“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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miércoles, 17 de junio de 2009

El Lazarillo en su contexto.

Otra vez ha sido mi amigo Leo Zelada el que me ha impelido a escribir sobre un tema al abrigo de sus sustanciosas tertulias de los viernes. Así pues, tomo la máquina, y a él le dedico estas reflexiones que siempre me ha dictado a la conciencia la cuidada lectura del Lazarillo.

Vamos a hablar de un libro de ficción de cariz realista, publicado en 1554, de un autor de nombre desconocido pero vinculado a la disidencia espiritual, y de una época concreta: la España del siglo XVI, embarcada en plena cruzada contra el protestantismo, el iluminismo y demás licencias interpretativas del canon evangélico. La persecución de los antidogmáticos era asunto de Estado para Carlos V y su hijo Felipe II. Se diría que heredaron el celo de los Reyes Católicos en su empeño de depurar sus dominios de herejes y judaizantes. A la cruzada antisemita habría que añadir con ellos el exordio antiluterano y antierasmista. Los estatutos de limpieza de sangre –sumamente rigurosos, pues se extendían a varias generaciones precedentes-- abocaban a algunos a no poder ocupar ciertos cargos ni oficios, como le sucedió a Miguel de Cervantes, autor del Quijote, quien por dos veces recibió negativa para emigrar a América y hacer fortuna en ella. Estamos hablando, por tanto, de una España donde no había libertad, y donde la cuna de nacimiento y la estirpe condicionaban sine qua non el destino de un individuo. Todavía en el decadentismo económico del Barroco, cuando la tramoya quimérica de la apariencia rizó el rizo, Quevedo tachaba a Góngora de judío, y se preciaba de poder comprarle la casa y de echarlo de ella cuando el otro no tenía donde caerse muerto.



