“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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jueves, 1 de abril de 2021

Prevención.

En algo más de un año de pandemia, es lo único que ha salvado a la mayoría de los seres humanos. El uso frecuente de la mascarilla, la desinfección de manos, y no ir a lugares concurridos, especialmente cerrados. La Ciencia se está dando prisa: han creado vacunas apenas testadas, con importantes efectos secundarios aleatorios, y que no contemplan las diferentes variantes de la Covid-19. Es así que el total de la población que acepta la vacuna, está sirviendo de cobaya. Ni la OMS clarifica, ni los laboratorios fabricantes se sienten obligados a desvelar lo más comprometedor y confidencial, ni muchos gobiernos se atreven a cuestionar nada, ante un desastre económico de proporciones inasumibles. La población se deja llevar por lo que los telediarios difunden, que es el mensaje de la conveniencia de estar vacunados, como única forma de comenzar a parar la autarquía del coronavirus.

Que la gente se vacune puede ser un comienzo del fin, pero no un final definitivo asegurado. La protección efectiva contra la infección es de unos pocos meses, todo lo más medio año. Para cuando a los últimos se les haya vacunado, los primeros necesitarían de alguna dosis más de recordatorio. Es decir, cabría entrar en un ciclo sin fin, como una correa continua. Los linfocitos T son los que nos pueden salvar, acaso, de la necesidad de segundas dosis, ya que actúan de hemeroteca-recordatorio en la reactivación de las defensas del organismo.

El tiempo normal de desarrollo de una vacuna es de cerca de nueve años, como poco. De ellos, la mayor parte afectan no a la elaboración del producto en sí, ni a la comprobación de su eficacia, sino a la seguridad, esto es, al estudio y valoración de efectos asociados a la administración del preparado. La burocracia para obtener los permisos definitivos por parte de las agencias nacionales del Medicamento, suele ser larga y concienzuda. En el caso de la pandemia por la Covid-19, a todos los dirigentes –dada la elevada alarma social, las sustanciosas pérdidas económicas, los confinamientos, las restricciones de libertades, y el número indiscutible de decesos—les ha entrado la prisa por agilizar los trámites legales que dan carta blanca a la comercialización y aplicación de una vacuna. Esto conlleva que la seguridad de ese producto haya quedado relegada a un segundo plano. Más cuando también están en juego subvenciones nacionales e internacionales multimillonarias, para asegurar la presta fabricación de las suficientes y muy ansiadas dosis.


Nadie puede conocer, a día de hoy, cómo terminará la pandemia (o si, realmente, terminará). Por experiencias anteriores, como la terrible gripe de 1918, cabe esperar que dure el azote del patógeno tres o cuatro años –como mucho--, y que luego desaparezca como vino, de improviso, y quizá para siempre (el ADN del virus mortal de 1918 solo se ha podido obtener de cadáveres de víctimas enterradas en regiones frías). En el primer tercio del siglo XX, no existían vacunas contra los virus. Otros peligrosísimos virus letales, como el ébola, causante de fiebre hemorrágica, van y vienen, aparecen y desaparecen cada cierto tiempo, todavía no se sabe por qué motivo. No existe cura contra ellos. Es solo la Naturaleza misma quien los controla: los ata o los desata como los dioses a las furias. Tal vez incluso esté Dios tras ello (recordemos las inmisericordes plagas del Éxodo, sembradas por ángeles divinos). Patógenos todavía incurables, como el de la peste bubónica, que azotó Asia y Europa en la Alta y Baja Edad Media, y aun después, parecen permanecer hoy dormidos, inactivos, para beneficio del género humano.

Los laboratorios, muy concentrados en lograr vacunas, han relegado el objetivo de descubrir preparados que prevengan o palíen con efectividad los efectos más dañinos de este coronavirus: trombosis pulmonar, ictus, parálisis temporales, fatiga crónica. 

Por tanto, y mientras las vacunas no se revelen como una verdadera y segura panacea, lo mejor que tenemos es la PREVENCIÓN. Y, unida a ella, como compañera necesaria, la paciencia. La resignación, más difícil de alcanzar y de sobrellevar por los jóvenes y los niños, que quieren salir a retozar y divertirse, como corresponde a la edad. 

Mascarilla, agua, jabón, hidrogel, y prudencia, desde el inicio de esto, y hasta que convenga.

