“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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lunes, 2 de octubre de 2017

La vuelta a la hora en ochenta risas.


Si hay un espectáculo teatral verdaderamente completo y para el disfrute familiar (niños, a partir de doce años) ese es La vuelta al mundo en ochenta días, adaptación cómica de la célebre novela de Julio Verne. Se estrenó primeramente en Francia, donde ha venido cosechando un nutrido éxito de público. El libreto es de Sébastien Azzopardi y Sacha Danino, y su versión española de Laura Olivé.
Cinco actores dan vida a varios personajes. La dirección es de Jorge Muñoz. El argumento es rigurosamente respetuoso con la obra de Verne, pero juega con algunos anacronismos para provocar la hilaridad del espectador. El tono sarcástico y gamberro, el ritmo vivo y la incorporación de toques musicales acercan la comedia al vodevil o a la revista.
Los personajes reciben al público en la calle, a la entrada del Teatro Muñoz Seca. El programa es una curiosa reproducción del Morning Chronicle, donde se recoge el robo al Banco de Inglaterra, lo que dará pie al continuo acoso de Mr. Phileas Fogg (Juan Anillo) por el incansable e implacable inspector Fix (Dani Llull). Fogg recorre Suez, la India, Hong Kong y Estados Unidos, acompañado de su criado Picaporte (José Carrillo). Por el camino rescatan a la princesa Audá (Silvia Rey). Marcelo Casas –quien produce el espectáculo—, aquí feroz camaleón, se transmuta en caracteres distintos: cónsul sellador de pasaportes, vendedor árabe, vendedor chino, capitán de barco, pescador…
El aire pícaro, el descaro sinvergüenza, el descoque homosexual, alegran la vida de los risueños espectadores durante hora y media. La compañía Excentric, como el propio Mr. Phileas, ha hecho una apuesta que ha ganado. Ha recuperado todo un clásico europeo (que parecía muerto) y lo ha revitalizado para el teatro de hoy.

Una comedia de agradecer, fresca, meritoria y por ello recomendable.

© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2017.

domingo, 7 de febrero de 2016

Buena comedia para llenar el corazón.


El Teatro Muñoz Seca de Madrid sigue con su meritoria estrategia de reponer clásicos modernos de la comedia y del misterio. Lo que se ha venido en llamar “teatro de evasión”. Teatro para todos, para toda la familia, para reír y olvidarse de los problemas durante hora y media, pero con buen gusto, con el sabor a Selva Negra de los grandes autores del siglo XX, en especial españoles. Si a la calidad del texto unimos el buen hacer de compañías que se esmeran y lo cuidan, manteniéndose fieles a una puesta en escena tradicional, el resultado no puede defraudar.
Y esto es lo que consigue justamente la Compañía Lírica Ibérica, que dirige su primer actor José Luis Gago. Ellos están representando, hasta finales de este mes de febrero, la comedia / farsa de Alfonso Paso Usted puede ser un asesino, estrenada en Madrid en mayo de 1958. En aquel entonces, fue la recientemente creada compañía de Ismael Merlo la encargada de subirla al escenario del Teatro de la Comedia. Pronto se realizó una adaptación cinematográfica, a cargo del realizador José María Forqué, con Alberto Closas, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Julia Gutiérrez Caba y un debutante José Luis Pellicena. Ahora, el público asistente ha acogido con bien este nuevo montaje, que recibe críticas elogiosas en Atrápalo. Gago y su elenco le han sabido coger el punto a la obra de Paso, volviéndola eternamente joven y divertida.
Dos amigos se han propuesto ser infieles a sus esposas, aprovechando unos días de verano en que van a quedarse solos. Lo que no sospechan es que tal aventura –más bien desventura—será motivo de un incómodo chantaje, que traerá aparejado un rosario de fallecidos que se empeñan en visitar su piso, ya sea recogiéndose en el guardarropa, ya tomando el aire en la terracita, o fisgando en un baúl, entre los vestidos de señora.
Paso dio con la fórmula de la parodia de las novelas de crímenes y detectives, haciendo que dos seres simples se vieran metidos en un fregado hilarantemente delictivo. En realidad, le copia el planteamiento a Hitchcock, al elegir a hombres ordinarios perdiéndose entre asuntos extraordinarios, que los superan y confunden. Pero la seriedad, la gravedad del tema, es sustituida por la farsa, la comicidad, y por un desenlace más o menos favorable que llega solo. Las expresiones ridículas y confusas al encontrar a los silenciosos visitantes, el nerviosismo, la desesperación, los juegos de palabras, los modismos usados con un doble sentido, crean hábilmente el espacio de la comedia, de manera que el espectador no quede defraudado.

