“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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lunes, 30 de junio de 2014

Catalina Tejada, el manantial que quiere oír su voz.


Odontóloga de formación (y espera que, también, de profesión), Catalina Tejada tiene muchos valores ocultos. Es una poetisa peculiar, muy personal, disforme y renovadora en su uniformidad, que canta siempre el mismo verso, pero con distinta agua. Compone cuadernos de poesía que de vez en cuando, tímidamente, deja atisbar a los amigos en algún recital. Enamorada del cine, de ese eterno clasicismo antiguo y moderno, también ha escrito alguna pequeña crítica y formado varios álbumes de recortes y singularidades relacionadas con ese mundillo del Séptimo Arte. Es una mujer muy culta, de conversación despierta, agradable e inteligente, que sabe siempre hacia dónde camina.

 
Pero Catalina ha nacido, además, con una voz prodigiosa que ha sabido cuidar y educar con acierto. Integrante del Coro Villa de Las Rozas –uno de los más meritorios de España--, se ha asociado a su amigo Fredi –guitarrista y vocalista—para lanzarse al ruedo de la música ligera en concierto: blues, jazz, boleros… Un tono cálido, suave, comedido, inspirado. Una balada permanente, mas nunca monótona ni monócroma. Una vibración mágica, de enredadera, de las que apetece seguir escuchando en todo momento, porque posee ese sabor a ti, Cata, tan ingrávido y gentil, a la vez quieto y en marcha.
El pasado sábado, 10 de mayo de 2014, Cata y Fredi ofrecieron un concierto, casi inaugural para ellos, en la acogedora sala Segundo Jazz Club (C/ Comandante Zorita, 8, 28020 Madrid). Más de hora y media de gozosa y pasmosa entrega en directo, que incorporaba temas de Pasión Vega (la “otra pasión” particular de esta artista novel), Armando Manzanero, Joan Manuel Serrat, Toni Zenet, Paul Simon, Beyoncé, Avril Lavigne, Anna Kendrick, Brewer y Shipley, y otros afamados astros de la canción. Canción hispana, música ligera, zamba, bolero, blues, nada desperdiga esta joven promesa madrileña, quien ojalá tenga suerte en este proceloso océano rítmico.
Nosotros la animamos a persistir, si es preciso hasta que el viento del desierto barra todas las dunas del Sahara y las mude de estado y de sitio.
Catalina Tejada es el manantial que quiere oír su voz. Démonos todos ese capricho imperecedero.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2014.
 
 
 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Juan Carlos Calderón (1936-2012), nostalgia y arte en familia.

En el Río de la Pila de Santander hay un bar donde se toca jazz que se llama el Drink Club. Fue fundado por Ramón, el segundo de los hermanos Calderón. No se puede hablar de cultura en la capital cántabra sin pensar en esta familia, los Calderón. Tres hermanos y una hermana, Teresa. Fernando (1928-2003), el mayor, excelente pintor figurativo; Ramón (1932-2004), dibujante, pintor y escultor; Juan Carlos, que ha fallecido poco después de la madrugada del lunes, 26 de noviembre de 2012, a los setenta y seis años, de un penoso cáncer de esófago, en la clínica Quirón de Madrid.

 
Juan Carlos, excelente compositor de baladas y música melódica, de jazz, y meritorio arreglista. Vivían los hermanos en el número 37 de la calle del Sol, cerca del paseo de Menéndez Pelayo, todo él arbolado de plátanos. En Villa Asunción, un chalet con jardín, tenía la familia un amplio piso arrendado, epicentro de un terremoto de expresividad pictórica, manual y musical como pocas veces ha llegado a darse en un hogar. Eran tres chavales de una inquietud artística, de un ansia de expresividad desmesurada. “Hacíamos arte sin darnos cuenta” –testimonia Juan Carlos. Como jugando. “Había muchísimo cachondeo y cosas muy locas para entonces”, nos sigue contando. “En el Club de Tenis, en el Marítimo, transgredimos todo; no hicimos caso de nada”. Una transgresión que consistió en traer a España formas nuevas de expresividad, fundamentalmente aprendidas de Norteamérica (el jazz) e Italia (el redescubrimiento del arte pictórico renacentista, fusionado con el lenguaje de vanguardia). En el Drink Club, cuyo gerente era Ramón, comenzaron a celebrarse unas sesiones intensivas de jazz los fines de semana, y ahí fue donde se inició Juan Carlos, con su grupo Santander New Orleans Band. El jazz era un sonido prohibitivo en España en la década de 1950 y 1960. Era ir contra la norma: la canción española, la música clásica y sacra, la zarzuela y la marcha militar. A los Calderón igual les daba por bajar un piano al césped de su jardín y tocar en torno a él, cara a la galería.
 
