“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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lunes, 23 de febrero de 2015

¡Vivan Verdi y Wagner!


Quedan ya muy pocos días para poder asistir –si no lo habéis hecho ya—a la representación de la opereta bufa El pimiento Verdi, original de Albert Boadella, en la Sala Verde de los madrileños Teatros del Canal. La reposición de esta comedia musical ha constituido un acierto máximo, pues merece mucho la pena ofrecer esta segunda oportunidad a quienes, como servidor, habíamos dejado pasar la ocasión de visionarla.
El pimiento Verdi, ambientada en un restaurante propiedad de un fan incondicional del músico italiano, es un verdadero rebozo de bel canto. Un festejo de ópera, tanto de Don Giuseppe, como de Don Ricardo, pues tanto monta, monta tanto. Un homenaje a sus arias bellísimas, al lirismo apasionado de Verdi, y a la fuerza telúrica e impactante de Wagner.
¿De dónde tomó esa fuerza Wagner para su música? De Beethoven, al que admiraba y al que defendió sin límites. Del poderoso entrante de la 5ª Sinfonía. Y, especialmente, de la majestuosidad de la 9ª, que Wagner hizo redescubrir y apreciar sobremanera al público alemán, pues la estudió a fondo, la pulió con una nueva copia de la partitura, y la reestrenó con honores en 1846, al frente, él mismo, de la Capilla Real de Dresde, dirigiendo a la orquesta y a más de trescientos cantores. Esta sinfonía coral había sido tenida por “revolucionaria”, una “música nueva que el público alemán no había llegado a asimilar nunca”. Pero Wagner lo achacaba a los errores en las copias de la partitura, y a interpretaciones parciales y poco entusiastas. Wagner mismo preparó un folleto explicativo sobre el alcance de la obra para el día de la audición, y cuidó con paciente esmero cada ensayo. El éxito, ante una sala abarrotada, fue total. Beethoven era un grande de la música coral germana, y Wagner su entregado redescubridor y discípulo. El prestigio de Herr Richard cobró sus altos vuelos.
En el local de El Pimiento… se reúnen los amigos de la memoria del genio de Le Roncole (Busseto), quienes son groseramente interrumpidos por los disidentes seguidores del vate teutón. Verdi fue un “blandengue”, y su música posromántica está pasada de moda. En cambio, Wagner fue todo un revolucionario innovador. Un compositor que arriesgó el todo por el todo, ideando partituras de una inmensa fuerza. Wagner hace vibrar a la audiencia. Verdi, en cambio, la acuna como en una nana. Responden los italianófilos que Wagner construía argumentos liosos, tediosos, e infumables, por lo filosóficos y míticos. Óperas larguísimas, parlamentos eternos, escenografía y vestuario de un barroquismo cansino, apabullante y ampuloso. Y mientras crece la discusión, se alternan las piezas cantables debidas a uno y a otro. Para deleite de los enconados partidarios, y festín general del público espectador.
Y es que “la música amansa a las fieras”, y vuelve amigos a los enemigos. La música doblega corazones y estremece voluntades. Y ese es el fin último, y no otro, de este inteligente divertimento de Boadella: que disfrutemos con la música. Siempre con la música.



