“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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jueves, 6 de abril de 2023

La aventura épica del Opus Dei.

Estos días de Semana Santa he concluido la lectura del ensayo de Carlos Javier Morales Alonso, Breve historia del Opus Dei. Una institución moderna de la Iglesia católica (Madrid, Alianza Editorial, 2023, Col. “El Libro de bolsillo”, H111). Me cabe la dicha de contar, desde hace muchos años, con la amistad de este buen poeta y prolífico ensayista, miembro numerario del Opus Dei, y, por tanto, conocedor del tema desde dentro.


Yo no soy miembro de esta prelatura personal -hasta el momento, la única autorizada como tal por el Vaticano-, a pesar de que varias veces, en mis años universitarios, se me invitó a acercarme a ella, e incluso a participar en sus retiros espirituales. Mi talante de creyente, pero librepensador, me llevó a seguir siendo simplemente cristiano, sin adscripción a ningún colectivo. Pero parto mi comentario sobre este libro de una premisa: el carácter plenamente legítimo de ser del Opus Dei, puesto que pertenecer a esta institución es un acto voluntario, y no algo forzado. Se hace de la Obra el que lo desea, sin más. Y una vez dentro, también quien lo prefiere, puede salirse, aunque, cuantos más años se sumen de pertenencia, más vinculación se tiene y más “presión moral” se sobrelleva. Porque no es lo mismo vivir dentro del Opus, que fuera de él. Hay una serie de pautas de comportamiento y de conducta, públicos y privados, que un miembro del Opus está obligado a observar. Si se es del “círculo selecto”, el de los numerarios, la vida es muy parecida a la de un sacerdote: castidad, austeridad, obediencia. A ello hay que añadir la labor de “apostolado” (término recogido en este libro de Carlos Morales). Por “apostolado” habría que entender dar a conocer el mensaje de Cristo Jesús a quienes no lo conocen, o bien viven al margen de él. Es decir, una acción “evangelizadora”. La cuestión es si dentro de la Obra se trabaja, simplemente, en favor del cristianismo católico, en general, o si se busca hacer nuevos miembros de la prelatura, o sea, una labor de proselitismo, entendido (así anota el DRAE) como celo de ganar prosélitos, o partidarios de una causa, grupo o facción. Desde sus comienzos en 1928, la Obra ha buscado crecer, expandirse, y una de las consignas de ejecución obligatoria de su fundador era captar nuevos partidarios suyos. Primero, simpatizantes, y en seguida, nuevos numerarios.

¿Es el Opus Dei una “Iglesia paralela”? No. El Opus Dei no es “otra Iglesia” dentro del catolicismo, ni puede que lo pretenda ser nunca. Más bien sirve hoy de auxilio a una Iglesia depauperada y en crisis de vocaciones, de respuestas a muchas preguntas, y de alternativas. A fines de diciembre de 2020, el número de católicos reconocidos en el mundo estaba en 1.359 millones de personas, mientras que, en 2016, la cifra de miembros del Opus era de apenas 93.000, lo que supone un 0,006840 % del total de católicos. Una cantidad nimia. Eso sí, con casas de acogida, centros y representación en muchos países, ahora, incluso, de la Europa del Este. El número de clérigos del Opus es de 2.300, una cantidad más o menos estable en los últimos años, y que no ha descendido de los 1.800.

¿Es el Opus Dei un “grupo de presión”? Evidentemente, entre los numerarios de la Obra hay abogados, políticos, banqueros, jueces, periodistas, economistas, arquitectos, ingenieros, profesores universitarios… gente en la escala alta de la sociedad de un país. Pero también hay personas sencillas, sin autoridad específica, y que no han medrado, ni se han visto favorecidos, por el hecho de ser fieles al pensamiento del fundador. La capacidad de presión de la Obra, sin negar que exista, puede no ser la que a veces se ha supuesto. Durante los años del segundo franquismo, el del acercamiento a la ONU, a Europa, y a los Estados Unidos, el Opus sirvió de alternativa a la Falange, una ideología autoritaria anclada en los fascismos de los años veinte y treinta del pasado siglo. Los “tecnócratas” del Opus Dei fueron llamados a sucesivos gobiernos de la dictadura, por ser gente muy capacitada para desarrollar una economía liberal, aperturista, de no intervención, que atrajera capitales extranjeros y modernizara España. Fue el famoso “Nos han hecho ministros”, que se dice que pronunció entre sus allegados el fundador. A la par de la nueva política económica, los españoles que habían emigrado a Alemania, Suiza, Francia, Bélgica, Holanda, y otros países europeos, enviaban ayuda a sus familias de aquí, con lo cual la entrada de dinero resultó elocuente. Durante los años de democracia, en los gobiernos del Partido Popular ha existido también presencia sustancial de miembros del Opus.