Leo Zelada defiende la tesis de que el Lazarillo presenta un protagonista cuya modernidad residiría en su ejercicio de un libre albedrío. Es decir, justamente la libertad de obrar, de medrar, de pecar, de arrepentirse o de salvarse que prescribía para el buen católico del siglo XVI el movimiento de la Contrarreforma. Pero ya hemos enunciado cómo en España lo que menos había era libertad de poder elegir fama y fortuna. ¿Cómo va a poder ejercer su libre albedrío una persona nacida sin ningún tipo de honra, que carece de los medios esenciales para vivir dignamente, y que se tiene que conformar con arrimarse a la concubina de un cura para que lo hagan pregonero de sentencias y tener, lo que se dice, un “oficio”? Lo que nos está diciendo al oído el anónimo responsable de esa biografía novelada es que la España de su tiempo representaba la prueba perfecta de que el libre albedrío no existe. Era tan ficticio como los gigantes y los encantadores de las novelas de caballerías. Por eso don Quijote, en el mundo de su ficción, se tuvo que inventar su libertad de obrar que, sin embargo, chocaba, en el cuadro de la realidad, con el contrapunto impuesto: esos malvados magos y hechiceros que intervenían para arruinarle el gozo. Quien quiera entender, que entienda. A los inquisidores y actantes contra el protestantismo les estaba saliendo el tiro de arcabuz por la culata. Por fin había llegado un autor que se lo estaba diciendo a la cara: el hombre no es libre, sino que cumple el destino que el Ser ha previsto para él. Ya sea por motivos de raza, de nación, de familia, de inteligencia, de aptitudes, de moralidad, de inmoralidad, de oficio, de apariencia o de las limitaciones que se tercien en cada momento. El hombre no puede huir de un destino que le ha sido propuesto. Y hay una oración clave, enormemente elocuente, que, sin embargo, ningún crítico comenta. Cuando, al final del Tratado Primero, Lázaro escapa del ciego, después de haberle dejado oportunamente descalabrado en venganza por las palizas recibidas por su mano, concluye literalmente, ¡atención!: “No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber”. Es decir, no me importó averiguar qué hizo Dios de él después de ese episodio. ¡Qué hizo Dios de él! Lázaro nos está diciendo que Dios trazaría su destino como hace con cualquier otra criatura. Con él mismo incluso, quien cansado de caminar con un sueño en el alma, y viendo que tal ilusión no toma forma por ninguna parte, termina claudicando y aceptando el trabajo que se le propone, aun cornudo y apaleado, pues otra cosa no llega de Dios: “Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento, por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa” (Tratado Séptimo; el subrayado es nuestro). Lázaro firma el armisticio con los suyos, con su sociedad, y aun queda contento, pues en esta vida lo importante es ganarse el sustento, y más se merece que no falte nunca éste, que toda la apariencia del mundo (no lo entiende, empero, en perjuicio suyo, el contumaz escudero a quien Lázaro sirve y auxilia). Se podría asegurar que al fin se alza con una plaza, aunque ínfima, de funcionario público, esto es, un cargo seguro. Y ahí está, precisamente, la modernidad de la obra: los únicos que viven con plena seguridad de que no va a faltarles trabajo son los empleados del Estado. En ese sentido, lo mismo sucedía en el siglo XVI que ahora. A vivir del gobierno, que son dos días. Lázaro pone su mano en el fuego por ello: “ Todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen.” [Tratado Séptimo] La plaza que ocupa Lázaro es una de las más viles, similar a la de verdugo, pero es un comienzo, que unido al comercio de los vinos del señor arcipreste de San Salvador, da para vivir. Y como el propio arcipreste se encarga de meterle en la mollera, “no mires a lo que puedan decir, sino a lo que te toca, digo, a tu provecho”. Nos añade Lázaro que él se ha convertido en un mafiosillo en Toledo, una especie de prometedor Corleone: “Casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano. Tanto, que, en toda la ciudad, el que ha de echar vino a vender, o algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar provecho” [ibíd.] Por aquel entonces Lázaro ya ha comprendido lo importante que es el vestido, porque, con lo que gana como aguador en los cuatro años que sirve a un capellán, se compra un jubón raído, una capa y una espada vieja. Por cierto, otro detalle, no de luteranismo, sino esta vez de judaísmo recalcitrante, como ya notaron C. V. Aubrun y Maurice Molho: “Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís.” (Tratado Sexto). Lázaro no es converso, porque no le importa pecar y mancharse trabajando en sábado, pero su amo el capellán, sí debe serlo, pues lo libera de la obligación de vender agua ese día. Ya tenemos a nuestro Lázaro modestamente ataviado y contento con su colocación estable en Toledo, ciudad conventual, donde los clérigos –a juicio del embajador italiano Andrea Navagero en 1525—hacían o deshacían a su antojo, puesto que a través de las confesiones y la exculpación de los pecados, se volvían diablos cojuelos de la vida privada de las personas. El arcipreste de San Salvador, oída la fama mercantilista de su pregonero de vinos, decide apadrinarlo casándolo con una criada y amante suya. Percibamos el remedo grotesco de enlace honroso: perito en misas une a su entretenida con espabilado ruin. Lo mayúsculo es que, con tal desposorio, el Pater agradece emparentar incluso con quien ningún escaño posee, si no es el del lodo del río en que le nacieron. Nuestro Lázaro, para defender su bien ganada honra, está dispuesto a batirse con quien le mente la barraganía de su mujer, e incluso a cometer blasfemia en defensa de tal apaño: “Que yo juraré sobre la hostia consagrada, que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo”. Una mujer a la que permite entrar y salir de noche, a cambio de llevarse bien con ella y mejor con el arcipreste, de quien hereda, hacia el final del invierno, por el 25 de abril o San Marcos, las calzas viejas que deja. “En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”. Lázaro se nota en la cumbre, en la cima del mundo, en lo máximo a lo que puede aspirar un advenedizo sin solera como él. Esa resignación, ese contento por lo módico, esa ausencia de mayores aspiraciones, cabe interpretarla de dos maneras: a) mi sociedad, estamental y honorable, me condiciona de tal modo, que me he probado a mí mismo que no puedo alcanzar nada mejor; y b) Dios no ha querido convertirme en otra cosa, y en gracia y paz con su divino designio he de permanecer. Ambas no se excluyen, sino que se complementan, pues hablamos de dos condicionamientos históricos que se estaban produciendo en aquel contexto preciso. Cuando llegue el siglo XIX, con la Revolución Industrial, el auge del comercio a gran escala y la consolidación de la alta burguesía como clase dirigente, habrá un autor que sugerirá lo mismo: la ausencia de libre albedrío en el ser humano, por parecidas razones de posicionamiento estamental, dado esta vez por el dinero: “En donde quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad” (Benito Pérez Galdós, Misericordia, 1897, XL). A lo que Benina –entrañable creación galdosiana-- suma la dulce y aconsejable receta, que coincide punto por punto con la expresada por Lázaro de Tormes: “…Por lo que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen aquéllos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como los niños, o éstos por mangonear, como los mayores, y no reñir con nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros.” La ficción de libertad, ese algodón azucarado, se ha vivido siempre. La siente ingenuamente Areúsa en la imperecedera Tragicomedia del también converso Rojas: “Por esto me vivo sobre mí, desde que me sé conocer. Que jamás me precié de llamarme de otrie, sino mía” (Noveno auto). Cómo se piensa dueña de su propia vida, sin ver que Celestina la maneja a su antojo, por ejemplo, para ganarse a Pármeno para la causa contra el honor de Melibea, sin notar que en el mundo “todo es contienda o batalla”, donde el pez grande se come al chico, y lo único importante es sobrevivir. En ese “juego de hombres que andan en corro”, Areúsa ocupa su plaza y se las da de libre, arrimada, ya que se tercia, a un soldado, que le proporciona cuanto ha menester, y la tiene honrada y trata como a su señora (v. La Celestina, Séptimo auto).



