“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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jueves, 20 de julio de 2023

El ejemplo de Pérez Galdós.

No es un desatino pensar que el extremista de hoy será el conservador de mañana. La edad suele atemperar el criterio de pedir reformas radicales, y el juicio, suavizado por la experiencia, prefiere lo que la realidad posible aconseja y permite hacer.

Las tendencias moderadas suelen ser las garantes de la paz social, tan necesaria para un país. El diálogo entre las partes, el entendimiento, se alcanza si la adversidad no es beligerante y existen puntos coincidentes sobre los cuales construir.

Los países que tienen un sistema parlamentario basado en el bipartidismo (Reino Unido, Estados Unidos) se benefician de cierta e importante calma, de una estabilidad que contrasta con los de otras naciones, en principio más plurales, pero donde confluyen y litigan grupúsculos confusos, de matiz y raíz extremista. En España estamos viendo que se ha pasado de un bipartidismo no declarado (PP / PSOE) a un contubernio de grupos políticos que se alejan del liberalismo y de la socialdemocracia para agitar la bandera radical, ya sea esta de izquierda o derecha. Las consecuencias comenzamos a pagarlas: nacionalismo separatista; feminismo misándrico; cuestionamiento de los géneros naturales; xenofobia; racismo… El problema de estas tendencias es que cada una cree tener la razón y que no hay otras maneras de pensar. Por lo tanto, “su razón “ se transforma en ley, en autoridad legítima. Si un extremo alcanza el poder, desoye, deja de gobernar de acuerdo con principios consensuados, e impone lo que no se ha convenido en común. En ese caso, una sociedad lleva una derrota peligrosa. Sobre todo, porque pierde de vista las señas de identidad de un pueblo, su tradición. Y extraviar la identidad nacional es algo, de veras, desaconsejable.

Me permito utilizar el ejemplo de don Benito Pérez Galdós, ya que puede aconsejarnos el camino que, en su actual situación, España debería seguir. Galdós fue un liberal progresista en su juventud, firme partidario de la revolución de 1868 que destronó a Isabel II, admirador del general Prim, amigo de Pablo Iglesias, y republicano declarado en su madurez. El sistema bipartidista que él vivió (y sufrió) durante la Restauración de Alfonso XII, la Regencia, y la mayoría de edad de Alfonso XIII, no guardaba ninguna similitud con el bipartidismo moderno, puesto que aquel no era electoral, sino pactado, y se apoyaba en el caciquismo regional para sustentarse. La Iglesia católica se resistía a apartarse del poder político, así como a ceder un espacio en la Educación. En Europa se abrían paso, cada vez más, los movimientos obreros, canalizados por socialistas, anarquistas y comunistas, y reprobados por el Vaticano por su raíz no confesional. Los pronunciamientos militares (de uno u otro signo) habían estado a la orden del día durante todo el siglo XIX. A comienzos del siglo XX, el turno pacífico de partidos (conservador y liberal) hacía aguas por todas sus grietas, y no ofrecía ni alternativas ni tampoco un futuro esperanzador. Es por ello que todo el mundo hablaba de regeneracionismo: Joaquín Costa, Ángel Ganivet, los noventayochistas, los intelectuales del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza, los novecentistas. Para bastantes, el sistema monárquico estaba quemado y nada prometedor podría ofrecer. Era necesaria una gran alianza republicana, que englobara a líderes y grupos políticos de diferentes tendencias. Por ese gran pacto nacional apostó fuerte Pérez Galdós, en la absoluta convicción de que el republicanismo soslayaría distancias ideológicas y permitiría sentar las bases de un nuevo y sólido Estado. En la etapa que va de 1900 a 1920 (el final de su vida), el escritor canario participa en mítines de la coalición republicana, o bien envía misivas y discursos para que sean leídos. Pero nada más lejos de hablar en ellos solo para unos, olvidando a los otros, o menospreciándolos. Galdós quería una alianza nacional y un frente común que pusiera en marcha las reformas que el país necesitaba: enseñanza laica, científica y abierta al progreso, verdadero parlamentarismo democrático (y no solo fingido), separación de la Iglesia católica de los organismos de poder, libertad de conciencia y de cultos, libertad de expresión y de movimientos, Cultura al alcance de todos, igualdad entre hombres y mujeres y acceso de estas al trabajo y a la Educación superior. En resumen, la modernización del país y su nivelación con Europa en lo que a progreso se refiere. Un viejo sueño que se inició con los ilustrados, que siguió con Mariano José de Larra, y que alcanza al Grupo del 98 y la crisis de fin de siglo. Pero todo ello conseguido por consenso, nunca bajo imposición, porque la tal no echa raíces y mata el suelo cultivable.

