“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

En este país...

miércoles, 25 de enero de 2017

Convivimos.


Muy difícil es enseñar a quien no está bien educado. La forja de un ser humano, como persona, comienza en casa; es labor de los padres. La escuela puede contribuir a formar personas, mediante el refuerzo de una serie de valores éticos que perfilen las bases de la CONVIVENCIA.

Un profesor de Religión católica, agustino, me enseñó una vez que el hombre no solo VIVE, sino que CONVIVE, puesto que está destinado a socializar.

Pero, para que una sociedad admita a personas, ha de defender también a ultranza buenos y sólidos valores: respeto, tolerancia a otras formas de pensar, saber guardar el turno de palabra, nunca alzar la voz para acallar al otro, tener cortesía con los ciudadanos de más edad (y experiencia), atender al maestro, que es guía hacia el conocimiento.

Si la sociedad no defiende esos valores, es un grupo social enfermo. Puede que los jóvenes, hoy día, estén recibiendo de la sociedad una lectura equivocada de lo que es la vida. Quizá se les convoca demasiado al éxito, y no al sacrificio, a la imposición y no a la tolerancia, a la egolatría y no a la empatía. Pero puede que también la sociedad esté siendo muy injusta con ciertos jóvenes, trabajadores, animosos, solidarios, emprendedores, cuyo destino no se acaba de afianzar dentro de un inclemente mercado laboral que da pocas oportunidades. Esos jóvenes que se han preocupado por aprovechar bien sus años de formación --ya sea para estudios de Grado superior, o ya para el Grado medio--, conscientes de que en el mundo hay millares de chicos que quieren estudiar, pero no lo logran, pues viven en condiciones precarias, NECESITAN Y SE MERECEN SU LUGAR EN LA TIERRA. 

Un conocido me comentó el caso de un familiar suyo que, en El Cairo, estudió Medicina por las noches... a la luz de una farola, pues su familia era tan pobre que no se podía costear la energía eléctrica. Parece un cuento del realismo mágico. Y, sin embargo, es real. No hay límites ni fronteras que detengan el ímpetu del espíritu humano. El aliento de quien sabe que debe superar cualquier dificultad, en el empeño de realizar su objetivo. 

Y es fundamental que la sociedad inculque, desde el seno mismo del hogar, ese ánimo de lucha, que no de lucro. Esa necesidad de formar personas responsables y que transmitan la idea de voluntad y de responsabilidad. Solo así se llegará a un mundo mejor, más sensato, que aborrezca lo impropio, lo descabellado, lo lastimoso, lo insolidario, lo mezquino y ruin. 

El profesorado ha de ser ayudado en la labor de enseñar conocimientos, trabajando con niños y adolescentes que acepten con agrado su misión de guías, de maestros, los que marcan el camino. Y es tarea principal de los padres cuidar de que sus hijos se sepan comportar, y con ello acepten convivir.

Como afirma en cierto documental un niño hindú de muy humilde condición, pero de máxima entrega, hemos venido a la vida sin nada, y sin nada nos marcharemos de ella. Solo seremos lo que podamos alcanzar con nuestro esfuerzo, y lo que dejemos detrás de nosotros. Joven e hijo, hombre y padre, trabaja, construye un mundo mejor, que aquel genovés solo supo condolerse de sus muchas riquezas materiales que iba a dejar a su muerte. Lo más triste: la cosificación del alma, el alma petrificada. La mansión de Xanadú. Qué pena no contar nada más que con cosas como confidentes.

© Antonio Ángel Usábel, enero de 2017.
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Profesora del IES Isidro de Arcenegui estalla después de 19 años en la docencia: "Estoy harta de aguantar la mala educación de un porcentaje cada vez más alto de alumnos, del proteccionismo de los padres y de los cambios de normas de la Administración"

Lunes, 23 Enero 2017 13:01 

La profesora Eva María Romero Valderas, aclarando que no es por un hecho puntual sino por una sucesión de dinámicas sociales y educativas, decidió realizar una Intervención-Arenga, en Claustro del pasado martes que constara literalmente en acta, como así ha sido recogido, analizando multitud de problemas en la educación derivados de lo que se recoge en el titular de esta noticia, y que ha contado con el apoyo unánime del Claustro de profesores. Ésta es su intervención al completo, donde reseñando una contestación de un padre por teléfono, en la que le espeta a la profesora que está ahí para aguantar, y profundizando en los problemas destacados en el titular de esta noticia, pone en valor el trabajo visible e invisible que desempeña el profesorado:
 

