“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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jueves, 14 de mayo de 2015

Un mundo a la deriva.


Hoy he recibido por correo la propaganda electoral y las papeletas de voto de los dos partidos mayoritarios. Me he entretenido en abrirlo y observar su contenido. Leo la carta de Mariano Rajoy y leo verdades: “Hemos abordado juntos nuestro mayor reto en décadas. Una crisis injusta golpeó nuestras vidas. Millones de españoles perdieron su empleo. Familias afectadas y proyectos truncados nos hablaban a las claras del daño de un país aparentemente condenado a la quiebra o al rescate”. Sigue diciendo el actual presidente: “Han sido años muy difíciles (…) Hoy España ha cambiado, y este año aspira a ser el país que más crezca en la Unión Europea. No es por casualidad: se debe a las decisiones adecuadas para recuperar nuestro bienestar.” Y Rajoy reconoce: “Sé bien que la recuperación y la creación de empleo, tan visibles en las cifras, no se sienten aún en cada casa…”

Efectivamente, cuando llegaron los Populares al poder, España estaba al borde del rescate económico, quizá no tanto por la veleidosa gestión del PSOE de Zapatero, como sí por los efectos de una crisis mundial, originada en Estados Unidos, y debida a una larga cadena de préstamos irresponsables sin la oportuna fianza. Nuestra prima de riesgo quedaba por las nubes. Desde entonces, la política de recortes y de excesiva austeridad del PP ha conseguido evitar que nuestro país se haya hundido en el abismo (como le ha sucedido, claramente, a Grecia). Seguimos enganchados a Europa –eso sí, aniquilada nuestra minería, nuestra cabaña ganadera, nuestra agricultura, nuestra industria y alta metalurgia, nuestros astilleros, por obra y gracia de las concesiones de D. Felipe González Márquez. Esto hace que difícilmente podamos aproximarnos a la locomotora alemana, o a los primeros vagones de los estados del Norte. ¿Hay una Europa de dos velocidades, una consagrada a la producción e innovación, y otra sacrificada al sector turístico y de servicios? Sin duda. Por tal motivo, los ingleses se muestran reticentes y hasta se plantean continuar en la Unión, porque no quieren perder su identidad de potencia líder en el mundo.
De acuerdo con que se está logrando cierta estabilidad económica. Pero a costa de ahogar a las familias con la congelación de salarios, y aumentar la diferencia entre lo que se gana y el coste de la vida. Si la gente no gana, no puede consumir; y si consume tal vez lo honestamente comprensible, se endeuda. Cuando las empresas no facturan pedidos, van a la quiebra, y el gobierno liberal lo contrarresta permitiendo la precariedad en la contratación y las malas condiciones de los empleados. Así, “salva” a las empresas por un tiempo más. Prolifera el trabajo en condiciones esclavistas, donde hay sumisión y miedo a la protesta. Si no lo quieres así, hay doscientos en la puerta esperando. Los jóvenes, o no cuentan con el necesario aliciente para terminar sus estudios, o si lo hacen con brillantez, y obtienen su flamante Grado, han de exiliarse a otros territorios para ganarse un jornal digno con una continuidad y promoción garantizadas. Francamente, no quisiera que mi hijo, que tiene ahora nueve años y es pequeño todavía, se viera condenado a un exilio forzoso dentro de catorce o quince, porque en España no hay posibilidades ni oportunidades dignas para él, siempre que haya demostrado merecerse un buen empleo. Conozco gente joven –arquitectos, estomatólogos-- que ha debido marchar a Holanda y a Chile para labrarse un futuro allí. Resulta que estamos formando buenos titulados superiores para que, total, tengan luego que partir fuera de la patria, como “chimbamberos”, ese neologismo despectivo que se llega a aplicar al sudamericano sin fortuna que viene aquí, derivado de “Chimbambas” o Quimbambas, es decir, en sitio lejano o fuera de todo mapa. En el supuesto de que en España se alcanzara un soñado “estado del bienestar” (que no ha existido hasta la fecha), sería a muy largo plazo, y a costa del sacrificio de varias generaciones jóvenes.  Cada vez que miro, me doy cuenta de cuán parecida es esta sociedad a la reflejada por la Vida de Lazarillo de Tormes (1554): los jóvenes desempleados, puestos a servir a un patrón mezquino, o mendigando honra y honor a través de un discreto oficio estatal por oposición. Recordemos ese pasaje de nuestra mejor literatura heterodoxa: “Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento, por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa. Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen.” (Tratado Séptimo) Es con ayuda de las amistades y de cierta mano influyente como Lázaro procura su reposo, presente y futuro, haciéndose pregonero de sentencias. Amigos hay que tener hasta en el infierno. Nuestro pasado histórico llama, así, con esa sencillez e ingenuidad, a la puerta de nuestras peores pesadillas de hoy. Y no aprendemos.

Cuando los populares –u otro partido con empeño—consigan lograr, en esas décadas prodigiosas, la bonanza prometida, ¿repartirán, serán más justos con los que las han pasado canutas? ¿O será esto, por el contrario, un sinvivir perenne con el cinturón apretado y comiendo lo que han dejado los ratones? Que los liberales no descuiden ni ignoren nunca a la clase obrera, que necesita mimos hasta que sea, en  justicia, clase media, motora económica de un país bien equilibrado.
De momento, se espera de ellos que no aumenten los impuestos y que los hijos no vuelvan a pagar lo que, por decimoséptima vez, ya han pagado sus padres. Los partidos de izquierda, ansiosos de gravar todo, hasta los cubiertos de plástico y el capital conseguido con ahorro, se olvidan de esa realidad.
En Reino Unido, acaba de recibir el partido conservador de David Cameron una nueva confianza del electorado. Los británicos apuestan por la estabilidad económica de los tories. Cameron ya anuncia más austeridad todavía. Y eso significa sacar otra vez la podadera: más recortes en las ayudas sociales. El Primer Ministro quiere ahorrar doce mil millones de libras esterlinas (esto es, dieciséis mil  millones de euros), y bajar el techo de gasto social en ciento veinte mil millones de libras (o ciento sesenta mil millones de euros), excluyendo las pensiones, lo cual se puede decir que no es moco de pavo. Sin embargo, según el diario The Guardian, caerán las pagas por maternidad y las subvenciones en vivienda para los jóvenes, entre otros beneficios varios.

