“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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domingo, 13 de enero de 2013

Un aroma de seducción.


Cada novela nueva de esta modesta autora es un regalo para los sentidos. Blanca del Cerro ha publicado en octubre de 2012 Y le regaló un jazmín, en Ediciones Hades. Su narrativa es siempre un cuento moral, sin ningún sentido peyorativo hacia el concepto, sino en la buena tradición de la literatura didáctica medieval o de la ficción ilustrada del XVIII. Se puede “enseñar deleitando”, plantear conflictos éticos interesantes tamizados por una prosa elegante, poética, impresionista, de ensueño, fina y delicada como el cristal de Murano. Es más, nuestra sociedad de hoy, tan perdida, tan extraviada, tan alejada de valores constructivos está muy necesitada de este tipo de propuestas.



Ya don Benito Pérez Galdós, en su obra cumbre, Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas (1887), sugería la posibilidad de que el futuro del progreso ético humano pasara por una alianza: el pueblo bajo y la alta burguesía señorial se necesitan mutuamente para caminar hacia una sociedad más justa y estable. Fortunata muere, y deja su retoño a la infértil Jacinta, quien lo toma a su cuidado como si fuera su hijo, con amor de madre. Ese niño crecerá sano y fuerte, rodeado de los lujos con que nunca hubiera podido soñar. Podrá estudiar idiomas, viajar al extranjero, ir a la universidad. Como antes se solía decir, “ser un hombre de provecho”, en definitiva. Sí, es verdad, con bondad el destino se puede cambiar.

Blanca, en su relato, diseña una alianza parecida. Lobito es un niño de doce años que no ha tenido la suerte de nacer en el palacio de las comodidades. Su madre, muy delicada de salud, es limpiadora, y su padre, es un buscavidas que vende lotería clandestina en un bar. Viven en una barriada humilde, separada de un centro financiero y de urbanizaciones pudientes por un amplio parque, el de la Loma. Allí va todos los días Lobito a charlar con sus amigos, pero no los de su edad, sino mucho más crecidos: un cartero, los jardineros y las prostitutas. Cierto día cruza por su lado una fascinante “ejecutiva ejecutora”, Lorena, que gasta un aroma de jazmines. El crío se prenda del perfume y de la mujer. A partir de ese momento, se propone conocerla. Y lo consigue. Un día se planta ante su puerta con un ramo y el duende de la seducción cambiará sus vidas para siempre.

Este es un libro de amistad y de compromiso a través del tiempo, entre una joven triunfadora individualista que nunca soñó con ser madre y un chaval tierno necesitado de apoyo y cariño. Una lección de amor, que es lo auténtico que podemos dar sin límites a las personas de nuestro entorno, y el único don apacible que no decrece con la muerte, pues pervive con fuerza en el recuerdo.

Estoy pensando ahora en historias parecidas, como 84 Charing Cross Road (1970), la amistad durante dos décadas entre Helene (Hanff, la autora) y Frank (Doel), ella neoyorquina, él británico; la lectora y su librero ligados por la correspondencia y las apreciaciones sobre los libros. El idealismo de la novela de Blanca recuerda a películas como Cadena de favores (Pay It Forward, Mimi Leder, 2000), basada en un best-seller de Catherine Ryan Hyde, que habla de que hacer el bien a los demás es lo que más llena por dentro. Por su parte, el lado sórdido de un padre perdido y borracho, que apenas se centra en su hijo, puede estar inspirado por Bibiana y su mundo (1985), de José Luis Olaizola, un clásico ya de la literatura juvenil.

En cualquier caso, Blanca tiene la virtud de escribir para todas las edades, grandes y pequeños. Su prosa poética, evocadora del modernismo simbolista, está cuajada de símiles e ingeniosas apreciaciones metafóricas, que solo he visto utilizar con decoroso acierto en otros tres casos: Stephen Crane (La roja insignia del valor, 1895), Ramón Mª del Valle-Inclán (Sonatas, acotaciones en sus Comedias bárbaras y en Luces de bohemia) y Arturo Uslar Pietri (Las lanzas coloradas, 1931). Sirvan, a manera de muestra, las siguientes citas: “París es una especie de perla que brilla en medio de una marea de somnolencias y sueños tristes. París es una fábula oculta” (p. 60); “La mañana era muy clara y muy brillante, con puntitos de luz saltando por el cielo azul, como si fueran enanos diminutos buscando algún lugar donde esconderse” (p. 74); “El aire encerraba una especie de sabor gris que parecía tocarte con unos dedos un poco pringosos” (p. 119); “Una mujer de mediana edad [que] parecía fabricada de vendavales” (ibíd.).

