En el Palacio de Gaviria (C/ Arenal, 9, Madrid) se puede admirar y
disfrutar el arte de Alphonse Mucha (pronúnciese
“Muja”), un pintor y cartelista checo que impulsó el Art Nouveau. Es una muestra antológica de doscientas obras,
dignas de contemplar en el enclave idóneo de este edificio neoclásico, cuyas
vidrieras y aseos modernistas entonan adecuadamente con el estilo Mucha.
Mucha (Ivancice, Moravia, 1860 –
Praga, 1939) es un nombre apenas celebrado por el gran público. Pero quizá
nadie, al menos una vez en su vida, ha dejado de encontrarse con una
reproducción de alguna obra suya, bien un cartel, o bien una caja de galletas.
Fue el primer artista en democratizar y popularizar su arte por los barrios de
París, donde residió. Como el también grande y al mismo tiempo lastimero
Toulouse-Lautrec, Mucha se ganó la vida con la publicidad de locales, ampliándola
además a ilustraciones para libros, cajas, estuches, perfumes, menús, y todo lo
imaginario vendible que pudiera ser decorado con sus lápices y pinceles. Fue un
gran publicista, de los primeros que hubo en Europa, y que se dio cuenta de que
un producto tiene que entrar, primero, por los ojos. Se codicia lo que se ve.
Mucha venía de estudiar en Múnich, y con veintiocho años se plantó junto al
Sena, entre ese pueblo parisino abierto al cosmopolitismo que le iba a dar de
comer. En la Navidad de 1895, una celebérrima actriz de teatro, Sarah Bernhardt, estaba desesperada
porque no encontraba ningún talento que vendiera bien su imagen. Mucha se enteró
de los deseos de la divina y diseñó una imagen de ella, de cuerpo entero,
sosteniendo una palma en la mano. Era el cartel para Gismonda. Cuando la actriz lo vio, recibió a Alphonse en su camarín
privado y, fascinada, lo abrazó y le dijo que la había hecho inmortal.
Seguidamente, le extendió un contrato por seis años para realizar toda la
cartelería de sus estrenos, así como el diseño del vestuario y de parte de los
decorados. El contrato con la Bernhardt catapultó a Alphonse al Olimpo y pronto
rebasó fronteras y fue conocido y cotizado internacionalmente.
Para Sarah Bernhardt Mucha
ejecutó composiciones de signo andrógino: un Hamlet y un Lorenzaccio (ver)
interpretados por una mujer de pelo corto y con facciones masculinizadas. Resulta
verdaderamente inquietante y estremecedor su cartel de Medea, con su mirada de
febril enloquecimiento, su postura altanera y las muñecas cogidas, mientras su
mano derecha declina una larga daga.
Mucha compartió estudio con Paul
Gauguin, a quien fotografió tocando el armonio sin pantalones. Diseñó alhajas
para el joyero Georges Fouquet. Se casó en 1906 con una alumna suya de dibujo,
su compatriota Marie Chytilová (Maruska), más joven que él (25 años ella, y 46
el pintor). A la hija de ambos, Jaroslava (nacida en Nueva York, en marzo de
1909), la retrató varias veces.
El estilo Mucha se caracteriza
por la primacía del dibujo sobre la pintura, por el dominio de las curvas, y
por su tendencia a ensalzar la elegancia y finura del cuerpo femenino,
convirtiendo a cada mujer en una diosa. La cabellera es una parte fundamental
del físico: larga, ondulada, rubia, parda o pelirroja. Los hombros,
descubiertos, en un grito de sensualidad. Los labios perfectos. El cutis
inmaculado, como de sirena en mascarón de proa. La dama enmarcada en un bosque
de azucenas, lirios o de camelias. Este recurso de los motivos florales como
marco lo pudo tomar Mucha de artistas británicos, como William Morris
(1834-1896), socialista utópico como H.G. Wells, quien se especializó en
papeles pintados y telas estampadas con temas naturalistas.