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La propaganda del PSOE habla de “soluciones justas” que no se dice cuáles son. Eso sí, se recuerda “a los que se encuentran en situación de indefensión o de vulnerabilidad o de falta de oportunidad, en condiciones inaceptables laboral o socialmente.” Y sigue: “Soy candidato de un partido, el partido socialista, con hombres y mujeres que consideran, asimismo, que las políticas públicas, los servicios públicos, los servicios sociales son una prioridad.” (Ángel Gabilondo). El propósito es muy digno y hasta imprescindible en una monarquía bien ordenada: priorizar lo público –que no tiene por qué ser sinónimo de gratuito al cien por cien--, como un servicio mayoritario, autosuficiente y de calidad. Donde estén una buena Sanidad y Escuela públicas, que se quite lo privado. No hay motivo de favorecer los recursos privados en estos sectores, cuando los mismos deben verse como un beneficio social común. El problema del PSOE es que sabe cómo gastar, pero no tanto cómo devolver dinero a la caja. Se gasta, y se gasta, y se gasta, y a menudo no se sabe en qué ni por qué –ya saldrá el sol por Antequera--, y luego se comprueba que las arcas están vacías, y que ha de llegar un gobierno liberal conservador para arreglar el desaguisado de tanto despilfarro y tanto amiguismo. Y de nuevo a apretarse el cinturón, y vuelta a empezar.
No se piense que el empleo camina mejor, necesariamente, con gobiernos de izquierda. Yo hice una carrera de Letras, y con las legislaturas de Felipe González, entre los años 1990 y 1996, no me vi en ningún modo favorecido por ese momento de optimismo desatado, y tan cercano, en apariencia, al estrato cultural. Fue con el segundo gobierno de José María Aznar, a partir de 2000, cuando comencé a ser requerido por la enseñanza pública para dar clases. Fue también en esa época cuando crecieron las ofertas de plazas de docente en las oposiciones de las distintas Comunidades, en especial, en la de Madrid. Y de esta guisa, las oportunidades para labrarse una estabilidad en el sector educativo. Hubo pues “vacas gordas” con el socialismo para algunos, pero no para todos.
La propaganda socialista comenta en otro apartado: “Hoy, en Madrid, existe una minoría que pretende que todo siga como está, frente a ella otra minoría aspira a desmantelar las instituciones” (Antonio Carmona). La primera minoría debe de venir representada por Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre. O sea, el continuismo. La segunda, por la ruptura radical de Podemos y/o Ahora Madrid. Entre ambas posturas se sitúa el “cambio tranquilo” del PSOE. Un cambio “sereno y honesto”, con “sentido común”, que anteponga a las personas, “que dinamice la economía sin asfixiarla con impuestos, que apueste por la cultura y la innovación, y que de una vez por todas ponga fin a la corrupción y a la impunidad en Madrid.” Los socialistas no pueden hablar, precisamente, de transparencia de gestión ni de perseguir el delito dentro y fuera de sus filas. Curiosamente, los mayores casos de corrupción –solapados durante años—se han descubierto en la etapa del PP, no estando ni mucho menos exento este grupo de sus pecados de deshonestidad y burla a sus votantes y a la sociedad en general.
El aliento a la Cultura es imprescindible, como imbuir a los jóvenes en ella. El PSOE lo tiene más fácil porque la mejor cultura es hecha por gente progresista. El último Premio Cervantes, otorgado dignísimamente al talento indiscutible de Juan Goytisolo, genial crítico de nuestros clásicos más lucientes, los heterodoxos, da testimonio de ello. Falta consolidar una ley orgánica educativa consensuada con todos los grupos parlamentarios, para que cunda la mecha de la inquietud por saber, esa pasión por descubrir que sentían, siendo jóvenes, D. Santiago Ramón y Cajal y D. Severo Ochoa, y que igualmente hizo de D. Marcelino Menéndez Pelayo un niño prodigio. Hay que igualar al alza, y no a la baja, como hasta ahora se ha hecho. Y construir una buena Formación Profesional y unos Grados que garanticen la excelencia de oportunidades para quien se esfuerce y vele por su preparación laboral, con una oferta de enseñanza generosa y amplia, y un sistema de becas sólido que respalde, avale y premie esa inquietud.


Sin embargo, ni en socialistas ni en populares he leído la palabra “ética”; ÉTICA, sí;  ni tampoco el reconocimiento de los errores de deshonestidad cometidos hasta ahora. Parece como si nada hubiera pasado. Como si nadie fuera culpable, por acción u omisión. Se olvidan de entonar un “mea culpa” en su propaganda, quizá por no admitir esa responsabilidad ante los jueces que conducen las causas penales abiertas por doquier. Pero una clase política que no admite los principios éticos, y que obra sin ellos, ¿qué país puede dejar a nuestros hijos? ¿Qué cimientos de conducta ejemplar se alzan pensando en los niños y jóvenes, adultos ciudadanos del mañana?
Antonio Carmona, candidato socialista a la alcaldía de Madrid, señala al “viejo profesor Tierno Galván” como modelo de gestor público. Efectivamente, fue un hombre muy querido, y llorado cuando murió. A mí también me sedujo por su simpatía, su mesura, y sus “aires cosmopolitas”. Me encantaban sus peculiares bandos, cuajados de barroquismo conceptista. Embelleció Madrid y modernizó y saneó muchos servicios públicos. Pero recuerdo sus pregones con su consigna de “Hala, a colocarse”, en alusión a probar los porrillos, si no algo peor, en un momento –la Movida—en que las drogas duras azotaban las noches de la capital y dejaban los parques y campas sembrados de mutantes. Porque no creo que D. Enrique se estuviera refiriendo –con segundas--  a otra manía menos psicodélica, pero no menos perniciosa, que también cundía por entonces y desde siempre: la de observar compadreo para el puesto, en vez de méritos y talento.
(Hago este inciso, al socaire de la alusión del candidato Carmona: Mi abuela materna, que todavía vive, fue muy amiga y compañera de trabajo de Encarna, la esposa de Tierno. Solía hablar mi abuela con ella con frecuencia y decía que el marido de esta “era muy inteligente”. Tierno Galván, hombre marxista y agnóstico, tuvo amigos y compañeros de Falange y consiguió sin problemas su cátedra de Derecho Político en Murcia, en 1948. Desde allí, y después desde un destino nuevo en Salamanca, comenzó a gestar su oposición al régimen dictatorial del Caudillo. En 1966, se exilia a Estados Unidos, a Princeton, tras haber sido expulsado de su cátedra por su actitud aperturista. Regresó a España con la democracia del Rey Juan Carlos.)
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 Vayamos acabando… Ciudadanos habla de combatir con firmeza y dureza la corrupción para sanear el sistema político. Pero no habla de bajar los impuestos y de dónde va a sacar los fondos para hacer ciertos cambios. Parece ser que entre sus filas lleva a antiguos falangistas, lo cual no tiene que ser malo de entrada, si pensamos en la lucha de José Antonio Primo de Rivera contra un capitalismo salvaje. Sin embargo, recordemos que el movimiento de Franco, en el cual militaron expresamente los falangistas, fue financiado por el banquero Juan March. Una de cal y otra de arena.


 Izquierda Unida es una postura extrema que, para obtener fondos por el bien común, lo mismo sacude el manzano de las grandes fortunas (como quiere hacer Podemos) que quizá sablea al tendero de la esquina, por vanidoso y judío. Es decir, arremete y atenta contra la clase media, sospechosa de aversión a las barriadas proletarias.
Mucho ruido y pocas nueces. Sin ética, entre mentiras y medias verdades, seguiremos navegando en un mundo a la deriva.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2015.

domingo, 12 de abril de 2015

La Gran Dama del Crimen nos visita.