Entre estos recreadores de las fábulas operísticas de Verdi y de Wagner, destaca la poderosa voz de soprano de María Rey-Joly, intérprete dotada de un timbre y de una esbeltez muy parecidos a los de la mítica Maria Callas. Esta cantante ha intervenido con fortuna en conciertos dados en el Teatro Monumental de Madrid, así como en zarzuelas, como Luisa Fernanda.
Luis Álvarez, barítono, hace un estupendo Sito, dueño del local, personaje enternecedor y cómicamente trasnochado. Antoni Comas construye un muy convincente seguidor de la ópera alemana, acertadamente secundado por un agradable José Manuel Zapata, también tenor, como Roberto. Al piano, las manos hábiles de Borja Mariño. Quizá la que tenga un papel más difícil para destacar, y por eso más ingrato, sea Elvia Sánchez, soprano, como Brunilda. Pero allí está.
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Otra cosa es la simpatía personal hacia el creador en cuestión. El sentimiento al margen de la melodía. Evidentemente, todos sabemos quién y cómo fue Richard Wagner: ególatra a más no poder, autoritario, pendenciero, seductor empedernido, maniático del lujo (continuamente endeudado y viviendo muy por encima de sus posibilidades), y posiblemente racista y antisemita. Wagner escapaba de todos los sitios, acuciado por las malas críticas hacia su música incomprendida, su soberbia inconmensurable, y los pagarés impagados (varias veces vendió los derechos sobre sus obras a prestamistas distintos). Hasta que dio con un mecenas, el joven rey Luis II de Baviera, quien se creía la reencarnación del Caballero del Cisne, y vio en los libretos de las óperas de Wagner la posibilidad de recrear con música el pasado legendario teutónico: los nibelungos, Sigfrido, el oro del Rin, Isolda, Tristán, Brunilda, el Santo Grial, las Walkirias… Luis II no poseía una fortuna propia, mas convenció a su parlamento para que le prestara grandes sumas de dinero al músico, a fin de que pudiera dedicarse a su arte sin estrecheces. El matrimonio Luis II-Richard Wagner funcionó durante un tiempo. Pero el músico no era bien considerado en Baviera, sobre todo en Múnich, por su perniciosa influencia dilapidadora sobre el Rey de los Sueños. Wagner era tenido, por ende, como un peligroso protestante revolucionario, que había asistido al mismo Miguel Bakunin en las barricadas, y que vivía con una ostentación y una amoralidad familiar escandalosas e indignantes. Su último improperio fue convencer al ayuntamiento de Bayreuth para que le construyera un nuevo teatro monumental. Cuando no hubo dinero suficiente, Wagner recurrió de nuevo a Luis. El soberano no le dejó en la estacada, y el edificio se pudo terminar. El Festspielhaus, el Palacio de Festivales.
Tras la muerte de Wagner, sus herederos devolvieron el préstamo, de cerca de 15.461 euros, a las arcas del estado bávaro, a través de los beneficios de los Festivales de Bayreuth, y de no cobrar derechos de autor en las representaciones operísticas de Múnich. (Debemos aclarar que el primer festival de Bayreuth, en agosto de 1876, se había saldado con un déficit de 76.000 euros, motivado por la falta de alojamiento en la población, y los pobres resultados artísticos durante los ensayos.)
¿Qué cantidad global llegó a recibir Wagner de su fundamental mecenas bávaro? Se estima que, en diecinueve años de relación, entre 421.000 y 481.000 euros de hoy. Cuando Luis conoció al compositor, le canceló todas sus deudas, que eran de 72.121 euros actuales. Además, le puso en nómina, como consejero real secreto, con un sueldo de unos 15.000 euros al año.
¿Por qué continúa la polémica sobre Wagner? Por su encendido antisemitismo. Boadella hace que el personaje de Leonor lea todo un texto original del músico acerca de los judíos, enemigos del pueblo alemán. Seguramente, un pasaje sacado de su ensayo El judaísmo en la música, publicado por vez primera en 1850, y retocado en 1869. Toda una declaración en contra de los hebreos, como extraños a cualquier territorio, desagradables en su acento y en su manera de vestir, y entregados al culto al dinero, el préstamo y la usura. Su influencia en la ideología posterior nacionalsocialista es innegable; se sabe que Hitler era recibido afectuosamente en Bayreuth tanto por el hijo como por los nietos de Wagner (v. El Mundo, 19-05-2013).
Wagner necesitaba a Luis II, y necesitaba vivir en Múnich, junto a su rey. Pero odiaba, en el fondo, esta ciudad, por su acendrado catolicismo en manos de los jesuitas, los periodistas chismosos, los juristas, y, cómo no, los judíos. Demasiados oponentes en Múnich.
Lo curioso es que Richard Wagner había nacido en el seno del barrio judío de Leipzig (Sajonia), un 22 de mayo de 1813. Sin embargo, su familia y sus antepasados habían tenido poco de judíos, pues fueron humildes maestros de escuela o modestos artesanos de religión protestante desde, por lo menos, el siglo XVI. El padre de Wagner, Friedrich, era secretario asistente judicial y de policía. Murió en octubre de 1813, víctima del tifus. La madre de Wagner se casó entonces con Luis Geyer, un actor, pintor y escritor de talento, amigo íntimo de la familia. Geyer crio a Richard y a sus siete hermanos vivos como un verdadero padre. Los niños se dedicaron todos después a las artes escénicas.
En 1850, coincidiendo con el estreno de Lohengrin en Weimar, bajo la prestigiosa batuta de Liszt, y con la publicación de la primera versión de su ensayo sobre El judaísmo en la música, Wagner da a la luz otro importante escrito de reflexión suyo, El Arte y la Revolución. En él se lee un pasaje que resulta chocante, por lo contradictorio: “Si la obra de arte griega contenía el espíritu de una bella nación, la obra de arte del porvenir debe contener el espíritu de la humanidad libre por encima y más allá de todas las barreras de las nacionalidades; en ella el ser nacional puede ser solo un adorno, un atractivo de la diversidad individual, no una barrera represiva”.
Claro que este Richard es el entusiasta de la Revolución proletaria y anarquista de 1848, no aún el protonacionalista pangermano que buscó refugio bajo el ala aleve del cisne de Luis. La Revolución de 1848 corrió como la pólvora por toda Europa, para poner fin al Antiguo Régimen. Si bien favoreció el nacionalismo en áreas como la alemana y la italiana, se debió de vivir como un movimiento supranacional, que posibilitaba una ingeniosa alianza entre la baja burguesía y el pueblo llano. Salían perdiendo los aristócratas y los burgueses más adinerados (quizá, entre ellos, muchos judíos).
Que Wagner se codeó profesionalmente con judíos es un hecho probado. Hermann Levi, hebreo, dirigió música de Wagner en Múnich y fue un buen amigo suyo. Hasta su muerte en Venecia (martes, 13 de febrero de 1883), cuando él y Heinrich Porges, otro amigo judío del compositor, llevaron las cintas negras del coche fúnebre. Wagner y Cósima, su última consorte, reposan en Bayreuth (Baviera).
Richard Wagner se definió a sí mismo, en 1841, como “un acorde disonante, que en seguida se resolverá magnífico y puro por la muerte”. Es de lógica y de justicia pensar que ese acorde disonante se normalizará siempre en su legado: una tempestad maravillosa de entusiasmo y aliento coral, y un huracán de altas y sublimes notas.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2015.

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A todo esto, Giuseppe Verdi tampoco fue un santo, pese a que construyera un asilo para músicos. Su esposa, la soprano Giuseppina Strepponi, que había hecho triunfar algunas de sus montajes operísticos, había tenido varios embarazos antes de relacionarse formalmente con él en París, la ciudad que todo lo perdona. Por ejemplo, con Camillo Cirelli, agente y empresario teatral, Giuseppina tuvo a su hijo Camillino, en 1838. Ella no se hizo cargo de él, sino que lo confió al cuidado de una antigua criada suya, que se lo llevó a Florencia. Con once años, lo pusieron a trabajar de aprendiz de un escultor. Su madre apenas lo iba a ver. Y Verdi no quiso saber nada de este muchacho, que murió con veinticinco años, mientras estudiaba Medicina. Se conjetura con la posibilidad de que Verdi no desposara a la Strepponi hasta agosto de 1859, después de que Camillino alcanzara su mayoría de edad a los veintiuno, en enero de ese mismo año, para evitar tener que adoptarlo como padrastro. Verdi nunca se ocupó de los hijos de su mujer. Un año más pequeña que Camillino era Sinforosa, habida posiblemente con un colega cantante. Esta niña fue adoptada por una familia de clase obrera, y consiguió vivir hasta los ochenta años. En 1841 nació Adelina, su tercera hija, que murió con once meses, lejos de su madre. Giuseppina no quiso tener descendencia con Verdi, al que veía como un ser independiente. En 1868, la pareja adoptó como heredera legítima de sus bienes a una niña de ocho años, Filomena María, al parecer una primita del compositor.
No obstante, todo hay que reconocerlo, Verdi fue un artista golpeado desde joven por la tragedia familiar. A punto de triunfar con Nabucco, solo dos años antes, en junio de 1840, había perdido a su primera esposa, Margarita Barezzi, hija de su protector. Con ella tuvo dos hijos –Virginia e Icilio Romano--, que murieron con apenas un año, posiblemente de meningitis, como su misma madre, Margarita. Esta triple tragedia –durísima—abatió el ánimo del músico y ensombreció su vida y sus creaciones con un manto de pesar y de penumbra: la muerte de Violetta, en La Traviata, da muestra de este sino. La fuerza del destino siempre sumió a Verdi en un aura de melancolía, y tal vez fue aquella la que le indujo a orquestar el virulento drama del Duque de Rivas.
[Fuentes consultadas: J. Martín, Wagner (Barcelona, Ediciones G.P., s.a.); Ángel-Fernando Mayo, Wagner (Barcelona, Ediciones Península, 2001); John Rosselli, Vida de Verdi (trad. de Ana Bustelo, Cambridge University Press, 2001)]

"EL PIMIENTO VERDI"__Programa de mano.