¿Cómo, por quién y cuándo se fundó el Opus Dei? La “iluminación” divina para poner en marcha un instituto laico vinculado a la fe cristiana católica la tuvo San Josemaría Escrivá de Balaguer, un 2 de octubre de 1928, en la casa de los Padres Paúles de la calle García de Paredes, de Madrid, junto a la iglesia y clínica de La Milagrosa (casualmente, donde yo nací). Después de celebrar la misa, en su aposento, el P. Escrivá, de tan solo veintiséis años, vislumbró “una actividad espiritual de alcance universal basada en la santificación de las tareas profesionales y de todas las demás ocupaciones humanas” (v. pág. 48). Materializar todo aquello no iba a ser tarea ni simple, ni fácil, sino titánica, épica. No se tenía la varita mágica del hada madrina de Cenicienta para, de la noche a la mañana, dar vida a la institución. Escrivá era un simple sacerdote, con formación en Derecho, que de niño había seguido unas pisadas en la nieve, que le habían llevado a un convento, como premonición de su vocación futura. Escrivá pensó, en principio, en jóvenes laicos dispuestos a llevar una vida consagrada, pero, en febrero de 1930, abrió el abanico a las mujeres, consciente del enorme potencial y buen talante de estas para la organización y disposición de los servicios. Eso sí, eligió a personas con una buena formación cristiana y cultural, obedientes, fieles a él, y con completo espíritu de entrega y sacrificio a una causa. Los hombres y las mujeres de Escrivá siempre estuvieron dispuestos a hacer lo que fuera, a remover Roma con Santiago, y marchar donde fuera, para sacar ese proyecto de vida cristiana adelante. Esa fue la clave del éxito de la consolidación y expansión de la Obra. Escrivá tuvo mucha suerte (o la Gracia de Dios) con dar a tiempo con el personal idóneo, aunque no fueran pocos los peces que se le escapaban al principio. Lo importante fue que, en las redes de este pescador de hombres y mujeres, quedaron muchas vocaciones buenas comprometidas, enredadas, y que el proyecto, en principio, de academia cristiana de estudios de abogacía y arquitectura, fuera creciendo hasta el rango de instituto secular de la Iglesia católica. La cantidad de favores, de donaciones, de préstamos a bajo o nulo interés, para conseguir locales, material, cubrir gastos, etc., en un momento muy convulso para la Historia de España como fueron los treinta del siglo XX, con la II República, la quema de iglesias y conventos, la persecución religiosa por parte de anarquistas y comunistas, el parlamentarismo falso y sectario que acabó con la concordia y el entendimiento entre españoles, y la llegada del duelo a garrotazos a partir de julio de 1936.

Escrivá tuvo mucha más fortuna que el P. Pedro Poveda, ajusticiado por “rebelde faccioso” junto a las tapias del cementerio de La Almudena. También el P. Poveda creó un instituto laico de enseñanza pública, pero de orientación católica, que fue reprimido por los intolerantes de izquierdas. Él no escapó a Burgos, como hizo Escrivá, vía Pirineos. No le dio tiempo, ya que lo identificaron pronto y lo detuvieron, siendo fusilado el 28 de julio, a muy pocos días de iniciado el conflicto civil.

En el texto de Carlos Javier Morales, de increíble pulcritud y amenidad, se cumple por doquier aquella máxima, atribuida hoy a cierto guerrillero: “Seamos realistas: hagamos lo imposible”. Vemos desfilar a personas rendidas al espíritu de lucha de Escrivá: reparando y acondicionando inmuebles, comprando enseres de segunda mano, viajando por España, sacando tiempo y fuerzas de donde no se tienen, hasta levantar, entre todos/-as, el esqueleto, la estructura de un Titán. Escrivá sopló, esparció su aliento creativo y espiritual, sobre un cuerpo de fieles que nunca se desanimó y que compartía con él unos objetivos claros. Escrivá estaba convencido, y, con la ayuda de Dios, iba a por todas. Con determinación y valentía, sin grandes flaquezas ni titubeos. Así se izó el Opus. Como un estandarte sobre un asta inquebrantable.

Anonada, es maravilloso el panorama que nos ofrece Carlos Javier en su libro: se vive la experiencia histórica como una gran aventura. Dios parecía estar siempre del lado de San Josemaría: hasta cuando hubo que consolidar en Roma la legitimidad de la Obra como instituto laico. Un instituto mayoritariamente constituido por seglares, de vida consagrada a unos modos cristianos, pero bajo la dirección espiritual de sacerdotes. Una extraña y compleja mezcolanza entre dos mundos: el secular y el regular. Algo no visto en la Iglesia católica desde los tiempos de las cruzadas, con las órdenes militares medievales, esa suma polémica y discordante de monjes guerreros. Escrivá y su pequeño séquito llegaron a Roma, y con audiencias vaticanas, cartas por aquí, consignas por allá, se alzaron con el beneplácito de no pocos obispos y cardenales de la curia. Poco a poco, se hizo que la legislación canónica se fuera ajustando a la realidad del Opus Dei. Escrivá fijó su residencia y su casa-madre en Roma, y, tras el Concilio Vaticano II, se comenzó a contemplar la posibilidad de una “prelatura personal”, un prelado ordenado obispo / cardenal, en vez de un presidente. Un prelado que pudiera ordenar a sus propios sacerdotes, aunque contando siempre con la aprobación de los obispos locales. Un prelado escogido por los numerarios de máxima confianza entre los mano derecha sucesivos del fundador, y sancionado por el Papa en las mismas veinticuatro horas de su elección. Así devino primero Álvaro del Portillo, ojo derecho de Escrivá de Balaguer. Luego, Echevarría y Ocáriz. La Obra creció mucho, increíblemente, con Álvaro del Portillo, pues este alentó a los numerarios y supernumerarios (miembros casados) a intensificar las acciones de “apostolado”. Del Portillo se cuidó, asimismo, del rigor en los centros de investigación universitarios. Pero se temía que el Opus no crecía como debiera, en una época muy favorable, pues se gozaba de la absoluta protección del Papa polaco Juan Pablo II, muy amigo del Opus desde sus tiempos de obispo. También, de los Legionarios de Cristo, otro grupo de fieles muy conservador, y con atroces escándalos internos que, con el método vaticanista de guardar el polvo (y los polvos) debajo de la alfombra, tardaron horrores en salir a la luz.