Pero hacer reír es difícil, por cuanto hay que estar muy convincente en el papel. No todo actor puede levantar con gracia y natural salero un Don Mendo. La vis cómica debe sentirse, aflorar, y alcanzar el patio de butacas. La compañía de Gago da una feliz muestra de dominar el texto hasta en sus mínimos recodos, volviendo convincente lo inverosímil. El propio Gago incorpora un sólido Simón, el iniciador del drama padre, muy justamente secundado por Víctor Benedé, en el rol de su amiguete Enrique, menos proclive a las amoralidades de turno y más cercano a un empleado de tanatorio que a un Rodríguez jaranero.
Estrella Blanco, cupletista y actriz con oficio, interpreta a la esposa despistada y paciente de Simón, Margarita. Y lo hace homenajeando –nos parece—a la singular Isabel Garcés, con sus peculiares ademanes de mujer remilgada y voz aguda y quejosa. Margarita es una consorte de opereta. Las muertes mismas son abordadas con todo el desenfado de quien parece no creérselas, del humor negro del autor al construir sus personajes gafados.
Completan el reparto de Usted puede ser un asesino, Antonio M M, como el inspector de policía, Natalia Jara (Brigitte), Diego Pizarro (Dupont, el extorsionador), Diana Irazábal (la vecina Noemí) y Álex Cueva (su novio Julio).
Animamos a esta compañía de buenos actores a continuar rescatando las comedias de Alfonso Paso y de otros maestros del género (Jardiel, Mihura…). Hay otra, Al final de la cuerda, con muertos bajando por la chimenea, como Papá Noel, que también haría las delicias de un público entregado.
Felicidades, pues, a Gago y su grupo.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2016.

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Las obras de Paso (Madrid, 12-02-1926 / 10-07-1978) eran una defensa de la ética y de los valores tradicionales. El que quiere ser infiel a su señora, acaba haciendo el primo. Simón y Enrique no podían haber albergado una idea peor que intentar engañar a sus mujeres: “--Para mi amigo una rubia. Es que, si no, le va a parecer que no está engañando a nadie”.

Es malo jugar con fuego. El que juega con fuego, se quema. Eso es lo que les ocurre a tales infelices.
La evolución de Alfonso Paso –yerno de Jardiel-- fue curiosa: pasó del teatro social, con propuestas de cierto relieve y mediano calado, como Los pobrecitos (1957), La boda de la chica (1960), La corbata (1963), a un teatro cómico-burlesco, que engatusó al público general, que llenaba los teatros donde se representaban, por las mismas fechas, varias comedias suyas. Así, Paso se convirtió, durante muchas temporadas, en el rey de la parodia. Huyó del humor del absurdo para centrarse en el enredo, a cuál más inesperado y grotesco. La verbalización encontraba su sitio –como en Mihura, o Jardiel Poncela--, pero siempre con un porqué y al servicio de la estructura argumental. Esto conseguía ganarse a más espectadores, fieles a un modelo más bien constante y repetido. A Paso le faltaba la picardía de Mihura (no hay una Paula, ni una Ninette), pero sus tramas eran más amenas que las demasiado acomodaticias de Jardiel.

Hasta 1971, Paso entregó a los escenarios por encima de las ciento sesenta obras, de las cuales  él mismo estaba solo medianamente satisfecho. Incluso llegó a decir que gran parte de su audiencia tenía gustos dudosos o mediocres.

Como hecho reseñable, hay que destacar que el texto de Usted puede ser un asesino fue elegido por la Universidad norteamericana De Pauw (en Indiana, perteneciente a la Iglesia Metodista), junto con La corbata y Cosas de papá y mamá, del mismo autor, como base para aprender el castellano estándar de la calle.
Humor macabro en el teatro de Alfonso Paso. 
El humor en los personajes de Alfonso Paso. 

domingo, 12 de abril de 2015

La Gran Dama del Crimen nos visita.