"El judaísmo en la música" (1850), por Richard Wagner.

martes, 4 de noviembre de 2014

Gala del 35º aniversario de la Compañía Nacional de Danza.



En esta gala (octubre de 2014, Teatros del Canal, Madrid) la brillante compañía que dirige José Carlos Martínez representó las siguientes piezas:
-          6 minutos de vida.

-          Festival de las Flores de Genzano.

-          El Corsario, paso a dos.

-          Raymonda Divertimento (inspirado en el montaje de Rudolf Nureyev).

-          El Cisne.

-          Aimless.

-          Violon d’Ingres.

-          Bolero.

-          Ritmos.

-          Minus 16.

Son obras muy diferentes entre sí y con su estilo propio. En mi opinión, una de las más sobrecogedoras es El Cisne, esta vez representado por un bailarín que ejecuta los movimientos de un cisne con total naturalidad y delicadeza, a pesar de ser un bailarín. La anterior vez que vi bailar esta pieza fue por Alicia Alonso, poco antes de retirarse, en el auditorio del parque de L’Aigüera, en Benidorm. Alicia estaba tan mayor que bailó casi ciega y con los pies tan deformados que continuaba andando en primera posición de ballet (en dehors) incluso cuando ya había acabado de bailar. La misma pieza de música representada de dos formas totalmente diferentes.

Respecto a Aimless, decir que aplaudo la elección del título de la pieza: “Sin objetivo”, pues eso es lo que refleja este baile, un continuo movimiento sin un afán de representar una historia definida, movimiento suave y continuo, sin brusquedades ni rupturas, el movimiento por el movimiento.

Hasta ahora hemos analizado dos piezas en las que se baila con “el cuerpo expresivo”, pero pudimos ver “el cuerpo acrobático” en El Corsario, paso a dos, donde predominan piruetas y saltos. Vemos pues, dos formas diferentes de tratar el cuerpo a través del baile.

Y finalizo con Bolero. Es el Bolero de Ravel, esta vez con una coreografía poco usual, pues yo, personalmente, nunca lo había visto bailado por una pareja, sino siempre por un solo bailarín. Y además, ambientado en la época del charlestón. Esta coreografía es una apología a la flexibilidad, donde predominan los cambré y los spagat, así como las figuras espejo entre el bailarín y la bailarina.

Todas las piezas son susceptibles de realizar una crítica, pero, por mi parte, aquí me detengo, ya que poco más puedo añadir de la Gala, una Gala llena de belleza y profesionalidad, donde todo el público parecía querer unificar sus esfuerzos para que el ballet siga vivo en los escenarios de nuestro país.

© María del Mar Fernández Fernández, noviembre de 2014.
 
 
Para los no versados en ballet clásico, les invitamos a ver esta maravilla histórica: la perfecta conjunción de dos maestros de la danza, la pareja formada por Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn en un pasaje de El Lago de los Cisnes, esa obra de Tchaikovsky que es referente ineludible cuando se muestra un ballet en cine o televisión:
 
 
 

domingo, 26 de octubre de 2014

De la virtud al caos.


La sala Réplika Teatro, escuela de interpretación, escenifica estos días, bajo la atenta y oportuna dirección del maestro Jaroslaw Bielski, el excelente texto El Profe (1994), original de Jean-Pierre Dopagne, y en una suculenta versión / adaptación de Fernando Gómez Grande.

 
El Profe es un canto elegíaco al oficio de enseñante. Un generoso y retador monólogo de algo más de hora y cuarto, donde un profesor veterano de Literatura –condenado tras una fechoría por el Estado francés a  representarse a sí mismo en los teatros del país—desgrana los entresijos y desesperaciones de una profesión infravalorada, en constante cambio (a peor) y en la que no es posible ni la promoción, ni la remuneración digna, ni el reconocimiento y homenaje al esfuerzo.
“No hace mucho tiempo, Vds. se hubieran levantado al verme entrar”. Así comienza este profe, cuyo título ha extraviado la postrer sílaba con su propia dignidad profesional. Un profe de Educación Secundaria que comenzó ilusionado su andadura, al socaire de los días en que Don Rafael, profesor de Clásicas, abría la clase declamando la Ilíada, y los alumnos escuchaban en silencio. Qué tiempos aquellos en que se tildaba de “Don” al maestro –aún gozosa palabra para la no menos gozosa simiente--, guía espiritual e intelectual de cientos de almas boquiabiertas, apabulladas por la polifonía de la elocuencia, de la desmesura intelectual. Aquellos tiempos en los que, en las villas y pueblos, llevaban la batuta el alcalde, el cura y el maestro, y a quien un pobre labriego destripaterrones admiraba y hacía admirar a sus hijos: “Ahí, tienes al maestro. Una gran profesión. Una profesión de carrera y provecho”.

