“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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lunes, 30 de diciembre de 2024

Ausencia.

Podría haberse titulado así el poemario Vida, de María José Alcaide Santiago (Barcelona,  1963).

Todo el mundo tiene algo que decir sobre su vida, así que todo el mundo puede ser poeta.

Lo importante -para ser bueno- es crear un estilo personal, una impronta única que subyugue al lector y al crítico, y que perviva después de cerrar el libro. Los poemas sublimes hasta son memorizados, y llegan a pasar al acervo común. 


No obstante, aunque no se estime como destacado un libro de poesía, siempre hay que agradecerlo y valorarlo, pues muestra los sentimientos de una persona, así como su necesidad o decisión de comunicarlos. Un libro es un acto de comunicación con los lectores, quienes luego valorarán tanto lo que el texto les dice, como su forma de decirlo.


Vida es un libro de 2022, bien editado, en papel recio y blanco, que incluye imágenes escogidas por su autora, y que se debe al sello Onada Edicions, de Benicarló. Contiene 58 poemas. Trasluce que la autora ha puesto su alma en esta propuesta, su vivo interés en que llegue hasta su público un volumen cuidado, fruto de la sinceridad y de la experiencia que quiere compartir.


En muchos de ellos es la pérdida del amor, la ausencia del amado, lo que prevalece, por lo que la poesía de María José Alcaide se aproxima a las jarchas y a las cantigas de amigo de nuestra literatura medieval; máxime, cuando la poeta abre un diálogo con el espacio natural, con el mar, por ejemplo: "Se deslizaban / mis lágrimas por mi cara. / Las olas recogían mis gotas / llevándolas hasta la orilla de la playa / haciéndolas estallar entre las rocas" ("Sirena"); "¡Oh, luna, / qué desespero, que por él muero!" ("Mi amiga"). En "Amor mío", la poeta se interroga por el paradero de su amigo, de su "habib" (diría una muchacha mozárabe), y con igual inquietud ante un posible abandono: "¿Dónde estás, amor mío? / No sabes cuánto te necesito / y no te tengo / ni te imaginas cuánto te quiero". Este poema finaliza con una hermosa metáfora: "Con el nuevo día / hablo con el sol / y le pregunto: / ¿Cómo está mi amor? / Él me contesta: / Recostado está en el prado / de tu verde mirada, / loco y hambriento / por poderte amar".


El desamor es el referente de varias poesías. Y, como sucedía a menudo en las Rimas de Bécquer, el culpable es el otro, que no valora lo que tiene: "Me pregunto: ¿Por qué yo? / ¿Por qué tengo que ser yo a quien apartas?" ("Perdida"); "Tú, que podías haber sido el dueño de todo (...) / Mañana saldrá el sol para mí / y tú te quedarás en tu eterno día gris" ("Día gris"). La abandonada se autodefine como "No soy la mejor, / pero sí tengo un enorme corazón..." ("Dueña"). La amargura y el reproche afloran en "El adiós ": "Otro día gris y melancólico / en mi oscura vida (...) De repente la tormenta estalló (...) / ¡Allá él, / pues sordo no es!". Ese Ego propio de la adolescencia es el que tamiza aquellas composiciones de erotismo convencional: los dedos recorriendo la piel, los besos apasionados, humedad de las sábanas, susurros, suspiros, jadeos... el clímax sostenido. 


El amor duradero es la principal meta, la salvación o consuelo para el alma en este mundo. Su ausencia causa fatiga y desesperación, desaliento que no redime todo lo demás: "¡Sí, estoy cansada! / Cansada de no encontrarte. / Camino y camino / en medio de la nada..." ("Me duele").


Mucho amor por recibir, otro tanto que dar. Ese es el núcleo de este libro. Pero no el único. También hay algunos poemas reivindicativos, de denuncia de las injusticias, como "Mamá África" y "Un mundo imperfecto", que se inicia con la paradoja "¡Dios! (...) / Nos diste el paraíso y por nuestra imperfección / vivimos en el infierno". Ante el sufrimiento de los otros, la autora desearía convertirse en remisión y alivio: "Tengo tanto para dar (...) Un corazón tan grande / que en él cabe toda la gente" ("Daré").


Los mejores poemas son, a nuestro juicio, los de corte existencial: el oxímoron "Recordar el olvido", los desgarradores "Carta a María" y "Vida", o "Guerrera" (en su lucha contra el Tiempo).


Una mujer que sigue esperando a su príncipe azul, el color de los sueños, y que las manzanas, culpables del pecado, desdeñan como tentación infructuosa. 


© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2024.

sábado, 8 de abril de 2017

El reverso del espejo.


