“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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domingo, 10 de marzo de 2013

Causas de la Guerra Civil española (1936-1939).

A mi amigo Jaime M. M.

13 de febrero de 1837. Anochece en Madrid. Tercer piso de Santa Clara 3. Un hombre elegante se contempla ante un espejo. Acerca una pistola a su sien derecha. Suena una detonación. “Aquí yace media España; murió de la otra media”. El suicidio de Larra, por amor triple –a Dolores Armijo, al pueblo llano español, y a su adinerada clase media--, es el preludio de un futuro conflicto armado. Larra es el dandy de corazón escindido: está con la gente sencilla, y quiere lo mejor para ella –educación, justicia, dignidad, progreso--, pero al mismo tiempo le da miedo apoyar una causa revolucionaria. Torrijos y sus compañeros liberales habían muerto fusilados en 1831. En 1833, desaparece el tirano Fernando VII, pero estalla en el norte la primera guerra carlista, signo de seguimiento por parte de la población del espíritu ultraconservador y católico. Entre 1834-35, los ánimos están revueltos: en la capital se asesina a varios frailes y en Barcelona arden conventos. Los sargentos se sublevan en La Granja el 13 de agosto de 1836. Exigen de la regente el restablecimiento de las garantías constitucionales de 1812. A las dos de la madrugada, María Cristina se aviene. La sargentada había sido promovida por un funcionario liberal del ministerio de Hacienda, Manuel Barrera (amigo íntimo de Juan de Dios Álvarez Mendizábal) y por un periodista del Eco del Comercio, Ángel Iznardi. Se inicia la Desamortización para dar vida a las tierras baldías. Una nueva Constitución se promulga en 1837, más moderada que la de Cádiz, pero también más precisa.
Sin embargo, el hombre que abre el periodismo crítico en este país atisba entre las sombras del pasado y las nieblas del porvenir, y opta por no esperar ningún cambio importante. Desengañado de la sociedad española, se despide de ella radicalmente. Sí, amigo Larra, “te llamas liberal y despreocupado, y el día que te apoderes del látigo azotarás como te han azotado”.  Antes de irte, dinos, ¿qué hemos de hacer los españoles por nosotros mismos? –Tal vez funcione aquello que escribí en abril de 1833: creamos que España es capaz de esfuerzos y felicidades –como recogen los norteamericanos en su Carta Magna--; “cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles”.
Ese ánimo de levantar un país no se puede materializar sin educar al pueblo. España era un país atrasado, donde la buena educación recaía en las clases pudientes. El pueblo silbaba por una llave hueca. En Alemania y Francia ya se comenzaba a construir un sólido modelo de educación nacional. Los “gimnasios” y los “liceos” aproximan la cultura a todos. Jovellanos había elegido el término “instituto” para designar al centro de estudios medios, dirigidos, no obstante, a los hijos de la burguesía. La clase media se reservaba así el acceso a la cultura, mientras permitía escuelas primarias para los pobres. La Iglesia por su parte, en un ejemplar esfuerzo que no debe ser olvidado, llevó la iniciativa de responsabilizarse de la primera educación de muchos niños que de otro modo hubieran permanecido ignorantes y analfabetos. Todo el siglo XIX español y buena parte del XX, arropó una lucha de intereses partidistas entre pedagogos conservadores y liberales. El plan del Duque de Rivas, por ejemplo, solo estuvo vigente ¡diez días! En una década hubo hasta siete planes educativos diferentes, como el propuesto por Romanones, el primero en mentalizarse de la industrialización y del progreso. Con Miguel Primo de Rivera, hubo dos bachilleratos: elemental y universitario; cada uno de tres años, más un curso común y dos específicos.
A todo esto, manga por hombro y la casa sin barrer. Porque el pueblo llano seguía siendo analfabeto en su mayor parte. Vemos a esos jóvenes y ancianos que contemplan embobados un entremés del Siglo de Oro escenificado por Lorca y sus compañeros de La Barraca. O por Casona, al frente del Teatro del Pueblo de las interesantes Misiones Pedagógicas (270 en 1934). Realmente existió un considerable esfuerzo, por parte de la II República, en llevar la cultura al pueblo, si bien podando los finales justicieros de todo matiz monárquico (como se hizo con la versión mutilada de Fuenteovejuna). Pero ya era tarde, pues la escisión entre los de arriba y los de abajo estaba garantizada por el abandono, el olvido milenario de estos últimos. El pueblo nació para servir y para estar en su sitio: que Peribáñez defienda a Casilda del Comendador, que obtenga el favor real, pero que no reclame una escuela. Lo suyo es el campo, las burras y la labranza. “Cada uno en su casa, y Dios en la de todos”. Bernarda tiene bien aprendida la consigna: “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”.
El divorcio clasista y malquerencia entre burguesía y proletariado condujo a tomar a los obreros como masa indolente y a machacarlos en la Semana Trágica de Barcelona (1909). Que fueran a Marruecos los padres y mozos de la chusma. Lo curioso es que justo tres siglos antes, en 1609, se extirpó a los moriscos por antiespañoles, ellos que eran los reyes del comercio textil y de florida agricultura. Lo cierto es que se usó la artillería contra las barricadas obreras del Paralelo y del Paseo de Colón. Cómo no, la Iglesia, que siempre está en medio, y lo mismo vale para un roto que para un descosido, volvió a pagar el pato: treinta conventos y veintiún templos quemados. Los que se salvaron, lo fueron por voluntarios carlistas, que no hay mal que por bien no venga. Un valiente maestrillo laico, Francisco Ferrer Guardia, era detenido el 1 de septiembre de 1909. El gobierno buscaba un responsable directo de la sublevación. Ferrer era carne de horca. Su fusilamiento, el 13 de octubre, causó honda conmoción en el extranjero, entre toda la izquierda europea. Maura se tuvo que ir a leer el periódico a un parque. Después veremos lo que va a pasar por armar a los catetos: hordas de ignorantes gañanes cayendo sobre Madrid, asaltando y desvalijando los mejores barrios, matando a los señoritos y violando a las niñas bien. Muchos han sufrido el azote ruin del terrateniente. Sobre todo, en Andalucía y Extremadura. Y no pueden más. Ya se huele la guerra.
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Aldeacorba de Suso. Un pequeño llamado Celipín escapa de su casa con un raquítico hatillo sobre el hombro. Se quiere ir a Madrid, a estudiar, y ser un hombre de posibles, como el doctor Teodoro Golfín (de Gold y To find, ‘hallar oro’). ¿Lo conseguirá? Mejor para España si lo logra, y miles como él, que no deseen vivir sumidos en el yugo de la ignorancia.
Don Benito Pérez Galdós, quien ya habló de esta España nuestra, veía en una educación científica moderna la única solución para los males del país. Lo recogió en esa Marianela de Celipín, en Doña Perfecta y en otras novelas de su primera época. ¡Gran lástima fatal que nadie le hiciera caso!