 
Este profesor –el calificativo mayestático de “maestro” había ya comenzado a perderse—llevaba a sus alumnos al teatro, fuera de las horas lectivas, y conseguía que saborearan los monólogos en verso de Calderón. Después llegó la dolorosa transición del sistema educativo, parejo al de la sociedad en su conjunto. Entonces, a los alumnos les comenzó a importar un pito Calderón y La vida es sueño, y el Profesor se quedó, simplemente, en el Profe. Las clases dejaron de ser espacio de instrucción y aprendizaje para transformarse en cursos acelerados de supervivencia. Los colegios e institutos se convirtieron en rediles o guarderías, donde lo importante no era tanto aprender como sí estar recogidos y a salvo del azaroso mundo de la calle. Bajo este panorama, creció la consigna de ir a soportar a los intrigantes y mezquinos alumnos de la mejor manera posible, que no hay un manual de instrucciones al uso. Pasar el tiempo de clase toreando gamberradas, insultos, desplantes  y demás disquisiciones. “—Profe, ¿se gana mucho como profe? Es que mi hermana está terminando Químicas, y no sabe si dedicarse a investigar o a ser profe (…) Joé, ¿y por esa pasta ridícula nos aguanta usté día tras día? ¡Usté es un bendito, o un pringao, profe!”. Así se desmorona, dinamitada, la moral del educador, condenado a sufrir siempre lo mismo, sin ocasión de promocionar, mes tras mes, año tras año. Así, y escuchando que los dioses egipcios una vez fueron “Isis, Osiris y Clítoris”, o que la alumna descarada del segundo anfiteatro, plantadas las piernas sobre su pupitre, se pinta ufana las uñas de los pies, mientras inquiere del profe la debida aprobación: “--¿Qué pasa, profe? ¡Si no le gusta, mañana me quito las medias y me afeito el chirri!”. A todos los efectos, hacendosa pupila de esa clase de 2º de Bachillerato, calificada modestamente como “complicada”.
Sic Transit Gloria Mundi
Una profesión que se puede asimilar a las labores de pocería, chatarrería y desescombro. En la que el miembro infortunado teme distinguirse a sí mismo como profesor o educador, y prefiere decir, eufemísticamente, que se dedica a trabajos relacionados con la docencia, como el sacerdote se empeña en rescatar almas. Pero nadie va diciendo –con agravio comparativo—que se dedica a sanar, o a pleitear, o a construir oficinas. Un médico es todavía un señor doctor; un abogado, un abogado; un arquitecto, lo mismo… En cambio, un profe es… Eso, solamente un profe.
Maravillosa la interpretación del actor Gabriel Garbisu –también, un excelente profesor… pero de declamación-- en el único papel de esta comedia dramática. Una pieza que conmueve y hace reír, con esas desventuras seguramente testadas por el autor belga, enamorado de la Grecia antigua, de la ópera, músico, intérprete de órgano y de clavecín, adaptador de obras teatrales de Darío Fo al francés. El Profe (L’Enseigneur) recibió el Premio Literario del Consejo de la Comunidad Francesa de Bélgica, y ha sido traducido a diversos idiomas: castellano, catalán, neerlandés, italiano, armenio y búlgaro.
Una obra para reflexionar seriamente y pasarlo bien, muy recomendable.
© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2014.
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"EL PROFE"
de Jean-Pierre Dopagne.
Dirección: Jaroslaw Bielski.
Reparto: Gabriel Garbisu.
Traducción: Fernando Gómez Grande
Producción ejecutiva: Socorro Anadón
Escenografía y vestuario: Réplika Teatro
Iluminación: Jaroslaw Bielski
Producción: Réplika Teatro y Amara Producciones
Estreno: 10 de octubre
Funciones: Viernes 21h., sábados 20h. y domingos 19h.
Réplika Teatro y Amara Producciones llevan a escena el impactante texto del autor belga Jean-Pierre Dopagne, representado con éxito en Francia y señalado por la crítica como una ácida visión del sistema educativo, que conduce a una necesaria reflexión sobre la lucha cotidiana a la que se enfrentan los profesores en las aulas.
Gabriel Garbisu se pone en la piel del Profe para narrar en primera persona la historia de este docente, al que su propia vocación le condena a una tortura diaria, en la que la desmotivación y la violencia acaban provocando su perdición.
Jaroslaw Bielski dirige este lúcido monólogo que aborda, con buenas dosis de ironía, la parte más cruda de la enseñanza y la responsabilidad que recae tanto en quienes la ejercen como en las familias y en el resto de la sociedad.

domingo, 19 de octubre de 2014

No tienen perdón de Dios.


La Fundación Canal presenta estos días, y hasta el 5 de enero de 2015, en su sede de Mateo Inurria 2 (Madrid), una exposición imprescindible: Caminos a la escuela. 18 historias de superación. Antesala de un próximo largometraje documental, que se estrenará en diciembre de este año, es sencillamente ineludible si queremos despertar al mundo, a menudo terrible, en que vivimos. Porque mientras en el Primer Mundo se puede decir que aún vivimos, en muchos otros lugares de la Tierra, solo sobreviven.

 

Y ya es valentía sobrevivir para poder recibir una educación elemental. Más difícil incluso, para asistir a una escuela de enseñanza secundaria. Niños y niñas de padres sin recursos económicos, que acaso estarían obligados a arrimar el hombro en la manutención de su familia, deciden, con la valiente aprobación de sus progenitores, iniciar largas caminatas para acudir a diario a un colegio rudimentario. Saben que si algo les puede librar del SIDA, de la miseria, del hambre, es la educación. Tener una educación –un currículum—aumenta las posibilidades de escapar del hundimiento. Un niño hindú, discapacitado, de apenas ocho años, que quiere ser médico, opina sabiamente: “Llegamos al mundo sin nada, y de él nada podremos llevarnos. Solo nuestra voluntad de educarnos nos puede ayudar en esta vida”. Otro muchachito africano sueña con esforzarse para ser un día piloto de aviación. Él tiene un sueño. Otra niña musulmana quiere estudiar Medicina, para curar a los suyos, que tanto sufren. Una más, hispana, chiquitita, desea ser maestra, para enseñar al que no sabe. Estos niños tal vez no llegarán a realizar su sueño, pero por lo menos conocen hacia dónde caminan. Son conscientes de lo que buscan, de lo que anhelan, de lo que pueden dar a la vida y recibir de ella. “Te voy a dar mi sacrificio, mi esfuerzo, y a lo mejor Tú, Vida…”

Una niña africana vive con su madre en un inmenso asentamiento de chabolas. Hace años que no ve a su padre. Camina sola sorteando zanjas con orines y entre letrinas. Pero va limpia, impecablemente vestida y aseada. Lo mismo un muchacho hindú, que vive en la calle de Calcuta con su familia; también viste con meritoria limpieza. Vivir en la extrema pobreza no significa no tener dignidad. A veces, se tiene, y más que quien vive en la opulencia. Porque con poco se logra mucho: mostrar el alma, el interior de la persona, su clamor por recibir lo justo.
Estos niños, que poco o nada tienen, se ilusionan con el ritual de asistir a una clase. Aunque tengan que recorrer 180 kilómetros de autobús, durante dos horas, como en cierta región de Australia; aunque deban atravesar bosques y sabanas; o bien, tomar transbordadores o canoas entre islas; o bien, como “castigo” por su insolencia de pretender educarse, trabajar las niñas tras el colegio en un taller de costura de Casablanca, para ganarse los 180 dólares USA con que costear su propia educación. Gitanillos desalojados de sus chabolas en la misma región de París, donde está su escuela, que prueban un nuevo itinerario cada mes por el solo placer de volver a verla.