Contestada la ausencia del libre albedrío en el Lazarillo, como proyección veraz de lo que la sociedad y ciertas disposiciones confesionales exigían e imponían, pasemos a continuación a preguntarnos a quién puede estar escribiendo el protagonista de la novelita sobre su caso. Lo que viene a argumentar Lázaro en el prólogo a su relato es que hay que felicitar a quienes aciertan a llegar a buen puerto contra viento y marea, que por méritos se vuelven superiores a aquellos otros que nacieron con un pan debajo del brazo. La pírrica conquista final de Lázaro se contempla así como eminentemente más valiosa que cualquier otra hazaña de hidalgo al arrimo de corte para conseguir un título o cargo. Como mandó poner Lope de Vega en el dintel de su casa en Madrid, “Parva propria magna, magna aliena parva” (‘Una casa se hace grande cuando es propia; la grande, cuando ajena, se antoja pequeña’). El caso que va a referir Lázaro es su deshonra –que los intrigantes airean por Toledo--, pero que se convierte en pelillos a la mar una vez vista la procelosa biografía del criticado. Para Lázaro es cruenta e irresponsable difamación, venida de aquéllos que poco comprenden de las artes de la vida. Con el fin de que se comprenda adecuadamente su consoladora filosofía, la emprende con sus mayores andanzas en una carta cabal que dirige a “Vuestra Merced”. La identidad de dicha “Vuestra Merced” ha hecho correr ríos de tinta. Evidentemente, se trata de un potentado, alguien con cierto predicamento en Toledo, pues el protagonista se refiere al arcipreste de San Salvador, causa de su alborozo y de su escarnio, como “servidor y amigo de Vuestra Merced”, mientras que él mismo, Lázaro, se tiene por servidor “de Dios y de Vuestra Merced” (Tratado Séptimo). La interpretación más lógica lleva a pensar que las malas lenguas habían manchado el crédito honroso del dicho arcipreste, y que esa “Vuestra Merced” se creía obligado a tomar cartas en el asunto, debido a la amistad que le unía al cura, quien de paso era lacayo suyo. Lázaro intenta justificarse: nació sin honra, pero no hizo en su vida nada malo (en esto se distinguirá de pícaros y delincuentes posteriores al uso); vio mucho mal a su alrededor, y tuvo varios amos que no eran precisamente dechados de virtudes, pero no adquirió de ellos malos hábitos, sino que se mantuvo fiel al don de la gracia divina de obrar con rectitud y apechugar con lo que le viniere. ¿Podría estar dirigiéndose Lázaro a alguien muy vinculado con los asuntos de la fe y de la Iglesia, a, por ejemplo, un familiar del Santo Oficio, quien habría ordenado iniciar una investigación al respecto? Dado el marcado anticlericalismo del relato –aun cuando éste pudiera interpretarse como de naturaleza moralizante--, amén de la inclusión de fórmulas blasfematorias a las que hemos aludido, no podemos defender sin puntuales reparos dicha hipótesis. En la excelente y modélica adaptación cinematográfica llevada a cabo por César F. Ardavín en 1959, que se alzó con el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín, se supone que el protagonista se está confesando con un clérigo, como un acto de contrición hacia una nueva vida, que siempre le hace, sin embargo, abrazarse --en un memorable, inteligentísimo e irónico epílogo apócrifo-- a un árbol sin hojas. (Por cierto, que Ardavín sigue la edición, con adiciones, de Alcalá). No obstante nuestros reparos, cabría la posibilidad de contar con un religioso de cierto nivel jerárquico amigo de luteranos y judaizantes, es decir, de gente de mucha maña y de poca honra. Toledo estaba plagado de ellos. En 1529 cayó una secta de alumbrados, que seguían a la beata Isabel de la Cruz y al clérigo P. Alcázar. Se consideraban criaturas gobernadas y determinadas en todo por la voluntad única del Creador, al cual debían “abandonarse” en sorda meditación, exentas siempre de pecado y contrarias a cualquier dogma y acto de religiosidad exterior. Consideraban la sagrada forma como un simple e idolátrico “pedazo de masa”, que no les movía a piedad alguna. Debemos en este punto recordar que, en el Tratado Segundo, burlescamente bautiza Lázaro a los panes que se guardan en el arcón como “la cara de Dios”, uno de los cuales despacha él “en dos credos”, y, en otro momento, se postra ante este condumio con adoración, “no osando rescebillo”. Es decir, existe en el pasaje una clara parodia de la consagración de la misa, lo que llevaría de nuevo a tildar directamente al personaje de “alumbrado” o protestante, e indirectamente también de lo mismo a su autor. Así pues, podemos imaginar que Lázaro, en Toledo, se arrima a una sombra de su natural conveniencia, que participa, al menos en secreto, de su actitud irreverente hacia ciertos dogmas de fe. Nuestro protagonista, en unión con el curita de San Salvador, con “Vuestra Merced” y otros liberados, formarían un contubernio de heterodoxos marcados por el erasmismo, el luteranismo y el iluminismo quietista.