© Antonio Ángel Usábel, abril de 2021.

miércoles, 20 de enero de 2021

Su isla lo guarda.

  

Su isla lo guarda.

Este libro suyo

nos lleva a habitar con él,

y a vivir mientras vive.

Resuenan los pasos de su madre,

y la voz de su tía,

en el latido del amor amante,

discreto y callado;

en el mar, que lo mira con otro color.

Desde aquel tiempo

aquí estamos, no solos ni abandonados,

con el mismo Carlos diferente,

recordado de una forma

que nadie más puede evocar.

     * * *

Cuando uno quiere comentar un libro de poesía, nunca sabe muy bien por dónde comenzar. Cada poema es una experiencia aparte. Pero lo que más llama la atención de este libro de Carlos Javier Morales, titulado El corazón y el mar (colección Adonáis nº 675, Madrid, Ediciones Rialp, 2020), es que ofrece una visión completa de su realidad presente y pasada. Las partes del volumen están perfectamente imbricadas para que podamos seguirlo por Santa Cruz de Tenerife –su ciudad natal—y por el pueblo de sus padres, caminando junto a él como Juan Ramón nos acercaba hasta su Moguer amado, el rincón de su infancia recobrado en su prosa poética.

Este libro arroja el placer de lo auténtico, de lo íntimo y desnudo. Él se pregunta: “…con tantos textos… / ¿cuál debe ser el texto de mi vida?” No hay por qué escoger uno u otro. El poeta puede tener su preferencia, como igualmente el lector. El poeta recorre su isla, describe el mar –cuya fuerza asimila al amor--, defiende la memoria como una fórmula para romper barreras temporales, para que nadie muera ni nada se pase. El amor es una manera de abarcar el mundo, toda su alegría y su belleza, condensados en la perfecta rosa juanramoniana, en el cántico de Guillén y su absoluta dicha, en la nostalgia que combate la aspereza de la solitud. El amor verdadero, el que no defrauda, viene de unos buenos padres. Es el que permanece siempre, el que se resiste a desaparecer y a no ser igualado por otro, el que riega el oasis en el desierto espantable. Cuando se ha sido amado bien, desde la niñez, no se está solo, ni vacío.

El amor puede formar una impresión pasajera de lo eterno: “Cuando oigo tus pisadas, / entra la eternidad en nuestro cuarto (…) Ven cuanto antes esta noche. Espero / que otra vez me rescates de mi cárcel: / tanta es mi soledad y tan terrible / que necesito verte cara a cara. / (…) Tú eres la eternidad:/ solo tu cuerpo rescatará al mío.” El amor libra del miedo a la muerte, pues es un sentirse acompañado, y con ello pletórico de aliento, de germinación.

El poeta se encuentra con otras figuras solas, como ese hombre que come sentado sobre una roca, mientras la fuerza del oleaje amenaza con llevárselo de golpe (“Mar de invierno”). O el nadador que bracea incansable hacia un horizonte ilimitado, tal vez huyendo de lo que le supera. Su soledad se encuentra con la de otros, y hasta se ahonda al desaparecer con el desencuentro: “Un día no viniste. / Y el siguiente tampoco. / De ti solo conservo algunas fotos juntos.” (“Hipótesis”).

Caspar D. Friedrich, "El monje frente al mar"

 Imperio de la soledad: solo medita la palabra del profesor el alumno discreto y aventajado, que mira atento desde su pupitre; solo se queda el maestro cuando otra promoción marcha. ¡Qué solo se está siempre en el cementerio, recordando pasajes y prosperidades, oyendo muy dentro, e invariable, la voz a ti debida!

Grillete para una isla es el mar, el mejor aliado, el que también se contiene a sí mismo. Tan igual, pero siempre variable. Espejo del interior, y rúbrica del pálpito machadiano que bautiza este poemario: se salen del pecho las continuas pérdidas –ley de vida--, que la madurez no llena, hasta quedar ya solos, bajo un toldo de ausencias, el corazón y el mar.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2021.


 

martes, 19 de enero de 2021

Escaparate para un poeta.

 El documental Leo Zelada: Transpoética (Mario Le Clere, España, 2021) se queda en el escaparate de un poeta, que puede parecer aquí «escaparatista». No hace justicia a Leo Zelada (seudónimo de Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes), un nómada peruano afincado en Madrid y consagrado en cuerpo y alma al arte poética.