Una pareja de mediana edad, sin hijos, que quiere distraerse, se planta ante la puerta del Teatro Muñoz Seca. Ponen Diez negritos, la adaptación de la novela que Agatha Christie publicó ahora hace 75 años, en 1940. Es el relato de misterio más publicado y vendido de la Historia. La pareja duda si entrar o no. La mujer dice haber visto la película antigua, hace mucho tiempo. El hombre recuerda haber leído la novela de adolescente, pues su padre tenía un gastado ejemplar en casa. Al final se deciden, pues ni uno ni otro se acuerdan muy bien de lo que pasa, ni de quién es el asesino. Compran su entradita de entresuelo y pasan al interior. El Muñoz Seca aún ofrece un lujo sobrio de otros tiempos, como de principios de siglo. Lo construyó una cupletista, La Chelito, pero se le destruyó por un incendio, y hubo de reconstruirlo. El diseño actual es de 1930, más o menos. Las paredes se engalanan con fotografías de estrenos y de viejos divos y divas de la escena. Hay varias de Alberto Closas. Otras de Lina Morgan, Amparo Rivelles, Julia Gutiérrez Caba… La pareja sube por la escalera al piso de arriba. Por aquí y por allí, todavía se atisba algún saloncito coqueto, de esos que debieron acoger las conversaciones en los entreactos, si no los guiños ardorosos o los besos furtivos, pero apasionados.
La pareja toma asiento en la segunda fila. A su izquierda, en el lado de los impares, dos muchachas como de trece años, a las que su profe de Literatura ha mandado leer el libro original, y que quieren hacerse mejor idea viéndolo representado. Delante de ellas, una pareja de universitarios, que ha ido, como ellos, a desengrasar. En la primera fila de los pares, un padre con su hijo pequeño; el chaval de unos nueve años, interesado en la trama de misterio y crímenes. El padre se acuerda bien del desenlace, pero no lo dice. El teatro tiene el escenario pequeño y el patio de butacas de terciopelo rojo. El escenario es ideal para comedias de salón. Se levanta el telón, y se descubre el recibidor de una mansión acristalada que da al mar. Es una isla. Puertas a derecha e izquierda, y unos escalones de esquina que conducen a los dormitorios. Podría haber muy bien sido La Gaviota, el hogar del espíritu del Capitán Daniel Gregg, donde se recibe de huésped la Sra. Muir, pero no, es la jaula dorada que idea Dña. Agatha para convocar a diez responsables de otras tantas muertes injustas, y hacerles pagar muy caro su error. Uno a uno, esos diez personajes irán encontrando una cita con un asesino. No hay posibilidad de escapar. El ambiente roza la claustrofobia, como le gustaba proponer a su autora, siempre proclive a estrechar el cerco entre criminal y víctima. Recordemos Tres ratones ciegos (o su versión teatral, La ratonera, 1952, la obra más representada de todos los tiempos): unos huéspedes aislados por una nevada. O Asesinato en el Oriente Express, con el famoso tren detenido en mitad de la ventisca. O Muerte en el Nilo, donde todo se desarrolla a bordo de un trasbordador. O Navidades trágicas, y tantos otros islotes, creados por la imaginación de la escritora para volver a colgar sus nidos de cianuro espumoso, que no de arsénico por compasión.

Agatha Christie ha sido la reina del crimen. Sus novelas de Poirot, detective belga retirado, o de Miss Marple, la ancianita chismosa y pizpireta, han obrado delicias en varias generaciones de público fiel. Cuando uno llevaba leídas cinco o seis novelas de Christie, adivinaba y anticipaba el final al ser presentados todos los caracteres. Resultaba fácil: quien menos oportunidades, o menos razones, tuviera para el crimen, era sin duda el asesino. Pero, aun así, uno esperaba intrigado al tercer acto, ese momento solemne en que Poirot convocaba a todos los sospechosos y los iba enjuiciando uno por uno, hasta llegar al último, el verdadero culpable. Y a veces Dña. Agatha dio con desenlaces auténticamente sorprendentes, por lo inesperados o complejos, como sucede en estos Diez negritos, y también en su Orient Express, o en La ratonera. Especialmente sensibilizada por la crueldad contra la infancia, responsabiliza de este estigma a algunos de sus delincuentes.
Es de agradecer que el entretenimiento ideado por Christie vuelva, de vez en cuando, a los teatros de Madrid. Diez negritos, en versión de Ricard Reguant, hacía quince años que no nos visitaba. Aquella vez, era Paco Cecilio quien abría el reparto. Hoy es Paco Churruca, conocido, sobre todo, por Amar en tiempos revueltos. Completan el elenco, Mónica Soria / Ana Escribano, Pablo Viña, Quim Capdevila, Lydia Miranda, David Zarzo, Diego Molero, Jorge Lucas, Lara Dibildos, Antonio Albella, y, en colaboración especial, Manuel Galiana.
Actores muy dignos todos ellos, que merecen poder seguir trabajando en el oficio, entreteniendo y recuperando --por qué no, que hace falta--, piezas amenas y desenfadadas como esta de Diez negritos.
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Para nosotros, Miss Marple siempre será, en el cine, la excepcional veterana Margaret Rutherford, y Hércules Poirot, Albert Finney. Ni Peter Ustinov, ni David Suchet.
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En cuanto al título de Diez negritos, tiene su avatar. Lo conserva en las copias españolas más recientes, pues es la versión literal del primigenio de 1939-40: Ten Little Niggers. Reproduce la canción infantil creada en Estados Unidos, en el último cuarto del siglo XIX, tras la manumisión de los esclavos. Se publicaron, a partir de 1875, libritos con la melodía, donde diez hermanitos de color van desapareciendo o perdiendo la vida de la forma más tonta. Esta canción alcanzó gran difusión y popularidad en Gran Bretaña, quizá por su fiebre colonial.

La palabra “nigger” tiene fuertes connotaciones malsanas en inglés. Es un vocablo proscrito, tabú. Es la forma dialectal de “negro”. Significa, literalmente, ‘negrazo’. O sea, muy despectivamente, lo mismo que decir ‘negro de mierda’. Así pues, de Diez negritos, nada; la traducción resulta inexacta. Lo suyo sería Diez negritos de mierda.
Tal es así que, en Estados Unidos, aun cuando no habían dejado tranquilos a los negros ni les habían otorgado sus justos derechos civiles de seres humanos, prefirieron cambiar el título de la novela de Dña. Agatha, que pasaría a llamarse Ten Little Indians, esto es, Diez indiecitos. Debía de ser que, como apaches y sioux quedaban menos, a esos lo mismo les daba. Nos recuerda el comentario de aquel sujeto de El Padrino: “La droga, prohibida; excepto para los negros. Total, como son animales…”
En Reino Unido también se decidió endulzar el título de la novela, que pasó a conocerse como And Then There Were None (‘Y luego no quedó ninguno’). Ni negros, ni indios, ni gitanos ni suecos… y todos contentos.
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El Teatro Muñoz Seca, en la muy céntrica Plaza del Carmen 1 de Madrid, que ha funcionado como teatro y cine desde 1930, con sucesivos ajustes y remodelaciones, fue antaño, a comienzos del s. XX, el Salón Chantecler, dedicado a las variedades. En él y en otros locales de Montera, como el Salón París, se hizo famosa una cupletista nacida en Cuba (1885), hija de un Guardia Civil, Consuelo Portela, más conocida por su nombre artístico de La Chelito (o La Bella Chelito). Esta artista de voz limitada, pero cuerpo generoso, cantaba rumbas y ritmos caribeños, junto a coplas picantes. Durante sus actuaciones, casi como por descuido, solía descubrir un pecho, siempre el mismo casualmente, lo que volvía locos a los parroquianos que la seguían. Estos hombres tentados por el pecado de la carne gritaban entonces que Chelito enseñara el otro. Y ella daba desplante respondiendo: “Tontos, si es igual”. Con sus actuaciones en el Chantecler y en el vecino Frontón Central o Central Kursaal (luego, Cine Madrid), donde además de jugar a pelota vasca, se actuaba sobre un escenario, La Chelito amasó una pequeña fortuna, siempre vigilada y administrada por su celosa y competente madre. Consuelo Portela compró el Chantecler e inauguró, en 1911, en su lugar, el Teatro El Dorado. Ese mismo año, sin embargo, lo arrasó un incendio, y hubo de gastarse nuevas perras en reconstruirlo. Se encargó de ello el arquitecto José Espelius Anduaga. Con el tiempo, se transformó en el Muñoz Seca, en honor del meritorio comediógrafo, fusilado después por los republicanos comunistas en Paracuellos.

