“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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viernes, 29 de junio de 2012

El caso JFK.

No soy norteamericano, pero desde que era un adolescente me he sentido intrigado por el asesinato, en la Plaza Dealey de Dallas (Texas), de John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos. Fue un viernes, 22 de noviembre de 1963, a las doce y media del mediodía, treinta y cuatro meses después de su elección. Lo recuerdo muy bien, porque yo no había nacido aún.

Fue a raíz de un excepcional reportaje que publicó El País, en su suplemento del domingo. Entonces, en los años ochenta, El País (y todos los demás periódicos) publicaban buenos trabajos de investigación. En este se incluían fotos del cadáver del presidente, así como radiografías de su cráneo agujereado, que eran inéditas en España. Era impresionante.

Después llegaron algunos documentales de televisión, con las diversas tesis sobre la conspiración, ejemplificada muy eficazmente por un largometraje de ficción, Acción ejecutiva (Executive Action, David Miller, 1973), interpretada por Burt Lancaster, con guion de Dalton Trumbo, sobre una novela de Mark Lane, que especulaba con la teoría del “fuego cruzado”, efectuado desde tres ángulos por tiradores expertos y distintos. En 1977, ¿Quién mató a J.F. Kennedy? volvió a plantearse algunos puntos oscuros en la investigación, jugando con la ucronía de que Lee Oswald no fuese asesinado y en su juicio revelara misterios no aclarados. Y por fin, en 1991, llegó una película de montaje verdaderamente impactante, JFK. Caso abierto, de Oliver Stone, quien había deslumbrado a medio mundo con su testimonio de la guerra de Vietnam en Platoon. Según esta cinta, inconmensurable ejercicio de estilo narrativo, el presidente fue abatido por varios tiradores entrenados por la CIA y los anticastristas cubanos. Más o menos, la tesis que a finales de los sesenta defendía el fiscal jefe de Nueva Orleans, James Garrison. Una tesis rechazada en un juicio. Stone criticaba la “bala mágica” o “bala prístina”, que atravesó los cuerpos de Kennedy y del gobernador Connally, cambiando varias veces de dirección y no saliendo deformada. Jesús Hermida, que vivió muchos años en Norteamérica como corresponsal de TVE, recuerda al verdadero Jim Garrison como “un abogado provinciano con mucho bar y poltrona”. Su hipótesis sobre el magnicidio no llenó, según Hermida, las primeras páginas de los periódicos de aquel país, sino solo escuetas líneas en el interior, tratada así “más como una rareza que como un notición”.

Si uno ve JFK se cree a pies juntillas lo que Stone ofrece ampliado, simulando imágenes reales y mostrando detalles que nunca existieron a ciencia cierta. Es una ficción muy bien realizada, que convence si uno no es crítico con lo primero que oye y ve.

En noviembre de 2013, se cumplirán 50 años de la muerte violenta de John Kennedy.

Ahora el Canal de Historia ofrece la posibilidad, en cuatro capítulos de cincuenta minutos cada uno, de acercarse a lo verdaderamente vivido en Dallas y en EE.UU. durante las cuarenta y ocho horas posteriores al atentado. El documental se titula JFK: tres disparos que cambiaron América (JFK: Three Shots That Changed America) y fue producido y dirigido en 2009 por Nicole Rittenmeyer y Seth Skundrick para New Animal Productions y A & E Televisión Networks. No hay ninguna voz en off que narre lo vivido: únicamente las imágenes de varias cadenas y programas de televisión tal cuales, algunas en blanco y negro y otras en color, alternando diferentes ángulos de una misma escena. Los comentarios son los mismos originales de entonces, y no han sido alterados o sustituidos en ningún caso. De este modo, cada espectador, sin ser guiado, puede sacar sus propias conclusiones.

Kennedy llegó a Dallas en el Air Force One desde Fort Worth, donde había pronunciado una charla en la Cámara de Comercio. En ese acto le regalaron un típico sombrero tejano, que no quiso probarse en público. Su discurso, al hallarse en Texas, fue marcadamente “político”, furibundamente anticomunista y conservador. Su esposa ya lucía el famoso vestido de lana rosa con el sombrerito haciendo juego. El vuelo a Dallas apenas duró once minutos. Al descender del avión, cada uno –Kennedy y Jackie, Connally y su señora, Nellie—ocuparon plaza en el automóvil descubierto e iniciaron su recorrido por las calles de la ciudad. Se dirigían a un centro comercial, donde el presidente tenía que pronunciar un breve discurso. El coche iba muy despacio, a unos quince kilómetros por hora. En la plaza Dealey avanza por la calle Houston, en la cual está la central de policía donde luego llevarían a Oswald detenido. Gira por la calle Elm, y pasa junto al almacén de libros escolares. Justo al dejarlo atrás comienza el tiroteo.  La película Zapruder, no muy bien ofrecida, por cierto, en este documental, muestra a Kennedy herido en el cuello, a Connally girándose hacia él para ver qué ha ocurrido, al mismo gobernador desplomando su espalda sobre su esposa al recibir un disparo y, finalmente, el parietal derecho del presidente estallando y mostrando un trozo de cerebro colgante en lo que parece un impacto de bala frontal o lateral. La cabeza de Kennedy va hacia atrás y cae hacia la izquierda, hacia el lado de Jackie. Aunque parece una herida voluminosa de entrada, también podría ser de salida, viniendo el proyectil desde atrás. En este punto, los expertos no coinciden. Según los médicos que exploraron el cuerpo de Kennedy en el Hospital Parkland de Dallas, la herida del cerebro era de entrada y no de salida, lo que señalaría a un tirador oculto tras la famosa verja del montículo verde. Sin embargo, en el Hospital Naval de Bethesda, donde se practicó la autopsia al cadáver, se anotó que era de salida, y que el disparo había venido desde atrás.

La primera bala, que hiere a Kennedy, no puede alcanzar a Connally, porque este todavía sujeta su sombrero y no presenta síntomas de dolor. Sin embargo unos instantes después, Connally se escurre de su asiento, perdemos de vista su sombrero y su cara se contrae. Ha sido herido por una segunda bala. La tercera y última bala vuelve a impactar en el presidente, volándole la cabeza. He aquí cómo lo describe William Manchester, uno de los primeros y más exhaustivos cronistas del magnicidio: "El Lincoln continúa perdiendo velocidad. Su interior es un lugar terrible. La última bala ha penetrado en el cerebelo de John Kennedy, debajo del cerebro. Inclinándose hacia su marido, Jacqueline Kennedy ha visto saltar un fragmento del cráneo, de color carne y no blanco" [v. La muerte de un presidente, Madrid, Globus, 1994 --1ª ed. Ed. Noguer, 1967--, vol. I, pág. 198]. Es decir, lo que se ve que estalla es el cerebelo, porque la bala viene desde atrás. Hacían falta 2,3 segundos para manejar el cerrojo del fusil utilizado en el crimen. Y el criminal pudo realizar tres disparos en menos de seis segundos: para el primero ya tenía el arma cargada, luego no hubo demora;  primer tiro, pasan 2,3 segundos; segundo disparo, otros 2,3 segundos y tercer balazo. En total, 4,6 segundos [v. op. cit., vol. I, pág. 192]. El primer impacto es certero, porque el asesino ha podido tomarse tiempo para buscar el blanco en la mira. Es el que hiere a Kennedy en el cuello, a la altura del nudo de la corbata. El segundo tiro, sin embargo, después de recargar el rifle, no acierta. Pudo haber nerviosismo en el tirador, que esta vez yerra y solo hiere a Connally. El tercer disparo resulta definitivo y es el que destroza la cabeza del presidente, desde atrás, por el cerebelo, levantando medio cuero cabelludo y fragmentos considerables de cráneo.