“Algunos muertos escriben poemas” (J. A. Pamies)
Diario nómada. 326 estaciones es el tercer poemario publicado por José Antonio Pamies (Alicante, 1981). Un libro muy entero y trabajado, sin una pizca de improvisación, que se alzó con el II Premio del Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca «Homenaje a Miguel Ángel Velasco». La misma institución ha publicado el trabajo, en su colección “Minerva” (abril de 2014).
Pamies escapa a todo encasillamiento. La profundidad y extensión de su verso, la genialidad hermética contenida en cada poema, resultan indescriptibles y sí imprescindibles de saborear por cada lector en tranquilo silencio. En Pamies la poesía se vuelve especialmente un paisaje áulico, un lenguaje propio, oculto a los sentidos del idioma común. La lengua renace en su esfera poética, ajena a todo lirismo contenido. Pamies escribe de forma seca, metafórica, hipercontundente. No busca despertar emoción, sino que su voz, su palabra, viven por y para sí mismo. Su lector ha de ser obligatorio, entregado, pero no incondicional ni rendido a su estilo. No son los reflejos populares de García Lorca o de Miguel Hernández los que encontramos aquí, sino la hiedra muerta de Aleixandre, Altolaguirre o Concha Méndez. Incluso parecido juego especular de los dos últimos nombres: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al espejo / sin porvenir de la muerte./ Allá van nuestros recuerdos/ mostrándonos lo que fuimos/ y para siempre seremos,/ cristal en que nuestras almas/ revivirán lo vivido/ en las prisiones del tiempo” (“Roca maternal. 1929”, en Las islas invitadas). “Sé que la muerte se esconde/ por detrás de los espejos./ Con ojos de agua nos mira/ cuando nos vemos en ellos.” (Poemas. Sombras y sueños, 1944). En Diario nómada: “Hay un cristal, hay un cristal de espejo/ donde siempre se refleja esta cara./ Narciso y Edipo me inyectan la sed,/ mataría por encontrar a Dorian.” “Es cierto, me hubiese gustado amarte/ una tarde cualquiera,/ cuando tu nombre fue Beatriz/ y Dante nos vestía de dios en el espejo.” “Porque eres, oh poesía, tristeza dichosa,/ candil prendido en el espejo…” “Contra la baranda del tiempo aúlla/ un espejo de sangre…” “Y ha de resurgir su blanca piel de escarcha/ en cada espejo sucio de la noche…” “La fiebre del insecto, el espejo de Eurídice...”
El espejo nos introduce en lo oculto, en el inframundo, en lo simulado del disfraz, en la réplica a toda coherencia y a cualquier lógica. Espejo es la respuesta a este mundo. Espejo es esta poesía en sí misma, creación de sensaciones personales, de gritos y susurros sin luz del día. El poeta –“trapecista de sueños”-- se enfrenta a Malasaña, el bosquejo de su existencia vagando sin temple: “porque la muerte tan solo interrumpe un despertar.” El creador es “herido por la luz del silencio/ en la tenue avenida con sabor a nadie” y donde la poesía “deja un rastro de vida”, quizá “el amargo brebaje de la historia”. Son los recovecos del barrio secreteres de tinta. “Todos castigan al que habla solo por las calles (…) No saben/ que ella ha puesto nombre a esta ciudad de enfermos,/ a este nicho de solitarios redomados.” La ciudad al caerse de la noche, desde la oscuridad, con las certezas de aurora, en tal tiempo apalancado por el deseo inconcreto, por el sueño de amor de los autores malditos enfebrecidos y ciegos de sobados sobornos:
“Cualquier tarde en Malasaña
una mujer te besa las ideas,
un poema se te escapa de los labios,
un amigo te alegra el corazón.
Y después, cuando la luz del día
se despide de los transeúntes,
un ensueño familiar
atraviesa el espejo de sus calles.
Donde el ahora es ley,
y el amor un infinito practicable.”
Amor a veces sarraceno, amor hostil, que clava sus “garras de fuego en las entrañas” con toda la opresión de la ausencia en el paisaje solitario del hombre. El hombre, condenado a vivir de noche, a soñar en lo opaco, a intentar gozar de espaldas a la claridad. La tiniebla de un “error desmemoriado/ que hunde su cabellera en el tiempo.” Cerca siempre, como gorras de bandidos, el concierto de ratas y la procesión de cucarachas para desmentir cualquier belleza, toda negación a lo que no sea un pronto olvido: “Noche herida de estivales cabellos/ bañados en satélites de luz,/ noche que deseas el amor y no cuerpos/ a ti te ofrezco el más solitario de mis cantos…”
De tanto en cuando, el eco adormecido de una acotación de Valle-Inclán:
“…Efímeras poses parlotean
sin dejar rastro, huella.
Los árboles susurran estupor,
desde algún territorio baldío
un perro ladra a la luna.”
El correlato objetivo, tan querido y mimado por T. S. Eliot y Jaime Gil de Biedma, se abre paso en algunos renglones de Pamies con la soltura de un patio de mugre y vecindad: “Aquel olor del polvo, húmeda tierra, cuando llovía. Perdido/ entre la huerta vaga mi corazón de nube.” “Vieja calle de Oporto/ donde aquel tranvía amarillo (…) va señalando los espacios huecos…” “Ya no hay nadie en la plaza/ donde jugábamos ayer/ los niños de la calle,/ un columpio se balancea solo/ en la memoria.”
Los dioses, más deshumanizados que nunca, desconocen la travesura del deseo, mientras el poeta baja hasta su encrucijada de destino y nos regala este inconmensurable soneto:
“Asombrado en silenciosas quimeras
que tejen sin descanso esta osadía
y repican con ahínco en las trincheras
de insobornables versos con manía.