Leo Zelada, en "Transpoética" (2021)

Quienes conocemos a Leo sabemos que ha levantado la vida cultural del barrio de Malasaña, a través de muy interesantes tertulias y lecturas líricas. Con ello acapara cierto protagonismo, consustancial a la vanidad de todo autor. Pero un protagonismo necesario que revierte en el interés de todos, ya que obra en beneficio de la Cultura y de la simbiosis entre tradiciones diferentes. Sinceramente, haría mucha falta contar con más gente con igual iniciativa a la suya, aunque convendría actuar con menos prejuicios, en loor de un pluralismo democrático imprescindible.

A Leo le cuesta mantener las amistades, porque no es poco suspicaz y selectivo. Además, tiende a cambiar de parroquianos con cierta frecuencia, pues se cansa de los que ya conoce y animan desde tiempo atrás sus reuniones. La savia nueva es de agradecer, pero valorando el árbol, que es hijo centenario de la tierra.

Volviendo al documental, ni acierta con la forma, ni tampoco alcanza un fondo. Le falta sosiego y parece una bengala encendida, que se consume pronto. Va a un ritmo vertiginoso; no te permite empatizar con el personaje; sobre todo, si te es desconocido y deseas saber de él. No vemos al hombre andariego, ni al aventurero sin límites, ni al creador en actitud de crear, ni al animador cultural, ni al editor de libros, ni al autor ante su público. No vemos apenas nada, salvo a un poeta (que podría ser como otros tantos) leyendo pasajes de su poesía y explicando muy brevemente su origen y su inquietud.

Un reportaje cáscara de nuez.

Disiento de Leo cuando no ve que la literatura en español se surtió del universo mítico precolombino a partir del «boom» de los años sesenta. En ese momento acabó, por pequeña y rutinaria, la Meseta, y se abrió el corazón hispano a un horizonte alucinante. No poco le debe el idioma español a un García Márquez, un Vargas Llosa, un Uslar Pietri, un Otero Silva, o un Carpentier. Hacia dónde camina el arte literario en español, no lo sabemos. No parece haber figuras ni tendencias señeras. Autores salen a patadas, y no se puede abarcar todo.

Leo Zelada concibe la poesía como Rimbaud, Verlaine o Baudelaire lo hacían. La entiende como forma de vida. El poeta, para estos autores, es, básicamente, un aguador que escancia palabras bellas (o acaso hipnóticas) con las que mitigar la sed de los lectores. Es un oficio desinteresado. Una causa social vital, y vitalista, con aromas de suicidio. Porque el destino de los poetas es no ser reconocidos como profesionales que crean riqueza. Su calificativo ha sido, demasiado a menudo, y de manera harto mortificante, de ociosos muertos de hambre. El poeta a veces se olvida de que tiene que comer, y otras duerme donde no le esperan. El poeta íntegro solo se posee a sí mismo, por incomprendido. El poeta entero no ha dejado nunca de vivir como antagónico al mundo que lo rodea. La poesía es la única verdad atemporal, pero una completa ucronía dentro del tiempo.

Leo Zelada es uno de esos hombres cuyo destino elegido es mantener viva la llama de la poesía. Un poseído por ese delirio que hace que el aire palpite y la luz cambie de color e intensidad. La llave del amanecer a otro mundo.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2021.

Acceso al documental en YouTube. 

martes, 29 de diciembre de 2020

Hablar lindo.

El escritor Arturo Pérez-Reverte acaba de rendir un merecido homenaje al habla linda y dulce de los hispanoamericanos en su artículo “Sois la hostia, la hostia” (XL Semanal, 27-12-2020). Compara el descuido, y casi desprecio, hacia la lengua que a menudo demostramos los españoles, en situaciones familiares o coloquiales, con el inmenso amor y cuidado en la expresión de la mayoría de los latinos, sobre todo si proceden de un ambiente humilde. Ellos consideran que cuidar su forma de hablar es tener y demostrar consideración a la persona a quien uno se dirige. Es buscar el respeto del receptor siendo considerado con él por medio de la formulación del mensaje. 