A pesar de ser un cuento bonito, Y le regaló un jazmín guarda el sabor agridulce de la tragicomedia, porque el destino de Lobo tiene mucho que ver con el drama que persigue hoy en día a muchos padres no amados por sus esposas, e incluso despreciados y maltratados por ellas. El  de muchas mujeres mimadas e inmaduras, que no saben lo que quieren en la vida, y se llevan por delante, en su irresponsable confusión, a los inocentes. Hace muy bien Lorena con no casarse nunca, pues no está preparada para compartir su vida en serio con ningún hombre. Su perfil egoísta, y hasta hedonista, con miedo acérrimo al compromiso firme por inmadurez, cede sin embargo a una solución de madre soltera, brillantemente eficaz.

¿Qué defectos tiene esta novela de Blanca? Evidentemente, desprende algunos: no acierta a separar adecuadamente las voces y los pensamientos de los dos personajes centrales, un niño y una mujer. Ambos piensan y recrean lo pensado por igual, sin diferencia de matices. Lobo no se expresa ni ordena su mente como un colegial de nuestro momento, sino como un adulto. Lobo no se relaciona con niñas de su edad, ni lo vemos jugar con compañeros de estudios. No existe presencia del universo infantil y adolescente en la novela de Blanca, como tampoco cabía el mundo universitario en La Regenta (1884), de “Clarín”. Los amigos adultos de Lobito, por otra parte, contribuyen demasiado fácilmente, y sin reparos, a hacer realidad su sueño. En especial, Félix el cartero. En este apartado, el argumento flojea y se vuelve poco creíble.

Blanca del Cerro demostró ya poder de maestría en su anterior novela, Soy la Tierra (2010), de trama ecologista, y donde pergeñó unas relaciones familiares esmeradamente trazadas, de hondo calado en los lectores. Ahora repite con esta hermosa lección moral. Blanca se merece una creciente fortuna y magnánima presencia en el panorama editorial en español.

viernes, 4 de enero de 2013

Catalanismo.


¿Se puede amar incondicionalmente una región sin por ello perderse la riqueza de otras? Pereda lo consiguió: amaba la Montaña y a los montañeses, pero también lo castizo madrileño encarnado en un canario como Galdós. Varias regiones reunidas forman un país, nación o estado. Una unión que se mantiene por siglos y que conforma la idiosincrasia de una sociedad, con sus costumbres y formas de vida. Yo, siendo madrileño de nacimiento, puedo sentirme, en mi paseo por las Ramblas, tan catalán como un ampurdanés. Del mismo modo, acabada la cena, un barcelonés puede sentirse plenamente gatuno en su vuelta por el Retiro o por Cascorro. Esta es la suerte de compartir un mismo país y destino. Quien esté pensando en trocar esta suerte, es un irresponsable, porque la unión hace la fuerza y permite a los grupos humanos sobrevivir y prosperar en el tiempo.



 Ahora bien, es menester saber conservar y proteger la riqueza que hay en la diversidad: las distintas lenguas, las fiestas locales, las tradiciones culturales, los ritos. Pero desde la consideración de un patrimonio común, de todos, incluso internacional. No debe ser el bien común estandarte parcial de unos pocos. Las veces que yo he visitado Barcelona –ciudad única, hermosísima y excepcional-- me he sentido como en casa, plenamente realizado, tranquilo y a gusto. Sufrí allí cierto día un pequeño percance peatonal, y fui atendido en el Hospital Universitario de maravilla. Amo Cataluña y lo catalán y entiendo el catalanismo como lo define el DRAE (22ª ed.) en su segunda acepción, desprovisto de ribetes políticos o ideológicos, que es como creo que debe entenderse: “Amor o apego a las cosas características o típicas de Cataluña”. Puedes amar lo catalán, como puedes amar lo vasco, o lo gallego o lo cántabro, o lo jerezano, o emocionarte escuchando el himno de la Comunidad Valenciana, el más conmovedor y bello que tenemos los españoles. Y con ello, no me siento menos madrileño o santanderino, pero sí desde luego más español.

Desde ciertos ámbitos sectarios no se entiende esta determinación de catalanismo, y se empaña el término con connotaciones fuertemente nacionalistas. Voy a un diccionario como el María Moliner, en su segunda edición, revisada por la autora, y leo en la tercera acepción de catalanismo: “Tendencia política hacia la independencia de Cataluña”. Igualmente, si consultamos el de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (Diccionario del español actual), en su tercer concepto se aprecia: “Doctrina que preconiza la autonomía para Cataluña”. ¿Autonomía? Bien, ya la tienen. ¿O no? Todos podemos disfrutar de autonomía sin dejar de pertenecer por ello a nuestro país. Ese fue el objetivo --y quizás el logro-- de los padres constitucionales, entendido como expresión de riqueza, y no como alternativa de pobreza. La autonomía no quiere decir, ni comporta ni conlleva nacionalismo. María Moliner entiende el nacionalismo como una “intensa devoción por el país propio, que llega a veces al exclusivismo, que se manifiesta en el afán por su grandeza y, especialmente, por su independencia en todos los órdenes. Puede constituir una doctrina, partido o sistema político”. Pero ni Cataluña es un estado, ni Madrid, ni Andalucía o Canarias. Todas son partes de un país. El tiempo de los Reinos de Taifas debería haber pasado ya. El nacionalismo es un brote romántico, una invención libre de los orígenes de un territorio. El nacionalismo se construye con mitos, no tanto con hechos. Este año se conmemora el año Wagner, que fue un nacionalista absoluto que forjó sus óperas sobre los mitos fundacionales del espíritu germánico. Hitler, apasionado de esas leyendas consanguíneas tanto o más que Luis II de Baviera, se veía como un nuevo Rienzi llamado a resucitar de sus cenizas al pueblo alemán y acaudillarlo contra una aristocracia inútil y parásita. Se llevó el manuscrito de la obra al búnker, y con él ardió.