Kennedy es declarado muerto a la una de la tarde. Dos sacerdotes católicos comunican a los medios que el mandatario ha fallecido en el momento de darle la extremaunción. Media hora después, a las 13:30, la muerte se comunica oficialmente.

Lo que se ve en la película Zapruder es la lectura que el FBI hizo el 9 de diciembre de 1963, diecisiete días después del atentado: solo tres disparos: uno hiere a Kennnedy, otro al gobernador Connally, y el tercero y fatal remata al presidente. En septiembre de 1964, una comisión oficial, llamada Comisión Warren, concluye que Lee Harvey Oswald fue el único autor intelectual y material del crimen. Sin embargo, a poco de tomar posesión Lyndon B. Johnson como 36º presidente, el todopoderoso director del FBI, Edgar Hoover, declarado enemigo del clan Kennedy, lo llamó por teléfono; ambos convinieron que a nadie interesaba una investigación en profundidad del magnicidio en esos momentos. Años más tarde, Lyndon Johnson declaró en una entrevista que creía en la posibilidad de una conspiración en el asesinato de Kennedy.

Lee Oswald es arrestado hora y media después de cometido el crimen. Trabajaba en el almacén de libros, del cual le vieron salir antes de que este fuera registrado por la policía de Dallas. Su descripción fue leída por la radio de los coches y motos patrulla. Un agente del orden, J. D. Tippit, lo reconoce como potencial sospechoso y le da el alto, con tan mala suerte que recibe un tiro de revólver por parte de Oswald. Un transeúnte atiende al herido y avisa por radio a la central. Oswald se mete en un cine, a ver la película bélica Más allá de las lágrimas (1955). Allí es neutralizado y conducido a comisaría.
A las pocas horas, las cadenas de televisión ya tienen una completa biografía con las actividades del supuesto magnicida: exmarine, procastrista, se le vio repartiendo propaganda en favor de Cuba. Anteriormente, estuvo en la Unión Soviética, donde llegó a solicitar la ciudadanía rusa (de hecho, su mujer era soviética). Tanto el rifle militar italiano como la pistola con que se disparó al agente Tippit eran suyos. Ambos estaban a su nombre.

Transgrediendo las más elementales medidas de seguridad, la policía de Dallas permitió que una treintena de periodistas se agolpara en el pasillo donde se tenía detenido a Oswald. Cada vez que era trasladado de despacho, era también interrogado por la prensa. Se quejaba una y otra vez de no disponer de asistencia letrada. Además, un agente le había abierto una ceja.
Cuando el domingo, 24 de noviembre, iba a ser trasladado a la prisión del condado, en el garaje de la comisaría central de Dallas, donde le esperaba un furgón blindado, Oswald recibió un tiro de Jack Ruby, propietario de un local de variedades. Ruby se abalanzó sobre Oswald tras gritar su apellido y disparó. El herido fue llevado al hospital en ambulancia, pero falleció mientras era operado. Evidentemente, había mucho policía en ese garaje, pero también gente que no había sido controlada, y que no debía estar allí. De hecho, hay fotografías previas a la rueda de reconocimiento de Oswald donde se ve a Jack Ruby, en una esquina y encaramado. Es decir, Ruby frecuentó la sede de la policía de Dallas desde el mismo momento de la detención de Oswald. Además hay artistas de su local que afirman haber visto a Oswald entre las mesas del público días antes del atentado contra Kennedy. Es decir, Oswald y Ruby podían conocerse. Para complicar más las cosas, Jack Ruby trabajaba para el cuáquero Richard Nixon, quien había sido rival republicano de John Kennedy en las últimas elecciones. Nixon perdió frente a Kennedy por un muy estrecho margen de votos, que se dice había sido conseguido gracias a la intervención de clanes mafiosos de Nueva York. Ruby alegó que vio en Oswald a un engreído con afán de protagonismo, cruelmente insensible al dolor de una familia americana. Por eso, según él, decidió matarlo sin esperar a juicio.
Jack Ruby intentó suicidarse por dos veces en la cárcel de Dallas, una golpeándose la cabeza contra los barrotes, y otra metiendo los dedos en un enchufe. Fue juzgado y condenado a muerte. Pero no llegó a su ejecución, porque el juicio fue anulado y luego condenado por homicidio, no por asesinato. Ruby falleció en la cárcel de cáncer el 3 de enero de 1967.


Los Kennedy no eran unos santos. Joseph Kennedy, el patriarca, había hecho fortuna en los años veinte y treinta con la Ley Seca y el contrabando de licor. Se le relacionaba con mujeres del mundo del espectáculo, en especial, con actrices de cine, un hábito que luego heredarán sus hijos (tanto John Fitzgerald como Robert, Fiscal General en 1963). Pero los Kennedy, muy queridos y reverenciados por la masa, eran católicos, en un país de mayoría protestante. Estaban a favor de los derechos civiles de la etnia de color, y eran contrarios a una enemistad permanente con el bloque soviético. John paró por dos veces una ofensiva militar contra Cuba, alegando que el diálogo y la presión comercial eran mejores que una escalada bélica de impredecibles proporciones. Los anticastristas olvidados en Bahía Cochinos no le perdonaron nunca su taimada actuación.

A las pocas horas del magnicidio, los principales analistas televisivos dudaban de que un solo hombre hubiera podido matar al presidente de Estados Unidos. El recorrido estaba muy vigilado por cientos de policías y agentes especiales. Oswald nunca habría conseguido alcanzar el objetivo solo. Tendría que haber contado con ayuda. Por su parte, Abraham Zapruder, un próspero comerciante textil de Dallas –nombre y hombre judíos—fue entrevistado en un canal de televisión y declaró entonces haber sacado fotos –no película—del momento del atentado. Su filme, en color, mudo y en 16 mm, no fue dado a conocer a la opinión pública hasta mediada la década de 1970. La revista Life se lo había comprado y lo mantuvo oculto en una caja fuerte.

En 1978, una nueva investigación del Congreso determinó que tanto el asesinato de John F. Kennedy, como los de su hermano Robert F. Kennedy y el pastor Martin Luther King, fueron consecuencia probable de tramas conspirativas. Recordemos que Luther King recibió un disparo de rifle en la terraza de un hotel de Memphis, el 4 de abril de 1968, y que Robert Kennedy, candidato a la presidencia, fue tiroteado en un hotel de Los Ángeles el 5 de junio del mismo año. Gran parte de los documentos, testimonios y pruebas del atentado contra John F. Kennedy permanecen clasificados como secretos, y no podrán ser desvelados hasta el año 2029.

Varios de los testigos del magnicidio han muerto ya. Hubo personas que declararon escuchar disparos que procedían de la valla en el montículo de hierba. Incluso que vieron nubecitas de humo saliendo de allí. El mismo Zapruder dijo haber sentido una bala rozándole la oreja. Pero lo que de cierto se ve en su película documental coincide con la tesis del FBI y de la Comisión Warren de un único tirador apostado a la espalda del presidente asesinado. Si fue Oswald o no quien apretó el gatillo, o lo hizo a instancias de terceros, probablemente no lo sepamos nunca.

domingo, 10 de junio de 2012

El valor de Facebook.