De sobra es conocido que el tuteo no se utiliza en Hispanoamérica, prefiriéndose el “usted” o el “ustedes” incluso cuando se tiene confianza con el interlocutor. El habla hispana resulta más cantarina y dulce, por lo general, y así acomodan los adjetivos como si fueran adverbios, resaltando con ello el cromatismo de la acción. “Canta guapo”, dicen, y no “canta bien”. Igualmente, les ponen diminutivos afectivos y cariñosos a los adverbios, demostrando con ello delicadeza y finura. Cuando leí la famosa novela histórica Las lanzas coloradas (1931), debida al novelista venezolano Arturo Uslar-Pietri, se me quedó muy grabada en la memoria una grácil escena entre el negro revolucionario Presentación Campos y una soldadera que se dedica a cuidar heridos, a la que llaman La Carvajala. Es una mujer del pueblo, una campesina recia y sin cultura, pero de exquisito trato, tal y como se evidencia en su discurso, marcado por una gracia cortés:

“—Yo nací en el Llano. Mucha sabana…, sabana…, sabaaaana…; toditico plano…, planiiito…¡Da gusto! Pero una es muy sinvergüenza. Ya desde muchacha me empezaron a picar las patas. No me hallaba. ¡Y no sé cuándo, pero cogí ese camino y me despegué! Y ándate que te andas, me caminé una porción de pueblos…”

Posiblemente, una española de la misma época (primer tercio del siglo XIX), agreste y sin cultura, hubiera estado mucho más cerca de los giros vulgares de Mauricia la Dura, el personaje galdosiano, y hubiera soltado lo siguiente, para comunicar lo mismo:

“—A una la parieron en el Llano. Un páramo donde no crecía ná. Yo era el culo de mal asiento, así que harta con aquello, me tiré a los caminos, y perdí de vista varios pueblos, hasta llegar acá.”

Se dice lo mismo, y de forma más directa, pero menos delicadamente.

El hispanoamericano está más atento a las posibilidades expresivas que ofrece el idioma español, y aunque a veces no sea capaz de reflexionar gramaticalmente sobre su lengua materna --si su nivel de instrucción es bajo--, sí que atiende a un vocabulario más rico y a unas construcciones sintácticas más esmeradas que mucha gente instruida de España. Le sale de manera natural, espontánea, quizá porque en la familia el tratamiento de respeto de los hijos a los padres, y de estos a los abuelos, funciona mejor. Es mucho más tradicional. Y eso incluye cuidar el habla.

Quizá sea Hispanoamérica la que salve al español de sus defectos, descuidos y miserias. Ella engrandeció la lengua española, y ella es el principal y gran estandarte de nuestro idioma común.

© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2020.


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El escritor Fernando Sánchez Dragó cuenta la anécdota de que, alojado en un hotel de la capital azteca, le deslizaron bajo la puerta el periódico del día. Lo desplegó y se encontró con el siguiente titular: “Hombreriega asesina a su amante”. Tal calificativo, no reconocido por la RAE, era un neologismo calcado de “mujeriego”. Se supone que se refería a una mujer que andaba con hombres diversos. Los hispanoamericanos son más proclives a crear neologismos por calco sobre palabras ya existentes; por ejemplo, la voz verbal “sesionar”, ˋcelebrar una sesión´.

sábado, 31 de octubre de 2020

Como mi sombra (relato original)

 Intenté alcanzar al viejo, pero no me era posible. Por rápido que andaba yo, él daba tres pasos más. Parecía increíble, pues apenas transmitía sensación de movimiento, cargado con su bolsa de la compra por la que asomaba el perejil y las hojas de puerro.

Un viejo con lentes doradas, legañoso y algo encorvado, abrigado con gabardina marrón vencedora en el tiempo como la batalla de Lepanto, ya de por sí gloria perecedera en los libros escolares de Historia.

Al viejo le había caído de la bolsa una carta, que yo había recogido del suelo en la avenida de plátanos junto a mi casa. Sin duda la llevaría para echarla en el buzón, pues el sello no se mostraba matado. Sin embargo, lo más sorprendente es que el viejo acababa de dejar atrás el más cercano, y no había hecho un alto para depositar por la boca el sobre.

Sin duda, en ese momento, el viejo no recordaba que llevaba la carta. Sin duda, la habría escrito y dejado en su vivienda. Sin duda, en algún rato la tomaría ya cerrada y con el porte pegado, lista para enviar.

En algún momento, recordaría tal vez que era una tarea por realizar, que un destinatario estaría esperando, quizá un familiar que vivía lejos, o un coronel desesperado y hastiado por la inacción de su situación de reserva, que soñaba con recibir la salutación de un optimista.