 
Estos son los aventureros de hoy en día. Los últimos Tigres de Mompracen. Si desfallecen, si descuidan por un momento su propósito, estarán traicionando a los suyos y negándose a sí mismos la última oportunidad que les queda.
Nuestros hijos tienen de todo: una casa digna, elementos de ocio, libros de texto, cuadernos, lápices, y buenas mochilas para transportarlos. Tienen a veces su centro escolar a diez minutos de casa, o en una cómoda ruta de apenas veinte. La mayoría –siempre hay excepciones-- no se tiene que preocupar por trabajar después de sus horas lectivas. Comen y duermen bien, y el que no lo hace, es porque se distrae hasta las tantas con el ordenador o la videoconsola. En los recreos, pocos son los que se mueven practicando algún deporte. Muchos prefieren los corrillos, los corralitos de perezosa inactividad, con los móviles encendidos y disparando mensajes y fotografías.
Bastantes de estos chicos sí aprovechan la oportunidad que se les da en esta sociedad discutible, y estudian y titulan, “para ser alguien en la vida”. Otros varios –nunca pocos—van al colegio o al instituto a “calentar el asiento”, y se pasan seis horas todos los días de aburrida contemplación al techo, por la ventana, o al móvil oculto en la mochila, donde habita el olvido. Hay quien de ellos ya tiene claro que no le gusta estudiar, pero que intentará hacerse mecánico o peluquero (profesiones muy necesarias, loables y legítimas en cualquier momento). Bien, por lo menos albergan un objetivo en su corazón. Otros, en cambio, ni siquiera saben si buscan algo, si quieren ser algo, porque todavía no se han encontrado a sí mismos. Estos adolescentes que no tienen iniciativas, y que luego, el día de mañana, quizá exijan a la sociedad lo que ellos no se han ganado, perdidos sempiternamente en su nihilismo, tardarán en reconocer que desaprovecharon lo que un día tuvieron, porque se les ofreció y no lo admitieron. Estos niños perdidos no tienen perdón de Dios. Los adolescentes del Tercer Mundo, o hacen por estudiar, o trabajan. En lo que sea, pero trabajan. Allí no vale un “no”. No vale desperdiciar un grano de arroz. No vale salirse por la tangente con falsas excusas. Empleos denigrantes, humillantes, sangrantes… pero allá no se permite una negativa. Doblar el espinazo, para intentar comer.
 
 La vida de muchos hogares en nuestra sociedad es lamentable y pasa por periodos verdaderamente críticos: hombres y mujeres –padres de familia—sin trabajo, sin subsidio de desempleo, con hijos en edad de emanciparse, y sin poder llegar a ser independientes por la misma ausencia de una oportunidad. Una sociedad capitalista que impone el trabajo esclavo e indignamente remunerado, y que solo ofrece como alternativa el exilio forzoso. Gente joven a puñados, bien preparada en las Universidades, y condenada al ostracismo. Es cierto que nuestra sociedad ofrece bien poco al que bien se forma, pero no es menos cierto que todo auxilio comienza en uno mismo, adoptando aquellas actitudes que mejor nos vayan a favorecer después. Niño del Primer Mundo, muchacho de Madrid, Sevilla o Barcelona, tienes que intentarlo. No te sirve un “no” por respuesta. Si tus padres lo tuvieron difícil, tú, a lo mejor, lo tienes casi imposible. Pero, como decía aquel polémico (y díscolo) teórico del movimiento revolucionario cubano: “Seamos realistas: hagamos lo imposible”. Lo imposible no se logra si al menos no se sueña y se lucha por ello. El camino es largo y tortuoso, lleno de trampas y de alimañas; la noche fría y traicionera, pero has de seguir siempre con firmeza y tesón tu sendero, para llegar a alguna parte. Para ser persona. Siempre para defender tu derecho a ser persona.
© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2014.
Dossier oficial de la exposición "Caminos a la escuela"
Largo camino al cole.

lunes, 22 de septiembre de 2014

La legitimación de las raíces culturales.


El Teatro Español de Madrid representa estos días, y hasta el 19 de octubre, la tragicomedia de Mario Vargas Llosa El loco de los balcones, bajo la dirección de Gustavo Tambascio. Se trata del legítimo empeño de un viejo profesor de arte, Aldo Brunelli, de rescatar del deterioro y de la demolición los balcones históricos de Lima. Balcones que escondieron los tesoros de corazones enamorados, que acogieron conversaciones entre españoles y criollos, entre mucamas y guapas limeñas. Balcones que vieron venir la Historia a caballo, o que despidieron tropas de independencia. Balcones que saludaron a piratas y bandoleros, a Sir Francis Drake y al negro León Escobar. Todo el pasado de Lima desfiló bajo sus balconadas. A mediados de los años cincuenta del siglo XX, la avanzada del progreso decidió hacer tabla rasa y destruir las barriadas más antiguas de la capital, ya convertidos sus otrora señoriales palacetes en tugurios y garitos, censados como cuadras para la peor ralea mestiza de la ciudad. Timbas de borrachos, azaleas orinadas y luciérnagas sin brillo, componen el escenario de esos diablos azules que conjura el joven beodo que increpa a Brunelli en plena revisión de uno de sus balcones añorados.

