“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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sábado, 13 de agosto de 2022

Dios, lector.

 "Y el Señor dijo a Moisés: Al que haya

pecado contra mí, lo borraré de mi libro".

(Ex 32, 33)

Entra dentro de la tradición iconográfica representar a Dios barbado, como un viejo sabio. De hecho, el anciano con mayor sabiduría, pues es el Ser mismo subsistente, creó el mundo y es eterno. Así nos aparece Dios en la escena central de la Capilla Sixtina, dando el aliento a Adán, el primer hombre. Un anciano impetuoso, vigoroso, y con barba blanca, sostenido por sus ángeles y cuya amplia capa roja ahora se advierte de que tiene forma de cerebro humano.

Dios, entonces, es un hombre mayor. ¿Lo habrá sido siempre? ¿Habrá gozado de una juventud, tal vez de una etapa de “aprendizaje”? Si hizo al ser humano a su imagen y semejanza, hemos de creer que pudo Él haber pasado por las mismas fases de crecimiento, y que Él mismo se fue perfeccionando. No parece ser el mismo Dios el terrible justiciero del Antiguo Testamento, que el bondadoso y misericordioso del Nuevo, donde su Hijo nos redime de todos nuestros pecados, segundo Isaac esta vez en efecto sacrificado. Dios, pues, que lo sabe todo, también aprende, se perfecciona.

¿Dios lee libros? Él, que es la Palabra del Principio --el Verbo estaba en Él--, puede tener sus libros escritos, su propia biblioteca. Quizá en esos libros está el pasado, el presente y el destino del mundo. Acaso cada una de nuestras vidas se vaya gestando en ellos, según nuestro propio libre albedrío, y los vaya infinitamente cambiando sobre la marcha. “Hoy voy a leer una jornada de la vida de Andrés García”—se propone Dios; “Mañana tocará asomarnos a las decisiones de Pedro Gómez” – puede pensar. Y, de esta manera, Dios no se aburre. Dios nos deja escribir lo que vamos haciendo con nosotros mismos. Y Dios lo lee, lo verifica. Lee nuestras acciones, pero también nuestros pensamientos. Nos escruta, nos examina por dentro y por fuera, pero sin juzgar.

Hubo un puñado de hombres cuya suerte estuvo determinada: los Apóstoles. Los doce hombres elegidos por Jesucristo para que extendieran su Mensaje. A los que hay que agregar la figura del fundador del movimiento dogmático en sí, Saulo de Tarso, el discípulo que no vio al Maestro vivo, pero que interpretó sus intenciones evangelizadoras. ¿Fueron los únicos verdaderamente dispuestos a una vida fijada de principio a fin? Según la fe cristiana, hasta el Hijo de Dios –Cristo—se sometió a la dura voluntad del Padre.

 
Estamos en la Biblioteca de Dios. Hay una curiosa y fascinante vidriera de un altar de ficción, que aparece en un filme de John Sturges titulado El caso O´Hara (The People Against O´Hara, 1951), que nos presenta a Dios, sentado, con barba, leyendo un libro. Esa original vidriera me ha llevado a esta reflexión. Dios nos lee. Se entretiene con nuestra historia todavía no escrita, aun cuando todos los pelos de nuestra cabeza estén contados. Delante de su imagen, el actor Spencer Tracy lee un panegírico fúnebre. Quizá Dios, en ese preciso momento, lo siga en su libro, y lea no solo la supuesta trayectoria del difunto, sino también el día de rodaje de Spencer y de los demás actores que llenan el templo. 1951. Un plató. Sí, Dios estuvo allí.

 © Antonio Ángel Usábel, agosto de 2022.

jueves, 2 de enero de 2020

El tesoro de la lectura.

Hay una persona que lleva un tiempo refugiándose por las noches en una oficina de Liberbank, en el espacio dispuesto para el cajero, para de ese modo escapar del frío de enero.
No está solo. En apariencia, sí. Pero lo acompañan sus lecturas, once libros (si no he contado mal) que apila uniformemente en el suelo, y sobre los que apoya su teléfono móvil, como si fuera su pantalla abierta al mundo, con sus auriculares y todo, en pos de la mayor intimidad.

Por las razones que sea, esta persona tiene que dormir (y seguramente vivir) en la calle. Puede ser lo que conocemos como un pobre o un indigente, es decir, alguien carente de medios con que vestirse, alimentarse, y subsistir, en una palabra.

Pero no es pobre completamente, porque se lleva con él, como compañeros de desventura, sus libros. Es una persona que, ante todo y sobre todo, agradece leer. Le faltarán otras cosas, pero, por favor, que no le falte leer, que nunca lo abandonen sus queridos amigos --y fieles amigos--, los libros. Esos objetos de papel que los ladrones desprecian por su muy poco valor. Y sin embargo, para un ser inteligente, qué valiosos pueden ser los libros. No por su valor material de mercado, sino por la honda y grata satisfacción que causan a quien los sabe usar bien.

Para un analfabeto insensible, un incunable o un códice medieval son útiles para envolver en sus hojas los chorizos. Para alguien que sabe leer y que goza con el misterio de los libros, el arcano infinito constituye una aventura insustituible. El lector atento es el halcón encaperuzado de Juan de la Cuesta aguardando a que se haga la luz y otear la presa.
Un libro nos habla siempre, nos desvela cómo ven los demás el mundo. Nos lleva a preguntarnos, a reflexionar, a descubrir lo que no sabíamos, a ampliar nuestros horizontes. Hasta cierto punto, es mejor vivir que leer, construir nosotros nuestra propia novela (como decía Pérez Galdós que era toda vida), pues nada es más real ni más auténtico que la experiencia propia. La experiencia abre los ojos, espabila, proporciona modos y maneras de sobrevivir y de superar las dificultades. No podemos leer y olvidarnos de vivir, porque entonces solo vivimos las vidas de los entes de ficción, como trató de hacer infructuosa y patéticamente don Quijote al creerse nuevo paladín andante. Muchas veces, la literatura no funciona como la vida real, porque es traslación de los caprichos y excentricidades de un autor, que, aunque imite la realidad, no deja de jugar con sus reglas particulares. Si no nos olvidamos de vivir, la lectura puede suplir esos espacios que la realidad no llena, y es entonces cuando resulta más beneficiosa. Incluso formativa.