Vayan por delante dos premisas:


1ª: No tengo nada en contra del Equipo directivo. Esto que voy a decir a continuación no es producto de una situación puntual que deba resolverse con una modificación del Plan de Centro ni nada parecido. Sí quiero que conste en acta.
 2ª: Esto que voy a hacer ahora se llama arenga: discurso militar para enardecer a las tropas antes de entrar a la batalla.
¡Ya estoy harta!

Ya está bien señores, de seguir aguantando.

Yo no estoy aquí para aguantar, y utilizo las palabras textuales que un padre me dijo por teléfono cuando lo llamé para que corrigiera la actitud de su hija, que no me dejaba hacer mi trabajo.

A mí, que yo sepa, me pagan para enseñar, no por aguantar.

Harta de la sociedad, que encumbra a seres que presumen de su ignorancia, que valora a un futbolista o a un ‘nini’ más que a una persona con estudios, respetuosa y educada. De los programas de televisión, que presentan como modélicos a aquellos que sin estudios y sin sacrificio alguno se han colocado ganando un sueldazo por criticar, acostarse con, comprar en…

Estoy harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto. La falta de consideración, no digo ya de respeto, hacia mi persona cuando entro en las clases, que parece como si entrara el viento por la ventana.

Harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, sin traumas…De la falta de valoración del esfuerzo que sí hacemos nosotros.

Harta de la Administración, que cambia las leyes y la normativa que rige en mi trabajo sin preguntarme qué opino y sin darme formación para hacer bien mi nuevo trabajo. Que me coloca dos horas más en el horario lectivo y me explota laboralmente, porque yo, en los últimos años, lo único que hago es trabajar, trabajar como una posesa. Ya, hasta mis hijos me lo dicen.

Ahora dicen que nos van a devolver esas horas, ¿sabéis donde nos la van a devolver? En el horario irregular que dedicamos en casa, el que nadie ve. Yo tardo cinco horas en corregir 30 exámenes de 1º de Bachillerato, entonces ¿ya esa semana no doy ni una hora más en casa, no? Ya no programo, no preparo mis exámenes, no me actualizo para utilizar la Tablet (que me he comprado de mi bolsillo para trabajar mejor), ni para saber utilizar la plataforma digital del Centro, no relleno informes de faltas, no redacto actas…y un largo etcétera de tareas invisibles.

El colmo es que algunos de nosotros nos hemos planteado pedir reducción de jornada, cobrando menos, para hacer bien nuestro trabajo. Pero, ¿adónde vamos a llegar? ¿En qué trabajo se hace eso? ¿Dónde se ha visto renunciar a tu salario para dormir con la conciencia tranquila? Esto no pasa en ningún lado.

Y encima de todo hay que aguantar “¡Qué bien viven los maestros!” Porque para la sociedad somos unos privilegiados que “no damos un palo al agua”.

Las 67 propuestas de mejora de la Educación famosas no vienen sino a machacarnos todavía más. ¿Qué vamos a hacer cuando a un alumno no lo podamos expulsar unos días por mal comportamiento? Además, tampoco está bien visto que lo pongamos a barrer o hacer tareas para la comunidad…el padre no quiere que humillemos a su hijo. Pues yo creo que debemos imbuirnos de la gracia del Juez Calatayud. Autoridad somos igual que él. Ejerzamos nuestra autoridad, es lo único que la ley nos reconoce, hagámosla efectiva.

Tenemos que hacernos oír, actuar como colectivo, no irnos quejando por los rincones, a escondidas, que parece que nos da vergüenza. Así no se nos oye fuera. Gritemos nuestro inconformismo, no podemos seguir así, exijamos nuestros derechos como trabajadores, que parece que todo el mundo tiene derechos menos nosotros.