El Chantecler y La Chelito inspiraron una película protagonizada por Sara Montiel y dirigida por Rafael Gil, La Reina del Chantecler (1962). En la misma, La Chelito –que no vivía ya, pues falleció en noviembre de 1959—pasó a ser La Bella Charito, una actriz y cantante de vida fácil que se termina enamorando fatalmente de un joven vasco y carlista. La Bella Charito, a diferencia de La Chelito, que descendió a los infiernos y subió a los cielos, esto es, dejó los cuplés para volverse empresaria seria y respetable, de misa y comunión, no consiguió para nada cambiar de vida. Exigencias del guion y de la justicia poética que aguardaba a las pecadoras.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2015.

sábado, 4 de abril de 2015

La prueba de mi verdad.


El pasado 12 de marzo, Sus Majestades los Reyes inauguraron, en la Biblioteca Nacional de Madrid, la muestra “Teresa de Jesús. La prueba de mi verdad”, cuya comisaria es la catedrática Rosa Navarro Durán, especialista en Literatura española del siglo XVI y espléndida adaptadora de los clásicos para niños y jóvenes.
 
El sábado, 28 de marzo de 2015, se cumplían exactamente quinientos años de la venida al mundo en Ávila de Teresa de Jesús.
 
La exposición (abierta hasta el 31 de mayo de 2015) contiene diversos retratos y bustos renacentistas y barrocos de Teresa de Jesús y sus compañeros de religión, como es el caso de su pequeño confesor, luego extraordinario poeta, San Juan de la Cruz. Piezas de mobiliario que pertenecieron a la santa, o bien que formaron parte de sus conventos carmelitas. Se puede ver, por ejemplo, el tintero que usaba para escribir, el arcón donde guardaba su correspondencia, el manuscrito autógrafo original de varias de sus obras literarias, como el Libro de la Vida, algunas de sus epístolas, las representaciones de Jesús Niño (el Esposito) que se adoraban en algunas de sus sedes, las lecturas de mayor influencia –desde las caballerías, como el Amadís o las Sergas de Esplandián, hasta las Confesiones de San Agustín y el Tercer Abecedario, de Francisco de Osuna (Toledo, 1527)--. Imágenes de sus arrobamientos y de sus místicas visiones; la valoración de poetas modernos, de la Generación del 27, como Pedro Salinas, Gerardo Diego y Federico García Lorca…
Falta, si acaso, la explicación que la Ciencia ha dado a su comportamiento y psicología, que, como se ha sugerido, va de la neurosis a las crisis de epilepsia (v. doctores Pierre Vercelletto y Esteban García-Albea). Sin embargo, como apunta Joseph Pérez, Teresa mantuvo el aplomo y la claridad de pensamiento hasta el final de su vida, y esto no lo llegó a torcer enfermedad alguna.
La comisaria de la muestra, Rosa Navarro, insiste en que el punto de partida son los escritos y las lecturas de Teresa, y que hay que leerla alguna vez, para sentir la fluidez natural de su prosa, y así poder distinguirla de otras santas al uso. Pero, si bien Teresa es sumamente atractiva y atrayente en su escritura, no deja de ser, siempre, una mística, una buscadora absoluta de Dios Hijo, y por consiguiente, monotemática y difícil para quien no quiera saber de ascesis y misticismo: “No puede ya, Dios mío, esta vuestra sierva sufrir tantos trabajos, como de verse sin vos le vienen; que si ha de vivir, no quiere descanso en esta vida ni se le deis vos. Querría ya esta alma verse libre: el comer la mata, el dormir la congoja; ve que se la pasa el tiempo de la vida pasar en regalo y que nada ya la puede regalar fuera de vos; que parece vive contra natura, pues ya no querría vivir en sí, sino en vos.” (Libro de la vida, capítulo XVI). La santa compartía con la Inquisición, además, sus fuertes temores hacia el Demonio, a quien constantemente había que plantar cara y batalla: el Diablo como sapo, sus acólitos despedazando el cadáver de un pecador, las contiendas de demonios contra ángeles, la visión terrible del Infierno y del Fuego Eterno.
Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de un comerciante converso, enamorada por igual de los libros de caballerías y de los relatos de mártires, hasta querer escapar de niña a tierra de moros, para ser descabezada en nombre de la fe cristiana, fue una mujer muy peculiar para su época. Nada resignada al doble papel de esclava del padre y comparsa del prometido, que asignaba la sociedad a las jóvenes casaderas, Teresa rehuyó el matrimonio y convenció a su progenitor para permanecer soltera durante un tiempo. Con veinte años, ingresa en un convento de agustinas, y poco a poco ve aquello como una solución conveniente para lograr la independencia en la dirección de su propia vida. María de Briceño, maestra de novicias, instruye a Teresa en la vida contemplativa. Teresa comienza a separarse de un mundo material que no la llenaba, para ir abrazando una segunda y más perfecta y acabada experiencia de oración. No podía sospechar que lo que había comenzado como un refugio y una huida para permanecer célibe, iba a fructificar en una sólida y definitiva unión con Cristo, por amor. Sería en la década de 1560 cuando Teresa tomaría plena conciencia de su entidad de religiosa, esposa del Señor, de carmelita, y de reformadora a fondo de su orden. Porque Teresa no resignó a ser una monja, sino que se alzó en la necesidad de emprender, contra viento y marea, una refundación del Carmelo: de calzado a descalzo. De los acomodos y privilegios de alcurnia, a la humildad y la pobreza más absolutas, al modo franciscano. Porque solo en la pobreza vive uno consigo mismo, y por sí mismo, y si cree con fuerza de corazón, alcanza mejor a Dios, por amor del Padre, que deja que se llene de Él.
Dieciséis fundaciones, desde San José de Ávila, el 24 de agosto de 1562, el año de nacimiento de Lope de Vega, pasando por los de Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Sevilla, hasta el último de Burgos, en 1582, el mismo año de la muerte de la futura santa. Curiosamente, dieciséis conventos, y dieciséis años tenía María de Briceño, su primera principal instigadora, cuando se recibió de monja, en 1514.
Teresa de Jesús, beatificada en 1614, proclamada en 1617 patrona de España (junto al apóstol Santiago), canonizada en 1622, y nombrada en 1970 Doctora de la Iglesia por Pablo VI, despertó inmensa devoción desde su misma muerte, acaecida en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582. La reformadora debió de morir de un cáncer de útero, que cursó con muy extremas hemorragias finales. Como ocurre con todo cadáver que queda desprovisto de sangre, sin ningún esfuerzo se momificó de por sí. Exhumado al año, en julio de 1583, estaba incorrupto. En ese momento comienza, también, su desmembramiento para repartir sus reliquias: primero la mano izquierda y el dedo meñique, por el P. Gracián (la mano que tuvo el General Francisco Franco consigo, devuelta más tarde a las carmelitas de Ronda, y que el P. Gracián había llevado a Lisboa); después, en 1585, el brazo izquierdo; en 1588, el corazón; más adelante, el pie derecho y parte de la mandíbula superior (hoy en Roma). Todo un muestrario de anatomía portátil, santificada y aromatizada.
Pero vayamos ahora al porqué de Teresa de Jesús y de otros honestos reformadores del celo religioso.
El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero se había levantado contra la simonía de las indulgencias, tolerada por el Vaticano. La piedad entendida como comercio. En 1503, Erasmo de Rótterdam había publicado su Enchiridion militiis christiani (o Manual del soldado cristiano), donde reivindica que debe ser Cristo –y solo Cristo—luz y guía espiritual para el verdadero creyente. No el formalismo, no la Iglesia con su parafernalia de actos y de jocalias. El corazón del hombre volcado sinceramente en Cristo y en su mensaje. Una purificación de los modales, una vuelta al cristianismo primigenio, a la fe vivida en la intimidad: “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mt 6, 6). Desde la Edad Media se venía sufriendo la vida escandalosa, hipócrita y nada remilgada, del clero católico. Quien más o quien menos, después de decir misa, traficaba con la penitencia y se reunía con su concubina. Todo era soflama, oro y majestad, sobre todo entre obispos, cardenales y abades. En muchos conventos, las postulantas pobres convivían con hijas de la nobleza que tenían aquel retiro como una posada de lujo, con criadas y esclavas a su servicio. Erasmo recomendó, por ello, un desapego del materialismo mundano y una recuperación de las comunidades de base, para recuperar lo auténtico, que subyacía en el mensaje de Cristo. Pero Erasmo, que comenzó a ser traducido y leído activamente en España a partir de 1516, se opuso a Lutero en la defensa de la Salvación del pecador por medio del buen uso del libre albedrío. Nacemos débiles para la carne e inclinados al mal, pero, mediante el conocimiento y abrazo del ejemplo de Jesucristo, podemos redimirnos y conseguir ser salvos. Gracias al libre albedrío, y a ese “buen amor de Dios”, del que hablaba Juan Ruiz, el famoso arcipreste, podemos cambiar nuestro destino.
En España surgieron comunidades secretas de laicos y religiosos que comenzaron a reunirse para vivir una fe de oración y recogimiento, al margen de la Iglesia oficial y oficiosa. Fueron los “pietistas” y los “alumbrados”, cuando no protestantes declarados. Leían la Biblia traducida al romance, lo cual estaba prohibido, pues dejaba cierta libertad interpretativa al propio lector. La Biblia solo cabía escucharla leer en griego o en latín a un predicador autorizado. Sin embargo, cómo continuar respetando y obedeciendo a quien no tenía ninguna autoridad moral, pues poco o nada predicaba con el ejemplo. Estos hombres y mujeres de fe, piadosos y respetuosos con la Palabra del Evangelio, querían ser distintos y también vivir de un modo diferente. Son los represaliados por la Inquisición en Toledo, en 1527, y sobre todo, en Valladolid y Sevilla, en 1559. Miguel Delibes da espléndida cuenta novelada de ello en su pieza maestra El hereje (1998).
Otros hombres y mujeres de religión, muchos, descendientes de judíos conversos, probaron otro camino: el de las reformas sin salirse de la Iglesia Católica. Aun con frecuentes enfrentamientos y encarcelamientos por sospechas de herejía. Entre los tales se encontraron Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Juan de Ávila, Fray Pedro de Alcántara, Gaspar Daza, Fray Jerónimo Gracián Dantisco, Alejo de Venegas, Juan de la Cruz y, por supuesto, nuestra Teresa de Ávila.
La muestra de la Nacional exhibe un soberbio retrato naturalista de Juan de Ávila, debido a un anónimo discípulo de Doménico Greco. Un religioso afable, de aire sencillo y ánimo letrado, pero a la vez cordial en el trato. Eso es lo que transparenta esta deliciosa pintura de Juan de Ávila. Juan de Ávila fue confesor de Teresa, pero por poco tiempo, pues murió en Montilla en 1569. Quiso ser predicador en las Indias, mas su rango de converso le confinó en Andalucía, donde se granjeó grandes adeptos por su facilidad de palabra y su espíritu sincero. Fue el responsable de la conversión del marqués de Lombay, después San Francisco de Borja. Juan de Ávila, beatificado en 1894 y santificado por Pablo VI, a punto estuvo de entrar en los jesuitas de Ignacio de Loyola. Escribió aquella delicada e hipnótica alegoría sobre la Comunión: “Comemos al Señor, y, según se ha dicho, cómenos Él a nosotros, como lo fuerte a lo flaco e incorpóranos en sí, haciéndonos miembros suyos…” Llenarse de Dios, colmarse enteramente de Cristo Jesús, como única manera de ser cristianos y militar junto a Él. Cristo, la sola cabeza visible. Es así como se llega a ese dulce poema de Teresa de 1571, escrito para la profesión de Isabel de los Ángeles en Salamanca:
“En Cristo mi confianza,
y de Él solo mi asimiento:
en sus cansancios, mi aliento,
y en su imitación, mi holganza.