El mundo mercantilista en el que vivimos tiende a valorarlo todo en términos de dinero. Una idea empresarial exitosa vale lo que su valor en Bolsa. Facebook, sin embargo, es un proyecto sociológico y cultural, que sirve para enlazar personas, y que no está orientado a la venta de productos. El mayor atractivo crematístico de esta compañía reside en su portentoso banco de datos: nombres, apellidos, fotos, gustos, aficiones, valoraciones culturales, opiniones, enlaces… Se calcula que 83 millones de imágenes se suben a Facebook diariamente en todo el mundo. Mil millones de personas se conectan a sus páginas. Cuando alguien se suscribe a Facebook, autoriza automáticamente que cualquier cosa que publique en su espacio pueda ser utilizado después en beneficio de la firma. Tanto es así que el mismo presidente Obama ha advertido: “Tengan cuidado con lo que suben a Facebook”.
Hace poco Facebook ha salido a Bolsa. El precio de salida era de 38 dólares por acción. Los analistas estimaban que era excesivo, pues con ello superaba en sesenta veces su previsión de beneficios anuales próximos. No aconsejaban pasar la barrera de 32 dólares por título, fijándose un precio ideal de 28 dólares. Al principio, la puja fue bien, y se llegaron a pagar 42 dólares por acción. Pero poco después, los inversores comenzaron a deshacerse de sus compras, y las acciones cayeron. Parece ser que Mark Zuckerberg, el fundador, vendió treinta millones de títulos justo antes del desplome. Evidentemente, se ha jugado con Facebook para especular, hacer rápidamente dinero, y luego desaparecer, abandonando a la compañía a su suerte.
Al margen de esta oscura trama, que seguramente haya que aclarar, pues muchos pequeños inversores han resultado salpicados por el fiasco, debemos preguntarnos cuál es el valor real de Facebook.
Facebook –y en general, Internet—sirve para conectar a personas. Para facilitar la comunicación entre individuos distantes, que no se ven a menudo, en el trabajo, en un bar, o en una fiesta. Para compartir opiniones sobre los más diversos aspectos de la realidad, para intercambiar ideas y observaciones, para informar, para compartir gustos y aficiones, para motivar, para socializar hasta cierto punto. Se puede decir que Facebook cumple una labor social gratuita (puesto que no cobra por sus servicios). Del mismo modo, otros espacios, como Blogger, cumplen con un objetivo cultural: facilitan la publicación de textos inéditos de sus autores, dando también a conocer a estos.

¿Facebook significa tener que estar conectado? No, necesariamente. Hay que hacer un uso responsable de sus servicios. Como tampoco se puede estar todo el día enganchado a la televisión, al vídeojuego, o al MP3. No conviene sustituir los enlaces de Internet por las verdaderas relaciones humanas entre personas. Por el “tú a tú” de toda la vida, y mucho menos entre los jóvenes y los adolescentes. En EE.UU., la compañía de Zuckerberg se plantea sacar una versión junior, para menores de doce años. Esto sería una barbaridad: los niños son niños, y tienen que jugar y socializar en el colegio, en los parques y en las casas, no a través del ordenador. Es en cierto modo comprensible que el mundo adulto, tiranizado por horarios y por responsabilidades de trabajo y de productividad mastodónticos, busque como salida o alternativa “conectar” por medio de la red. No hay tiempo libre suficiente para verse, para charlar tranquilamente; la gente se agobia con las prisas impuestas, con las exigencias de sus jefes, con la movilidad laboral y el salario exiguo. Se vive sin vivir. La “solución” es el ordenador, y sitios de enlace humano virtual como Facebook.
Hay quien opina que el ocio, en Internet, es el paraíso de los diletantes y de los desocupados. Yo, personalmente, no vivo conectado a Facebook. No soy adicto a sus muros. Consulto de pasada su página de Inicio, leo alguna opinión interesante, y respondo a quien me haya escrito. Pero no sigo las publicaciones de sus usuarios de manera fiel y en su desarrollo cronológico diario. Me interesa Facebook en la medida en que me pueda dar a conocer a personas afines, y también para publicitar lo publicado en mis blogs (y que así su contenido alcance mayor difusión).
Facebook es otra ventana al mundo, pero no la única. Como tampoco lo fue la prensa escrita durante el siglo XIX, el cinematógrafo y la radiodifusión en la 1ª mitad del XX, o la televisión a partir de 1950. Todavía quedaba la habitación propia, el espacio privado, la unidad familiar o la soledad. Hoy siguen quedando los actos de amor, los abrazos y besos a la novia, o a la esposa y los hijos, los diálogos en familia, unas risas, las tareas escolares, los juegos de mesa, el deporte compartido, los recuerdos de los abuelos, el cine en casa o en la sala de proyección, las reuniones con los amigos, la lectura en vacaciones o en el Metro, una escapada al campo… Desde luego, quien cambie todo eso por estar conectado a Facebook, no sabe lo que se pierde. Es como quien lee mucho sin acertar a hacer nada más. Se olvidará de vivir: De tanto querer ser en todo el primero/ me olvidé de vivir los detalles pequeños”. Desde luego, no podemos asentir, como Balzac: “Una noche de amor, un libro menos leído”. Cada cosa a su tiempo. Hay que despertar como Alonso Quijano, que, aunque muy tarde, aprendió cómo era la vida de verdad a cuento de caerse de Rocinante. ¿Y después de Facebook, qué? Aún llegarán otros paraguas.

sábado, 2 de junio de 2012

Alarmante es la palabra revolución.


España 2012: un país de oligarcas. La oligarquía, supuestamente, es el gobierno de los mejores, de los aristócratas del mando. Ellos deberían velar por el interés de todos. Pero aquí solo se lo llevan. Entre pillos anda el juego. En realidad, nada separa esta España de la del siglo XIX, con el turno pacífico de partidos y una política de apaños.
"Oligarquía", en la primera acepción del DRAE (22ª ed., 2001), es el "gobierno de pocos", y en su tercera acepción, es, ciertamente, "conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio".
Agua clara.
UPyD acaba de proponer en el Ayuntamiento de Madrid la bajada de un módico 10% (¡no vayamos a pasarnos!) en el sueldo de los señores concejales (93.828 eurillos anuales, 15.643 por encima del Presidente del Gobierno). Naturalmente, a palabras necias, oídos sordos.
Por otra parte, para arreglar el panorama, 97.091 millones de euros de inversores extranjeros se van para la Barranquilla. Solo en el primer trimestre de este año. Y eso que tenemos un gobierno neoliberal.
Pero esto no es todo, amigos; aún hay más: los nacionales con posibles están cambiando euros por dólares todos los meses, en pequeñas cantidades que no superen los dos mil o tres mil euros, con la excusa de un viaje a EE.UU., para llevárselos a casa en previsión de una vuelta a la peseta. Otros acaudalados se van a Perpiñán, no para gozar de Emmanuelle precisamente, sino para evadir capital abriendo una cuenta en Francia o en Suiza.

Si viviera Galdós, vería con sus ojillos ciegos qué poco ha cambiado este país. Cierra su quinta serie de Episodios nacionales con Cánovas, y en su postrer capítulo escribe este vaticinio triste sobre nuestro eterno presente:
“Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia.

»Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro... me duermo...”.

Galdós, sin lugar a dudas nuestro novelista más fecundo y lúcido. Cualquier página suya es un ejemplo de excelente literatura. Un cirujano certero e implacable.

