“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

sábado, 21 de octubre de 2017

Virginia Woolf: por un lugar en el mundo.


Con el cartel de “No hay billetes para todas las representaciones”, vuelve a resplandecer, en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, Una habitación propia, en versión libre y dirección de María Ruiz. El texto se basa en un ensayo capital de Virginia Woolf sobre los derechos de la mujer y su acceso a la Cultura. Virginia fue una escritora aclamada y traducida por Borges, cuya novela Orlando debe leerse, al menos, una vez en la vida. Orlando es la historia de un personaje que vive varias existencias, bien como hombre o como mujer. Sus descripciones, a medio camino entre el verismo y la alucinación, están en el origen del realismo mágico de García Márquez (tal y como señalé en mi tesis doctoral). En su peculiar relato histórico, la autora recordaba a sus lectores: “La vida normal de una mujer era una sucesión de partos. Se casaba a los diecinueve años, y a los treinta ya había tenido quince o dieciocho hijos, porque abundaban los gemelos. Así nació el Imperio Británico.”
Hasta el siglo XVIII, las mujeres no comenzaron a ser reconocidas como personas. Su educación era somera y muy limitada. En 1866, aparecen las dos primeras facultades inglesas que admiten mujeres. Hasta 1880, la mujer no era propietaria de sus bienes, que correspondían a su marido. En 1919, llegó en Reino Unido el sufragio femenino. Alcances lentos. Costó mucho que la mujer pudiera pensar libremente. En España, la escritora y poetisa Concha Méndez Cuesta anotaba con amargura cómo, siendo ella una niña, un amigo de su padre, que preguntaba a sus hermanos lo que querían ser de mayores, le espetó, sin reparo alguno: “—Las niñas no son nada.”
Leer a Virginia Woolf es dejarse llevar por una de las virtuosas esenciales de las letras inglesas. Es gozar de una prosa exquisita, cuidada. Una habitación propia (1929) es una lectura que tampoco se debe postergar mucho. Cargada de un agradable humor y de una sutil ironía, repasa el pasado y el presente de mujeres con inquietudes intelectuales. Tal vez Shakespeare tuviera una hermana, que se llamara Judith, y osara a ser poeta y actriz en Londres. Imagina a la pobre mujer muerta por la pérdida de su buen nombre y enterrada junto a un cruce de caminos, convertido luego en una parada de autobús. Todavía en agosto de 1928, Sir Egerton Brydges pontificaba: “Las mujeres novelistas deben solo aspirar a descollar por el valiente conocimiento de las limitaciones de su sexo.” ¡Las limitaciones de su sexo! Mayor fogosidad, especial inclinación al pecado de lascivia, cerebro disminuido… 
“Cada vez que una lee de una bruja tirada al agua, de una mujer poseída por los demonios, de una curandera vendiendo hierbas y aun de la madre de un hombre célebre pienso que estamos en la pista de un novelista, un poeta abortado, o una Jane Austen muda.” Para la autonomía relativa de la mujer, más importante que el voto, fue la posesión de su propio peculio. Cuando fallece una tía de la narradora, de una caída de caballo en Bombay, y se prescribe una renta anual vitalicia de quinientas libras, se anota que es preferible contar con dinero que con el sufragio. Con dinero, una persona puede arreglarse mejor. A pesar de ello, el acceso a las bibliotecas universitarias seguía restringido, como no fuera salvado mediante una oportuna carta de presentación, o una visita en ilustre compañía de un profesor. “Que una mujer haya maldecido una biblioteca famosa es asunto del todo indiferente a la biblioteca famosa.”
Clara Sanchís, soberbia intérprete a quien se pudo aclamar en La lengua en pedazos (de Juan Mayorga), compone una Virginia Woolf recia, firme, deslumbrante. Acompaña su disertación de varios solos de piano, hábiles apóstrofes, vigorosos subrayados de su ansiedad creativa. Clara Sanchís es Profesionalidad en el escenario, entregada en cuerpo y alma a un complejo ejercicio memorístico y expresivo de hora y cuarto.
Una obra para celebrar y recordar, con el brillante compromiso de leer Una habitación propia.
© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2017.

viernes, 13 de octubre de 2017

A la búsqueda incansable de la Energía.