“Ser liberal –escribió Gregorio Marañón – es, precisamente, estas dos cosas: estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin”. Saber escuchar siempre, y obrar respetando al otro, aunque sea rival.

En carta a D. Alfredo Vicenti, director de El Liberal, Galdós justifica su acción política del siguiente modo: “Abandono los caminos llanos y me lanzo a la cuesta penosa, movido de un sentimiento que en nuestra edad miserable y femenil es considerado como ridícula antigualla: el patriotismo. Hemos llegado a unos tiempos en que al hablar de patriotismo parece que sacamos de los museos o de los archivos históricos un arma vieja y enmohecida. No es así: ese sentimiento soberano lo encontramos a todas las horas en el corazón del pueblo, donde para bien nuestro existe y existirá siempre en toda su pujanza. Despreciemos las vanas modas que quieren mantenernos en una indolencia fatalista; restablezcamos los sublimes conceptos de Fe nacional, Amor patrio y Conciencia pública, y sean nuevamente bandera de los seres viriles frente a los anémicos y encanijados” (6 de abril de 1907).

En un mitin en Sevilla, de enero de 1911, y en otro en Baracaldo, el 5 de mayo de 1912, se leyeron unos textos de Galdós donde decía, entre otras cosas: Republicanos de la derecha y de la izquierda, que así habré de llamaros por no emplear otros apelativos (…) Formamos una hermandad que tiene por fundamental objetivo el cambio de instituciones (…) Mil veces hemos dicho, y ya lo sabéis todos, que para coadyuvar a los fines de la Conjunción no se ha de mirar al abolengo de los partidos que la constituyen, ni hemos de requerirlos a que dobleguen sus respectivos ideales. Basta que coincidan todos en el programa elemental, reducido a la sencilla y rotunda fórmula de implantar la República lo más pronto posible (…) La experiencia y el patriotismo nos obligarán seguramente a proseguir apiñados hasta que la República se consolide y sea notoriamente inexpugnable”.

Allí también hablaba D. Benito de “Santa Fraternidad”. Poco sospechaba el autor canario que se caminaría, con el tiempo, hacia un proyecto común de República, pero levantado por dos facciones irreconciliables que llevarían al país a una Guerra Civil. La pena de Galdós --de haber vivido el desastre de 1936-- hubiera sido inmensa, una estocada de muerte. La monarquía –aun cuando imperfecta y corrupta—había garantizado una unidad a España; la República no trajo más que odios, enfrentamientos y desunión (aparte de una probable división del territorio nacional, por la escisión de Cataluña).

Continuemos leyendo el sueño de Galdós: “Me lanzo a esta temeraria invocación esperando que a ella respondan todos los españoles de juicio sereno y gallarda voluntad, sin distinción de partidos, sin distinción de doctrinas y afectos, siempre que entre estos resplandezca el amor de la patria (…) lo mismo (…) los que sirven a la nación en esferas civiles y militares, o en los extensísimos campos del arte y de las letras, de la ciencia, del comercio y de la industria. Revístanse de la invulnerable personalidad de ciudadanos españoles, proclamen su derecho al sentir político, al opinar y al pedir imperiosamente las reparaciones del derecho, la paz honrosa, el despejo de las horrendas nubes que cierran el camino a nuestras ansias de buen gobierno, de bienestar y de cultura” (El Cantábrico, 8 de octubre de 1909).