Galdós llama al espíritu rebelde, revolucionario. A la revolución de izquierdas contra los “neos”. Y sin embargo, por lo que hemos sabido y vivido después, cuánto cuesta dar ese paso de dolor e incertidumbre. “La revolución –decía aquel burgués de La Marsellesa (1938), de Jean Renoir—es el alzamiento de la chusma contra la gente de calidad”. Considérese esa “gente de calidad” como la oligarquía llamada a ostentar el mando. Si nos alzamos revolucionariamente, y derribamos a los políticos que nos engañan, ¿qué nos queda, cuál sería la alternativa, por quiénes los sustituimos?

Hay un drama de Antonio Buero Vallejo que retrata muy bien las dudas del teórico revolucionario para dar el paso a la acción violenta y destructiva. Se trata de La detonación (1977), sobre los últimos momentos de la vida de Larra. Larra  comprende y apoya las reivindicaciones del pueblo –las cuales incluso alienta--, pero no se decide a secundarlas, porque sería traicionar a su propia clase: la burguesía acomodada. De la pugna entre la razón y el corazón, nacerá la necesidad del suicidio, como fórmula de escape.

Las mejores revoluciones históricas no han sido una completa panacea, que se diga. Ideólogos de izquierdas han escrito amargamente contra la dictadura del proletariado. Así, Alejo Carpentier, en El siglo de las luces (1962), desencantado con la Revolución Francesa y sus efectos contradictorios en el Caribe: navega un barco negrero que se llama “El Contrato Social”; el verdugo del comité, experto en el manejo de la guillotina, reparte afable caramelos entre los niños… Así Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en El Gatopardo (1958), con la promesa de Garibaldi, cuando lo mejor es la carne a la Marsala:

“Ustedes tienen ahora precisamente necesidad de jóvenes, de jóvenes despejados con la mente abierta (…) que sean hábiles en enmascarar, quiero decir en acomodar sus concretos intereses particulares a las vagas idealidades públicas (…) Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra.”

Así también George Orwell en Rebelión en la granja (1945), donde la oligarquía de los cerdos sustituye a la dictadura de los humanos, en clara referencia al Politburó soviético. Los cerdos son los que mejor comen, porque son los que mandan y necesitan alimentarse mejor. Así Arthur Koestler, en El cero y el infinito (Darkness at noon, 1941), o Boris Pasternak en Doctor Zhivago (1957). Así nuestro Jorge Semprún, en varias de sus novelas y guiones cinematográficos (como el de La guerra ha terminado, 1966).

En efecto, “Alarmante es la palabra revolución”, porque la violencia repele, mas ¿hay lugar para el bautismo del corazón humano? ¿Hay esperanza de un mundo justo?

martes, 22 de mayo de 2012

Donde las mujeres.

A mis amigos/-as de Exiles.

Hay pocas mujeres con historia. En la Antigüedad, algunas consiguieron puestos importantes por designio de nacimiento, como Cleopatra (que pagó cara su osadía de seducir a la vez a César y Marco Antonio), o la reina de Saba, quien, pese a las imprecisiones sobre ella en la Biblia, dejó su huella en la tradición cultural hebrea. En la Edad Moderna, alguna soberana más, como Cristina de Suecia o María Teresa de Austria.

La mujer estuvo ritualmente satanizada: Eva fue la perdición de Adán, como Dalila de Sansón, Judit de Holofernes, Betsabé del hitita Urías, Salomé del profeta San Juan, y así sucesivamente. La capacidad intelectual de la fémina, descreída por naturaleza (de fe + minus < ‘carente de fe’) fue también rápidamente puesta en duda por la sociedad patriarcal. Tal es así que, salvo la santa Hildegarda de Bingen, monja, las mujeres entendidas en medicina y remedios curativos eran acusadas con frecuencia de brujería. El personaje literario de la judía Rebeca, en Ivanhoe, de Walter Scott, sufre este estigma. En el mundo clásico, sin embargo, a las pitonisas y sibilas se confiaban las artes adivinatorias, y las vestales eran reverenciadas en Roma, a condición de que conservaran su virginidad. Isis fue la encargada de recuperar los restos desmembrados de su hermano y marido Osiris y de devolverlo a la vida mediante la magia.

En la Edad Media europea, en el siglo XV, el papa Inocencio VIII alentó la persecución de las brujas en una bula de 1484. La tarea de aleccionar a los clérigos sobre las tácticas de hechicería y de demonología quedó al cuidado de dos dominicos fanáticos y misóginos, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger. Kramer se había recorrido con harta paciencia el Tirol, fustigando a las brujas y posesos, y de allí fue echado casi a patadas por la inquina que demostró. Sprenger era decano de la Universidad de Colonia. Ambos editaron en 1486 el mayor compendio de brujería y celo inquisitorial de la historia de Occidente, el Malleus maleficarum o Martillo de las brujas. Este libro, reeditado hasta la saciedad hasta fines del s. XVII, define tres tipos de mujeres hechiceras: las que enferman a alguien y después pueden curarlo; las que únicamente llevan la enfermedad; y las que solo sanan. Para descubrir a la bruja es lícito observar las señales que porten en su cuerpo, tales como manchas de nacimiento, pecas y lunares, su comercio carnal con hombres y bestias, su influjo de distinto signo, etc. Para hacerle confesar su error, hay que recurrir a diversos métodos de tortura y a la “reserva mental”, es decir, hacer falsas promesas a la hembra durante el interrogatorio, que luego no serán cumplidas.

Durante el Renacimiento surgieron algunas oposiciones al fanatismo del Malleus, como la obra de J. Weyer De praestigiis daemonum (1563), o las manifestadas por los escépticos Gian Francesco Ponzinibio, Samuel de Cassinis y Ulrico Molitor. Sin embargo, el jurista Juan Bodino se encarga de alimentar la fiebre supersticiosa en su texto Demonomanía de los brujos (1580). Contrariamente a lo supuesto, las mayores persecuciones tuvieron lugar en territorio protestante: en Alemania, cerca de 25.000 ejecutados entre 1400 y 1700. En España hubo juicios contra mujeres, pero también racionales defensores de estas, como el inquisidor burgalés Alonso de Salazar o el humanista extremeño Pedro de Valencia. Salazar era abogado e hijo de jurista. En 1609 cubrió una vacante de inquisidor en Logroño, y le tocaron los casos de la cueva de Zugarramurdi, en Navarra. Salazar interrogó a los testigos, observó contradicciones entre ellos, experimentó “venenos” inocuos en animales y así consiguió aminorar el celo contra los acusados.

En una corte aparentemente retrógrada como la de los Reyes Católicos, se dejó prosperar el ingenio de una de las mayores humanistas de la época, Beatriz Galindo, conocida como La Latina (Salamanca, 1475-Madrid, 1535). Beatriz iba para monja, pero pudo estudiar a tiempo Gramática en una institución de la Universidad salmantina. Con quince años dominaba a la perfección el Latín, y llegaba a pensar en esa lengua. Su habilidad se hizo proverbial. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo describe que Beatriz era "muy grande gramática y honesta y virtuosa doncella hijadalgo; y la Reina Católica, informada d'esto y deseando aprender la lengua latina, envió por ella y enseñó a la Reina latín, y fue ella tal persona que ninguna mujer le fue tan acepta de cuantas Su Alteza tuvo para sí". Hacia 1492, era profesora de latín de las damas de la corte. Su hermano, Gaspar de Gricio, fue secretario de la reina Isabel. En 1506, Beatriz Galindo fundó un hospital en Madrid para muchachas huérfanas. Más tarde creó el monasterio de Concepción Jerónima, al cual acabó donando su biblioteca. En 1510 comenzó a residir en el barrio madrileño que hoy lleva su apodo, La Latina. En 1526, fue nombrada alcaldesa de la fortaleza de El Pardo por Carlos I. En ella creó una biblioteca para los soldados. Escribió unos comentarios a Aristóteles y unas poesías sueltas en latín. Lope de Vega, monstruo de Naturaleza, le dedicó la silva V de su Laurel de Apolo:

 “Como aquella Latina

que apenas nuestra vista determina

si fue mujer o inteligencia pura,

docta con hermosura

y santa en lo difícil de la corte;

mas, ¿qué no hará quien tiene a Dios por norte?"