Aquí estriba mi firmeza,
aquí mi seguridad,
la prueba de mi verdad,
la muestra de mi fineza.”
La prueba de su verdad es, para Teresa, Cristo mismo. Cristo solo. Vencedor de todo pecado, de toda tentación, fiel compañero triunfador sobre el Espíritu del Mal y sobre la misma Muerte.
 
“Vivo sin vivir en mí,/ y tan alta vida espero,/ que muero porque no muero.” Teresa ansía la unión mística con el Esposo-Cristo. Ese momento que se dilata, que se demora, con visiones grotescas del Infierno, la visita de algún diablillo, y el éxtasis del ángel con el dardo de oro y la punta de fuego, traspasando su pecho y llagando su corazón con el desatino del Amor de Dios. Teresa ya no quiere otra realidad:
“Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.”
La contemplación, el desprecio del mundo y la vida recogida, conventual, parecen gruesos anacronismos para esta sociedad de hoy, tan fieramente competitiva, y toda cortada por el mismo patrón capitalista, es decir, “globalizada”. El dios dinero se señorea del porvenir de cada hombre: opulencia frente a pobreza, mentira frente a verdad, triunfo frente a fracaso, ambición frente a humildad, político frente a aventurero o vagabundo.
Teresa de Jesús fue de vida austera y contemplativa, fue una monja de clausura devota de la oración y de la piedad. Pero también una mujer con una ambición sana de fundar, de transformar su orden como la crisálida se vuelve mariposa, siendo esta el alma entregada a la luz del Esposo amado. Teresa se movió, recorrió Castilla en su carreta cubierta para abrir nuevas casas de oración; persiguió permisos y licencias; pidió la ayuda de los poderosos –el rey Felipe II—y también se enfrentó a ellos –la Princesa de Éboli--. Consiguió para los hijos e hijas de la Iglesia un lugar de descanso donde la Verdad resplandeciera con fuerza. Para que el Catolicismo no se ahogara en su propio vómito, y recordara y vivificara, en los siguientes siglos, el motivo de su fundación. Esa razón inefable, y a veces esquiva razón de la sinrazón, que explica toda la Historia de Occidente en los pasados dos mil años.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2015.
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El acercamiento a la Iglesia Católica, incluso la pertenencia a ella, era lo mejor que podía hacer una familia numerosa y “cristiana nueva” –esto es, descendiente de judaizantes--. De esta forma, se soslayaba toda sospecha y se llegaba a formar parte indiscutible de la sociedad sin tacha. El abuelo paterno de Teresa de Jesús, Juan Sánchez (o de Toledo), se dedicaba, en principio, al comercio de paños y de sedas, y al cobro de tributos. Vivía prósperamente en Toledo. Cuando hasta allí llega el Santo Oficio, en 1485, es de los primeros que corre a reconciliarse con la Santa Madre Iglesia, reconociéndose como “pecador judaizante” o falso converso. El tribunal le impone, como penitencia, acudir a siete misas públicas vestido con sambenito. Pasado el oprobio, Juan Sánchez abandona Toledo y se instala en Ávila. Allí, comienza a cambiar de oficio: compra unas tierras, y las explota directamente o arrienda. Ser propietario de tierras, es decir, convertirse en terrateniente, suele llevar aparejada la hidalguía, el más bajo y elemental grado de nobleza. Sus cuatro hijos, Pedro, Alonso, Ruy y Francisco, imitan al padre e invierten en tierras. Son, además, considerados “hidalgos”, con exención del pago de impuestos y derecho de vivir de las rentas. Juan Sánchez, por ende, hace algunos encargos para el arzobispo de Santiago de Compostela, Alonso de Fonseca. Uno de sus hijos está especialmente volcado en la práctica espiritual. Será Pedro, tío de Teresa, y uno de los que la alienta a meterse a monja. El padre de Teresa, Alonso Sánchez de Cepeda, guarda en su casa libros piadosos, de Juan de Padilla, Fray Diego de Guzmán y otros. Alonso se casa dos veces con ricas herederas, ambas cristianas viejas, la segunda esposa, Beatriz de Ahumada, madre de Teresa. Alonso renuncia al comercio y al cobro de tributos, y se centra en comprar y explotar tierras en Ortigosa y Olmedo. Son pedregales que rinden poco. En apenas veinte años, el esplendor de la familia decae, hasta convertirse en nada. Un hermano de Teresa, Lorenzo, marcha de soldado a las Indias y hace cierta fortuna; con una parte de ella (doscientos ducados) se funda el primer convento de descalzas, el de San José de Ávila. Varias sobrinas de Teresa se van con ella al Carmelo, y aportan su dote. Son Isabel de la Peña, Leonor de Cepeda y María de Ocampo. Todo queda en casa. La estirpe de descendientes abraza con fuerza la religión. Se avecina Trento, la lucha definitiva y sin cuartel contra la herejía.
"La prueba de mi verdad"_Programa expo BN
Guía expo "La prueba de mi verdad".
Inauguración expo + bio Sta. Teresa
Sta. Teresa de Jesús_Gabriel Albiac.