Alguien se quedaría sin el mensaje, si el viejo no recordaba que debía enviar la carta.

Era por eso mi prisa por alcanzarlo, y devolverle el sobre, limpio e inmaculado, pese al polvo y trasiego de la acera.

Pero, por más que avanzaba yo, a la misma distancia se mantenía aquel espejismo del viejo, caminando con lentitud, calmosamente, echado para adelante, la bolsa del supermercado asida en la diestra.

¿Para qué correr a sus años? Cuando uno es viejo, se puede tomar la vida como si todos los días fueran festivos. No es preciso, ni conveniente, caminar ligero hacia la muerte.

El viejo quizá viviera solo, y nadie lo recibiera en casa. Quizá aún se arreglara lo justo sin ayuda como para tener una apariencia digna de hombre mayor y un hogar decoroso.

Pero el viejo había olvidado la carta. Había rebasado el buzón sin reparar en que debía un envío.

Yo le seguía de cerca, como a cincuenta metros o así, que no cesaban de ser esos mismos cincuenta cochinos metros de cinco minutos antes, cuando recogí el sobre.

Pude ver que enfilaba una calle que yo de sobra conocía, pues había vivido en ella no menos de veinticinco años, desde mis tiempos de juventud, y que él descendía por la rampa del garaje. Mi misma rampa, por donde yo metía el coche.

El viejo se detuvo, abrió la cancela peatonal cerrada con llave y pasó dentro. Con todo, yo no pude alcanzarlo y, cuando me paré ante la puerta, él ya se había perdido entre las sombras. Di dos voces para captar su atención. Y nada. No volvió tras de sí.

Me quedé allí parado. En ese momento, no llevaba conmigo la llave del garaje y era imposible acercarme más.

La carta estaba en mi mano.

Se me ocurrió la idea de echarla yo mismo.

Pero quizá fuera demasiada osadía.

Si supiera en qué portal vivía el viejo, por lo menos podría dejar la carta al conserje.

Mas no sabía dónde.

Entonces subí la rampa y a la luz clarividente y diáfana del mediodía, me dio por inspeccionar el blanco envoltorio. Primero noté que no llevaba remite. Luego leí las señas del destinatario, y me quedé asombrado.

Era un sobre dirigido a mí.

Yo era el receptor de la misiva del viejo, de un viejo al que no conocía, pese a que me era familiar: en sus andares, en su figura encorvada, en sus lentes del país de Cíbola.

Era mi nombre y mi dirección exacta y completa. Era yo de quien ese anciano se había acordado.

Crucé al parque de enfrente, me senté en un banco sombreado, y abrí sin titubear el envoltorio.

Había dentro una tarjeta postal. El dibujo representaba un bosque de cuento infantil, y en primer plano una liebre corriendo veloz tras una tortuga lenta, perezosa y eternamente inalcanzable.

Pasé al texto. Una sola línea, garabateada en trazo azul disforme.

Una sola oración:

«No volveré a ser joven»

En eso pasó junto a mí una mamá con un niño pequeño de la mano.

El niño, mientras caminaba junto a su madre, miraba la bolsa de la compra que yo tenía al lado, con unas hojas de puerro y unos perejiles asomando.

Indudablemente, el hombre legañoso había olvidado echar la carta.

Indudablemente, la había abierto un desconocido.

© Antonio Ángel Usábel, 09 de octubre de 2020.

Lectura del relato por el autor. 

sábado, 22 de agosto de 2020

La última rosa.

“En mi tierra desierta eres la última rosa”

(Pablo Neruda)

Miró por la ventana. La alameda se parecía a un andén, justo como aquel donde una tarde ella despidió a su novio. Había mujeres paseando con cochecitos de niño; entonces, junto a las vías, viajeros tirando de sus equipajes y buscando ansiosamente su vagón. Armando iba como un cordero, triste, apagado, lloroso. Ella tampoco podía retener la emoción y hacía rato que goterones de lágrimas rodaban por sus mejillas y sus surcos se adherían a ellas como pegamento. Era imposible no separarse, y esta vez para siempre. Ella lo había decidido; era la mejor alternativa, aunque doliera profundamente a los dos. En los días previos, durante largas caminatas por el paseo marítimo, o al abrigo del rincón de una cafetería, se lo había intentado hacer comprender a Armando. No podían seguir unidos. Vivían en ciudades diferentes, distantes y opuestas. Ella debió regresar de su larga estancia en Dublín, donde era profesora de Literatura española y donde Armando la visitaba en vacaciones. Debió regresar, porque su familia era lo más importante. Se la necesitaba aquí.