 Aun así, hay que reconocer que las mujeres han sido sistemáticamente postergadas al silencio intelectual, privándonos, seguramente, de muchos y agradables descubrimientos. De la misma Safo de Lesbos (ss. VII-VI a. C.) apenas se conservan doscientos fragmentos sueltos de cerca de doce mil poemas que compuso, la mayoría a ensalzar la belleza y los dones de sus pupilas, jóvenes muchachas a quienes enseñaba en su escuela. Así como de poetas masculinos, como Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio y Catulo hay composiciones íntegras, los copistas medievales decidieron prescindir de los arrebatos de esta mujer, acaso por considerarlos impropios e irreverentes, acaso por venir firmados por una poetisa de dudosa reputación y sensualidad. Safo definió magistralmente el amor como “agridulce alimaña invencible”.

Algo similar ocurrió con las pintoras del s. XVI, aunque la pintura se estimaba como una dedicación más tolerable para una mujer. Sofonisba Anguissola, nacida en Cremona hacia 1532, fue apadrinada por Miguel Ángel, quien la dejaba copiar sus apuntes y estudios. En 1559, la tenemos en España, en la corte de Felipe II, de quien realizó varios retratos. Como mujer, nunca fue autorizada, sin embargo, a estudiar la anatomía humana a través de las disecciones (como sí obró Leonardo); de ahí que su conocimiento del cuerpo no alcanzara la perfección adecuada; igual le pasó a la boloñesa Elisabetta Sirani (1638-1665). La vida de Sofonisba ha sido novelada por Carmen Boullosa (La virgen y el violín) y por Lorenzo de’ Medici (El secreto de Sofonisba). 

Nuestros Siglos de Oro alguna buena escritora vieron. La mejor, Santa Teresa de Jesús, excepcional prosista en castellano. Aún hoy es una gozada saborear la sencilla espontaneidad de su verbo en el Libro de la vida. De su estilo sentenció Fray Luis de León: "en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada, que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale". 

En nuestro Barroco, María de Zayas y Sotomayor (Madrid, 1590-1660?), autora de novelas cortas de tono erótico o picaresco (Novelas amorosas y ejemplares, 1637). Allende los mares, el caso verdaderamente mayúsculo de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), monja mexicana, autora de este bellísimo y desgarrador soneto:


“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones veía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba.


Y amor, que mis intentos ayudaba,

venció en lo que imposible parecía;

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.


Baste ya de rigores, mi bien, baste;

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu inquietud contraste


con sombras necias, con indicios vanos;

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.”


Magnífica, ampulosa e inigualable coda en hipérbole, quizá deudora de la muerte de su amado, que la condujo a tomar el hábito en 1668. Sor Juana aprendió a leer a hurtadillas con tan solo tres años. Con ocho, escribía poesía. Compuso también piezas de música y teatro. Y tan alto subió su saber que ella misma, avergonzada por ello, quemó toda su biblioteca. Reprendió a los hombres en esta letrilla que principia: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis…” 

Eran los venturosos días del Fénix, que le fue infiel a sus dos esposas, Isabel de Urbina y Juana Guardo. Lope era mucho Lope para dar un solo sí. Todo genio esconde un huracán de emociones. Si no, que lo diga también Anna Planner, primera y abnegada mujer de Richard Wagner, que era cornuda a más no poder. 

Por aquellos tiempos del s. XVII, siendo España un centro contrarreformista, bebió de las fuentes nazaríes al reservar un espacio privado para las mujeres del hogar, el estrado, una tarima alfombrada donde cosían y hablaban de sus cosas. 

Habrá que esperar, no obstante, al Romanticismo (1ª mitad s. XIX) para comenzar a ver la emancipación intelectual de la mujer. Adalid de un incipiente feminismo fue la novelista Mary Wollstonecraft (Hoxton, Londres, 1759-1797), amiga de William Blake, Thomas Paine y Henry Fuseli. Fue famosa por publicar, en 1792, la Vindicación de los derechos de la mujer, eso sí, seguida, un año después, de la Vindicación de los derechos del hombre. A pesar de su feminismo, Mary era una mujer apasionada. Cuando su amante, el comerciante y escritor americano Gilbert Imlay, la abandonó, ella intentó ahogarse en el Támesis. Fue madre de Mary Shelley, autora de Frankenstein, por cuyo mal parto abandonó este mundo. 

En Francia, en París, en 1804, vino al mundo su escritora más prolífica, Amandine Lucie Aurore Dupin, conocida en el siglo por su sobrenombre varonil de George Sand. Era hija de un aristócrata y de una campesina. Fue educada en su refugio de Nohant por su abuela, quien la dejó leer y montar a caballo con pantalones. Se casó con un barón a los dieciocho años, tuvo dos hijos con él, pero la fidelidad le duró poco. Amiga de un joven Balzac, sostuvo amores con poetas como Musset y compositores como Chopin. Su ideología era, en principio, un azote socialista, hasta que con la Revolución de 1848 se cansó de las barricadas y se encerró en sí misma. Iba de Nohant a Mallorca, con Chopin, con quien estuvo once años. Frecuentaba tertulias y presentaciones,  a menudo vestida de hombre, al abrigo de Flaubert, Dumas padre, Goncourt y Gautier. Murió con 71 años a causa de un cáncer de estómago. Escribió 143 volúmenes de novelas y cuentos –de desigual calidad—y 24 comedias. En España, se la ridiculizaba llamándola Jorge Sandio, como se califica a Ana Ozores, joven alma rebelde, lectora de novelas pasionales, en La Regenta (1884), de Clarín.



Francia dio al mundo el talento científico y osado de la polaca Mary Curie (1867-1934), doble Premio Nobel (Física, 1903; Química, 1911), descubridora de la radiactividad natural. 

Inglaterra tuvo a Jane Austen (1775-1817) y a las Brontë. En 1846 las tres hermanas publicaron un libro de poesía, valiéndose de seudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. Charlotte, la mayor, dio vida al mito de Jane Eyre, y Emily, que era la mejor poetisa de la casa, ideó un lugar indómito llamado Cumbres borrascosas. 

Norteamérica y su ambiente puritano acogieron al delicado fantasma blanco de Emily Dickinson, recluida por voluntad propia en su habitación, donde al calor de la Biblia y de los místicos compuso más de 1.750 poemas, inéditos la mayoría hasta su muerte (1886). Se dice que las sirenas del sótano subían para verla, y que tal vez cautivada por el “Vivo sin vivir en mí…” de la carmelita descalza, escribió que “Morir, sin morir,/ y vivir, sin la vida,/ es el más arduo milagro/ propuesto por la fe”. 