Pasemos ahora al esbozo del autor del Lazarillo. Américo Castro lo creyó converso judaizante. Manuel J. Asensio lo relacionaba, en 1959, con alguna secta de alumbrados. Hemos visto que su personaje, Lázaro de Tormes, no puede ser un judaizante, puesto que no se comporta como tal, al no hacerle ascos a trabajar en sábado. Más parece cercano a la despreocupación de erasmistas, alumbrados y protestantes hacia todo el ritual de la vida cristiana ortodoxa. Sin embargo, de los nombres de eventual autoría que se han dado hasta ahora, predominan claramente los de conversos o descendientes de ellos, como Sebastián de Horozco o Alfonso de Valdés. La profesora Rosa Navarro Durán, en colaboración con Milagros Rodríguez Cáceres, ha publicado la novela con la autoría explícita de Alfonso de Valdés en Ediciones Octaedro (Barcelona, abril de 2003). Cree ver el estilo y las lecturas humanísticas de Valdés reflejados en el Lazarillo. Alfonso de Valdés, nacido en Cuenca a finales del siglo XV y fallecido en octubre de 1532 en Viena de una epidemia de peste, fue secretario de cartas latinas del emperador Carlos. Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, habla de él como de un erasmista contumaz, pero no lo considera protestante, por cuanto no cree en las tesis de Lutero sobre gracia, justificación, libre albedrío y transustanciación eucarística. Esto lo apartaría, entonces, de su personaje, quien –según hemos visto-- parece negar la importancia del libre albedrío en las decisiones humanas. Rosa Navarro defiende, así mismo, la teoría de que la “Vuestra Merced” a quien Lázaro dirige su relación era una mujer, una señora principal que quiere tener noticia del comportamiento de su confesor, ni más ni menos que el taimado arcipreste de San Salvador (v., ed. cit., pp. 16-20). Bajo este prisma tan peculiar, Lázaro estaría traicionando a su amo el arcipreste, poniéndolo y poniéndose en evidencia él mismo ante el criterio o juicio moral de una dama. No parece una maniobra muy lógica; sobre todo, si nuestro hombre no quiere ver perjudicada la fórmula contractual que acata con el clérigo. Por otra parte, al tildar al arcipreste de “amigo” de “Vuestra Merced” podría dar a entender incluso una relación ilícita a la que jamás hubiera convenido aludir por escrito. Consideremos que el Tesoro de Covarrubias (1611) toma “amigo” / “amiga” como sinónimos ambos de “amante”. “Amigarse” sería lo mismo que “amancebarse”, especialmente entre individuos de distinto sexo. Tendríamos, pues, al clérigo de San Salvador amancebado con una noble, quien a resultas de qué iba a pedir entonces razón de lo que se estaba amasando en la casa del de Tormes. “Vuestra Merced” no solicita noticia biográfica del clérigo, sino del pregonero. Por algo será. Y éste se justifica. Por algo será también.

