“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

jueves, 6 de septiembre de 2012

Amor más soñado que vivido.


Cuando un amigo te regala un libro suyo, te está regalando un rincón de su alma. Si lo ha escrito él, forma parte de sí mismo, de su “yo”. Si lo ha escrito otra persona, porque ese mensaje le ha despertado un secreto que quiere compartir.
Hace algunos cientos de meses que Eduardo Bravo Domínguez (Madrid, 1975) me regaló su primer libro de poemas, Ensayo de una vocación (ASB Producciones editoriales, Granada, 1ª ed. mayo 2011, Libros Dauro nº 143). Comencé a leerlo en el Metro, de vuelta a casa después de una tertulia. Si se regala poesía, es lo más importante que se tiene entre las manos. Porque la poesía es luz y sombra, es óleo dormido, es evocación, es ternura, es racimo de sentimiento, es amor. Hay que leerla con caricias, con respeto, y dejar que cante en silencio. Eduardo alude a lo vocacional en su título, pues desde Baudelaire y los simbolistas la poesía es una forma de existencia. Decía García Lorca que “la felicidad eterna es ser poeta. El resto no importa; ni siquiera la muerte”. Esto quizá fuera llevar demasiado lejos las atribuciones del arte, pero sí es verdad que la creación poética requiere de una sensibilidad especial, un cierto tinte bohemio, como también no todo el mundo está dotado para percibir, interpretar y disfrutar del arte poético.
“El mundo de los poetas es un mundo desolado –cuenta Eduardo en el prólogo--. Frecuentemente, el poeta se nos presenta, a través de sus poemas, zaherido por un mundo hostil. Y no sabemos si el poeta es demasiado sensible o la realidad un caos. A lo mejor ocurren las dos cosas”.
La poesía de Eduardo Bravo nos habla de cierto enroque misántropo, de esa “pavorosa esclavitud de isleño” del gran Diego. Los poetas vuelan con la imaginación; por eso Leonardo da Vinci tenía mucho de poeta... Eduardo poeta es “caracol en el mundo”, “amor más soñado que vivido”, alguien que pasa con el anhelo de una paz interior. “El silencio./ La paz./ La nada./ La brisa fresca./ La montaña nevada./ Yo solo,/ tumbado,/ dormido./ Las plantas,/ calladas./ La Nada.” Como un poeta siempre liba de otro, ese oficio que se lleva dentro, ese vacío lleno, nos conduce a José Hierro Real: “Después de todo, todo ha sido nada,/ a pesar de que un día lo fue todo./ Después de nada, o después de todo/ supe que todo no era más que nada”. La poesía tiene la gentileza juanramoniana de crear un código: “La rosa es roja/ como los crímenes de los locos […] La rosa es roja/ como los amores/ que devuelven la cordura”. A menudo el poeta despierta y se apresta al combate, como hizo Miguel Hernández, y vuelve su poesía un arma cargada de futuro: “No haced caso a los mayores […] que otro mundo merecemos”; “A los caídos/ en la guerra/ de la vida./ Para que luchen/ y sus sonrisas/ vuelvan”.
Hay un poema maestro en todo el libro que habla al corazón de la fuente, al guiño de la madrugada. Es La sombra que planea sobre nosotros, patio de correrías infantiles, y que dice:  “Todos somos iguales,/ al menos,/ cuando niños./ Todo es posible entonces./ Luego, la vida,/ nos marca/ como al ganado/ con una cara/ o con una cruz”. Es verdad. Así es: individuos con estrella, e individuos estrellados. El mar proceloso de la vida, el desierto espantable, morada de fieras, juego de hombres que andan en corro.
Felicitamos a Eduardo Bravo por este brote de sí mismo, este pequeño libro digno de ser abandonado sobre un canapé en un saloncito chino, para que un invitado lo descubra y lo lea.

[Pedidos en www.edicionesdauro.com; A.S.B. Producciones editoriales, C/ Poeta Zorrilla, 5, 18006 Granada, tel. 670032830; fax 958508163]

No hay comentarios:

Publicar un comentario