“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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martes, 25 de marzo de 2014

El mejor presidente de la democracia.


Ha muerto Adolfo Suárez González (n. Cebreros, Ávila, 25-09-1932), pasados tres minutos de las tres de la tarde del domingo 23 de marzo de 2014. Tenía 81 años. Un hombre injustamente tratado por la enfermedad (víctima del despiadado Alzheimer, esposa e hija fallecidas de cáncer), y a menudo también, ignorado o incluso traicionado por sus correligionarios políticos.


Doctor en Derecho por la Universidad de Madrid, procurador en Cortes por Ávila, Gobernador Civil de Segovia, Director General de Radiodifusión y TVE, Suárez se curtió como servidor social en cargos de responsabilidad dentro del Movimiento Nacional. De hecho, fue vicesecretario general del Movimiento hasta 1975, momento de la desaparición de Francisco Franco.
Por su moderación, seriedad, sensatez, dedicación personal, espíritu de entrega y sacrificio, y carácter íntegro, llamó la atención del futuro rey Juan Carlos I, quien le encomendó dirigir y comandar el arduo proceso de transición hacia un sistema bicameral de Monarquía parlamentaria.
Adolfo Suárez iba a tener aliados –el rey y su camarilla de reformistas demócratas, como Torcuato Fernández Miranda, Landelino Lavilla Alsina, Manuel Gutiérrez Mellado, Marcelino Oreja Aguirre, Fernando Abril Martorell, Rodolfo Martín Villa, Enrique Fuentes Quintana, Francisco Fernández Ordóñez, Joaquín Garrigues Walker, Pío Cabanillas Gallas, Íñigo Cavero Lataillade, Agustín Rodríguez Sahagún, Leopoldo Calvo Sotelo--, pero también se debería enfrentar a durísimos y despiadados adversarios, crueles enemigos de la transición.
Entre los “dinamiteros” del proyecto político de Suárez y del rey Juan Carlos:
A) Los grupos paramilitares y pistoleros de extrema derecha.
B) Gran parte del ejército español, heredero y defensor del régimen autoritario.
C) Los partidos y asociaciones de extrema derecha: falangistas y fascistas.
D) Los partidos y asociaciones de extrema izquierda: comunistas y anarquistas.
E) Las organizaciones terroristas independentistas o de extrema izquierda; fundamentalmente, ETA y Grapo.
F) Las razones sociales: alto índice de paro y de inflación.


Suárez, nombrado Presidente del Gobierno en julio de 1976, a instancias de Torcuato Fernández Miranda, Presidente de las Cortes, consigue sacar adelante en las urnas su Ley para la Reforma Política. Fue el 15 de diciembre de 1976. Con una participación del 77,47% del censo electoral, votan a favor del cambio un 94,2% de españoles, frente a un 2,6% en contra, un 3% en blanco, y un 0,2% de votos nulos.
Quedaba claro que España quería una transición hacia un sistema democrático.
Pero el camino no estaría sembrado de rosas, precisamente, sino de alambres de espino y muertos.
Ya el 4 de agosto de 1976, Suárez amnistía a todos los presos políticos del franquismo. Fue la primera medida para una reconciliación nacional.
La noche del 24 de enero de 1977, al menos cuatro pistoleros ultraderechistas irrumpían en un despacho de abogados laboralistas en el número 55 de la calle Atocha de Madrid, y asesinaban a sangre fría a cinco letrados vinculados a CC.OO. y PCE.
El 9 de abril de 1977, un Sábado Santo, desoyendo muchas voces críticas, Adolfo Suárez legaliza el Partido Comunista de España.
El 15 de junio de 1977, los españoles son convocados a elegir libremente la agrupación política que deseen que forme gobierno. La Unión de Centro Democrático (UCD), el partido de Suárez, consigue 165 escaños; el PSOE (liderado por Felipe González Márquez), 118; el PCE (de Santiago Carrillo), 20; Alianza Popular (de Manuel Fraga Iribarne), 16; el PSP de Tierno Galván, 6; Pacte Democratic per Catalunya, 11 escaños; Partido Nacionalista Vasco, 8 escaños; Unió de Centre-Democrácia Cristiana de Catalunya, 2 escaños; Esquerra Republicana de Catalunya, 1 escaño, y Euskadiko Ezquerra, 1 escaño.
En el primer gobierno de Adolfo Suárez, los militares son apartados de la cartera ministerial, y quedan bajo la sola autoridad del general Gutiérrez Mellado, vicepresidente primero para Defensa.
Por su parte, ETA y Grapo no paran quietos y siguen cometiendo sus fechorías, en pro de la desaparición del estado español. Un sinnúmero de atentados con muertos –la mayoría, militares—se suceden despiadadamente en los años de los gobiernos de UCD: 64 atentados de ETA durante 1978, 84 en 1979, 93 en 1980. El país se baña en la sangre vertida por los terroristas vascos. En 1980, hasta el mes de noviembre, fueron abatidos por el terrorismo etarra 57 civiles, 11 miembros de las fuerzas armadas, 7 policías nacionales, 27 guardias civiles, 2 inspectores de la Policía Nacional, 2 policías municipales y 1 vigilante privado.


Los periódicos vaticinan la dimisión del gobierno por el solo efecto de la ofensiva terrorista.
Gutiérrez Mellado, en nombre del rey y del presidente del gobierno, tiene que intervenir para contener a los militares, azuzados por los partidos de ultraderecha para un alzamiento contra la democracia. Así, acalló al general Atarés en Cartagena, y al capitán de navío Menéndez Vives en el Hospital Gómez Ulla de Madrid, tras el vil asesinato por el Grapo de dos policías y un guardia civil. Gutiérrez Mellado exigió a sus compañeros de armas obediencia y lealtad al orden legalmente constituido. Frente a su firmeza, los gritos de quienes hablaban de honor y gloria.
Es evidente que la violencia fascista de los grupos terroristas, unida a la debilidad de las últimas legislaturas de centro, propiciada por intrigantes y ambiciosos sin escrúpulos que anidaban en UCD, ante la indiferencia y parsimonia –o incluso aliento-- de los partidos democráticos de izquierdas, socavaron el proyecto Suárez y allanaron el camino a los golpistas del 23 de febrero de 1981. Se dice que Adolfo Suárez dimitió el 29 de enero de 1981 al oír ya “ruido de sables”. No es verdad. Tuvo que irse al sufrir al enemigo en casa: la falta de apoyo en el seno de UCD.


El propio Landelino Lavilla, lacerado por cierta ingratitud, en una entrevista concedida a Pedro J. Ramírez en Diario 16 (12 de enero de 1981), vino a decir que Suárez ejercía el poder con mano blanda, circunstancial, y que parecía capitanear una nave sin rumbo fijo: “Conste que no imputo al presidente Suárez un ejercicio arbitrario o abusivo de sus poderes. Si algo le hubiera de imputar, sería el escaso ejercicio de los mismos. Porque si discutibles son, en todo caso, las ventajas de una excesiva concentración formal del poder, son indiscutibles los inconvenientes de un poder concentrado y no ejercido por su titular. Esto produce un vacío que se llena de un modo confuso, desordenado y asistemático”. Es decir, don Landelino estaba hablando de Adolfo Suárez como de un gobernante feble. Un débil. En igual sentido se pronuncia entonces Alfredo Molinas, presidente de la Patronal catalana: “Es necesario un Gobierno que gobierne y que gobierne con autoridad […] Este Gobierno no se comporta como nosotros creemos que debería comportarse un Gobierno empeñado en sacar al país de la crisis por la que atraviesa”.
Sin embargo, lo que quizá estaban requiriendo los descontentos de la UCD, y que no eran propiamente de los intrigantes baratos, era un poder dictatorial provisional. Pero Suárez dejó aclarado, en mayo de 1980, que él “ni era Maura, ni Dato, ni Canalejas”.
Pío Cabanillas, Rosa Posada y Leopoldo Calvo Sotelo se mantuvieron fieles a Suárez. No así otros colaboradores y compañeros, como Óscar Alzaga y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón. Alfonso Guerra, por su parte, número dos del PSOE, tildó a Suárez de “tahúr”. Como si únicamente vieran en el presidente la cabeza de turco que había que guillotinar para que todos los problemas se acabaran. A finales de enero de 1981, en plena crisis del último gobierno Suárez, el rey se va de caza a Sierra Morena; en unas pocas horas de un viernes, se abaten 205 ciervos, 25 jabalíes, 11 gamos y 16 zorros. Sin embargo, ante la inconsistencia de la posición del gobierno, Don Juan Carlos pone precipitado fin a su descanso y regresa a Madrid en helicóptero. Paralelamente, el diario El Alcázar, para echar más leña al fuego del extremismo, habla de la posibilidad de un indulto o cuando menos reducción de condena a etarras.
En 1982, en agradecimiento a los servicios prestados al país, Suárez es nombrado por el rey Duque de Suárez. Crea un nuevo partido político de centro-izquierda, de signo liberal, el Centro Democrático y Social (CDS), al que se lleva a leales colaboradores suyos, como Rodríguez Sahagún. Tiene mediana suerte con esta formación entre 1982 y 1989, y en 1991 decide retirarse de la política activa ante los malos resultados electorales.
Suárez preside entonces el Consejo Español de Apoyo a los Refugiados (CEAR), es miembro del gabinete rector de la Universidad Católica de Ávila, y desde 2001, presidente de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.
En 1996, se le concede el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia. En 2002, obtiene el Premio a los Valores Humanos del grupo Correo Prensa Española.
Además, Adolfo Suárez estaba en posesión de la Gran Cruz del Mérito Civil, la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Gran Cruz al Mérito Naval, la Gran Cruz al Mérito Militar, la Gran Cruz de Cisneros, la Gran Cruz de Isabel  la Católica, la Gran Cruz del Yugo y las Flechas y la Gran Cruz de Carlos III.  Contaba, así mismo, con valiosas condecoraciones extranjeras, entre ellas la banda del Águila Azteca (enero de 1996) y la Gran Cruz de la Orden de la Libertad de Portugal (febrero de 1996).
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Suárez ha sido un político honrado, cabal, servicial, alejado de todo nepotismo, de toda ansia de poder y de enriquecimiento. Un hombre tolerante y respetuoso que sabía escuchar y que lograba convencer. Un ser conciliador, ecléctico, moderado, liberal, centrista, alejado de cualquier radicalismo. Un espíritu abierto a las ideas sensatas y al diálogo.

Solo con la colaboración de todos se puede construir un futuro mejor.
Suárez ha sido nuestro Winston Churchill.
Suárez mantuvo a España alejada de chantajes nacionalistas, de escándalos de corrupción generalizada y de una visión de la política como medio de medro personal. Y lo hizo en una época extremadamente crítica y dura, tremendamente insolidaria y turbulenta.
Suárez se merece nuestra sincera, emotiva y eterna gratitud, y nuestro cariñoso recuerdo como político íntegro que demostró servir lo mejor que pudo y supo a un país, España, al cual se entregó.

† DESCANSE EN PAZ ADOLFO SUÁREZ GONZÁLEZ (1932-2014).


 
© Antonio Ángel Usábel, marzo de 2014.
[Con información procedente de Enciclopedia Universal Micronet 2004]

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El general Manuel Gutiérrez Mellado se dirigió a la prensa en estos oportunos términos, en 1976, cuando fue nombrado vicepresidente primero del Gobierno:
"Lo que he tratado de hacer y decir es lo que creo coincide con los deseos de la mayoría de los españoles:
- Que no vuelva jamás la lucha armada a nuestro suelo, sobre todo si es entre españoles.
- Que impere la moderación y el diálogo y no los extremismos radicalizados de cualquier signo.
- Que no queramos romper con el pasado, para aprovechar y continuar lo que fue beneficioso, justo y bueno.
- Que miremos, además, hacia el futuro con esperanza, ganas de hacer y alegría.
- Que aceptemos que ninguno tenemos toda la razón, sino sólo parte.
- Que no queremos, ni admitimos, ni vamos a aceptar la violencia para resolver ningún problema.
- Que nuestra sociedad tiene que ser más justa, sobre todo en lo social, si es preciso cediendo en favor de los más débiles.
- Que la participación de todos sea equilibrada, pero cada vez mejor en los aspectos político, económico y social.
- Que logremos, en el concierto de las naciones, el puesto que merece España.
- Que todas nuestras regiones, satisfechas en sus anhelos tradicionales, se sientan orgullosas de ser España.
- Que nuestras Fuerzas Armadas unidas, fuertes y conscientes de su elevada misión, sean médula y carne de la Nación.
- Que el difícil paso de un régimen personal a otro de participación sea hecho sin violencias y aceptado como tarea a realizar por todos los españoles.
- Que ayudemos con nuestra adhesión, nuestra lealtad y nuestro entusiasmo a nuestros Reyes, que tan maravilloso ejemplo en todos los órdenes nos están dando.

sábado, 1 de marzo de 2014

El hombre que puso voz a una guitarra.


“Nada más tierno que irse
bajo el sol
en una playa.
Despedirse
jugando con el viento
y con el agua.
Quedarse inerte en la arena
la mano que rasgaba
la guitarra.
Esa mano virtuosa,
esa mano única,
imperiosa, disciplinada:
--La izquierda piensa
y la derecha ejecuta.
Se ha muerto la mano
de Francisco Sánchez.
La guitarra española
ha quedado viuda:
ha perdido
la rotundidad de la palabra.”
(A la Gloria y Arte de Paco de Lucía,
español universal, fallecido
en Cancún, el 26 de febrero de 2014,
© Antonio Ángel Usábel).
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Estaba jugando con sus dos hijos en una playa de Cancún (México) cuando notó que se le iban las fuerzas. Ningún modo más generoso de morir. Tuvo tiempo de alcanzar un hospital, pero ya era tarde para poder hacer nada. Paco de Lucía, Francisco Sánchez Gómes (Algeciras, 1947) ha muerto a los sesenta y seis años, el 26 de febrero de 2014. “Nuestra convicción de que Paco vivió como quiso y murió jugando con sus hijos al lado del mar”, ha declarado su familia.

 
Al parecer, según detalla el diario ABC, estaba jugando al fútbol con su hijo Diego, de siete años, en la playa del Carmen, mientras aguardaba la llegada de un amigo, cuando de repente sintió un frío extraño en la garganta. Empeoró al dirigirse al hospital en el coche de su mujer Gabriela. Consiguió entrar andando en urgencias del hospital de Yucatán, pero al recostarse en una camilla perdió el conocimiento y ya no lo recuperó. Había sufrido una parada cardiorrespiratoria masiva.
Hacía veinte días que Paco de Lucía había abandonado el tabaco (fumaba dos cajetillas diarias) y se había puesto a hacer algo de deporte. Acaso estos cambios, aparentemente beneficiosos, no lo hayan sido tanto para su salud. Veintisiete días antes, el 30 de enero de este mismo año, fallecía también su amigo y admirador, el poeta, guitarrista y flamencólogo Félix Grande.
Ha sido el guitarrista más entregado y disciplinado, el más perfecto, quien ha sabido encumbrar la guitarra española al ducado del violín y del piano. Su instrumento macho, obra de los hermanos Conde, volvía rotundos tanto los graves como los agudos. Utilizaba, preferentemente, una Felipe Conde 28, una guitarra de conciertos de pino abeto alemán, dotada de gran sonoridad. Paco de Lucía ha hecho cantar a su guitarra con voz de clavel varonil. Se ha impuesto por la seguridad de sus falsetas y la pulcritud verdaderamente maestra del punteado. Ha logrado la absoluta perfección en su arte. Caballero de Gracia de la tradición flamenca y embajador de la originalidad y la innovación, su estilo es irrepetible.
Paquito, el hijo de Luzia Gomes, el menor de cinco hermanos, se crio en el número 8 de la calle de San Francisco de Algeciras. Su padre, Antonio Sánchez, tocaba en las fiestas, y había conseguido que su hijo mayor, Ramón, sacara su mismo arte. La escuela del Niño Ricardo (Manuel Serrapí Sánchez, 1904-1972) fue fuelle y fragua para aquella familia de músicos. Entre padre y primogénito favorecieron la entrega disciplinada del jovencísimo Francisco, a quien acostumbraron a ensayar hasta el infinito con una moneda en la base del dedo pulgar, que nunca debía caer al suelo. Desde los seis años, hasta los catorce –edad de su debut oficial, acompañando a su otro hermano Pepe, cantaor, como “Los Chiquitos de Algeciras”—tuvo tiempo de redondear su manera. En 1967, con veinte años, se abrió camino como solista, pero alternando sus conciertos de virtuoso con el acompañamiento de Camarón de la Isla, con quien grabó doce álbumes del mejor flamenco. Enrique Montoya ha tenido también la suerte de ser secundado por él en varias grabaciones (Guadalquivir, Nana del árbol…) Fue un tema totalmente improvisado para el álbum Fuente y caudal (1973), “Entre dos aguas”, donde metía elementos de percusión de aire caribeño (un bajo y un bongo), el que le lanzó a la fama en España, al ser incorporado al repertorio de las discotecas.

En 1975 se subió al escenario del Teatro Real de Madrid. Era la primera vez que una guitarra flamenca se escuchaba en tan selecto espacio. Un año después, lo emulaba Manolo Sanlúcar, otro grande del mismo instrumento.
Paco de Lucía era un aplicado estudioso autodidacta de la armonía; por eso, se acercó a otros ritmos, como el jazz, la rumba, la salsa o el mambo… No le asustaba lo clásico, a lo que, sin importunar, daba nuevos giros: ahí está su versión del Concierto de Aranjuez (1991), que se le atragantó a Narciso Yepes. El jazz era una posibilidad de universalizar su talento, cosa que hizo en la década de 1980, al unirse a los guitarristas John McLaughlin y Al Di Meola.
Manolo Sanlúcar acaba de certificar: “Paco fue inmenso, un portento… Ha sido y será siempre el más significativo guitarrista flamenco de la historia”. Perfeccionista hasta el límite, rara vez quedaba verdaderamente satisfecho con una grabación.

Paco de Lucía estaba orgulloso de haber enaltecido la música de su tierra, “un flamenco muy maltratado”, y de hacerlo con su dulce martirio de guitarra. Cuando subía a un escenario, sabía que había que darlo todo, con brillantez, con una precisión técnica absoluta. No era vanidoso y vivía el arte por el arte: “Yo con tener tres chándales colgados en mi armario no necesito más”. Le preocupaba la desunión de los españoles, el peligro de desmembramiento de la nación “más antigua de Europa”. De eso culpaba a las ambiciones de los politiquillos: “Ponlo en letra grande: ¡Cabrones de los políticos!”

Se ha ido el más entregado guitarrista flamenco y, probablemente incluso, de música ligera, como demuestran los trabajos grabados en 1969 junto a su hermano Ramón de Algeciras: Tango de la rosa, Celos, Los pescadores de perlas, La luna sobre las ruinas del castillo, Qué será será… (en 12 hits para 2 guitarras flamencas y orquesta de cuerda). Paco de Lucía estaba a tan inmensa altura como los guitarristas clásicos Narciso Yepes, Joaquín Rodrigo y el venezolano Alirio Díaz.
Descanse en paz el maestro.

© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2014.
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lunes, 10 de febrero de 2014

La venganza de Don Juan.


Arturo Fernández (Gijón, 1929) es el último de los galanes del teatro que nos queda vivo. Ya se fueron Francisco Rabal, Alberto Closas, Carlos Larrañaga y Juan Luis Galiardo. Fernández es, junto con Cary Grant, Gregory Peck y Sidney Poitier, el galán al que mejor le sientan los trajes. No puede salir sin uno a escena. Y hace muy bien, para encarnar a ese sinvergüenza de alta comedia que ha dado en obras como Los hombres no mienten.


 
En estos escasos y afortunados días (solo del 6 de febrero al 2 de marzo de 2014), el director Albert Boadella lo convoca en Teatros del Canal (C/ Cea Bermúdez 1, Madrid) para un curioso y divertido ejercicio de metateatro: Ensayando Don Juan. Una pieza original del mismo Boadella, que plantea la pretendida, y harto pretenciosa, deconstrucción del texto poético de Zorrilla por parte de una realizadora feminista. La tal señora, Angie (Mona Martínez) para más señas, que sale a escena con un estrafalario atuendo, muy parecido al de Pippi Calzaslargas, quiere montar un nuevo Tenorio contemporáneo que ponga al veterano y legendario conquistador a la altura de un zafio macarra violador de mujeres. Doña Inés (una delicada y dulce Sara Moraleda) será, ya de paso, virgen y puta. Y, para terminar de arreglarlo todo, el papel de Don Luis Mejía –rival de Don Juan en el drama--  irá a parar a Miguel (Jesús Teyssiere), un joven actor con más pluma que un ganso.
Pero, ¿qué pinta un maduro cómico como Fernando (Arturo Fernández) en este siniestro montaje? Pues ni más ni menos que dar vida al Comendador de Calatrava, Don Gonzalo de Ulloa; animarle como siempre, con esa hombría varonil del padre posesivo que encierra a su hija en un convento para mejor preservar su honra. Pero es que Fernando y Manolo el tramoyista (Janfri Topera) son los dos únicos que se saben de verdad todos los roles del texto original, y cuando pueden meten baza y reconducen la representación hacia los cánones del repertorio clásico. Fernando es, además, un caballero, un hombre educado, que viste bien y se expresa con galanura y corrección. Vive en el teatro, y encarna realmente su conciencia. Fernando representa todos esos grandes, grandes actores que se esmeraron por cuidar a los clásicos, por hacer vivir el verso con su genuina intensidad lírica. El guardián de un mundo escénico en extinción, que no se resigna ni se calla ante un vil ataque chafardero. Porque Zorrilla solo puede ser Zorrilla, y su Don Juan únicamente el Tenorio de toda la vida.


 
Fernando es incapaz de llamar Angie, sino Angélica, a su jefa, la directora. Esta, por su parte, está empeñada en que sus actores hagan lo que ella les indica, o sea, “lo que le sale de sus ovarios”. Ordena a Cristian / Don Juan (David Boceta) que hasta maltrate a Blanca / Inés para así alimentar el odio femenino hacia tan desconsiderado monstruo. La escena del diván –versos fuera-- se transforma en una gráfica violación. Pero, poco a poco, el recuerdo de los parlamentos a cargo de Fernando va suavizando, domeñando y estilizando a los actores, que se dan cuenta de que la obra lleva consigo su tradicional lectura.
Además, Fernando, con su compostura de señor, se gana el corazoncito tierno de la bella Inés, la joven Blanca, cansada del trato desprendido y zafio de su cabestro.


 
La comedia de Boadella es un canto a las formas clásicas de escenificar nuestro teatro histórico. Es también una loa al concepto de obra clásica en sí misma, en el plano dictado por Ítalo Calvino: “un texto que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Es una sátira piadosa del feminismo extremo, derrotado ahora por un lirismo que estremece el corazón.
 
Ensayando Don Juan es una nueva oportunidad de disfrutar de ese gran actor que es nuestro Arturo Fernández, quien dentro de unos pocos días cumplirá sus muy bien llevados ochenta y cinco años. Un hombre luchador y humilde que tras la bajada de telón sale de la mano de sus compañeros y no osa adelantarse ni un ápice. Recibe los aplausos dirigidos a todos. Ahí se ve el señorío, la caballerosidad de quien no se piensa un divo, y es uno más de un equipo de siete intérpretes meritorios.

© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2014.
 
 
 
 

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Qué se hizo del cuerpo de Jesús de Nazaret?


Recientemente topaba yo, por casualidad, con un vídeo en You Tube de una entrevista al Profesor Antonio Piñero, Catedrático de Filología Clásica en la Universidad Complutense y eminente exegeta e investigador del cristianismo primitivo. El Dr. Piñero es un gran comunicador y ha estado varias veces en programas de televisión de carácter didáctico y dialéctico (como la maravillosa “La Clave”, de José Luis Balbín).
En este vídeo, se le hace la siguiente pregunta: “¿Qué sucedió realmente con el cuerpo de Jesús de Nazaret?” Destaco en cursiva el adverbio de modo, porque es indicativo de que quien formula la pregunta no se cree que Jesús resucitara.

La respuesta del profesor Piñero me dejó sorprendido, pues no me parece propia del rigor histórico y filológico que le caracteriza. Afirma que en Hechos 13, 29, cuando por primera vez habla Pablo a los judíos en una sinagoga de Antioquía de Pisidia, el apóstol da a entender que los esbirros ejecutores descendieron de la cruz el cuerpo del Nazareno y que lo enterraron en una fosa o tumba común.
Yo he acudido a consultar, muy extrañado, el pasaje mencionado, y de ningún modo se lee eso. La Biblia Sacra Iuxta Vulgatam Clementinam (1546), escribe en Actus Apostolorum: “Et nullam causam mortis invenientes in eo, petierunt a Pilato, ut interficerent eum. Cumque consummassent omnia quae de eo scripta erant, deponentes eum de ligno, posuerunt  eum in monumento. Deus vero suscitavit eum a mortuis tertia die: qui visus est per dies multos his, qui simul ascenderant cum eo de Galilaea in Ierusalem: qui usque nunc sunt testes eius ad plebem” (13, 28-31)
La Santa Biblia de Carroggio, S.A., de Ediciones (Barcelona, 1969) traduce este pasaje de Hechos del modo siguiente: “Y no hallando causa de muerte pidieron a Pilato que lo matasen; y habiendo cumplido todas las cosas que estaban escritas acerca de él, bajándolo del madero, lo pusieron en un monumento sepulcral. Mas Dios lo levantó de los muertos [al tercer día], el cual fue visto durante muchos días por los que habían subido junto con él de Galilea a Jerusalén, los cuales son ahora sus testigos delante del pueblo.”

La mayoría de ediciones traducen “Y lo pusieron en el sepulcro”; otras, de una manera algo más vaga e imprecisa, “lo bajaron del madero y lo sepultaron”. El término o concepto de “fosa común” no aparece en este pasaje por ninguna parte. No sabemos de dónde lo infiere el profesor Piñero. Ni siquiera su colega Jesús Peláez, de la Universidad de Córdoba, se atreve a deducir que con Jesús de Nazaret se hiciera lo mismo que con cualquier otro criminal ajusticiado: “A la vista de la costumbre judía de enterrar a los delincuentes en un lugar aparte y humillante, algunos autores se preguntan si los relatos evangélicos de la sepultura de Jesús contienen algún núcleo histórico” [v. Antonio Piñero (ed.), Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, 1991, pág. 252]
Además, inmediatamente, en el versículo 30, se certifica el triunfo de Jesús sobre la corrupción, al ser resucitado por Dios Padre.
Lo que está haciendo Pablo en ese discurso suyo es un resumen, un recorrido sucinto por la verdad de lo ocurrido con el Nazareno, sin entrar en detalles; solo responsabilizando de la muerte ignominiosa de Jesús a los judíos de Jerusalén, que fueron los que exigieron del gobernador romano su condena definitiva.
La Resurrección es la base de la predicación de los apóstoles; lo que les pone en movimiento. El resorte, el anuncio de la esperanzada Buena Nueva del poder absoluto del Señor sobre la carne mortal, poder del cual se beneficiarán todos los fieles creyentes, cuya recompensa y dicha será ser librados de la muerte y obsequiados con la vida eterna. La fe en Cristo es la única garantía de Salvación auténtica; hasta para el buen ladrón, a quien Jesús, agonizando junto a él, prometió la entrada ese mismo día en el Paraíso (v. Lc 23, 42-43).

Lucas, que fue autor del tercer evangelio, cuya redacción precedió en el tiempo a Hechos, no hubiera podido contradecirse, negando lo que él mismo escribió: que el cuerpo de Jesús fue depositado en una sábana y en un sepulcro nuevo, excavado en la roca, nunca antes usado (v. Lc 23, 53). ¿Qué nivel de credibilidad hubiese podido alcanzar su Evangelio, si en el testimonio de su viaje junto a Pablo hablara de una “fosa común” para el cuerpo de Cristo? ¿Cómo hablar allí de una dignificación de su sepelio, a cargo de José de Arimatea, quizá miembro “bueno y justo” del Sanedrín (el Consejo de Ancianos), y venir luego insinuando que unos simples “esbirros romanos” bajaron a Jesús muerto y lo echaron en una fosa? Imposible por incongruente.
Pero, si Cristo aseguró el Paraíso a sí mismo y al buen ladrón el mismo día de sus muertes, ¿resucitó en verdad al tercer día? Probablemente, Jesús fue elevado al Cielo por su Padre tras el momento exacto de la consumación de su sacrificio. Lo que ocurre es que “para el mundo”, para una realidad corpórea, tal acontecimiento no se hizo efectivo y visible hasta el tercer día después de su ejecución. Los testigos tenían que poder constatar su defunción, que efectivamente era cadáver depositado en sepulcro. Además, como él mismo anunció, “destruid este templo y lo levantaré en tres días” (Jn 2, 19), es decir, alegóricamente hablando, él era el templo que la victoria sobre la muerte iba a conseguir alzar en ese tiempo. No hay nada imposible para Dios, ni Dios es un imposible.
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Conviene recordar, además, que en Marcos, primer evangelista, que escribe su legado en torno al año 70 de nuestra era, cuarenta años después de la crucifixión del Salvador, se testimonia que José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo de Jesús, quien lo concedió tras certificar el centurión su muerte. Entonces, “comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro” (Mc 15, 46).

Las fuentes más fiables suelen ser las más próximas a los hechos. Es muy poco probable que Marcos invente la intervención piadosa de José de Arimatea, que tanto los demás sinópticos como San Juan también aceptan y recogen. José de Arimatea era, según Marcos y Lucas, miembro del Consejo o Sanedrín (incluso “respetable”, destacado, en Marcos). Para Mateo, José era, simplemente, “un hombre rico de Arimatea, que se había hecho también discípulo de Jesús” (Mt 27, 57). De este modo, Mateo, que escribe para la comunidad judía, para no herir susceptibilidades, desvincula a José del Sanedrín. Y lo mismo hace Juan, que habla de José como de un discípulo más, aunque llevaba su fe en secreto, por miedo a los judíos (v. Jn 19, 38). El evangelio apócrifo de Pedro, escrito en griego hacia 130, asegura que José de Arimatea era amigo tanto de Pilato como de Jesús. ¿Pudo este extraño compadreo tener algo que ver en las dudas del gobernador romano a la hora de tomar esa difícil, incómoda e inoportuna decisión de condenar a Jesús a la pena capital? Si Pilato simpatizaba con el Nazareno a través de su amistad mutua con el rico José, se explica muy bien, entonces, su reticencia a satisfacer la sangrienta voluntad de los judíos de Jerusalén. Además, la mujer de Pilato, Claudia Prócula, había tenido una pesadilla y mandó decir a su esposo, sentado en el tribunal: “No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa” (Mt 27, 19). Premonición, sin embargo, que recuerda bastante la tenida por Calpurnia, mujer de Julio César, la víspera del asesinato de su marido en el senado.
Lo que sí se advierte en la tradición neotestamentaria es un “embellecimiento” de la sepultura de Jesús. De un sepulcro excavado en roca (Marcos), y por tanto, dinástico, se pasa a otro de iguales condiciones, pero nuevo, reciente (Mateo y Lucas), hasta llegar a una sepultura con huerto (Juan): “En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús” (Jn 19, 41-42). Cuando Jesús resucita, María Magdalena lo confunde con “el encargado del huerto” (Jn 20, 15). Es decir, se advierte un tratamiento más “señorial” de la figura de Jesús conforme nos alejamos de las circunstancias originales. En el evangelio de Pedro, leemos que con la muerte de Cristo “se alegraron los judíos y entregaron a José [de Arimatea] el cuerpo de Jesús para que lo enterrara, pues había visto todo el bien que había hecho. Tomó, pues, el cuerpo del Señor, lo lavó, lo envolvió en una sábana y lo introdujo en su propia sepultura, llamada Jardín de José.” Llama poderosamente la atención en este apócrifo de Pedro que José solicita el cuerpo de Jesús a Pilato aun antes de la crucifixión, y que por ser el condenado ciudadano judío, Pilato pide a su vez permiso a Herodes, para que este conceda el cadáver, cosa que otorga, pues la ley hebrea impide que el sol se ponga sobre un ejecutado.
Ahora bien, se sabe que tanto Mateo como Lucas se sirvieron, además del texto de Marcos, de otro evangelio hoy perdido, el misterioso Q, que debió de gozar de alta estima entre las primeras comunidades cristianas, pues Mateo y Lucas lo siguen, y cuya redacción, en arameo traducido en seguida al griego, es anterior al evangelio de Marcos. Pues bien, en Q, como en el apócrifo de Tomás, están solo las enseñanzas de Jesús, sus recomendaciones, y no sus acciones ni su pasión y muerte. Es decir, el autor de Q, que escribe su testimonio hacia 45-60 d. C., obvia todo lo relativo al castigo sufrido por Jesús, porque para él no debió de tener nada de extraordinario.
Luego subsisten dos tradiciones distintas, pero coetáneas, en el seno de las comunidades cristianas primitivas: la judeocristiana de Q, que defiende la idea de un Jesús profeta con sus enseñanzas de vida para la preparación y constitución de un Reino de Dios inminente; y la paulina, cuya idea central, que mejor vende y conquista, es la resurrección de toda carne merced al triunfo de Jesús-Dios sobre la muerte.
Hay que considerar que Marcos, no hay duda, está ya influenciado por la exégesis escatológica de San Pablo. Esto es, confía y hace confiar en la verdad de la resurrección de Cristo: el ángel del Señor, un joven con túnica blanca, dice en el sepulcro a las tres mujeres: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6)
La Resurrección de Jesús es la máxima garantía para la acción proselitista en Hechos. No podemos pensar que, poco después, con las cruentas persecuciones contra los cristianos a partir del 60 d. C., tantos hombres y mujeres dieran sus vidas por defender una quimera, un cuento o idea vana. Creían verdaderamente en la resurrección del Señor y en la vida eterna. Piedra angular del cristianismo que lo distinguía de cualquier filosofía o corriente pasajera.
Pensemos que Jesús muere en torno al año 30. Pues bien, en un mundo de sencilla tradición oral, sin apenas escritura, sin medios de comunicación de masas, sin digitalización de la información presente o histórica, unos hombres seguían pensando, recordando, actualizando, creyendo, y difundiendo la figura única de Jesús de Nazaret, como el bueno, el justo, el sanador, el resucitador de muertos, el inmortal, el Salvador. Y no solo lo vivificaron y llevaron consigo en su corazón y en sus predicaciones, sino que –lo que es más—estaban dispuestos a morir por él, en su nombre. No puede haber “cuento” o falsedad en esta “locura colectiva”. Jesús, Hijo de Dios, era una verdad, una realidad, una seguridad, una certeza. Y así lo vivieron ya sus primeros seguidores.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2014.
 
La declaración, aquí cuestionada, del Profesor Piñero es la siguiente:
 
 
Si tienes tiempo y te gusta el tema, puedes acceder a una interesantísima y completísima conferencia del Profesor Antonio Piñero sobre San Pablo como constructor del Cristianismo, pulsando aquí.
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[Una amiga mía sale en defensa de la acción e influencia del Espíritu Santo en los testimonios de los apóstoles y seguidores de Jesús de Nazaret. Me permito añadir aquí mi respuesta a sus acertadas consideraciones:

"Evidentemente, la predicación de Jesucristo obedece al plan de Dios. Todo lo que hace Jesús es en el nombre del Padre. Cuando Cristo habla y enseña a los doce, intenta que vayan comprendiendo quién es él y a qué ha venido. Poco a poco, lo consigue, aunque el más adelantado es Pedro, y ni aun por sí solo se expresa, sino que Jesús le dice: "Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17). Es decir, ya antes de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, el hálito de Dios Padre operaba en aquellos corazones, para que fueran proclives a su misión. Incluso hubo gente que no pertenecía al grupo elegido que, en nombre de Jesús, en el cual creían, liberaban del mal a los infortunados. Al escucharlo, Cristo los autorizó y reconoció lo que hacían como milagro: "No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí" (Mc 9, 39). El Espíritu Santo estaba vivo y actuando en todo el entorno de Jesús. El poder de captación y de fascinación del Mesías debía de ser inmenso, pues con suma facilidad --un simple "sígueme"-- se lleva consigo a Mateo Leví, el recaudador de impuestos y lo hace de los suyos. 



La base de cristianismo que San Pablo predica es la fe en la resurrección del Señor Salvador, en el poder del Amor y la fuerza de la Misericordia, y en el consiguiente triunfo de la vida eterna sobre el pecado y la corrupción de la carne. Sin embargo, el apóstol es consciente de que hay que hablar de un modo distinto a cada nueva comunidad de fieles, por su propia idiosincrasia. Así, tenemos conservadas cartas a los romanos, gálatas, corintios, efesios, tesalonicenses, etc. Conservando la piedra angular de lo que significa ser cristiano, seguidor de Cristo, Pablo hábilmente reelabora el mensaje. Lo adapta a la mentalidad del grupo social que tiene delante. Pero Cristo es uno y solo. Cuando Pablo visita Grecia, con sumo tacto se intenta atraer a los atenienses haciéndoles ver que "El Dios Desconocido" al que ellos dedican un altar --para que sea ocupado por cualquier divinidad extranjera por descubrir--, es, en realidad, el Dios de Jesús, el Dios vivo que cada uno lleva dentro de sí (v. Hch 17, 28). Dios no es un muñeco fabricado por mano de orfebre, sino que nosotros mismos estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro Creador (ibíd., v. 29). Debemos descubrir ese Dios a partir de descubrirnos a nosotros, a nuestro potencial de amar y de ser amados, y de practicar la misericordia que demostró tener Cristo. Sin embargo, cuando Pablo menciona la resurrección de los muertos, la mayor parte de los oyentes atenienses se lo tomó a filfa y fueron muy pocos los que se convirtieron. Desencantado en su difícil misión, Pablo marchó a Corinto. Estaba claro que, a veces, el Espíritu también descansaba.

Cuando hacia el año 65-70 se ve como necesario dejar puntual testimonio escrito de la vida y obra de Jesús de Nazaret, los encargados de tal trabajo comienzan a recabar datos, que ya por entonces venían de una tradición oral, pues los discípulos del Maestro habían perecido por efecto de las persecuciones romanas y las purgas dentro del judaísmo rabínico. Lo que quedaba era lo que la gente recordaba, que se transmitía de padres a hijos o entre hermanos y hermanas en la fe. Es lo que se conoce como el cristianismo de "segunda generación".

El hombre antiguo estaba capacitado para recordar y memorizar de modo más fiable que el hombre de hoy. Porque, al carecer de lectoescritura, por ser analfabeto, su único modo de aprender un bagaje tradicional era  por medio de una buena memoria. En el caso de la literatura peninsular, por ejemplo, nos han llegado hasta nuestro momento no pocas canciones y romances populares de gestación anónima bajomedieval. Aunque con matices y variantes, la esencia temática y argumental de esa lírica se ha conservado intacta. Es decir, fiel, fidedigna a sus orígenes. Del mismo modo, pudieron transmitirse, con leves variantes y añadidos, los hechos de Jesús. Me estoy refiriendo al corpus neotestamentario del siglo I d. C.

Después, a partir del siglo II, y sobre todo, en los siglos III y IV, surgieron las mayores desviaciones y diferencias. Generalmente, conforme se alejaban en el tiempo y en el espacio geográfico de los hechos históricos del año 30. Cada vez más, se revestía la figura de Jesús de "poderes mágicos". Esto es, se confundía a Cristo con uno de los muchos magos de entonces, como Simón, pero superior en poder a ellos. Como muy bien ha aclarado y subrayado el profesor Antonio Piñero al respecto, Jesús no fue ningún mago, porque jamás hizo actos que pretendieran redundar en provecho propio; ni tampoco causaba un mal vengativo, como sí hacían los magos al uso. Luego, este tipo de evangelios apócrifos, imaginativos y disparatados, no pertenece para nada a las raíces del cristianismo primigenio. Hubo obispos, como Atanasios de Alejandría (año 367) que prohibió el uso y difusión de esta clase de textos que se apartaban de la verdad histórica.

No obstante, la Iglesia primitiva lo tuvo complicado para fijar el cuerpo canónico de escritos fidedignos. Esto se debió a que cada comunidad manejaba un evangelio adscrito a una determinada tendencia o corriente, ya fuera cristiana o pseudocristiana. Parece ser que el corpus principal de textos evangélicos admisibles estaba ya más o menos fijado al finalizar el siglo II d.C., cuando redacta San Ireneo de Lyon su Adversus Haereses. Los criterios se discuten aún hoy (para más detalle, puedes consultar:
http://ec.aciprensa.com/wiki/Canon_del_Nuevo_Testamento#.UvP1i8KYaM8)

Por supuesto que hay diferencias de matiz entre los textos canónicos. Por eso tenemos cuatro, y no uno solo. Pero no se refutan entre sí, sino que se complementan. Así, por ejemplo, cuando Simón Pedro reconoce en Jesús al "Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16), Marcos, que solo habla de un Mesías o Salvador (Mc 8, 29), no añade que esa declaración le fuera inspirada por Dios Padre, como sí hace Mateo en su versión. Luego existen las diferencias, retoques, ampliaciones (sobre todo, a medida que pasaron los años; así, Lucas da muchos más datos que no estaban antes, como la Anunciación, o la actitud divergente de los dos delincuentes crucificados junto a Jesús; Mateo obra lo propio con el nacimiento en Belén de Jesús y la huida a Egipto). Está claro que los doce hablaron, contaron detalles de la vida del Maestro a las gentes, y que estas, a su vez, los fueron recreando y difundiendo. Los evangelistas tomarían apuntes de lo oído de los más viejos, recogerían distintas tradiciones orales, y cuando encontraron datos coincidentes, se decidieron a ordenarlos y a ponerlos por escrito. Son esos datos coincidentes los que más apuntan hacia la realidad de lo ocurrido en la vida de Jesús.

Por desgracia, no tenemos testimonios de historiadores que no pertenecieran al círculo de seguidores de Jesús, y que pudieran dar más detalles, o corroborar los ya conocidos más tarde. Flavio Josefo no nos vale, porque menciona a Cristo de pasada y además su referencia parece ser apócrifa o dudosa.

A veces, los evangelios nos juegan una mala pasada. Así, quienes creen que una sábana --una sola pieza de tela-- envolvió el cuerpo de Cristo, se preguntan por qué San Juan habla de vendas: "Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar" (Jn 19, 40). Si fueron vendas sueltas, es que no hubo sábana. Al fin y al cabo, también era esa la práctica egipcia de embalsamamiento: vendar el cadáver desecado, impregnando cada lienzo en sustancias aromáticas pegajosas. Puede que fuera la técnica más extendida en Judea al finalizar el siglo I d. C., que es cuando escribe San Juan, porque en el apócrifo Historia de José el carpintero, escrito en griego entre los ss. IV a VI, también se habla de "velos festivos" en la preparación del cadáver del padre terrenal de Jesús. Pero no se los pueden llegar a poner, pues el cuerpo ha sido embalsamado con lienzos mojados en ungüentos, que se han adherido fuertemente a él. Además, su hijo Jesús pide a los ángeles que lo velen y lo vistan de luminosidad, para que nunca sufra proceso de putrefacción. De este apócrifo deducimos que, en verdad, un cadáver judío experimentaba una doble preparación funeraria: un primer entierro provisional, con una primera aromatización del difunto, y un segundo sepelio, con la "re-visitación" al muerto y su embalsamamiento más cuidadoso.
 


También hubo un intento de acatar este doble ritual en el caso de Jesús de Nazaret. Recordemos que van las mujeres al sepulcro el primer día de la semana con frascos de ungüentos, dispuestas a completar el proceso del día de la defunción. Pero, ¿qué pasa el primer día, el día en que Jesús muere y es bajado de la cruz? ¿Fueron vendas o una única tela de gran tamaño las que lo envolvieron? Juan menciona vendas y sustancias aromáticas. Pero preparar a conciencia un cadáver con vendas impregnadas de aceites y aromas requiere tiempo, que es justamente lo que los discípulos y amigos de Jesús no tenían, pues era víspera de la Pascua judía. Además, resulta muy incómodo y muy poco práctico para emprender un segundo acondicionamiento. Vemos, en el caso del apócrifo sobre José, el inconveniente de que las sucesivas telas se queden pegadas al cuerpo. No, lo más eficaz y solvente sería emplear una sola tela, amplia, extensa, generosa, mucho más limpia y fácil de retirar que unos vendajes. Sobre todo si contiene productos aromatizantes. Y así llegamos a la versión dada por los evangelios sinópticos: una sábana en Marcos, en Mateo y en Lucas. Además, el evangelista Mateo especifica que se trataba de "una sábana limpia" (v. Mt 27, 59), es decir, sin manchar con ninguna sustancia. Marcos habla de una sábana recién comprada, y sin mencionar ningún producto añadido. Lucas también menciona una sábana, si bien luego cita unas vendas, que son las que ve Pedro sueltas y tiradas en la tumba vacía (v. Lc 24, 12). Juan afirma que Pedro y otro discípulo vieron las vendas abandonadas y, aparte, el sudario que cubrió la cabeza del Señor, "no junto a las vendas, sino plegado en un lugar distinto" (v. Jn 20, 7).

Lo más probable es que no hubiera vendas, sino tan solo unos trozos cortados de tela que sirvieron para sujetar la mortaja al cuerpo, esto es, la sábana, que estaría limpia y seca, en espera de mayores atenciones en el segundo ritual de la muerte. Lo que estaba aparte de esos trozos de tela sería la sábana comprada por José de Arimatea, cuidadosamente doblada. Es muy probable que si, hacia los años 80-100 y posteriores, las vendas --acaso más económicas--habían comenzado ya a sustituir a las sábanas en la preparación de los cadáveres, los evangelistas Lucas y Juan no tuvieran claro lo que envolvió realmente el cuerpo de Jesús. La confusión ha llegado hasta hoy."
 
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2014]