Galdós no concebía –ni por asomo—una España dividida, fragmentada en territorios que desconocieran un empuje patriótico unidireccional y común. Por eso habla, solo, de “ciudadanos españoles”, no de catalanes, vascos, gallegos, madrileños, o andaluces, porque españoles son todos, y no debe haber distinción.

La impresión que causó Galdós entre sus coetáneos era de defensor –dentro de su acendrado republicanismo progresista—de la unidad patria. Así lo manifiestan los Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín, en Fuenterrabía, en septiembre de 1931, proclamada ya la II República y más que desaparecido el escritor canario: “Galdós es en España una gloria de todos. Creador de un mundo nacional, bien puede enlazarse en la admiración de los hombres con Cervantes y Lope de Vega, los dos más grandes creadores españoles. Aspira hoy España, la nación española –por lo menos aspiran a lograrlo muchos compatriotas nuestros--, a subdividirse, a fragmentarse, a partir el mapa en pedazos. La obra de Galdós, profunda y altamente española, los abarca a todos, los une, los aprieta y funde en íntima y gloriosa armonía.

D. Benito Pérez Galdós fue un liberal progresista, proclive a la causa obrera, religiosamente agnóstico, decididamente anticlerical, fascinado por el socialismo e indiferente hacia el comunismo (su ejemplar de El Capital, de Carlos Marx, traducido por T. Álvarez, lo tenía sin abrir). Sus mejores amigos santanderinos, además del albaceteño José Estrañi, fundador de El Cantábrico, fueron los muy católicos y conservadores José María de Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo. Porque Galdós anteponía el valor de la amistad a las diferencias ideológicas o religiosas. Sabía que muchas de sus novelas no podían gustar –no en la forma, sino en el fondo—a aquellos intelectuales montañeses, pues les resultaban “tendenciosas”, como las consideraba Menéndez Pelayo. Doña Perfecta, Gloria, La familia de León Roch… eran novelas que defendían una postura ideológica clara, o si se quiere, para sintetizarla, antidogmática. Galdós era librepensador y no se ataba a nadie, a ninguna tendencia o grupo que fijara unos postulados inamovibles y autoritarios. Iba por libre, dentro de sus ideas. Pero, desde luego, era un patriota, sentía la patria. No concebía, por ejemplo, sus Islas Canarias fuera de España, arrebatadas por alguna potencia extranjera. Las Canarias eran España, y lo iban a seguir siendo, por espíritu, por cultura, por raíces históricas: “No creamos ni aun en la posibilidad de que pueda haber una mano extranjera con poder bastante para cortarnos o desgajarnos y hacer de nuestro archipiélago una lanza que no sea española(El Cantábrico, 12 de diciembre de 1900). Fue una desgracia que muchos españoles de su momento no vieran que él amaba a España tanto o más como demostraba hacerlo Marcelino Menéndez Pelayo, y que reiteradas veces pidieran para el eminente polígrafo el Premio Nobel de Literatura, y no para Galdós, porque este –en su equivocado juicio-- no los representaba. Al final, el galardón sueco se lo llevó Jacinto Benavente, autor pírrico en comparación con el arte de aquellos dos colosos amigos.

¿Qué nos hubiera pedido hoy Galdós? Que huyéramos de los extremismos, y que no nos apartáramos de una posición liberal, o liberal progresista, esto es, de esa socialdemocracia que muchos, dentro del PSOE, parecen haber desdeñado por ineficiente, pusilánime, corta y perecedera. Creo que, hoy, Galdós --como en su tiempo-- no habría solicitado más. Sobre todo, de haber asistido a julio de 1936, a abril de 1939, y a los cuarenta años de Estado totalitario que vinieron después.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2023.

Fuente documental: Benito Madariaga, Pérez Galdós. Biografía santanderina, Institución Cultural de Cantabria, 1979.

2 comentarios:

  1. Muy interesante y revelador escrito sobre la personalidad galdosiana que vierte, lógicamente, sobre su postura política. Si tuviese que resumir con una palabra, me quedo con LIBREPENSADOR, por que determina su pistura y acciones politicas

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