miércoles, 1 de abril de 2015

Celestina de llorar.


Se representa estos días en la Sala Margarita Xirgu (Sala Pequeña) del madrileño Teatro Español, Ojos de agua, monólogo con dramaturgia de Álvaro Tato, basado en la Tragicomedia de Calisto y Melibea (1499), por otro célebre nombre, La Celestina, del bachiller Fernando de Rojas. Esta revisión del mito fabula sobre la supervivencia de la vieja alcahueta, curada y acogida en un convento de religiosas. Instalada tranquilamente en él, retorna al pasado, para, salvo para llegar a desvelar al respetable el dominio temprano y hedonista de su propio cuerpo de meretriz, revisitar de forma jocosamente torpe y soñolienta los episodios más consabidos del clásico original. Porque no hay nadie que aprecie, que ame la Tragicomedia de Rojas, que pueda aprobar, deleitarse y aplaudir esta bobería de incursión vacua, vana e innecesaria en la cáscara –que no en los entresijos-- de una pieza sublime y maestra, inteligente y genial, irrepetible e inimitable por ello.
 
Nada nuevo desvela esta Celestina de Álvaro Tato. Es más, parece contrariar la sutileza y la solidez del modelo de Rojas al parir una simple caricatura, una máscara de carnaval que no remonta el vuelo en el cuerpo de una Charo López pobremente inspirada, que no acierta a vivir el personaje y no lo crea desde dentro. Muy lejos está la actriz de otras buenas y añejas creaciones suyas, como la Mauricia la Dura, de la serie Fortunata y Jacinta, de Mario Camus, cuyo tono castizo y marchamo espontáneo acaso le hubieran servido bastante bien para encarnar este complejo y majestuoso personaje que ahora nos ocupa.
Además, y esto es un elogio para la actriz, Charo parece aún joven para hacer una Celestina creíble. Una Celestina fiel completamente al texto clásico, al modo de las grandes efigies de Milagros Leal, Amelia de la Torre, o, si apuramos, Nati Mistral y Amparo Rivelles.


¿Por qué estos Ojos de agua? ¿Por qué una secuela, y no una “precuela”, que dijera lo que sucede “antes” de La Celestina? ¿Por qué un monólogo, y no un diálogo, una enredadera dialéctica con, por ejemplo, la priora del convento de acogida y las venerables hermanas? ¿Cómo no una Celestina acabada, jubilada, pero no arrepentida, tratando de enseñar sus artes peculiares y maléficas a una niña, una joven discípula azarosamente arrimada? Habría mucho más sustancia, más jugo y sabor en una dramaturgia así. Una Celestina defensora, una vez más, de los infortunios de la virtud.
Hay tres breves momentos interpretativos, sin embargo, de la pieza de Tato que salvamos de la quema: cuenta esta segunda Celestina un aborto chapucero que tuvo en su juventud, a manos de un aspirante a galeno, mientras a los pies del lecho aguardaba un perro para comer los despojos; y antes, cómo al limpiar de suciedad un azogue se descubrió allí, ella misma, Afrodita, en su esbeltez y lozanía de diosa seductora. Por último, cómo satiriza a Melibea y dialoga con ella, convertida esta en vaso de vino. Tres aciertos para una quiniela llena de fallos.
Arropa bien a la escenografía las redondillas iniciales que desgrana el fantasma de Pármeno a modo de presentación. (Por cierto, un excelente trabajo del intérprete Fran García). Buena música y letra de Yayo Cáceres –también responsable de la dirección—y del propio Álvaro Tato.
Si uno revisita un clásico y propone alumbrar una ucronía sobre él, nunca cabe una revisión del mito en mármol de Carrara, sino un enfoque sobre lo silenciado, siempre y cuando se dé con una materia coherente que merezca la pena. Como logra, con pulso de maestro, Juan Carlos Arce en la deliciosa novela Melibea no quiere ser mujer (1991), donde se aboga por el guiño de que La Celestina nunca se hubiese escrito sin el concurso e inspiración directa de las putillas de la casa.
Recordemos, así mismo, con honda simpatía el cuentecito Las nubes (1912), de José Martínez Ruiz “Azorín”, con unos Calisto y Melibea felizmente casados para un enternecedor retrato de familia que puede volver a repetirse.


De cualquier forma, quienes no hayan descubierto aún al bachiller Rojas, que lo hagan pronto. Lean la Tragicomedia. No esperen más para gozar más del gozo de una obra maestra en su edición genuina.
A los admiradores de Charo López, actriz salmantina, recomendarles que se queden con sus excelentes trabajos en televisión: Clara Aldán (Los gozos y las sombras, 1982), Elvira Domínguez (Entre visillos, 1974).
[Ojos de agua se mantiene en el Español hasta el 26 de abril de 2015.]
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2015.

lunes, 23 de febrero de 2015

¡Vivan Verdi y Wagner!