Hispanoamérica nos ha sorprendido con poetisas como Juana de Ibarbourou (1895-1979), Delmira Agustini (1890-1914) y Alfonsina Storni (1892-1938), además de con cantautoras como Violeta Parra (1917-1967) y Chabuca Granda (1920-1983), que pusieron música a lo que en verdad era buena poesía. Alfonsina se perdió en el mar, musitando aquello de “Al pie del blanco Cristo que está sangrando reza:/ --Señor: el hijo mío, ¡que no nazca mujer!”. Capítulo aparte merece la poetisa costarricense Eunice Odio (1922-1974), nacionalizada primero guatemalteca tras la mala acogida en su país de los ocho poemas eróticos de Los elementos terrestres (1948), con reminiscencias bíblicas del Cantar de los Cantares, donde se muerde el amor. Eunice se aclimata al desarraigo, al destino viajero, al dolor del desengaño, al desacierto. Territorio del alba ve la luz en 1953; Tránsito de fuego, en 1957. Como Juan Ramón Jiménez, Eunice intentó apoderarse del mundo real a través de la palabra escrita. Exploró una Naturaleza mítica, paraíso de búsqueda y soledad para el encuentro. No hay paso a los bostezos de ciudad, a la ultratumba del barrio. Todo es cuerpo y río, árbol y montaña. “Este niño es una pradera llena de aguas ocultas…/ Un día crecerá con dolor como todos crecemos”. Eunice, nacionalizada mexicana desde 1955, murió trágicamente, reñida con sus amigos, con su crepúsculo enredado entre la lengua, alcoholizada, en una bañera. Fue encontrada diez días después de fallecer. 

El siglo XX español ha dado ciertas narradoras de fortuna. María de la O Lejárraga (1874-1974), riojana, fue utilizada por su marido, Gregorio Martínez Sierra, para alumbrar algunas comedias rosas, como Canción de cuna (1911). Es autora de Merlín y Viviana, o la gata egoísta y el perro atontado, que al parecer está en el germen de La dama y el vagabundo, de Walt Disney. Igualmente tenemos a Mercè Rodoreda (La plaza del Diamante, 1962), Carmen Laforet (Nada, 1944), María Teresa León (Memoria de la melancolía, 1970), Josefina Aldecoa (Historia de una maestra, 1990), Rosa Chacel (La sinrazón, 1961), Carmen Martín Gaite (Usos amorosos de la posguerra española, 1987; Caperucita en Manhattan, 1991), Ana María Matute (Olvidado rey Gudú, 2000), Mercedes Salisachs (Carretera intermedia, 1955), Rosa Montero (La hija del Caníbal, 1997), Almudena Grandes (Te llamaré Viernes, 1991), Laura Espido Freire, etc. 

Les ha costado a las mujeres abrirse vía intelectual, pero, afortunadamente, el sol también sale ya para ellas. 

Juan Carlos Arce imagina, en Melibea no quiere ser mujer (1991), que es una fémina la que sugiere a Rojas La Celestina 

No soy quien para juzgar si las mujeres superan en Literatura a los hombres o no. Su calidad y eternidad deben ser evaluadas por las propias mujeres. Yo me abstengo.

* Si deseas leer a María de Zayas, pulsa AQUÍ.

jueves, 10 de mayo de 2012

Jackie la Destripadora.

El diario El Mundo publicó el jueves, 10 de mayo de 2012, una información sobre la última teoría acerca de la identidad real del mítico asesino de 1888. Si hubo sospechas que depositaron la culpa en el médico personal de la reina Victoria, John Williams, ahora se piensa que pudo ser su mujer, Lizzie Williams, la autora de la oleada de asesinatos, por despecho amoroso contra Mary Jean Kelly, una de las víctimas, con quien su marido mantenía una aventura.


Repasemos los datos objetivos: el asesino debía tener conocimientos médicos, por la precisión de las amputaciones. Lizzie era esposa de médico; la familia de esta señora atravesaba por serias dificultades económicas, lo que la hacía a ella económicamente dependiente de su marido; John Williams intimó con Mary Kelly, asesinada por el destripador; en la escena de su martirio, hubo ropa femenina que no le pertenecía (capa, falda y sombrero) que fue quemada en la chimenea; cerca de otra de las asesinadas, Catherine Eddowes, aparecieron tres botoncitos de bota de mujer; los efectos personales de Annie Chapman fueron depositados a los pies del cuerpo de una forma esmerada y ordenada; Lizzie Williams, la ahora sospechosa, era estéril y a tres de las prostitutas muertas el criminal les había extirpado el útero y los genitales.


En 2006, se tomaron muestras de restos deteriorados de ADN de los sellos y pegamento de las misivas presuntamente enviadas por el Destripador a la policía inglesa. Ese ADN tenía visos de pertenecer a una mujer.

Una mujer pudo moverse por las calles de esos barrios oscuros sin despertar sospechas: pudo disfrazarse de buscona y confundirse así con sus propias víctimas. Además, por el hecho de ser mujer, se acercaría a ellas sin despertar desconfianza. Se hablaba de "Jack el Destripador", un hombre, no de una mujer. La violencia de los crímenes parecía señalar a un hombre fuertemente transtornado, un psicópata. Nadie pensaría en una criminal psicótica. La coartada perfecta.

Tras las misteriosas muertes de 1888, Lizzie Williams sufrió un severo ataque de nervios. Una coincidencia inoportuna. Sin embargo, alguien que demuestra ese cálculo y esa frialdad en el modo de matar, ¿enferma de ansiedad así como así? Difícilmente. Lizzie murió de cáncer en 1912, el año del hundimiento del Titanic. Jamás fue interrogada por nadie.

[Para conocer más datos: John Morris, Jack The Ripper: The Hand of a Woman, Ed. Seren Books].

jueves, 12 de abril de 2012

Timbre de almíbar.


El lunes 9 de abril de 2012 falleció en Barcelona, su ciudad natal, el cantante español de los sesenta José Guardiola. Había nacido el 22 de octubre de 1930.

Su voz melodiosa, cálida y almibarada tomó el relevo de la excepcional de Jorge Sepúlveda y deleitó a la juventud en los guateques de finales de la década de 1950, afianzándose en el primer lustro de 1960, cuando representó a España en Londres, en el Festival de Eurovisión (1963), con el tema Algo prodigioso, de Fernando García Morcillo. No tuvo suerte, y quedó en el duodécimo puesto (entre dieciséis). Guardiola contemporizó con Gloria Lasso, Monna Bell, Juanito Segarra, Lolita Garrido, Raphael, El Dúo Dinámico, Los 5 Latinos, Los 3 Sudamericanos, Tito Mora, Bruno Lomas, Tony Dallara, Jaime Morey y otros, muchos olvidados hoy.

Guardiola era un crooner (‘vocalista’) a la vieja usanza, con un tono ciertamente parecido al de Matt Monro. Como los maravillosos 5 Latinos, siempre eternos, se especializó en versiones españolas de temas difundidos por artistas internacionales, como The Platters, Frank Sinatra, Renato Carosone y otros.

Mimaba y cuidaba sus canciones, envolviendo en un delicado arrullo al espectador. Su calidad se hizo notar en la interpretación de Río de la Luna (Moonriver, de Henry Mancini), El humo ciega tus ojos (de Jerome Kern), 16 Toneladas (de M. Travis), Mackie el Navaja (de Weill y Brecht), Estrella Errante (del musical La leyenda de la ciudad sin nombrePaint Your Wagon--, de Frederick Loewe, interpretada en el original por la voz ronca y cascada de Lee Marvin), Hello Dolly (de J. Herman), Venecia sin ti, y Los niños del Pireo. También grabó una versión bastante conseguida de La novia, de Prieto, aunque no alcanza la sublimación que logró con ella Tito Mora.