Una pareja de mediana edad, sin hijos, que quiere distraerse, se planta ante la puerta del Teatro Muñoz Seca. Ponen Diez negritos, la adaptación de la novela que Agatha Christie publicó ahora hace 75 años, en 1940. Es el relato de misterio más publicado y vendido de la Historia. La pareja duda si entrar o no. La mujer dice haber visto la película antigua, hace mucho tiempo. El hombre recuerda haber leído la novela de adolescente, pues su padre tenía un gastado ejemplar en casa. Al final se deciden, pues ni uno ni otro se acuerdan muy bien de lo que pasa, ni de quién es el asesino. Compran su entradita de entresuelo y pasan al interior. El Muñoz Seca aún ofrece un lujo sobrio de otros tiempos, como de principios de siglo. Lo construyó una cupletista, La Chelito, pero se le destruyó por un incendio, y hubo de reconstruirlo. El diseño actual es de 1930, más o menos. Las paredes se engalanan con fotografías de estrenos y de viejos divos y divas de la escena. Hay varias de Alberto Closas. Otras de Lina Morgan, Amparo Rivelles, Julia Gutiérrez Caba… La pareja sube por la escalera al piso de arriba. Por aquí y por allí, todavía se atisba algún saloncito coqueto, de esos que debieron acoger las conversaciones en los entreactos, si no los guiños ardorosos o los besos furtivos, pero apasionados.
La pareja toma asiento en la segunda fila. A su izquierda, en el lado de los impares, dos muchachas como de trece años, a las que su profe de Literatura ha mandado leer el libro original, y que quieren hacerse mejor idea viéndolo representado. Delante de ellas, una pareja de universitarios, que ha ido, como ellos, a desengrasar. En la primera fila de los pares, un padre con su hijo pequeño; el chaval de unos nueve años, interesado en la trama de misterio y crímenes. El padre se acuerda bien del desenlace, pero no lo dice. El teatro tiene el escenario pequeño y el patio de butacas de terciopelo rojo. El escenario es ideal para comedias de salón. Se levanta el telón, y se descubre el recibidor de una mansión acristalada que da al mar. Es una isla. Puertas a derecha e izquierda, y unos escalones de esquina que conducen a los dormitorios. Podría haber muy bien sido La Gaviota, el hogar del espíritu del Capitán Daniel Gregg, donde se recibe de huésped la Sra. Muir, pero no, es la jaula dorada que idea Dña. Agatha para convocar a diez responsables de otras tantas muertes injustas, y hacerles pagar muy caro su error. Uno a uno, esos diez personajes irán encontrando una cita con un asesino. No hay posibilidad de escapar. El ambiente roza la claustrofobia, como le gustaba proponer a su autora, siempre proclive a estrechar el cerco entre criminal y víctima. Recordemos Tres ratones ciegos (o su versión teatral, La ratonera, 1952, la obra más representada de todos los tiempos): unos huéspedes aislados por una nevada. O Asesinato en el Oriente Express, con el famoso tren detenido en mitad de la ventisca. O Muerte en el Nilo, donde todo se desarrolla a bordo de un trasbordador. O Navidades trágicas, y tantos otros islotes, creados por la imaginación de la escritora para volver a colgar sus nidos de cianuro espumoso, que no de arsénico por compasión.

Agatha Christie ha sido la reina del crimen. Sus novelas de Poirot, detective belga retirado, o de Miss Marple, la ancianita chismosa y pizpireta, han obrado delicias en varias generaciones de público fiel. Cuando uno llevaba leídas cinco o seis novelas de Christie, adivinaba y anticipaba el final al ser presentados todos los caracteres. Resultaba fácil: quien menos oportunidades, o menos razones, tuviera para el crimen, era sin duda el asesino. Pero, aun así, uno esperaba intrigado al tercer acto, ese momento solemne en que Poirot convocaba a todos los sospechosos y los iba enjuiciando uno por uno, hasta llegar al último, el verdadero culpable. Y a veces Dña. Agatha dio con desenlaces auténticamente sorprendentes, por lo inesperados o complejos, como sucede en estos Diez negritos, y también en su Orient Express, o en La ratonera. Especialmente sensibilizada por la crueldad contra la infancia, responsabiliza de este estigma a algunos de sus delincuentes.
Es de agradecer que el entretenimiento ideado por Christie vuelva, de vez en cuando, a los teatros de Madrid. Diez negritos, en versión de Ricard Reguant, hacía quince años que no nos visitaba. Aquella vez, era Paco Cecilio quien abría el reparto. Hoy es Paco Churruca, conocido, sobre todo, por Amar en tiempos revueltos. Completan el elenco, Mónica Soria / Ana Escribano, Pablo Viña, Quim Capdevila, Lydia Miranda, David Zarzo, Diego Molero, Jorge Lucas, Lara Dibildos, Antonio Albella, y, en colaboración especial, Manuel Galiana.
Actores muy dignos todos ellos, que merecen poder seguir trabajando en el oficio, entreteniendo y recuperando --por qué no, que hace falta--, piezas amenas y desenfadadas como esta de Diez negritos.
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Para nosotros, Miss Marple siempre será, en el cine, la excepcional veterana Margaret Rutherford, y Hércules Poirot, Albert Finney. Ni Peter Ustinov, ni David Suchet.
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En cuanto al título de Diez negritos, tiene su avatar. Lo conserva en las copias españolas más recientes, pues es la versión literal del primigenio de 1939-40: Ten Little Niggers. Reproduce la canción infantil creada en Estados Unidos, en el último cuarto del siglo XIX, tras la manumisión de los esclavos. Se publicaron, a partir de 1875, libritos con la melodía, donde diez hermanitos de color van desapareciendo o perdiendo la vida de la forma más tonta. Esta canción alcanzó gran difusión y popularidad en Gran Bretaña, quizá por su fiebre colonial.