Nina –tal era su nombre—evocó sobre el cristal de la ventana la cara ensombrecida de Armando, su boca contraída por el dolor y sus ojos pardos acuosos, mirando en la distancia, como a ninguna parte. En la estancia el compás perpetuo de un reloj de pared. Nina se volvió. Sentados en un tresillo, una pareja de ancianos miraba bobaliconamente un documental de Naturaleza. El enorme televisor sin sonido.

--Niña, tengo frío—dijo el viejo.

Nina fue a buscar una escocesa y arropó al anciano.

La anciana se pasaba la lengua por el labio superior, relamiendo los restos de miel de una tostada.

--Niña, tengo frío—repitió el viejo.

--No, ya no puedes tener frío. Ya estás tapado, tío.

--Niña, ¿qué día es hoy?

--Viernes.

--¿Es la hora de dormir?—prosiguió el viejo.

--Todavía falta un rato.

--¿Eh?

--Que aún no, tío. Todavía falta un rato para ir a la cama.

El anciano se quedó interrogando a Nina con la mirada, como si tuviera que descifrar cuánto podría ser un rato.

--Yo le aviso, tío, cuando haya que ir a dormir.

--¿Me avisas? ¿Cuándo me avisas? Di.

--Luego le aviso, tío. Vea la televisión. No se preocupe.

El anciano pareció volver a querer distraerse con el aparato.

Nina se sentó en una butaca de felpa, junto al tresillo.

Así era ahora la vida de Nina: mañanas, tardes y noches igual. Atendiendo a aquella pareja de seres indefensos con la memoria congelada por una glaciación salvaje. Suerte que, a sus cincuenta años, había podido ahorrar dinero suficiente de sus clases en la universidad, de las publicaciones y de las tesis doctorales que había dirigido. Su madre, recientemente fallecida, le había dejado en herencia dos pisos, uno bastante grande, que llegado el caso podría vender. Ella se arreglaría con el apartamento.

Sus tíos tenían algún dinero en el banco, y su casa en propiedad. Pero Nina no pensaba llevarlos a ninguna residencia por el momento. No, hasta que la situación se volviera demasiado complicada como para continuarla por sus propios medios. Después, tiraría del dinero de sus tíos, y vendería su casa, para pagar los enormes gastos de un asilo.

Ella se estaría junto a ellos, no haciendo banda aparte, muerta para el mundo como una monja de clausura casi. Solo pedía a Dios fuerzas para resistir, para sobrellevarlo sin volverse chalada. No contaba con especiales dotes de enfermera, pero había leído dos manuales sobre cuidado a ancianos con demencia senil, y esperaba hacerlo bien. La muchacha a la que pagaba para limpiar la casa le venía tres veces a la semana y alguna ayuda le echaba. Además, así tenía a alguien con quien conversar, aparte de las mudas paredes. Con decisión y fortaleza de ánimo, saldría adelante.

¿Cuánto podría durar aquello? No podía precisarse, tratándose de dos personas. Quizá cinco años, quizá ocho, quizá diez. Lo que Dios la deparara. Pensar en Dios como aliado daba entereza a Nina. No estaba sola. Había alguien que la quería, aparte de sus tíos y del pobre Armando. Pediría mucho en sus oraciones vespertinas también por Armando, para que la olvidara pronto y encontrara una buena novia en su ciudad. ¡Cuánto sentía haberlo sacrificado! Pero no había otra forma. El mal los había sorprendido demasiado pronto y avanzaba a su aire. No podía continuar con Armando. No hubieran podido verse, tratarse, amarse. Ella debía cuidar a sus tíos. El piso de Armando era pequeño, y no habría espacio suficiente para dos ancianos con la cabeza perdida. Armando tenía su trabajo en su ciudad, y, aunque hubiera logrado conseguir más cerca otro empleo, allí mismo o a ochenta kilómetros, ella no iba a tener vida normal. Era mucho pedir a un hombre, por mucho que la amara.