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14 de abril de 1931. Don Alfonso XIII se exilia para Cartagena, y luego Italia. Solo el diario ABC lo defiende. Se proclama en Madrid y en otros municipios la II República. Pero el cambio de régimen político no iba a venir acompañado, desgraciadamente, de cambios sociales relevantes. Los líderes republicanos, incluso los más radicales, jugarían con fuego a la hora de dotar de derechos y libertades a las clases bajas. No se trataba de imitar a los soviéticos, sino de hacer la revolución paulatina desde arriba, como se acometió en Francia en 1789. Nadie quería la toma del poder por los exaltados: ni Niceto Alcalá Zamora, ni Largo Caballero, ni Azaña, ni Gil Robles, ni Lerroux. Pero ahí estaban, ariete en alto, los comunistas y los anarquistas, que no eran tan señoritos como quienes se habían hospedado en la Residencia de Estudiantes o educado en la Institución Libre de Enseñanza. Entre los augustos “residentes”, Federico García Lorca, estudiante frustrado de Derecho, poeta enorme y genuino, a quien su padre pagaba gastos y los libros de poesía (que no daba ni para sopas de ajo). Federico era muy amigo de Fernando de los Ríos, ministro de Cultura, quien le abocó a La Barraca para que hiciera algo de provecho por la república. Federico era de una vivacidad increíble; era un sol todo el año; siempre estaba alegre. Así decía de él Jorge Guillén: “Hoy no hace ni frío ni calor; hoy hace Federico”. Con él iba la música popular andaluza, su cante, sus romances y su teatro del Barroco. Se hizo amigo de un pintor escuálido y algo huraño, ególatra y pretencioso a más no poder, hijo pródigo de un notario del Ampurdán: Salvador Dalí. También de un áspero aspirante a púgil, de cara recia y ojos saltones, llamado Luis Buñuel Portolés. Buñuel –alumno de corazonistas y jesuitas-- era un obseso de la religión, a la que odiaba y admiraba enfermizamente. Le gustaba vestirse de cura marista, como a Dalí, y hacer burla escatológica. Era un bruto irreverente, machista contumaz, que vendería el piano de su mujer para que esta no tocara. Luis caía en la vulgaridad más absoluta, como cuando cantaba la jota de su invención: “No me jodas en el suelo/ como si fuera una perra,/ que con esos cojonazos/ me echas en el coño tierra”. Una vez se acercó por detrás al dulce poeta y le espetó sin piedad: “—Oye, Federico, ¿es verdad que eres maricón?” Eso significó el final de la amistad entre vate y futuro cineasta, “ateo, gracias a Dios”. La puntilla la obró en París, en 1929, el cortometraje silente Un perro andaluz, en clara alusión al origen de Lorca. Buñuel había reclutado para el proyecto a Dalí, con quien Federico había tonteado más de una vez, sobre todo en Cadaqués, donde a menudo el poeta se ponía agorero y trágico y gustaba escenificar su propia muerte y entierro. Luis Buñuel, Salvador Dalí y Federico García Lorca constituían los mejores exponentes del arte de vanguardia que quería la izquierda española, frente a las opciones retrógradas y cansinas de Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu o José Ortega y Gasset, de las derechas. Marañón y Unamuno estaban en la mitad, indecisos. Valle-Inclán, lo mismo, con sí con sa. Para mostrar el misérrimo estancamiento del campo español, Buñuel se marchó a la comarca de las Hurdes, para rodar Tierra sin pan (1932). Existía una fuerte conciencia solidaria en estos intelectuales que no era compartida a igual nivel por los teóricos conservadores, amigos de esbozar una revolución parca, controlada y cristiana. La Falange de José Antonio Primo de Rivera sería el medio para esa transformación. Una fuerza anticapitalista y anticomunista, alentadora, y a la vez redentora, del sacrificio pío obrero, bendecida por curas y dirigida por señoritas y señoritos tradicionalistas.
La República se escindía en dos mitades: derecha e izquierda. Y la izquierda era una Polinesia. Los socialistas velaban por los intereses del vulgo, a quien “es justo hablarle en necio para darle gusto” (Lope dixit). Los comunistas y anarquistas querían la locomotora a todo gas, y echaban más leña al fuego. En octubre de 1934, prendió la revolución popular minera de Asturias, sofocada por Franco con ayuda de la Legión. A nadie interesaba que los obreros tomaran el mando. Mil muertos, ejecuciones sumarias, torturas y despidos. La cuenca del Nalón era una región muy levantisca. Antaño quedó don Pelayo, las flechas reversibles y el tributo de las cien doncellas. De las regiones más bonitas de España, con sus Picos de Europa, sus pueblecitos pesqueros (Ribadesella, Cudillero, Luarca) y donde mejor se come. Qué le habría hecho la Santina a nuestro Nobel don Camilo, cuando tras las hoscas huellas de Buñuel, soltó aquel grueso improperio: “Si la Virgen de Covadonga es pequeñita y galana, que se jo**”.
A todo esto, más imágenes de santos a la hoguera. Nueva quema de iglesias en Madrid en mayo de 1931.
Tanto miedo tenían los socialistas a los partidos obreros que, cuando se forjó el Frente Popular el 15 de enero de 1936, se optó por dejarles fuera del mando. Se dice a menudo que el alzamiento militar y la Guerra (In)Civil fueron unos hechos mezquinos y sangrientos contra el gobierno republicano legítimo, pero se olvida que los verdaderamente sangrientos fueron muchos líderes de partidos y semipartidos, buitres carroñeros que engañaron y sangraron al pueblo, y condujeron al país al caos y al odio generalizado. Como acaece ahora, en nuestros días, que todos quieren mandar: centralistas, catalanistas, populares, socialistas, peneuvistas, regionalistas, etc. ¿Miran de verdad por el interés de España como nación madre? Seguramente no. Hasta alguno hay que se ríe del concepto de “patria”, como si fuera desde siempre un cuento o quimera.
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“--[Madre,] deme la navaja”. “—La navaja, la navaja… Malditas sean todas y el bribón que las inventó”. La Luna en presagio de la Mendiga, la Muerte. En muchos pueblos, familias enfrentadas por odios ancestrales. “Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío”. “Esa gente mata pronto y bien”. En la España profunda y rural se mascaba el odio. Lorca lo comprendió y lo ofrece en altar dramático como ambiente de preguerra. Es el teatro el que hace ganar su primer dinero al poeta, merced a los acomodos de las actrices Margarita Xirgu y Lola Membrives. Lorca, apolítico en testimonio de su íntimo amigo Pepín Bello, declara el 15 de diciembre de 1934: “En este mundo yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega”. Ahora bien, el genio granadino se situaba ante el mismo dilema que había acuciado a Larra: ¿cómo estar con los pobres sin ser uno de ellos? Dilema que recuerda al del rico en el Evangelio: “Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás riqueza en el cielo; luego ven y sígueme” (Mc 10, 21). 