Protegido por sabios y rameras
bajo hasta el puente, busco la amnistía
de tu boca en estaciones sinceras
y no hallo más que piel de policía.

Los hombres me apedrean con sus huesos,
busco refugio en la montaña norte,
planean vuestro fin amigos presos.

Os volarán la tapa de los sesos
por no untar de amor el pasaporte.
La resistencia nómada de besos.”
La poesía de José Antonio Pamies es primero suya, cierta, segura, pero misteriosamente se hace nuestra si penetramos en su espeso laberinto, para luego no encontrar la salida.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2017.
………………………………………………………………………………..
José Antonio Pamies, Diario nómada. 326 estaciones, Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca y Sloper, Palma de Mallorca, 2014, Colección “Minerva”, ISBN 978-84-942494-2-6

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Qué fácil.

   Qué fácil…

“Qué fácil es vivir como un señorito,
con todo garantizado.
(--Echad las redes y las sacaréis
rebosantes de peces.)
Qué fácil es llamar ‘chusma’
a los que la suerte ha ignorado.
(--La Revolución es la revuelta de la plebe
contra la gente de calidad.)
Qué fácil es heredar casa
y no pagar hipoteca,
mientras no se sabe dónde vive
el padre divorciado.
Qué fácil es creerse en paz,
cuando cunde un terremoto bajo tierra.
¡Qué fácil es fumarse la libertad!
(Y Tú, Dios, soñando por todo lo alto.)
Qué fácil, ¡oh!, qué fácil cruzar en sombra
el Puente del Diablo.
Porque estás arriba del Carro de Heno,
¿aún piensas que mañana
todos habrán ganado?”

                      (© Antonio Ángel Usábel,
                      16 de noviembre de 2011)






miércoles, 10 de junio de 2009

Nanopoesía.

He visitado la sección de Poesía de unos grandes almacenes y he visto lo que había (o lo que no había): Neruda, J.R. Jiménez, Ángel González, Juan Gelman, Luis Alberto de Cuenca, una antología de clásicos de Rico. Muy poco más. La poesía no vende, es la pariente pobre de la Literatura. Lo malo es que va uno a una señora librería y la (¿de-?)gradación es todavía mayor: Alberti y Lorca, y ahí se acaba. Ni siquiera asoman a José Hierro, que hace unos años vendía con Cuaderno de Nueva York. El Museo de Cera. Un enfoque minúsculo, la nanopoesía, se adueña de un tercio maldito de anaquel. Baudelaire, Leo, no silba por ninguna parte. No se consume, no alimenta… o alimenta demasiado; tiene, quizás, demasiadas proteínas, no vayamos a engordar. ¿Qué les cabe esperar a los jóvenes valores? ¿Quién les puede conocer, fuera del círculo de las tertulias, los recitales en los cafés, las terrazas de verano, las reuniones en casa de los amigos, o los espejos (reverdecidos) del callejón del Gato?

Que publiquen ellos. Ya ves, van a tener que bajarse al Metro con una estrella cosida en la solapa que diga “poeta” si es amarilla, o “poetisa” si es rosa. “—Perdón, señor[a], se le han caído unos versos”. Esto es el gran campo de concentración de la ignorancia, de la insensibilidad, porque ni falta que hace saber que la vecina escribe versos; basta con que esté buena, que le sonría a uno, y de ahí para arriba todo cabe.