Enseñamos a nuestros alumnos por ser críticos, mentes libre pensadoras que puedan elegir y discriminar lo que les conviene de lo que no, y nosotros somos los primeros aborregados, no hacemos nada, seguimos agachando la testuz para que el yugo nos caiga con más fuerza.

Yo así no aguanto más, vosotros haced lo que queráis. Llevo 19 años en la docencia, tengo 45, a lo mejor es mi crisis de la mediana edad...pero, si algo me han dado los años es valor, no tengo miedo, y, como me aprieten más el tornillo, saltaré como un resorte. Solo quiero avisar: de aquí en adelante no pienso quedarme callada ‘por educación’. Contestaré en el mismo tono y con la misma contundencia que se me trate.

A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantar hasta que reviente.

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¿Quién ha de hacer los deberes?


Se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa
ELVIRA LINDO

17 DIC 2016 - 18:56 CET
La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar. Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

 Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa. Apunto algunos:

Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Cargar sobre el profesorado el que los niños sean excelentes es injusto. Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Eso de meter el diablo en el infierno.


A sus ochenta y cuatro años Jean-Claude Carrière sigue hablando con nostalgia y agradecimiento de Luis Buñuel, el cineasta provocador y renovador del estilo cinematográfico con quien compuso nueve guiones y alumbró seis largometrajes. Seis piezas sobre la oscura codicia erótica del mundo burgués: Diario de una camarera (1963), Belle de jour (1966), La Vía Láctea (1968), El discreto encanto de la burguesía (1972), El fantasma de la libertad (1974) y Ese oscuro objeto del deseo (1977). Buñuel, con sus amigos Lorca y Dalí, era aficionado a los juegos de palabras. Cierto día, en un apartamento de Nueva York, el cineasta aragonés propuso jugar a buscar todos los sinónimos posibles de la palabra “polla”, referida al miembro viril. Los participantes eran él, su hijo Rafael, y Jean-Claude Carrière. A la postre, ganó el francés, pues, a su juicio, su lengua era pródiga en sinónimos del falo hasta el infinito. Este inocente envite fue el germen de una sencilla comedia que ha sido adaptada ahora, para los escenarios españoles, por Ricard Borràs, con el empréstito Las palabras y la cosa. En una hora y diez minutos, un filólogo jubilado alecciona a una joven dobladora de películas divertidas sobre los eufemismos y distintos sinónimos de los órganos sexuales y de las variantes de hacer el amor.
Los dos personajes no se ven, sino que se cartean. Expone uno y lee la otra, a intervalos, los repertorios relacionados con el asunto que se trata. Un glosario vivo, cambiante, en constante renovación y actualización como la misma lengua. Una palabras que suelen crear incomodidad, como señala Borràs.
El mayor mérito del original francés de Carrière, y de la versión española de Borràs, es recordar el pasado y presente de las llamadas palabras tabú. Es decir, un conmensurable ejercicio doble de diacronía y sincronía que, en lo que compete a suelo hispánico, resucita a nuestros clásicos de los Siglos de Oro, sin olvidar tampoco lo medieval.
El peor lastre de esta comedia es la ausencia de diálogo y de conflicto entre los dos únicos personajes. La falta de un cruce dialéctico refrena en mucho la gracia y chispa de la obra. Parece como si asistiéramos a una lectura pública del Diccionario secreto, de Cela, o similares. Francamente, no es que canse la hora y poco que dura, porque no deja de antojarse simpática, mas se echa de menos el verdadero teatro, el auténtico crescendo narrativo que hubiera dado entrega, sin duda, a un acabado infinitamente mejor.
Los intérpretes, el propio Borràs y Elena Barbero, cumplen notablemente. Dan no poco brío a una propuesta nada fácil de levantar y sostener así como está planteada.  
A estas horas de la vieja máquina del tiempo, nadie se escandalizará por el vocabulario que ha de enriquecer ese doblaje de piruetas transitivas. Seguramente, esos presuntos espectadores añadirán a cierta rutina la ensalada de vocablos jacarandosos. Tal vez así logren contrarrestar mejor su deriva por el tosco laberinto del tedio, o de esa soledad sonora, llena de tristes fingimientos.