Quedan ya muy pocos días para poder asistir –si no lo habéis hecho ya—a la representación de la opereta bufa El pimiento Verdi, original de Albert Boadella, en la Sala Verde de los madrileños Teatros del Canal. La reposición de esta comedia musical ha constituido un acierto máximo, pues merece mucho la pena ofrecer esta segunda oportunidad a quienes, como servidor, habíamos dejado pasar la ocasión de visionarla.
El pimiento Verdi, ambientada en un restaurante propiedad de un fan incondicional del músico italiano, es un verdadero rebozo de bel canto. Un festejo de ópera, tanto de Don Giuseppe, como de Don Ricardo, pues tanto monta, monta tanto. Un homenaje a sus arias bellísimas, al lirismo apasionado de Verdi, y a la fuerza telúrica e impactante de Wagner.
¿De dónde tomó esa fuerza Wagner para su música? De Beethoven, al que admiraba y al que defendió sin límites. Del poderoso entrante de la 5ª Sinfonía. Y, especialmente, de la majestuosidad de la 9ª, que Wagner hizo redescubrir y apreciar sobremanera al público alemán, pues la estudió a fondo, la pulió con una nueva copia de la partitura, y la reestrenó con honores en 1846, al frente, él mismo, de la Capilla Real de Dresde, dirigiendo a la orquesta y a más de trescientos cantores. Esta sinfonía coral había sido tenida por “revolucionaria”, una “música nueva que el público alemán no había llegado a asimilar nunca”. Pero Wagner lo achacaba a los errores en las copias de la partitura, y a interpretaciones parciales y poco entusiastas. Wagner mismo preparó un folleto explicativo sobre el alcance de la obra para el día de la audición, y cuidó con paciente esmero cada ensayo. El éxito, ante una sala abarrotada, fue total. Beethoven era un grande de la música coral germana, y Wagner su entregado redescubridor y discípulo. El prestigio de Herr Richard cobró sus altos vuelos.
En el local de El Pimiento… se reúnen los amigos de la memoria del genio de Le Roncole (Busseto), quienes son groseramente interrumpidos por los disidentes seguidores del vate teutón. Verdi fue un “blandengue”, y su música posromántica está pasada de moda. En cambio, Wagner fue todo un revolucionario innovador. Un compositor que arriesgó el todo por el todo, ideando partituras de una inmensa fuerza. Wagner hace vibrar a la audiencia. Verdi, en cambio, la acuna como en una nana. Responden los italianófilos que Wagner construía argumentos liosos, tediosos, e infumables, por lo filosóficos y míticos. Óperas larguísimas, parlamentos eternos, escenografía y vestuario de un barroquismo cansino, apabullante y ampuloso. Y mientras crece la discusión, se alternan las piezas cantables debidas a uno y a otro. Para deleite de los enconados partidarios, y festín general del público espectador.
Y es que “la música amansa a las fieras”, y vuelve amigos a los enemigos. La música doblega corazones y estremece voluntades. Y ese es el fin último, y no otro, de este inteligente divertimento de Boadella: que disfrutemos con la música. Siempre con la música.



Entre estos recreadores de las fábulas operísticas de Verdi y de Wagner, destaca la poderosa voz de soprano de María Rey-Joly, intérprete dotada de un timbre y de una esbeltez muy parecidos a los de la mítica Maria Callas. Esta cantante ha intervenido con fortuna en conciertos dados en el Teatro Monumental de Madrid, así como en zarzuelas, como Luisa Fernanda.
Luis Álvarez, barítono, hace un estupendo Sito, dueño del local, personaje enternecedor y cómicamente trasnochado. Antoni Comas construye un muy convincente seguidor de la ópera alemana, acertadamente secundado por un agradable José Manuel Zapata, también tenor, como Roberto. Al piano, las manos hábiles de Borja Mariño. Quizá la que tenga un papel más difícil para destacar, y por eso más ingrato, sea Elvia Sánchez, soprano, como Brunilda. Pero allí está.
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Otra cosa es la simpatía personal hacia el creador en cuestión. El sentimiento al margen de la melodía. Evidentemente, todos sabemos quién y cómo fue Richard Wagner: ególatra a más no poder, autoritario, pendenciero, seductor empedernido, maniático del lujo (continuamente endeudado y viviendo muy por encima de sus posibilidades), y posiblemente racista y antisemita. Wagner escapaba de todos los sitios, acuciado por las malas críticas hacia su música incomprendida, su soberbia inconmensurable, y los pagarés impagados (varias veces vendió los derechos sobre sus obras a prestamistas distintos). Hasta que dio con un mecenas, el joven rey Luis II de Baviera, quien se creía la reencarnación del Caballero del Cisne, y vio en los libretos de las óperas de Wagner la posibilidad de recrear con música el pasado legendario teutónico: los nibelungos, Sigfrido, el oro del Rin, Isolda, Tristán, Brunilda, el Santo Grial, las Walkirias… Luis II no poseía una fortuna propia, mas convenció a su parlamento para que le prestara grandes sumas de dinero al músico, a fin de que pudiera dedicarse a su arte sin estrecheces. El matrimonio Luis II-Richard Wagner funcionó durante un tiempo. Pero el músico no era bien considerado en Baviera, sobre todo en Múnich, por su perniciosa influencia dilapidadora sobre el Rey de los Sueños. Wagner era tenido, por ende, como un peligroso protestante revolucionario, que había asistido al mismo Miguel Bakunin en las barricadas, y que vivía con una ostentación y una amoralidad familiar escandalosas e indignantes. Su último improperio fue convencer al ayuntamiento de Bayreuth para que le construyera un nuevo teatro monumental. Cuando no hubo dinero suficiente, Wagner recurrió de nuevo a Luis. El soberano no le dejó en la estacada, y el edificio se pudo terminar. El Festspielhaus, el Palacio de Festivales.
Tras la muerte de Wagner, sus herederos devolvieron el préstamo, de cerca de 15.461 euros, a las arcas del estado bávaro, a través de los beneficios de los Festivales de Bayreuth, y de no cobrar derechos de autor en las representaciones operísticas de Múnich. (Debemos aclarar que el primer festival de Bayreuth, en agosto de 1876, se había saldado con un déficit de 76.000 euros, motivado por la falta de alojamiento en la población, y los pobres resultados artísticos durante los ensayos.)
¿Qué cantidad global llegó a recibir Wagner de su fundamental mecenas bávaro? Se estima que, en diecinueve años de relación, entre 421.000 y 481.000 euros de hoy. Cuando Luis conoció al compositor, le canceló todas sus deudas, que eran de 72.121 euros actuales. Además, le puso en nómina, como consejero real secreto, con un sueldo de unos 15.000 euros al año.
¿Por qué continúa la polémica sobre Wagner? Por su encendido antisemitismo. Boadella hace que el personaje de Leonor lea todo un texto original del músico acerca de los judíos, enemigos del pueblo alemán. Seguramente, un pasaje sacado de su ensayo El judaísmo en la música, publicado por vez primera en 1850, y retocado en 1869. Toda una declaración en contra de los hebreos, como extraños a cualquier territorio, desagradables en su acento y en su manera de vestir, y entregados al culto al dinero, el préstamo y la usura. Su influencia en la ideología posterior nacionalsocialista es innegable; se sabe que Hitler era recibido afectuosamente en Bayreuth tanto por el hijo como por los nietos de Wagner (v. El Mundo, 19-05-2013).
Wagner necesitaba a Luis II, y necesitaba vivir en Múnich, junto a su rey. Pero odiaba, en el fondo, esta ciudad, por su acendrado catolicismo en manos de los jesuitas, los periodistas chismosos, los juristas, y, cómo no, los judíos. Demasiados oponentes en Múnich.
Lo curioso es que Richard Wagner había nacido en el seno del barrio judío de Leipzig (Sajonia), un 22 de mayo de 1813. Sin embargo, su familia y sus antepasados habían tenido poco de judíos, pues fueron humildes maestros de escuela o modestos artesanos de religión protestante desde, por lo menos, el siglo XVI. El padre de Wagner, Friedrich, era secretario asistente judicial y de policía. Murió en octubre de 1813, víctima del tifus. La madre de Wagner se casó entonces con Luis Geyer, un actor, pintor y escritor de talento, amigo íntimo de la familia. Geyer crio a Richard y a sus siete hermanos vivos como un verdadero padre. Los niños se dedicaron todos después a las artes escénicas.
En 1850, coincidiendo con el estreno de Lohengrin en Weimar, bajo la prestigiosa batuta de Liszt, y con la publicación de la primera versión de su ensayo sobre El judaísmo en la música, Wagner da a la luz otro importante escrito de reflexión suyo, El Arte y la Revolución. En él se lee un pasaje que resulta chocante, por lo contradictorio: “Si la obra de arte griega contenía el espíritu de una bella nación, la obra de arte del porvenir debe contener el espíritu de la humanidad libre por encima y más allá de todas las barreras de las nacionalidades; en ella el ser nacional puede ser solo un adorno, un atractivo de la diversidad individual, no una barrera represiva”.
Claro que este Richard es el entusiasta de la Revolución proletaria y anarquista de 1848, no aún el protonacionalista pangermano que buscó refugio bajo el ala aleve del cisne de Luis. La Revolución de 1848 corrió como la pólvora por toda Europa, para poner fin al Antiguo Régimen. Si bien favoreció el nacionalismo en áreas como la alemana y la italiana, se debió de vivir como un movimiento supranacional, que posibilitaba una ingeniosa alianza entre la baja burguesía y el pueblo llano. Salían perdiendo los aristócratas y los burgueses más adinerados (quizá, entre ellos, muchos judíos).
Que Wagner se codeó profesionalmente con judíos es un hecho probado. Hermann Levi, hebreo, dirigió música de Wagner en Múnich y fue un buen amigo suyo. Hasta su muerte en Venecia (martes, 13 de febrero de 1883), cuando él y Heinrich Porges, otro amigo judío del compositor, llevaron las cintas negras del coche fúnebre. Wagner y Cósima, su última consorte, reposan en Bayreuth (Baviera).
Richard Wagner se definió a sí mismo, en 1841, como “un acorde disonante, que en seguida se resolverá magnífico y puro por la muerte”. Es de lógica y de justicia pensar que ese acorde disonante se normalizará siempre en su legado: una tempestad maravillosa de entusiasmo y aliento coral, y un huracán de altas y sublimes notas.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2015.

