“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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lunes, 4 de abril de 2016

Muerte del apetito - Lafinea Teatro.


Que el teatro vive, que está bien vivo, lo demuestra Lafinea Teatro, una más que modesta compañía de cuatro jovencísimas actrices, cuya autodisciplina y empeño las van a llevar –esperemos—a la cumbre del talento. Ojalá tengan suerte y sean aplaudidas.
Se las puede ver estos días –como delicado fruto de sus aguerridas y concienzudas pesquisas filológicas—en la adaptación suculenta de Muerte del apetito, diálogo dramatizado de Sor Marcela de San Félix, hija del Fénix Lope y profesa en el convento de las Trinitarias, donde había sido sepultado Cervantes. Acompañan a la versión del desconocido texto las loas que compuso Sor Marcela para solaz de las monjas, quienes, aunque entregadas a la clausura, no por ello eran unas hermanas sosas y aburridas, y de este modo trataban de animarse representando para sí al modo de un auto sacramental.
Como dice el programa de mano, el teatro conventual barroco, de matiz piadoso, es uno de los grandes ignorados de los estudiosos y del público. Casi nadie sabe hoy de su existencia, y sus textos están perdidos, dispersos y olvidados.
Si muy difícil es escenificar bien y con aplomo teatro clásico en verso, y no errar lo más mínimo en su cadencia y dicción, más mérito todavía tiene que lo consigan con majestad soberana tan jóvenes intérpretes. Quiero resaltar los nombres de Ainhoa Blanco-Dúcar, Marta de Navas, Irene Domínguez y Rebeca Sanz-Conde. La segunda, además, coreógrafa, y la última, encargada de la dirección y adaptación. Ellas inyectan simpatía y cómico desenfado al que podría parecer árido esmero de una monja literata. No solo mantienen la atención de los espectadores, sino que consiguen de ellos el asombro y la admiración, y un reconocimiento mayor y más gustoso que el que se haga al teatro convencional de los circuitos comerciales.
Se han atrevido con un texto complejo, ingrato y muy difícil de escenificar con agrado hoy en día, mundo tan materialista alejado de lo místico y lo alegórico. Sor Marcela abrazó los hábitos a la edad de quince primaveras y murió con ellos puestos a los ochenta y dos años, el 9 de enero de 1687. En la Casa-Museo de Lope de Vega de Madrid, se conserva un retrato de ella, cuyas virtudes quedan recogidas en leyenda al pie: adorno (compostura) de su persona, gracia, discreción, apacible trato, rigurosa en la regla como Santa Clara, iluminada espiritualmente como Santa Teresa. Tenía muchas inquietudes de escritora, y compuso, para disfrute de sus hermanas en religión, no menos de seis coloquios espirituales, como el ahora representado de Muerte del apetito; ocho loas (cánticos de alabanza); veintisiete romances piadosos; y varias seguidillas, endechas y jaculatorias.
Lástima que el talento de las mujeres (por ser mujeres) quedara para la clausura, y no para ser esparcido a los cuatro vientos. Sor Marcela amaba a su manera, a lo divino, y con pasión:

“Dulce querido mío,


hechizo de mi alma,

si enamorarme intentas,

ya estoy enamorada (…)

No sé si, a fuer de necia,

estoy tan confïada

que te he de amar agora,

mi bien, con más ventajas (…)

Con esto, dueño mío,

no haya más amenazas:

no mates con temores

a quien de amores matas.”

Sor Marcela no llegó a la altura de consagración literaria de otras religiosas barrocas, como por ejemplo, Sor Juana Inés de la Cruz, cuyo talento se evidenció en la poesía profana. Pero adelantó técnicas que se recuperarían después, como la sonoridad de esdrújulos que haría muy suya Rubén Darío.

Véase una muestra:


“En himeneo santísimo,

 que no anda ya el amor tácito,

 se une Cristo con Ángela

 y la hace su tabernáculo.

 Bien pueden darla mil plácemes,

 y con versos eclesiásticos,

en instrumentos armónicos,

celebrarla sin obstáculo (…)

Y si para el mundo es túmulo,

para los cielos es tálamo:

que este lenguaje científico,

para ignorantes es bárbaro.”

Sor Marcela apunta a un lenguaje “científico”, que resulta incomprensible a los ignorantes, no instruidos. Rubén, modernista y cosmopolita, no quiso llegar a tanto. El nicaragüense fue ubérrimo en primorosos y líricos mantos, tan faltos de piedad, y sí pródigos en florilegios de sátira galanura.
En Muerte del apetito, que conviene a toda novicia regalar, para que la siga, el Alma desea estar en paz consigo misma y tocada de virtud. Pero es tortuoso el procedimiento de la abstinencia absoluta a través de una Mortificación que debería quedar presa en un convento de monjas descalzas. El Apetito, juguetón, tentador, desenfrenado, asoma a la puerta. En auxilio del alma vuelven la Mortificación y la Desnudez, para matar el Apetito. Literalmente lo atraviesan con una espada. Queda así virtuosa y salva el Alma, y preparada para la santidad.
La versión de Lafinea Teatro consigue limar la aridez del texto, mediante su síntesis y su acompañamiento por loas desenfadadas a toque de castañuelas. Incluso con guiños al góspel y al ritmo pop.
Muerte del apetito se puede ver este mes de abril de 2016, los domingos a las 19:30, en La Gatomaquia (C/ San Cosme y San Damián, 16), una vivienda conventual del Madrid antiguo, recuperada para la representación de pequeñas piezas clásicas en sus desnudas estancias, a partir de su sótano abovedado.
Teatro clásico alternativo, alejado de aspiraciones comerciales, que hace siempre las delicias del verdadero amante de la escena. ¡Sobresaliente!
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2016.

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