Editó sus temas en varias casas discográficas: Discos Regal (1958-59), La Voz de su Amo (1960-63), Discos Vergara y Ariola (1963-1971), Discos  Belter, Divucsa (1988) y Rama Lama Music.

Poco a poco, a mediados y finales de los sesenta, el interés de la juventud se fue decantando hacia los nuevos cantautores (Joan Manuel Serrat, Lluís Llach, Eva Sobredo “Cecilia” y Víctor Manuel), las bandas de rock suave (Los Bravos, Los Mustang) y las grandes voces valencianas (Nino Bravo y Juan Bau).

Los amantes de la música melódica echamos de menos su ausencia, así como el hondo hueco dejado en nuestro panorama musical por este tipo de vocalistas, que otros intérpretes de gran talento –como es el caso de Francisco-- tratan de cubrir sin el necesario acogimiento del público. Descanse en paz José Guardiola.

lunes, 13 de febrero de 2012

"El Tiempo y los Conway" (1937)


Estoy vinculado a este drama de Priestley desde que me lo recomendaron en 3º de Bachillerato. Me hablaron del experimento con el tiempo que llevaba a cabo este meritorio autor británico: qué sucedería si alguien pudiera conocernos en el presente, ver lo que somos y cómo somos –joviales, jóvenes, ilusionados soñadores, con la vida por delante—e instantes después volviera a seguirnos en nuestro futuro, en las amarguras y quizá decepciones de la madurez, en la desconfianza hacia los demás y en el temor por la incertidumbre. Somos y no somos los mismos. Hemos cambiado, modificado nuestra manera de pensar, nuestra relación con el medio, nuestras actitudes. Los avatares de la vida nos han modificado. El espectador asiste a dos momentos diferentes y distantes de nuestra existencia y de nuestro ser. De repente, se abre una tercera ventana en el estudio: vuelta al pasado, a los instantes que siguen al punto de partida. El testigo, que ya sabe lo que nos espera, cuanto de bueno y, sobre todo, de malo nos depara el destino, sufre por no poder informarnos, por no tener voz en grito para disuadirnos de nuestras cándidas esperanzas. El elemento dramático surge cuando el público se funde en abrazo empático con los personajes en escena. El “suspense” emocional se alcanza a partir de vernos solidarios con los miembros de la familia Conway. Nosotros somos ellos. Una familia británica de clase media-alta, venida a menos, donde domina la presencia femenina y el espíritu matriarcal.


Noche de otoño de 1919. El día de la fiesta de Kay, una joven soñadora aspirante a escritora y celebridad, se juega a representar pequeñas piezas teatrales ante los amigos invitados. En esas escenificaciones se dan las claves para descubrir una palabra oculta. Gana el que la consiga adivinar. La señora Conway, orgullosa de sus hijas, participa en esos divertimentos. Kay, sin duda, está basada en la Jo de Mujercitas, la rebelde e indómita de la casa, a su vez desdoblada en otro personaje, Madge, la socialista, la luchadora comprometida, enamorada de las causas justas y solidarias. La hermana pequeña se llama Carol, y morirá tiempo después, reiterando de nuevo el drama de la novela de Alcott (la inocente pequeña que muere de escarlatina). Robin, uno de los hermanos, es un calavera botarate en cierto modo protegido y mimado por la madre del clan. Acaba de regresar de la guerra, y se le recibe como a un héroe, con todos los honores. Alan, el otro hermano, es tranquilo y juicioso; muy paciente, se acomoda siempre a lo que viene. Hazel, la otra hermana, lleva a casa a su pretendiente, un muchacho apocado pero con ambiciones. En la familia ya se integra Joan, prometida de Robin. El consejero de los Conway está satisfecho de las propiedades del grupo: las acciones de la fábrica han subido su cotización y nadie pensaría en venderlas. Hay dinero, se vive bien –pese a la posguerra—y todos contentos y a salvo.

Segundo acto (que es, en realidad, el tercero cronológicamente): noche de 1937. Un fantasma recorre Europa, los aires de una nueva guerra. Han pasado dieciocho años. Las ilusiones se las llevó el viento: ni Kay se ha convertido en una escritora de éxito (escribe solo para los periódicos), ni el matrimonio de Robin y Joan funciona bien, ni Madge es una líder de masas (simplemente, una maestra de escuela solterona y amargada). Por si fuera poco, han perdido a Carol, que ha fallecido. La matriarca recibe desconsolada la noticia de que los negocios familiares no marchan nada bien, y que se pueden considerar en la ruina. Su yerno –próspero negociante—no está dispuesto a ceder ni un penique. Robin bebe y acumula también sus deudas. El bueno de Alan intenta conciliar voluntades. Pero los Conway parecen caminar hacia el desastre. Tendrán que vender la amplia y hermosa mansión y trasladarse a vivir a una casa más modesta.

Ahora se produce una conversación fundamental entre Alan y su hermana Kay. Kay le comenta a su hermano: “—Hay un monstruo que domina en el Universo, al que llamamos Tiempo”. El Tiempo, Cronos-Saturno, devorando a sus hijos, como con miedo a perder su autoridad si les deja madurar. Entonces Alan matiza: “—No somos sino una sucesión de nosotros mismos. Como en el poema de Blake, llevamos lo bueno y lo malo entretejido”. Kay adolece de una hipersensibilidad ingenua: siempre ha creído en la bondad de las personas. Pero la vida no es como la pretendemos: hay lo bueno y lo malo, lo malo y lo peor. O nos adaptamos a la realidad, o sucumbimos y somos arrastrados por ella. El fracaso del idealismo se concreta en la soledad y acritud de Madge: la amiga del pueblo no ha objetivado ningún propósito solidario. El socialismo es una farsa, porque los hombres son demonios carroñeros, corruptibles e imperfectos. Las guerras no podrán ser superadas nunca; siempre habrá otra guerra. Las injusticias tampoco serán revocadas; a lo sumo la caridad cristiana paliará algo tanto infortunio. Nuestro pasado social se alía con nuestro futuro, y los hechos están llamados a repetirse. Volvemos al es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Priestley supone la destrucción del idealismo de H.G. Wells y George Bernard Shaw. Por eso, jugando con la fantasía del desplazamiento en el tiempo, es capaz de mostrarnos la áspera pero innegable realidad: los hombres no son ni buenos ni malos, solo son hombres.  


Tengamos en cuenta que la obra se estrena en 1937. La década del despertar del existencialismo, cuando Camus decía que era imposible escapar al destino. Su Calígula es de 1938, pero no se representa hasta 1945. En 1936, tuvo lugar la amarga experiencia de Arthur Koestler en la Guerra Civil española, cuando estuvo a punto de ser ejecutado. En 1937, asiste en Moscú a la purga de los antiestalinistas, lo que le lleva a romper con el comunismo como opción política y a escribir su testimonio en El cero y el infinito. Igual desconfianza hacia una sociedad regida por la dictadura de la Ciencia se plasma en Un mundo feliz (1932), de Huxley. La Ciencia no es nada sin el contrapunto de la caridad y del humanismo. Para Koestler, sin embargo, la Ciencia es una llave hacia los misterios del cosmos y del ser humano (v. Los sonámbulos, 1958). En los años treinta del siglo XX, la fe en los grandes valores entra en una crisis larga y tortuosa, desencanto que se materializará en la agresión de los regímenes totalitarios que sacuden Europa.