Poco a poco, los hermanos se fueron decantando por una disciplina: Fernando, por los cuadros de pataches, los bergantines ligeros de dos palos típicos en el norte; Ramón, por sus esculturas naturalistas y compuestas, de conchas y maderos que la mar ha mecido y abrillantado; Juan Carlos, por sus improvisaciones de jazz y sus primeras curvas melódicas.

Juan Carlos era solo tres años mayor que mi padre. Ambos fueron compañeros de colegio en los Escolapios. Cuando se abrió el Drink Club, mi padre –que no era músico ni pintor-- lo frecuentaba y escuchaba las interpretaciones que ofrecían Juan Carlos y su grupo. No actuaban canónicamente sobre una tarima. Se revolcaban con los saxos y los trombones y trompetas por el suelo de la sala, improvisando en todas las posturas. Aquello era de locura, un desmadre. Y no solo se tocaba, se bebía, hasta altas horas o la noche entera incluso. Pero todo se hacía con un talento innato, sublime, sobresaliente, que afloraba en los momentos más jocosos. No tenían intención de lograr nada serio en principio, de pulirse y profesionalizarse. Era solo su modo de divertirse y pasarlo bien haciendo lo que más les gustaba. A Ramón, por ejemplo, le dio por decorar al óleo las cubas del Riojano, por obrar algo que se salía de lo corriente, que no se conocía. Juan Carlos, que estudiaba piano clásico con Laura Llorente, se dejó seducir por la beatlemanía y se dispuso a componer pop. Tuvo la suerte de dar con compañeros interesados en lo mismo, y ahí comenzó la profesionalización, el modo de ganarse la vida.

Una de sus primeras composiciones lleva el ortopédico título Concierto para flauta, orquesta y timbal, Vals nº 1. Cuando abandona Cantabria y se traslada a Madrid, en 1959, compone música para el cine mientras toca por las noches jazz en garitos de alterne. A su hermano mayor Fernando le gustaba presumir que, cuando Juan Carlos tocaba el piano en un local de la calle del Marqués de Villamagna, iba a verlo Ava Gardner, que luego se lo llevaba a su chalet alquilado de La Moraleja.

Juan Carlos colabora con buenos directores, de la talla de Angelino Fons, León Klimovsky (Una chica para dos, 1968), Jaime de Armiñán (Carola de día, Carola de noche, 1969), Julio Coll (El mejor del mundo, 1970), Luis Revenga (Mañana en la mañana, 1972), Pedro Masó (La familia, bien, gracias, 1979). Si bien es verdad que las necesidades alimenticias lo llevan a crear partituras de jazz descabalado para títulos de terror: La rebelión de las muertas (1973), Los ojos azules de la muñeca rota (1974).

Su primer trabajo grabado de jazz lo realiza junto a la cantante de pop edulcorado Elia Fleta. En 1963, consigue un puesto de pianista estable en el club Bourbon Jazz. Allí su teclado acompañaba a vocalistas como Don Byas, Stephan Grapelli, Carmen McRae, Dexter Gordon, o Donna Hightower.