“Nada podía comprar a mi gurú;
ni siquiera el amor.” (P. Yogananda)
Rafael Álvarez El Brujo nos lleva a la India, a los pies del Himalaya. El camino ascendente de un yogui o santón célebre, Paramahansa Yogananda (1893-1952). Cuando era niño, Yogananda se tumbó en su cama, cerró los ojos, y contempló la oscuridad. Un muro. Entonces se hizo una pregunta relevante: “¿Qué hay detrás de la oscuridad?” Los padres del pequeño Mukunda eran adeptos del santón Lahiri Mahasaya (nombre harto repetido por El Brujo durante su representación). A raíz de perder a su madre, con once años, al sentirla fundida con la Gran Madre Cósmica Universal, Yogananda decidió consagrar su vida a responder a aquella antigua pregunta: ¿qué existe tras la tiniebla? Se puso a servir a un gurú (Yukteswar Giri) que encontró en Benarés –la ciudad sagrada--, quien le acercó, por medio del kriya yoga, la solución al eterno enigma.
Detrás de las tinieblas (como creía también Juan de la Cuesta, impresor del Quijote) está la Luz. La Luz es una constante cósmica. Yogananda y Einstein coincidieron en lo mismo. La Luz es la energía absoluta. Nada supera su fuerza expansiva, ni su velocidad. Se puede alcanzar la paz completa canalizando la relajación del cuerpo, a través de la energía de la mente y de la espina dorsal, hasta aproximarse a la Energía vital de la Luz cósmica. En 1920, Yogananda se creyó llamado a predicar el yoga en Occidente, y viajó a Estados Unidos. Allí encontró un ferviente seguidor y mecenas, el magnate del petróleo James Lynn. Yogananda habló de una relación personal con la divinidad, que es Energía, Luz. Enviaba sus lecciones incluso por correo postal aéreo. Creó una comunidad de monjes y monjas célibes en Mount Washington (Los Ángeles): Self-Realization Fellowship (‘Confraternidad de la Realización del Ser’).

Yogananda intentó una simbiosis entre panteísmo, hinduismo meditativo y cristianismo. A Cristo se le lleva dentro –pensaba—y hay que encontrarlo. No es tanto una pura cuestión de fe como sí de intuición y realización personal. La meditación del kriya yoga puede conducir a la contemplación de la luz divina. Y con ello a un estado mental y corporal de bienestar, relajación y paz completa. El universo es como una gran película proyectada y nosotros somos los actores. Solo nos falta mirar hacia el proyector, la fuente de luz, el origen de todo. En cierto modo, es una relectura del mito de la caverna de Platón. En principio, vemos sombras reflejadas sobre una pared. Pero, a medida que nos vamos perfeccionando y limpiando interiormente, somos capaces de visionar más, con mayor nitidez. Nos acercamos a las verdaderas realidades, en este caso reunidas, concentradas en la Energía del Cosmos.
 Yogananda continuó enseñando kriya yoga en Estados Unidos. Efectuó algunos viajes a la India, y consiguió atraerse a personalidades como Mahatma Gandhi. A menudo, entraba en trance, en suspensión entre la consciencia y la absorbente contemplación íntima de la divinidad. Durante una recepción en el hotel Biltmore de Los Ángeles, se sintió plenamente “santificado” y cayó muerto al suelo. Era el 7 de marzo de 1952. Su cuerpo se conserva incorrupto:
«El señor Harry T. Lowe, director del cementerio de Forest Lawn Memorial Park de Glendale (en el cual reposa provisionalmente el cuerpo del Maestro), remitió a Self Realization Fellowship una carta certificada ante notario, de la cual se han extraído los párrafos siguientes:
“La ausencia de cualquier signo visible de descomposición en el cuerpo de Paramahansa Yogananda constituye el caso más extraordinario de nuestra experiencia […] Incluso veinte días después de su fallecimiento, no se apreciaba en su cuerpo desintegración física alguna […] Ningún indicio de moho se observaba en su piel, ni existía desecación visible en sus tejidos. […] Este estado de perfecta conservación de un cuerpo es, hasta donde podemos colegir de acuerdo con los anales del cementerio, un caso sin precedentes. […] Cuando se recibió el cuerpo de Yogananda en el cementerio, nuestro personal esperaba observar, a través de la cubierta de vidrio del féretro, las manifestaciones habituales de la descomposición física progresiva. Pero nuestro asombro fue creciendo a medida que transcurrieron los días sin que se produjera ningún cambio visible en el cuerpo bajo observación. El cuerpo de Yogananda se encontraba aparentemente en un estado de extraordinaria inmutabilidad. […]