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La adaptación de Ricard Borràs de Las palabras y la cosa (al parecer, ya publicada por Blackie Books este año de 2016), contiene acertadas referencias literarias, como la que compete al licenciado Sebastián de Horozco (1510-1580), que receta:
“Si os queréis quedar preñada
tomad, sin que se publique,
zanahoria encañutada,
con zumo de riñonada
sacado por alambique…”

O el Romance de la casada infiel, de García Lorca:
“Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo…”
Pero se advierte la ausencia de otras fundamentales, como la del desvergonzado cuento de Boccaccio, marcadamente anticlerical, de la niña Alibech que se quería hacer cristiana y santa, y fue disfrutada hasta la saciedad por un devoto ermitaño: “-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.”
De las entregas a la voluptuosidad precoz, nos llega de Apollinaire aquel panegírico de “hundir el chafalote en el fundamento”. Francisco Delicado (1480-1534) describe nada melindroso:
“La chica sintió el hierro y en seguida
empezaron las fuertes convulsiones,
al verse en otros brazos oprimida
y rozándola el culo los cojones;
llegó un momento en que se vio perdida
porque el semen brotaba a borbotones
y dando un bote, de su honor en mengua,
cruzó las piernas y le dio la lengua.”
De José Vargas Ponce (1760-1821), la humana declaración:
“Joderá el género humano
mientras haya pija y coño,
en primavera, en otoño,
en invierno y en verano.
Querer quitarlo es en vano
no por fuerza ni consejo,
pues si está cerca el pendejo
y la polla se endereza
puede más Naturaleza
que no el Testamento Viejo.
Desde el Rey hasta el gañán,
de la Infanta a la pastora,
y desde Adán hasta ahora
han jodido y joderán.
Tan emperrados están
en este dulce embeleso,
que aunque gritéis  que es exceso,
que hay Dios, y diablo y castigo,
de todo se les da un higo,
y el bolo tieso que tieso.”
Aparte del mordaz y ácido Quevedo, y del menos cáustico Góngora, está la sodomía de Catulo y Pietro Aretino, y la gallardía de nuestros Conde de Villamediana, Félix María de Samaniego, Nicolás Fernández de Moratín (Moratín padre), Ventura de la Vega y José de Espronceda.
El Conde se refiere al lindo refugio del placer femenino como una “perla” en esta letrilla sarcástica:
“Las Perlas van desterradas,
y no por culpas secretas,
porque no eran perlas netas,
sino perlas horadadas.”
Samaniego entona:
“Allá en tiempos pasados
salieron desterrados
de la Grecia los dioses inmortales.
Un asilo buscaban,
cuando en nuestro hemisferio se fundaban
diversas religiones monacales,
y entre ellas, por gozar la vita bona,
se refugió el dios Príapo en persona.
De esta deidad potente el atributo
con que hace cunda el genitario fruto,
es que todo varón que esté a su vista
siempre tenga la porra tiesa y lista.”
Mal puede esgrimirla así el prófugo del vergel de amor, como cuenta Ventura de la Vega (1807-1865):
“Esto le aconteció un día
al teniente Paja-larga,
que teniendo a su patrona,
ya preparada en la cama,
el toque de la corneta
de sus brazos le separa,
y no tuvo otro desquite
que hacerse después la paja.”
El propio Ventura se aventura a advertir:
“No os descuidéis, mujeres,
que la ocasión es calva,
abrid las piernas antes
que el hombre se distraiga.
Si no, ya veis qué pronto
gasta en puñetas vanas
todas las municiones
que tiene la canana.”
Los frailes, que fueron quizá antes cocineros, no se libran de la ironía de los irreverentes autores. Otra de Samaniego, que a propósito de cierto franciscano que fue a consolar a mujer casada, entona: “Luego que con la ninfa se halló a solas/ se quitó el reverendo los calzones/ y, con el taco libre de prisiones,/ la hizo, sin más ni más, tres carambolas.”
“Gato” no únicamente madrileño, y de los más originales, es este que trae a colación José Bernat Baldoví (1809-1864):