La primera víctima de una guerra es la inocencia. El general de la Benemérita Antonio Escobar Huertas, fiel a la legitimidad del gobierno republicano hasta el final, varias veces herido durante la contienda, murió en el foso de Montjuich besando un crucifijo. Como católico que era, obedeció a unos dirigentes que armaron a los anarquistas que asaltaron y quemaron los templos barceloneses. Pudo escapar a Portugal o a Francia, pero no aceptó tal solución. Ni Lorca, ni Maeztu, ni Muñoz Seca, ni tantos otros intelectuales, o simples hombres de bien, eran culpables de nada, pero se llevaron lo peor. Que no se vuelva a repetir. El pueblo español ya no vive en la ignorancia, mas debe huir del fanatismo y de la intolerancia de ideas y opiniones como de piel de lobo. Porque quien no recuerda su Historia, y no la toma como dura advertencia, está llamado a repetirla.
En el momento en que se extravía la idea de causa común (que es la que ha vuelto grandes a alemanes, franceses y anglos; que es la que salvó a Inglaterra con Churchill durante la SGM), un país camina al borde del precipicio. Lo vemos en "nuestras" repúblicas bananeras, legado de nuestro pasado histórico: cada uno tira hacia lo suyo, en vez de mirar el bien de todos. Y a los españoles nos está pasando lo mismo, con tanta corrupción, tanta “autonosuya”, y tanta mentira. A este paso, Dios nos coja confesados.
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El pelotón que fusiló a García Lorca. 
Los asesinos de F.G. Lorca y Bernarda Alba.
Bernarda Alba y la muerte de García Lorca.

lunes, 4 de marzo de 2013

La despedida de Benedicto XVI.


Por primera vez en nuestros tiempos modernos, un papa abandona vivo la sede apostólica de Pedro y remonta los cielos de la Ciudad Eterna. Fue a las 17:07 del pasado jueves, 28 de febrero de 2013, con dirección a Castel Gandolfo, la residencia pontificia a veintitrés kilómetros de Roma, más extensa en superficie que el Vaticano.
Se va Benedicto. Es como si Ratzinger dejara sitio para que llegara Cristo. Ojalá entren aires de sincera renovación entre la curia vaticana, pues la Iglesia católica los necesita urgentemente para ganar credibilidad y confianza frente al mundo. Ya se alzan los preparativos en la Sixtina y se habla de cardenales favoritos. El Camarlengo Bertone selló las estancias papales a las 20:01 del 28, y destruyó el anillo distintivo del pontífice. Todos los cargos han cesado automáticamente, salvo aquellos de transición más esenciales.
Benedicto XVI no podía volver a ser cardenal. En principio, se sugirió el título de Obispo emérito de Roma. Pero eso parecía sonar a poco, y va a ser tratado como Papa emérito, lo que vaticina la posibilidad de un reinado en la sombra, y de que su sucesor lo tenga en cuenta para algunas decisiones trascendentales. Como diría Mario Moreno Cantinflas, “Parece que se ha ido, pero no es cierto”. Este hecho de estar de consultor ocasional no resulta, en principio, negativo, pues asume la experiencia de más de siete años como papa, además de muchos atrasados con cargo de responsabilidad en la Santa Sede, y conoce bien el meollo. Tan bien lo conoce, que se va un tanto “desangelado”, aunque lleve consigo la fuerza del Espíritu Santo. Las últimas palabras del papa a los cardenales electores fue una llamada a la unidad, para que toquen como lo hace una orquesta, con diferentes voces, pero armónicamente.
Nos deja un papa como todos, con sus virtudes y defectos. Proclive a autorizar la comunión a los divorciados, no se atrevió a imponer su criterio. Tampoco deseó tocar otros aspectos calientes, como el del celibato sacerdotal y el sacerdocio de la mujer (temas muy New Age, pero que deberían resolverse ya mismo). Escribió tres notables encíclicas (Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate) y ha dejado sin rubricar una cuarta. Sus tres libros divulgativos sobre Jesús de Nazaret presentan una fría erudición que desaprovecha la posibilidad de acercar el Evangelio y la vida del Maestro a los cristianos de hoy. Como ensayos están bien, son muy pulcros, pero también asépticos y poco comprometidos con la realidad histórica de aquel entonces y de ahora. Ha rehabilitado la antigua liturgia en latín, preconciliar, aunque con carácter opcional, por supuesto, y ha levantado excomunión a cuatro obispos cismáticos ultraconservadores. Ha recibido al disidente progresista Hans Küng, mas no le ha levantado el veto de enseñar teología católica. Ha perdonado al obispo Richard Williamson por negar las atrocidades del Holocausto judío. En 2006, retiró el sacerdocio activo a Marcial Maciel, fundador disoluto de los Legionarios de Cristo, y apadrinado por el anterior papa Juan Pablo. A partir de 2010, persiguió y castigó los abusos sexuales de bastantes curas pederastas. En su pueblo natal de Marktl, en Baviera, el 13 de julio de 1997, le levantaron una placa en la fachada de su casa, conmemorativa de su elección como Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
Ha sido un papa austero, sencillo, que no se ha dado a sí mismo ningún predicamento. Ha visto cosas que no le han gustado, y ha luchado contra ellas, para sanearlas. Aborda su renuncia con valentía, y es consecuente respecto de sus limitaciones físicas y quizá de mando.
Castel Gandolfo será la residencia provisional de Benedicto XVI hasta la elección de un nuevo papa. Se levanta en 55 hectáreas (once más que el Vaticano) sobre la antigua villa de recreo del emperador Domiciano. Son treinta hectáreas de jardines privados y veinticinco más de corrales, cuadras, olivares, hortalizas y pastos para el ganado (sesenta y tres vacas que producen seiscientos litros diarios de una excelente leche, que es consumida por la curia; gallinas que depositan cien huevos por jornada). Castel Gandolfo fue abierta por Pío XII a los refugiados. En la alcoba del papa, convertida en paritorio, nacieron más de cincuenta niños durante la Segunda Guerra Mundial.
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El siglo XX vistió a ocho papas:

Pío X (1903-1914), combatió el laicismo con más catecismo; reformó y unificó el Derecho canónico.
Benedicto XV (1914-1922): diplomático e imparcial durante los hechos de la Gran Guerra.
Pío XI (1922-1939): contrario a toda doctrina totalitaria, ya sea comunista o fascista. Se opuso con virulencia al Duce Mussolini.
Pío XII (1939-1958): sostuvo un complicadísimo pulso con Hitler, para impedir que invadiera el Vaticano y terminara con la ayuda en la sombra a disidentes, judíos y evadidos. Tenía preparada su carta de renuncia si era sometido por los nazis.
Juan XXIII (1958-1963): Angelo Giuseppe Roncalli, el Papa Bueno. Tenía la sencillez campechana y la bondad del cura rural que sabe lo que es pasar hambre. De una simpatía y un carisma natural desbordantes, renovó los cimientos del culto y de la Iglesia con su apertura al mundo moderno. Convocó el Concilio Vaticano II, el más espectacular y amplio desde la Edad Media. Excomulgó al dictador Fidel Castro. Sin duda, el mejor papa de los últimos doscientos años.
Pablo VI (1963-1978): concluyó el Vaticano II y tuvo un espíritu dialogante, abierto y ecuménico.
Juan Pablo I (1978): murió del corazón tras ocupar solo 33 días su puesto de pontífice. Su lema era la Humildad, y preparaba serias reformas para acercar a la Iglesia a la sociedad contemporánea.
Juan Pablo II (1978-2005): conservador, populista, viajero incansable, mensajero del dogma, intervino en la disolución del bloque del Este y del comunismo en su Polonia natal. Combatió con dureza la intervención de los curas en política (Teología de la Liberación) y defendió con ahínco el derecho a la vida de los no nacidos. Olvidó cuidar la casa.
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Diez máximas de Benedicto XVI (2005-2013):
1ª. “Donde Dios no ocupa el primer lugar, corre el peligro la dignidad del hombre”.
2ª. “Cuando el hombre se aparta de Dios, no es Dios quien le persigue, sino los ídolos”.
3ª. “Una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe”.
4ª. “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana”.
5ª. “Cuando la política promete ser redención, promete demasiado. Cuando pretende hacer la obra de Dios, pasa a ser, no divina, sino demoníaca”.
6ª. “El laicismo se está convirtiendo en una ideología autoritaria e intolerante”.
7ª. “No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor”.
8ª. “Hay quien afirma que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad. Pero, ¿qué objeto tiene entonces la libertad?”
9ª. “Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas del universo, sin Dios, tampoco cuadran”.
10ª. “La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico romano”.
[Ofrecidas por José Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián]

martes, 26 de febrero de 2013

Borrón y cuenta nueva.


Dice Benedicto XVI que “el Maligno siempre quiere ensuciar la creación para contradecir a Dios y en este mundo, tan marcado por el mal, hacer que sea irreconocible su verdad y su belleza”. Hay que admitir que el diablo está trabajando a fondo y que debe de tener haciendo, día y noche, horas extras a su ejército de acólitos y secuaces. Nos ahoga la corrupción. No podemos respirar. Ocurre ya en España, ya en el Vaticano. 
Me gustaron las palabras de Rosa Díez, de UPyD, sobre la necesidad de refundar el estado. Por lo menos van cargadas de buenas intenciones.


Hay que terminar con las duplicidades inútiles de las competencias autonómicas, y volver a un centralismo fuerte y unitario que responda a las necesidades de todos. Si hubo algo en lo que Don Juan de Borbón acertó de pleno fue en predecir los nuevos y caóticos reinos de taifas hacia los que caminaba España, merced a la fiebre nacionalista e independentista.
Pero nuestros nacionalismos no brotan solos. De aquellos polvos vinieron estos lodos: el consagrado bipartidismo se señorea de la escena política, la acapara de forma parecida a como lo hizo entre 1875 y la dictadura de Primo de Rivera. Bien es verdad que ha sido la nación la que ha hablado y otorga el poder o la voz opositora a PP y PSOE. Pero no es menos cierto que a estos dos partidos les interesa que todo siga igual –pese a los altibajos de la crisis—y que no entren en la tanda gubernativa otras formaciones menos asentadas. Craso error, pues España pide a gritos que se termine esa bipolaridad y se oigan y se sigan nuevas voces.