Nunca emanó de él olor alguno a descomposición. […] El aspecto físico de Yogananda instantes antes de que se colocara en su lugar la cubierta de bronce de su féretro, el 27 de marzo, era exactamente igual al que presentaba el 7 del mismo mes, la noche de su deceso; se veía tan fresco e incorrupto como entonces. No existía razón alguna para afirmar, el 27 de marzo, que su cuerpo hubiera sufrido la más mínima desintegración aparente. Debido a estos motivos, manifestamos nuevamente que el caso de Paramahansa Yogananda es único en nuestra experiencia”.»
“Y añadió: No puedes ver mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir.” (Ex 33, 20) “El único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible; a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.” (1 Tim 6, 16)

Existe esa posibilidad de que Yogananda alcanzara la visión de esa Luz en Majestad que ocupa la última etapa del camino espiritual. Que se llenara de ella y así entregara su alma rebosante de paz.
Yogananda escribió mucho acerca de sus experiencias meditativas. Como todo místico –tanto oriental como occidental--, procuró la purificación del alma y del cuerpo para unirse a la esencia divina. Su libro más comentado es Autobiografía de un yogui, cuya redacción comenzó en 1945. Pero alumbró otros muchos y extensos títulos, como los tres volúmenes de La segunda venida de Cristo. En esta obra, Yogananda reivindica la presencia del Jesús que todos llevamos con nosotros, y que hay que descubrir y revitalizar. Como segundo nazareno, tampoco Yogananda se cortó el cabello, que llevaba en rizada y larga melena sobre los hombros. Como todo seguidor de yoga, prescribió vivir en el presente, olvidando el pasado (que no vuelve) y no pensando en el futuro (que aún no existe). Hay que postergar tanto el peso de los recuerdos, como las arriesgadas conjeturas. El hombre es SER, primero, más que hacer. Si no descubre la plenitud de su Ser, no alcanza nada. Estas enseñanzas, anteriores al cristianismo, y con más de cinco mil años de antigüedad, han sido actualmente incorporadas en Occidente al método Mindfulness: vivir conscientemente; poner atención plena (pero sosegada) a todo instante del tiempo presente.
Entrevista con "El Brujo" sobre "Autobiografía de un yogui". 
* * *
La obra de Rafael Álvarez, en el Teatro Cofidis Alcázar de Madrid, se extiende durante dos horas y media. Para un público interesado en aspectos trascendentes, ese tiempo pasa hermosamente rápido. El Brujo, muy consciente en todo momento de la densidad temática del drama, lo ameniza con un anecdotario personal que intenta conectar con los diferentes estadios de Autobiografía de un yogui. Como introducción a la vida e inquietudes metafísicas de Yogananda, la propuesta y la lectura son acertadas. La visualización invita a saber más sobre este personaje. A la salida, en el vestíbulo del mismo teatro, se pueden adquirir diversas publicaciones sobre Yogananda, incluido el documental Awake (Despierta). La vida de Yogananda (narrado en castellano, entre otros, por el propio Rafael Álvarez).
© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2017.

miércoles, 4 de octubre de 2017

MENSAJE A LA NACIÓN DE SU MAJESTAD EL REY.


El martes, 3 de octubre, Su Majestad el Rey Felipe VI se ha dirigido al pueblo español en un mensaje televisado de seis minutos. Nuestro monarca sale valedor del estado constitucional vigente, de la unidad de España, y determina que, en un estado democrático como el nuestro, todo el mundo puede defender con respeto sus ideas, sin actuar en menoscabo de la paz y de la concordia nacionales.


"Buenas noches,

Estamos viviendo momentos muy graves para nuestra vida democrática. Y en estas circunstancias, quiero dirigirme directamente a todos los españoles. Todos hemos sido testigos de los hechos que se han ido produciendo en Cataluña, con la pretensión final de la Generalitat de que sea proclamada −ilegalmente−la independencia de Cataluña.

Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno.

Con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado. Un Estado al que, precisamente, esas autoridades representan en Cataluña.

Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. Hoy la sociedad catalana está fracturada y enfrentada.