“A encerrar un gato pardo
que maullaba en el desván,
subieron con grato afán
Concha y su primo Bernardo.
Sin duda al primer encuentro
la niña cogió al tal gato,
porque exclamó de allí a un rato:
¡Madre… ya lo tengo dentro!”
Parece que de Samaniego se oyó decir lo que una muchacha dio por medio coito lo que en el fondo iba ya a ser el coito entero:


“Caliente una mozuela cierto día,
de tanto que su madre en misa estaba,
llena de miedo y de inquietud, dudaba
si a su querido bien se lo daría.
Por miedo si preñada quedaría
al mozuelo sus ansias no acordaba,
y lleno de pasión la consolaba
diciendo que al venir lo sacaría.
Fueron tan poderosos los ataques
que por fin consiguió verla en el suelo,
y ella dijo al venir de los zumaques:
¡Qué dulce es la sustancia del ciruelo!
Por tu vida, mi bien, que no lo saques
aunque me llegue la barriga al cielo.”
Serafí Pitarra (1839-1895) menciona el pudor de cierto muchacho:
“Un mango para un cuchillo
mandó comprar a su esposo
doña Juana, y el buen mozo
se lo metió en el bolsillo.
Sonrió al verlo cierta hermosa
y él, que lo tomó a insulto,
dijo: Señora, este bulto
es el mango de mi esposa.”
Los ejemplos son innumerables, como las arenas del mar. Muchos, de autores desconocidos, como estos, ligeros o gigantones:
“Esta noche, hermosa zorra,
traigo para tu regalo,
tan derecha como un palo,
trece pulgadas de porra.
No busques quien te socorra,
ni tampoco quien lo impida,
y en teniéndola metida,
dirás porque te aprovecha,
que porra que dé más leche
no la has catado en tu vida.”
Y del fiero guerrero:
“Alí Ben-Imete es moro
de unos dos metros de talla.
Su cabeza es altiva;
su apostura, gallarda;
los dos cojones, enormes,
y su polla, tan larga,
tan gorda, dura y erecta
que, cuando tras la batalla
en un poblado entra a saco
y su pollón desenvaina,
las damas, enloquecidas,
caen a sus pies desmayadas
gritando: ¡Alí Ben-Imete!
¡Alí Ben-Imete, envaina!”
Para terminar este periplo erótico, un soneto de Quevedo, que ríe de este modo:
“Estaba una fregona por enero
metida hasta los muslos en el río,
lavando paños, con tal aire y brío,
que mil necios traía al retortero.
Un cierto Conde, alegre y placentero,
le preguntó con gracia: --¿Tenéis frío?
Respondió la fregona: --Señor mío,
siempre llevo conmigo yo un brasero.
El Conde, que era astuto, y supo dónde,
le dijo, haciendo rueda como pavo,
que le encendiese un cirio que traía.
Y dijo entonces la fregona al Conde,
alzándose las faldas hasta el rabo:
--Pues sople este tizón vueseñoría.”
[FUENTE: Francesc Ll. Cardona, Viaje a través del erotismo, Barcelona, Iberlibro / Editors, 2003; hemos corregido ciertas grafías y pausas]
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LAS PALABRAS Y LA COSA, de Jean-Claude Carrière, puede verse representada en la Sala Negra de Teatros del Canal (C/ Cea Bermúdez 1, 28003 Madrid), hasta el 27 de noviembre de 2016.
© Antonio Ángel Usábel, noviembre de 2016.

martes, 20 de septiembre de 2016

La senda de los poetas.


“Un poeta, contra el estruendo y el dolor,
inventa la palabra” (Leo Zelada)