La palabra “nigger” tiene fuertes connotaciones malsanas en inglés. Es un vocablo proscrito, tabú. Es la forma dialectal de “negro”. Significa, literalmente, ‘negrazo’. O sea, muy despectivamente, lo mismo que decir ‘negro de mierda’. Así pues, de Diez negritos, nada; la traducción resulta inexacta. Lo suyo sería Diez negritos de mierda.
Tal es así que, en Estados Unidos, aun cuando no habían dejado tranquilos a los negros ni les habían otorgado sus justos derechos civiles de seres humanos, prefirieron cambiar el título de la novela de Dña. Agatha, que pasaría a llamarse Ten Little Indians, esto es, Diez indiecitos. Debía de ser que, como apaches y sioux quedaban menos, a esos lo mismo les daba. Nos recuerda el comentario de aquel sujeto de El Padrino: “La droga, prohibida; excepto para los negros. Total, como son animales…”
En Reino Unido también se decidió endulzar el título de la novela, que pasó a conocerse como And Then There Were None (‘Y luego no quedó ninguno’). Ni negros, ni indios, ni gitanos ni suecos… y todos contentos.
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El Teatro Muñoz Seca, en la muy céntrica Plaza del Carmen 1 de Madrid, que ha funcionado como teatro y cine desde 1930, con sucesivos ajustes y remodelaciones, fue antaño, a comienzos del s. XX, el Salón Chantecler, dedicado a las variedades. En él y en otros locales de Montera, como el Salón París, se hizo famosa una cupletista nacida en Cuba (1885), hija de un Guardia Civil, Consuelo Portela, más conocida por su nombre artístico de La Chelito (o La Bella Chelito). Esta artista de voz limitada, pero cuerpo generoso, cantaba rumbas y ritmos caribeños, junto a coplas picantes. Durante sus actuaciones, casi como por descuido, solía descubrir un pecho, siempre el mismo casualmente, lo que volvía locos a los parroquianos que la seguían. Estos hombres tentados por el pecado de la carne gritaban entonces que Chelito enseñara el otro. Y ella daba desplante respondiendo: “Tontos, si es igual”. Con sus actuaciones en el Chantecler y en el vecino Frontón Central o Central Kursaal (luego, Cine Madrid), donde además de jugar a pelota vasca, se actuaba sobre un escenario, La Chelito amasó una pequeña fortuna, siempre vigilada y administrada por su celosa y competente madre. Consuelo Portela compró el Chantecler e inauguró, en 1911, en su lugar, el Teatro El Dorado. Ese mismo año, sin embargo, lo arrasó un incendio, y hubo de gastarse nuevas perras en reconstruirlo. Se encargó de ello el arquitecto José Espelius Anduaga. Con el tiempo, se transformó en el Muñoz Seca, en honor del meritorio comediógrafo, fusilado después por los republicanos comunistas en Paracuellos.

El Chantecler y La Chelito inspiraron una película protagonizada por Sara Montiel y dirigida por Rafael Gil, La Reina del Chantecler (1962). En la misma, La Chelito –que no vivía ya, pues falleció en noviembre de 1959—pasó a ser La Bella Charito, una actriz y cantante de vida fácil que se termina enamorando fatalmente de un joven vasco y carlista. La Bella Charito, a diferencia de La Chelito, que descendió a los infiernos y subió a los cielos, esto es, dejó los cuplés para volverse empresaria seria y respetable, de misa y comunión, no consiguió para nada cambiar de vida. Exigencias del guion y de la justicia poética que aguardaba a las pecadoras.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2015.