“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

domingo, 18 de enero de 2026

La casa donde crecen las telarañas.

La Real Academia Española de la Lengua (RAE) fue fundada, en 1713, a instancias de D. Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, nacido en Navarra, octavo marqués de Villena, quien tomó posesión de su letra A, como primer miembro, el 6 de julio de ese año. El nuevo monarca Borbón, Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, la apadrinó al año siguiente, consciente de que la lengua castellana o española debía ser protegida y cuidada, tanto en su forma hablada, como, sobre todo, escrita (con ánimo de terminar con las vacilaciones en ciertas grafías, que venían de la Edad Media, del momento de formación del idioma). Existía, además, el precedente de la Academia Francesa de la Lengua, creada, en 1635, por un grupo de amigos intelectuales bajo la protección del cardenal Richelieu. Sus cuarenta miembros recibieron el nombre de Los Inmortales, y fueron acomodados en sillones por orden del Rey Sol.


Una de sus primeras obras capitales fue el llamado Diccionario de Autoridades, publicado entre 1726 y 1739, y simplificado en un solo tomo, en 1780. Recibió tal título porque bastantes de las entradas contenían un ejemplo de uso, tomado de la lengua escrita. No todas, ni mucho menos. También se dio cabida a la etimología, y a refranes y frases lexicalizadas, que incluso podían venir avaladas por algún escritor. Por ejemplo, del tomo V, “obesidad”, que se define como “Crasitud o gordura demasiada del cuerpo del hombre. Es voz usada de los Médicos (sic), y tomada de la latina obesitas”. Esta entrada carece de ejemplo de uso, y es tratada, casi, como si fuera un tecnicismo, ya que pertenecía, entonces, al argot de la Medicina. La entrada para un diminutivo, “obispillo”, reza así: “Burla que hacen los estudiantes en las Universidades con los nuevos, poniéndolos sentados, con alguna mitra de papel u otra insignia ridícula, y dándoles algunos chascos, y diciéndoles palabras de chanza y picantes. Costumbre indigna entre cristianos. Lat. Sebola flicorum jocus. ALFAR. part. 2. lib. 3. cap. 4: ¡Oh dulce vida de los estudiantes! Aquel hacer de obispillos, aquel dar trato a los novatos, meterlos en rueda, sacarlos nevados, darles garrote a las arcas, sacarles patente, o no dejarlos libro seguro”. En este vocablo, el ejemplo de uso se toma de una obra de la picaresca, La vida de Guzmán de Alfarache (1599-1604), de Mateo Alemán. Si consultamos la entrada “obra”, podemos leer el dicho “Obra comenzada no te la vea suegra ni cuñada”, con la siguiente explicación: “Refrán que aconseja que lo que uno quiere que llegue a efecto, lo procure ocultar de quien se lo impida”. Y hoy solemos decir que tal o cual construcción parece “la obra del Escorial”, cuando es un proyecto de envergadura y largo en el tiempo. Resulta que esa misma expresión se recoge ya en el Autoridades (“cualquier cosa que tarda mucho en finalizarse”). La voz “phantasma”, que era un sustantivo femenino entonces, se define, además de como “la representación de alguna figura que se aparece…”, como “hombre entonado, grave y presuntuoso”, y “phantasmón” añade “que se desdeña de hablar y tratar con otros”. Es decir, el Diccionario no se abstiene de incluir las acepciones populares o coloquiales. Otra evidencia es el término vulgar “pendejo”, más empleado hoy en Hispanoamérica que en España, y que el Autoridades define como “apodo que se da comúnmente al hombre que es cobarde, sin valor ni esfuerzo”. Bajo la entrada de “puta”, leemos el dicho “Puta la madre, puta la hija, y puta la manta que las cobija”, “refrán con que se nota a alguna familia o junta de gente, donde todos incurren en un mismo defecto”. “Putañero” (que no todavía “putero”) “se aplica al hombre dado al vicio de la torpeza (eufemismo para una pésima costumbre, hábito o comportamiento)”. Y “puto” es “el hombre que comete el pecado nefando”, esto es, “los pecados de atrás” (según la misma entrada).

Lejos de reflejar únicamente el habla y vocabulario de la gente culta, el Autoridades se abrió para los usos y términos más comunes, lo que demuestra que la RAE, desde sus comienzos, no quiso imponer “el buen decir”, sino que se plegó a evidenciar lo que se oía en la calle, entre todo tipo de españoles.

Con esto deseamos salir al paso de un extenso artículo publicado por D. Arturo Pérez-Reverte, escritor y académico, en el diario El Mundo, el lunes, 12 de enero de 2026, bajo el título “Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor”. Su tesis es que, en los últimos años, la RAE ha perdido fuelle, prestigio, y cariz normativo entre los hablantes de español. Que la Docta Casa da cabida, bien pronto, al lenguaje descuidado de los medios, y que, a menudo, termina aceptando y validando lo que el uso impone. O de otro modo: en un pulso echado entre la RAE y la calle, gana siempre la segunda. Asimismo, evoca la ausencia de “autoridades” de relieve, esos días de un Cela, un Vargas Llosa, o de los ilustres filólogos Manuel Seco, Gregorio Salvador o Rodríguez Adrados. Se resiente de que las reuniones de los jueves cada vez son más espurias, y vacías de contenido eficiente.