El nacionalismo es expresión de un afán de megalomanía y de caudillismo rotundos. Es también heredero del caciquismo de casino provinciano. Virus cortijero y separatista. Lo opuesto al cosmopolitismo de un hombre de bien. El nacionalismo es padrino del fanatismo intolerante. Se construye sobre los cimientos de una mentira. Es lo contrario al patriotismo, que defiende, entre tantos cuentos, algunas realidades históricas.
Franco, que era autoritario pero no tonto, dejó anotado en su testamento político de despedida de los españoles: Mantened la unidad de las tierras de España exaltando la rica multiplicidad de las regiones como fuente de fortaleza en la unidad de la Patria. Esto es lo que parece que no quieren buscar ni hacer los señores que gobiernan. No entienden que haya diversidad dentro de la unidad. Los franceses sí lo han comprendido siempre, y los alemanes, y los italianos, y los británicos.
Para concluir, reproduzco a continuación un honesto artículo de un catalán, hombre inteligente, Josep Savalls i Vila, que descubre lo imaginario sin tapujos y pone las cosas en su oportuno sitio:
 

domingo, 9 de diciembre de 2012

El legado del amor.


Los psiquiatras entienden la fe en lo trascendente, aunque muchos de ellos no lo admitan desde el punto de vista científico. Así por ejemplo, Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York, afirma que la esperanza está programada en nuestros genes, aunque pase desapercibido para algunas personas. La depresión y la falta de sentido del humor son sus mayores contrarios.
Para alimentar la esperanza hay que hacer aquello que a uno le gusta, que más le satisface, aun cuando sea solo en el tiempo libre. Incluso la religión –dice—“es una forma de optimismo social”, pues puede ser de gran ayuda el pensar que “después del sufrimiento puede llegar el premio”. O según el lema del impresor Juan de la Cuesta, “Post Tenebras, Spero Lucem” (‘Después de la Oscuridad, espero la Luz’).
 
Sin embargo, otros intelectuales parecen acoger y difundir el nihilismo más gélido, como hace Lluís Pasqual, escenógrafo, en el montaje de Il prigionero y Suor Angelica, de Luigi Dallapiccola y Giacomo Puccini respectivamente. Ambos, experimentos sobre la crueldad humana con sus semejantes. A propósito, Pasqual comenta: “En el momento en que te alimentan la esperanza y te hacen pensar que todo lo que sufres te será compensado algún día, que este mal momento te servirá para algo, entonces es una crueldad absoluta”. Y propone como interesante paradoja el sacrificio de la mujer de antaño que purga por haber tenido un hijo ilegítimo con una vida de profesión conventual, y que después de varios años de encierro, recibe la noticia de que su hijo ha muerto. ¿De qué le ha valido en ese caso su reclusión?

Pero es una pregunta retórica vana y fácil, de un relativismo dañino. Cuando se tienen hijos, se lucha y se sufre por ellos constantemente, se esté donde se esté, en el mundo o fuera de él. Tener hijos conlleva un riesgo: poner en jaque el cariño, arriesgarse a amar y a ser amado, pero sin poder fijar el tiempo, pues la vida está sembrada de infortunios y nadie puede anticipar ni asegurar la conclusión o la continuidad de nuestra existencia individual. Literariamente, es lo que le afecta a Pleberio en su lamento último de La Celestina (1499): “…Ya quedas sin tu amada heredera. ¿Para quién edifiqué torres; para quién adquirí honras; para quién planté árboles; para quién fabriqué navíos? […] O fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes…” Pleberio pierde a su hija Melibea, que se mata. En la flor de la vida, en su juventud primera y principesca; cuando aún no había comenzado a vivirla. La vida es una maraña de relaciones y trampas intrincadas imposibles de sortear siempre. “Un laberinto de errores”, en palabras de Pleberio. Y hay quien tiene suerte, porque es listo y además goza de buena salud, y hay quien no supera un problema, o una enfermedad. Hay quien puede alcanzar los cien años, y hay quien se queda en la cuneta. El cáncer, por ejemplo, está siendo hoy una plaga, que cada vez ataca a gente más joven. Antes se vivía menos –se objeta—y por eso no se llegaba a sufrir de ciertas dolencias. Pero yo veo a muchas personas mayores que eso, han llegado a mayores con casi mínimos achaques, y sin embargo he conocido a otras personas que no lo cuentan ya. Y han desaparecido con diez, quince, treinta, cuarenta o sesenta años.  Está muriendo mucha gente joven. Esa es una realidad.