Poco a poco, consigue que le produzcan más discos: en 1968, uno con un cuarteto para Polydor, producido por el ex alumno del Ramiro, Alfonso Sainz, que también le financia Juan Carlos Calderón presenta a Juan Carlos Calderón, con siete temas propios más una versión de Danny Boy, y grabada con un cuarteto propio. Sin embargo, su mejor y más celebrado disco de jazz, con tres temas suyos y tres de Miles Davis, Thelonious Monk y Oliver Nelson, y una big band de acompañamiento (catorce músicos), es Bloque 6 (reeditado en cd por Blue Note en 1996). Este elepé ganó el premio al mejor disco de jazz en Estados Unidos. Las puertas de la fama internacional se abrían para el santanderino. Si se consiguió grabar fue merced a una oferta disparatada de Juan Carlos Calderón a los responsables de Información y Turismo: incluir una orquesta de jazz de diecisiete miembros en el programa de los Festivales de España. Lo admitieron y el músico se puso a ello. Debutaron en Santander, para pasar luego a Palma de Mallorca y Barcelona. La iniciativa gustó, y el elepé se produjo. Así fue cómo la audacia de Calderón al proponer lo que no se había hecho antes le llevó a la escalada del éxito. Además de las manos de Juan Carlos al teclado, y Pedro Iturralde al saxo tenor y soprano, Bloque 6 tiene un maravilloso toque de palillos debido a Pepe Nieto.

Por aquellos tiempos (finales de los sesenta), hizo los arreglos para el La, la, la, de Massiel y se entregó a producir y a promocionar al mejor grupo de música ligera que hemos tenido, Mocedades. Un matrimonio de catorce años, y las más acertadas canciones de Juan Carlos, las baladas por las que siempre se le recuerda: Eres tú (segundo puesto en Eurovisión en 1973), Tómame o déjame, Pangue Lingua, La otra España, ¿Quién te cantará?, Charango. En 1975, Sergio y Estíbaliz interpretan Tú volverás, y Cecilia, Amor de medianoche, que gana el Festival de la OTI, lo que le confirma como el mejor autor de canción melódica romántica de España. La nostalgia llega a 1985, con el tema La fiesta terminó, en la voz de Paloma San Basilio. De Eres tú (único nº 2 de ventas en EE.UU. de un tema en español) se cuenta la anécdota de que fue grabada en inglés por el gran Bing Crosby con el título Touch The Wind. Y así la versionaron igualmente el mismo Mocedades, Nana Mouskouri, y hasta Johnny Mathis, con acompañamiento del propio Juan Carlos. En español, las mejores interpretaciones se deben a Mocedades, por supuesto, y al grupo The Kelly Family. Eydie Gorme solía llevarla también en su repertorio. Las malas lenguas mencionan una influencia en esa canción de Rapsodia de Rachmaninoff sobre un tema de Paganini. Pero la influencia del pasado es un aspecto común en Arte. Sucede en pintura, en escultura, en literatura… ¿Por qué no, también, en música? Sin ir más lejos, cuando escucho el tema principal de En busca del Arca perdida, de John Williams, siempre me parece descubrir notas del Don Juan de Richard Strauss. Esto no es malo, es como tomar un poema y darle otra forma.

Juan Carlos siempre componía primero la partitura, al piano, y luego pensaba en que se le añadiera la letra. Eso ocurrió con Amor de medianoche, una canción como para quedar encerrada entre las paredes de Villa Asunción, con letra de Evangelina Sobredo (Cecilia). Habla de muñecas, de sombras en los rincones y guiñoles. De un cuarto, y de una puerta que ha de ser abierta para dejar partir el amor. Estoy por apostar que es la canción que recoge aquel espíritu de la casa familiar de Santander: los Calderón aprendiendo de los padres, y creando juntos y por separado.

 
En 1977, Juan Carlos decide saltar el charco e irse a vivir a Los Ángeles, ciudad de adoración suya, junto con Santander y Madrid. Allí progresa musicalmente, ayuda a promocionar a jóvenes valores, etc., etc. Qué duda cabe que ni Luis Miguel ni Ricky Martin son Mocedades, que era el anillo al dedo para el estilo romántico del autor. A la vuelta, Juan Carlos sufre la crisis del cd, y se replante nuevas fórmulas de negocio relacionadas con grandes temas para ser grabados. Ahí es donde le ha sorprendido la Muerte. “Un día no puede ser. / Una hora tienes de vida”. No le ha dejado hacer lo que antes nadie había hecho.

Jacobo Calderón sobre su padre y programa funeral.

Teresa Calderón habla de su padre Juan Carlos.

Página oficial de Juan Carlos Calderón.

lunes, 8 de octubre de 2012

La verdad de "Libre".