Esas autoridades han menospreciado los afectos y los sentimientos de solidaridad que han unido y unirán al conjunto de los españoles; y con su conducta irresponsable incluso pueden poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España.

En definitiva, todo ello ha supuesto la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña. Esas autoridades, de una manera clara y rotunda, se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común.

Por todo ello y ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía.

Hoy quiero, además, transmitir varios mensajes a todos los españoles, particularmente a los catalanes.
A los ciudadanos de Cataluña –a todos− quiero reiterarles que desde hace décadas vivimos en un Estado democrático que ofrece las vías constitucionales para que cualquier persona pueda defender sus ideas dentro del respeto a la ley. Porque, como todos sabemos, sin ese respeto no hay convivencia democrática posible en paz y libertad, ni en Cataluña, ni en el resto de España, ni en ningún lugar del mundo. En la España constitucional y democrática, saben bien que tienen un espacio de concordia y de encuentro con todos sus conciudadanos.

Sé muy bien que en Cataluña también hay mucha preocupación y gran inquietud con la conducta de las autoridades autonómicas. A quienes así lo sienten, les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos.

Y al conjunto de los españoles, que viven con desasosiego y tristeza estos acontecimientos, les transmito un mensaje de tranquilidad, de confianza y, también, de esperanza.

Son momentos difíciles, pero los superaremos. Son momentos muy complejos, pero saldremos adelante. Porque creemos en nuestro país y nos sentimos orgullosos de lo que somos. Porque nuestros principios democráticos son fuertes, son sólidos. Y lo son porque están basados en el deseo de millones y millones de españoles de convivir en paz y en libertad. Así hemos ido construyendo la España de las últimas décadas. Y así debemos seguir ese camino, con serenidad y con determinación. En ese camino, en esa España mejor que todos deseamos, estará también Cataluña.

Termino ya estas palabras, dirigidas a todo el pueblo español, para subrayar una vez más el firme compromiso de la Corona con la Constitución y con la democracia, mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles, y mi compromiso como Rey con la unidad y la permanencia de España."

(Felipe VI, Rey)

lunes, 2 de octubre de 2017

La vuelta a la hora en ochenta risas.


Si hay un espectáculo teatral verdaderamente completo y para el disfrute familiar (niños, a partir de doce años) ese es La vuelta al mundo en ochenta días, adaptación cómica de la célebre novela de Julio Verne. Se estrenó primeramente en Francia, donde ha venido cosechando un nutrido éxito de público. El libreto es de Sébastien Azzopardi y Sacha Danino, y su versión española de Laura Olivé.
Cinco actores dan vida a varios personajes. La dirección es de Jorge Muñoz. El argumento es rigurosamente respetuoso con la obra de Verne, pero juega con algunos anacronismos para provocar la hilaridad del espectador. El tono sarcástico y gamberro, el ritmo vivo y la incorporación de toques musicales acercan la comedia al vodevil o a la revista.
Los personajes reciben al público en la calle, a la entrada del Teatro Muñoz Seca. El programa es una curiosa reproducción del Morning Chronicle, donde se recoge el robo al Banco de Inglaterra, lo que dará pie al continuo acoso de Mr. Phileas Fogg (Juan Anillo) por el incansable e implacable inspector Fix (Dani Llull). Fogg recorre Suez, la India, Hong Kong y Estados Unidos, acompañado de su criado Picaporte (José Carrillo). Por el camino rescatan a la princesa Audá (Silvia Rey). Marcelo Casas –quien produce el espectáculo—, aquí feroz camaleón, se transmuta en caracteres distintos: cónsul sellador de pasaportes, vendedor árabe, vendedor chino, capitán de barco, pescador…
El aire pícaro, el descaro sinvergüenza, el descoque homosexual, alegran la vida de los risueños espectadores durante hora y media. La compañía Excentric, como el propio Mr. Phileas, ha hecho una apuesta que ha ganado. Ha recuperado todo un clásico europeo (que parecía muerto) y lo ha revitalizado para el teatro de hoy.

Una comedia de agradecer, fresca, meritoria y por ello recomendable.

© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2017.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Prisioneros del dogma.