No llega un “fenómeno editorial mundial”, no hacen, todavía, palomitas de maíz de versos. Los suplementos literarios de los grandes medios deshojan narrativa, ensayo, teatro, música, ópera, cine, y demás artículos de belleza. Las revistas literarias ya casi ni existen, o se han escondido en las cuatro suscripciones para no ser violadas por los mastodontes de la prensa rosa, la prensa amarilla, la prensa verde, la prensa violeta, la prensa roja. ¡Pobre chica miope y reservada, acogida en la biblioteca detrás de una columna, Rosa Púrpura de El Cairo ella sola!

Y, sin embargo, a algunos nos parece que los poetas son como los seres vivos: respiran, comen, copulan, ventosean, eructan, defecan, y, especialmente, hacen versos. Deberían ser especie protegida.



Voy a presentarles ahora a uno de esos seres vivos, sensibles, perceptivos, delicados, alicaídos… Mejor dicho, una poetisa, porque es mujer. Se llama Marian Raméntol Serratosa. Sólo la conozco por la microbiografía que hay que deducir de sus libros. Algo parecido a “debe de ser barcelonesa”. Pero tengo la corazonada de que debe de tener también su blog, y hasta dirigir una revista literaria. Acaso no importe demasiado conocer nada de ella pudiendo afrontar directamente sus poemas, que es su obra, lo que importa al juramentado que gusta. Marian construye poesía de corte absolutamente neosurrealista y neocreacionista, con imágenes con puntas de plomo, aceradas e impactantes. Su ámbito, el cuerpo, lo cotidiano, lo íntimo, lo réprobo. Encierra toda una pajarita de papel en un sobrecito de té. La facultad de condensación licúa todo prosaísmo cansino, y hace que el lector desee descubrir cuál es la siguiente invención, la fonda donde arriba la genialidad. Así, en el intento “El sol exagera en su papel de eremita de mi propia polución”, descubrimos, para nuestra sorpresa, que “El vapor es el fotógrafo perfecto/ que inmortaliza la silueta de mi cadáver/ en los espejos del cuarto de baño”. En “A cada golpe de Luna, el verbo se estremece” se nos recuerda con acierto que la poesía sólo puede permanecer a través de la experiencia y plantarse en la tradición, porque, desde hace tiempo, más sabe el diablo por viejo que por diablo: “¿Dónde van a morir los poemas?/ en los ojos de los ancianos –susurró--/ tras los que se hallan todos los secretos.” No quedan ausentes los mitos, las leyendas, las evocaciones de hambre trascendente: “Escucho voces en la noche,/ creo ver a Dios en los maceteros/ y riego con plomo la esperanza./ ¿Acaso salir a regar las lágrimas/ no es un síntoma de sinceridad?” (de “En este eterno glamour de cielo enfermo”). Incluso espejea el hálito maldito de la Condesa Sangrienta: “…Hay dráculas de papel/ que siguen incendiando el cuello a la inocencia,/ aunque lo más terrible llega/ cuando nos ponemos el Blues en la solapa/ y entramos en un bar a por una copa de sangre…” Recordemos, en Cortázar, la resurrección del mito: “El comensal gordo había pedido un castillo sangriento, su voz había concitado otras cosas, sobre todo el libro y la condesa…” (62/Modelo para armar) Incluso se conjuran referentes históricos del pasado europeo: “…Hace tanto que la primavera se fugó de Praga,/ que ahora se me antoja absurdo/ morir atentos a la tensión arterial de la lírica.”

El gris cenital, apocalíptico, del hormigón armado, la penumbra y frialdad del loft o del almacén de libros desde el que largar un tiro mortal, acogen la autoinquina, el reproche masoquista, la empresa de autodestrucción que conforma, a la vez, un nihilismo ferviente y una amenaza fantasma: “Hace tiempo que uso la misma vestimenta que la muerte.” Hembra fatal, Mata-Hari aliada de la nada que también se permite lanzar, en un alarde de grueso narcisismo, el envite de una diva: “Hay un área de descanso,/ un poco más abajo de mi vientre,/ donde para hacer noche,/ se precisa tarjeta VIP…”

Marian, madonna aperta. En definitiva, la caza de una pantera con pelambre de nocturnidad y alevosía, que crea y recrea una y mil veces sus visiones, en la paleta neorrealista de mezclar lo íntimo y lo cotidiano con lo perecedero y lo innombrable.

[Véanse los libros de Marian Raméntol Hay un área de descanso un poco más abajo de mi vientre, Barcelona, Ediciones Atenas, 2006, Col. Serie Clásica, nº 8; Duología poética, Barcelona, Ediciones Atenas, 2008, Col. Serie Clásica, nº 24. Pedidos a edicionesatenas@ono.com / info@ediciones-atenas.com, Tel. +34932760410. Edita ambos libros José María Pinilla]