“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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lunes, 22 de septiembre de 2014

La legitimación de las raíces culturales.


El Teatro Español de Madrid representa estos días, y hasta el 19 de octubre, la tragicomedia de Mario Vargas Llosa El loco de los balcones, bajo la dirección de Gustavo Tambascio. Se trata del legítimo empeño de un viejo profesor de arte, Aldo Brunelli, de rescatar del deterioro y de la demolición los balcones históricos de Lima. Balcones que escondieron los tesoros de corazones enamorados, que acogieron conversaciones entre españoles y criollos, entre mucamas y guapas limeñas. Balcones que vieron venir la Historia a caballo, o que despidieron tropas de independencia. Balcones que saludaron a piratas y bandoleros, a Sir Francis Drake y al negro León Escobar. Todo el pasado de Lima desfiló bajo sus balconadas. A mediados de los años cincuenta del siglo XX, la avanzada del progreso decidió hacer tabla rasa y destruir las barriadas más antiguas de la capital, ya convertidos sus otrora señoriales palacetes en tugurios y garitos, censados como cuadras para la peor ralea mestiza de la ciudad. Timbas de borrachos, azaleas orinadas y luciérnagas sin brillo, componen el escenario de esos diablos azules que conjura el joven beodo que increpa a Brunelli en plena revisión de uno de sus balcones añorados.

Brunelli no está solo en su quimérica cruzada: lo acompaña su hija Ileana, fiel devota de su padre. A diferencia de la empresa quijotesca, cuyos fundamentos y cartas de presentación nunca fueron sino pliegos de literatura fantástica, el sueño de este defensor del arte tiene una base real. Las balconadas son historia, son parte del testimonio arquitectónico y social del Perú. Merece la pena, ante el vuelo iracundo de la impía piqueta, rescatarlas, dándoles cobijo. El paciente profesor desmonta los balcones y se los lleva uno a uno a su corrala, donde serán limpiados, desinfectados y restaurados.

Pero no cuenta que, en un redoble de la simpar tragedia de Shakespeare, el hijo de su mayor enemigo engatusa a su hija Ileana y se la lleva consigo. Ileana cuestiona la fidelidad al padre por fuerza de la pasión, cuando se enamora o cree estarlo. No hay devoción familiar que valga si se trata de elegir entre el zoo de cristal y la madre naturaleza; por eso, “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos uno solo”.
Ileana reprocha a su padre Aldo haberla retenido los mejores años de su juventud en pos del ideal salvador. Brunelli, viudo, al contar con el desafecto de su hija única, despierta de golpe de su contumacia y nos regala con una nueva Manderley incendiada: quema su colección de balcones.
Sin embargo, quien ama tanto la cultura, quien se apasiona tanto con su pasado llegado de Europa, no puede menos que rendirse a la evidencia de no poder dejar de ser lo que se es. En compañía del joven vagabundo de los diablos azules, tal vez ganado para la causa cual segundo Sancho, Brunelli, pese a quien pese, moleste a quien moleste, seguirá restaurando balcones.
Frente a él se alza la figura del revolucionario socialista, Teófilo Huamani (Javier Godino): antes que la salvaguarda del arte, está el bienestar de las personas. Terrible dilema: ¿me manifiesto por la causa de los balcones, o me decanto por las necesidades de los hambrientos?  ¿Es legítimo, en épocas de crisis e inestabilidad laboral, defender el culto elitista al arte?
La obra del Nobel peruano incide en la realidad de que un pueblo no puede desconocer sus raíces, no puede olvidar su pasado, oh, escrito en su alma vuestro gesto. Igualmente, nos dice que nadie educado en el amor a los estilos puede abandonar la aventura artística de lo bello. Que es imposible renunciar a lo que se ha amado y venerado tantos años. Los bibliófilos no pueden vivir sin estar rodeados de libros: necesitan verlos, tocarlos, acariciarlos y olerlos. Los coleccionistas de pintura precisan atesorar lienzos y bocetos, acuarelas, carboncillos y óleos. Los numismáticos, monedas. Los filatélicos, sellos. Los entomólogos, insectos. Cada pasión tiene su precio, su lugar y objeto de culto. Desposeer a estos apasionados de su libido sublimada es como quitar al buzo su bombona de oxígeno, o al diestro su muleta. Aldo Brunelli no podrá nunca desconocer el arte de la ebanistería antigua, pasar ante él indiferente, pues lo lleva en las venas. No le pidan que sea otro hombre, o que viva de otra manera de la que le gusta vivir.
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El veterano José Sacristán –en comedido esbozo al arribar a un papel serio-- compone un exacto Aldo Brunelli. Los incondicionales del actor –cálidos y cariñosos mitómanos de los que se paga el teatro-- aplauden sonoramente al concluir el drama. Siempre quedarán patentes sus atisbos de maestría en la favorita de todos, el cómico quimérico de El viaje a ninguna parte (1986), la sublime película de Fernán Gómez. “Para mí –ha confesado Sacristán—esa película no es un trabajo más, es algo que me toca muy dentro”. Pero hay que destacar, también, otro esfuerzo inconmensurable del actor: Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978), la doble vida de Lluis de Serracant, como abogado y travesti de cabaret, ambos con su prestigio.
La obra de Vargas Llosa está basada en hechos reales, vividos en Lima por el propio autor, hacia 1959. Al parecer se inspiró en el personaje veraz de un profesor de Historia del Arte de la Universidad de San Marcos, el florentino Bruno Roselli, quien intentó movilizar, sin éxito, a los limeños en defensa de sus balcones. Algunos sucumbieron, pero otros quedaron. Lima, si bien es un concierto barroco de iglesias y conventos, posee balconadas que, en efecto, junto con sus ventanas enrejadas, son de sus mejores joyas, como la grande esquinera de la Casa del Oidor, o los balcones de la Casa de Larriva, o los dos espléndidos mudéjares con celosías del Palacio de Torre Tagle.

Del reparto merecen reseñarse las eficaces composiciones de Juan Antonio Lumbreras –entrañable vagabundo alcohólico—y Alberto Frías (Panchín). Candela Serrat (Ileana) estiliza una señorita limeña de alcurnia que se deja seducir por los embelecos del caché arquitectónico, primero del pasado, y después del novedoso presente. Blando y muy perdido por la escena anda, sin embargo, Fernando Soto (Ingeniero Cánepa). Meritorio, Emilio Gavira (Dr. Asdrúbal Quijano). Cumplidor, Carlos Serrano (Diego).
Esta tragicomedia deja un regusto de cálida y acogedora nostalgia en el espectador. Recomendable para todos los amantes de la Cultura, del pasado histórico y del patrimonio artístico.
Programa de mano_El loco de los balcones

Bruno Roselli, el quijote del balcón.

lunes, 30 de junio de 2014

Catalina Tejada, el manantial que quiere oír su voz.


Odontóloga de formación (y espera que, también, de profesión), Catalina Tejada tiene muchos valores ocultos. Es una poetisa peculiar, muy personal, disforme y renovadora en su uniformidad, que canta siempre el mismo verso, pero con distinta agua. Compone cuadernos de poesía que de vez en cuando, tímidamente, deja atisbar a los amigos en algún recital. Enamorada del cine, de ese eterno clasicismo antiguo y moderno, también ha escrito alguna pequeña crítica y formado varios álbumes de recortes y singularidades relacionadas con ese mundillo del Séptimo Arte. Es una mujer muy culta, de conversación despierta, agradable e inteligente, que sabe siempre hacia dónde camina.

 
Pero Catalina ha nacido, además, con una voz prodigiosa que ha sabido cuidar y educar con acierto. Integrante del Coro Villa de Las Rozas –uno de los más meritorios de España--, se ha asociado a su amigo Fredi –guitarrista y vocalista—para lanzarse al ruedo de la música ligera en concierto: blues, jazz, boleros… Un tono cálido, suave, comedido, inspirado. Una balada permanente, mas nunca monótona ni monócroma. Una vibración mágica, de enredadera, de las que apetece seguir escuchando en todo momento, porque posee ese sabor a ti, Cata, tan ingrávido y gentil, a la vez quieto y en marcha.
El pasado sábado, 10 de mayo de 2014, Cata y Fredi ofrecieron un concierto, casi inaugural para ellos, en la acogedora sala Segundo Jazz Club (C/ Comandante Zorita, 8, 28020 Madrid). Más de hora y media de gozosa y pasmosa entrega en directo, que incorporaba temas de Pasión Vega (la “otra pasión” particular de esta artista novel), Armando Manzanero, Joan Manuel Serrat, Toni Zenet, Paul Simon, Beyoncé, Avril Lavigne, Anna Kendrick, Brewer y Shipley, y otros afamados astros de la canción. Canción hispana, música ligera, zamba, bolero, blues, nada desperdiga esta joven promesa madrileña, quien ojalá tenga suerte en este proceloso océano rítmico.
Nosotros la animamos a persistir, si es preciso hasta que el viento del desierto barra todas las dunas del Sahara y las mude de estado y de sitio.
Catalina Tejada es el manantial que quiere oír su voz. Démonos todos ese capricho imperecedero.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2014.
 
 
 

domingo, 25 de mayo de 2014

San Damián, en resumidas cuentas.


Publicaba yo en este blog, el 15 de abril del corriente, unas reflexiones sobre el poema que le dedicó Leopoldo Mª Panero al P. Damián, el santo de Molokai

 
El descubrimiento del texto poético se debió a una confidencia de mi buen amigo y maestro Francisco Salvador Martínez. Hace unos días, me ha hecho llegar sus puntualizaciones a mi lectura interpretativa del poema de Panero, que voy a reproducir y a valorar seguidamente:
“Leo, querido Antonio, a la vuelta de unos pocos días por Ágreda, Tarazona y Tudela, otro de tus excelentes trabajos, en este caso un generoso y espléndido estudio dedicado al poema de Panero en torno al Padre Damián, y no quiero dejar de hacer unas mínimas contribuciones a tu análisis.
El poema, sin duda, recoge contenidos religiosos clásicos de los Salmos, de la liturgia de las Horas y puede que del libro de Job, tomados -como bien analizas- no de una formación escolar de esa índole, que el poeta no tuvo, sino quizá de un mundo de lecturas personales, múltiples y diversas (no andan lejos, por cierto, los poemas del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, con sus dramáticas interpelaciones al fiero Dios bíblico de los silencios), e incluso de posibles celebraciones religiosas a las que asistiría en el psiquiátrico de Mondragón (podría corroborarlo el estupendo rastreo que haces de la figura del tal vez hermano corazonista Javier Cuesta).


Dentro de esas lecturas que actúan como fuentes indirectas, creo que también hay unos paralelos formales obvios con las Letanías de Satán de Baudelaire. Veo muy próximos el ¡ten piedad de mí! y el ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Panero reflejaría de ese modo el malditismo al que fue tan dado en la totalidad de su obra. Por otra parte, de lo que no tengo ninguna duda es que en el poema late un auténtico y profundo sentimiento religioso. Panero escribe un texto dedicado a un hombre de fe (el hermano Cuesta) y lo hace no desde la oración del ateo unamuniano, sino desde la simpatía que en él evoca el Damián de Molokai del fraile, un Damián por fin santo en nuestros días tras numerosas dilaciones y “reseteados” en la maquinaria vaticana. Pero Panero es un poeta, un artista, un creador, e “inventa” y recrea con gran acierto y desde el dolor la figura humana del santo que duda y sufre (como también Jesús en los Olivos).
Y se trata de un dolor extremo en el tono y expresionista en el léxico elegido (rey de los gusanos, labio destrozado, baba de los días, muñón, cae al suelo mi carne…). Ya te conté, Antonio, cómo ese poema leído hace años en una graduación de alumnos –momento de elección desafortunada por mi parte, sin la más mínima duda- concitó reacciones enfrentadas en el auditorio, y, sin duda, con predominio de las sensaciones incómodas en personas muy diferentes. No gusta que te muestren en esos momentos de debilidad y flaqueza a una figura tan reconocida y señalada (y eso a pesar de estar convencido todavía hoy de que muy pocos tenían idea de quién era y qué había detrás de su autor).

 
 
Y es dentro de ese contexto de sufrimiento del santo belga donde creo que hay que hacer una mínima matización a tu luminoso análisis. Interpretas el verso yo que ni hijos ni mujer merezco como suprema aceptación del celibato por parte de quien está consagrado al Señor. Pienso, por contra, que Panero acierta ahí plenamente al expresar una queja velada pero contundente de ese mismo celibato forzado. Desde hace tiempo, las biografías menos hagiográficas y piadosas, pero sí rigurosas, venían mostrando la existencia de una relación sólida y marital de Damián en Molokai. Era ese un aspecto que incomodaba a los sectores más tradicionales de la propia congregación de los SSCC y pugnaban por ocultarlo y rechazarlo como si esa flaqueza fuera un estigma que anulaba lo más importante y trascendental de su obra en la isla. Aún recuerdo a principios de los noventa una discusión en el colegio en unas charlas a profesores con motivo de la presentación de una de esas biografías y el deseo institucional de minimizar tales episodios indeseados. Por todo eso, yo vería resignación obligada y asumida en ese magnífico Tú que eres mi mujer y mis hijos, pues otra cosa no podría aceptarse en la católica y eclesiásticamente célibe Europa del momento. ¡Cuánto me recuerda, por cierto, este episodio al mucho más reciente de la vida del padre Vicente Ferrer en la India!
En fin, querido Antonio, mi enhorabuena y mi admiración por tus siempre sobresalientes trabajos. Pero por encima de ellas, siempre el mayor de los cariños.”
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Razón tiene mi gran colega y amigo al resaltar el “malditismo” tan cercano a Leopoldo Mª Panero y su vinculación con Baudelaire. En particular, con las “Letanías de Satán”, donde se menciona a los leprosos, que dicen:
“Oh tú, el más sabio y bello de los Ángeles,
Dios traicionado por la muerte y privado de alabanzas,
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!
(…) Tú que, hasta a los leprosos y a los parias malditos,
enseñas mediante el amor el sabor del Paraíso,
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!
Oh tú, que de la Muerte, esa amante vieja y poderosa,
engendras la Esperanza --¡esa adorable loca!—
¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!”
Los primeros versos de Panero:
“Oh Señor Jesús, pues la lepra me consume
¡ten piedad de mí!
Señor de los leprosos y rey de los gusanos
ya que tengo el labio destrozado
y el brazo convertido en muñón
y la baba de los días quema mi esperanza
¡ten piedad de mí!
Fijémonos en que Baudelaire atribuye a Satán el poder consolador del amor, de la misericordia por la que son redimidos los parias y los leprosos, llevándoles a saborear, engañosamente,  las dulces puertas del Edén celestial.


Que es, así mismo, Satán quien trae a este valle de lágrimas la Esperanza, esa engañosa hada madrina a la quedaban abocados los prisioneros de Auschwitz (“Quien quiere vivir, está condenado a la esperanza”, dictaminó cierto superviviente). Satán es un espíritu burlón y sarcástico, a veces aposentador del Inquilino del Cielo. Es más, por la doctrina del doble, tan cara al siglo XIX, Satán y Dios comparten –para Baudelaire—la misma magnificencia. No otro es el milagro del dualismo: “¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas/ del Cielo, donde reinas, y en las profundidades/ del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!”
Para un crápula como Baudelaire nada había de más maravilloso atractivo que la gruesa capa de una noche sin luna ni luceros: la taberna, los beodos, los peregrinos sin techo, los jugadores, las enrabietadas prostitutas y sus chulos: “Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;/ no hay una fibra en todo mi cuerpo tembloroso/ que no grite: ¡Oh, mi querido Belcebú, yo te adoro!” Satán – Belcebú, olímpico triunfador, a través del vicio y del pecado, de la gala nocturna. Y sin embargo, tal encomio y reverencia se pagan caros, pues el vate maldito sufre una larga y fría oscuridad más larga y extrema que la del Ártico, bajo ese cruel “sol de hielo”, en ese áspero remedo del Salmo 130: “De profundis clamavi”: “Yo imploro tu piedad, Tú, la única que amo [¿la Muerte?],/ desde el fondo del abismo oscuro donde mi corazón ha caído./ Es un universo triste de horizonte plomizo,/ donde en la noche flotan el horror y la blasfemia”.
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Pero dejemos Las flores del mal y volvamos al santo homenajeado por Panero. Nada había de mundano o libidinoso en Damián de Veuster, un hombre que consagró su vida –y su muerte—a los leprosos. Hay que separar el personaje histórico de su recreación literaria, que no literal.
Porque Baudelaire, a Damián, le traía al fresco.
A veces pensamos en complicadas alternativas "extraoficiales", cuando en realidad lo más sencillo es lo que pasó.
El P. Damián se distinguió por una triple elección: 1°. Por ser sacerdote; 2°. Por ser misionero; 3°. Por sacrificar su vida al servicio de una causa.


Es como si hoy, un cura se marcha a cuidar a enfermos de Ébola. Probablemente, moriría a las pocas semanas, o incluso días.
Damián ya decía, antes de enfermar: "Nosotros los leprosos". Él era plenamente consciente de lo que escogió. En alguien tan decidido no hay lugar para una mujer ni una familia. Los leprosos fueron su familia. "Vosotros sois mi madre y mis hermanos".


Como Jesús, se hizo uno de nosotros. Abrazó el destino de aquellas personas, como Cristo la carnalidad humana.
Pocas veces, muy pocas, se ve una vocación tan grande, pues Damián dio su vida por sus semejantes, tal y como, verdaderamente, nos pidió Jesús en el Evangelio. "Aquel que dé su vida por mí, no la perderá, sino que vivirá para siempre". Al fin y al cabo, por un Misterio que se nos desvelará algún día, Él hizo lo mismo por nosotros.
Cuando San Pedro regresa a Roma para acompañar a los perseguidos por Nerón, en ese momento, ha perdido su miedo, porque ha comprendido. Ha comprendido que, en realidad, huía de quien nada se debe temer: el propio Jesucristo. Es Jesucristo el que le espera en Roma, no Nerón. Y de Jesucristo no cabe esperar ningún mal. Eso es lo que entiende también Damián de Veuster cuando se dirige a Molokai. La acción que exige la Fe del cristiano. “Post tenebras, spero lucem”.
Un mártir por la fe y por su servicio a los demás consagra toda su vida y su ser a Dios. Impensable sería que Damián pidiera a alguien humano y carnal para sustituir a ese "Tú". El Tú mayúsculo de Jesús lo es todo. "Tú eres mi mujer y mis hijos": es una forma de decir "nada preciso fuera de ti". El tono es el de un creyente que se ofrece por entero a Dios, aun cuando ese Dios fuera también un enfermo de lepra. No podemos pensar que Leopoldo María creara un salmo de fe y una imprecación irreverente a un tiempo. Se pone en la piel de un sacrificado que se dirige a Dios para hablar de su estado, sin especial alegría, pero tampoco con rencor. Es un alma sufriente, dolorida, mortificada por la enfermedad. Es un santo humano, en su completa dimensión, alejado de cualquier exaltación hagiográfica. Un santo de carne y hueso.
¿Creía Panero en la trascendencia de tal sacrificio? Probablemente no, ya que en otro poema asimila a Damián con la Nada.
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Así pues, aun estando estéticamente cerca Leopoldo María de las letanías de Baudelaire, el sentido que hay que buscar en el sacrificio del P. Damián es solo una imitación de las espinas y la Pasión de Jesucristo. Doloroso Compromiso tempranamente asumido en alguien que dejó atrás unas tierras y un hogar para encontrar una respuesta eterna y trascendente a su vida.
No obstante, doy ahora mis más sinceras gracias a mi buen amigo Francisco Salvador por sus valiosas y experimentadas observaciones.
© Antonio Ángel Usábel, mayo de 2014.

martes, 22 de abril de 2014

La literatura de Gabriel García Márquez.


Y me enteré de que había “otra literatura” en español leyendo a Gabriel García Márquez (1927-2014). Un periodista que llevó la maestría y el pulso de la crónica al relato de ficción. Lo descubrí primero a través de Relato de un náufrago (1970), lectura escolar casi obligada, y después con La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile (1986), que el diario El País publicó por entregas y que yo debo de tener recogidas aún por alguna parte. Me fascinó esa facilidad increíble suya para dar altura mítica a lo cotidiano, a través de un lenguaje que fluía con la naturalidad sonora de un fresco manantial. García Márquez era “otra cosa”, una poderosa alternativa a la morosidad e insipidez de nuestras nacionales letras.


Hay un después de Carpentier y García Márquez en la narrativa hispana: dos portentos que trazaron las sinuosas líneas de lo mágico, bien por increíble a los ojos de un europeo, bien por recordar la cara oculta de la realidad, que es la fantasía y el ilusionismo. La Naturaleza caribeña da la fuerza colosal y olímpica de los huracanes, los recios goterones de lluvia en torrenciales aguaceros, quizá las nubes de mariposas y las interminables cascadas. Si a ello se une la facultad prodigiosa de fabulación de los cuentos persas de Las mil y una noches, y el espíritu mitómano de Don Quijote, el resultado son las piezas asombrosas del Nobel colombiano.
Voy a recordar, solamente, algunos momentos de las novelas de García Márquez que me dejaron postrado en la apatía del anonadamiento, cuando yo era un joven lector de diecinueve o veinte años.
Gran parte de la maestría fabuladora del Nobel colombiano se debe a su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, contadora de historias donde el prodigio copula con la realidad y da pie a un parto satisfactorio.
Empiezo por Cien años de soledad (1967), que es la Biblia de la literatura hispana, libro que no debiera faltar en ninguna habitación de hotel, salvo por aquello de que Macondo embruje al viajero y sustituya en su imaginario a la ciudad que se visita.
Jamás pude suponer que, descendiendo el curso de un río, en un paraje remoto y selvático, se hallara un resto de la ocupación española de América del Sur; pero así era:
Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de remora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores.



[…] Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía volvió a travesar la región, cuando era ya una ruta regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar carbonizado en medio de un campo de amapolas. Solo entonces convencido de que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto en tierra firme.”
¡Ah, la avanzada del progreso! Acaba con la ilusión infantil de todo un buque fantasma abandonado. Solo queda medio esqueleto en un descampado común. Una página que parece surgida de la pluma hechicera de Emilio Salgari. Excepto que el gran mago italiano procedería a la inversa: a la vista de cualquier pecio carcomido o roñoso, vestigio de un pobre desguace, levantaría un galeón --con todo su aparejo-- esperando surcar el Lago Maracaibo.
Cualquiera diría que, incluso hoy, adentrándonos en la jungla del Amazonas, sería posible encontrar –reposando sobre un tronco del árbol del caucho, y preservado con látex—el cadáver momificado de un aventurero extremeño, tal vez empuñando todavía su herrumbrosa espada toledana, y con algún resto de armadura guarneciendo el esternón. Algo parecido leemos en Cien años…:
“Empujó con el hombro la puerta principal, y la carcomida armazón de madera se derrumbó sin estrépito, en un callado cataclismo de polvo y tierra de nidos de comején. Aureliano Triste permaneció en el umbral, esperando que se desvaneciera la niebla, y entonces vio en el centro de la sala a la escuálida mujer vestida todavía con ropas del siglo anterior, con unas pocas hebras amarillas en el cráneo pelado, y con unos ojos grandes, aún hermosos, en los cuales se habían apagado las últimas estrellas de la esperanza, y el pellejo del rostro agrietado por la aridez de la soledad. Estremecido por la visión de otro mundo, Aureliano Triste apenas se dio cuenta de que la mujer lo estaba apuntando con una anticuada pistola de militar.”
El aliento de la literatura popular oriental, en especial, de la china, se hace patente en este pasaje de la novela de Márquez:
“Soñó que entraba en una casa vacía, de paredes blancas […] En el sueño recordó que había soñado lo mismo la noche anterior y en muchas noches de los últimos años, y supo que la imagen se habría borrado de su memoria al despertar, porque aquel sueño recurrente tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño. Un momento después, en efecto, cuando el peluquero llamó a la puerta del taller, el coronel Aureliano Buendía despertó con la impresión de que involuntariamente se había quedado dormido por breves segundos, y que no había tenido tiempo de soñar nada.”
Un episodio inspirado en el “Sueño de la mariposa”, de Chuang Tzu, que dice: Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”. O en “El sueño de la mosca horripilante” (anónimo chino): Li Wei soñaba que una mosca horripilante rondaba por su habitación, interrumpiendo inoportunamente una de sus profundas meditaciones. Molesto, comenzó a perseguirla tratando de acallar con un golpe su desagradable zumbido. Portaba en la mano, con tal objetivo, la primera edición de ‘Con la copa de vino en la mano interrogo a la luna’, poema épico de su entrañable amigo Li Taibo. Corrió y corrió incansablemente entre el reducido espacio de esas cuatro paredes, sacudiendo sus brazos cual si fuera él mismo una mosca. Dicha empresa le sirvió de poco. La mosca, posada en el marco del retrato de su amada, lo miraba con aburrida indiferencia.
Exhausto por la persecución, Li Wei se despertó agitado. Sobre la mesa de luz estaba posado, distraído, el fastidioso insecto. De un viril manotazo, el filósofo acabó con la corta vida de la triste mosca.
Li Wei jamás sabrá si mató a una mosca o a uno de sus sueños.”
El artificio de cajas chinas o de muñecas rusas se prolonga hasta lo innombrable. Lo utiliza Borges en “Las ruinas circulares” y en “La escritura de Dios”, de donde son estas palabras de mudo sortilegio: “Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: "No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente”
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En El otoño del patriarca (1975), hay un pasaje ucrónico donde América descubre Europa, y no al revés. Lo reproduzco a continuación:
“Y por fin encontró quién le contara la verdad mi general, que habían llegado unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, y los cabellos gruesos y casi como sedas de caballos, y habiendo visto que estábamos pintados para no despellejarnos con el sol se alborotaron como cotorras mojadas gritando que mirad que de ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni blancos ni negros, y dellos de lo que haya, y nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor, que ellos dicen la calor como los contrabandistas holandeses, y tienen el pelo arreglado como mujeres aunque todos son hombres, que dellas no vimos ninguna, y gritaban que no entendíamos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos, y después vinieron hacia nosotros con sus cayucos que ellos llaman almadías, como dicho tenemos, y se admiraban de que nuestros arpones tuvieran en la punta una espina de sábalo que ellos llaman diente de pece, y nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia, y también por estas sonajas de latón de las que valen un maravedí y por bacinetas y espejuelos y otras mercerías de Flandes, de las más baratas mi general, y como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formó un cambalache de la puta madre y al cabo rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios crio, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas…”


Aquí se trastocan los papeles, y los verdaderos comerciantes parecen ser los indios, que son quienes no toman en serio a los curiosos forasteros, tan extraños y peculiares por su jerga y su forma de vestir y de llevar el pelo. La desmitificación de la realidad documental es una constante en la novela histórica hispanoamericana desde el “Boom”. Europa entraña la dictadura de la cronología, contraria a la cosmogonía mítica circular de lo precolombino. Se antoja la repetición defendida por Octavio Paz: en esto ver aquello. La reescritura de lo ausente, de lo intemporal, es la “visión de los vencidos”, para escarnio y burla de los vencedores, los cuales dejaron algunos sus huesos en las selvas y desiertos, o en el fondo del mar, tras una galerna o el asalto de bucaneros ingleses u holandeses.
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Continuando con la novela histórica, de 1994 es Del amor y otros demonios, la historia de la falsa endemoniada, Sierva María de Todos los Ángeles, de doce años, que sirve al autor para criticar el celo y el fanatismo católicos. La religión es vista no como consuelo, sino como laceración de almas y cuerpos.
De esta novela me impresionó, sobre todo, el hallazgo de la tumba de la niña y el inquietante estado de sus restos, que detalla el narrador en el prefacio:
“En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña. En la hornacina no quedó nada más que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellidos: Sierva María de Todos los Ángeles. Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros.
El maestro de obra me explicó sin asombro que el cabello humano crecía un centímetro por mes hasta después de la muerte, y veintidós metros le parecieron un buen promedio para doscientos años. A mí, en cambio, no me pareció tan trivial, porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día, y el origen de este libro.”
García Márquez relata la leyenda, ese atisbo de verdad que corre de boca en boca y que a veces muere antes de convertirse en libro. De todo tiene la culpa un perro rabioso, ese can maldito que aparece un día en plena calle y que carga con la mirada y el aliento del diablo.


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El coronel no tiene quien le escriba es de 1961. A pesar de ser una novela sin conflicto, marcada por la monotonía y el tedio provinciano, resulta una buena adaptación a nuestro idioma de Faulkner y de Lowry. En efecto, el coronel del relato está prisionero de aquel lugar en ninguna parte como el excónsul británico en Cuernavaca, en Bajo el volcán. Llueve despacio, pero sin pausa, porque no puede llover de otra manera donde nunca pasa nada. Llueve cansinamente, apaciguadamente, templando voluntades (“Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años”).
“—Nada para el coronel –dijo.
El coronel se sintió avergonzado.
--No esperaba nada –mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil. Yo no tengo quien me escriba.
Regresaron en silencio. El médico concentrado en los periódicos. El coronel con su manera de andar habitual que parecía la de un hombre que desanda el camino para buscar una moneda perdida.
[…] –Qué hay de noticias –preguntó el coronel.
El médico le dio varios periódicos.
--No se sabe –dijo--. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura.
El coronel leyó los titulares destacados. Noticias internacionales. Arriba, a cuatro columnas, una crónica sobre la nacionalización del canal de Suez. La primera página estaba casi completamente ocupada por las invitaciones a un entierro.
--No hay esperanza de elecciones –dijo el coronel.
--No sea ingenuo, coronel –dijo el médico--. Ya nosotros estamos muy grandes para esperar al Mesías.”
La invitación a un entierro, lo más notorio de los sucesos locales. Nada importa, puesto que todo se olvida. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar:
“Cada día vemos nouedades e las oymos e las passarnos e dexamos atrás. Diminúyelas el tiempo, házelas contingibles. ¿Qué tanto te marauillarías, si dixesen: la tierra tembló o otra semejante cosa, que no oluidases luego?
Assí como: elado está el río, el ciego vee ya, muerto es tu padre, vn rayo cayó, ganada es Granada, el Rey entra oy, el turco es vencido, eclipse ay mañana, la puente es lleuada, aquél  es ya obispo, a Pedro robaron, Ynés se ahorcó. ¿Qué me dirás, sino que a tres días passados o a la segunda vista, no ay quien dello se marauille? Todo es assí, todo passa desta manera, todo se oluida, todo queda atrás.” (Fernando de Rojas, La Celestina, Auto III).
Estamos condenados a vivir, tal vez sin un para qué. La vida de las gentes se extiende a nuestro alrededor, y el mundo gira, pero la tierra ni se inmuta.
Para el cristianismo, la vida tiene un propósito, una finalidad; para los arquitectos de la intrahistoria, acaso ninguno, nada.

En la misma página de El coronel…, el motivo recurrente de los pueblos latinos: la cotidianeidad ordenada por la Iglesia:
“Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.
--Mala para todos –dijo. Hace como un año que las películas son malas para todos.
Bajó la tolda del mosquitero y murmuró: ‘El mundo está corrompido’. Pero el coronel no hizo ningún comentario.”
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Gabriel García Márquez ha muerto a los 87 años, en México D.F., el 17 de abril de 2014. Al parecer, sus cenizas van a ser repartidas entre Aracataca o Bogotá (Colombia) y México D.F., lugar donde residía el escritor. En 1999, se le diagnosticó un linfoma, del cual fue tratado durante tres meses en un hospital de Bogotá. En 2006, se le presentó otra grave dolencia hereditaria, el alzheimer, hecho que él mismo pronosticó en las páginas de Cien años de soledad, cuando habla de la epidemia de insomnio que afecta a Macondo y cómo sus habitantes, al olvidar, se refugian en una verdad inventada, otra realidad mágica; entonces, se crean recursos para no soltar todas las amarras con lo ya conocido:
“Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varias meses de las evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Paca a poca, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.
En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrito claves para memorizar los objetas y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante. Pilar Ternera fue quien más contribuyó a popularizar esa mistificación, cuando concibió el artificio de leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había llegada a principios de abril y la madre se recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el laurel. Derrotado por aquellas prácticas de consolación, José Arcadio Buendía decidió entonces construir la máquina de la memoria que una vez había deseado para acordarse de los maravillosos inventos de los gitanos. El artefacto se fundaba en la posibilidad de repasar todas las mañanas, y desde el principio hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida. Lo imaginaba como un diccionario giratorio que un individuo situada en el eje pudiera operar mediante una manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las naciones más necesarias para vivir.”

 
 
 
 
 
 
 


martes, 15 de abril de 2014

"Pues la lepra me consume..."


Hace unos días –hace unos días de casi todo--, nos dejaba el último maldito, el poeta y loco Leopoldo María Francisco Teodoro Quirino Panero Blanc (Madrid, 16 de junio de 1948 – Las Palmas de Gran Canaria, 5 o 6 de marzo de 2014). Le habían precedido en el viaje eterno su padre, el poeta falangista Leopoldo Panero (1909-1962), su madre, la escritora Felicidad Blanc (1913-1990), su hermano pequeño José Moisés Santiago, “Michi” Panero (1951-2004) –que fue a morir a la tierra linajuda de Astorga, como los elefantes a su mítico cementerio--, y su hermano mayor Juan Luis (1942-2013), autoexiliado en una comarca catalana.
Hace también unos días –hace solo unos días de casi todo--, comentando el óbito con mi amigo del alma Francisco Salvador –a quien dedico estas líneas--, me llegaba de él un poema que yo no conocía (aún desconozco casi todos), perteneciente a uno de sus más recientes trabajos, que sacó a la luz en 1992 Ediciones Libertarias, y que en 2010 recuperó  El ángel caído ediciones (Las Palmas). Me refiero al discreto volumen Piedra negra o del temblar. Pues bien, en ese libro dedicó Leopoldo María un hermosísimo salmo u oración a la figura histórica del Padre Damián (Joseph) de Veuster, el Apóstol de los Leprosos (Tremeloo, Bélgica, 3 de enero de 1840 – Molokai, Hawaii, 15 de abril de 1889). El Padre Damián fue declarado beato en 1994 por Juan Pablo II, y canonizado en 2009 por Benedicto XVI. Ha sido el misionero más grande que ha tenido la orden de los Sagrados Corazones, fundada en París en la Nochebuena de 1800. (Me ha cabido el honor de haber sido formado en mis años infantiles por esta orden, a la cual muestro mi agradecimiento). El Padre Joseph de Veuster desembarcó en Honolulú el 19 de marzo de 1864, con tan solo los votos menores. Pocos días después, recibió el sacerdocio. De constitución recia y buena salud (se crio trabajando en la granja de sus padres), el joven P. Damián se aplicó a fondo en varias parroquias de áreas muy humildes, como la de Kohala, hasta que recibió una oferta que no iba a poder rechazar: encargarse de la misión católica de la isla de Molokai, a donde habían sido llevados todos los enfermos de lepra del archipiélago. Esta alternativa del obispo Louis Maigret conllevaba un importante y definitivo sacrificio, pues se sabía que quien andaba junto a leprosos, terminaba infectado más pronto que tarde. Consciente del alcance de su misión, el P. Damián llega a Kaulapapa (Molokai) el 10 de mayo de 1873. Se pone a asistir personalmente a unos seiscientos enfermos: les cura y venda las úlceras, les construye cabañas, les anima espiritualmente, les enseña normas básicas de respeto y convivencia, y por último, construye sus ataúdes y los entierra. Está asistiéndoles en todo momento hasta que un día de 1885, cuando sumergió sus pies en una cuba de agua, no notó que esta estuviera hirviendo. La insensibilidad es uno de los primeros graves síntomas de la lepra. Había pasado doce años ayudando a esas gentes desahuciadas, y ahora él era uno más de la familia. Damián tardó cuatro años en morir. La lepra fue trepando desde su pierna izquierda, lenta pero segura. Tan consciente fue siempre de su destino que, enalteciendo la dignidad de los suyos, se dirigía a ellos con las palabras “Nosotros, los leprosos”. En sus 49 años realizó un trabajo no superado, que mereció el aplauso del escritor Robert Louis Stevenson, del pintor E. Clifford, y de varios pastores anglicanos. Su ejemplo de entrega a una causa humanitaria hasta límites extremos fue señalado por Gandhi. En diciembre de 2005, fue elegido “el belga más grande de todos los tiempos” por la cadena de televisión VRT. Una película excelente, ya clásica, Molokai, la isla maldita (Luis Lucia, 1959) –rodada en los palmerales de Alicante-- ha inmortalizado su proeza.

¿Qué interés especial pudo tener Leopoldo María Panero para dedicar un salmo al P. Damián? Él se había educado en una escuela laica, el Liceo de Cultura Italiana de Madrid (entonces en C/ Agustín de Bethencourt 1), donde entró por la influencia de Dámaso Alonso, amigo de su padre y testigo de su bautismo. Después, prosiguió estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense. Afiliado al PCE en la clandestinidad, Leopoldo María nunca fue ni un creyente, ni mucho menos un beato. Drogata, alcohólico, homosexual, se deleitaba más con un póster de Johnny Weissmuller que con cualquier virgen o cristo. Leopoldo alardeaba por los bares y plazuelas de Malasaña de “malditismo”, no se fuera a transmitir este como la enfermedad del P. Damián. El malditismo es proclamarse descontento del género humano, adorar la cara oculta de la Luna, abrazar el satanismo y decretar el nihilismo como única religión del imperio poético. A trazar los vericuetos tortuosos de la mortificante Nada dedica Leopoldo la mayor parte de su producción desde, al menos, Abismo (1999), Teoría del miedo (2000) y otros frutos parecidos. “Ahora que el mundo ha muerto y solo nos queda/ al final de la vida, el poema” (Pico de viudo). Desubicado en su dolencia esquizoide, consumiendo bombones y Coca-Colas a cientos, dedicó, quién sabe a quién ciertamente, esos dos versos que celebran toda su vida: “De todos los favores que pude prometerte,/ te debo la locura”.
Buda decía que cuando los dioses quieren perderte, primero te vuelven loco. La clave sobre Damián –o acaso Damien, para Panero—nos la da un título de 2004, el año mismo que pierde a Michi: Esquizofrénicas o La balada de la lámpara azul. Principia el libro el poema Himnos a las divinidades infernales (Astaroth, Belial, Beherito, Tifeo, Yemayá): “Oh tú, paloma negra/ que sobrevuelas el abismo/ y tienes las llaves del pozo/ de la locura: tú como yo/ solo crees/ en el abismo”.  A poco llegamos a una pieza sobre Rimbaud: “Es Azul/ el color del espanto/ y Amarillo/ el color del odio/ Blanco/ el color de la muerte/ y de la nada/ como un linchamiento perfecto/ como una cabeza cortada/ para dar de comer a los pájaros”. Después, Benny, el niño subnormal, y, por fin, en Caníbal, se abre la sombra del P. Damián: “El padre Damián/ no era más que un leproso/ un ser en los límites de la nada/ que surcaban febrilmente los hombres/ pidiendo a gritos, reclamando la nada”. Termina el poema con esta angustia: “Tiembla el ser adonde ya no hay nada/ sino una flor contra el ser/ un silencio contra el mundo/ y un ser contra la nada”. Esa flor puede ser la del culo, perdición de todo marica, pues antes había dicho: “…Donde el desierto es una flor/ una flor que odia al hombre/ y que se nutre de trozos de ser”. El intestino se alimenta de “trozos de ser”, de comida deglutida, que acaban hacinados en el recto. Una flor que “odia al hombre”, pues cercena la procreación en las relaciones anales. Se opone a la generación / regeneración de vida. Cita a un Damián ya enfermo, infectado, condenado a “los límites de la nada”, es decir, la muerte. Lo que espera a Damián es solo eso: la muerte, una vez más. Leopoldo se afirmará luego: “Escribo como escupo/ Como si estuviera el cadáver de Dios/ hecho tan solo de saliva/ Y Dios es tan solo una mentira en la ruina/ En la ruina perfecta del hombre…” Dios es la gran mentira que ha engañado al P. Damián a volverse leproso. El P. Damián se queda sin recompensa; a la fuerza, este infierno es nuestro paraíso.
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Así desembocamos en Piedra negra o del temblar. Nueva arritmia escatológica de Panero. Somos los “señores del wáter para siempre, amos y principios del retrete”. La piedra negra son las heces, “en que toda vida acaba, y se celebra/ tirando de la cadena”.
“…Bésame el ano del que versos he hecho” (El hombre elefante).


“Señor del mal, ten piedad de mi madre/ que murió sin sus dos tetas/ y sobre la que yo escupí,/ y ahora amo…”  (“A veces escupo por placer sobre el retrato de mi madre”, Dalí dixit). Felicidad Blanc padeció una neoplasia mamaria con metástasis múltiple que la llevó a fallecer el 30 de octubre de 1990 en el Hospital Comarcal de Bidasoa. Tenía 77 años. Cuando la ve Leopoldo María, que había estado leyendo el Infierno de Dante en su manicomio de Mondragón, intenta resucitarla con un beso en la boca. Remeda el gesto servil de Secundra con el primogénito de El señor de Ballantrae, de Stevenson. Como si un beso profundo pudiera comunicar la fuerza de un alma viva a otra que ya no anima el cuerpo.
 


En Piedra negra… festeja Leopoldo a uno de los pioneros de la corriente maldita, François Villon (1431-1463?), justo continuador del esfuerzo rebelde de otros como Cecco Angioleri y Rutebeuf. Y así le canta: “Yo François Villon, a los cincuenta y un años/ gordo y corpulento, de labios color ceniza/ y mejillas que el vino amoratara,/ a una cuerda ahorcado/ lo sé todo acerca del pecado…” Panero parafrasea al propio Villon, cuando este compuso: Yo soy François, lo cual me pesa,/ nacido en París, cerca de Pontoise,/ y en el extremo de una soga/ sabrá mi cuello cuánto mi culo pesa”. Es un mito que Villon –François de Montcorbier, bachiller en Artes--, acogido por Guillaume Villon, capellán de Saint-Benoît le Bétourné, muriera ahorcado. No lo sabemos. Puede, incluso, que terminara arrepentido y acogido a religión, en algún monasterio. Si bien estuvo condenado a pena de prisión, Luis XI lo perdonó en 1461. Escapó de la horca en enero de 1463, cuando el Parlamento de París lo destierra de la ciudad por diez años. Después se pierde su pista. Villon era el señor de los tahúres de taberna, de las riñas, las pendencias de burdel y los robos organizados, como el del Colegio de Navarra. Perteneció a la Compañía de Coquille, que contaba con mil amigos de lo ajeno entre sus filas. Una vez intervino en un altercado donde se mató a un sacerdote de una pedrada, y él se llevó una cuchillada que afeó su jeta para siempre. En sus poemas satíricos, Villon a menudo se finge arrepentido y contrito, jugando a una doble interpretación: “La necesidad hace que las gentes se inclinen al mal,/ y el hambre obliga al lobo a salir del bosque”; “Por muy vil que sea el pecador,/ Dios odia sólo la perseverancia en el mal”. Un mal del cual el hombre no puede zafarse, y en el cual, cainitamente, persevera.
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¿Por qué fijarse en Damián de Veuster?
Bien, Villon tuvo un protector, el capellán Guillaume, que hizo por educarlo. Leopoldo María Panero, en sus últimos años de peregrino por sanatorios mentales, también encontraría el suyo: el Padre o Hermano Javier Cuesta. A él le dedica, precisamente, “con el extraño afecto de Leopoldo”, el salmo, puesto en boca del P. Damián, que dice así:

Oh Señor Jesús, pues la lepra me consume
¡ten piedad de mí!
Señor de los leprosos y rey de los gusanos
ya que tengo el labio destrozado
y el brazo convertido en muñón
y la baba de los días quema mi esperanza
¡ten piedad de mí!
Yo que ni hijos ni mujer merezco
aquí, en la isla de Molokai
viendo cómo cae al suelo mi carne,
rezo para ver tu cara,
también consumida por la lepra.
Tú que eres mi mujer y mis hijos
ya que es lo único que puedo yo ofrecerte
te ofrezco, laurel y cirio,
mi muerte.”

Hay una fotografía que muestra, en efecto, el labio del P. Damián agrietado por la lepra. Pero también François Villon tenía el labio perforado de un navajazo. En el poema, Damián invoca a Dios, aquí “Señor de los leprosos y rey de los gusanos”, y leproso Él mismo, en una cadena sin fin, como le pasó al joven misionero al plantarse en Molokai. Abrazó lo que el amor de Dios entonces era: lepra. La lepra era el signo de los escogidos a darse amor en aquel exilio.


“Ya que ni hijos ni mujer merezco…” El consagrado al Señor, está desposado con Él, y debe guardar celibato (“Tú que eres mi mujer y mis hijos”). No hay por qué pensar que Damián se relacionara sexualmente con alguna de las hijas moradoras de la isla. Seguramente alguien con su fe, firme como roca, pensaría en todo menos en eso. Damián murió entregado a los demás. Y es lo que se deduce de la versión de Panero. Damián ofrece su vida en sacrificio, canónicamente: “Ya que es lo único que puedo yo ofrecerte/ te ofrezco, laurel y cirio,/ mi muerte”. Como “laurel”, es decir, triunfo humano, y como “cirio”, o sea, la luz de Cristo Jesús, su Resurrección y Redención del Pecado. Damián de Veuster ha conseguido, por partida doble, el reconocimiento de sus semejantes por su gesta social, y además, la gloria de los altares gracias a su sacrificio transcendente. Como todo mártir, ofrece a Dios su vida. No desperdiciada, pues ha pasado doce años trabajando intensamente en auxilio de su rebaño; cuando admitió ir a Molokai, ya sabía lo que le esperaba. Mas la gran inquietud del Damián de Panero es encontrarse consigo mismo tras la última mueca: Dios Jesús también es un leproso. “Así es mi yo un andrajo al que viste un nombre”. Será como contemplarse en un espejo tiznado para toda la eternidad: un reflejo eterno de la lepra. Una pesadilla de Lovecraft, sin escapatoria ni alternativa. La guarida de un gusano. El Cielo gusaneado, gangrenado, maloliente, deslucido. No en vano, es el azul el color del espanto, según nuestro poeta. Un cielo azul es una horrible nadería de mierda y microbios. La fosa séptica de los santos que han padecido. “Volando, volando en torno del retrete”. Una recompensa que da mucho que hablar. “Ese cielo/ prometido a los cobardes/ para extender su reinado”. Alborea Nietzsche. La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, sí, pero… ¿la muerte?
El Hermano Javier Cuesta debe de ser un corazonista que asiste (o asistía) a los enfermos del psiquiátrico de Mondragón, donde estuvo internado Leopoldo María. En una carta, sin fecha --pero de inicios de 1991--, a su hermano menor Michi, Leopoldo primero se justifica por la chorrada sacrílega e incestuosa: “Yo a mi madre no solo no quería matarla, sino que pretendía curarle el cáncer primero y luego resucitarla, con el boca a boca que es la resurrección del señor de Ballantrae, y que en este caso podía haber hecho efecto”. Más adelante, alude al fraile: “… No tengo ropa, y me gustaría comprarme unos pantalones vaqueros, una camisa y una chaquetita vaquera. Si puedes hacérselo saber al hermano Javier Cuesta te lo agradecería infinito.
Así pues, este Hermano Javier Cuesta debió de velar más de una vez por la salud y el bienestar quebrantados de Leopoldo María. En “extraño afecto”, pues el hábito puede no inspirarle nada al beneficiario, o no agradarle el físico o modales de la persona en sí. Pero el caso es que Leopoldo se lo agradece al fraile con este poema de recuerdo al P. Damián.


 El salmo ideado por Leopoldo recrea los típicos himnos de la liturgia de las horas, como “Oh Jesucristo, Redentor de todos”, u “Oh, Santo Dios, Jesús, Señor,/ tu mano me tocó,/ me amaste a mí, un pecador,/tu gracia me salvó…”  Especialmente, guarda similitud con la oración al Sagrado Corazón que empieza:
Oh Señor Jesús,
a tu Sagrado Corazón
confío esta intención.
Solo mírame,
entonces haz conmigo
lo que tu Corazón indique…”
Sin embargo, el tono marcadamente doliente y de reproche no es nada común a los himnos de liturgia, y sí lo encontramos en algún Salmo del A.T., como el 22, donde el fiel se conduele, igualmente, de su estado lamentable:
“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
¿Por qué no escuchas mis gritos y me salvas?
(…) Mas yo soy un gusano, no un hombre
(…) Mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas
(…) Me has hundido en el polvo de la muerte” 
El Salmo 51 comienza:
Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor,
por tu inmensa compasión, borra mi culpa;
lava del todo mi maldad, limpia mi pecado…”  
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El Leproso. La carne. Su carne, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

Leopoldo María:

“La vida entera es un Miércoles de Ceniza” (fragilidad + arrepentimiento + conversión).

“…El tiempo/ que cae como ceniza sobre el hombre”

“La peste de existir… Como la ceniza del cigarrillo sobre la mano”

“¡Oh! Ceniza madre del Sol/ ceniza del intento…”
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“Pasaba la manada”.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2014.