Hasta el 15 de octubre (y después de su paso este agosto por Santander), se puede ver en el Teatro Bellas Artes de Madrid Oleanna, el inquietante drama de David Mamet, guionista responsable de una de las mejores películas de Paul Newman, Veredicto final.
Oleanna viene dirigida por Luis Luque e interpretada magistralmente por Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez. Dos personajes víctimas de la educación recibida, moralmente tergiversada, cuya actitud frente a los demás es espejo de ella. Un crudo enfrentamiento alumna-profesor, en el despacho de este. El docente, aspirante a cátedra y a mejor sueldo, fue educado en un sistema represivo que constantemente lo minusvaloraba: “eres un mierda, no sirves para nada, eres un inútil”. Como consecuencia, de adulto tiende a infravalorar él también a los demás. La chica, producto enlatado del nuevo feminismo incendiario, que desdeña la masculinidad por agresiva o, cuando menos, amenazante. Esta mujer, estudiante universitaria, se cree en el deber de cambiar los roles tradicionales y tomarse la justicia por su mano. Han sido demasiados siglos de dominación masculina. Pero ahora la realidad va a modificarse, gracias a ella, a su iniciativa vengadora.
Porque de lo que se trata es de tomar venganza, provocando el daño, y no intentando convencer a quien no piensa como uno por medio del razonamiento y el diálogo. La alumna se presenta en su despacho, descontenta con su nota y alegando que no entiende nada de lo que dice en clase. Se pone áspera y, por momentos, histérica. El profesor se ofrece a repasar las lecciones en su despacho. Entonces ella convence a su grupo para escribir una carta contra el docente, acusándolo de sexista y aprovechado. Al profesor le niegan su cátedra y le suspenden de empleo. No contenta con eso, la joven emperatriz le pone una denuncia por intento de abuso sexual. El profesor estalla y la agrede físicamente. Ella le ha llevado donde quería: a la ruina.
La diferencia de pensamiento entre estos dos seres evidencia una incomunicación, un problema en el uso y entendimiento del lenguaje verbal. La interpretación literal de la lengua puede conducir a la imposición sobre cómo se debe hablar, lo que puede decirse y lo que no, como si esto último conformara un tabú de palabras y expresiones inoportunas susceptibles de integrar el corpus de los insultos. Así, la reacción ofensiva en el receptor ante lo dicho causa, a la vez, una lectura de incongruencia en el emisor, quien no se explica que su discurso suene a perverso y malévolo. Lo natural para él es lo antinatural e inaceptable para ella, porque se mueven con códigos morales diferentes. Y los prejuicios, de puro intolerantes, actúan en perjuicio y se vuelven destructivos y aniquiladores. Se olvida la máxima fundamental de Thomas Jefferson: No estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo.
La libertad de expresión, siempre que no se agreda intencionadamente a otro, es un bien sagrado del pensamiento en las sociedades libres. Por más que en estas haya personas empecinadas en someter a una doble lectura cualquier enunciado, y que incluso se crean en la obligación de proscribirlo. Cuando alguien obra sectariamente, crea o se adhiere a un código particular. Una simbología que levanta empalizadas y que huye de la paz y de la concordia.

Los sexos han de sentirse como complementarios, nunca como enemigos. El intenso drama de Mamet, además de poner el dedo en la llaga de la intolerancia entre hombre y mujer, admite varias lecturas, y es por eso una obra capital en el teatro contemporáneo.
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2017.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Semblanza de un amigo.


“Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.”
(Antonio Machado)
Paco y yo quedábamos siempre en la puerta lateral de El Corte Inglés Madrid 2 La Vaguada. Cuando lo veía acercarse, alto y espigado, con sus gafas y su barba blanca discreta, le decía:
--Por ahí viene Valle-Inclán.
Y respondía él, con su buen humor característico:
--Más bien el Marqués de Bradomín, por lo feo y sentimental.
Nos dábamos un sentido abrazo y comenzábamos nuestro paseo, generalmente en torno a la Avda. de la Ilustración, hasta bordear el Parque Norte y recalar, al final, en un discreto bar restaurante, muy limpio, regentado por dos hermanas rumanas, donde Paco había comido alguna vez, y donde nos tomábamos unos vinitos.
El mismo feliz vaivén más de treinta años. Nuestras conversaciones giraban sobre la profesión, sobre las novedades en el colegio de Martín de los Heros –cambio de dirección, algún cura que había salido desplazado, recuerdos de antiguos alumnos--, sobre asuntos familiares y personales, sobre la participación de él en algún que otro jurado literario, acerca de los colegas de profesión, sobre la reciente narrativa –tal o cual escritor--, y también acerca del teatro. Porque éramos ambos fieles seguidores de la temporada teatral madrileña. En el caso de Paco, su interés alcanzaba Almagro, Mérida e incluso el festival de Aviñón. Recordábamos con gusto a los viejos divos –Closas, Lemos, Rodero, Prada, Pellicena, Flotats, Pou, y especialmente (pues nos gustaba a los dos) Bódalo--. De los nuevos, caían Homar, Fontserè y Carlos Álvarez Novoa, un gran especialista en Luces de bohemia, obra canónica reverenciada donde las haya, que había escrito su profuso ensayo sobre la misma, y de la cual --se dice-- había interpretado muy certeramente a Max Estrella. Por Álvarez Novoa desembocamos en Solas, el excelente drama familiar de Benito Zambrano, que había obtenido el Premio del Público en el Festival de Berlín de 1999. Paco me habló de la película –que yo no había visto-- y del personaje entrañable de Álvarez Novoa. Por suerte este verano, poco después de la muerte de Paco, encontré una copia en un mercadillo de Santander, que me apresuré a visionar. Le doy toda la razón: es un drama excelente. Sería muy difícil no recordar la madre que talla María Galiana. Portentosa.
 ¡Ay, nuestro mundo de Luces! Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del Gato. Inolvidable el recorrido de La Noche de Max Estrella, que Paco me invitó a compartir una vez con un grupo de alumnos suyos de COU. ¡Qué chicos y chicas aquellos! ¡Qué religiosa veneración al gran, inmortal texto del Maestro Valle, que casi pronunciábamos todos, al unísono,  de memoria! Luces de bohemia ha sido el teatro español, la esencia de lo antiguo y lo moderno. Esos siete u ocho muchachos iban a la profana procesión con sus ejemplares bajo el brazo, o con opúsculos de sus poetas preferidos, o con sus cuadernos de anotaciones donde apuntaban las chanzas de la nueva galerna modernista. Después nos fuimos a celebrarlo con ellos a una tasca, para ritualizar la velada con amenos comentarios sobre lo sucedido en nuestro vía crucis. La calle fue el Paraíso y el Calvario de Max Estrella, el purgatorio del pecador hacia la santidad. ¡Qué suerte tienes, Paco, --le dije-- con poder enseñar todavía a una generación interesada en la Literatura, motivada a indagar, a aprender leyendo!Tú también conocerás lo que se siente –me respondió con una sonrisa—porque las modas cambiarán y vendrán tiempos mejores. Pero los tiempos mejores parece que se retrasan, que se han quedado orinando en una esquina, como el perro. Paco tuvo muy buenos alumnos en el colegio. El respeto y el cariño al profesor era la máxima esencial. El ambiente del colegio, en el COU, era el de una academia griega o renacentista: distendido, cordial, tolerante, pero afín al rigor de la excelencia formativa. Se podía dialogar con los docentes, cuyas maravillosas explicaciones abrían un mundo de mayores sorpresas, y era difícil no dejarse seducir. El método explicativo se basaba en una acertada selección de datos fundamentales de cada tema, muy bien definidos y esquematizados, de tal manera que cada clase cundía y el conocimiento llegaba casi sin esfuerzo. Se solía recurrir a citas de autores o de protagonistas de los hechos para focalizar oportunamente una lección. Los apuntes y esquemas de Lingüística estructural de Paco contenían la información justa, y al tiempo completa, de lo que debía dominarse para la Morfología, la Semántica, la Sintaxis, y sobre todo, el comentario de texto. Paco era un consumado especialista en desentrañar los misterios de los textos para su eficaz disección y comentario. Nos dedicaba algunas horas de clase por la tarde para perfeccionar esta técnica de exégesis textual. Fuimos muy bien preparados por él para afrontar con éxito la prueba de Selectividad.

