“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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domingo, 15 de mayo de 2016

Memorable Juana.


Un escenario sobrio, oscuro, conventual, para arropar a Juana de Castilla y sus criadas moriscas. Tordesillas. Cuarenta y seis años de reclusión, como princesa-reina loca. Un tosco lecho. Un reclinatorio. Una larga confesión. Concha Velasco, nuestra Santa Teresa eterna, concentrada, extraordinaria, sublime, dignifica un texto de Ernesto CaballeroReina Juana-- que precisaba de una actriz experta, capaz de acentuar la poesía, la proximidad y la galanura de la vida del personaje histórico. Lo consigue en varios momentos; sobre todo, cuando Juana emprende su viaje a los Países Bajos para conocer a su prometido, el archiduque Felipe de Habsburgo y Borgoña. La delicadeza al describir esa travesía por mar, su arribada forzosa en Inglaterra donde es recibida por Enrique VII, su llegada a su destino, su encuentro a base de saludos franceses con Felipe, su descripción de aquel cielo encapotado, pero sobre una tierra plena de colorido y con unas gallinas gordas que bien vuelan hasta los árboles, constituye un momento álgido y maravillosamente memorable de esta representación.
Gerardo Vera, el director del montaje que se ofrece en Teatro de La Abadía (Madrid), destaca que es Concha Velasco “con su talento, su humanidad, su complicidad con el mejor teatro, su inteligencia y su total entrega desde el primer día, la luz que ilumina las partes más oscuras y dolorosas de un personaje que parece hecho a su medida.” Un monólogo en solitario, de hora y media de duración, desde la juventud a la madurez y después a la ancianidad. Yendo y viniendo con sus saltos en el tiempo. Con axiomas arriesgados –por discutibles--, como el de “quien ansía el poder, no puede entender la música”. Es la corporeidad humana, profunda, desenvuelta por natural y desenfadada, que le da Concha la que resucita a Juana I de Castilla. La obra adolece de no tener conflicto, o de plantearlo descorazonadamente tarde, justo a la hora de trabajo de la actriz. Cuando Juana es desposeída de sus derechos dinásticos tras la muerte de su madre, Isabel la Católica, y recluida definitivamente. Hasta cierto punto, traicionada por su padre, el rey Fernando, que, atiborrado de afrodisíacos, desposa a Germana de Foix con ánimo de engendrar un heredero varón. Ignorada por su propio marido Felipe, y por su hijo Carlos. Finalmente, sospechosa de inclinaciones luteranas para su nieto, Felipe II. Una reina olvidada, salvo entre el movimiento comunero, en otro instante glorioso en que sus tres líderes –Padilla, Bravo y Maldonado—se postran ante Juana para hacerla su patrocinadora.
Juana es una mujer que, como ya le daba a su abuela Isabel en Arévalo, le hablaba al viento. Pero las palabras se dirigen siempre a alguien, como ella misma acentúa. Nadie dialoga mucho tiempo a solas. Juana es una testigo de la Historia que podría contar mucho, si de verdad los cronistas no hubieran estado siempre del lado del mejor postor, como de hecho sucedía, y se hubieran mostrado objetivos. La Juana reivindicativa de su corona y de su trono; la Juana acusadora contra el boticario portugués de su padre Fernando, hábil preparador de un arsénico letal, por lo insípido, que posiblemente se dio a beber a Felipe el Hermoso; la Juana celosa de que ninguna mujer se acercara al cuerpo embalsamado e insepulto de su marido.
Sin embargo, hay circunstancias de notoriedad histórica que se quedan fuera del monólogo dramatizado. Por ejemplo, la inoportuna muerte del heredero Juan, hermano de Juana, y único príncipe varón habido de los Reyes Católicos. Consumido literalmente de gozo de amor por el furor uterino de su bella esposa, Margarita de Austria. A sus diecinueve años, el enfermizo Juan no pudo más que entregar la vida y el alma.
Tampoco se mencionan especialmente las habilidades musicales de Juana, al parecer experta en tocar el clavicordio. Un don hacia la música que también compartía su malogrado hermano Juan. Claro que quizá ellos no ansiaban el poder.
Sí habla nuestra Juana de sus latines, aprendidos un año con Beatriz Galindo, la Latina, y sobre todo, con Alexandro Geraldino, humanista a su servicio desde 1483. También menciona la fogosidad de su apuesto Felipe, a quien conoció ese 20 de octubre de 1496, en Lierre. Nada más ver a la princesa, Felipe dispuso que se celebrara la ceremonia religiosa, para poder yacer cuanto antes con su prometida. Sin embargo, calla la cicatería de Felipe, que despidió a la mayoría del servicio español y encima no abonó las rentas acordadas. El dominico fray Tomás de Matienzo, comisionado por los Reyes Católicos para cuidar del bienestar de su hija, no llegó a Flandes hasta 1498, luego no pudo espantarse del modo precipitado en que Felipe consumó su enlace. El 16 de septiembre de ese año, nació Leonor de Austria, la primogénita del matrimonio. Vemos a una Juana acostumbrada a las rutinarias infidelidades de su esposo, como así pudo ser. Pero no la oímos clamar contra la alianza de este con Luis XII, el monarca francés, claro enemigo de España. Es más, un Felipe paladín de París es aplaudido por esta Juana. El 25 de febrero de 1500 vino al mundo, en Gante, el futuro Carlos I de España y V de Alemania, sin duda el monarca más grande que hemos tenido. El 27 de julio de 1501, nació su hermana Isabel de Austria. Juana se fue plegando cada vez más a los deseos de su Felipe, quien mantuvo a la familia alejada de la órbita hispana. Felipe de Habsburgo no hablaba castellano, y Juana tenía que ejercer de traductora entre él y sus padres, quienes tampoco dominaban el francés. En enero de 1502, llegó Juana a Castilla, y se la nombró princesa heredera. Pero Felipe marchó en diciembre de dicho año, dejando a Juana embarazada de Fernando, su cuarto hijo, quien nació en Alcalá de Henares en marzo de 1503.
Al año siguiente, en la primavera, Juana regresó a los Países Bajos, reclamada por su esposo. Pero Felipe la desatendió –así como sus asistentes flamencas-- y Juana la emprendió con unas tijeras contra una de las favoritas de su marido. Felipe, entonces, la recluyó en sus aposentos. Juana comenzó a comportarse de un modo rebelde: no lavándose y llevando una huelga de hambre. Ya en La Mota, había habido días en que pernoctó sola, a la intemperie, o en un eremítico habitáculo, junto al muro de la fortaleza. Miel sobre hojuelas para Felipe… hasta cierto punto. Hasta la agonía de Isabel de Castilla, en que esta introdujo una cláusula para su sucesión nombrando regente a Fernando de Aragón si su hija Juana “no pudiera o no quisiera gobernar”. Entonces Felipe se dio prisa en espabilar a su mujer, haciéndola dar a luz a su quinto retoño, María (septiembre de 1505). Así pues, según soplaran los vientos, convenía unas veces que Juana fuera solo una esposa demasiado celosa, o por el contrario, una incapaz total. La circunstancia pareció aclararse cuando se aceptó su sucesión al trono castellano. Desembarcó la pareja en La Coruña, en abril de 1506. El almirante Enríquez certificó que la reina Juana tenía una buena salud mental. Fernando el Católico se ausentó de España, para no verse con su yerno. Felipe se desentendió de Juana y se entregó a apañada vida golfa. Para sorpresa hasta de los más escépticos, Juana quedó preñada por sexta vez, de Catalina, que nacería en febrero de 1507. El 16 de septiembre de 1506, Felipe jugó a la pelota y después se bebió un vaso de agua helada. A partir de ese momento, cayó malo, quién sabe si emponzoñado por su suegro Fernando, o víctima de la peste. Murió en la Casa del Cordón de Burgos, asistido por Juana, embarazada. Se le vistió de gala y se le sentó en el trono, en la macabra postura de presidir su propio duelo mortuorio. Al día siguiente, se le extrajo el corazón que—como muy bien se señala en la obra de Ernesto Caballero—se envió a Flandes. Juana mandó que se trasladara el cadáver a la Cartuja de Miraflores, y que no recibiera sepultura, para que ella pudiera visitarlo regularmente. En la villa de Tórtoles, el 29 de agosto de 1507, Juana entregó el mando del reino a su padre Fernando, quien la recluyó primero en Arcos, por espacio de varios meses, y después en Tordesillas, bajo la atenta mirada del acólito aragonés Luis Ferrer. El encierro se endureció con su hijo Carlos I instalado en Toledo. Nada de visitas, salvo las familiares; ninguna noticia del exterior. Los aposentos de Juana, sin ventanas y siempre iluminados con velas. Se la redujo a la muerte en vida, y se la condenó al olvido de las gentes. A partir de 1552, para escarnio de su muy católico nieto Felipe, Juana se negó a acatar los sacramentos: ni confesaba, ni comulgaba. Su salud se deterioró grandemente: quedó paralizada de piernas, postrada en cama y llagada. Las llagas gangrenaron y comenzó la lenta agonía de la reina. Juana I de Castilla falleció sin la compañía de su familia, a las seis de la mañana del 12 de abril de 1555. Contaba setenta y seis años. Se la enterró junto a su esposo Felipe, en la iglesia del convento de Santa Clara. Allí estuvo hasta 1574, en que se trasladaron sus restos a la catedral de Granada.

© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2016.
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* Reina Juana, de Ernesto Caballero, con dirección de Gerardo Vera y escenografía y vestuario de Alejandro Andújar y Gerardo Vera, e interpretación única de Concha Velasco, se representa en Teatro de La Abadía (C/ Fernández de los Ríos, 42, Madrid) del 28 de abril al 12 de junio de 2016.

sábado, 23 de abril de 2016

Pensionista del vicio.


El Teatro de la Comedia, en colaboración con el Teatro de la Abadía, presenta ahora el montaje Celestina, adaptación de José Luis Gómez y Brenda Escobedo. La dirección es responsabilidad del propio primer actor, José Luis Gómez, quien se reserva el papel principal de la tragicomedia, esto es, el de la vieja alcahueta. No es la primera vez (ni será, probablemente, la última) que un actor hace de mujer. Recordemos el extraordinario trabajo dramático de José Luis López Vázquez en Mi querida señorita (1971), de Jaime de Armiñán. Adela Castro no era una señora normal, porque sufría su conflicto de identidad: siempre había creído –salvo por el afeitado y ciertas inclinaciones varoniles—que era una mujer, nacida para ser casta y soltera en la vida. No obstante, el trabajo del actor al interpretar este peculiar ente se veía solventado mediante la impostura de la voz por el doblaje. Era Irene Guerrero de Luna (1911-1996) quien doblaba a López Vázquez cuando este era Adela. La misma actriz también puso voz a Norma Bates, la madre muerta de Norman, en el nuevo doblaje de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), que encargó realizar TVE en 1979.
Pero en el teatro no valen los trucos de doblaje. Ni tampoco son convenientes, ni adecuados, los micrófonos para subir la voz. José Luis Gómez, entero profesional, descarta ambas estrategias en este buen montaje suyo de la imperecedera obra del bachiller Rojas. Una obra que tiene al individualismo, el egoísmo y el hedonismo como epicentro. En verdad, el triunfo absoluto de La Celestina (1499) sobre el tiempo se debe a que se centra en lo animal necesario: el sexo. El sexo, las pasiones, los instintos, dominan la vida de los hombres, para quienes no existen leyes más poderosas que las del gozo. “¿Cómo no gocé más del gozo?”, se lamenta Melibea. Es decir, me quedé corta. Tan remisa ella a disfrutar al principio, y tan volcada a la debilidad del cuerpo al final, una vez Calisto muerto. Y junto al sexo simple de pareja, y por si supiera a poco, todas las parafilias del mundo: bestialismo, voyeurismo, lesbianismo… “Lo de tu abuela con el simio, ¿hablilla fue? Testigo es el cuchillo de tu abuelo” Fernando de Rojas se adelanta, en más de trescientos ochenta años, a las anotaciones de Krafft-Ebing. La naturaleza humana puesta al descubierto, sin tapujos, circunstancia que llevó a comentar a Cervantes: “Libro a mi entender divino, si encubriera más lo humano”. Humano demasiado humano: la abuela de Calisto se consolaba con un simio; la vieja Celestina tenía una extraña amistad con Claudina, bruja como ella, y madre de Pármeno; Celestina achucha y palpa las lozanas carnes de Areúsa cuando se la ofrece a Pármeno; la aguda maestra del deleite se queda a mirar mientras la parejita retoza; lo mismo hace Lucrecia, la criada de Melibea, cuando su amita se junta con su amado en el huerto (“¡Que me esté yo deshaciendo de dentera y ella esquivándose porque la rueguen!”) A Calisto no le importa; es más, lo celebra (“Bien me huelgo que estén semejantes testigos de mi gloria.”) En cierto momento, incluso Lucrecia intenta sumarse al festín: “Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Te vuelves loca de placer? Déjale,  no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.”
Así pues, y como decreta el propio adaptador y director en el programa, “apología de una única fe: el goce del día y su gasto, sin miras al paraíso.”
La versión que nos presenta José Luis Gómez huye de la solemnidad y potencia lo lúdico y jocoso. Vemos a Celestina y a sus acólitos reír y celebrar la vida y el placer de lo lindo. Celestina es la gran maestra del placer: a cada uno da lo que más necesita o desea. Como el genio de la lámpara. A los hombres, muchachas vírgenes, o con su pulcritud remendada, pues no hay mayor satisfacción, consuelo y lujo que ir de estreno. A las mozas, sus novios. A los bravos, parejas a docenas (“Quien estas os supo acarrear, os dará otras diez ahora”). A las madres, blanco hilado. A las solteras, lejías para dorar el cabello y colutorios para aclarar el aliento. Celestina está siempre ahí, intuyendo lo que cada uno pretende, busca o anhela. Es una pensionista del vicio. Así se gana voluntades y las tuerce a su favor. Como hace con Pármeno, loquillo reticente, al procurarle a Areúsa. Pármeno, en esta versión, se parece a uno de esos “graciosos” que luego crearían Lope o Tirso. Un ser frágil y cómico, corporeizado excelentemente por Miguel Cubero (quien, por momentos, nos trae a la memoria al gran José Luis Ozores).
José Luis Gómez construye una alcahueta muy humana y convincente. Su astucia mana con calculada y perfecta sencillez. No parece ponerse, ni estar esta vez Celestina, muy por encima de los demás personajes. Le gusta ver, palpar, sentarse a la mesa. Su voz es suavemente neutra: ni masculina, ni totalmente femenina. Tiene un acento dialectal charro o extremeño, aspirando las jotas y las haches. Congruente con el área de Salamanca, donde se supone que nació la acción de la obra. El resto del reparto cumple con mucha dignidad, especialmente, Diana Bernedo (Lucrecia), José Luis Torrijo (Sempronio), Inma Nieto (Elicia), Marta Belmonte (Melibea) y Raúl Prieto (Calisto). Los caracteres más flojos son los de los padres de Melibea, Pleberio (Chete Lera) y Alisa (Palmira Ferrer). Areúsa necesitaría una presencia más notoria y menos furtiva, aquí apenas esbozada por Nerea Moreno. Y hay una parte de su parlamento que ha sido torpemente omitida, en cuanto a reafirmación de sí misma: “Que jamás me precié de llamarme de otrie; sino mía”. Areúsa no es ni de hombre ni de mujer (obsérvese el ambiguo “otrie”, ni “otro” ni “otra”), pero quizá, si de alguien se considerara –aparte de ella--, bien pudiera catar de ambas ambrosías.
La escenografía se reduce al mínimo, casi un espacio vacío, con una escalera metálica y pasarelas a diferentes niveles del suelo, por donde trasiega la compañía de actores en cuadros de aleluyas para ñaque o gangarilla.
Naturalmente, la trama ha sido acortada, para que la representación no exceda de dos horas y media, que es lo que dura. El lenguaje, modernizado en lo posible, para no traicionar la pieza original. El goce de Calisto y Melibea se reduce a una sola noche, la noche del pecado, durante la cual se oyen ruido y voces ruanas y se provoca la fuga y la caída fatal del apasionado caballero de la escala. Acto seguido, Melibea medita su desgracia, la pérdida de su amo y señor, así como la deshonra de su casa, y se suicida. Un velo sutil y purísimo cae desde lo alto del escenario. Melibea ha muerto también. Solo queda el lamento de Pleberio.
Calisto se desnuca (producto del azar, no de una venganza) antes de ver castigados a sus sirvientes, que van luego a casa de Celestina y la matan a cintarazos (y no a estocadas, como en el original). No están ni Tristán, ni Sosia, ni Centurio. Hay adversa Fortuna, y toque de campanas mortuorias. No interviene la justicia. Alisa cae como desplomada al conocer que su hija ha dejado de existir.
En definitiva, una recreación hasta un punto eficaz de la obra de Rojas, consabida pero siempre actual y presente. Una suculenta oportunidad, por supuesto, de ver al último de los grandes del teatro español en un rol enorme y único.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2016.
"Celestina", CDN_2016_Valoraciones de la crítica.

lunes, 4 de abril de 2016

Muerte del apetito - Lafinea Teatro.


Que el teatro vive, que está bien vivo, lo demuestra Lafinea Teatro, una más que modesta compañía de cuatro jovencísimas actrices, cuya autodisciplina y empeño las van a llevar –esperemos—a la cumbre del talento. Ojalá tengan suerte y sean aplaudidas.
Se las puede ver estos días –como delicado fruto de sus aguerridas y concienzudas pesquisas filológicas—en la adaptación suculenta de Muerte del apetito, diálogo dramatizado de Sor Marcela de San Félix, hija del Fénix Lope y profesa en el convento de las Trinitarias, donde había sido sepultado Cervantes. Acompañan a la versión del desconocido texto las loas que compuso Sor Marcela para solaz de las monjas, quienes, aunque entregadas a la clausura, no por ello eran unas hermanas sosas y aburridas, y de este modo trataban de animarse representando para sí al modo de un auto sacramental.
Como dice el programa de mano, el teatro conventual barroco, de matiz piadoso, es uno de los grandes ignorados de los estudiosos y del público. Casi nadie sabe hoy de su existencia, y sus textos están perdidos, dispersos y olvidados.
Si muy difícil es escenificar bien y con aplomo teatro clásico en verso, y no errar lo más mínimo en su cadencia y dicción, más mérito todavía tiene que lo consigan con majestad soberana tan jóvenes intérpretes. Quiero resaltar los nombres de Ainhoa Blanco-Dúcar, Marta de Navas, Irene Domínguez y Rebeca Sanz-Conde. La segunda, además, coreógrafa, y la última, encargada de la dirección y adaptación. Ellas inyectan simpatía y cómico desenfado al que podría parecer árido esmero de una monja literata. No solo mantienen la atención de los espectadores, sino que consiguen de ellos el asombro y la admiración, y un reconocimiento mayor y más gustoso que el que se haga al teatro convencional de los circuitos comerciales.
Se han atrevido con un texto complejo, ingrato y muy difícil de escenificar con agrado hoy en día, mundo tan materialista alejado de lo místico y lo alegórico. Sor Marcela abrazó los hábitos a la edad de quince primaveras y murió con ellos puestos a los ochenta y dos años, el 9 de enero de 1687. En la Casa-Museo de Lope de Vega de Madrid, se conserva un retrato de ella, cuyas virtudes quedan recogidas en leyenda al pie: adorno (compostura) de su persona, gracia, discreción, apacible trato, rigurosa en la regla como Santa Clara, iluminada espiritualmente como Santa Teresa. Tenía muchas inquietudes de escritora, y compuso, para disfrute de sus hermanas en religión, no menos de seis coloquios espirituales, como el ahora representado de Muerte del apetito; ocho loas (cánticos de alabanza); veintisiete romances piadosos; y varias seguidillas, endechas y jaculatorias.
Lástima que el talento de las mujeres (por ser mujeres) quedara para la clausura, y no para ser esparcido a los cuatro vientos. Sor Marcela amaba a su manera, a lo divino, y con pasión:

“Dulce querido mío,


hechizo de mi alma,

si enamorarme intentas,

ya estoy enamorada (…)

No sé si, a fuer de necia,

estoy tan confïada

que te he de amar agora,

mi bien, con más ventajas (…)

Con esto, dueño mío,

no haya más amenazas:

no mates con temores

a quien de amores matas.”

Sor Marcela no llegó a la altura de consagración literaria de otras religiosas barrocas, como por ejemplo, Sor Juana Inés de la Cruz, cuyo talento se evidenció en la poesía profana. Pero adelantó técnicas que se recuperarían después, como la sonoridad de esdrújulos que haría muy suya Rubén Darío.

Véase una muestra:


“En himeneo santísimo,

 que no anda ya el amor tácito,

 se une Cristo con Ángela

 y la hace su tabernáculo.

 Bien pueden darla mil plácemes,

 y con versos eclesiásticos,

en instrumentos armónicos,

celebrarla sin obstáculo (…)

Y si para el mundo es túmulo,

para los cielos es tálamo:

que este lenguaje científico,

para ignorantes es bárbaro.”

Sor Marcela apunta a un lenguaje “científico”, que resulta incomprensible a los ignorantes, no instruidos. Rubén, modernista y cosmopolita, no quiso llegar a tanto. El nicaragüense fue ubérrimo en primorosos y líricos mantos, tan faltos de piedad, y sí pródigos en florilegios de sátira galanura.
En Muerte del apetito, que conviene a toda novicia regalar, para que la siga, el Alma desea estar en paz consigo misma y tocada de virtud. Pero es tortuoso el procedimiento de la abstinencia absoluta a través de una Mortificación que debería quedar presa en un convento de monjas descalzas. El Apetito, juguetón, tentador, desenfrenado, asoma a la puerta. En auxilio del alma vuelven la Mortificación y la Desnudez, para matar el Apetito. Literalmente lo atraviesan con una espada. Queda así virtuosa y salva el Alma, y preparada para la santidad.
La versión de Lafinea Teatro consigue limar la aridez del texto, mediante su síntesis y su acompañamiento por loas desenfadadas a toque de castañuelas. Incluso con guiños al góspel y al ritmo pop.
Muerte del apetito se puede ver este mes de abril de 2016, los domingos a las 19:30, en La Gatomaquia (C/ San Cosme y San Damián, 16), una vivienda conventual del Madrid antiguo, recuperada para la representación de pequeñas piezas clásicas en sus desnudas estancias, a partir de su sótano abovedado.
Teatro clásico alternativo, alejado de aspiraciones comerciales, que hace siempre las delicias del verdadero amante de la escena. ¡Sobresaliente!
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2016.

martes, 29 de marzo de 2016

Exposiciones en la Biblioteca Nacional.


