“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...
Mostrando entradas con la etiqueta Blanca del Cerro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Blanca del Cerro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de febrero de 2026

La España vendida de Pascual Sanabria.

 

“Voy a quitarles la opresión,

y a darles la libertad”

(Éx 6, 6)

Pascual Sanabria no existe. Es un personaje de novela, en cuya trama llega a presidente del Gobierno de nuestro país. Tiene la suerte del tonto –o la del guapo--, alguien que sabe estar ahí, pulsando los resortes exactos, sumamente ambicioso, egoísta, ególatra y despreocupado. Pascual Sanabria, líder del progresismo, va a trincar, a llevárselo al bolsillo, mientras inunda el territorio de inmigrantes, reparte ayudas a diestro y siniestro, favorece y encumbra el feminismo, pacta con exterroristas e independentistas, y aplaude a colectivos de discriminados y desfavorecidos (como el de los “okupas”). Sanabria es ese “crack” del despropósito, del que vive únicamente el presente como si no hubiera que rendir cuentas al porvenir. Todo está bien, todo va bien, y yo soy el mejor mandatario que ha tenido España. Bajo la batuta omnipotente e inmisericorde –eso sí-- del decreto ley.

Pascual Sanabria es el problema central de Ha llegado la hora, novela de Blanca del Cerro, publicada por Esstudio Ediciones (Madrid, 2ª ed., octubre de 2021, Col. Rúbrica). Una distopía que puede que ya se esté cumpliendo, literalmente, en nuestro momento de hoy, pese a que alguien pueda notar, quizá, ciertas dosis de exageración o de extremismo. Un país vendido por un sujeto que ha alcanzado el poder mediante una moción de censura, y cuyas iniciales son P y S (cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia, ¿o no?). Viaja por todo el mundo recibiendo esos homenajes y elogios que tanto le pavonean. Tiene una mujer atractiva, Cristina, a la cual guarda una fidelidad pía y que le pone muchísimo. Cristina fue, antaño, una agitadora del partido, una mujer que esparcía consignas para propagar un ideario que viniera de perlas. Si hay otra persona que además de él exista, esa es Cristina. Detrás de un gran hombre –se suele decir--, hay siempre una gran mujer. Es así que Pascual, infravalorado por su padre, llega a la cumbre no por inteligencia, ni talento, ni cumplida formación, sino por astucia. Miente, miente, miente, que la mentira se convertirá en verdad.

Al margen de los tejemanejes del presidente, dos hermanos, Federico y Darío Valterra, de clase media, prosperan en sus respectivas profesiones. Federico trabaja para una multinacional de Seguridad, y Darío, en colaboración con un socio, Mateo, crea una pequeña empresa de instalaciones informáticas.

Federico, con su esposa y familia, va a diferentes destinos, hasta que consiguen afincarse en Monterrey, en una buena colonia acomodada. Por su parte, Darío hace crecer su empresa y, ante el avance del dominio de los extranjeros acogidos, se plantea compartir su titularidad con sus empleados, abandonar España, y reunirse con su hermano en México. Está harto de contemplar, impotente, la disolución del país: el extravío de su identidad cultural, de sus tradiciones y festejos, de su patrimonio histórico-artístico. España está dejando de ser ella misma, para convertirse en un híbrido al completo servicio de una muy perversa organización internacional, de procedencia oriental, y que prescribe un estado teocrático donde la ley sea el dogma religioso y el hombre someta a la mujer, y la considere criatura imperfecta de segundo orden.

El planteamiento del texto de Blanca del Cerro es soberanamente audaz. Hay una extraordinaria valentía al señalar, aun veladamente, los peligros de un movimiento étnico y confesional real  que se expande por Europa --y por otras latitudes-- a un ritmo acelerado. Todavía más, que ello obedezca a un plan secreto, silente, preconcebido, y que ha requerido de siglos de paciente espera. De una paciencia infinita, necesaria para revertir, día a día, los designios de unas victorias morales y políticas históricas. Unos triunfos que asentaron lo mejor de la Democracia ateniense, del Derecho romano, de la doctrina de la separación de poderes, de las Declaraciones de Derechos naturales, y del Código Civil napoleónico en suelo europeo.