Secundando la posición de Pérez-Reverte, el también escritor y académico Álvaro Pombo, en declaraciones al mismo diario El Mundo (publicadas el martes, 13 de enero pasado), afirma que en la Academia existe “la contraposición clara entre decantarse por el uso o hacerlo por la norma”, y reconoce que la institución “se ha decantado por el uso frente a la norma”.

Es verdad que hoy la terminología no pasa tanta cuarentena como en el pasado. Antes, para que una palabra fuera admitida en el Diccionario de la RAE (DRAE), debía experimentar un trasiego de bastantes años y por diversas latitudes. Incluso hay palabras muy usadas –no precisamente vulgarismos ni coloquialismos--, como, por ejemplo, la voz “metre” -calco del francés “maître”--, que no la recoge todavía el DRAE. Un oficio ya añejo, que se refiere al jefe de camareros de un restaurante. Todo el mundo la conoce, y la ha empleado alguna vez, sin duda, pero, para sorpresa, no está en el DRAE.

Regionalismos, el DRAE inserta el adjetivo cántabro “pindio”, que se refiere a algo empinado, por ejemplo, una cuesta. O el sustantivo “raquero”, con la definición peyorativa de “ratero que hurta en puertos y costas”, en vez del niño o muchacho semidesnudo que vagabundea por los muelles y bucea unas monedas (que fue la acepción que le otorgó D. José María de Pereda, novelista y cuentista de la Montaña, que volvió literaria y famosa esta figura). No admite el DRAE “borono”, otro adjetivo utilizado en el Norte (Cantabria, País Vasco) para calificar a alguien torpe, tosco y sin educación. Una voz que, creo, fue reivindicada también por el escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga.

La voz “machirulo” –empleada por cierto sector de la población—convive ahora en el DRAE junto a “machista” –mucho más generalizada, y menos sectaria--. Ambas significan lo mismo: que exhibe una actitud de prepotencia varonil.

No han entrado aún “petado” (atestado de gente) ni “pagafantas”, esta última, forma juvenil de referirse a un “pagano” (persona que paga cuentas ajenas de manera abusiva para ella), o un “paganini”, coloquialismo que es calco del patronímico del famoso y excelso violinista genovés. Acaso, porque el Paganini músico fue muy pródigo con su capital, que solía apostar con generosidad en las mesas de juego. Él mismo decidió montar su propio casino, y se terminó arruinando, ya cuando estaba enfermo de tuberculosis.

Va deprisa el DRAE, y ya mete “remake” (por segunda versión) y “espóiler” (por revelación del final). Afortunadamente, no aceptó “emilio”, calco de “e-mail”, o correo electrónico.

Los cinéfilos encontramos “macguffin”, xenismo creado por Sir Alfred Hitchcock, y que el DRAE define como “motivo argumental que hace avanzar la trama, aunque no tenga gran relevancia en sí mismo”. Suele ser la excusa para que los malos vayan tras los buenos, y así crear intriga y emoción.

Es una realidad que la lengua es un consenso entre los hablantes que la usan. La lengua vive por sus hablantes. La lengua se mantiene, asimismo, en contacto con otras, e influye en ellas y es influida por las demás. Es un código vivo, versátil y cambiante. No algo muerto, pétreo e inamovible. Del mismo modo a como se cambian los nombres de las calles, se modifica el léxico de una lengua, adaptándose a los gustos y necesidades de los tiempos. Por eso, la RAE no puede ni ordenar como un legislador, ni prescribir recetas como un doctor en Medicina, ni juzgar como un magistrado. Puede –y debe—aconsejar sobre formas de uso, vocablos, terminología. Por ejemplo, por qué aceptar palabras extranjeras de las cuales ya existen sinónimos comunes en español. Pero, en última instancia, son los hablantes de español quienes han de cuidar su idioma propio, que es de todos, y que no se convierta –por excesivo descuido o indiferencia—en un código chabacano y burdo. Y el uso depende del tipo de “registro”, que, a su vez, denota educación, formación, lectura, o no. Quien más lee, conoce un mayor vocabulario, por lo general. Y es quien puede decidir sobre qué términos aplicar en cada momento, circunstancia o ámbito. Quien no lee, ha de atenerse a lo básico del léxico, pues no conocerá nada más que palabras comunes y muy generales. También las cuestiones gramaticales se fortalecen con la lectura y con el nivel educativo. Decir “detrás de ti”, y no “detrás tuyo”; “considero que” y no “considero de que”; “conduje” y no “conducí”; “satisfice” y no “satisfací”; “prever” y no “preveer” (construida sobre “proveer”).

Recurrir al DRAE, al Diccionario Panhispánico de Dudas, o a la Gramática de la RAE, es un acto voluntario, que suele partir libremente de quien se preocupa por su idioma. He ahí lo importante: que cada hablante sienta la necesidad –en algún instante, o por alguna razón—de preocuparse de su lengua y, ante la duda, ir y mirar en el Diccionario o en la Gramática.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.