“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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martes, 6 de julio de 2021

El poema, la puerta.

“Continuar vagando

hasta que el poema me alcance…”

(José Antonio Pamies)

El poema es la puerta a todo. El universo del cual no puede renegar el creador. El resultado de minutos de vida, de experiencias intrahistóricas personales, la persiana que vela la habitación propia. Es una apuesta por la geometría de la escritura, tinta cúbica de luz o de sombra.


Este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día (Fundación Málaga, marzo de 2019, Premio Málaga Ciudad del Paraíso 2018), es un homenaje a la creación poética como única alternativa. Su poesía no es lírica, sino extraordinariamente eficiente. Se contiene a sí misma y habla con su propia voz. Es ella, como si tal cosa. Es el principio y el fin del ser en el tiempo. La voz no consigue estar callada ni en las horas de silencio, como surco de la noche y augur de impulsos solemnes. Luego se reproduce en el fonógrafo de la lectura y conmueve o no el alma de cada intérprete.


En el libro que nos ocupa hay evocación de la bohemia, luces de la ciudad, nostalgia del artista en su barrio, mundo dejado atrás, y ahora mudado en despacho de un distrito rural. Hay un reencuentro con las viejas estancias, los reflejos empañados, la recuperación de un espacio familiar, mas sin caer en nostalgias, ni en ninguna reconstrucción del pasado. Se mira la vida desde el presente, que es lo que importa. Se abren las cerraduras con la ganzúa del verso. Y en el plano metafórico comienza la lluvia que sube de la tierra al cielo, la humedad que sofoca el ardor, o la esfera que descuenta las horas del día: veintitrés, dos, una.


Trazos de canciones antiguas, reminiscencias del viejo canto porteño: 

IV.

“Volver,

pasados los años,

a casa de tus padres.

Sentir,

que se detiene el tiempo

en los espejos rotos

de las habitaciones.”

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“Volver

con la frente marchita,

las nieves del tiempo platearon mi sien.

Sentir

que es un soplo la vida…” (Lepera / Gardel)

Rastros de un Madrid ilusionado -tal vez, incluso ilusorio—y profundamente fértil:

XII.

[…] “Invoco errores

de aquella juventud

que me llevó a creer en la utopía

de poetas lejanos, amigos sinceros

transmitiendo en horas solitarias

esta absurda pasión de libertad

que es la poesía.”

La poesía es camino y testigo ineludible del amor, la que guía en cada puesta de sol, en el atardecer, despejando los equívocos que esconden las sombras. La poesía es un arte sin explicaciones, un potencial que da sentido al mundo, y que, a la vez, porta la antorcha de lo inefable. Hablan las sinestesias: “silenciosa claridad”, “amanecen / miradas de cristal”; los oxímoron: “un silencio de ruido”; las metáforas: “sueños del arte / que hoy son ceniza muerta”. He aquí la partitura del poema, de la música de los sentidos.

La poesía construye un mundo paralelo, pero también inmortaliza este. La Naturaleza no imita al arte, sino que lo sugestiona. Y, al desperezarlo, brota la primavera en otro jardín lejano.

La poesía nos salva de la vulgaridad, de la mediocridad, del aislamiento. Es un canto testimonial desde la soledad, para mostrarnos a los demás vivos aspirantes a una felicidad esperada.

La poesía es lo ausente, lo que falta y lo que queda. La poesía, como el océano, nunca besará las nubes, porque ella misma será horizonte, mar, tierra y cielo.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2021.

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Para conseguir este poemario de José Antonio Pamies, En el umbral del día, el lector se puede dirigir a https://fundacionmalaga.com/libro/umbral-del-dia/


sábado, 8 de abril de 2017

El reverso del espejo.