Brunelli no está solo en su quimérica cruzada: lo acompaña su hija Ileana, fiel devota de su padre. A diferencia de la empresa quijotesca, cuyos fundamentos y cartas de presentación nunca fueron sino pliegos de literatura fantástica, el sueño de este defensor del arte tiene una base real. Las balconadas son historia, son parte del testimonio arquitectónico y social del Perú. Merece la pena, ante el vuelo iracundo de la impía piqueta, rescatarlas, dándoles cobijo. El paciente profesor desmonta los balcones y se los lleva uno a uno a su corrala, donde serán limpiados, desinfectados y restaurados.

Pero no cuenta que, en un redoble de la simpar tragedia de Shakespeare, el hijo de su mayor enemigo engatusa a su hija Ileana y se la lleva consigo. Ileana cuestiona la fidelidad al padre por fuerza de la pasión, cuando se enamora o cree estarlo. No hay devoción familiar que valga si se trata de elegir entre el zoo de cristal y la madre naturaleza; por eso, “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos uno solo”.
Ileana reprocha a su padre Aldo haberla retenido los mejores años de su juventud en pos del ideal salvador. Brunelli, viudo, al contar con el desafecto de su hija única, despierta de golpe de su contumacia y nos regala con una nueva Manderley incendiada: quema su colección de balcones.
Sin embargo, quien ama tanto la cultura, quien se apasiona tanto con su pasado llegado de Europa, no puede menos que rendirse a la evidencia de no poder dejar de ser lo que se es. En compañía del joven vagabundo de los diablos azules, tal vez ganado para la causa cual segundo Sancho, Brunelli, pese a quien pese, moleste a quien moleste, seguirá restaurando balcones.
Frente a él se alza la figura del revolucionario socialista, Teófilo Huamani (Javier Godino): antes que la salvaguarda del arte, está el bienestar de las personas. Terrible dilema: ¿me manifiesto por la causa de los balcones, o me decanto por las necesidades de los hambrientos?  ¿Es legítimo, en épocas de crisis e inestabilidad laboral, defender el culto elitista al arte?
La obra del Nobel peruano incide en la realidad de que un pueblo no puede desconocer sus raíces, no puede olvidar su pasado, oh, escrito en su alma vuestro gesto. Igualmente, nos dice que nadie educado en el amor a los estilos puede abandonar la aventura artística de lo bello. Que es imposible renunciar a lo que se ha amado y venerado tantos años. Los bibliófilos no pueden vivir sin estar rodeados de libros: necesitan verlos, tocarlos, acariciarlos y olerlos. Los coleccionistas de pintura precisan atesorar lienzos y bocetos, acuarelas, carboncillos y óleos. Los numismáticos, monedas. Los filatélicos, sellos. Los entomólogos, insectos. Cada pasión tiene su precio, su lugar y objeto de culto. Desposeer a estos apasionados de su libido sublimada es como quitar al buzo su bombona de oxígeno, o al diestro su muleta. Aldo Brunelli no podrá nunca desconocer el arte de la ebanistería antigua, pasar ante él indiferente, pues lo lleva en las venas. No le pidan que sea otro hombre, o que viva de otra manera de la que le gusta vivir.
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El veterano José Sacristán –en comedido esbozo al arribar a un papel serio-- compone un exacto Aldo Brunelli. Los incondicionales del actor –cálidos y cariñosos mitómanos de los que se paga el teatro-- aplauden sonoramente al concluir el drama. Siempre quedarán patentes sus atisbos de maestría en la favorita de todos, el cómico quimérico de El viaje a ninguna parte (1986), la sublime película de Fernán Gómez. “Para mí –ha confesado Sacristán—esa película no es un trabajo más, es algo que me toca muy dentro”. Pero hay que destacar, también, otro esfuerzo inconmensurable del actor: Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978), la doble vida de Lluis de Serracant, como abogado y travesti de cabaret, ambos con su prestigio.
La obra de Vargas Llosa está basada en hechos reales, vividos en Lima por el propio autor, hacia 1959. Al parecer se inspiró en el personaje veraz de un profesor de Historia del Arte de la Universidad de San Marcos, el florentino Bruno Roselli, quien intentó movilizar, sin éxito, a los limeños en defensa de sus balcones. Algunos sucumbieron, pero otros quedaron. Lima, si bien es un concierto barroco de iglesias y conventos, posee balconadas que, en efecto, junto con sus ventanas enrejadas, son de sus mejores joyas, como la grande esquinera de la Casa del Oidor, o los balcones de la Casa de Larriva, o los dos espléndidos mudéjares con celosías del Palacio de Torre Tagle.

Del reparto merecen reseñarse las eficaces composiciones de Juan Antonio Lumbreras –entrañable vagabundo alcohólico—y Alberto Frías (Panchín). Candela Serrat (Ileana) estiliza una señorita limeña de alcurnia que se deja seducir por los embelecos del caché arquitectónico, primero del pasado, y después del novedoso presente. Blando y muy perdido por la escena anda, sin embargo, Fernando Soto (Ingeniero Cánepa). Meritorio, Emilio Gavira (Dr. Asdrúbal Quijano). Cumplidor, Carlos Serrano (Diego).
Esta tragicomedia deja un regusto de cálida y acogedora nostalgia en el espectador. Recomendable para todos los amantes de la Cultura, del pasado histórico y del patrimonio artístico.
Programa de mano_El loco de los balcones

Bruno Roselli, el quijote del balcón.

lunes, 30 de junio de 2014

Catalina Tejada, el manantial que quiere oír su voz.


Odontóloga de formación (y espera que, también, de profesión), Catalina Tejada tiene muchos valores ocultos. Es una poetisa peculiar, muy personal, disforme y renovadora en su uniformidad, que canta siempre el mismo verso, pero con distinta agua. Compone cuadernos de poesía que de vez en cuando, tímidamente, deja atisbar a los amigos en algún recital. Enamorada del cine, de ese eterno clasicismo antiguo y moderno, también ha escrito alguna pequeña crítica y formado varios álbumes de recortes y singularidades relacionadas con ese mundillo del Séptimo Arte. Es una mujer muy culta, de conversación despierta, agradable e inteligente, que sabe siempre hacia dónde camina.