El caso fue que los esfuerzos del primer prelado, Álvaro, dieron pingües frutos, y el Opus duplicó ampliamente el número de adeptos. Y veinte fueron los países donde se abrió casa nueva. Poco a poco, a instancias del fundador y de sus testigos, nacieron residencias, academias de estudios, colegios, universidades, escuelas laborales, de negocios, dispensarios sanitarios, hospitales. De especial relevancia y excepcional prestigio, la Clínica universitaria de Navarra, puntera en España en la investigación oncológica, y con poca presencia, no obstante, en el ensayo que nos ocupa. La Clínica de la Universidad de Navarra cuenta ya, desde hace unos años, con filial en Madrid, primero en la calle General López Pozas (hoy, Hospital Universitario Sanitas Virgen del Mar) y más tarde en la Carretera de Zaragoza, la A 2, en la calle del Marquesado de Santa Marta, 1.

No está nada mal para el viejo sueño de un humilde cura aragonés de veintiséis años. Un hombre para quien una conciencia directora había de ser pura, es decir, célibe (“El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo”), altanera (en el sentido de ambiciosa, volar como un águila y no como un pollo de corral) y dispuesta a someterse de continuo a un maestro-guía espiritual. Escrivá defendía el triunfo de la voluntad, máxima obligada entre los filósofos antirracionalistas del último tercio del siglo XIX, e inspiradora de esos totalitarismos belicistas que se enseñorearon de Italia y de Alemania. La sentencia 19 de Camino, texto cumbre de Escrivá, consolidado en 1939, resulta conmovedoramente explícita: “Voluntad. --Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas --que nunca son futilidades, ni naderías—fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!..., que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio”. El marchamo caudillista tan propio de los fascismos del siglo XX. Escrivá no quería segundones; quería líderes, astros-reyes, para consolidar su Obra de Dios. Una clase dirigente era esencial para comandar al grupo.

El Opus Dei no es, ni más ni menos, que “otros horizontes en el cristianismo”. Una opción de vida cristiana consagrada, en su vertiente más exigente. Un modo dogmático de entender la vida familiar, en su inclinación más suave. Por eso, discrepo con el autor cuando, en algunos pasajes de su libro, afirma que la Obra está abierta, ecuménicamente, a otras confesiones religiosas, a múltiples maneras de pensar entre sus mismos miembros, que hay un espíritu democrático muy moderno y una libertad responsable. Desconozco si, con el último prelado, Fernando Ocáriz, se está dando una apertura, y haciendo concesiones morales, dentro de la creación de Escrivá. Pero es difícil de contemplar esto en una institución / prelatura que se pretende distinguir. Por otra parte, el canon católico no congenia muy bien con las tendencias asentadas desde la Segunda Guerra Mundial: la corriente existencialista, el orientalismo zen, la “New Age”, el ecologismo, el tecnicismo informático, y toda la posmodernidad. La Iglesia romana lo tiene muy difícil para aconsejar, y ser escuchada, en el mundo de hoy.

El Opus no es una “Iglesia paralela”, repito, ni “otra Iglesia”. Simplemente es una asistencia, un apoyo, un pilar del Catolicismo. Y puede que en cierto modo importante, ahora que está todo confuso, y los árboles no dejan ver el bosque.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2023.

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El rigorismo moral dentro del Opus Dei no es ocultado ni por sus propios miembros numerarios. Viene de confundir la acción de la misericordia cristiana con un estado “ordenado” del cuerpo. La santidad comienza por reprender la carne, para que esta nunca pervierta el espíritu. Con este propósito de purificar el alma del ser, es lícito recurrir los sábados, o cuando resulte oportuno, a la mortificación, mediante flagelo o cilicio. Igualmente, durmiendo en el suelo, o sobre tabla de madera (en el caso de las mujeres). El concepto de “santo”, para el fundador, implicaba no solo la realización de obras buenas, sino un estado de gracia. Es así que él cambiaba la palabra “perfecto” de Mateo 5, 48, por la palabra “santo”, sin tener en cuenta que Jesús está hablando de una actitud hacia los demás (el perdón hasta los enemigos) y no de un estado del cuerpo, de la carne. El pasaje evangélico se esclarece en el equivalente de Lucas 6, 36, donde, después de pedir el amor hacia los contrarios, en boca de Jesús se pone: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. Es decir, se recomienda un modo de ser hacia los demás, una actitud de bondad, no un estado especial o particular. Añade el Evangelio de Lucas (6, 45): “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo saca cosas malas de su mal tesoro”. Jesús nunca habló de usar flagelo o cilicio a sus discípulos.

 

sábado, 13 de agosto de 2022

Dios, lector.

 "Y el Señor dijo a Moisés: Al que haya

pecado contra mí, lo borraré de mi libro".

(Ex 32, 33)

Entra dentro de la tradición iconográfica representar a Dios barbado, como un viejo sabio. De hecho, el anciano con mayor sabiduría, pues es el Ser mismo subsistente, creó el mundo y es eterno. Así nos aparece Dios en la escena central de la Capilla Sixtina, dando el aliento a Adán, el primer hombre. Un anciano impetuoso, vigoroso, y con barba blanca, sostenido por sus ángeles y cuya amplia capa roja ahora se advierte de que tiene forma de cerebro humano.

Dios, entonces, es un hombre mayor. ¿Lo habrá sido siempre? ¿Habrá gozado de una juventud, tal vez de una etapa de “aprendizaje”? Si hizo al ser humano a su imagen y semejanza, hemos de creer que pudo Él haber pasado por las mismas fases de crecimiento, y que Él mismo se fue perfeccionando. No parece ser el mismo Dios el terrible justiciero del Antiguo Testamento, que el bondadoso y misericordioso del Nuevo, donde su Hijo nos redime de todos nuestros pecados, segundo Isaac esta vez en efecto sacrificado. Dios, pues, que lo sabe todo, también aprende, se perfecciona.