“Algunos muertos escriben poemas” (J. A. Pamies)
Diario nómada. 326 estaciones es el tercer poemario publicado por José Antonio Pamies (Alicante, 1981). Un libro muy entero y trabajado, sin una pizca de improvisación, que se alzó con el II Premio del Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca «Homenaje a Miguel Ángel Velasco». La misma institución ha publicado el trabajo, en su colección “Minerva” (abril de 2014).
Pamies escapa a todo encasillamiento. La profundidad y extensión de su verso, la genialidad hermética contenida en cada poema, resultan indescriptibles y sí imprescindibles de saborear por cada lector en tranquilo silencio. En Pamies la poesía se vuelve especialmente un paisaje áulico, un lenguaje propio, oculto a los sentidos del idioma común. La lengua renace en su esfera poética, ajena a todo lirismo contenido. Pamies escribe de forma seca, metafórica, hipercontundente. No busca despertar emoción, sino que su voz, su palabra, viven por y para sí mismo. Su lector ha de ser obligatorio, entregado, pero no incondicional ni rendido a su estilo. No son los reflejos populares de García Lorca o de Miguel Hernández los que encontramos aquí, sino la hiedra muerta de Aleixandre, Altolaguirre o Concha Méndez. Incluso parecido juego especular de los dos últimos nombres: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al espejo / sin porvenir de la muerte./ Allá van nuestros recuerdos/ mostrándonos lo que fuimos/ y para siempre seremos,/ cristal en que nuestras almas/ revivirán lo vivido/ en las prisiones del tiempo” (“Roca maternal. 1929”, en Las islas invitadas). “Sé que la muerte se esconde/ por detrás de los espejos./ Con ojos de agua nos mira/ cuando nos vemos en ellos.” (Poemas. Sombras y sueños, 1944). En Diario nómada: “Hay un cristal, hay un cristal de espejo/ donde siempre se refleja esta cara./ Narciso y Edipo me inyectan la sed,/ mataría por encontrar a Dorian.” “Es cierto, me hubiese gustado amarte/ una tarde cualquiera,/ cuando tu nombre fue Beatriz/ y Dante nos vestía de dios en el espejo.” “Porque eres, oh poesía, tristeza dichosa,/ candil prendido en el espejo…” “Contra la baranda del tiempo aúlla/ un espejo de sangre…” “Y ha de resurgir su blanca piel de escarcha/ en cada espejo sucio de la noche…” “La fiebre del insecto, el espejo de Eurídice...”
El espejo nos introduce en lo oculto, en el inframundo, en lo simulado del disfraz, en la réplica a toda coherencia y a cualquier lógica. Espejo es la respuesta a este mundo. Espejo es esta poesía en sí misma, creación de sensaciones personales, de gritos y susurros sin luz del día. El poeta –“trapecista de sueños”-- se enfrenta a Malasaña, el bosquejo de su existencia vagando sin temple: “porque la muerte tan solo interrumpe un despertar.” El creador es “herido por la luz del silencio/ en la tenue avenida con sabor a nadie” y donde la poesía “deja un rastro de vida”, quizá “el amargo brebaje de la historia”. Son los recovecos del barrio secreteres de tinta. “Todos castigan al que habla solo por las calles (…) No saben/ que ella ha puesto nombre a esta ciudad de enfermos,/ a este nicho de solitarios redomados.” La ciudad al caerse de la noche, desde la oscuridad, con las certezas de aurora, en tal tiempo apalancado por el deseo inconcreto, por el sueño de amor de los autores malditos enfebrecidos y ciegos de sobados sobornos:
“Cualquier tarde en Malasaña
una mujer te besa las ideas,
un poema se te escapa de los labios,
un amigo te alegra el corazón.
Y después, cuando la luz del día
se despide de los transeúntes,
un ensueño familiar
atraviesa el espejo de sus calles.
Donde el ahora es ley,
y el amor un infinito practicable.”
Amor a veces sarraceno, amor hostil, que clava sus “garras de fuego en las entrañas” con toda la opresión de la ausencia en el paisaje solitario del hombre. El hombre, condenado a vivir de noche, a soñar en lo opaco, a intentar gozar de espaldas a la claridad. La tiniebla de un “error desmemoriado/ que hunde su cabellera en el tiempo.” Cerca siempre, como gorras de bandidos, el concierto de ratas y la procesión de cucarachas para desmentir cualquier belleza, toda negación a lo que no sea un pronto olvido: “Noche herida de estivales cabellos/ bañados en satélites de luz,/ noche que deseas el amor y no cuerpos/ a ti te ofrezco el más solitario de mis cantos…”
De tanto en cuando, el eco adormecido de una acotación de Valle-Inclán:
“…Efímeras poses parlotean
sin dejar rastro, huella.
Los árboles susurran estupor,
desde algún territorio baldío
un perro ladra a la luna.”
El correlato objetivo, tan querido y mimado por T. S. Eliot y Jaime Gil de Biedma, se abre paso en algunos renglones de Pamies con la soltura de un patio de mugre y vecindad: “Aquel olor del polvo, húmeda tierra, cuando llovía. Perdido/ entre la huerta vaga mi corazón de nube.” “Vieja calle de Oporto/ donde aquel tranvía amarillo (…) va señalando los espacios huecos…” “Ya no hay nadie en la plaza/ donde jugábamos ayer/ los niños de la calle,/ un columpio se balancea solo/ en la memoria.”
Los dioses, más deshumanizados que nunca, desconocen la travesura del deseo, mientras el poeta baja hasta su encrucijada de destino y nos regala este inconmensurable soneto:
“Asombrado en silenciosas quimeras
que tejen sin descanso esta osadía
y repican con ahínco en las trincheras
de insobornables versos con manía.

Protegido por sabios y rameras
bajo hasta el puente, busco la amnistía
de tu boca en estaciones sinceras
y no hallo más que piel de policía.

Los hombres me apedrean con sus huesos,
busco refugio en la montaña norte,
planean vuestro fin amigos presos.

Os volarán la tapa de los sesos
por no untar de amor el pasaporte.
La resistencia nómada de besos.”
La poesía de José Antonio Pamies es primero suya, cierta, segura, pero misteriosamente se hace nuestra si penetramos en su espeso laberinto, para luego no encontrar la salida.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.
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José Antonio Pamies, Diario nómada. 326 estaciones, Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca y Sloper, Palma de Mallorca, 2014, Colección “Minerva”, ISBN 978-84-942494-2-6