 
Pero Catalina ha nacido, además, con una voz prodigiosa que ha sabido cuidar y educar con acierto. Integrante del Coro Villa de Las Rozas –uno de los más meritorios de España--, se ha asociado a su amigo Fredi –guitarrista y vocalista—para lanzarse al ruedo de la música ligera en concierto: blues, jazz, boleros… Un tono cálido, suave, comedido, inspirado. Una balada permanente, mas nunca monótona ni monócroma. Una vibración mágica, de enredadera, de las que apetece seguir escuchando en todo momento, porque posee ese sabor a ti, Cata, tan ingrávido y gentil, a la vez quieto y en marcha.
El pasado sábado, 10 de mayo de 2014, Cata y Fredi ofrecieron un concierto, casi inaugural para ellos, en la acogedora sala Segundo Jazz Club (C/ Comandante Zorita, 8, 28020 Madrid). Más de hora y media de gozosa y pasmosa entrega en directo, que incorporaba temas de Pasión Vega (la “otra pasión” particular de esta artista novel), Armando Manzanero, Joan Manuel Serrat, Toni Zenet, Paul Simon, Beyoncé, Avril Lavigne, Anna Kendrick, Brewer y Shipley, y otros afamados astros de la canción. Canción hispana, música ligera, zamba, bolero, blues, nada desperdiga esta joven promesa madrileña, quien ojalá tenga suerte en este proceloso océano rítmico.
Nosotros la animamos a persistir, si es preciso hasta que el viento del desierto barra todas las dunas del Sahara y las mude de estado y de sitio.
Catalina Tejada es el manantial que quiere oír su voz. Démonos todos ese capricho imperecedero.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2014.
 
 
 

domingo, 25 de mayo de 2014

San Damián, en resumidas cuentas.


Publicaba yo en este blog, el 15 de abril del corriente, unas reflexiones sobre el poema que le dedicó Leopoldo Mª Panero al P. Damián, el santo de Molokai

 
El descubrimiento del texto poético se debió a una confidencia de mi buen amigo y maestro Francisco Salvador Martínez. Hace unos días, me ha hecho llegar sus puntualizaciones a mi lectura interpretativa del poema de Panero, que voy a reproducir y a valorar seguidamente:
“Leo, querido Antonio, a la vuelta de unos pocos días por Ágreda, Tarazona y Tudela, otro de tus excelentes trabajos, en este caso un generoso y espléndido estudio dedicado al poema de Panero en torno al Padre Damián, y no quiero dejar de hacer unas mínimas contribuciones a tu análisis.
El poema, sin duda, recoge contenidos religiosos clásicos de los Salmos, de la liturgia de las Horas y puede que del libro de Job, tomados -como bien analizas- no de una formación escolar de esa índole, que el poeta no tuvo, sino quizá de un mundo de lecturas personales, múltiples y diversas (no andan lejos, por cierto, los poemas del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, con sus dramáticas interpelaciones al fiero Dios bíblico de los silencios), e incluso de posibles celebraciones religiosas a las que asistiría en el psiquiátrico de Mondragón (podría corroborarlo el estupendo rastreo que haces de la figura del tal vez hermano corazonista Javier Cuesta).


Dentro de esas lecturas que actúan como fuentes indirectas, creo que también hay unos paralelos formales obvios con las Letanías de Satán de Baudelaire. Veo muy próximos el ¡ten piedad de mí! y el ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Panero reflejaría de ese modo el malditismo al que fue tan dado en la totalidad de su obra. Por otra parte, de lo que no tengo ninguna duda es que en el poema late un auténtico y profundo sentimiento religioso. Panero escribe un texto dedicado a un hombre de fe (el hermano Cuesta) y lo hace no desde la oración del ateo unamuniano, sino desde la simpatía que en él evoca el Damián de Molokai del fraile, un Damián por fin santo en nuestros días tras numerosas dilaciones y “reseteados” en la maquinaria vaticana. Pero Panero es un poeta, un artista, un creador, e “inventa” y recrea con gran acierto y desde el dolor la figura humana del santo que duda y sufre (como también Jesús en los Olivos).
Y se trata de un dolor extremo en el tono y expresionista en el léxico elegido (rey de los gusanos, labio destrozado, baba de los días, muñón, cae al suelo mi carne…). Ya te conté, Antonio, cómo ese poema leído hace años en una graduación de alumnos –momento de elección desafortunada por mi parte, sin la más mínima duda- concitó reacciones enfrentadas en el auditorio, y, sin duda, con predominio de las sensaciones incómodas en personas muy diferentes. No gusta que te muestren en esos momentos de debilidad y flaqueza a una figura tan reconocida y señalada (y eso a pesar de estar convencido todavía hoy de que muy pocos tenían idea de quién era y qué había detrás de su autor).

 
 
Y es dentro de ese contexto de sufrimiento del santo belga donde creo que hay que hacer una mínima matización a tu luminoso análisis. Interpretas el verso yo que ni hijos ni mujer merezco como suprema aceptación del celibato por parte de quien está consagrado al Señor. Pienso, por contra, que Panero acierta ahí plenamente al expresar una queja velada pero contundente de ese mismo celibato forzado. Desde hace tiempo, las biografías menos hagiográficas y piadosas, pero sí rigurosas, venían mostrando la existencia de una relación sólida y marital de Damián en Molokai. Era ese un aspecto que incomodaba a los sectores más tradicionales de la propia congregación de los SSCC y pugnaban por ocultarlo y rechazarlo como si esa flaqueza fuera un estigma que anulaba lo más importante y trascendental de su obra en la isla. Aún recuerdo a principios de los noventa una discusión en el colegio en unas charlas a profesores con motivo de la presentación de una de esas biografías y el deseo institucional de minimizar tales episodios indeseados. Por todo eso, yo vería resignación obligada y asumida en ese magnífico Tú que eres mi mujer y mis hijos, pues otra cosa no podría aceptarse en la católica y eclesiásticamente célibe Europa del momento. ¡Cuánto me recuerda, por cierto, este episodio al mucho más reciente de la vida del padre Vicente Ferrer en la India!
En fin, querido Antonio, mi enhorabuena y mi admiración por tus siempre sobresalientes trabajos. Pero por encima de ellas, siempre el mayor de los cariños.”
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Razón tiene mi gran colega y amigo al resaltar el “malditismo” tan cercano a Leopoldo Mª Panero y su vinculación con Baudelaire. En particular, con las “Letanías de Satán”, donde se menciona a los leprosos, que dicen:
“Oh tú, el más sabio y bello de los Ángeles,
Dios traicionado por la muerte y privado de alabanzas,
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!
(…) Tú que, hasta a los leprosos y a los parias malditos,
enseñas mediante el amor el sabor del Paraíso,
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!
Oh tú, que de la Muerte, esa amante vieja y poderosa,
engendras la Esperanza --¡esa adorable loca!—
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!”
Los primeros versos de Panero:
“Oh Señor Jesús, pues la lepra me consume
¡ten piedad de mí!
Señor de los leprosos y rey de los gusanos
ya que tengo el labio destrozado
y el brazo convertido en muñón
y la baba de los días quema mi esperanza
¡ten piedad de mí!
Fijémonos en que Baudelaire atribuye a Satán el poder consolador del amor, de la misericordia por la que son redimidos los parias y los leprosos, llevándoles a saborear, engañosamente,  las dulces puertas del Edén celestial.