¿Dios lee libros? Él, que es la Palabra del Principio --el Verbo estaba en Él--, puede tener sus libros escritos, su propia biblioteca. Quizá en esos libros está el pasado, el presente y el destino del mundo. Acaso cada una de nuestras vidas se vaya gestando en ellos, según nuestro propio libre albedrío, y los vaya infinitamente cambiando sobre la marcha. “Hoy voy a leer una jornada de la vida de Andrés García”—se propone Dios; “Mañana tocará asomarnos a las decisiones de Pedro Gómez” – puede pensar. Y, de esta manera, Dios no se aburre. Dios nos deja escribir lo que vamos haciendo con nosotros mismos. Y Dios lo lee, lo verifica. Lee nuestras acciones, pero también nuestros pensamientos. Nos escruta, nos examina por dentro y por fuera, pero sin juzgar.

Hubo un puñado de hombres cuya suerte estuvo determinada: los Apóstoles. Los doce hombres elegidos por Jesucristo para que extendieran su Mensaje. A los que hay que agregar la figura del fundador del movimiento dogmático en sí, Saulo de Tarso, el discípulo que no vio al Maestro vivo, pero que interpretó sus intenciones evangelizadoras. ¿Fueron los únicos verdaderamente dispuestos a una vida fijada de principio a fin? Según la fe cristiana, hasta el Hijo de Dios –Cristo—se sometió a la dura voluntad del Padre.

 
Estamos en la Biblioteca de Dios. Hay una curiosa y fascinante vidriera de un altar de ficción, que aparece en un filme de John Sturges titulado El caso O´Hara (The People Against O´Hara, 1951), que nos presenta a Dios, sentado, con barba, leyendo un libro. Esa original vidriera me ha llevado a esta reflexión. Dios nos lee. Se entretiene con nuestra historia todavía no escrita, aun cuando todos los pelos de nuestra cabeza estén contados. Delante de su imagen, el actor Spencer Tracy lee un panegírico fúnebre. Quizá Dios, en ese preciso momento, lo siga en su libro, y lea no solo la supuesta trayectoria del difunto, sino también el día de rodaje de Spencer y de los demás actores que llenan el templo. 1951. Un plató. Sí, Dios estuvo allí.

 © Antonio Ángel Usábel, agosto de 2022.

domingo, 20 de marzo de 2022

Las dimensiones del teatro.

 “… Envejecer, morir,

es el único argumento de la obra”.

(Jaime Gil de Biedma)

Se representa estos días, y hasta el 24 de abril, en la Sala Max Aub de Naves del Español, Oceanía, el autohomenaje y canción de despedida de Gerardo Vera, escenógrafo y director, dramatizada en colaboración con José Luis Collado, y dirigida por José Luis Arellano García (El curioso incidente del perro a medianoche). El protagonista absoluto es su actor-fetiche, el gran Carlos Hipólito (Copenhague, Teatro de La Abadía, 2019), quien construye con entereza, naturalidad y sin titubeos, un retrato íntimamente familiar de un niño que vivió bajo las mieles del falangismo y se hizo hombre cuando llegó la democracia a España. La vida de Vera interesa no como profesional de las artes escénicas, como decorador que acabó con el diseño tradicional figurativo del escenario e introdujo amplios y altos paneles neutros, opacos, sino como testigo de un mundo que triunfó durante las décadas posteriores a nuestra contienda civil y que pronto se desmoronó por viejo y caduco. Del regodeo triunfalista de los jefes de Falange, hasta la caída en desgracia de esos mismos centuriones, último vestigio del caciquismo aldeano decimonónico.

La niñez de Vera (1947-2020) -natural de Miraflores de la Sierra- transcurrió en un caserón de Torrelaguna. Fue una infancia mimada por la bonanza del cabeza de familia, heredero de la fortuna del bisabuelo, hecha por la casualidad de haber desenterrado unos pelucones del reinado de Carlos III. Grandes y potentes coches, latifundio, y el señor alardeando –porte chulesco y autoritario-- de su camisa azul y de su grado ante propios y extraños. Gerardito creciendo solo, arropado por una madre protectora, dejándose llevar por la linterna mágica del Cine. Colección de programas, de carteles y de afiches. Recibe en su dormitorio –transmutado en camerino—a Sophia Loren, Cary Grant y Frank Sinatra, que rodaban en la Meseta ese fiasco de Orgullo y pasión a las órdenes de Stanley Kramer (menos mal que no se le dejó dinamitar las murallas de Ávila). Visita de Eisenhower y recibimiento coral en la Gran Vía, bajo la atenta mirada de Charlton Heston y Yul Brynner desde el cartel de Los diez mandamientos (1956). El joven Vera deslumbrado por el torso de Moisés, seducido --cual nuevo Miguel Ángel-- por la rotundidez de su propia escultura. Homosexualidad latente, confirmada y consagrada en sus años universitarios en el Johnny de la Complutense.  Espacio progre, contracultural, contestatario, subversivo, conciliábulo de sexo, música prohibida y pasquines comunistas. El crepúsculo de un dios: el padre perdiendo los reales en un rosario de timbas, y precipitando en la miseria a la familia. De príncipe a mendigo. De la ostentación de un nombre con posibles, a la ocupación de prestado de un pisito y la inmersión en las tinieblas del alcohol, con violencia conyugal incluida. El joven Gerardo enfrentado al padre horrendo. El antiguo falangista humillado y enfermo de tuberculosis, y reconciliado con un hijo del que debe admitir su “gay trinar”, y al cual llega a disculpar y a comprender como nadie, de manera sorprendente.