Pero Mucha era un patriota eslavo. Aceptó decorar el pabellón bosnio en la
Exposición Universal de París de 1900, porque era un encargo importante. De
hecho, lo hizo tan bien que fue condecorado por el emperador Francisco José,
dueño y señor del imperio austrohúngaro. Cuando marchó a Estados Unidos, no
cejó en su empeño de conseguir un mecenas que le financiara su Epopeya Eslava, veinte futuros lienzos
enormes, ciclópeos, colosales, donde Mucha iba a desarrollar otras tantas
escenas emblemáticas de la Historia y la Cultura de su pueblo. Se trataba de
mezclar la verdad con la épica de los mitos y las leyendas medievales, quizá
influenciado por lo que pudo ver cerca de Múnich, en Neuschwanstein, el
fastuoso castillo de cuento de hadas ideado por Luis II de Baviera. Inclinación
bizantina, tonos dorados, en los frescos de Wilhelm Hauschild. Las sagas de las
pinturas murales de Tristán e Isolda, Sigurd, Gudrun, Parsifal, Lohengrin o
Tannhauser, debieron de inspirar igualmente el futuro trabajo nacionalista de
Mucha. Su obra patriótica tuvo que ocultarse durante la ocupación nazi de
Checoslovaquia, para que no fuera destruida.
Alphonse Mucha ingresó en la Masonería francesa.
Imbuido de la Teosofía, creía y confiaba en la Concordia universal de todas las
naciones. La Sabiduría, como buen masón, era para él el principal baluarte del
Gran Edificio. Cuando al final de siglo entró en crisis el positivismo, Mucha
se dejó seducir por corrientes espiritistas. Su segunda pasión era la
fotografía (que, a su parecer, terminaría desplazando a las artes figurativas);
en alguno de sus autorretratos practicó la doble exposición de la misma placa,
de modo que aparece un cuerpo evanescente al positivar. Como un fantasma.
En 1936, Alphonse escribió sus
memorias, Tres declaraciones sobre mi
vida y mi obra. El Museo Jeu de Paume le tributó ese año una exposición
junto al también checo Frantisek Kupka (1871-1957). Mucha murió de pulmonía en
Praga, tras ser encarcelado e interrogado por la Gestapo. Iba a cumplir
entonces setenta y nueve años.
© Antonio Ángel Usábel,
noviembre de 2017.
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[El Art Nouveau
comprende, en líneas generales, las dos últimas décadas del siglo XIX y las dos
primeras del XX. Sus raíces hay que hallarlas en el posromanticismo, el
prerrafaelismo británico y el simbolismo francés. Se extendió rápidamente a las
artes decorativas: todo objeto de uso corriente es merecedor de una atención
artística esmerada. Mucha no fue el único creador del nuevo estilo: en Francia
lo impulsan tanto el diseñador Émile Gallé como el arquitecto Héctor Guimard
(discípulo, a su vez, del modernista belga Víctor Horta). Guimard fue el
diseñador de las mamparas modernistas de acceso al Metro de París.
Se desarrolló un arte pictórico efímero, apto para decorar
fachadas y llamar la atención sobre productos y eventos. En esta línea
trabajaron Armand Séguin y Louis Anquetin. En escultura se apuntó al movimiento
rompedor Georges Lacombe.
En Francia se llevó la decoración modernista al vidrio –con
Henry Cros--, la cerámica –Thorvald Bindesboll—y la joyería de René Lalique. La
encuadernación de lujo llegó a su maestría con Eugène Grasset. Las paredes
interiores de las casas solían entelarse con motivos chinescos u orientales.
En otros países surgieron, igualmente, artistas innovadores:
el arquitecto Antonio Gaudí, en España; el vidriero Köpping y el impresor
Eckman en Alemania; el pintor y tipógrafo William Morris en Inglaterra, donde
también se abrieron las pinturas de Walter Crane.]
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