Recuerdo el montaje que se realizó de esta obra hace más de veinte años. Era yo un mozuelo casi. La vi con mi madre y una tía mía en el Real Cinema de Santander, un verano. Creo recordar que la dirección era de José Carlos Plaza, o de Miguel Narros. Se realizaba bajo los auspicios de nuestro entrañable Luis Escobar, quien fue el primero en estrenar esta pieza de Priestley en España, en la posguerra. En aquel entonces recibió otro título, mucho más explícito con lo que su argumento deseaba mostrar: La herida del tiempo. Recuerdo que una luz azul –la luz de los sueños—inundaba la escena cada vez que Kay se sentaba en el alféizar de un gran ventanal en el foro. Entonces se producía la magia de los saltos en el tiempo, del hoy al mañana, y después de nuevo hacia el ayer. La ambientación nostálgica, las entregadas actuaciones y el buen decir del drama, me emocionaron mucho. Comencé a considerar esta obra imprescindible. Un logro maestro y ejemplar de un autor inteligente y plenamente atemporal.

Por eso, ahora que la ha repuesto Juan Carlos Pérez de la Fuente, en los Teatros del Canal de Madrid (del 18 de enero al 5 de febrero de 2012), en versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño, he rejuvenecido esos veinte años. He vuelto al pasado: un muchacho tímido que estudiaba Filología en la Complutense, que aspiraba a ser profesor y erudito, tal vez escritor de cierta fortuna (como pretendía Kay), enamoradizo amante del amor, entregado a causas nobles (como quería Madge) y amigo de todo el mundo (como oficiaba Alan). Al mismo tiempo, veo en lo que me he convertido: en profesor sí –y con orgullo y afán vocacional--; en erudito, a medias; en aedo, con muy reducido auditorio –a lo Juan Pablo Rubín--; en entregado a los demás, en la medida de unas torpes posibilidades por falta de tiempo. De buen amante y consorte, en divorciado charrasqueado que vuelca toda su entrega en su hijo. He perdido todo mi empuje soñador, la determinación por acometer grandes empresas literarias e intelectuales en mi vida. Me he vuelto Alan, resignado, acomodaticio, escéptico en lo social y en el amor, estoico. Que es quizás como se deba sobrevivir.

* * *

* REPARTO: Luisa Martín (La señora Conway); Nuria Gallardo (Kay); Alejandro Tous (Alan); Juan Díaz (Robin); Chusa Barbero (Madge); Débora Izaguirre (Hazel); Ruth Salas (Carol); Alba Alonso (Joan Helford); Román Sánchez Gregory (Ernest Beevers); Toni Martínez (Gerald Thornton).

Un montaje discreto, con los muros del salón de los Conway meciéndose progresivamente hacia el interior de la escena, para simbolizar la desestabilización y la pérdida de las ilusiones. Las interpretaciones, correctas, en especial las de Nuria Gallardo, Luisa Martín, Chusa Barbero y Juan Díaz. Pero la adaptación no llega a igualar a la acometida hace veinte años, procedente del Teatro Español de Madrid. Le falta emotividad, aura nostálgica, romanticismo. Los actores españoles tienden a ser cada vez más fríos: recitan su papel, pero no lo viven, no lo sienten dentro. Nada que ver con la anterior generación de Rafael Rivelles, Miguel Ligero, José Mª Rodero, Carlos Lemos, los hermanos Gutiérrez Caba, José Mª Prada, José Luis Pellicena, Amparo Rivelles, Lola Herrera, Agustín González, José Bódalo, Juan Calvo, Ismael Merlo, Jesús Puente, José Luis Ozores, Juanjo Menéndez, Manolo Morán, Elvira Quintillá, Mª Jesús Valdés, Julián Mateos, Jaime Blanch, María Isbert, José Luis Gómez, Rafael Alonso, Carlos Casaravilla, Manuel Alexandre, Alberto Closas, Fernando Delgado, Margarita Lozano, Mª Luisa Merlo, María Asquerino, Narciso Ibáñez Menta, Carmen Bernardos, Margot Cottens, Francisco Valladares, Valentín Tornos, Antonio Garisa, Antonio Vico, Manolo Gómez Bur, José Sazatornil “Saza”, y un extenso etcétera.

* * *

JOHN BOYNTON PRIESTLEY, novelista, crítico, dramaturgo y ensayista, nació en Bradford el 13 de septiembre de 1894. Era hijo de un maestro radical. Durante la Gran Guerra sirvió en infantería. Seguidamente, se matriculó en Cambridge, donde comenzó su andadura como ensayista y autor de valoraciones de tema sociopolítico. En los años veinte publicó varias biografías, como la dedicada al hoy olvidado poeta y narrador George Meredith, y al suegro de este, el escritor de sátiras Thomas Love Peacock. Dickens también recibiría la atención de Priestley, quien rechazó un puesto fijo en la Universidad y prefirió establecerse en Londres con su mujer –la también escritora Jacquetta Hawkes-- y el hijo de ambos


En 1929 se editó su primera gran novela, The Good Companions (Los buenos camaradas), todo un éxito de público, que inicia la andadura de 'Jolly Jack'. Un año después llega Angel Pavement (El ángel de las calles), de corte realista, que confirma su popularidad. Priestley estaba dotado de un fino talento para recrear atmósferas de suspense, que decide aplicar al teatro. Advierte que la escena le permite jugar con el tiempo, con la variación de percepciones en los distintos personajes y en el público, y así nacen Dangerous Corner (Esquina peligrosa, 1932), Eden End (1935), Time and The Conways (El Tiempo y los Conway, 1937), An Inspector Calls (Llama un inspector, 1946) y I Have Been Here Before (Yo he estado aquí antes), donde aborda el misterio de la sensación de deja-vu.

Durante la Segunda Guerra Mundial, nadie se perdía sus comentarios de noticias las tardes de los domingos en la radio. Priestley transmitía serenidad y confianza a sus compatriotas, a la vez que era un modelo de constancia y de firmeza, justo lo que Churchill quería para levantar la moral británica. Tras ese periodo también continuaron las novelas: Bright Day (Día radiante, su preferida), Lost Empires (Imperios perdidos) y The Image Men.

De su producción de ensayos destacan Viaje bajo un arco iris (1955, sobre Texas y México, escrito en colaboración con su esposa Jacquetta, como así mismo el drama La boca del dragón, de 1952), El hombre y la literatura occidental (1960), Hombre y tiempo (1964) y Los eduardianos (1970). Escribió dos libros autobiográficos: Memorias (1962) y En lugar de los árboles.

En 1977, recibió la Orden del Mérito de Isabel II. Priestley falleció en la villa natal de Shakespeare, Stratford-upon-Avon, en 1984.


La condición humana siempre le interesó más que el esteticismo literario. Por eso escribía de manera natural, directa, sencilla, sin florilegios. De un escritor –al contrario que un pintor o un músico, más entregados a construir arte—se espera que, ante todo, comprenda el sufrimiento humano. Tal era su criterio.

El Tiempo y los Conway fue adaptada al español por vez primera y dirigida en escena por Luis Escobar, constituyendo un hito y un gran éxito en la temporada 1942-43. La herida del tiempo se topó con algunos problemas de censura, ya que se veía a su autor como “rojo, escritor de tendencias izquierdistas, enemigo de la España de Franco. En sus ideas políticas trata de conciliar las ideas conservadoras con el comunismo” (Expe. Censura nº R-3536). No obstante, con algunos recortes del texto, la representación acabó siendo autorizada. Para Luis Escobar esta obra abrió nuevos caminos al teatro, al ser “una de las más interesantes y más sorprendentes comedias de la literatura moderna”.