A quienes vimos --aunque de niños-- la vitola de los triunfadores en conocidos nuestros, la vida de Vera nos es familiar. Muchos jefes de Falange vivieron su gran gloria diez o quince años de acabada la Guerra. Eran intocables. En la taberna, propinaban la patada a la banqueta, o tiraban al suelo algún mantel, como para enseñar quién manda. Después, a medida que Franco fue desconociendo a la Falange, por incómoda y comprometedora, y se fue acercando a los talentos del Opus Dei, aquellos señoritos perdieron poder e influencia, y ya se les temía menos. Muchos, incluso, casi se arruinaron, por mala gestión de su negocio, o por el vicio del juego, como le sucedió al padre de Gerardo. El autoritarismo falangista estaba demasiado próximo –muchas veces-- a la arrogancia fascista de Mussolini. Y provocó que bastantes de sus herederos, jóvenes retoños, se abrieran a caminos diferentes, a propuestas extranjeras, algunas hasta revolucionarias.

Así pues, este tramo vital interesa para fijar o recordar un periodo de la reciente Historia de España, no para hablar de Teatro o de técnica teatral.

Gerardo Vera fue un artista polifacético: actor, escenógrafo, figurinista, diseñador de vestuario, director de teatro y cine… Uno de sus últimos grandes trabajos fue la dirección de Concha Velasco en Reina Juana (Teatro de La Abadía, 2017), el drama monologado de Ernesto Caballero.

Merece la pena conocer la experiencia familiar de Vera. Es veraz azogue en el crisol de su tiempo.

© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2022.

Excelente columna de Manuel Vicent sobre Gerardo Vera:

 "Todo ha sido orgullo y pasión"

 

sábado, 28 de agosto de 2021

Ángeles sin brillo.


Un héroe no tiene por qué ser famoso. Hay héroes que permanecen en la penumbra. El Diccionario de la RAE define “héroe”, en su primera acepción, como la persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble. Vendría después el individuo ilustre o famoso por sus hazañas y virtudes. Así, ¡cuántos héroes ha habido que no son recordados hoy, pues su gesta no pasó a las enciclopedias! Muchísimos. 

Héroe se puede ser toda la vida, o solamente unos minutos, unas horas, o unos días. Aun siéndolo siempre, no es ninguna garantía para el recuerdo o la fama, que, por otro lado, tampoco ha de convertirse en obsesión, como sí ocurrió en Castilla durante la Edad Media. La fama, entonces, era un consuelo para sobreponerse a la muerte. Quien era famoso, viviría, de algún modo, para siempre. Pero hoy el mundo nos tiene acostumbrados a olvidar. Son demasiados los hechos que ocurren, y se suceden muy rápido. Además, pasamos por alto demasiado a menudo el sacrificio y abnegación de los otros; como si no contara ni fuera importante. Por ejemplo, la entrega de los misioneros, voluntarios y cooperantes al bien de los desfavorecidos, tanto en regiones del tercer mundo, como a la vuelta de la esquina. Ninguno pasará a los libros de Historia ni a las enciclopedias, anuarios y anales. Pero han sido, han estado ahí, y han obrado acciones de relevancia en ayuda y socorro del prójimo.

Vamos a hablar de un libro que deja testimonio de virtudes de servicio y solidaridad que rozan el heroísmo. Unas virtudes de unos hombres y mujeres de vida normal, que salieron a relucir en un determinado momento, y que, aunque nunca volvieran a brillar, ellos y ellas llevan siempre consigo, para dicha de todos. Es el texto del periodista y escritor Félix Rosado Martín García-Barbero, Odisea 4x4 Filomena. Ángeles y héroes en la tormenta, publicado por Amazon en 2021. Durante la copiosa nevada del ocho al nueve de enero de ese año, en Madrid, se registraron numerosos casos de aislamiento: personas que necesitaban ir a un tratamiento de diálisis, sanitarios que precisaban llegar a sus hospitales, ancianos que se quedaban sin recibir su ración de comida, familias a las que les fallaba la calefacción. Las calles no se veían y el profundo manto blanco las había convertido en intransitables. Entonces surgieron unos hombres, propietarios de vehículos todoterreno, que espontáneamente decidieron coordinar esfuerzos para servir de transporte gratuito a quien lo necesitara. Mediante las redes sociales (Facebook, Messenger, WhatsApp, Telegram) se pusieron de acuerdo para ir a recoger y llevar hasta sus destinos a personas necesitadas de urgente desplazamiento. También para auxiliar a madrileños en sus casas, con calefactores o productos esenciales. El caos en la capital de España –y en sus alrededores—duró cuatro días: del ocho al once de enero. Un colapso agravado por la situación de alto riesgo por la pandemia de Covid-19, que obligaba a tomar medidas de prevención a la hora de llevar a alguien. Solo en el Barrio del Pilar, hubo al menos seis conductores que se pusieron al volante de sus máquinas para sortear la nieve helada y estar diez y catorce horas yendo de un punto a otro con viajeros. Y en otras áreas de Madrid, igualmente. Félix Rosado contactó con ellos y fue recogiendo sus experiencias de esas cuatro jornadas más largas y difíciles.

El resultado es un libro-reportaje. No es una novela, porque no se lee como una novela. El 80% de su contenido es real. No estamos ante un Dominique Lapierre / Larry Collins de ritmo frenético, que uno devore de principio a fin, comiéndose las uñas (si tiene tendencia a ello). No va a aprender nada de Historia, como suele suceder con los libros de esos autores, pero sí va a saber de gente normal que, durante poco tiempo, fue absolutamente imprescindible. Y que, probablemente, salvó vidas. No pasarán a las enciclopedias, y quizá dentro de poco no sean recordados, pero quien lea este libro, quien lo compre, o encuentre en una biblioteca o en un mercadillo, sabrá que estas personas existieron, y lo que obraron por los demás en esos días de la tormenta Filomena.

Fueron personas que comenzaron a moverse como empujadas por un resorte invisible. El caso más claro, el de Enrique, empresario: “…Abre la puerta de su Ford, un ranger del 19 y queda pensativo. No va a ser para ayudar solamente a su suegro. El hospital de la Luz al que lo ha llevado ha abierto esperanzas y, como su nombre indica, luz para otras personas que van a requerir su ayuda. El destino lo ha conducido a ese grupo de SOS 4x4. Empieza a simpatizar con las peticiones de auxilio, diálisis, urgencias, médicos, enfermeros. –Me uno al grupo y pongo un mensaje: si necesita algo, me avisa—escribe (…) Los hados lo han abocado a ser un héroe inesperado del 4x4 para enfermos y personal sanitario (…) Conduce antes de desayunar, antes de la comida, antes de la cena. No me acordaba de que había que comer, dice (…) No ve calles, están enterradas, los buses atascados, la gente sin poder desplazarse, empieza a sentir la cara oculta de la nieve, un paisaje apocalíptico, árboles tirados, coches cruzados, es desolador”.

En un momento en que las fuerzas de seguridad y de asistencia públicas carecían de cobertura, ahí estaban los dueños de esos todoterreno para paliar la compleja situación. Y uno de ellos recién salido de un problema de salud muy delicado: contento y dispuesto a conducir. 

Los cinco últimos capítulos del libro de Félix Rosado se ocupan de ciudadanos de distintos servicios –policía, clínicas, empresas de interurbanos—y cómo afrontaron ellos los condicionantes de la nevada. En nuestra opinión, alcanzan gran interés, y deberían haber sido insertados entre los episodios dedicados a los conductores. De esta manera, el reportaje se habría vivido más como un relato novelístico emotivo y emocionante, al despejar la rutina de un ir y venir en un 4x4. Los casos de cierto riesgo complacen a mucho lector. Tal y como el libro se presenta resulta un poco reiterativo, aparte de extenso. Se podría haber aligerado la parte de los conductores voluntarios y no por ello el texto hubiera carecido de su matiz testimonial. Al fin y al cabo, no es un evangelio ni ha de tener estructura común, paralela o sinóptica.

Félix Rosado ha tenido la iniciativa de dar voz pública a estos héroes de la tormenta. Ha sido consciente de lo que otros vivíamos de manera inconsciente. Ha llamado la atención sobre un caso, ha estado ahí, se ha preocupado; ha escrito una crónica valiosa, aunque no redonda.

Lectores, acuérdense de sus vecinos. Estímenlos en gran medida. No son serafines ni portan alas, pero pudieran serlo. Son únicamente, como en la película de Douglas Sirk, ángeles sin brillo.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2021.

Adquirir este libro.


martes, 13 de julio de 2021

De civilizaciones perdidas y antiguos astronautas.

La Historia alternativa se pregunta constantemente por el origen de la civilización y de la especie humana. Y baraja dos hipótesis fundamentales: o la genialidad técnica vino a la Tierra de habitantes de otros mundos, o existió una primera gran cultura perdida, madre de todas las demás. La primera propuesta implica que regularmente podamos estar siendo visitados por extraterrestres, en sus naves espaciales –los ya tradicionales y bucólicos “platillos volantes”--; la segunda idea, la de una Atlántida desaparecida e hiperdesarrollada, explicaría los grandiosos monumentos de Egipto, el México azteca y maya, el Perú incaico, los moais de la isla de Pascua, Nan Madol (en la Micronesia), etc. Incluso está la tesis de que los humanos descendemos de dioses, los gigantes que se unieron a las hijas de los hombres. O tal vez, al habitar los alienígenas entre nosotros, camuflados como camaleones, se estén emparejando con hembras o varones terrícolas y vengan creando una especie nueva, reforzada y más preparada para la vida futura.


El caso es que todavía no sabemos a dónde vamos, ni de dónde venimos. Especulaciones hay muchas y bien sembradas. Un número especial de la revista de divulgación científico-técnica Muy Interesante (julio de 2021), va dedicado a los “Fenómenos extraños explicados por la Ciencia”, y entre otros temas aborda el posible origen extraterrestre de nuestra especie, a través de los cauces que hemos mencionado antes. Es verdad que la Historia alternativa se agarra a un clavo ardiendo y construye explicaciones que literalmente “rizan el rizo”. Sobre los platillos volantes, la revista explica que no eran redondos en su origen, sino más bien en forma de semidisco o boomerang. De hecho, el avistamiento inaugural se produjo el 24 de junio de 1947, cuando el piloto Kenneth Arnold vio nueve objetos voladores en forma de luna creciente, y que se desplazaban a velocidad meteórica. Los medios publicitaron la noticia escribiendo que eran como platos rebotando en una superficie acuática. Y de esos platos nacieron los consabidos platillos. Sus descripciones no parecen haber variado mucho a través de las décadas, como si hubiera la obligación de responder a un canon. Sin embargo, pilotos de combate del portaaeronaves Nimitz captaron y filmaron, con cámaras de infrarrojos, en noviembre de 2004, en la vertiente atlántica, objetos volantes de aspecto impreciso moviéndose a gran velocidad. Lo mismo consiguió repetir el Theodore Roosevelt, en distintos meses de 2014 y 2015. Es decir, algo parece haber ahí fuera de origen incierto.

Kenneth Arnold (1947)

La primera abducción con sexo con una alienígena la refirió Antônio Vilas-Boas, un granjero brasileño de veintitrés años, de Minas Gerais, aficionado a lecturas ufológicas. Fue en la madrugada del 16 de octubre de 1957. Meses antes, un semanario había publicado una experiencia muy similar. 

Dejando aparte los casos de médiums y psíquicos claramente fraudulentos, la revista no da razón para hechos constatados, como, por ejemplo, las apariciones marianas fotografiadas junto a la cúpula de una iglesia copta de El Cairo, en abril de 1968. Cien apariciones hasta 1971, vistas por cerca de 250.000 personas. Ni por qué y cómo el planeta Marte influye en los natalicios de futuros deportistas de elite, con algo más de un 22% de probabilidades, constatado por ocho estudios independientes, que suscriben la realidad de esa “anomalía estadística”. Ni el momento de la construcción de la Esfinge de Guiza y a quién representa. Unas fisuras del monumento se atribuyen no al viento, sino al agua de lluvia, lo que haría retrasar su construcción a unos siete mil años, es decir, a una época anterior al rey Keops, el artífice de la Gran Pirámide. Hay objetos y construcciones, por lo tanto, que aún carecen de una explicación racional e histórica detallada, lo cual no significa que no la vaya a tener en algún momento.


De ovnis, visitas extraterrestres y distopías futuras, versa
El hombre que perdió su espíritu. Cuentos fantásticos del futuro, del periodista y escritor Félix Rosado Martín García-Barbero (Navas del Marqués, Ávila, 1964). El volumen fue publicado por Amazon en diciembre de 2019 y lo conforman seis relatos de distinta extensión.

En el primero, El hombre que perdió su espíritu: en busca de la molécula transparente, el autor imagina la vida en el año 2999. Una humanidad deshumanizada, cariacontecida, de caras grises, donde las relaciones afectivas no existen, porque los niños vienen por encargo y con un diseño determinado. Hay muchas celebraciones que han perdido su sentido, como la Navidad. Todo es material. No hay lugar para confiar en nada trascendente. Recuerda bastante al panorama turbio de Ray Bradbury y su Fahrenheit 451, con esas personas viajando en el monorraíl con la mirada ausente y la piel tan necesitada de caricias.

Carta de amor a un clon es, sin dudas, el relato más emotivo: en un viejo disquete se descubre una carta de despedida a una tal Violeta. Un texto hermosísimo, sincero, y que se ve que brota de lo más profundo del corazón. El lector vive en un tiempo ya sin amor ni sentimentalismos, pero la lectura del escrito alienta en él un leve signo de humanidad.

La tercera historia, El OVNI de luces naranjas, es, en parte grande, autobiográfica. Cuenta el avistamiento de un platillo alienígena en una carretera secundaria entre montañas. Es de noche, y la nave emite un destello anaranjado hacia el cielo. Al solitario testigo le hubiera gustado poder fotografiarlo. Aparte, nos habla de un segundo episodio paranormal, también con apoyo en la realidad.

El cuarto episodio, El cometa habitado Oumumua, reproduce el típico encuentro de la civilización terrestre con visitantes de las estrellas. La postura de los militares, el asombro de los testigos, etc. Unas secuencias que vemos en las películas La guerra de los mundos (1953), de Byron Haskin, y Ultimátum a la Tierra (1951), de Robert Wise. 

La quinta entrega es El Viejo, el gato y la pistola. En una ciudad destruida, un anciano –quien todavía tiene recuerdos del mundo de antes—se topa con un joven. El destino de los dos viene sellado por un fatídico accidente.

La última parte es una farsa construida a costa de los dioses y diosas del Olimpo: El festín de los dioses en el firmamento. Las deidades celebran un gran convite a expensas de una Tierra desertizada y unos pobres hombres que colonizan el cosmos como alternativa.

Una colección agradable de relatos futuristas, que plantea interrogantes lógicos e inteligentes sobre el porvenir lejano de la Humanidad. Su futuro, no obstante, comienza a hacerse hoy  presente: la alienación del ser humano, la degradación del medio natural y de las sensaciones, el dominio absoluto de la tecnología y de la inteligencia artificial, el desamor, la soledad, el abandono, la ausencia de valores y la falta de trascendencia de las acciones emprendidas. El autor le ha puesto corazón, y se nota. Uno de esos libros breves y accesibles para disfrutar en cualquier lugar y en todo momento. No defrauda, por su compromiso, y su lectura se agradece.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2021.


martes, 6 de julio de 2021

El poema, la puerta.

“Continuar vagando

hasta que el poema me alcance…”

(José Antonio Pamies)

El poema es la puerta a todo. El universo del cual no puede renegar el creador. El resultado de minutos de vida, de experiencias intrahistóricas personales, la persiana que vela la habitación propia. Es una apuesta por la geometría de la escritura, tinta cúbica de luz o de sombra.


Este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día (Fundación Málaga, marzo de 2019, Premio Málaga Ciudad del Paraíso 2018), es un homenaje a la creación poética como única alternativa. Su poesía no es lírica, sino extraordinariamente eficiente. Se contiene a sí misma y habla con su propia voz. Es ella, como si tal cosa. Es el principio y el fin del ser en el tiempo. La voz no consigue estar callada ni en las horas de silencio, como surco de la noche y augur de impulsos solemnes. Luego se reproduce en el fonógrafo de la lectura y conmueve o no el alma de cada intérprete.


En el libro que nos ocupa hay evocación de la bohemia, luces de la ciudad, nostalgia del artista en su barrio, mundo dejado atrás, y ahora mudado en despacho de un distrito rural. Hay un reencuentro con las viejas estancias, los reflejos empañados, la recuperación de un espacio familiar, mas sin caer en nostalgias, ni en ninguna reconstrucción del pasado. Se mira la vida desde el presente, que es lo que importa. Se abren las cerraduras con la ganzúa del verso. Y en el plano metafórico comienza la lluvia que sube de la tierra al cielo, la humedad que sofoca el ardor, o la esfera que descuenta las horas del día: veintitrés, dos, una.


Trazos de canciones antiguas, reminiscencias del viejo canto porteño: 

IV.

“Volver,

pasados los años,

a casa de tus padres.

Sentir,

que se detiene el tiempo

en los espejos rotos

de las habitaciones.”

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“Volver

con la frente marchita,

las nieves del tiempo platearon mi sien.

Sentir

que es un soplo la vida…” (Lepera / Gardel)

Rastros de un Madrid ilusionado -tal vez, incluso ilusorio—y profundamente fértil:

XII.