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A todo esto, Giuseppe Verdi tampoco fue un santo, pese a que construyera un asilo para músicos. Su esposa, la soprano Giuseppina Strepponi, que había hecho triunfar algunas de sus montajes operísticos, había tenido varios embarazos antes de relacionarse formalmente con él en París, la ciudad que todo lo perdona. Por ejemplo, con Camillo Cirelli, agente y empresario teatral, Giuseppina tuvo a su hijo Camillino, en 1838. Ella no se hizo cargo de él, sino que lo confió al cuidado de una antigua criada suya, que se lo llevó a Florencia. Con once años, lo pusieron a trabajar de aprendiz de un escultor. Su madre apenas lo iba a ver. Y Verdi no quiso saber nada de este muchacho, que murió con veinticinco años, mientras estudiaba Medicina. Se conjetura con la posibilidad de que Verdi no desposara a la Strepponi hasta agosto de 1859, después de que Camillino alcanzara su mayoría de edad a los veintiuno, en enero de ese mismo año, para evitar tener que adoptarlo como padrastro. Verdi nunca se ocupó de los hijos de su mujer. Un año más pequeña que Camillino era Sinforosa, habida posiblemente con un colega cantante. Esta niña fue adoptada por una familia de clase obrera, y consiguió vivir hasta los ochenta años. En 1841 nació Adelina, su tercera hija, que murió con once meses, lejos de su madre. Giuseppina no quiso tener descendencia con Verdi, al que veía como un ser independiente. En 1868, la pareja adoptó como heredera legítima de sus bienes a una niña de ocho años, Filomena María, al parecer una primita del compositor.
No obstante, todo hay que reconocerlo, Verdi fue un artista golpeado desde joven por la tragedia familiar. A punto de triunfar con Nabucco, solo dos años antes, en junio de 1840, había perdido a su primera esposa, Margarita Barezzi, hija de su protector. Con ella tuvo dos hijos –Virginia e Icilio Romano--, que murieron con apenas un año, posiblemente de meningitis, como su misma madre, Margarita. Esta triple tragedia –durísima—abatió el ánimo del músico y ensombreció su vida y sus creaciones con un manto de pesar y de penumbra: la muerte de Violetta, en La Traviata, da muestra de este sino. La fuerza del destino siempre sumió a Verdi en un aura de melancolía, y tal vez fue aquella la que le indujo a orquestar el virulento drama del Duque de Rivas.
[Fuentes consultadas: J. Martín, Wagner (Barcelona, Ediciones G.P., s.a.); Ángel-Fernando Mayo, Wagner (Barcelona, Ediciones Península, 2001); John Rosselli, Vida de Verdi (trad. de Ana Bustelo, Cambridge University Press, 2001)]

"EL PIMIENTO VERDI"__Programa de mano.

"El judaísmo en la música" (1850), por Richard Wagner.

martes, 4 de noviembre de 2014

Gala del 35º aniversario de la Compañía Nacional de Danza.



En esta gala (octubre de 2014, Teatros del Canal, Madrid) la brillante compañía que dirige José Carlos Martínez representó las siguientes piezas:
-          6 minutos de vida.

-          Festival de las Flores de Genzano.

-          El Corsario, paso a dos.

-          Raymonda Divertimento (inspirado en el montaje de Rudolf Nureyev).

-          El Cisne.

-          Aimless.

-          Violon d’Ingres.

-          Bolero.

-          Ritmos.

-          Minus 16.

Son obras muy diferentes entre sí y con su estilo propio. En mi opinión, una de las más sobrecogedoras es El Cisne, esta vez representado por un bailarín que ejecuta los movimientos de un cisne con total naturalidad y delicadeza, a pesar de ser un bailarín. La anterior vez que vi bailar esta pieza fue por Alicia Alonso, poco antes de retirarse, en el auditorio del parque de L’Aigüera, en Benidorm. Alicia estaba tan mayor que bailó casi ciega y con los pies tan deformados que continuaba andando en primera posición de ballet (en dehors) incluso cuando ya había acabado de bailar. La misma pieza de música representada de dos formas totalmente diferentes.

Respecto a Aimless, decir que aplaudo la elección del título de la pieza: “Sin objetivo”, pues eso es lo que refleja este baile, un continuo movimiento sin un afán de representar una historia definida, movimiento suave y continuo, sin brusquedades ni rupturas, el movimiento por el movimiento.

Hasta ahora hemos analizado dos piezas en las que se baila con “el cuerpo expresivo”, pero pudimos ver “el cuerpo acrobático” en El Corsario, paso a dos, donde predominan piruetas y saltos. Vemos pues, dos formas diferentes de tratar el cuerpo a través del baile.

Y finalizo con Bolero. Es el Bolero de Ravel, esta vez con una coreografía poco usual, pues yo, personalmente, nunca lo había visto bailado por una pareja, sino siempre por un solo bailarín. Y además, ambientado en la época del charlestón. Esta coreografía es una apología a la flexibilidad, donde predominan los cambré y los spagat, así como las figuras espejo entre el bailarín y la bailarina.

Todas las piezas son susceptibles de realizar una crítica, pero, por mi parte, aquí me detengo, ya que poco más puedo añadir de la Gala, una Gala llena de belleza y profesionalidad, donde todo el público parecía querer unificar sus esfuerzos para que el ballet siga vivo en los escenarios de nuestro país.

© María del Mar Fernández Fernández, noviembre de 2014.
 
 
Para los no versados en ballet clásico, les invitamos a ver esta maravilla histórica: la perfecta conjunción de dos maestros de la danza, la pareja formada por Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn en un pasaje de El Lago de los Cisnes, esa obra de Tchaikovsky que es referente ineludible cuando se muestra un ballet en cine o televisión: