“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

jueves, 14 de noviembre de 2019

"Una tragedia silenciosa", por Luis Rojas Marcos.

Reproduzco aquí este artículo, que considero esencial, del psiquiatra Luis Rojas Marcos, sobre la Educación de los hijos en la familia para prevenir trastornos y conductas no deseados:


Hay una tragedia silenciosa que se está desarrollando hoy por hoy en nuestros hogares, y concierne a nuestras más preciosas joyas: nuestros hijos. ¡Nuestros hijos están en un estado emocional devastador! En los últimos 15 años, los investigadores nos han regalado estadísticas cada vez más alarmantes sobre un aumento agudo y constante de enfermedad mental infantil que ahora está alcanzando proporciones epidémicas:
Las estadísticas no mienten:
• 1 de cada 5 niños tiene problemas de salud mental
• Se ha notado un aumento del 43% en el TDAH
• Se ha notado un aumento del 37% en la depresión adolescente
• Se ha notado un aumento del 200% en la tasa de suicidios en niños de 10 a 14 años

¿Qué es lo que está pasando y qué estamos haciendo mal?
Los niños de hoy están siendo sobre-estimulados y sobre-regalados de objetos materiales, pero están privados de los fundamentos de una infancia sana, tales como:
• Padres emocionalmente disponibles
• Limites claramente definidos
• Responsabilidades
• Nutrición equilibrada y un sueño adecuado
• Movimiento en general pero especialmente al aire libre
• Juego creativo, interacción social, oportunidades de juego no estructurados y espacios para el aburrimiento

En cambio, estos últimos años se los ha llenado a los niños de:
• Padres distraídos digitalmente
• Padres indulgentes y permisivos que dejan que los niños "gobiernen el mundo" y sean quienes pongan las reglas
• Un sentido de derecho, de merecerlo todo sin ganárselo o ser responsable de obtenerlo
• Sueño inadecuado y nutrición desequilibrada
• Un estilo de vida sedentario
• Estimulación sin fin, niñeras tecnológicas, gratificación instantánea y ausencia de momentos aburridos

¿Qué hacer?
Si queremos que nuestros hijos sean individuos felices y saludables, tenemos que despertar y volver a lo básico. ¡Todavía es posible! Muchas familias ven mejoras inmediatas luego de semanas de implementar las siguientes recomendaciones:

• Establezca límites y recuerde que usted es el capitán del barco. Sus hijos se sentirán más seguros al saber que usted tiene el control del timón.
• Ofrezca a los niños un estilo de vida equilibrado lleno de lo que los niños NECESITAN, no sólo de lo que QUIEREN. No tenga miedo de decir "no" a sus hijos si lo que quieren no es lo que necesitan.
• Proporcione alimentos nutritivos y limite la comida chatarra.
• Pase por lo menos una hora al día al aire libre haciendo actividades como: ciclismo, caminata, pesca, observación de aves / insectos
• Disfrute de una cena familiar diaria sin teléfonos inteligentes o tecnología que los distraiga.
• Jueguen juegos de mesa como familia o si los niños son muy chiquitos para juegos de mesa, déjese llevar por sus intereses y permita que sean ellos quienes manden en el juego
• Involucre a sus hijos en alguna tarea o quehacer del hogar de acuerdo a su edad (doblar la ropa, ordenar los juguetes, colgar la ropa, desembalar los víveres, poner la mesa, dar de comer al perro etc.)
• Implemente una rutina de sueño consistente para asegurar que su hijo duerma lo suficiente. Los horarios serán aún más importantes para los niños de edad escolar.
• Enseñar responsabilidad e independencia. No los proteja en exceso contra toda frustración o toda equivocación. Equivocarse les ayudará a desarrollar resiliencia y aprenderán a superar los desafíos de la vida,
• No cargue la mochila de sus hijos, no lleve sus mochilas, no les lleve la tarea que se olvidaron, no les pele los plátanos ni les pele las naranjas si lo pueden hacer por sí solos (4-5 años). En vez de darles el pez, enséñeles a pescar.
• Enséñeles a esperar y a retrasar la gratificación.
• Proporcione oportunidades para el "aburrimiento", ya que el aburrimiento es el momento en que la creatividad despierta. No se sienta responsable de mantener siempre a los niños entretenidos.
• No use la tecnología como una cura para el aburrimiento, ni lo ofrezca al primer segundo de inactividad.
• Evite el uso de la tecnología durante las comidas, en automóviles, restaurantes, centros comerciales. Utilice estos momentos como oportunidades para socializar entrenando así a los cerebros a saber funcionar cuando estén en modo: "aburrimiento"
• Ayúdeles a crear un "frasco del aburrimiento" con ideas de actividades para cuando están aburridos.
• Esté emocionalmente disponible para conectarse con los niños y enseñarles auto-regulación y habilidades sociales:
• Apague los teléfonos por la noche cuando los niños tengan que ir a la cama para evitar la distracción digital.
• Conviértase en un regulador o entrenador emocional de sus hijos. Enséñeles a reconocer y a gestionar sus propias frustraciones e ira.
• Enséñeles a saludar, a tomar turnos, a compartir sin quedarse sin nada, a decir gracias y por favor, a reconocer el error y disculparse (no los obligue), sea modelo de todos esos valores que inculca.
• Conéctese emocionalmente - sonría, abrace, bese, cosquillee, lea, baile, salte, juegue o gatee con ellos.

Te agradezco si lo compartes.
Artículo escrito por el Dr. Luis Rojas Marcos, Psiquiatra.

jueves, 31 de octubre de 2019

En memoria de José Antonio Enríquez (UCM).


Hay días en que uno se para a pensar: “¿Qué habrá sido de..?” Por aquellas personas que le han marcado especialmente y a las que gusta recordar.

Hoy me ha dado por pensar en el destino de D. José Antonio Enríquez, profesor mío de Latín en la Universidad Complutense de Madrid. He rastreado su nombre en Internet, y después de despejar homónimos de distintas latitudes, di con la entrada de un blog que recogía su trayectoria profesional y su suerte: fallecido en 2012, a los ochenta años, víctima de un aneurisma.
Natural de Toro (Zamora), docente en institutos y Universidades laborales de Santiago de Compostela, Vitoria y Zaragoza, tuve la gran suerte de ser alumno de D. José Antonio Enríquez González en mis estudios de Filología Hispánica, en la UCM, entre 1985 y 1987. Recuerdo su bonhomía y su espíritu abierto, sincero y campechano. José Antonio era hombre antes que profesor, puesto que le ponía alma de maestro a sus enseñanzas, que no solo versaban de Lengua latina. Durante una de las frecuentes huelgas politizadas, en las cuales había manipulación flagrante de muchos estudiantes incautos, Enríquez detuvo a un grupito de alborotadores que entraron de golpe por la puerta del aula y le exigían no dar clase. Serenamente, con la tranquilidad que le caracterizaba, simplemente les dijo: "--Mirad, el día en que secundéis una huelga porque yo, como profesor, os puedo suspender o dar una calificación injusta, si me da la gana, entonces os apoyaré. Mientras, por tonterías, no. Os tenéis que mover por razones de peso, no por cosas absurdas, que ni os van ni os vienen." Los manifestantes se quedaron lívidos, se retiraron derrotados, y José Antonio pudo seguir con su clase. Un momento de la Universidad española para no olvidar. ¡Gracias D. José Antonio Enríquez! ¡Dios lo bendiga!

domingo, 11 de agosto de 2019

Parece que se ha ido, pero no es cierto.


(A Maribel y Ana)

Hoy, domingo once de agosto de 2019, se cumplen dos años del fallecimiento de Francisco Salvador, una persona insustituible en mi vida. Paco era como un familiar mío más, y no de los menos relevantes, precisamente.

Treinta y dos años de amistad y de maestría forjados con el temple de un carácter bondadoso y un aprecio, respeto y ánimo eternamente conciliador, derivados de un sentido común excepcional. Paco era un ser profundamente inteligente, que lo conducía a ser sensato, a ser prudente, a no juzgar nunca a la ligera, y a tratar de encontrar, para cualquier contrariedad, un punto medio.

Paco era el hombre tranquilo que comunicaba firmeza ante las adversidades. Te apoyaba indiscutiblemente y te daba ánimos necesarios para seguir adelante. No pocos fueron los momentos en que le transmití mis problemas y escuché su consejo. No pocos fueron los momentos en que me hacía reír cuando yo estaba triste. En que me abrazaba y me decía: “--Ánimo, Antoñito, que de esta sales.” Un apoyo perfectamente secundado por su mujer, Maribel, la gran fortuna de Paco en la vida.


Como profesor, tenía una habilidad innata para captar la atención de su alumnado, con naturalidad, sin apenas esfuerzo. Todo el mundo atendía a las explicaciones de Paco, rigurosamente precisas y sintetizadoras de la materia nuclear de cada tema. Los apuntes de las clases de Paco eran anotaciones para siempre, útiles en cualquier necesidad. Yo los he utilizado, en parte, en mis exposiciones, porque son el legado de un docente experto.

Menos mal que no se dedicó al periodismo, y sí a la enseñanza. La escuela no pudo tener mejor maestro. Con él se sentía el placer de aprender y lo que Cajal y Ochoa llamaban la pasión de descubrir. Paco era exigente, pero humano. Humano nunca demasiado humano. Era el “hombre de bien” ilustrado, empeñado en el progreso de todos. En el Evangelio de Lucas de hoy se lee aquello de construir un tesoro en el cielo, fuera del espacio-tiempo, “porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Paco nos dejó su tesoro de hombre limpio de corazón, próximo de continuo al prójimo. Y el apóstol Pablo añade: “La fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve”. Esperamos reunirnos algún día de nuevo con Paco, para darle, y que nos dé, un abrazo muy fuerte.

De momento, su recuerdo --grato e imborrable-- lo hace estar vivo junto a nosotros, acompañándonos siempre. Cada vez que entro en un aula, Paco me acompaña, está conmigo. Cada vez que en el vivir diario me desanimo, Paco me alienta y me da fuerzas. Siento su mano en mi hombro, y su voz amiga. Y eso es un verdadero tesoro, un lujo que no tiene fin.

Francisco Salvador, parece que te has ido, pero no es cierto.

Gracias una vez más.

Dios te bendiga, y nos bendiga y guarde a todos.

Antonio Ángel Usábel, agosto de 2019.

sábado, 3 de agosto de 2019

Un instante de nuestra vida, apenas nada.


La rama que no existe (Ediciones Destino, 2019) es la última novela de Gustavo Martín Garzo (Premio Nacional de Narrativa 1994 por El lenguaje de las fuentes). En realidad, según él mismo ha explicado, se trata de la penúltima, pues está escrita antes que La ofrenda (2018).

El relato está ambientado en Cantabria, entre San Vicente de la Barquera (en cuyo instituto de Secundaria dan clase dos de los protagonistas), Comillas y un pueblecito llamado Caviedes. Cuenta la historia de una profesora joven, Claudia, quien ha perdido a su hijo pequeño en accidente de coche, y que se siente atraída por un hombre mayor que ella, un pintor, Eduardo, sobrino (ficticio) de María Blanchard. La historia la vemos a través de un compañero de trabajo de Claudia, Gonzalo, profesor de Biología, quien actúa de narrador, y que está enamorado de ella. Esta relación tripartita se complica aún más con un tercer amante, Óscar.

Claudia se separó de su marido y vive traumatizada por su desgracia familiar. Encuentra apoyo y comprensión en Gonzalo, pero, especialmente en Eduardo y su visión trágica de la vida, con seres al borde de acantilados y brazos y piernas desmembrados. Las pinturas de Blanchard subyugan y sobrecogen a Claudia, que de niña asistió a la retirada de los restos de una vecina, arrollada por un tren. Eduardo ha dejado de pintar, pero, al conocer a Claudia y saber de su pérdida, vuelve a tomar los pinceles y compone una serie de cuadros basados en ese hecho.

La rama que no existe es una historia dramática, gris, con seres abocados a una felicidad endeble y efímera. El narrador, Gonzalo, es un observador de la naturaleza de las marismas solitario y prendado de un amor de ensueño. La vida no es, a menudo, como nos gustaría que fuera. Eduardo está en la última etapa de su existencia, y tampoco podrá ser el compañero definitivo de Claudia. La presencia del tercer pretendiente, Óscar, es anecdótica y solo sirve para despertar los celos de Gonzalo.

Sin embargo, estos seres no se rebelan contra su destino, sino que lo aceptan estoicamente, como ramas mecidas por el viento. Su relación con Claudia es ese instante que siempre se recuerda y añora, y que apenas es nada en el transcurso de una vida entera. Un momento irrecuperable, e inmodificable. Sucedió así, duró tan poco, y no se pudo cambiar.

Somos prisioneros del tiempo. El amor perdura quizá, mas nosotros desaparecemos, porque estamos de paso como esas aves migratorias. Lo aclara Cernuda en el poema que inspira el título del libro:

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
abolida en deseo,
olvido de sí mismo en otro olvido,
ramas entrelazadas,
¿por qué vivir si desaparecéis un día?”

Ramas entrelazadas, ramas que os juntáis y que os besáis, ramas cómplices, ramas leales y desleales, ¿por qué vivís si luego vais a dejar esta realidad? (Fue bonito, mientras duró).

Gustavo Martín Garzo diseña un texto melancólico, una prueba y una advertencia de que vivimos en un deseo permanente, y que alcanzar la alegría es complicado; una alegría, en todo caso, breve.

Hay un pasaje de la novela –una digresión, en realidad-- verdaderamente sublime, a la par que estremecedora. Está al final del capítulo diecinueve, y se debe a Claudia, después de una noche de amor: “Las sábanas estaban revueltas y sentí deseos de llorar. Aquellos que habíamos sido esa noche dónde estaban, dónde sus cuerpos tan bellos y locos. Y comprendí que nada de lo que los hombres y las mujeres hacen cuando se acuestan juntos tiene que ver con lo que son y hacen en sus vidas normales, que ningún camino hay entre lo que sucede en esas camas donde se aman y el mundo al que regresan al despertar.”

No parece que seamos los mismos entre las sábanas, en el secreto de la alcoba, cuando amamos, gozamos, retozamos, besamos, mordemos, penetramos, gemimos, que al día siguiente, a plena luz del día. Actuamos de manera distinta, según las convenciones sociales y el trato educado y respetuoso. Nuestro yo erótico queda perdido entre los pliegues, en la hondonada de sudor y de semen, los restos de la batalla. Entonces, ¿quiénes somos en verdad? ¿Nos reconocemos, lo podemos saber?

Al comienzo del capítulo veinte se expande la digresión: “Me pareció que el mayor enigma de la vida no era la muerte o el sufrimiento sino la inasible felicidad. [En las canciones de alba los amantes] no quieren que la noche termine, no quieren que amanezca porque entonces tendrán que separarse y temen descubrir que no podrán llevarse con ellos lo que encontraron en ese lugar secreto donde durmieron juntos.”

La novela tiene la calidad de la prosa poética de su autor, nada melosa por otra parte, sino suave y sucinta. Queda algo estropeada por escenas de pornografía barata, innecesarias para fijar lo que se quiere contar. Hay una alusión directa a la corrupción de la derecha española, como si en otros grupos del arco parlamentario todo fuera ejemplarizante. También un guiño velado a una candidata andaluza de un partido de izquierda, Teresa Rodríguez (capítulo diez). No hay asomo de la vida académica ni de los problemas propios de la docencia.

De este relato nos quedamos con esa lección de vida, ese sorbo amargo que muchos de nosotros hemos tenido que beber después del ponche.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2019.

viernes, 5 de julio de 2019

El más galán caballero.

En la madrugada del 4 de julio de 2019, con noventa años, moría en un hospital de Madrid el galán más galán de las tres últimas décadas del teatro español. Arturo Fernández era el decano de la galanura. En la década de 1960, contendió en su rol de apuesto conquistador con Paco Rabal y quizá con Alberto Closas. Arturo era el señor del esmoquin, el actor que mejor ha llevado un traje, a la altura de un Gregory Peck o un Sidney Poitier. El rey indiscutible de la alta comedia, que él representaba y cuidaba mimosamente con compañía propia (un elenco que era casi siempre una pareja, para economizar y favorecer las giras por el territorio nacional). Los montajes de Arturo eran sobrios, pero la utilería siempre impecable, como la factura de sus corbatas. Hombres y mujeres elegantes, lustrosos, de la alta sociedad, con sus trampas, fingimientos y mentirijillas, cuyos problemas hacían las delicias de un público muy veterano, fiel, incondicionalmente rendido a la simpatía y entrega plena de su intérprete.


Arturo Fernández no se retiró porque contaba con la buena respuesta del público. Conseguía reponer con éxito la misma obra que la temporada anterior, pues siempre había gente que se había quedado sin verla. Pero, al mismo tiempo, ya estaba pensando y trabajando en su siguiente estreno, alguna pieza de comedia de esmoquin, a ser posible con pocos personajes, que le permitiera mostrarse a su público (sobre todo, al femenino) como este esperaba encontrarlo: de seductor, de conquistador, de eterno galán educado. Arturo pretendía que el público riera, se divirtiera, lo pasara bien. Pero también había un espacio para la reflexión en sus comedias: una defensa de la verdad, de la honestidad, de la fidelidad, frente al engaño, la falsedad o la traición. Ya fuera honradez en la pareja, ya lealtad entre un cura mayor y otro más joven (Enfrentados).

Para la posteridad quedará su nutrida filmografía (aunque no fue actor que realmente destacara en cine) y su excelente humor, su radiante optimismo, su vis dicharachera y hasta castiza, con su “chatín” y su “chatina”. Hombre de dicción esmerada, sobrio al expresarse, en un tono cálido y envolvente perfectamente cómplice con los personajes suyos.

Actor y empresario que nunca solicitó subvención para sus montajes, se va a notar la ausencia de su decana veteranía teatral. “--¿Este año no viene al Amaya Arturo Fernández?”

Siempre recordaremos a Arturo agradecido a su público, reverenciándolo con la mano derecha sobre el corazón, sus humildes inclinaciones de cabeza, mientras recibe del respetable los saludables y feéricos vítores de “¡Guapo, guapo!”

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2019.

jueves, 4 de julio de 2019

Facetas de Ibáñez Serrador.


El libro Narciso Ibáñez Serrador, de Jaime Serrats Ollé, editado en Barcelona por Dopesa en 1971 pasa por ser la primera biografía de este genio del entretenimiento televisivo. Un hombre aventurero, amante del riesgo y del aprendizaje por la experiencia, que se arruinó dos veces y, como el ave Fénix, resurgió de sus cenizas con más vigor y garantías de triunfo todavía.

Sus padres, titulares de sendas compañías de comediantes, se separaron cuando Chicho tenía cuatro años. Al ser él muy pequeño, el hecho no le afectó. Quedó bajo el cuidado de su madre Pepita Serrador, una mujer recia, autoritaria, controladora, muy culta (gran amiga de intelectuales de primer orden, como Tennessee Williams), que ejerció un gran proteccionismo sobre el niño hasta que este traspasó su adolescencia. Pero contribuyó a su educación también otro Narciso, Ibáñez Cotanda, un hombre bohemio que recorría como un vagabundo la ciudad de Buenos Aires con una maleta llena de periódicos, restos de comida y una enorme fotografía de Franco, con la que hacía rabiar a los republicanos españoles allí exiliados. Con su abuelo paterno, Chicho comía en un banco de la calle, tomaba el Metro haciendo burla a los viajeros que no llegaban a entrar al vagón, se subía al tranvía sin pagar billete y se sentía ácrata y, sobre todo, un ser libre, sin nada entre manos, despegado de lo material; una sensación que muchos años después recordaría y actualizaría en sus retiros en el Tíbet (1966 y 1971).

En la década de 1940, Chicho acompaña a su madre a España, y se instalan en Barcelona, en Vallvidrera, en una casa torreón que será lugar de visitas importantes. Chicho supervisa los montajes teatrales de Pepita Serrador. Llega el momento en que Chicho, con dieciséis años, se siente demasiado dependiente de su madre; es un muchacho enfermizo, tímido, retraído, que cada vez más necesita dar un paso de hombre. Si quiere madurar, pasar a la edad adulta, ser solo él, tiene que alejarse cuanto pueda de Pepita. Es un amor posesivo, que el muy joven Chicho anhela vencer. El argumento de La Residencia (su primer largometraje,de 1969), debido a Juan Tébar, pero reelaborado por Luis Peñafiel, el otro yo del realizador, es un reflejo de los años de la infancia: la señora Fourneau dirige con mano firme un internado donde las señoritas son reeducadas. Tiene un hijo adolescente, Luis, a quien intenta alejar de las internas y a quien constantemente recuerda que ninguna de ellas es digna de su atención. Algún día encontrará a una mujer ideal, que sea en realidad fiel copia de su madre, y que lo ame como él se merece. Tanto se lo repite a Luis que este llega al convencimiento de que es verdad, de que así habrá de ser. En consecuencia, asesina a varias internas e intenta componer con partes de sus cuerpos a la mujer ideal. Luis ha recreado monstruosamente la visión materna de la negación del amor fuera del estrecho ámbito familiar. Al fin y al cabo, como dice el castigado Norman Bates en Psicosis, “el mejor amigo de un muchacho es SU MADRE”.

Antes de que le suceda algo parecido a lo de este personaje, Chicho pone tierra de por medio: con un dinerillo ganado como actor radiofónico, decide marcharse a Egipto. Cuarenta dólares solo. En teoría va allí a regalarle un ramo de rosas a una chica que conoció en Mallorca y a quien en la despedida no pudo agasajar con ningún obsequio. Cuando se lo participa a su madre, Pepita solo le responde: “--Ten cuidado al cruzar las calles”. Chicho reconoce que empezó a ser él mismo, a labrarse un presente y un futuro en el momento en que se va a El Cairo, solo, sin ningún tipo de asistencia parental, y se tiene que ganar la vida de la más variada forma: animador nocturno en sala de fiestas, guía turístico, recepcionista de hotel, corresponsal en Gaza y hasta marino contrabandista de tabaco entre Alejandría y el Pireo. “Si de algo puedo enorgullecerme –él mismo declara-- es de que a los dieciséis años supe conquistar por mí mismo una total independencia económica. Desde entonces hasta ahora, calcetines o automóviles, lentejas o relojes, todo, lo obtuve con mi trabajo. Con cien trabajos diferentes. A partir de los dieciséis años decidí vivir solo. En un oscuro cuarto de pensión [como en el que murió olvidado su abuelo paterno, el viajero de la maleta] si las cosas iban mal, o en un piso propio si la fortuna me ayudaba (…) Por no existir dependencia alguna, en mí murió muy joven la rebeldía lógica del adolescente y mis padres comenzaron a ser algo más que padres: amigos. Amigos con los que podía hablar de igual a igual.” Esa escapada a Egipto creó al Chicho emprendedor, al empresario innovador y amigo del riesgo.

En Egipto, Chicho subsiste durante seis meses. Luego regresa a Barcelona, enfermo de tisis pulmonar. Tras un reposo en Vallvidrera, consigue recuperarse y se pone a las órdenes de su madre, en el teatro. Adapta El zoo de cristal, de Tennessee Williams. Escribe dos obras dramáticas propias que son prohibidas: Aprobado en inocencia y El Agujerito. Aunque él reconoce que busca hacer sobre todo un entretenimiento de calidad, sin compromiso con tesis alguna, los programas que facturará luego sí que tratan de defender al individuo, su idiosincrasia, sus peculiaridades, y especialmente su libertad, frente a las presiones o imposiciones sociales. Así es el caso de El asfalto, N. N. 23, El trasplante, entre otras historias distópicas.

El amor de madre llegó al punto de preparar la iniciación sexual de Chicho. En Bilbao, una chica veinteañera le hizo guiños en un ascensor de hotel. Se pusieron a hablar, salieron juntos varios días e intimaron. Luego la muchacha desapareció, y Chicho se olvidó de ella. Cuatro años más tarde, como dejándolo caer por casualidad, su madre le reveló que ella estaba al tanto de ese episodio: el encuentro no había sido casual; la chica era una profesional del alterne, y había sido contratada y hasta aleccionada por Pepita para hacerle “un favor” a su hijo. El suceso estriba entre un guion genial para el cine y un plan de falsa bondad, escabroso, repugnante y triste.

Con pocas expectativas para lograr fortuna en España en el mundo del espectáculo que conoce bien, Chicho se establece en Buenos Aires en 1958. Tiene 23 años, y se reencuentra con su padre, Narciso Ibáñez Menta, un astro rey en Argentina. Padre e hijo forman un equipo muy prometedor y fructífero. Chicho está decidido a explorar –y explotar-- un nuevo medio: la televisión. El medio allí se financia vendiendo los espacios en antena a las firmas comerciales; es decir, son los paquetes publicitarios los que pagan los programas. Chicho se recorre todas las agencias de publicidad para asegurarse financiación para sus ideas. En cinco años, más de ochocientos guiones, firmados por Chicho como Luis Peñafiel. Los coloca en el Canal 7 de la televisión argentina, pero no puede dirigir la grabación de todos los primeros porque no estaba cualificado como realizador de televisión. Tiene allí un amigo y maestro, que le enseña los trucos de cámara, su movimiento y emplazamiento ideal: Juan Manuel Fontanals. Cuando se abre el Canal 9, a Chicho ya se le permite grabar y dirigir su programación. Animado por las dotes cavernosas de su padre, un Lon Chaney hispano, maestro del disfraz, graba con él Obras maestras del terror. El espacio causa sensación en el público. Chicho gana mucho dinero. Quiere entonces expandir su negocio a Montevideo, su ciudad natal. Se asocia con un matrimonio alemán que quiere abrir unos supermercados. Pero un diluvio deja sin suministro eléctrico a medio Uruguay y causa inundaciones muy severas. Los productos almacenados por sus socios germanos se requisan como auxilio. En un momento, Chicho pierde todo lo invertido. Se queda arruinado. Pero nunca se rinde. Sabe que ha de levantarse de nuevo y volver a luchar. Regresa a Buenos Aires, y en una carpa monta, con ayuda de Pepita Serrador, Aprobado en inocencia, su primera comedia (prohibida en España). La obra es un éxito rotundo. Chicho se repone. Se ruedan más capítulos de Obras maestras del terror, en formato cine, bajo dirección de Enrique Carreras.

En febrero de 1962, Chicho se casa por primera vez con Adriana Gardiazábal, Miss Argentina. Había conocido a esta joven algunos años antes, en la cola de un cine de Río de Janeiro. Pero no le fue bien al matrimonio, y la separación llegó un año después. En 1962-63 Chicho vuelve a tener un descalabro económico notable: produce para televisión doce episodios de ciencia-ficción, sin saber que el canal está en quiebra. Cada capítulo se lleva dos millones de pesetas de la época. Se ruedan nueve episodios, y el dinero invertido no se repone. Chicho solo consigue recobrar un 3% de lo puesto. Pero se lleva a España alguna de las cintas de vídeo, que será lo que le abra las puertas de TVE, y unas muy largas décadas de éxito, tanto nacional como internacional. Fue José Luis Colina (director artístico) quien le abrió el camino a “Estudio 3” de TVE, un espacio misceláneo que precisaba una renovación: abandonar su rigidez en favor de un mayor entretenimiento, con historias de misterio y emoción.

Chicho adapta libremente el cuento de Poe El corazón delator, que titula El último reloj, que recibe una mención especial en el Festival de Montecarlo en 1964. Después llegan El asfalto e Historias para no dormir (con Ibáñez Menta como estrella), Historia de la frivolidad (en colaboración con Jaime de Armiñán), La Residencia… La relajación en la censura y la fama del autor hacen posible el estreno, por fin, en nuestra tierra de Aprobado en inocencia y El Agujerito (Teatro Lara, Madrid, marzo de 1970). A partir de 1972, el Un, dos, tres, el campanazo definitivo de Ibáñez Serrador en España. Chicho tenía treinta y siete años. Llegaría a formar pareja con dos secretarias del famoso concurso.

Pepita Serrador falleció de cáncer en Madrid el 24 de mayo de 1964. Por expreso deseo suyo, se la sepultó en el cementerio granadino de San José, donde reposa desde 1970 en una tumba cedida a perpetuidad por el Ayuntamiento. Los restos mortales de su hijo Chicho se han reunido con ella, como en un vínculo fiel, íntimo e indisoluble.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2019.