"El quitasol" (Francisco de Goya)

No obstante, podemos encontrar una salvedad importante --a modo de discrepancia-- en la coherencia argumental de este libro. Se supone que los inmigrantes que se constituyen en partido político, para mejor defender su presencia e intereses, tienen una muy distinta procedencia. Los habrá del Magreb, de África y del Oriente Medio, pero también de América del Sur y Central, de Europa oriental (rusos, ucranianos, rumanos, georgianos…) y de India y China. Unas colonias muy versátiles, algunas deseosas de pretender lo mejor del modo de vida occidental, y de huir de lo negativo y dañino que antes conocieron. ¿Esas colonias permanecerían imperturbables ante la imposición de una dictadura teocrática? Seguramente no; reaccionarían contra ello, y defenderían un modo de vida mucho más próximo al que siempre se ha desarrollado en España. Los chinos son pragmáticos y emprendedores, y no se dejan someter con facilidad. Lo mismo los rusos y ucranianos con espíritu empresarial. Los hispanoamericanos aman grandemente su cultura latina y miran a España como a la patria madre. En fin, un conglomerado de pueblos que, pese a ser muy distintos, pueden remar hacia un puerto común. Entenderse entre unos y otros, alcanzar una cierta concordia, un acercamiento, es la única manera de que un territorio no perezca ahogado en sangre. He ahí la gran esperanza (quizá la única) de nuestro país, y de los de nuestro entorno.

La novela de Blanca se lee con facilidad. Abusa de la omnisciencia narrativa y no presenta, apenas, a sus personajes a través del diálogo. Una novela toma brío no solamente por las acciones, los hechos que ocurren, sino también por la viveza de sus diálogos, los cuales permiten que cada personaje cobre entereza, vitalidad, redondez, cuerpo, y que se construya desde dentro. La omnisciencia absoluta lleva a la monotonía, a que cada ente se describa desde la sola óptica del narrador, sin reflejar riqueza de matices, y sin que cada lector se logre hacer su propia idea, o juicio, de cada carácter. Todo se nos dice cómo debe ser entendido. Tampoco hay presencia del monólogo interior, donde asome la duda, la debilidad, la fragilidad del ente, que son hebras de humanidad.

Aun así, respecto a otras novelas anteriores, Blanca del Cerro ha pulido su estilo: ha abandonado su acendrado lirismo descriptivo en beneficio del progreso de la acción. Se aparta del exceso de adjetivación valorativa, de los epítetos, y de metáforas y símiles neomodernistas. Ahora su prosa es más directa.

A veces, proporciona detalles que resultan innecesarios para lo que en esa escena ocurre. Por ejemplo, la composición del menú de una boda (p. 43); el apunte de quién protagoniza y dirige, y cuándo, El gran dictador --una película ya icónica, que permanece en el imaginario colectivo—(pp. 133-134); la situación en el callejero de un renombrado hospital madrileño (p. 192). Algún error de otro tipo se desliza: si Ascensión, la madre de los hermanos Valterra, fue profesora de Historia de España e Historia Universal en un colegio de Secundaria, no pudo cursar solo Magisterio, sino que también necesitaría una licenciatura --hoy, un grado universitario—(v. p. 40). Bastaría con decir que cursó estudios de licenciatura en Historia, o en Filosofía y Letras. El baile de una boda, y la barra libre que se ofrece, no preceden, sino que siguen a la ceremonia y a la comida o cena (v. p. 44). Y, seguramente, el inconveniente más grande –desde la óptica actual—sea presentar a México como tierra de promisión, país que acogió con orgullo y enorme, enorme generosidad a los emigrantes españoles en el pasado, pero cuya perspectiva de bienestar y seguridad ha empeorado catastróficamente por efecto del imperante narcotráfico. A lo mejor, Chile, Costa Rica, Puerto Rico, serían unos destinos más prometedores, si uno busca paz.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.

domingo, 13 de enero de 2013

Un aroma de seducción.


Cada novela nueva de esta modesta autora es un regalo para los sentidos. Blanca del Cerro ha publicado en octubre de 2012 Y le regaló un jazmín, en Ediciones Hades. Su narrativa es siempre un cuento moral, sin ningún sentido peyorativo hacia el concepto, sino en la buena tradición de la literatura didáctica medieval o de la ficción ilustrada del XVIII. Se puede “enseñar deleitando”, plantear conflictos éticos interesantes tamizados por una prosa elegante, poética, impresionista, de ensueño, fina y delicada como el cristal de Murano. Es más, nuestra sociedad de hoy, tan perdida, tan extraviada, tan alejada de valores constructivos está muy necesitada de este tipo de propuestas.



Ya don Benito Pérez Galdós, en su obra cumbre, Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas (1887), sugería la posibilidad de que el futuro del progreso ético humano pasara por una alianza: el pueblo bajo y la alta burguesía señorial se necesitan mutuamente para caminar hacia una sociedad más justa y estable. Fortunata muere, y deja su retoño a la infértil Jacinta, quien lo toma a su cuidado como si fuera su hijo, con amor de madre. Ese niño crecerá sano y fuerte, rodeado de los lujos con que nunca hubiera podido soñar. Podrá estudiar idiomas, viajar al extranjero, ir a la universidad. Como antes se solía decir, “ser un hombre de provecho”, en definitiva. Sí, es verdad, con bondad el destino se puede cambiar.