A mi amigo Julio Ariño debo esta entrada. Nino Bravo siempre ha sido el cantante español que más he admirado, por su voz prodigiosa e inigualable y por la gran calidad y solera de sus melodías.
 
Yo desconocía el porqué de Libre (1972), uno de sus éxitos más rotundos. La canción se debe a Pablo Herrero y José Luis Armenteros y los arreglos a Juan Carlos Calderón, que fue amigo de mi padre en Santander. Aquí está su verdad, tal y como me la ha contado Julio:
 
La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín, el 17 de agosto de 1962.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.

Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.

Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.

Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.

(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).

Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.



"TIENE CASI VEINTE AÑOS y ya está
cansado de soñar;
pero TRAS LA FRONTERA está su hogar,
su mundo y SU CIUDAD.
Piensa que la ALAMBRADA sólo
es un trozo de metal
algo que nunca puede detener
sus ansias de volar.

Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.

Con su amor por bandera se marchó
cantando una canción;
marchaba tan feliz que NO ESCUCHÓ
LA VOZ QUE LE LLAMÓ.
Y TENDIDO EN EL SUELO SE QUEDÓ,
SONRIENDO Y SIN HABLAR;
SOBRE SU PECHO, FLORES CARMESÍ
BROTABAN SIN CESAR."
La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento. Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechter. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años...
* * *
BIOGRAFÍA DE NINO BRAVO: Nació el 3 de agosto de 1944 como Luis Manuel Ferri Llopis en Ayelo de Malferit (Valencia). De pequeño era un niño tímido y retraído, que estudió con los maristas y los salesianos. Buen estudiante, alternaba su formación con las tareas en la tienda de comestibles de su madre, hasta que se decidió que con solo quince años entrara a trabajar como aprendiz de joyero en Casa Amat. Luis Manuel se encargaba de pulir diamantes, sin sospechar que él mismo era un diamante en bruto.
Por entonces, ya comenzaba a cantar en tunas y rondallas y formó el trío "Los Hispánicos", con quienes interpretaba algunos temas de Cole Porter, The Platters y Domenico Modugno. Le llegó a Luis un contrato con Hispavox, que rechazó al ser una oferta individual, y no para todo el trío. En 1962, se sumó a un nuevo quinteto, "Los Superson", con quienes actuó en Benidorm. Luis Manuel hizo la mili obligatoria en Cartagena. En 1968, contactó con un promotor musical de Radio Popular de Valencia, y es en ese momento cuando Luis adopta el nombre de Nino, a secas, que a petición del representante se ampliaría a Nino Bravo, por la energía y altura de su voz.
En Madrid no tuvo suerte con RCA, pero llamó la atención de Manuel Alejandro y de José Mª Íñigo, y el domingo 16 de marzo de 1969 fue presentado junto a "Los Superson" en el Teatro Principal de Valencia. Ese mismo año graba su primer single, del que solo vende 600 copias y conoce en un pub a su futura esposa, Mª Amparo Martínez.
Merced a la mediación de José Meri y de Augusto Algueró, la suerte de Nino mejora en sus próximos tres singles. En 1970, Nino participa en el Festival de la Canción de Atenas y en el de Río de Janeiro. Realiza una gran gira promocional por toda Sudamérica, en donde también se vende su primer LP, y participa por primera vez en TVE, en el espacio Pasaporte a Dublín.
En 1971 se casa y vuelve a Hispanoamérica, para promocionarse de nuevo. De su segundo LP llegaban a venderse tres mil unidades diarias. En 1972, con los discos Un beso y una flor y Mi tierra, se convirtió en el líder indiscutible del panorama musical español. En enero de ese año nace Amparo, su primera hija. Nino planea crear una sala de conciertos para dar oportunidades a nuevos grupos y desea apadrinar a un dúo, "Humo".
Su última actuación en público tuvo lugar el 14 de marzo de 1973, en la sala Parador 73.
El 16 de abril de 1973, Nino viajaba de Valencia a Madrid por motivos profesionales. Iba acompañado del dúo "Humo" y de Miguel Diurni. Al cruzar por Villarrubio, en Tarancón, su coche sufrió un accidente. Nino murió con 28 años, a punto de firmar un contrato internacional para toda Europa y el mercado anglosajón.