Abril de 2016. La editorial Vaso Roto publica el número 97 de su colección de Poesía: el libro de Leo Zelada (Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes, Lima, 1970) Transpoética.
Leo Zelada no es un autor cualquiera. Se toma la escritura muy en serio, porque la palabra mágica y multicultural del vate circula por sus venas. Leo, además, construye cultura, agita, anima y levanta el espíritu popular de la Cultura de la capital. Como perfectamente recoge la contracubierta de su libro, y en expresión de Emilio Porta, Leo “mueve Madrid”. Es uno de los voluntarios encargados de recordar a la sociedad y al poder de que existen los sentires y sentimientos, la conjunción sorprendente de lenguaje, mestizaje y mito, por encima de lo material, lo lucrativo y tangible. Leo se perfila “ebrio de poesía”, bohemio sin nómina, artista perdedor en una barraca de consumo, “mendigo de metáforas”:
“—¿Qué profesión tienes?
--Poeta.
--O sea, te vas a morir de hambre.
--Al contrario, voy a aplacar tu sed.”
La voz de Zelada es la del azabache, la del tugurio y el acantilado. Un grito cayendo en el abismo. Leo respira y exhala versos, y ha llevado su alma peregrina por selvas, ríos y llanuras de toda Latinoamérica. Es testigo de un mundo alucinado y alucinante. En su mochila, el manifiesto lírico, áulico y magistral, para desnudar un universo.
Zelada se afianza sobre la casta de los malditos. Las proyecciones alambicadas y perezosas de Baudelaire y Poe, como si el arte tuviera que estar permanentemente reñido con la masa: “Donde otros ven muchedumbres él ve una enorme procesión de silencios”; esa gente “como reptiles bajo la sombra”. Parir versos, por amor y con dolor, parece el sino del tocado por el ordenamiento deslumbrante de la lengua. Quizá esta ausencia de permeabilidad dificulte transparentar todos los ámbitos de lo concertado, y encasille al poeta en una ofuscación, en un exilio interior: el del peregrino en su patria, y en cualquier patria. Lo suyo no es diletantismo, sino más bien decadentismo voluntario: un encierro entre sus propias penumbras. “La literatura me esperaba en casa” (“Yo tengo encerrada en mi casa –por su gusto y el mío—a la Poesía”, que afirmó Juan Ramón, añadiendo eso de “y nuestra relación es la de los apasionados”). “Un poeta se refugia en su cuarto…”; “Cuando escribo atravieso la noche…”; “En la soledad de mi cuarto… Odio al mundo en este momento. Odio la noche. Odio los recitales de poesía. Me odio…” Puede que el apartamiento concite el don salvador de la palabra: “No soy cordero. / No soy manada. / La poesía es mi única patria / y su lenguaje / mi idioma universal.” Pues la palabra poética redime: “Transformar el dolor en belleza ese es el oficio del poeta.”
Como quería Juan Ramón, el poeta recrea el mundo, lo reconstruye, no necesariamente partiendo de sus ruinas, sino captando otra realidad, otra verdad que se nos escapa, como la arena entre los dedos. “En el cuarto oscuro de un poeta, / también existe la arena de la playa.” Su visión de Afrodita no es la de una muchacha bella, sino su compañía, que nos relaja y embruja, y entonces las estrellas del cielo “bajan a danzar” con uno, en místico y erótico paroxismo.
El texto de Leo que abre el libro –corto, a modo de haiku—dice “todas las constelaciones / del universo caben en mi mano.” Leo obedece a Blake, sus Augurios de Inocencia:
“Para ver el mundo en un grano de arena,
y el Cielo en una flor indómita,
estrecha el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora.”
[To see a World in a Grain of Sand
And a Heaven in a Wild Flower,
Hold Infinity in the palm of your hand
And Eternity in an hour.]
Hay un ente que libera el encierro del poeta Leo y aminora su soledad: el mar. “Otra es la ola que luminosa acaricia mi espalda”; “Sobre la espuma del mar / el resplandor del misterio.” El mar que es unitario y distinto, el manto de agua a veces verde, a veces azul, a veces gris, que nos convoca, sacude la costa y se desdobla en otro, y en uno mismo. El doble del poeta, por qué no, escribiendo travesuras en universos paralelos.
En la huida del tumulto a la orilla está ese sueño infantil de Antoine Doinel –alter ego de François Truffaut—en la secuencia final de Los cuatrocientos golpes (1959), un niño abandonado por sus padres, que busca el mar para así sentirse libre.
En los límites de su sencillez, Transpoética es un libro para leer y saborear varias veces, lleno de breves, pero con tres clásicos de la cumbre de su autor: “Breve explicación de la poética a un hombre cualquiera”, “Dark Poetry” y “Underground Poet”.
Seguramente Leo tiene la llave del Infinito.
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2016.