Blanca, en su relato, diseña una alianza parecida. Lobito es un niño de doce años que no ha tenido la suerte de nacer en el palacio de las comodidades. Su madre, muy delicada de salud, es limpiadora, y su padre, es un buscavidas que vende lotería clandestina en un bar. Viven en una barriada humilde, separada de un centro financiero y de urbanizaciones pudientes por un amplio parque, el de la Loma. Allí va todos los días Lobito a charlar con sus amigos, pero no los de su edad, sino mucho más crecidos: un cartero, los jardineros y las prostitutas. Cierto día cruza por su lado una fascinante “ejecutiva ejecutora”, Lorena, que gasta un aroma de jazmines. El crío se prenda del perfume y de la mujer. A partir de ese momento, se propone conocerla. Y lo consigue. Un día se planta ante su puerta con un ramo y el duende de la seducción cambiará sus vidas para siempre.

Este es un libro de amistad y de compromiso a través del tiempo, entre una joven triunfadora individualista que nunca soñó con ser madre y un chaval tierno necesitado de apoyo y cariño. Una lección de amor, que es lo auténtico que podemos dar sin límites a las personas de nuestro entorno, y el único don apacible que no decrece con la muerte, pues pervive con fuerza en el recuerdo.

Estoy pensando ahora en historias parecidas, como 84 Charing Cross Road (1970), la amistad durante dos décadas entre Helene (Hanff, la autora) y Frank (Doel), ella neoyorquina, él británico; la lectora y su librero ligados por la correspondencia y las apreciaciones sobre los libros. El idealismo de la novela de Blanca recuerda a películas como Cadena de favores (Pay It Forward, Mimi Leder, 2000), basada en un best-seller de Catherine Ryan Hyde, que habla de que hacer el bien a los demás es lo que más llena por dentro. Por su parte, el lado sórdido de un padre perdido y borracho, que apenas se centra en su hijo, puede estar inspirado por Bibiana y su mundo (1985), de José Luis Olaizola, un clásico ya de la literatura juvenil.

En cualquier caso, Blanca tiene la virtud de escribir para todas las edades, grandes y pequeños. Su prosa poética, evocadora del modernismo simbolista, está cuajada de símiles e ingeniosas apreciaciones metafóricas, que solo he visto utilizar con decoroso acierto en otros tres casos: Stephen Crane (La roja insignia del valor, 1895), Ramón Mª del Valle-Inclán (Sonatas, acotaciones en sus Comedias bárbaras y en Luces de bohemia) y Arturo Uslar Pietri (Las lanzas coloradas, 1931). Sirvan, a manera de muestra, las siguientes citas: “París es una especie de perla que brilla en medio de una marea de somnolencias y sueños tristes. París es una fábula oculta” (p. 60); “La mañana era muy clara y muy brillante, con puntitos de luz saltando por el cielo azul, como si fueran enanos diminutos buscando algún lugar donde esconderse” (p. 74); “El aire encerraba una especie de sabor gris que parecía tocarte con unos dedos un poco pringosos” (p. 119); “Una mujer de mediana edad [que] parecía fabricada de vendavales” (ibíd.).

A pesar de ser un cuento bonito, Y le regaló un jazmín guarda el sabor agridulce de la tragicomedia, porque el destino de Lobo tiene mucho que ver con el drama que persigue hoy en día a muchos padres no amados por sus esposas, e incluso despreciados y maltratados por ellas. El  de muchas mujeres mimadas e inmaduras, que no saben lo que quieren en la vida, y se llevan por delante, en su irresponsable confusión, a los inocentes. Hace muy bien Lorena con no casarse nunca, pues no está preparada para compartir su vida en serio con ningún hombre. Su perfil egoísta, y hasta hedonista, con miedo acérrimo al compromiso firme por inmadurez, cede sin embargo a una solución de madre soltera, brillantemente eficaz.

¿Qué defectos tiene esta novela de Blanca? Evidentemente, desprende algunos: no acierta a separar adecuadamente las voces y los pensamientos de los dos personajes centrales, un niño y una mujer. Ambos piensan y recrean lo pensado por igual, sin diferencia de matices. Lobo no se expresa ni ordena su mente como un colegial de nuestro momento, sino como un adulto. Lobo no se relaciona con niñas de su edad, ni lo vemos jugar con compañeros de estudios. No existe presencia del universo infantil y adolescente en la novela de Blanca, como tampoco cabía el mundo universitario en La Regenta (1884), de “Clarín”. Los amigos adultos de Lobito, por otra parte, contribuyen demasiado fácilmente, y sin reparos, a hacer realidad su sueño. En especial, Félix el cartero. En este apartado, el argumento flojea y se vuelve poco creíble.

Blanca del Cerro demostró ya poder de maestría en su anterior novela, Soy la Tierra (2010), de trama ecologista, y donde pergeñó unas relaciones familiares esmeradamente trazadas, de hondo calado en los lectores. Ahora repite con esta hermosa lección moral. Blanca se merece una creciente fortuna y magnánima presencia en el panorama editorial en español.