La Biblioteca Nacional de Madrid nos ofrece varias exposiciones de interés:
La biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega (1616-2016) es una esmerada reconstrucción de la biblioteca del legendario escritor mestizo, que se afincó en Montilla (Córdoba). Se cumplen ahora cuatrocientos años de su muerte, acaecida un 23 de abril de 1616. Traductor al castellano de los Diálogos de amor, de León Hebreo, el Inca dejó en su casa, al morir, quinientos ejemplares sin vender de la primera parte de los Comentarios Reales. Lo cual nos da una idea de las vicisitudes que tenían ya entonces los autores para “colocar” sus obras. Así, Cervantes solía vender la aprobación y el privilegio de impresión al librero, cobrando una suma fija –alrededor de los mil trescientos cincuenta reales--, y se olvidaba de la obra. Era el librero quien ostentaba la titularidad y asumía los riesgos de la producción del libro.
Gómez Suárez de Figueroa nació en Cuzco, en 1539 o 1540. Era hijo natural del capitán extremeño de noble alcurnia Sebastián Garci Lasso de la Vega, e Isabel Chimpu Ocllo, princesa inca, sobrina de Huayna Cápac. Aprendió todo el pasado del Perú de forma oral, a través de los mitos e historias familiares. Conocía como materna el quechua y en esto supo y pudo aventajar a los cronistas foráneos, menos dominadores del idioma indígena. Su tío-abuelo Cusi Huallpa y los capitanes Juan Pechuta y Chauca Rimachi le hablan de los usos de su pueblo. Por lado español, el ayo Juan de Alcobaza lo instruye en cultura española; el capitán Gonzalo Silvestre lo alecciona en historia militar; Juan de Cuéllar, en el colegio para mestizos, lo lleva por las fuentes greco-latinas. Se puede decir que el Inca nació de pie, o con un pan debajo del brazo.
En las luchas entre pizarristas y almagristas, las vidas de Gómez y de su madre Isabel llegaron a correr peligro. Era sonada la volubilidad interesada de su padre Sebastián, al que apodaban “el leal de tres horas”, porque se inclinaba con el viento y cambiaba de bando con suma rapidez. En una ocasión, el muchacho lo tuvo que sacar por los tejados para que no le rebanaran el cuello.
Fueron sonadas las fiestas que daba su señor padre en Cuzco, cuando fue nombrado Justicia Mayor y Corregidor. En las tales, habidas en la casona que da a la plaza Cusipata, conoció el muchacho a los Pizarro (Gonzalo y Hernando) y a bastantes aventureros y buscadores de fortuna. Sin embargo, contando Gómez con unos doce años, su padre toma esposa legal –que no es su madre Isabel Chimpu Ocllo--, sino una española respetable, Luisa Martel de los Ríos. El Inca escribe, entonces, con amargura: “Pocos ha habido en el Perú que se hayan casado con indias para legitimar los hijos naturales y que ellos heredasen”. A falta de ese gesto, se casan con señoras y tienen por criados y esclavos a los bastardos.
En 1559, fallece don Sebastián, y la viuda legal, para quitarse al Inca de en medio, prepara su viaje a la metrópoli. Con veinte años, el Inca es enviado a España, a Montilla, donde vivía su tío Alonso de Vargas. Si uno ve un plano alzado de Montilla del siglo XVII, estaba lleno de conventos y ermitas. En casa de Vargas, lee copiosamente a los humanistas. De algún modo, que no sabemos, se especializó en el dominio del italiano literario. Este hecho le llevó a traducir con enorme solvencia y habilidad los Diálogos, en 1590. En España se le nombraba, simplemente, el Inca. Felipe II comentaba la osadía grande del cuzqueño de verter con primor al castellano una obra escrita en una lengua que tampoco era la suya propia.
En 1605, el Inca homenajea en Lisboa, con nuevo libro, a Hernando de Soto y su expedición a La Florida. En 1609, edita en Lisboa también la primera parte de los Comentarios Reales, extensa reverencia y literario testimonio de su principesca estirpe incaica y del pasado y tradiciones y costumbres del Perú. El elevado proyecto sería completado con Historia general del Perú, que apareció póstumamente. El Inca nos habla de los caudillos orejones, cómo a maravilla se perforaban y dilataban sobremanera el lóbulo de la oreja por razones estéticas. Nos dice que los incas llamaban “illana” (‘hija del trueno’) al arcabuz, al que tenían por émulo del bramido de la tormenta, de la rapidez del rayo y del resplandor del relámpago. Personajes como él eran la llave y bisagra al misterio de una cultura ancestral.
El Inca se consideraba un mestizo y a mucha honra, pues fueron los españoles quienes procrearon con las indias; los padres llamaban “mestizos” a sus vástagos, y en loor a este criterio, “por nuestros padres y por su significación –dice-- me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él”. En cierto modo, el Inca se desnaturalizó de los suyos, asentándose en suelo español, escribiendo en castellano y traduciendo del italiano. Pudo en él más el lado de su padre que el de su madre. El Inca se refinó: no quiso ser peruano, pero tampoco español del todo, pues su meta era la Italia de Marsilio Ficino, de orden palaciego, pulida por Petrarca y Boccaccio. El Inca leía con placidez a estos dos escritores. Soñaba, tal vez, con Garcilaso, su pariente. Con El Cortesano de Castiglione, que Boscán dio a conocer.  No obstante, nunca olvidó América, ni su tierra, el Tawantinsuyu, y a ella consagró, escindido, lo mejor de su escritura.
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Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016) conmemora, también, los cuatrocientos años de la desaparición del mejor escritor español, enterrado un 23 de abril, pero seguramente muerto un día antes. La muestra se estructura en tres secciones, dedicadas al hombre (noticias historiográficas corroboradas), al personaje (su retrato en palabras y sus recreaciones artísticas) y al mito (la andadura de su obra quijotesca en otros países, Inglaterra, Francia, y su repercusión en el Romanticismo y el 98).
El hombre. Se puede ver, por primera vez fuera del Ayuntamiento de Alcalá, el libro de bautizos de la parroquia de Santa María. En ella, un nueve de octubre de 1547, fue bautizado Miguel de Cervantes Saavedra. Esta iglesia fue quemada al comienzo de la Guerra Civil, en julio de 1936. Su párroco, D. César Manero Zaro, distrajo a tiempo el valioso libro y, temiendo lo peor, lo entregó a su buen amigo Juan Raboso San Emeterio, tabernero. Manero Zaro fue fusilado por republicanos extremistas en agosto de 1936. Juan Raboso decidió pedir ayuda a un vecino, fontanero, para ocultar el libro de bautizos. Entre ambos lo metieron en una caja de hojalata de galletas María, soldaron la tapa, y la tiraron a un pozo propiedad de Juan. Allí estuvo tres años. Cuando fue recuperada, en bastante buen estado, se sacó el libro y se llevó al Consistorio.[Izquierda Unida, en tardío desagravio a quienes fueron héroes –empezando por el párroco asesinado—propuso, en enero de 2015, dedicar una calle y una placa conmemorativa a los mismos.] 
Se exhiben firmas originales y apócrifas del autor del Quijote, teniendo en cuenta que no se han localizado los textos manuscritos de sus obras literarias, y que sus autógrafos corresponden a su oficio de comisario de abastos y a la petición de licencia de publicación.
Se recuerda la acción gloriosa de Cervantes en Lepanto, su cautiverio de cinco años en Argel, su rogatoria (infructuosa) de alguna plaza de funcionario en Indias, y su intento de ser dueño de la comedia, frustrado por el mejor talento para ello de Lope de Vega Carpio, a veces amigo, a veces enemigo de Miguel. En Madrid, Cervantes era muy conocido como hábil autor de romances y sonetos. Fama que debió de resonar hasta 1835, cuando se inaugura su estatua frente al Congreso de los Diputados, obra de Antonio Solá. Esta escultura, con Cervantes lozano y de pie, portando un rollo en la mano, estaba rodeada de una verja. Al pasar, los castizos solían llamarla la “jaula del jilguero”, es decir, de alguien que canta, un poeta romancista como don Miguel.
Quien canta, sus males espanta. El dicho y los hechos no parecieron ir de la mano en el caso del manco de Lepanto. Ignorada su heroicidad, no compensados los años de cautiverio, deshonradas una a una sus hermanas, acusado de desfalco por la justicia real (en realidad, por quiebra del banco en que guardaba el dinero recaudado el escritor), encarcelado varias veces, y desdeñado por los empresarios teatrales, Miguel de Cervantes pareció tener que gastar la paciencia del santo Job. Le llegó el éxito por el camino de la novela: La Galatea. Sobre todo, por el Quijote, cuya primera parte se ponía a la venta el 20 de diciembre de 1604. Ese libro cien veces prestado y manoseado, que habla de la imaginación como remedio para el fracaso. El bálsamo de fierabrás para un autor no ya joven, ninguneado en la corte y fuera de ella. De 1613 son las doce Novelas ejemplares, modelitos de relato idealizado al gusto italianizante. De 1615, la segunda parte del Quijote (ya armado caballero) y las Ocho comedias y ocho entremeses nunca representados. La espina en la planta del pie. Si Cervantes no ha podido verlos sobre las tablas, que al menos llenen un plato de cocido como sopa de letras. Póstuma será la llegada y difusión de la querida por su autor, la aventura bizantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617). Obras hay de Cervantes que se han salvado por chiripa; porque algún oportuno cauto copió el manuscrito, como sucedió con La Numancia, o que recogió en otra obra laudatoria tal o cual soneto conmemorativo.
Nada informa la muestra del fiasco de la búsqueda de los restos de Cervantes, reducido al final a una caldereta de pequeñas piezas de diecisiete esqueletos diferentes.
Nada apunta sobre el otro Miguel de Cervantes Saavedra, el bautizado en Santa María la Mayor de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) el 9 de noviembre de 1558, hijo de Blas de Cervantes Sabedra y Catalina López. El Cervantes apócrifo.
Nada conjetura sobre por qué Hasán Bajá perdonó la vida varias veces al intrépido cautivo, cuando era traicionado y señalado como cabecilla de las fugas. ¿Por su buen talante y educación? ¿Por su carácter distinguido pero afable? ¿Por su presunto y valioso alto abolengo? ¿Por la homosexualidad del cadí? Hay muchos misterios en la vida de Cervantes, como, generalmente, en todo lo que no se quiere contar.
El personaje. Cervantes se retrata verbalmente a sí mismo en el prólogo a las Novelas ejemplares. A partir de ahí, los pintores y escultores han tratado de reconstruir su rostro, sus rasgos, tal y como él los describió: "Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso,... Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra."
Esa semblanza de sí mismo inspiró muchos retratos. Se piensa que el que pudo partir del modelo original pudo ser el atribuido a Juan de Jáuregui, que avizora el salón de plenos de la Real Academia Española de la Lengua, tal vez de hacia 1600. Prolegómeno de otros muchos, grabados hechos durante los siglos XVIII y XIX para la reedición de sus obras: Kent y Vertue (1738), Del Castillo y Carmona (1780), Ferro y Selma (1791), Lane (1824), Geoffroy (1841), Nanteuil (1844), Madrazo (1859), Leslie y Danforth (1876), Barneto (1877), Maura (1879), Cano (1888), Machado (1900), etc.
El mito. La obra cumbre del novelista, el Quijote, imitado por los escritores ingleses: Henry Fielding (The History of Tom Jones, a Foundling. 1749), Charlotte Lennox (The Female Quixote. 1752), Laurence Sterne (The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman. 1759-1767), etc. El Quijote, héroe romántico en pos de lo imposible. El Quijote como idiosincrasia del alma española, a comienzos del siglo XX.  El Quijote y Cervantes, inspiradores de partituras, como El huésped del sevillano (1926), zarzuela de Jacinto Guerrero, donde se incluye a don Miguel como personaje. Toma a una moza de mesón por una gran señora disfrazada. Este error lo llevará a escribir su novela La ilustre fregona.
El Quijote y sus personajes inmortalizados en el monumento a Cervantes en la Plaza de España de Madrid, gigantesco homenaje iniciado en 1925, inaugurado en 1929, y concluido en 1960, debido a los arquitectos Rafael Martínez Zapatero y Pedro Muguruza, y al escultor Lorenzo Coullaut Valera.
Completan la exposición una serie de aforismos proyectados, sacados de las obras de Cervantes.
Falta en la muestra una aproximación a Cervantes y don Quijote en el cine. Porque, como acertadamente se señala en la película de Rafael Gil, de 1947, la muerte de Alonso Quijano no fue el fin, sino el principio.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.

lunes, 21 de marzo de 2016

Cleopatra VII.


Desde el 3 de diciembre de 2015 y hasta el 8 de mayo de 2016, el Centro de Exposiciones Arte Canal (junto a Plaza de Castilla, Madrid) ofrece una magna muestra sobre la mujer más poderosa, influyente e intrigante del Mundo Antiguo: Cleopatra VII. La culta egipcia, políglota, de dulce y suave voz, atrayente discurso, y belleza dudosa que conquistó el corazón de dos héroes romanos: Julio César y Marco Antonio. Nombrar a Cleopatra es evocar a Egipto, al Nilo, a los fastos de Alejandría, con su faro, su inmenso puerto, y su fastuosa e inigualable biblioteca. Todo barco que atracaba en Alejandría era registrado, y los rollos que portara, confiscados para los fondos de la biblioteca. La ciudad, fundada por Alejandro el Grande, y ampliada por Ptolomeo I, uno de sus generales macedonios, contaba con un sistema de enormes aljibes subterráneos que se llenaban con las crecidas del Nilo. Esto garantizaba el suministro de agua a la ciudad en la temporada más seca. El Serapeum era un inmenso recinto sagrado en honor de Serapis, el nuevo dios egipcio creado por la estirpe macedonia, con aspecto de Zeus, y fruto de la fusión entre Osiris y Apis.
Ptolomeo XII había dispuesto en su testamento que sus dos hijos, Cleopatra VII (de dieciocho años) y Ptolomeo XIII (de diez) gobernaran el país del Nilo, en igualdad de condiciones, tras su muerte. Roma serviría de árbitro y juez en las diferencias. Pero Ptolomeo expulsó del poder a Cleopatra, que reunió en Siria un ejército para combatir a su hermano. Cleopatra solicitó la ayuda de Roma, y se presentó ante César dentro de una alfombra enrollada. Pronto lo sedujo, y lo atrajo hacia su causa. Cleopatra reunía en sí el saber mistérico de los sacerdotes y médicos egipcios y el refinamiento cultural helénico. De nada sirvió que Ptolomeo intentara apaciguar a César presentándole la cabeza de su enemigo Pompeyo. César depuso a Ptolomeo y optó por Cleopatra como reina. Para evitar nuevas rebeldías, César ordenó incendiar las naves que había en el puerto de Alejandría, con tan adversa fortuna de quemar también gran parte de la famosa e insustituible biblioteca.
Con Cleopatra, César tuvo un hijo, Cesarión. Vivía Cleopatra entre los romanos cuando César murió asesinado, en el 44 a. C. Roma tenía a Cleopatra como a una peligrosa extranjera. Cleopatra marchó de regreso a Egipto. Pero sabía que debía atraerse a quien ostentara el nuevo poder. A Marco Antonio le correspondió el Mediterráneo oriental. La reina fue a verlo a Tarso, en una enorme y lujosísima galera. Se ganó la confianza y el amor incondicional de Antonio. Cuando Octavio, hijo adoptivo de César, supo de esta alianza, montó en cólera y declaró la guerra a la pareja. Antonio y Cleopatra tuvieron tiempo de engendrar tres hijos, antes de verse las caras con Augusto en Accio. Fue el dos de septiembre del 31 a. C. Las naves egipcias y romanas de Antonio fueron destruidas por las de Octavio. En el fragor del combate, Cleopatra se puso a salvo. Antonio la creyó muerta o desertora y se hirió a sí mismo. Al parecer, aún tuvo tiempo de morir en brazos de Cleopatra. Ante la llegada de los romanos, y la condena de Octavio y del Senado en pleno, Cleopatra se aisló con dos sirvientas en sus aposentos y se dio muerte de alguna forma; presumiblemente ingiriendo veneno –como sus criadas—o bien haciéndose morder por un áspid en el brazo. La calenturienta imaginación de los artistas del Renacimiento y del Barroco presenta a la reina haciéndose morder un pezón por la serpiente. Octavio, que la halló muerta, ordenó el mayor de los funerales para ambos enamorados, Marco Antonio y Cleopatra. Sus tumbas aún no han sido halladas por los arqueólogos.
Pero el mayor triunfo de la reina Cleopatra lo obtuvo después de muerta. Aunque solo una hija consiguió sobrevivir a la purga de Octavio, el arte, la moda y los estilos egipcios se impusieron en Roma y el resto de ciudades italianas, como Pompeya, donde se inauguró un templo al culto de la diosa Isis. Los motivos naturalistas egipcios –ibis, grullas, cocodrilos, lotos, papiros—decoraban las domi de los romanos. Por su parte, en Egipto, nombrada provincia romana, Octavio fue representado como un oferente en los relieves de los templos, como en el de Debod, que se trasladó luego a Madrid.
La completísima exposición que nos ofrece Arte Canal supone una verdadera inmersión, durante casi dos horas y media, en el mundo ptolemaico. Siete secciones constituyen el recorrido: “Egipto, tierra del Nilo”; “Los Ptolomeos, reyes de Egipto”; “La última reina de Egipto”; “Egipto en Roma”; “Cleopatra, inspiración de artistas”; “Cleopatra y las artes escénicas”; “La fascinación de Egipto en España”.
Los cinéfilos se recrearán en los lujosos vestidos que lució Elizabeth Taylor en Cleopatra (1963), de Joseph Leo Mankiewicz. Todos ellos confeccionados en seda e hilo de oro. También se puede ver la capa dorada de alas de buitre que llevó la actriz en la larga y ampulosa secuencia del recibimiento en Roma.

Pero, sobre todo, deslumbran y apabullan esos cientos de objetos originales que constituían la vida cotidiana en los palacios de Alejandría y en los salones de Roma. Los vasos de alabastro, los cuencos, las páteras, los anillos y brazaletes de oro con forma de serpiente enroscada, los camafeos, las urnas funerarias, las estatuillas votivas, los amuletos, las esculturas, relieves, téseras y pinturas al fresco, que han sobrevivido más de dos mil años y cuyo diseño rivaliza con los más cuidados objetos de joyería y hogar de nuestros días.
Nadie sabe de veras el aspecto real de Cleopatra VII. De ella, o inspiradas en ella y en sus divinas antecesoras, se conservan numerosos bustos que difieren entre sí. En esas efigies lo normal sería la idealización. Por eso se cree que los retratos más aproximados de la reina se encuentran en las monedas. En la numismática se la representa de perfil, con una nariz aguileña prominente.
Cleopatra… su solo nombre hechiza. Evoca las ruinas de su vida. Las arenas del desierto circundando la ciudad. Alejandría, tumba y oasis, cenit y gloria.

“Como preparada desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño…
Escucha con emoción, como último placer los sones
del cortejo misterioso,
y dile adiós a la Alejandría que te pierdes.”
(Apunte de un poema de Cavafis)
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.

sábado, 19 de marzo de 2016

Desventurado Pijoaparte.


La editorial Seix Barral va a lanzar, el próximo 5 de abril de 2016, una edición conmemorativa del clásico de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa. Se han cumplido cincuenta años desde aquella primera edición de tres mil ejemplares, con golosa portada de Oriol Maspons y esa deliciosa Susan Holmquist fotografiada desde arriba, ligera de equipaje, en blanco desnudo, al volante de un descapotable. (Por si alguien no sabía por dónde iban los tiros, ahí estaba la portada).

Esta nueva versión incluye las calificaciones (y descalificaciones) del equipo censor. La novela estuvo a punto de no ser autorizada por una serie de motivos:
1º. El protagonista es un delincuente de poca monta, un ladrón de motos. (Quizá a los censores les faltó apuntar que no era alguien que robara a lo grande, faceta tampoco permisible en una España bien ordenada).
2º. Sentido clasista del relato: enfrentamiento entre la alta burguesía barcelonesa y los desclasados, en particular, un inmigrante murciano, un “charnego”. Demasiada –y muy peligrosa—envidia por las clases privilegiadas. Tufo a posible reivindicación de la injusticia social y la lucha de clases.
3º. Alusión a sectores marxistas, con los cuales el autor demuestra tener empatía.
4º. Ambiente recargado de erotismo, con descripciones de intimidades sexuales. (Temor de los censores a la incitación al onanismo, o bien a la reproducción de estas escenas con la novia, con la consiguiente pérdida de la inocencia y de la pulcritud en las formas).
5º. Inclusión demasiado frecuente de expresiones groseras y subidas de tono, como “hijo puta”, “cabrón”, “joder”, y demás.
6º. El autor es conocido por sus tendencias marxistas; por ejemplo, por haber firmado cartas colectivas de adhesión, enviadas al Sr. Ministro de Información y Turismo, durante tres meses de 1963.
Por tales faltas, se desaconsejaba autorizar Últimas tardes con Teresa. Sin embargo, la audacia y persistencia de Juan Marsé, su carta de reivindicación de la calidad de la obra al por entonces Director General de Información, D. Carlos Robles Piquer, y su posterior reunión con él, posibilitaron suavizar los descalificativos y allanar el camino a la publicación de la novela. Simplemente se exigió cambiar algún “pechos” por “senos”, algún “muslo” por “antepierna” (no “entrepierna”, ¡por Dios!). Tras estas pequeñas modificaciones, el relato quedó autorizado el 1 de marzo de 1966. A primeros de abril, se imprimió en Seix Barral Hermanos. El precio del ejemplar, ciento veinte pesetas.
Pero las vicisitudes no acababan con la censura. Cuando apareció la novela en las librerías, llovió sosa cáustica. No gustó, naturalmente, a los conservadores. Tampoco a los progresistas más de izquierdas. Menos, a los catalanes bien enraizados. La trama constituye un órdago a la alta burguesía catalana –no española, sino catalana, o barcelonesa--, la de la pérgola y el tenis, puesto que un indigno y pretencioso charnego osa tomar al asalto la cama de una señorita bien. Es como una segunda Regenta, pero cambiando a la malcasada insatisfecha por la joven virginal atraída por lo vulgar. A la peregrina Oviedo, por Barcelona, quizá más emprendedora. Por si fuera poco, el Pijoaparte no es representante de nada ni de nadie en particular. No tiene inquietudes políticas. Se mueve por sí mismo, por su propia ambición. ¡Vaya manera de servir Marsé a las clases proletarias! No se observan vínculos ideológicos con ninguna tesis reglada. ¡Estamos ante un escritor LIBRE! Un autor que no se debe a nadie, ni se inclina ante nadie, y cuya obra es como un tábano sobre el anca de un buey. ¡Eso no se puede consentir!
ABC recoge, en su reportaje del 19 de marzo de 2016, que cierto comunista abofeteó a una camarada de su formación por nombrar la novela de Marsé y decir que le había parecido bien. El precio de la sumisión esclavista a unas siglas.
No hay nada como demostrar valentía y, además, tratar de ser independiente. Por todo ello, ¡felicidades y enhorabuena, Juan Marsé!
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.


domingo, 13 de marzo de 2016

Rita.


Soberbiamente radiante se presentó Rita Maestre en el juzgado, con la serenidad de quien cree tener conquistado un lugar en la cumbre. Rita es bellísima, como lo prueba esta fotografía que publicó El Mundo (viernes, 19 de febrero). Es difícil presentar esta compostura ante el tribunal que te juzga. El talle erguido. Los ojos bajos, para no mirar a la juez. Tal vez con cierta humildad. Las manos enlazadas una con otra, como si se estuviera de oyente en una conferencia. Como bien señala Luis María Ansón, a esta llamativa figura puede esperarle un largo y prometedor futuro político.
Los hechos por lo que es ahora juzgada sucedieron en 2011, cuando ella era estudiante de Ciencias Políticas. Según su testimonio, se enteró de una protesta anticatólica en la cafetería de su Facultad, y decidió sumarse a la misma. Los manifestantes se dirigieron a la capilla del campus de Somosaguas, y entraron coreando consignas contra el culto. Al parecer, como ella ha reconocido, se quedó en sujetador y mostró su torso desnudo, algo que le parece que “no tiene por qué ser una cosa ofensiva”. Algunos de los participantes en esta algarada profirieron proclamas y gritos ofensivos para los creyentes católicos (y cristianos en general). No está atestiguado que ella coreara ninguna ofensa.
Es verdad que desnudos los hay hasta en la Capilla Sixtina, pero pintados sin ánimo de ofender, buscando la dimensión humanista que defendía el Renacimiento, como haciendo, además, de la Creación y del Juicio Final hechos fuera del tiempo, ajenos a las modas y a las distintas estéticas.
Vistos estos hechos en 2016, cinco años después –he aquí prueba de la rapidez de la justicia en España, que viene a castigar al adulto por las travesuras de niño--, Rita asegura que hoy no lo volvería a hacer, siendo como es cargo público. Ha adelantado mucho en estos cinco años. Más que otros en media vida.
La irrupción de ella, Rita, con su belleza y sus ganas de cambiar la realidad a su modo, de su grupo Ahora Madrid, de Podemos, de Ciudadanos y otras nuevas formaciones políticas, puede haber resultado positiva para nuestro país, con hasta hace poco esos dos grandes partidos endiosados, que han encubierto toneladas de corrupción y han hecho de la política un negocio, en vez de lo que debería ser: un servicio a la comunidad. Sucedió en el último tercio del siglo XIX: el turno de partidos, Liberal y Conservador, Sagasta y Cánovas en un férreo mano a mano. Aquel entendimiento entre dos pillos (o “cucos”, como los tildó Valle-Inclán) trajo un periodo de cierta estabilidad a España, pero tampoco pudo eludir la corrupción, ni el alzamiento de los primeros movimientos obreros por unos ideales de justicia social que no se habían tenido en cuenta. La Educación corría a cargo, mayoritariamente, de la Iglesia católica. Si no hubo más tasa de analfabetismo fue gracias a su labor. Con el socialismo, surgieron otros sistemas laicos, como el de la Institución Libre de Enseñanza, que significaron una alternativa importante. Aunque hemos de recordar que los mayores beneficiarios fueron los niños de clase media, o clase media alta, que luego de muchachos se alojarían en Pinar 21, la Residencia de Estudiantes. La II República puso en marcha las Misiones Pedagógicas, procurando enviar a los mejores maestros a las áreas más desfavorecidas de España. Pero el sistema educativo asentado de siglos era el de las órdenes religiosas. Un sistema que salió fortalecido al término de nuestra Guerra Civil.
La existencia de capillas en las Universidades es una secuela de que España hunde sus raíces históricas en el Catolicismo. Unas raíces exaltadas y promulgadas hasta la saciedad por el régimen del General Franco. El Catolicismo fue un baluarte histórico contra las invasiones de culturas que no nos pertenecían, como la islámica. La Iglesia fue un poder fáctico –aquí y en otros muchos países europeos--, pero también una garantía de salvaguarda de unos principios que nos alejan de la superchería de creencias idólatras, así como de un dios al que únicamente hay que temer y obedecer. Cristo habló de paz, de concordia, de amor al prójimo, de la disculpa de los errores y de las ofensas a través del perdón y la misericordia, del cuidado de los débiles, de la justicia social. Es cierto que los grandes jerarcas de la Iglesia han ignorado, y hasta mancillado, sus propias palabras. Pero no es menos verídico el sacrificio de muchos de los miembros de la Iglesia en beneficio de ese mensaje: todos los misioneros, las monjas que atienden a pobres y huérfanos, los curas de barriadas humildes, y cualquier sacerdote honesto que, mirando al fondo de una persona, consiga llevarle un poquito de serenidad, de amor y comprensión.

Los cristianos debemos perdonar, y perdonamos, aunque nos consternen, por inciviles, este tipo de acciones irreverentes. Y nos congratulamos en vivir, de momento y que sea así por siempre, en un país cuya tradición considera el arrepentimiento. Recordemos que, en otras partes, otras idiosincrasias menos tolerantes y más quisquillosas solucionan estas contestaciones a golpe de cimitarra.
Yo pienso que una capilla, que acoge unas creencias que no hacen mal a nadie, y que es símbolo de nuestra Historia, merece un respeto. Se sea o no creyente. Como hay que respetar, asimismo, los lugares de culto de otras religiones, siempre que las tales se muestren cordialmente respetuosas con un plan de convivencia y de paz.
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2016.
Rita Maestre_Trotacapillas