“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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domingo, 10 de junio de 2012

El valor de Facebook.


El mundo mercantilista en el que vivimos tiende a valorarlo todo en términos de dinero. Una idea empresarial exitosa vale lo que su valor en Bolsa. Facebook, sin embargo, es un proyecto sociológico y cultural, que sirve para enlazar personas, y que no está orientado a la venta de productos. El mayor atractivo crematístico de esta compañía reside en su portentoso banco de datos: nombres, apellidos, fotos, gustos, aficiones, valoraciones culturales, opiniones, enlaces… Se calcula que 83 millones de imágenes se suben a Facebook diariamente en todo el mundo. Mil millones de personas se conectan a sus páginas. Cuando alguien se suscribe a Facebook, autoriza automáticamente que cualquier cosa que publique en su espacio pueda ser utilizado después en beneficio de la firma. Tanto es así que el mismo presidente Obama ha advertido: “Tengan cuidado con lo que suben a Facebook”.
Hace poco Facebook ha salido a Bolsa. El precio de salida era de 38 dólares por acción. Los analistas estimaban que era excesivo, pues con ello superaba en sesenta veces su previsión de beneficios anuales próximos. No aconsejaban pasar la barrera de 32 dólares por título, fijándose un precio ideal de 28 dólares. Al principio, la puja fue bien, y se llegaron a pagar 42 dólares por acción. Pero poco después, los inversores comenzaron a deshacerse de sus compras, y las acciones cayeron. Parece ser que Mark Zuckerberg, el fundador, vendió treinta millones de títulos justo antes del desplome. Evidentemente, se ha jugado con Facebook para especular, hacer rápidamente dinero, y luego desaparecer, abandonando a la compañía a su suerte.
Al margen de esta oscura trama, que seguramente haya que aclarar, pues muchos pequeños inversores han resultado salpicados por el fiasco, debemos preguntarnos cuál es el valor real de Facebook.
Facebook –y en general, Internet—sirve para conectar a personas. Para facilitar la comunicación entre individuos distantes, que no se ven a menudo, en el trabajo, en un bar, o en una fiesta. Para compartir opiniones sobre los más diversos aspectos de la realidad, para intercambiar ideas y observaciones, para informar, para compartir gustos y aficiones, para motivar, para socializar hasta cierto punto. Se puede decir que Facebook cumple una labor social gratuita (puesto que no cobra por sus servicios). Del mismo modo, otros espacios, como Blogger, cumplen con un objetivo cultural: facilitan la publicación de textos inéditos de sus autores, dando también a conocer a estos.

¿Facebook significa tener que estar conectado? No, necesariamente. Hay que hacer un uso responsable de sus servicios. Como tampoco se puede estar todo el día enganchado a la televisión, al vídeojuego, o al MP3. No conviene sustituir los enlaces de Internet por las verdaderas relaciones humanas entre personas. Por el “tú a tú” de toda la vida, y mucho menos entre los jóvenes y los adolescentes. En EE.UU., la compañía de Zuckerberg se plantea sacar una versión junior, para menores de doce años. Esto sería una barbaridad: los niños son niños, y tienen que jugar y socializar en el colegio, en los parques y en las casas, no a través del ordenador. Es en cierto modo comprensible que el mundo adulto, tiranizado por horarios y por responsabilidades de trabajo y de productividad mastodónticos, busque como salida o alternativa “conectar” por medio de la red. No hay tiempo libre suficiente para verse, para charlar tranquilamente; la gente se agobia con las prisas impuestas, con las exigencias de sus jefes, con la movilidad laboral y el salario exiguo. Se vive sin vivir. La “solución” es el ordenador, y sitios de enlace humano virtual como Facebook.
Hay quien opina que el ocio, en Internet, es el paraíso de los diletantes y de los desocupados. Yo, personalmente, no vivo conectado a Facebook. No soy adicto a sus muros. Consulto de pasada su página de Inicio, leo alguna opinión interesante, y respondo a quien me haya escrito. Pero no sigo las publicaciones de sus usuarios de manera fiel y en su desarrollo cronológico diario. Me interesa Facebook en la medida en que me pueda dar a conocer a personas afines, y también para publicitar lo publicado en mis blogs (y que así su contenido alcance mayor difusión).
Facebook es otra ventana al mundo, pero no la única. Como tampoco lo fue la prensa escrita durante el siglo XIX, el cinematógrafo y la radiodifusión en la 1ª mitad del XX, o la televisión a partir de 1950. Todavía quedaba la habitación propia, el espacio privado, la unidad familiar o la soledad. Hoy siguen quedando los actos de amor, los abrazos y besos a la novia, o a la esposa y los hijos, los diálogos en familia, unas risas, las tareas escolares, los juegos de mesa, el deporte compartido, los recuerdos de los abuelos, el cine en casa o en la sala de proyección, las reuniones con los amigos, la lectura en vacaciones o en el Metro, una escapada al campo… Desde luego, quien cambie todo eso por estar conectado a Facebook, no sabe lo que se pierde. Es como quien lee mucho sin acertar a hacer nada más. Se olvidará de vivir: De tanto querer ser en todo el primero/ me olvidé de vivir los detalles pequeños”. Desde luego, no podemos asentir, como Balzac: “Una noche de amor, un libro menos leído”. Cada cosa a su tiempo. Hay que despertar como Alonso Quijano, que, aunque muy tarde, aprendió cómo era la vida de verdad a cuento de caerse de Rocinante. ¿Y después de Facebook, qué? Aún llegarán otros paraguas.

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