El año que me dio clase Paco había en el centro, recién llegado, un joven crítico de arte, Miguel Fernández-Cid, sobrino del veteranísimo musicólogo gallego. Sus clases de Historia del Arte y de Historia del Mundo Contemporáneo, con las fichitas que se ponía delante, para no perderse, y las proyecciones de filminas (muchas con materiales propios) eran inmejorables e insustituibles. Con Miguel y con Paco, el grupo de los catorce nos fuimos un fin de semana de excursión a Soria, a estudiar in situ su bello románico. Miguel nos invitó un día a su piso de la calle del Limón, las paredes todas llenas de libros del suelo al techo. Allí, concelebramos tertulia. Algún tiempo después, Miguel montó en su piso la editora de su revista Arte y parte, imprenta incluida, cuya cabecera tuvo que vender luego.
Yo viví, con estos profesores del colegio, la misma experiencia de educación para la amistad y la convivencia que debieron de saborear los alumnos de la laica Institución Libre de Enseñanza. Y se cumplió en mí el lema del impresor del Quijote, Juan de la Cuesta: “Post tenebras, spero lucem” (‘Después de las tinieblas, espero la luz’).

Nunca quedaré lo suficientemente agradecido a estos profesores por la enseñanza y el cariño recibidos. Me enseñaron mucho y bueno; pero lo más digno de todo fue aprender con ellos a amar la vida.
Cuando me hice profesor intenté imitarlos, seguir sus pasos, mas solo de lejos creo haberlo logrado. Enseñar bien es muy difícil; hay que tener un don especial. No basta con la voluntad. Hay que conseguir conectar con el fondo anímico de los chicos, cuyas mentes hoy están aún más dispersas por el mundo de la tecnología digital. Uno debe saber cómo despertar su curiosidad. Desde luego que mi espíritu es el de Paco, el de Miguel, el de Anabel, el de esos profesores de aquel año que sabían enseñar sin imponer, con ánimo abierto y elocuente.
Lo que siempre me gustó de Paco era su espíritu conciliador y ecléctico. El sincretismo lo llevaba a valorar lo mejor de cada tendencia ideológica, de cada propuesta. Siendo un hombre de izquierdas, Paco era, ante todo, liberal, antidogmático, independiente, y sumamente dialogante. Odiaba las disputas, los enredos, las malquerencias y discusiones. Pedía la paz y la palabra. No comprendía las posturas extremas ni la cerrazón ideológica. De hecho, gozaba de la merecida confianza de los Padres Blancos, propietarios del colegio de Martín de los Heros, al que acudían muchos hijos de militares del Ejército del Aire. Allí se evitaba todo afán dogmático y se educaba en la completa tolerancia y respeto a opiniones diversas.
Paco se había formado en Filosofía y Letras de la Universidad Complutense. Sobre todo en las facultades de Humanidades, proliferaba el Opus Dei. Me contó que solo un día tuvo que salir huyendo, con otro amigo. Cuando fueron invitados a una charla académica en una residencia de la Obra. Acabada la ponencia, llegó la hora del Catecismo. Paco espetó: --¡Que vienen los jenízaros! Y los dos marcharon escapados. (Realmente, el proselitismo del Opus estaba muy extendido en Filosofía y Letras).
 Un día Paco y su amada Maribel me invitaron a ir con ellos a un suculento maratón teatral: las siete horas y media de la representación rusa de La costa de Utopía, trilogía de Tom Stoppard. Fue a principios de octubre de 2011. Con la excepción de las Comedias bárbaras, visionadas todas juntas en el María Guerrero en 1991, con Pellicena dirigido por José Carlos Plaza, jamás había disfrutado yo de una jornada dramática tan extensa. Otro día Paco me volvió a sorprender con un regalo magnífico: el libro de su propia biblioteca Historia de una amistad, de Vicente Marrero. Es el retrato, escrito en piedra caliza, como la del desfiladero de la Hermida, de la complicidad de tres hombres, tres geniales escritores, acaso solo distantes en lo ideológico: don Benito Pérez Galdós, don José María de Pereda, y don Marcelino Menéndez Pelayo. La demostración histórica, palpable, evidente, de que se puede ser amigo de alguien que piensa de un modo distinto al tuyo. Y un amigo verdadero, íntimo, confiable, para toda una vida.
Paco era un hombre tranquilo, reposado, bueno en el pleno sentido de la palabra. Su sencillez le ha llevado a marchar “ligero de equipaje”, la misma modestia y ligereza con que vivió, dejando con nosotros ese tesoro que nada corroe ni deteriora: su amistad. Paco siempre será Paco: un modo de ser y de querer con la verdad a los que nos rodean.
Mil gracias, Paco. Tenerte ha sido uno de mis mayores gozos. Hasta la vista. Dios te bendiga.
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2017.
[Francisco Salvador Martínez falleció en Madrid, recién jubilado de la docencia, el viernes, once de agosto de 2017, a los sesenta y cuatro años.]

lunes, 22 de mayo de 2017

Los comediantes.