Es necesaria la presencia destacada, en las cámaras y en el gobierno, de otras dos alternativas políticas al menos. Que el poder se comparta y sea vigilado por savia renovada. Y, del mismo modo, todos los cabecillas y sus subalternos de PP y PSOE deben desaparecer y dejar paso a generaciones no contaminadas por los casos de tráfico de influencias y de corrupción. Cuando Eliot Ness fue requerido por la oficina del Tesoro estadounidense para atrapar a Capone por tráfico de alcohol y evasión de impuestos, al detective se le ocurrió la sagaz idea de escoger colaboradores limpios, ajenos a los círculos de poder, incluso bisoños. Y aun así tuvo que hacer criba y pasar de cincuenta agentes a quince, y después a solo nueve. Eran “Los Intocables”. Si se pretende sacar a España de su honda crisis moral y parlamentaria, hay que hacer “borrón y cuenta nueva” e imitar a Ness.
Se quedan cortos quienes, por poner un ejemplo, piden que se vaya Rubalcaba y sea sustituido por Chacón. ¿Y Rajoy, por quién podría ser sustituido? Desde luego, no por alguien que haya crecido a su vera. Los últimos gobiernos improvisan y deciden torpemente al socaire de los acontecimientos con los que todos nos desayunamos. No tienen ninguna idea clara de proyecto político. Una realidad reconocida por el propio presidente del país cuando acaba de declarar que no está siguiendo sus promesas electorales, que de momento no puede cumplir. El 67% de los españoles opina que vivimos en el lugar más corrupto de Europa. Vamos a llamar a esto “lugar” a secas, o merindad, puesto que no queda bien hablar de patria, ni se desea que se aliente ese concepto fascistoide entre nuestros ciudadanos. Como observa un comentarista que responde a las siglas M.C., “no sabemos si tendremos Monarquía o República, no sabemos si nos van a seguir quitando empresas los países de América que antes decían ser hermanos, en fin, que no sabemos bien ni dónde estamos ni a dónde vamos. Parece que navegamos de oído a golpe de conveniencias del momento”. A quienes nos ordenan les da lo mismo, con tal de no ceder el control a ciudadanos verdaderamente comprometidos, a quienes desde ahora nos gustaría reconocer y apoyar en su gestión. La política tiene que ser un servicio comunal transitorio, no un oficio ni una corporación. A tal fin tienen que desaparecer cargos intermedios inservibles y repetidos, tienen que suprimirse competencias autonómicas, tienen que cerrarse falsas embajadas y televisiones y medios de comunicación subvencionados. Como apunta otro agudo analista, José Mª Carrascal, “si hemos pasado de una dictadura personal a una dictadura de partidos es para que ‘el nuestro’ acapare el poder cuando llegue al gobierno y machaque al contrario”. En España –al contrario que en el área de influencia anglosajona—no se trabaja por el bien común. No nos va eso de arrimar el hombro y sí lo de poner el cazo, cuanto más grande mejor. Permitimos la subvención a partidos políticos, organizaciones sindicales y demás teloneros mientras criticamos la que recibe la Iglesia católica, que por lo visto es de las peores y no hace nada.
El artículo 15 de un curioso documento, condenado al olvido por su inoportunidad, dice que “La sociedad tiene derecho para pedir cuenta de su administración a todos los empleados públicos” (Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, Asamblea Nacional francesa, 26 de agosto de 1789). No hablaba para nada de inmunidad o de especial protección en el ejercicio de un cargo. Llevar coraza sobre el pecho favorece el pillaje y que la cofradía haga de España patio de Monipodio. Todo sea por el loable ejercicio de especiales habilidades.



viernes, 15 de febrero de 2013

Las termitas se comen el Vaticano: causas de la renuncia de Benedicto XVI.


Tanto El País como El Mundo coinciden en señalar que la marcha de Joseph Ratzinger de la silla de Pedro responde a una desagradable e incontrolada situación tumultuosa relacionada con los oscuros entresijos del poder vaticano. Los mismos que han hecho perder la confianza de los fieles en la veracidad y transparencia de la Iglesia católica como institución.


Los cardenales de más edad y de mayor influencia en Roma están divididos, pero no tanto por razones ideológicas o de dogma, sino por rencillas personales, odios lejanos e incómodos malentendidos. Hay una voluntad de control muy fuerte, y un interés porque las cosas no cambien demasiado. Los partidarios del actual Camarlengo, Tarcisio Bertone, andan de uñas con los del jefe del colegio cardenalicio, Angelo Sodano. El primero ha gozado un tiempo de la confianza del papa Benedicto, y pasa por ser un reformista moderado. El segundo era la mano derecha de Juan Pablo II, y es un conservador extremo. Las cuentas del Instituto para las Obras de Religión (IOR) no están claras, y se dice que hay dinero de la Camorra ingresado en él. De hecho, hasta hace solo unos pocos días, el estado italiano había vetado los pagos con tarjeta de crédito dentro del Vaticano. Es decir, no se podían usar tarjetas. El motivo: la localización, en Deustsche Bank de unos cuarenta millones de euros de procedencia no declarada. En teoría, proceden de los ochenta puntos de venta de que dispone el Vaticano, la mayoría abiertos para los turistas. Pero el fisco italiano nunca había otorgado el permiso para el uso de dispositivos electrónicos, y se teme que esa cuenta haya sido utilizada para el blanqueo de ciertos capitales.
El País, por su parte, informa del estado de amenaza permanente en que vive Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR entre el 23 de septiembre de 2009 y el 24 de mayo de 2012. Gotti Tedeschi, afín al Opus Dei y representante máximo en Italia del Banco de Santander, redactó un informe secreto de lo que iba encontrando en la contabilidad del Pesebre, y lo que vio no le gustó nada. Es más, le puso de los nervios. Podría haber grandes sumas de dinero confiadas por el crimen organizado al IOR. Cuando estalló el escándalo de los documentos papales hurtados por el mayordomo, Tarcisio Bertone se dio prisa por involucrar en ello a Tedeschi, quien resultó destituido. Ettore se procuró de inmediato una escolta, y cuando unos policías italianos se personaron en su domicilio para efectuar un registro, les abrió la puerta muerto de miedo. “Ah, sois policías, creía que veníais a pegarme un tiro”—les soltó.
Es por eso que, hoy por hoy, las sandalias del Pescador están sobre un polvorín. El País titula su crónica (13-02-2013) de forma optimista: “El Papa renuncia para limpiar el Vaticano. Benedicto XVI abandona ante su incapacidad para seguir luchando contra los ‘cuervos’ y para dejar paso a un pontífice con fuerza para cortar los escándalos”. Pero habrá que ver si el siguiente papa dispone de esas energías, y de si tiene intención de ponerse el mundo por montera. En principio, debería ser un papa joven, de entre sesenta y setenta años, perfil que no coincide en absoluto con los “papables” más distinguidos. Los ‘cuervos’ quieren controlar, y cada uno sueña con ser papa. Así que, zancadilla al neófito. En segundo lugar, está la disposición para acometer los profundísimos procesos de renovación, y que la camarilla más influyente autorice a ellos. Aún planea por la Santa Sede la sospechosa, dolorosa y repentina “desaparición” involuntaria de Albino Luciani (Juan Pablo I). Quién sabe lo que le puede pasar al osado indiscreto. Además la utopía de un papa neoecuménico y lanzado, tal y como lo soñó Morris West en su conciliar best seller, parece pertenecer a una galaxia muy lejana.
El Mundo titula su crónica (14-02-2013): “El ‘Yo acuso’ de Benedicto XVI. Denuncia ‘las divisiones que desfiguran el rostro de la Iglesia’ y rompen su unidad. Critica la ‘hipocresía religiosa’ y ‘las actitudes de los que buscan el aplauso’”. En su misa de miércoles de ceniza, el pontífice se explayó a gusto; habló en su homilía de “individualismos y rivalidades” y de “divisiones en el cuerpo eclesial”. Y añade, como una bomba: “Pocos parecen dispuestos a actuar de corazón, según su propia conciencia y a sus propias intenciones”. Esto apunta, evidentemente, a una suerte de coyotes enmascarados, quienes, por añadidura, exentos de toda humildad, “buscan el aplauso y la aprobación”.


Sin embargo, la culpa de esta merienda de negros (con perdón) de la que habla el papa, se halla en el propio circo mediático en el que se ha convertido la Iglesia católica con los impulsos multitudinarios y los baños de masas hábilmente orquestados por organizaciones bendecidas como el Opus Dei, el Camino Neocatecumenal y, ahora ya en menor medida, los Legionarios de Cristo. Estos grupos han aportado las infraestructuras precisas para que los últimos dos pontífices sean, con sus viajes y sus vuelos de explanada, auténticas estrellas del espectáculo, como si la fe necesitara verse, oírse, olerse, tocarse. El Catolicismo teme constatar que va perdiendo peso frente a otras religiones, y necesita demostrar que, al menos en Europa y en América Latina, sigue llevando cierta hegemonía.

Hasta Pablo VI y el efímero Luciani, la casa propia se volvió grande siendo pequeña. Había esperanzas. El ecumenismo y el progresismo brotados del Concilio Vaticano II estaban todavía cercanos a los fieles. Todo, en el Vaticano, era más hogareño, más módico. Pero, a partir de Juan Pablo II, o mejor dicho con él, la casa se hizo minúscula pretendiendo ser demasiado grande. El Opus Dei entró con enorme fuerza en San Pedro. Fue nombrada Prelatura Personal. Se instó a la dimisión de Pedro Arrupe (abril de 1980) como general de la Compañía de Jesús, a la que el papa deseaba controlar expresamente con sus hombres de confianza. Se declaró el alejamiento de los teólogos progresistas, como Hans Küng –de quien Rafael Termes Carreró llegó a decir que no era un teólogo católico (v. El País, 15-02-2004)—y Leonardo Boff. Este último, y con Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe, por su notorio coqueteo con el comunismo. Había pasado la hora de los comunistas: la URSS estaba agonizando. El muro de Berlín, a punto de caer. Thatcher y Reagan –los más altos mandatarios occidentales—hacían causa común con Juan Pablo II. No había por qué mantener, entonces, a pensadores muy liberales dentro de casa. Y mientras una gran parte de la masa de creyentes se iba con el papa al grito de ¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!, otra se desilusionaba y se desgajaba de la Iglesia, tornándose agnóstica, estoica o decididamente atea.
Juan Pablo II era un buen sacerdote, con don de gentes y muy próximo a su sentir. Su objetivo difusor del cristianismo y su espíritu viajero y universalista, muy loables y sinceros. Pero se apoyó en intrigas nada apropiadas, que no cortó. Un tanto maquiavélico, debía de ser de los que pensaban que el fin justifica los medios, y si estos hacen nuevamente grande a la Iglesia, no hay motivo para desdeñarlos. Pero una cosa es levantar la fachada, y otra muy distinta permitir que las termitas se adueñen del edificio que hay detrás. Esto hizo él, y Ratzinger se ha topado con el guiñol construido durante más de dos décadas.
Aparte de la nube de intrigantes, está la homosexualidad activa de los curas pederastas. En 2001, a la oficina de Ratzinger comenzaron a llegar los primeros casos de delicta graviora (delitos de gravedad extrema), reservados al enjuiciamiento directo por la Santa Sede. A ciertos curas se les habían ido las extremidades en seminarios y sacristías repartidos por doquier, en Estados Unidos, Alemania, Irlanda, Argentina, Chile y Brasil. El Viernes Santo de 2005, el cardenal Ratzinger clamó: "¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar entregados al Redentor! ¡Cuánta soberbia! La traición de los discípulos es el mayor dolor de Jesús". Hubo casos constatados de reverendos pedófilos que habían llegado a las ciento treinta víctimas, y con los cuales sus obispos solo se habían limitado a jugar al escondite cambiándolos de parroquia. En Alemania, los “cachetes” a los chavales en los coros se decía que habían sido confundidos con caricias. Bueno, Columbi lapsus.
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¿Vamos a tener a un reformador sentado en la silla de Pedro? Difícilmente, visto el negro panorama. Tendría que salir alguien joven, distinto, de fuera, no contaminado, preferentemente latinoamericano o africano y, desde luego, racionalista, es decir, jesuita. Pero de 117 cardenales electores (menores de 80 años), Europa aporta 62 candidatos (de ellos, 28 italianos), frente a 11 africanos, 11 de EE.UU., 19 latinoamericanos y 3 canadienses. Lo más probable es que salga un papa italiano, que viene a ser la costumbre.
¿Conllevaría una renovación profunda de la Iglesia la progresión del número de fieles católicos en el mundo? También algo muy complicado de conseguir, habida cuenta de que las parroquias se abren en despoblado: sin curas --por la falta de vocaciones--, y sin ningún concurso compromisario de la gente joven (de menos de cincuenta años). Conozco ministros de comunidades de base que no llenan ni los domingos. Que tampoco seducen ni atraen a familias jóvenes, y que predican –eso sí, de forma más grácil, viva e inteligente—ante viejecitas sordas o militares y médicos retirados. Se augura un futuro muy difícil para la Iglesia de Roma.
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Para una visión renovada de la Iglesia, visita estos enlaces de interés:

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Este es el comunicado en el que se recoge la declaración del Papa en la que anuncia su dimisión:
"Queridísimos hermanos,
Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia.
Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.
Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.
Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.
Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos.
Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice.
Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

lunes, 11 de febrero de 2013

Benedicto XVI, la Gloria del Olivo.