A la persona que ahora duerme y lee en el espacio de un cajero la vida le está enseñando lo más duro. Quizá hasta se está ensañando con ella. Tiene perfecto y legítimo derecho a tener en sus libros su principal compañía. Su mayor tesoro. Su herramienta para pensar (con que mantener la mente despejada); también para escapar por unos instantes de su entorno indigno y nada benévolo. La persona que se refugia en el hueco de un cajero aprecia verdaderamente cada línea, cada página, cada capítulo. Son once libros que lleva consigo. Once tesoros para no olvidar en ningún sitio ni cambiar por nada. Once amigos que le cuentan, a la vez quietos y en marcha, secretos desconocidos entre sus mismas palabras.

Ojalá tenga suerte esta persona y pueda, un día cercano, ordenar sus libros en un anaquel, en el cuarto de estar de una casa que lo cobije dignamente, como todo ser humano --por el hecho de haber nacido-- se merece. Entonces se dirá: «Ya estoy con mis amigos en casa».

©Antonio Ángel Usábel, enero de 2020.

martes, 7 de abril de 2009

El valor de Internet.

Internet es un amplio mirador al mundo: al presente, pero también al pasado de la civilización, e incluso, al futuro. Una herramienta de comunicación impensable hace veinte años, y que hoy ha venido para quedarse con nosotros definitivamente. Pronto, no podremos vivir sin conectarnos a Internet. Ya, de hecho, apenas vivimos sin hacerlo una vez al día. Internet será como el sexo, un ritmo fundamental en la existencia de cada uno.En Internet hay de todo: bueno y malo, verdadero y falso, útil e inútil, doble o mitad. Lo importante es no dejarse nunca seducir por cualquier contenido. Tener espíritu crítico. Saber discernir. Aprender a separar el trigo de la paja (para no hacerse demasiadas, ¡ja,ja!) Quiero decir, demasiadas ilusiones. Y para alcanzar tal estado de gracia es indispensable HABER PASADO CIENTOS DE HORAS EN UNA BIBLIOTECA. Sin el amparo de los libros, de la profunda riqueza cultural (y cultual) que atesoran, es materialmente imposible y razonadamente impensable desarrollar un espíritu de discernimiento. Que se graben a fuego en la frente, como cinta de tenista, este pacto las nuevas generaciones.
Por Internet hay que saber moverse, saber qué buscar, dónde y cómo. Una vez encontrado el monolito informativo, someterlo al complejo análisis del bagaje cultural propio. Entonces se ve si sirve o no lo encontrado. Si aporta algo interesante y productivo a lo recogido en varios volúmenes de biblioteca. Por lo que voy viendo, Internet es una especie de anfiteatro máximo de la Síntesis. Un Coliseo de recortes, un hemisferio de sinopsis y un potaje de centones. Internet canibaliza libros y revistas, resumiendo muy a menudo sus sesudos contenidos en pobres artículos. Pero también puede iluminar caminos para el conocimiento y para la investigación: dar a conocer a poetas inéditos o poco publicados, a escritores del pasado de segundo o tercer orden, a movimientos culturales y artísticos (impagables los archivos documentales en fotografía, vídeo y audio), a gente con todo tipo de iniciativas e ideas. ¿Quieres publicar algo ya? No persigas editor, no te canses, no esperes a una decisión final... Ve a Internet, vuélcate allí y que comiencen a leerte miles de lectores potenciales (que no tienen que comprar nada). Se acabó tener un texto guardado en un cajón meses o incluso años. Se terminó mandarlo a tres o cuatro medios a la vez para que vea la luz o no dentro de año y medio. Ahora tienes Internet. No cobrarás por publicarlo, pero tampoco te ibas a hacer millonario a través de una revista o de una editorial.
Qué duda cabe que siempre se encuentra satisfacción en mostrar a los amigos un libro propio, que es algo que llena de orgullo. Pero ya no es el único medio útil para comunicar ideas y comunicarse. Además, en Internet los creadores de textos (o de obras en general) pueden encontrar una rápida réplica por parte de los lectores, o de otros autores. Seguramente Lorca y Machado hubieran sido felices de poder contar con Internet. Acaso hubiera salvado la vida a Toole, desesperado por no encontrar editor para su manuscrito. ¿Qué hubiera hecho Borges metido en este enlace a la Biblioteca de Babel? ¿Y los grandes hispanistas, como Menéndez Pelayo, José Mª de Cossío, Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Américo Castro, Menéndez Pidal, Ortega y Gasset? ¿O el descubridor de Altamira, Sautuola, que tardó años en lograr el reconocimiento de sus colegas europeos? ¿O Ramón y Cajal, para dar a conocer sus descubrimientos sobre la estructura de la neurona con medios muy precarios y largo tiempo discutidos? Los grandes investigadores, los enormes genios de la ciencia, la historia, la literatura, el arte, harían verdaderas maravillas hoy con Internet. Pero es que antes hay que ser eso, genial, y no se llega a ello sin horas de lectura, de observación, de experimentación, y de ESFUERZO.
Bien por Internet... et non solum.