe de acarrear su “alter ego”, el fascismo. Y en particular, Mussolini y sus Camisas Negras y las Juventudes Hitlerianas y sus camisas pardas. No hay referencias en las visiones a esta amenaza igualmente atea. La Virgen de Fátima censura la actitud de Rusia, pero calla ante la escalada del culto a la personalidad del líder en Italia y en Alemania. ¿Por qué esta diferencia, esta omisión?
Ofrecer el Paraíso en la Tierra conlleva un error y una ignorancia. Por las razones que ya hemos indicado. Ningún Reich dura mil años. Antes o después, cae. Los hombres se dejan llevar por el engaño, por su ambición desmedida, y es imposible que un proyecto social utópico eche buenas raíces. 
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Recuperemos la pregunta del comienzo: ¿existieron de verdad las apariciones de Fátima? Algo hubo. El 13 de octubre de 1917, ante unas setenta mil personas como testigos, el sol atemperó su fulgor. Era posible mirarlo sin incomodidad y sin dañarse la retina. Al mismo tiempo, un matiz primero morado, y luego amarillo, se extendió por todo el lugar. Hasta las sombras de los árboles se tornaron gualdas. Misteriosa y repentinamente, el sol aumentó de tamaño y pareció querer caer sobre la Tierra. En esta declaración coinciden varias personas, quienes observaron el fenómeno a diferentes distancias y en distintos enclaves. Luego algo tuvo que haber. Los observatorios astronómicos, empero, no registraron nada anormal en el cielo ese día.
Según las afirmaciones de Sor María Lucía, en 1915, entre abril y octubre de 1915, en el cerro de Cabeço, ella y otras tres niñas (todavía no sus primos) vieron algo blanco sobre unos árboles. Una figura humana traslúcida, como envuelta en un lienzo. Al parecer de una de las videntes implicadas, era una especie de mujer sin cabeza, privada además de manos y de ojos.
Los primeros documentos que recogieron las manifestaciones de Lucia dos Santos y sus primos, los debidos al reverendo Manuel Nunes Formigao,  presentaron una versión atípica de la figura de la Señora de Fátima. Fueron encontrados y exhumados por los investigadores Fina d’Armada y Joaquim Fernandes en 1978. En ellos la Señora es una chica de unos quince años, de poco más de un metro de estatura, con un sayo blanco y dorado reflectante. La túnica, con costuras, parecía acolchada. No llevaba cinto y sí dos o tres cordones en los puños. Le tapaba los hombros una capa blanca. Una esfera descansaba sobre su pecho. Algo impreciso le ocultaba el cabello y las orejas. Sus ojos eran negros. Era bella y hablaba sin despegar los labios. Se desplazaba por una rampa luminosa y sin separar ni mover los pies. Los niños dijeron que no se parecía a ninguna imagen de la Virgen o de los santos vista con anterioridad. Era algo sorprendente y totalmente nuevo.
Según el testimonio de Sor María Lucía, la aparición predijo, entre otros detalles, la muerte prematura de Jacinta y Francisco Marto. Es más, la monja atestigua que la Señora se iba apareciendo a uno u otro, para ofrecer su consuelo ante el próximo sufrimiento. Jacinta cayó mala –con pleuresía infecciosa—el 23 de diciembre de 1918. Fue trasladada a un hospital de Lisboa, pero no mejoró. Falleció el 20 de febrero de 1920. Su hermano Francisco también murió por la gripe española en 1919. Sepultada en un sarcófago de plomo relleno de cal viva, en el cementerio de Vila Nova de Ourém, en el panteón del barón Alvaizare, Jacinta fue trasladada al camposanto de Fátima en 1935. Entonces se comprobó que su rostro estaba incorrupto. Desde 1951-52, tanto ella como su hermano Francisco reposan en la basílica de Cova da Iria. Ambos niños fueron beatificados el 13 de mayo de 2000 por San Juan Pablo II, y canonizados el 13 de mayo de 2017 por el Papa Francisco. Sor María Lucía dejó este mundo el 13 de febrero de 2005, en Coímbra. Espera sus procesos de beatificación y canonización. 
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2017.
[Para saber más: Kevin McClure, Evidencias sobre las apariciones de la Virgen, 1991; Carmen Porter, Misterios de la Iglesia, 2002; José María Zavala, El secreto mejor guardado de Fátima. Una investigación 100 años después, 2017]
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Existe la teoría de que Sor Lucía de Coímbra y Lucia dos Santos (la vidente) eran dos personas distintas. Se han comparado fotografías de ambas y hay diferencias muy significativas en el mentón, prominente y más grande en el caso de Sor Lucía de Coímbra, y más pequeño y hundido en la faz de Lucia dos Santos. También se ha alegado que imágenes de los años sesenta presentaban una Lucía más juvenil que las fotografías de Lucia dos Santos a los treinta y ocho años (realizadas en 1945). Si se produjo una suplantación, ¿a qué obedeció?