La Real Academia Española de la Lengua (RAE) fue fundada, en 1713, a instancias de D. Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, nacido en Navarra, octavo marqués de Villena, quien tomó posesión de su letra A, como primer miembro, el 6 de julio de ese año. El nuevo monarca Borbón, Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, la apadrinó al año siguiente, consciente de que la lengua castellana o española debía ser protegida y cuidada, tanto en su forma hablada, como, sobre todo, escrita (con ánimo de terminar con las vacilaciones en ciertas grafías, que venían de la Edad Media, del momento de formación del idioma). Existía, además, el precedente de la Academia Francesa de la Lengua, creada, en 1635, por un grupo de amigos intelectuales bajo la protección del cardenal Richelieu. Sus cuarenta miembros recibieron el nombre de Los Inmortales, y fueron acomodados en sillones por orden del Rey Sol.
Lejos de reflejar únicamente el
habla y vocabulario de la gente culta, el Autoridades se abrió para los usos y
términos más comunes, lo que demuestra que la RAE, desde sus comienzos, no
quiso imponer “el buen decir”, sino que se plegó a evidenciar lo que se oía en
la calle, entre todo tipo de españoles.
Con esto deseamos salir al paso
de un extenso artículo publicado por D. Arturo Pérez-Reverte, escritor y
académico, en el diario El Mundo, el lunes, 12 de enero de 2026, bajo el
título “Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor”. Su tesis es que, en los
últimos años, la RAE ha perdido fuelle, prestigio, y cariz normativo entre los
hablantes de español. Que la Docta Casa da cabida, bien pronto, al lenguaje
descuidado de los medios, y que, a menudo, termina aceptando y validando lo que
el uso impone. O de otro modo: en un pulso echado entre la RAE y la calle, gana
siempre la segunda. Asimismo, evoca la ausencia de “autoridades” de relieve,
esos días de un Cela, un Vargas Llosa, o de los ilustres filólogos Manuel Seco,
Gregorio Salvador o Rodríguez Adrados. Se resiente de que las reuniones de los
jueves cada vez son más espurias, y vacías de contenido eficiente.
Es verdad que hoy la terminología
no pasa tanta cuarentena como en el pasado. Antes, para que una palabra fuera
admitida en el Diccionario de la RAE (DRAE), debía experimentar un trasiego de
bastantes años y por diversas latitudes. Incluso hay palabras muy usadas –no
precisamente vulgarismos ni coloquialismos--, como, por ejemplo, la voz “metre”
-calco del francés “maître”--, que no la recoge todavía el DRAE. Un oficio ya
añejo, que se refiere al jefe de camareros de un restaurante. Todo el mundo la
conoce, y la ha empleado alguna vez, sin duda, pero, para sorpresa, no está en
el DRAE.
Regionalismos, el DRAE inserta el
adjetivo cántabro “pindio”, que se refiere a algo empinado, por ejemplo, una
cuesta. O el sustantivo “raquero”, con la definición peyorativa de “ratero que
hurta en puertos y costas”, en vez del niño o muchacho semidesnudo que vagabundea
por los muelles y bucea unas monedas (que fue la acepción que le otorgó D.
José María de Pereda, novelista y cuentista de la Montaña, que volvió
literaria y famosa esta figura). No admite el DRAE “borono”, otro adjetivo
utilizado en el Norte (Cantabria, País Vasco) para calificar a alguien torpe,
tosco y sin educación. Una voz que, creo, fue reivindicada también por el
escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga.
La voz “machirulo” –empleada por
cierto sector de la población—convive ahora en el DRAE junto a “machista”
–mucho más generalizada, y menos sectaria--. Ambas significan lo mismo: que
exhibe una actitud de prepotencia varonil.
No han entrado aún “petado”
(atestado de gente) ni “pagafantas”, esta última, forma juvenil de referirse a
un “pagano” (persona que paga cuentas ajenas de manera abusiva para ella), o un
“paganini”, coloquialismo que es calco del patronímico del famoso y excelso
violinista genovés. Acaso, porque el Paganini músico fue muy pródigo con su
capital, que solía apostar con generosidad en las mesas de juego. Él mismo
decidió montar su propio casino, y se terminó arruinando, ya cuando estaba
enfermo de tuberculosis.
Va deprisa el DRAE, y ya mete
“remake” (por segunda versión) y “espóiler” (por revelación del final).
Afortunadamente, no aceptó “emilio”, calco de “e-mail”, o correo electrónico.
Los cinéfilos encontramos
“macguffin”, xenismo creado por Sir Alfred Hitchcock, y que el DRAE define como
“motivo argumental que hace avanzar la trama, aunque no tenga gran relevancia
en sí mismo”. Suele ser la excusa para que los malos vayan tras los buenos, y
así crear intriga y emoción.
Es una realidad que la lengua es
un consenso entre los hablantes que la usan. La lengua vive por sus hablantes.
La lengua se mantiene, asimismo, en contacto con otras, e influye en ellas y es
influida por las demás. Es un código vivo, versátil y cambiante. No algo
muerto, pétreo e inamovible. Del mismo modo a como se cambian los nombres de
las calles, se modifica el léxico de una lengua, adaptándose a los gustos y necesidades
de los tiempos. Por eso, la RAE no puede ni ordenar como un legislador, ni
prescribir recetas como un doctor en Medicina, ni juzgar como un magistrado.
Puede –y debe—aconsejar sobre formas de uso, vocablos, terminología. Por
ejemplo, por qué aceptar palabras extranjeras de las cuales ya existen
sinónimos comunes en español. Pero, en última instancia, son los hablantes de
español quienes han de cuidar su idioma propio, que es de todos, y que no se
convierta –por excesivo descuido o indiferencia—en un código chabacano y burdo.
Y el uso depende del tipo de “registro”, que, a su vez, denota educación,
formación, lectura, o no. Quien más lee, conoce un mayor vocabulario, por lo
general. Y es quien puede decidir sobre qué términos aplicar en cada momento,
circunstancia o ámbito. Quien no lee, ha de atenerse a lo básico del léxico,
pues no conocerá nada más que palabras comunes y muy generales. También las cuestiones
gramaticales se fortalecen con la lectura y con el nivel educativo. Decir
“detrás de ti”, y no “detrás tuyo”; “considero que” y no “considero de que”;
“conduje” y no “conducí”; “satisfice” y no “satisfací”; “prever” y no “preveer”
(construida sobre “proveer”).
Recurrir al DRAE, al Diccionario
Panhispánico de Dudas, o a la Gramática de la RAE, es un acto voluntario, que
suele partir libremente de quien se preocupa por su idioma. He ahí lo
importante: que cada hablante sienta la necesidad –en algún instante, o por
alguna razón—de preocuparse de su lengua y, ante la duda, ir y mirar en el
Diccionario o en la Gramática.
Antonio Ángel Usábel,
enero de 2026.



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