En cualquier caso, esta gruesa incertidumbre vital, este fino hilo del destino de cada uno, nos debe llevar a la prevención. Nada dura eternamente. Es que “somos frígilis”, o frágiles, como decía el otro. A cada cual le corresponde combatir la posible fatalidad como mejor entienda. Y la fatalidad termina llegando, pues como le sucedió al genovés que disfrutó de buenas y largas riquezas, su alma no se las pudo llevar consigo. Todos hemos de enfrentarnos a la muerte antes o después. O con la soledad y su áspera y cruel resignación, difícil de mantener ante el vacío de la nada, o con la esperanza en un tiempo fuera del tiempo.

Hay una cita preciosa de San Juan de la Cruz que se alinea con la esperanza, y que reza: “En el atardecer de nuestra vida, seremos medidos en amor”. Aunque el hombre, al morir, nada material pueda llevarse, le queda sobre todo el consuelo de mirar atrás y ver el amor sembrado tras de sí. Estamos hechos para el amor, y él es nuestro legado verdadero.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Juan Carlos Calderón (1936-2012), nostalgia y arte en familia.

En el Río de la Pila de Santander hay un bar donde se toca jazz que se llama el Drink Club. Fue fundado por Ramón, el segundo de los hermanos Calderón. No se puede hablar de cultura en la capital cántabra sin pensar en esta familia, los Calderón. Tres hermanos y una hermana, Teresa. Fernando (1928-2003), el mayor, excelente pintor figurativo; Ramón (1932-2004), dibujante, pintor y escultor; Juan Carlos, que ha fallecido poco después de la madrugada del lunes, 26 de noviembre de 2012, a los setenta y seis años, de un penoso cáncer de esófago, en la clínica Quirón de Madrid.

 
Juan Carlos, excelente compositor de baladas y música melódica, de jazz, y meritorio arreglista. Vivían los hermanos en el número 37 de la calle del Sol, cerca del paseo de Menéndez Pelayo, todo él arbolado de plátanos. En Villa Asunción, un chalet con jardín, tenía la familia un amplio piso arrendado, epicentro de un terremoto de expresividad pictórica, manual y musical como pocas veces ha llegado a darse en un hogar. Eran tres chavales de una inquietud artística, de un ansia de expresividad desmesurada. “Hacíamos arte sin darnos cuenta” –testimonia Juan Carlos. Como jugando. “Había muchísimo cachondeo y cosas muy locas para entonces”, nos sigue contando. “En el Club de Tenis, en el Marítimo, transgredimos todo; no hicimos caso de nada”. Una transgresión que consistió en traer a España formas nuevas de expresividad, fundamentalmente aprendidas de Norteamérica (el jazz) e Italia (el redescubrimiento del arte pictórico renacentista, fusionado con el lenguaje de vanguardia). En el Drink Club, cuyo gerente era Ramón, comenzaron a celebrarse unas sesiones intensivas de jazz los fines de semana, y ahí fue donde se inició Juan Carlos, con su grupo Santander New Orleans Band. El jazz era un sonido prohibitivo en España en la década de 1950 y 1960. Era ir contra la norma: la canción española, la música clásica y sacra, la zarzuela y la marcha militar. A los Calderón igual les daba por bajar un piano al césped de su jardín y tocar en torno a él, cara a la galería.
 
Poco a poco, los hermanos se fueron decantando por una disciplina: Fernando, por los cuadros de pataches, los bergantines ligeros de dos palos típicos en el norte; Ramón, por sus esculturas naturalistas y compuestas, de conchas y maderos que la mar ha mecido y abrillantado; Juan Carlos, por sus improvisaciones de jazz y sus primeras curvas melódicas.

Juan Carlos era solo tres años mayor que mi padre. Ambos fueron compañeros de colegio en los Escolapios. Cuando se abrió el Drink Club, mi padre –que no era músico ni pintor-- lo frecuentaba y escuchaba las interpretaciones que ofrecían Juan Carlos y su grupo. No actuaban canónicamente sobre una tarima. Se revolcaban con los saxos y los trombones y trompetas por el suelo de la sala, improvisando en todas las posturas. Aquello era de locura, un desmadre. Y no solo se tocaba, se bebía, hasta altas horas o la noche entera incluso. Pero todo se hacía con un talento innato, sublime, sobresaliente, que afloraba en los momentos más jocosos. No tenían intención de lograr nada serio en principio, de pulirse y profesionalizarse. Era solo su modo de divertirse y pasarlo bien haciendo lo que más les gustaba. A Ramón, por ejemplo, le dio por decorar al óleo las cubas del Riojano, por obrar algo que se salía de lo corriente, que no se conocía. Juan Carlos, que estudiaba piano clásico con Laura Llorente, se dejó seducir por la beatlemanía y se dispuso a componer pop. Tuvo la suerte de dar con compañeros interesados en lo mismo, y ahí comenzó la profesionalización, el modo de ganarse la vida.