Después de un breve paso por Teatros del Canal, el Teatro Marquina de Madrid ha acogido la original semblanza de Albert Boadella sobre su vida y su experiencia teatral. El sermón del bufón, adaptación de su libro Memorias de un bufón (Espasa Calpe, 2004), cuenta con el patrocinio de RTVE y de Teatros del Canal, entre otras instituciones. Se trata de un espectáculo de confesiones y de reconocimientos ante el público, donde el escenógrafo y actor se desdobla en dos caracteres diferentes, pero simbióticos: el niño Albert, travieso, gamberro, jocoso, y el adulto Boadella, más comedido, aplomado y “responsable”. Recuerdos del enfant terrible de la niñez, y repaso a cincuenta y seis años de producciones con Els Joglars, en las que siempre ha primado más la mímica, la gesticulación, la música y el movimiento que la palabra. El discurso queda para los escritores, pero no tanto para un teatro cómico, ácido corrosivo, que pretende, mediante la exageración y la transgresión, convulsionar la sociedad. Albert y sus compañeros han sido, sobre todo y ante todo, comediantes, artífices bicornes de la farsa y de la traca.
El niño que tiraba un coche de hojalata a un pozo, que torturaba a una gata con descargas eléctricas y que se orinaba en el cáliz de la misa para probar la transmutación de cualquier caldo en la sangre del Redentor, fue el responsable de aquellas primeras obras que militaban con el extremismo político de izquierdas, tipo Teledeum o La Torna. La primera, una sátira blasfema de la celebración de la misa, suculentamente modernizada con elementos más comerciales como el “Ketchupcrist”, un producto para comulgar bajo las dos especies, con ligero sabor a tomate. (Como dice Boadella, la misa abandonó el teatro cuando comenzó a celebrarse en la lengua de cada uno, y no en latín.) En cuanto a La Torna, una visión grotesca de un consejo de guerra con unos militares borrachos, le costó el encarcelamiento y la posible pena de seis años de cárcel. Pero Boadella se las ingenió para fingirse enfermo, y una vez en el hospital, fugarse por una ventana y huir a Francia. Allí, el Albert impenitente y rebeco montó otra áspera farsa antibretona (Virtuosos de Fontainebleau) porque un gendarme le cascó una multa injusta. Así era Albert, dando chispa a la mecha.
La Torna (1977) conllevó un desengaño amargo. Boadella no se sintió arropado por la izquierda que hasta ese momento abanderaba, que curiosamente –mira tú—lo quería en la cárcel como “mártir”, y comenzó a dar un giro ideológico determinante en su vida y en su trayectoria profesional. La Torna provocó una perturbación de ondas importante, pero si se calibra bien, algo parecido se atrevió a hacer John Ford en El sargento negro (Sergeant Rutledge, 1960), al mostrar un tribunal militar que, en los intermedios de un consejo de guerra, organiza su pequeña timba. Es que España, “por tan raro disfraz equivocada”, soñándose libre y despertándose presa, no estaba aún acostumbrada a mofarse de sus instituciones.
Con posterioridad, la mirada crítica de Albert –con aprobación de Boadella—se centró en Jordi Pujol, a quien conocía desde sus días en Banca Catalana. Así llegó el turno de Ubu President y de Ubu o los últimos días de Pompeya. La figura de Dalí, uno de los grandes genios catalanes –junto con Gaudí—no escapó tampoco a la revisión por parte de Boadella.
Hora y tres cuartos de conversaciones entre Albert y Boadella, con varios momentos en que ambos se confunden y parecen uno solo. (Albert y Boadella son tan sanos que saben reírse el uno del otro.) Lecturas desde el púlpito contra la irreverente sociedad de paranoicos que conformamos la masa social, y proyecciones de secuencias de sus particulares esperpentos, redondean este fresco, juvenil y merecido homenaje del consagrado al teatro y al oficio de comediante.
Curioso: el público que hoy arropa, aplaude y festeja que haya un Boadella sería el mismo que hace cuarenta años lo condenaría por insolente, obsceno y blasfemo. Lo que cambia una torna.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2017.