[…] “Invoco errores

de aquella juventud

que me llevó a creer en la utopía

de poetas lejanos, amigos sinceros

transmitiendo en horas solitarias

esta absurda pasión de libertad

que es la poesía.”

La poesía es camino y testigo ineludible del amor, la que guía en cada puesta de sol, en el atardecer, despejando los equívocos que esconden las sombras. La poesía es un arte sin explicaciones, un potencial que da sentido al mundo, y que, a la vez, porta la antorcha de lo inefable. Hablan las sinestesias: “silenciosa claridad”, “amanecen / miradas de cristal”; los oxímoron: “un silencio de ruido”; las metáforas: “sueños del arte / que hoy son ceniza muerta”. He aquí la partitura del poema, de la música de los sentidos.

La poesía construye un mundo paralelo, pero también inmortaliza este. La Naturaleza no imita al arte, sino que lo sugestiona. Y, al desperezarlo, brota la primavera en otro jardín lejano.

La poesía nos salva de la vulgaridad, de la mediocridad, del aislamiento. Es un canto testimonial desde la soledad, para mostrarnos a los demás vivos aspirantes a una felicidad esperada.

La poesía es lo ausente, lo que falta y lo que queda. La poesía, como el océano, nunca besará las nubes, porque ella misma será horizonte, mar, tierra y cielo.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2021.

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Para conseguir este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día, el lector se puede dirigir a https://fundacionmalaga.com/libro/umbral-del-dia/


jueves, 1 de abril de 2021

Prevención.

En algo más de un año de pandemia, es lo único que ha salvado a la mayoría de los seres humanos. El uso frecuente de la mascarilla, la desinfección de manos, y no ir a lugares concurridos, especialmente cerrados. La Ciencia se está dando prisa: han creado vacunas apenas testadas, con importantes efectos secundarios aleatorios, y que no contemplan las diferentes variantes de la Covid-19. Es así que el total de la población que acepta la vacuna, está sirviendo de cobaya. Ni la OMS clarifica, ni los laboratorios fabricantes se sienten obligados a desvelar lo más comprometedor y confidencial, ni muchos gobiernos se atreven a cuestionar nada, ante un desastre económico de proporciones inasumibles. La población se deja llevar por lo que los telediarios difunden, que es el mensaje de la conveniencia de estar vacunados, como única forma de comenzar a parar la autarquía del coronavirus.

Que la gente se vacune puede ser un comienzo del fin, pero no un final definitivo asegurado. La protección efectiva contra la infección es de unos pocos meses, todo lo más medio año. Para cuando a los últimos se les haya vacunado, los primeros necesitarían de alguna dosis más de recordatorio. Es decir, cabría entrar en un ciclo sin fin, como una correa continua. Los linfocitos T son los que nos pueden salvar, acaso, de la necesidad de segundas dosis, ya que actúan de hemeroteca-recordatorio en la reactivación de las defensas del organismo.

El tiempo normal de desarrollo de una vacuna es de cerca de nueve años, como poco. De ellos, la mayor parte afectan no a la elaboración del producto en sí, ni a la comprobación de su eficacia, sino a la seguridad, esto es, al estudio y valoración de efectos asociados a la administración del preparado. La burocracia para obtener los permisos definitivos por parte de las agencias nacionales del Medicamento, suele ser larga y concienzuda. En el caso de la pandemia por la Covid-19, a todos los dirigentes –dada la elevada alarma social, las sustanciosas pérdidas económicas, los confinamientos, las restricciones de libertades, y el número indiscutible de decesos—les ha entrado la prisa por agilizar los trámites legales que dan carta blanca a la comercialización y aplicación de una vacuna. Esto conlleva que la seguridad de ese producto haya quedado relegada a un segundo plano. Más cuando también están en juego subvenciones nacionales e internacionales multimillonarias, para asegurar la presta fabricación de las suficientes y muy ansiadas dosis.


Nadie puede conocer, a día de hoy, cómo terminará la pandemia (o si, realmente, terminará). Por experiencias anteriores, como la terrible gripe de 1918, cabe esperar que dure el azote del patógeno tres o cuatro años –como mucho--, y que luego desaparezca como vino, de improviso, y quizá para siempre (el ADN del virus mortal de 1918 solo se ha podido obtener de cadáveres de víctimas enterradas en regiones frías). En el primer tercio del siglo XX, no existían vacunas contra los virus. Otros peligrosísimos virus letales, como el ébola, causante de fiebre hemorrágica, van y vienen, aparecen y desaparecen cada cierto tiempo, todavía no se sabe por qué motivo. No existe cura contra ellos. Es solo la Naturaleza misma quien los controla: los ata o los desata como los dioses a las furias. Tal vez incluso esté Dios tras ello (recordemos las inmisericordes plagas del Éxodo, sembradas por ángeles divinos). Patógenos todavía incurables, como el de la peste bubónica, que azotó Asia y Europa en la Alta y Baja Edad Media, y aun después, parecen permanecer hoy dormidos, inactivos, para beneficio del género humano.

Los laboratorios, muy concentrados en lograr vacunas, han relegado el objetivo de descubrir preparados que prevengan o palíen con efectividad los efectos más dañinos de este coronavirus: trombosis pulmonar, ictus, parálisis temporales, fatiga crónica. 

Por tanto, y mientras las vacunas no se revelen como una verdadera y segura panacea, lo mejor que tenemos es la PREVENCIÓN. Y, unida a ella, como compañera necesaria, la paciencia. La resignación, más difícil de alcanzar y de sobrellevar por los jóvenes y los niños, que quieren salir a retozar y divertirse, como corresponde a la edad. 

Mascarilla, agua, jabón, hidrogel, y prudencia, desde el inicio de esto, y hasta que convenga.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2021.