Que es, así mismo, Satán quien trae a este valle de lágrimas la Esperanza, esa engañosa hada madrina a la quedaban abocados los prisioneros de Auschwitz (“Quien quiere vivir, está condenado a la esperanza”, dictaminó cierto superviviente). Satán es un espíritu burlón y sarcástico, a veces aposentador del Inquilino del Cielo. Es más, por la doctrina del doble, tan cara al siglo XIX, Satán y Dios comparten –para Baudelaire—la misma magnificencia. No otro es el milagro del dualismo: “¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas/ del Cielo, donde reinas, y en las profundidades/ del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!”
Para un crápula como Baudelaire nada había de más maravilloso atractivo que la gruesa capa de una noche sin luna ni luceros: la taberna, los beodos, los peregrinos sin techo, los jugadores, las enrabietadas prostitutas y sus chulos: “Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;/ no hay una fibra en todo mi cuerpo tembloroso/ que no grite: ¡Oh, mi querido Belcebú, yo te adoro!” Satán – Belcebú, olímpico triunfador, a través del vicio y del pecado, de la gala nocturna. Y sin embargo, tal encomio y reverencia se pagan caros, pues el vate maldito sufre una larga y fría oscuridad más larga y extrema que la del Ártico, bajo ese cruel “sol de hielo”, en ese áspero remedo del Salmo 130: “De profundis clamavi”: “Yo imploro tu piedad, Tú, la única que amo [¿la Muerte?],/ desde el fondo del abismo oscuro donde mi corazón ha caído./ Es un universo triste de horizonte plomizo,/ donde en la noche flotan el horror y la blasfemia”.
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Pero dejemos Las flores del mal y volvamos al santo homenajeado por Panero. Nada había de mundano o libidinoso en Damián de Veuster, un hombre que consagró su vida –y su muerte—a los leprosos. Hay que separar el personaje histórico de su recreación literaria, que no literal.
Porque Baudelaire, a Damián, le traía al fresco.
A veces pensamos en complicadas alternativas "extraoficiales", cuando en realidad lo más sencillo es lo que pasó.
El P. Damián se distinguió por una triple elección: 1°. Por ser sacerdote; 2°. Por ser misionero; 3°. Por sacrificar su vida al servicio de una causa.


Es como si hoy, un cura se marcha a cuidar a enfermos de Ébola. Probablemente, moriría a las pocas semanas, o incluso días.
Damián ya decía, antes de enfermar: "Nosotros los leprosos". Él era plenamente consciente de lo que escogió. En alguien tan decidido no hay lugar para una mujer ni una familia. Los leprosos fueron su familia. "Vosotros sois mi madre y mis hermanos".


Como Jesús, se hizo uno de nosotros. Abrazó el destino de aquellas personas, como Cristo la carnalidad humana.
Pocas veces, muy pocas, se ve una vocación tan grande, pues Damián dio su vida por sus semejantes, tal y como, verdaderamente, nos pidió Jesús en el Evangelio. "Aquel que dé su vida por mí, no la perderá, sino que vivirá para siempre". Al fin y al cabo, por un Misterio que se nos desvelará algún día, Él hizo lo mismo por nosotros.
Cuando San Pedro regresa a Roma para acompañar a los perseguidos por Nerón, en ese momento, ha perdido su miedo, porque ha comprendido. Ha comprendido que, en realidad, huía de quien nada se debe temer: el propio Jesucristo. Es Jesucristo el que le espera en Roma, no Nerón. Y de Jesucristo no cabe esperar ningún mal. Eso es lo que entiende también Damián de Veuster cuando se dirige a Molokai. La acción que exige la Fe del cristiano. “Post tenebras, spero lucem”.
Un mártir por la fe y por su servicio a los demás consagra toda su vida y su ser a Dios. Impensable sería que Damián pidiera a alguien humano y carnal para sustituir a ese "Tú". El Tú mayúsculo de Jesús lo es todo. "Tú eres mi mujer y mis hijos": es una forma de decir "nada preciso fuera de ti". El tono es el de un creyente que se ofrece por entero a Dios, aun cuando ese Dios fuera también un enfermo de lepra. No podemos pensar que Leopoldo María creara un salmo de fe y una imprecación irreverente a un tiempo. Se pone en la piel de un sacrificado que se dirige a Dios para hablar de su estado, sin especial alegría, pero tampoco con rencor. Es un alma sufriente, dolorida, mortificada por la enfermedad. Es un santo humano, en su completa dimensión, alejado de cualquier exaltación hagiográfica. Un santo de carne y hueso.
¿Creía Panero en la trascendencia de tal sacrificio? Probablemente no, ya que en otro poema asimila a Damián con la Nada.
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Así pues, aun estando estéticamente cerca Leopoldo María de las letanías de Baudelaire, el sentido que hay que buscar en el sacrificio del P. Damián es solo una imitación de las espinas y la Pasión de Jesucristo. Doloroso Compromiso tempranamente asumido en alguien que dejó atrás unas tierras y un hogar para encontrar una respuesta eterna y trascendente a su vida.
No obstante, doy ahora mis más sinceras gracias a mi buen amigo Francisco Salvador por sus valiosas y experimentadas observaciones.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2014.