El anticlericalismo del autor es manifiesto, e indiscutible su intención sarcástica. Cuatro de los amos que Lázaro tiene son clérigos: el de Maqueda (Tratado Segundo), el fraile de la Merced (Tratado Cuarto), el capellán (Tratado Sexto) y el arcipreste (Tratado Séptimo). Otros dos, al menos, se relacionan por su habilidad con la Iglesia: el vendedor de bulas (Tratado Quinto) y el pintor (Tratado Sexto). Incluso el ciego va vendiendo oraciones, algunas, como la de la emparedada (mencionada en la edición de Alcalá), incluida como hechicería en el Índice de Libros Prohibidos (1559). Está claro que el autor tenía fobia a la Iglesia como institución; es más, debía de padecer contra ella una neurosis obsesiva. Acaso fue un antiguo monje o sacerdote, convertido después al luteranismo o a prácticas de alumbrados, que se la tenía jurada a la Iglesia católica, y quiso así tomar cumplida venganza de ella. Y la Iglesia no fue insensible ni indiferente a este propósito, pues prohibió la novela, incluyéndola en el citado Índice de 1559. En 1573 se levanta parcialmente el veto, permitiéndose la versión expurgada del texto (como volverá a suceder con la edición de 1599: sin los episodios del mercedario y del buldero, y de frases suprimidas aquí y allá). Si a un gorrión se le quitan las plumas, ¿qué es lo que queda para ganarse una indigestión?

Hablemos, para finalizar, de los lectores de la obra. Probablemente en su mayoría, de descendencia conversa o de filiación alumbrada. Eso parece poder deducirse del descubrimiento, en el verano de 1992, de un ejemplar hasta entonces desconocido del Lazarillo, editado en Medina del Campo en marzo de 1554 –es decir, en el año de su espectacular aparición “mariana” en otros tres sitios diferentes: Burgos, Alcalá y Amberes--. Dicho ejemplar se descubrió al derribarse un tabique de una casa del centro de Barcarrota, en la provincia extremeña de Badajoz. Formaba parte de una biblioteca de obras heterodoxas encontradas junto a él, no escritas en castellano sólo, sino también en latín, griego, hebreo, portugués, francés e italiano. Por lo tanto, la biblioteca de alguien muy culto, y además relacionado con medios discrepantes, quizá un humanista converso, o lo que es más probable, un alumbrado. Hoy sabemos que, en 1573, se desató una feroz persecución contra los alumbrados de esa zona de Extremadura. El hecho de que los libros permanecieran ocultos hasta la actualidad hace pensar en la muerte de su propietario, natural o por ajusticiamiento, o bien en su rápida huida para evitar ser apresado e interrogado.

Todo cuanto hemos argumentado a lo largo de los párrafos precedentes nos impide “descontextualizar” la obra de su momento histórico y de su idiosincrasia ideológica y heterodoxa. Aun cuando la novela ha sobrevivido al paso del tiempo como buen clásico de nuestra Literatura en castellano, y sigue hoy leyéndose como una muestra genial de relato cómico e irónico, sin tal vez importar mucho --para un lector medio o elemental-- sus vinculaciones críticas, no podemos ni debemos olvidar los verdaderos motivos y condicionamientos por los que fue escrita. No hay asomo en ella de la doctrina católica del libre albedrío, ni puede ser hombre libre moderno quien es esclavo de su nacimiento. Todavía no había llegado la Ilustración ni la Revolución Francesa, y no estamos, pues, ante alguien que encarnara una actitud revolucionaria en ese sentido. Lázaro es un antihéroe: por mucho que se empeña, en su lucha poco consigue. Pero no se engaña: él toma rápida consciencia de ello, de su segura limitación. Como tampoco consiguió gran cosa Areúsa en La Celestina (1499) con su famosa reivindicación: “las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser cada uno bueno por sí y no vaya a buscar en la nobleza de sus pasados la virtud” (Noveno auto). En esa defensa de la virtud vinculada a la valía personal, a la actitud general ante la vida, se empecinará también Cervantes, pero no cuaja hasta mucho tiempo después, cuando la habilidad para montar un negocio y triunfar en él sustituye al don para ser alimentado sin esfuerzo con el trabajo esclavo de otros.

Antonio Ángel Usábel
(Madrid, 31 de mayo de 2009)

[Dedico la presente disertación a mis amigos Leo Zelada, Félix Rosado y Francisco Salvador, a quien debo tener hoy un ejemplar de la edición facsímil de Medina del Campo. A título de curiosidad desvelaré que esta defensa del carácter luterano del Lazarillo me hizo ganar, en 2004, la plaza de docente de Lengua castellana y Literatura en las oposiciones al Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria de la C.A.M. Así pues, mi eterna gratitud, oh tú, anónimo creador de Lázaro de Tormes, buen amigo mío también, seas quien seas]

1 comentario:

  1. Muy bien, Antonio. Ha sido una buena disertación, muy bien expuesto, didactico y esclarecedor. Pero toda opinión siempre es válida, mientras se argumente.

    Un abrazo.

    Gio.

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