 
Hoy lunes, 11 de febrero de 2013, hemos conocido la renuncia voluntaria y libre de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) a seguir ocupando la cátedra de Pedro. Su renuncia, tal y como él mismo ha dispuesto, será efectiva a partir de las 20:00 del jueves, 28 de febrero próximo. El Santo Padre adopta esta decisión honrada de renuncia por varios motivos: su edad avanzada (86 años); su estado de salud delicado, que le impide realizar grandes desplazamientos; y el peso de la abultada responsabilidad que se cierne sobre sus hombros cansados, debido a los problemas internos y estructurales que el Vaticano arrastra. Para acometer nuevas y mejores reformas, se necesita fuerza. Joseph Ratzinger, además, ha sido siempre lo que le ha gustado y fascinado ser: profesor de Teología. Desde que es Papa, ha añorado su vocación docente. Su amplia formación intelectual le inclina a la meditación, la reflexión y el reposo, y de hecho nunca ha dejado de escribir y de publicar (no solo encíclicas, en las que defiende que la razón no está reñida con la fe, y que la estabilidad del mundo debe llegar por la caridad, sino también sus tres volúmenes biográficos sobre Jesús de Nazaret). Han sido más de siete años de pontificado, en las que en el seno de la Iglesia Católica se ha procurado depurar responsabilidades, quizá muchas menos de las que a él le hubieran gustado. No va a tener ninguna tarea fácil su sucesor. La secularización del mundo impera por momentos; un laicismo radical, irreverente a menudo con el que cree: la Ciencia y la Técnica dominan amplios espectros de la vida, y organizaciones alternativas a las ideas dogmáticas intentan colmar el vacío incierto de aquellos que se han apartado de la práctica religiosa. El hombre intenta vivir de espaldas a Dios, como si este sobrara o no fuera necesario. 


La Iglesia Católica está perdiendo su poder de convocatoria, extraviada por escándalos financieros y morales, por la falta de nuevas vocaciones que complican el sostenimiento de las parroquias, por la escasa renovación de su mensaje y por el descreimiento generalizado entre muchos jóvenes, que no pisan una iglesia ni por casualidad. El Papa Benedicto es muy consciente de estas evidencias: nunca se volverá, seguramente, a una fe como fenómeno de masas, como ocurrió en la Edad Media, por ejemplo. La fe se va a vivir diluida, a pequeña escala, y mezclada con reclamos pseudorreligiosos emparentados con asociaciones y sectas. Las grandes Iglesias tradicionales aparecen sofocadas por su excesiva institucionalización, por su imagen de poderío prepotente, y por el peso de su historia responsable. Ser cristiano católico conlleva el lastre de preceptos morales y dogmáticos difíciles de aceptar, pero qué bien viene la colaboración de la Iglesia con su acción caritativa en momentos de incertidumbre y crisis. Entonces, todo el mundo se acuerda de ella: de los comedores, de los asilos, de las escuelas, de los hospitales, de las misiones… Alguien dirá: financiados, en parte, por el estado aconfesional; y es cierto, pero los hombres y mujeres que sostienen día tras día esa ayuda, no tienen precio. Son el potencial humano de una fe que mueve montañas, porque salva vidas, aporta esperanza, acoge y da amor: una sonrisa, un abrazo, un beso. Ellos son la expresión viva y en marcha de Jesús de Nazaret. Con sus aciertos y sus defectos, porque son libres, y son humanos. Están ahí, presentes, para quien los necesite.

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Benedicto XVI es el quinto pontífice de la Historia que renuncia. Sus émulos corresponden a la época medieval, un periodo tumultuoso donde los reyes y los príncipes proponían y deponían a los papas de acuerdo con sus alianzas políticas. Benedicto IX (1032-1045), Gregorio VI (1045-1046), Celestino V (1294) y Gregorio XII (1406-1415), también renunciaron a su cargo, libremente o por la fuerza, de manera definitiva o intermitente.

Benedicto IX, Theophylactus, era jurista. No era sacerdote siquiera, sino laico. Su padre, Alberico III de Tusculum, lo hizo papa. Intentó emprender una reforma en el seno de la Iglesia latina, que consiguió extender hacia el sur de Italia, pero chocó con los intereses de la nobleza, que lo expulsó de Roma poniendo en su sede a Silvestre III (antipapa). Benedicto no se amilanó e intentó recuperar su cargo, pero cedió a una buena oferta económica en favor de Gregorio VI, Ioannes Gratianus, su padrino de bautismo y confesor. Gregorio era un hombre honrado, de buenas intenciones, pero feble ante el empuje del poder civil. Fue depuesto por el emperador Enrique III en el sínodo de Sutri, curiosamente acusado de simonía. Se le condenó al destierro, posiblemente a Colonia (Alemania), donde murió en 1047.

Celestino V, nacido Pietro de Morrone en Molise, en una familia humilde de campesinos, hacia 1209, fue monje benedictino y santo. Era ermitaño y fundó una hermandad eremítica en torno a las montañas Morrone, próximas a Sulmona. Su congregación de celdas independientes seguía la regla cisterciense de completa austeridad. Dotado, sin embargo, de don de gentes, Pietro se atrajo numerosas donaciones. Su organización creció y llegó a Roma y Apulia. Tras una prolongada vacante del papado, a propuesta de Carlos II de Anjou, Pietro fue coronado papa en Perugia. Sin embargo, tardó en comprender que debía devolver la merced recibida a Carlos. Idealista en exceso, quería llevar los principios del monacato y de la pobreza franciscana a Roma, donde reinaban el caos y la corrupción. A la vista de la dura realidad de esta vida, Celestino se preparó para su renuncia, hecha efectiva el 13 de diciembre de 1294. Su sucesor, Bonifacio VIII, quien desconfiaba de él, lo internó en el castillo de Fumone (Frosinone), donde murió en mayo de 1296. Realmente, a nuestro pesar, fue un Celestino antes del alba.

Como vemos, la renuncia les sentaba mal a los ex papas; perjudicaba seriamente su salud. Esperemos y deseemos que no le suceda ahora lo mismo a Joseph Ratzinger.

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En medio de todas esas turbulencias, en el año 1139, San Malaquías visitó Roma, donde dejó su famosa lista profética con 113 apelativos en latín, uno para cada futuro pontífice que viniera. Dicen los agoreros entendidos que sus predicciones se han visto satisfechas en un 75% de los casos. Su lista se cierra con dos misteriosos apodos: De Gloria Olivae (De la Gloria del Olivo) y Petrus Romanus (Pedro Romano). El antepenúltimo fue De Labore Solis (De la Labor del Sol, o del Sol naciente), presuntamente Juan Pablo II, quien vino del Este, de donde brota el sol, de tierra polaca. Además, su espíritu viajero le hizo recorrer varias veces el camino del astro-rey, difundiendo el cristianismo por todo el orbe. No se olvide que su primer viaje (de los 104 que realizó como papa) fue de Este a Oeste, el 25 de enero de 1979, a Santo Domingo y México. E Igualmente, de Este a Oeste, el último, a Lourdes (Francia, 14 de agosto de 2004).


De la Gloria del Olivo es Benedicto XVI. Joseph Ratzinger nació y fue bautizado un Sábado Santo, Sábado de Gloria (16 de abril de 1927). Sus padres se llamaban María y José, y lo bautizaron tan solo tras cuatro horas de vida, a las ocho y media de una gélida mañana bávara de abundante nieve. Se le bautizó con agua recién consagrada, el primero en recibirla. Esa agua servía para todos los bautizos del resto del año. Ratzinger pertenece, además, a la orden benedictina, u orden olivetana o del Olivo. Si a ello sumamos la “gloria” o acierto de su despedida voluntaria, ya tenemos De la Gloria del Olivo.

El listado de Malaquías se cierra con un presunto último papa romano, Pedro Romano, para el que no augura sino un destino catastrófico: “Cuando llegue la extrema persecución contra la Santa Iglesia Romana, se sentará en la cátedra del primer Pedro Pedro Romano, quien apacentará a su rebaño entre grandes tribulaciones. Cuando llegue el momento de la consumación extrema, la ciudad de las siete colinas será destruida y el Juez Colosal juzgará a su pueblo”. ¿Estamos, pues, ante los últimos días del Catolicismo romano? ¿Es el fin de los siglos?


Juan de Jerusalén, el séptimo de los caballeros fundadores de la orden del Temple, fallecido hacia 1119, vaticina para nuestro segundo milenio presagios ciertamente oscuros, pero con un rayo de esperanza. En su Protocolo Secreto de las Profecías habla de enorme inestabilidad y cambios muy drásticos: acumulación del poder político y del dinero en manos de unos pocos privilegiados; hambrunas; destrucción de los recursos naturales; amoralidad; alteraciones genéticas inducidas en especies animales; crecimiento imponente de la altura del mar… El hombre será “un enano de alma con la fuerza de un gigante”, para obrar como un tiránico dios. Quienes no tengan recursos, venderán su cuerpo para sobrevivir y escucharán a falsos profetas. Sin embargo, según se avance hacia el tercer milenio, la vida recobrará estabilidad y prosperidad: se hablará una lengua universal, el hombre levantará una sociedad solidaria irrevocable, se poblarán los mares, se dominarán todos los secretos del agua, de la tierra y del cielo, “el espíritu se apoderará de las gentes, que comulgarán en fraternidad” y se restablecerá el vigor de la fe; las curaciones serán infinitas, los desiertos se volverán vergeles, y la mujer empuñará el cetro, “será la gran maestra de los tiempos futuros, y lo que piense lo impondrá a los hombres”.

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San Malaquías fue un obispo irlandés, sabio reformador de su iglesia según la estricta pobreza del Císter. Vivió los últimos años de su vida con San Bernardo en Claraval, y murió en sus brazos en 1148. Su fiesta se celebra el 3 de noviembre.

Joseph Ratzinger, antes de ser elegido Papa, fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Hijo de un policía y de una empleada de hotel, creció bajo el nazismo, pero hizo de la fe católica su defensa y baluarte. Sintió la llamada de Dios, y se ordenó sacerdote. Estudió Teología en Múnich y debutó como profesor en la universidad de Freising. A medida que publicaba libros sobre patrística, cristología, doctrina, historia eclesiástica, liturgia y otros temas asociados, crecía en Alemania su prestigio como erudito teólogo. Fue catedrático en las universidades de Bonn (1958), Münster (1963), Tubinga (1966) y Regensburg (1969). Por aquella época, era un abanderado de la doctrina social de la Iglesia y un opositor a lo rancio. Hizo conciliábulo con el jesuita progresista Karl Rahner, y fue uno de los fundadores de la revista Concilium.

No obstante, andando el tiempo, se volvió a posturas más conservadoras que antes criticara. No le sentó nada bien la sentada de los estudiantes en Tubinga cuando él era decano. Desconfió sobremanera de los aires renovadores del Concilio Vaticano II, en lo que podían suponer de pérdida de presencia de la Iglesia en la vida laica.

En 1977, Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y Freising. Entonces conoció en un sínodo al polaco Karol Wojtila, e hizo causa común con él al criticar la orientación marxista de ciertos teólogos latinoamericanos. Cuando Wojtila fue elegido pontífice, llamó a Roma a Ratzinger, y le puso al frente del antiguo Santo Oficio para velar por la pureza de la fe y del dogma. Ratzinger ordenó guardar silencio a los teólogos de la Teología de la Liberación, entre ellos a Leonardo Boff.

Ratzinger presidió la comisión que elaboró el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por Juan Pablo II en octubre de 1992.

Fue elegido sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005. Se le reconoce haber emprendido una labor de limpieza moral entre los ministros pastorales al denunciar y reprender los abusos por pederastia así como la reforma de los Legionarios de Cristo.

Es autor de las encíclicas Deus Caritas Est (2006; sobre el poder enriquecedor del amor), Spe Salvi (2007, acerca del poder redentor de la fe y la remisión por el amor) y Caritas In Veritate (2009, sobre la falta de ética en las sociedades industrializadas).