Una de sus primeras composiciones lleva el ortopédico título Concierto para flauta, orquesta y timbal, Vals nº 1. Cuando abandona Cantabria y se traslada a Madrid, en 1959, compone música para el cine mientras toca por las noches jazz en garitos de alterne. A su hermano mayor Fernando le gustaba presumir que, cuando Juan Carlos tocaba el piano en un local de la calle del Marqués de Villamagna, iba a verlo Ava Gardner, que luego se lo llevaba a su chalet alquilado de La Moraleja.

Juan Carlos colabora con buenos directores, de la talla de Angelino Fons, León Klimovsky (Una chica para dos, 1968), Jaime de Armiñán (Carola de día, Carola de noche, 1969), Julio Coll (El mejor del mundo, 1970), Luis Revenga (Mañana en la mañana, 1972), Pedro Masó (La familia, bien, gracias, 1979). Si bien es verdad que las necesidades alimenticias lo llevan a crear partituras de jazz descabalado para títulos de terror: La rebelión de las muertas (1973), Los ojos azules de la muñeca rota (1974).

Su primer trabajo grabado de jazz lo realiza junto a la cantante de pop edulcorado Elia Fleta. En 1963, consigue un puesto de pianista estable en el club Bourbon Jazz. Allí su teclado acompañaba a vocalistas como Don Byas, Stephan Grapelli, Carmen McRae, Dexter Gordon, o Donna Hightower.

Poco a poco, consigue que le produzcan más discos: en 1968, uno con un cuarteto para Polydor, producido por el ex alumno del Ramiro, Alfonso Sainz, que también le financia Juan Carlos Calderón presenta a Juan Carlos Calderón, con siete temas propios más una versión de Danny Boy, y grabada con un cuarteto propio. Sin embargo, su mejor y más celebrado disco de jazz, con tres temas suyos y tres de Miles Davis, Thelonious Monk y Oliver Nelson, y una big band de acompañamiento (catorce músicos), es Bloque 6 (reeditado en cd por Blue Note en 1996). Este elepé ganó el premio al mejor disco de jazz en Estados Unidos. Las puertas de la fama internacional se abrían para el santanderino. Si se consiguió grabar fue merced a una oferta disparatada de Juan Carlos Calderón a los responsables de Información y Turismo: incluir una orquesta de jazz de diecisiete miembros en el programa de los Festivales de España. Lo admitieron y el músico se puso a ello. Debutaron en Santander, para pasar luego a Palma de Mallorca y Barcelona. La iniciativa gustó, y el elepé se produjo. Así fue cómo la audacia de Calderón al proponer lo que no se había hecho antes le llevó a la escalada del éxito. Además de las manos de Juan Carlos al teclado, y Pedro Iturralde al saxo tenor y soprano, Bloque 6 tiene un maravilloso toque de palillos debido a Pepe Nieto.

Por aquellos tiempos (finales de los sesenta), hizo los arreglos para el La, la, la, de Massiel y se entregó a producir y a promocionar al mejor grupo de música ligera que hemos tenido, Mocedades. Un matrimonio de catorce años, y las más acertadas canciones de Juan Carlos, las baladas por las que siempre se le recuerda: Eres tú (segundo puesto en Eurovisión en 1973), Tómame o déjame, Pangue Lingua, La otra España, ¿Quién te cantará?, Charango. En 1975, Sergio y Estíbaliz interpretan Tú volverás, y Cecilia, Amor de medianoche, que gana el Festival de la OTI, lo que le confirma como el mejor autor de canción melódica romántica de España. La nostalgia llega a 1985, con el tema La fiesta terminó, en la voz de Paloma San Basilio. De Eres tú (único nº 2 de ventas en EE.UU. de un tema en español) se cuenta la anécdota de que fue grabada en inglés por el gran Bing Crosby con el título Touch The Wind. Y así la versionaron igualmente el mismo Mocedades, Nana Mouskouri, y hasta Johnny Mathis, con acompañamiento del propio Juan Carlos. En español, las mejores interpretaciones se deben a Mocedades, por supuesto, y al grupo The Kelly Family. Eydie Gorme solía llevarla también en su repertorio. Las malas lenguas mencionan una influencia en esa canción de Rapsodia de Rachmaninoff sobre un tema de Paganini. Pero la influencia del pasado es un aspecto común en Arte. Sucede en pintura, en escultura, en literatura… ¿Por qué no, también, en música? Sin ir más lejos, cuando escucho el tema principal de En busca del Arca perdida, de John Williams, siempre me parece descubrir notas del Don Juan de Richard Strauss. Esto no es malo, es como tomar un poema y darle otra forma.

Juan Carlos siempre componía primero la partitura, al piano, y luego pensaba en que se le añadiera la letra. Eso ocurrió con Amor de medianoche, una canción como para quedar encerrada entre las paredes de Villa Asunción, con letra de Evangelina Sobredo (Cecilia). Habla de muñecas, de sombras en los rincones y guiñoles. De un cuarto, y de una puerta que ha de ser abierta para dejar partir el amor. Estoy por apostar que es la canción que recoge aquel espíritu de la casa familiar de Santander: los Calderón aprendiendo de los padres, y creando juntos y por separado.

 
En 1977, Juan Carlos decide saltar el charco e irse a vivir a Los Ángeles, ciudad de adoración suya, junto con Santander y Madrid. Allí progresa musicalmente, ayuda a promocionar a jóvenes valores, etc., etc. Qué duda cabe que ni Luis Miguel ni Ricky Martin son Mocedades, que era el anillo al dedo para el estilo romántico del autor. A la vuelta, Juan Carlos sufre la crisis del cd, y se replante nuevas fórmulas de negocio relacionadas con grandes temas para ser grabados. Ahí es donde le ha sorprendido la Muerte. “Un día no puede ser. / Una hora tienes de vida”. No le ha dejado hacer lo que antes nadie había hecho.

Jacobo Calderón sobre su padre y programa funeral.

Teresa Calderón habla de su padre Juan Carlos.

Página oficial de Juan Carlos Calderón.

viernes, 19 de octubre de 2012

O Sister!


“La lluvia que cae en Sevilla es una pura maravilla”… Y este sexteto que viene de allí lo es también. Helena Amado, soprano; Paula Padilla, alto; Marcos Padilla, tenor; Matías Comino, arreglista y guitarra; Camilo Bosso, contrabajo; Pablo Cabra, batería y percusionista. O Sister! recupera del olvido, y en España (doble mérito), lo mejor del blues y del jazz norteamericano de entre 1900 y 1940 aproximadamente. Y lo hace imitando los difíciles artificios vocálicos y nasales de las hermanas Boswell, un trío de blancas de Nueva Orleáns que adoptó el ritmo de la gente de color, volviéndolo propio. Las Boswell Sisters está considerado, aún hoy, como el mejor grupo vocal de jazz de la Historia. El dominio de Connee (o Connie), Helvetia y Martha abarcó once años, de 1925 a 1936. Empezaron siendo solo un trío musical, con violín, banjo, cello, guitarra y piano. Pero pronto arrancaron con toda su fuerza y despegaron sus cuerdas vocales, que sustituyeron a los instrumentos en la modulación de las sincopadas melodías. A partir de 1930, sus discos se vendían como rosquillas calentitas y aparecieron en algunos filmes menores, junto a los hermanos Dorsey, Cab Calloway y Bing Crosby. A partir de 1937 únicamente Connee siguió en el negocio, ya que sus hermanas se retiraron para crear una familia. Las Andrews Sisters fueron imitadoras suyas y tomaron el relevo durante la II Guerra Mundial. La mismísima Ella Fitzgerald adoraba a las Boswell, porque, tal y como le sucedió después a Elvis Presley, eran blancas con voz de negras.

La técnica de las Boswell que sigue O Sister! pasa por imitar a los instrumentos con falsetes de las cuerdas vocales y de la nariz. La canción, además, debe ir rápida, con ritmo suelto, y el sonido vocálico parecerse mucho al que salía de una vieja radio de lámparas de principios del XX. Marcos Padilla, por ejemplo, pone voz de gramófono, aguda pero cadenciosa, como si la sordina la contuviera. Cantan los mismos temas de las Boswell, como Crazy People o Shout, Sister! (con que han bautizado sus CD’s de 2009 y 2012) y salen todos vestidos a la moda de los felices veinte. 
Hemos podido disfrutarlos en el Café Central de Madrid (Plaza del Ángel, 10) la semana del 10 al 16 de septiembre de este año. El jazz es pura re-creación, nunca se aborda la misma canción de igual forma. Y O Sister! re-creó para nosotros temas como Heebie Jeebies, Sentimental Gentleman From Georgia, Crazy People, Roll On, Mississippi, Roll On, Stardust, The Lullaby of Broadway, Shout, Sister, Shout!, Was That The Human Thing To Do?, Shuffle Off To Buffalo y Rainy Days, inacabada por Martha Boswell, y cedida gentilmente al grupo sevillano por la familia de la cantante.
En Estados Unidos hubo un grupo también preocupado por rescatar el estilo vocálico del jazz, del gospel y del swing. Nos referimos a The Manhattan Transfer, que también han podido servir de inspiración a O Sister! Las versiones del Tuxedo Junction, de Gloria, Java Jive y de Stomp of King Porter son realmente impactantes. Este cuarteto se formó en Nueva York, en 1969 y sigue exhalando vitalidad. Lo creó un taxista, un tal Tim Hauser. Un día se subió a su taxi una clienta, aspirante a vocalista, Laurel Massé; Tim le propuso la idea de formar un grupo y la reclutó al momento. Algunas semanas más tarde, en una fiesta, llegó de Brooklyn Janice Siegel, y en seguida Alan Paul. El propósito era recrear diversos estilos de la música popular norteamericana, desde el jazz al pop y el rock.

* * *

El jazz es una creación de la gente de color americana. En tiempos de la esclavitud, adaptaron a sus canciones de trabajo en la plantación la música sacra protestante de sus amos blancos, combinándola con el ritmo de la percusión africana, las marchas militares, las danzas y los lamentos hondos espirituales. Es un estilo muy vocalizado, que llega de dentro y apuesta por la improvisación. Aunque puede partir de un esbozo de partitura, el jazz verdadero re-crea la melodía, la vuelve única, una sola. Prefiere los acordes en séptima, desde doce hasta treinta y dos compases. Los acompañamientos habituales son de piano, contrabajo y batería, a veces ampliados a trompeta, clarinete, trombón y saxo.
Las primeras bandas de jazz se abrieron paso tocando en las calles de Nueva Orleáns, y eran versiones reducidas de las que tocaban en celebraciones y sepelios. Se arrancaban con improvisaciones colectivas, en las que la trompeta o corneta marcaba la pauta solista, y recibía el contrapunto del trombón y el clarinete. Los primeros nombres que destacaron fueron los de Buddy Olden (cornetista), Joe King Oliver y Louis Armstrong, quien encontró un día una corneta rota en un cubo de basura y empezó a ensayar con ella. Las primeras grabaciones, sin embargo, las hicieron blancos, como la Original Dixieland Jazz Band, en 1917. Cuando ese mismo año, se clausuró el Distrito de las luces rojas, que acogía los principales garitos de Nueva Orleáns, comenzó un seguro éxodo de músicos a Chicago y Kansas City.
Hacia 1925, Louis Armstrong propuso intensificar el instrumento solista, que se escuchara por separado, haciendo arreglos para evitar que fuera ahogado por los demás. Comenzaron a profesionalizarse las bandas, como las de Duke Ellington, Count Bassie y Benny Goodman.
El primer jazz cantado, el blues, tuvo a su primera dama en Bessie Smith (h. 1898-1937), que comenzó actuando junto a blancos que se tiznaban la cara para parecer negros. Realizó grabaciones en la década de 1920, pero su carrera se vio truncada cuando sufrió un accidente de coche y no fue atendida en un hospital para blancos.
A partir de 1940, las bandas negras de jazz complicaron los ritmos, para distinguirse del swing blanco, al que consideraban acaramelado. Así surgió el be-bop, la impronta angulosa de Charlie Parker, Lester Young y otros.

viernes, 12 de octubre de 2012

Ruy-Blas en el Central.


El Café Central (Plaza del Ángel, 10, Madrid) sigue celebrando sus treinta años de música ininterrumpida con la actuación en directo de Pedro Ruy-Blas (Madrid, 1949) y sus excepcionales talentos acompañantes: Luis Guerra (piano), Noah Shaye, de Georgia, USA (batería) y Reinier Elizarde “El Negrón”, con su 1,93 de estatura, al contrabajo.

Ruy-Blas fue una voz que destacó en los años setenta con canciones como A los que hirió el amor, y que interpretó, junto a Pablo Abraira, el musical Jesucristo Superstar. De hecho, alterna las veladas de jazz y música ligera con los musicales de Broadway.
Esta vez, en más de hora y media, ofrece un amplio repertorio de versiones jazzísticas de clásicos. Como su timbre de voz guarda cierto parecido con el de Tony Bennett, nada mejor que pedirle prestadas unas canciones, como Just in Time, If I Had You, o Maybe This Time (de Cabaret), joyitas que también volvieron suyas Frank Sinatra y Liza Minnelli. Ruy-Blas borda la última, la saborea y personifica: “Puede que ahora tenga suerte, puede que esta vez él se quede, que hoy el amor no huya…” If I Had You no es una balada muy escuchada, pero suena como un pequeño regalo del cielo. Fue compuesta en 1967 por Gordon Mills. En You Tube es posible escuchar una buena versión a cargo de Sarah Vaughan: “Podría olvidarme de mi pasado, dejar a mis colegas y no recordarlos; podría empezar una nueva vida, si yo te tuviera…”
De La jaula de las locas, Ruy-Blas –con giro de locaza frenética-- rescata la excelente I am What I am (‘Soy lo que soy’), otro guiño a Broadway.
A Harold Arlen y Johnny Mercer se debe ese bello lamento del solitario en el bar, a horas de cerrar, compuesto en 1943 para el musical El límite es el cielo, con Fred Astaire. Hablamos de One for My Baby (and One More for the Road). Pedro recupera para nosotros tan melancólica presencia. Como la música no se da gratis, cuando los artistas dejan de tocar nuestras melodías favoritas no debemos olvidarnos de pagarles (You Gotta Pay The Band, que cantó Abbey Lincoln). Y, por supuesto, no falta algún éxito pop de los sesenta más cercano, como el Black is Black, de Los Bravos, en barra libre de jazz. O  Dieciséis toneladas, que popularizó en español el recientemente desaparecido José Guardiola. Lamento reivindicativo del minero que cobra en engañosos vales para comprar en el almacén de la propia compañía contratante.
Por trece euros, una velada agradable, a buen ritmo y con acompañamiento musical de lujo: si Pedro abandonara la tarima y Luis Guerra y Noah Shaye siguieran tocando solos, la magia continuaría hipnotizando el local.

A Pedro Ruy-Blas hay que oírlo en directo, porque mete un repertorio de temas infinitamente mejor al de sus discos.
Para conocer más detalles de este cantante, ve a su página oficial.


 
* Café Central (Madrid): información y reservas, tel. 91-3694143, de 18 a 20h.

lunes, 8 de octubre de 2012

La verdad de "Libre".

A mi amigo Julio Ariño debo esta entrada. Nino Bravo siempre ha sido el cantante español que más he admirado, por su voz prodigiosa e inigualable y por la gran calidad y solera de sus melodías.
 
Yo desconocía el porqué de Libre (1972), uno de sus éxitos más rotundos. La canción se debe a Pablo Herrero y José Luis Armenteros y los arreglos a Juan Carlos Calderón, que fue amigo de mi padre en Santander. Aquí está su verdad, tal y como me la ha contado Julio:
 
La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín, el 17 de agosto de 1962.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.

Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.

Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.

Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.

(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).

Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.



"TIENE CASI VEINTE AÑOS y ya está
cansado de soñar;
pero TRAS LA FRONTERA está su hogar,
su mundo y SU CIUDAD.
Piensa que la ALAMBRADA sólo
es un trozo de metal
algo que nunca puede detener
sus ansias de volar.

Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.

Con su amor por bandera se marchó
cantando una canción;
marchaba tan feliz que NO ESCUCHÓ
LA VOZ QUE LE LLAMÓ.
Y TENDIDO EN EL SUELO SE QUEDÓ,
SONRIENDO Y SIN HABLAR;
SOBRE SU PECHO, FLORES CARMESÍ
BROTABAN SIN CESAR."
La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento. Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechter. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años...
* * *
BIOGRAFÍA DE NINO BRAVO: Nació el 3 de agosto de 1944 como Luis Manuel Ferri Llopis en Ayelo de Malferit (Valencia). De pequeño era un niño tímido y retraído, que estudió con los maristas y los salesianos. Buen estudiante, alternaba su formación con las tareas en la tienda de comestibles de su madre, hasta que se decidió que con solo quince años entrara a trabajar como aprendiz de joyero en Casa Amat. Luis Manuel se encargaba de pulir diamantes, sin sospechar que él mismo era un diamante en bruto.
Por entonces, ya comenzaba a cantar en tunas y rondallas y formó el trío "Los Hispánicos", con quienes interpretaba algunos temas de Cole Porter, The Platters y Domenico Modugno. Le llegó a Luis un contrato con Hispavox, que rechazó al ser una oferta individual, y no para todo el trío. En 1962, se sumó a un nuevo quinteto, "Los Superson", con quienes actuó en Benidorm. Luis Manuel hizo la mili obligatoria en Cartagena. En 1968, contactó con un promotor musical de Radio Popular de Valencia, y es en ese momento cuando Luis adopta el nombre de Nino, a secas, que a petición del representante se ampliaría a Nino Bravo, por la energía y altura de su voz.
En Madrid no tuvo suerte con RCA, pero llamó la atención de Manuel Alejandro y de José Mª Íñigo, y el domingo 16 de marzo de 1969 fue presentado junto a "Los Superson" en el Teatro Principal de Valencia. Ese mismo año graba su primer single, del que solo vende 600 copias y conoce en un pub a su futura esposa, Mª Amparo Martínez.
Merced a la mediación de José Meri y de Augusto Algueró, la suerte de Nino mejora en sus próximos tres singles. En 1970, Nino participa en el Festival de la Canción de Atenas y en el de Río de Janeiro. Realiza una gran gira promocional por toda Sudamérica, en donde también se vende su primer LP, y participa por primera vez en TVE, en el espacio Pasaporte a Dublín.
En 1971 se casa y vuelve a Hispanoamérica, para promocionarse de nuevo. De su segundo LP llegaban a venderse tres mil unidades diarias. En 1972, con los discos Un beso y una flor y Mi tierra, se convirtió en el líder indiscutible del panorama musical español. En enero de ese año nace Amparo, su primera hija. Nino planea crear una sala de conciertos para dar oportunidades a nuevos grupos y desea apadrinar a un dúo, "Humo".
Su última actuación en público tuvo lugar el 14 de marzo de 1973, en la sala Parador 73.
El 16 de abril de 1973, Nino viajaba de Valencia a Madrid por motivos profesionales. Iba acompañado del dúo "Humo" y de Miguel Diurni. Al cruzar por Villarrubio, en Tarancón, su coche sufrió un accidente. Nino murió con 28 años, a punto de firmar un contrato internacional para toda Europa y el mercado anglosajón.