Al fin Armando había comprendido, pero sin estar concienciado. A la fuerza ahorcan. ¿No sufrir? Imposible: a ambos les tocaba sufrir. Armando había dejado atrás un divorcio, tenía dos hijos estudiando en la facultad, y su vida social parecía no llevar una dirección determinada. Pocos amigos, mucho mundo interior, hábitos espiritualmente sedentarios. Nina era parecida a él, pero con mayor empuje y determinación de carácter. Lo sentía por Armando; tal y como era, no le resultaría fácil empatizar de nuevo con alguien. Pero siempre cabría una posibilidad… o un par de ellas. En cuanto a sí misma, en Dublín había disfrutado de amigos, buenos y entregados amigos, pero nunca de una relación estable. Atraía a los hombres en principio, pero luego se iban desinflando hasta perder por ella su grado de compromiso inicial. Y a Nina le solía suceder otro tanto: siempre volvía a añorar la alianza con una solitud asumida e independiente. Con Armando no había podido llegar a comprobar la consistencia del edificio, pese a que realmente le quisiera hasta pisar los umbrales de una peligrosa adoración. 

El compás del reloj marcaba las horas. Era el timbre rítmico de aquel salón. Voz demasiado acompasada, pero preferible a un volumen desproporcionado del televisor, como les gustaba escucharlo a sus tíos. 

--¿No se oye la tele?

--No, tía. Se ha estropeado. Mañana la arreglan.

--¡Ah!

En su pecho, un pálpito de nostalgia, como una ráfaga de recuerdo ametrallado. Sería el ramito de violetas que le regalaría este atardecer:

Recreaba a Armando, en el descansillo, despidiéndose de aquella veterana pareja hace dos veranos.

Su tío, aún con curiosidad consciente, no atisbaba la respuesta a un interrogante:

--Oye, pero ¿a ti qué te gusta de Nina?

--Todo.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2020.

jueves, 20 de agosto de 2020

De repente me encuentro...

De repente me encuentro en la calle Princesa de Madrid, a la altura de Ventura Rodríguez. Acabo de dejar atrás las Concepcionistas y, enfrente, el Palacio de Liria. En realidad estoy a cuatrocientos kilómetros de distancia, en Santander. Pero ahora prefiero avanzar por esa calle madrileña, que tanto he transitado, mientras me pregunto a dónde voy, hacia dónde camina mi vida. Si llegaré a Plaza de España y acometeré Gran Vía, o si daré la vuelta, a la Plaza de los Cubos. Cuántos recuerdos de intimidad velada esconde para mí ese rincón. Y los cines Princesa, Renoir y Golem, cuántas gratas horas en versión original, solo o en compañía de otros.

Estaba aún en la calle Princesa. Por allí tenía su casa y su salón literario la Condesa de Pardo Bazán, de feliz estatua en la acera contraria. Por allí había un sitio de multicopias donde tiré ejemplares de mis trabajos universitarios. Cerca también la calle del Limón, donde vivía un buen profesor mío de Arte e Historia universal. 

Cruzando Tutor, más abajo, en Ferraz casi, el impresionante Museo Cerralbo, en el que el tiempo se detiene en el siglo de las guerras carlistas. 

Cuando uno transita por esas calles, en verdad no sabe hacia dónde se dirige ni por qué. Puede subir o bajar, pero siempre le parece permanecer en el mismo estado de espera y en el mismo sitio. Tal vez cerca o tal vez lejos de casa. Tal vez aún con veintitrés años o tal vez con cincuenta y tres. Puede que tranquilo paseante, o impaciente y apresurado por llegar a una cita. Con sus parientes vivos o ya no. Con las esperanzas e ilusiones por hacer, o con ellas olvidadas. Con una bolsa de El Corte Inglés y un regalo dentro, o sin nada en la mano. 

Si deseo capturar múltiples retazos de mí mismo, o la intemporalidad de mi persona, no he de separarme de la calle Princesa. No es mi rincón favorito de Madrid, pero sí uno de los que mejor me representa y contiene. Me da la sensación de que ahí empieza y acaba todo. De que alimenta mi soledad siempre reinstaurada. Donde me siento escupido al mundo, y sin un por qué ni un para qué o un hasta qué tramo del paseo.

Definitivamente, nunca encontraré a los demás allí, conmigo. Solo mi eterno ser ausente. La presencia fantasmal de un hombre que nunca sigue una dirección definitiva ni alcanza una meta determinada. 

Siempre, de repente, sigo a alguien; me doy cuenta: soy yo. Me encuentro en Princesa.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2020.