“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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martes, 26 de mayo de 2009

Los escritores y la guerra.

Nadie que esté en su sano juicio ama la guerra. La guerra es la pérdida de equilibrio mental. Una persona normal, un individuo corriente, incluso un militar de oficio, no piensa en la guerra como estado natural de la vida civilizada. La guerra es la perdición absoluta para todos: vidas, haciendas, respeto, convivencia, sentido común. Y aun así, las guerras nacen, crecen, se reproducen y finalmente caen en un sueño letárgico, del cual volverán a despertarlas los megalómanos e imprudentes. Cuando una nación es atacada por otra, esta tiene el deber moral de responder: si no con la diplomacia, con la represalia más iracunda. Y ya se organiza “El duelo a garrotazos”.
¿Cuáles han sido las actitudes de los escritores ante la guerra? Básicamente, cabría establecer dos muy principales: la actitud épica, propagandística y enaltecedora del heroísmo; y la impronta pacifista, de rechazo y condena. Aquella la bisbisea al oído el maldito ángel caído; esta, nuestro animoso ángel de la guarda, que sólo quiere nuestro bien y nuestra Salvación.

Veamos, paso a paso y con matices, ambas posiciones:

1ª. La visión ÉPICA de la guerra:

Habría que comenzar comentando la postura belicista de las religiones del Libro. En ellas la guerra se concibe como azote o castigo de Dios al pueblo ofensor, idólatra e impío. En el Antiguo Testamento, la toma de Jericó, por ejemplo, bendecida y propiciada por el dios judío para enaltecer a su pueblo (Jos, 6), que acaba grotescamente con la inmolación autorizada de mujeres, niños y ancianos. En el Corán, la yihad o guerra santa, que según los islamistas moderados hay que interpretar como una respuesta defensiva de la comunidad ante la opresión y la injusticia. Debe contar con el consenso de las distintas comunidades musulmanas, y prohíbe la destrucción indiscriminada de vidas, propiedades y centros de culto. Está prohibido matar a mujeres, niños y civiles desarmados. Es como la guerra, pero menos.

En la epopeya griega clásica y en la épica medieval se manifiesta el mismo celo bélico. Hay una exaltación de la batalla como prueba de valor y de concreción de las virtudes nacionales de un pueblo, que exige desarrollar un “espíritu de cruzada”. Ejemplos palpables: la Ilíada, de Homero; y dentro de la épica medieval castellana, el Poema de Mio Cid. La violencia también se contempla como firme alternativa en el ciclo artúrico y en la novela de caballerías, donde ya no tanto se necesita defender un ideal nacional, como sí probar las virtudes personales de un paladín heroico. Estos paladines perseguían objetivar el ideal de justicia, bien defendiendo la causa del Redentor de la Humanidad, a través de la custodia de su Santo Grial, bien combatiendo contra la injusticia y la opresión y liberando a damas en compromiso.

Estos ideales artúricos fueron asumidos por los caballeros guerreros del Renacimiento, virtuosos en armas y en letras, como Garcilaso de la Vega. Y es también la visión que conforma a don Quijote, y a su propio autor, Miguel de Cervantes, combatiente en Lepanto y gloriosamente herido durante la batalla. Tiempo después, Cervantes, un descastado descendiente de conversos a quien se prohibió viajar a América a hacer fortuna, intentó sin éxito medrar en España esgrimiendo su esfuerzo, su sacrificio y su valor en esa cruzada de la cristiana Europa. Ese fracaso, motivado por la misma ingratitud que hizo alzarse a Lope de Aguirre, el traidor, contra Felipe II, quedará esculpido en tinta indeleble al crear a don Quijote. Don Quijote es un héroe fuera de tiempo, fuera de contexto, como lo fue Cervantes –iluso él—en un país que imponía limpieza de sangre para alcanzar el mecenazgo. Sabemos hoy que Avellaneda, el firmante del falso Quijote, menospreciaba el talento heroico de Cervantes, porque este se defendió como gato panza arriba en el prólogo de su segunda parte:

“Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra…”

Avellaneda se burla del aguerrido idealismo de Cervantes, como del esmerado don Quijote se ríen cuantos le salen al paso. El sarcasmo se eleva por los aires cual alfombra mágica en el palacio de los duques, donde don Quijote polemiza con el capellán, que no entiende las razones de tanta pulcritud: “Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.” (II, 32). La paranoia presente en el personaje, que ve malévolos encantadores por todos lados, obstaculizando el éxito de sus empresas, podría ser reflejo de la administrada en vida por el autor, despechado contra esa “raza maldita, nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar los fechos de los malos.” (II, 32)

Cervantes pretendía hacerse un importante hueco en la sociedad por la gloria de la valentía. Lázaro de Tormes también buscaba su huequecito, pero con muchas menos pretensiones de honor; mejor dicho, con acomodo a lo que viniera aun con aparejo de escasísima honra. Termina casado, ya sabemos, con la manceba de un arcipreste, pregonando sus vinos a la par que vocea sus cuernos. Pero –y esto es lo que de verdad le importa—arrimado al engranaje del poder, al ser nombrado pregonero de faltas y de penas de los condenados por causa de la justicia del rey.

Damos un brinco histórico, y nos situamos a comienzos del siglo XX, en pleno auge de los movimientos de vanguardia. El futurismo de Marinetti comenzó a hablar de la guerra como “única higiene del mundo”, y pedía glorificarla junto al militarismo, el patriotismo, la acción destructiva del anarquista, las ideas bellas que matan, y el desprecio a la mujer. Cuando estalló la Gran Guerra, hubo escritores íntegramente arrojados a la causa armada, como Apollinaire, D’Annunzio, Rudyard Kipling, Chesterton, Conan Doyle, o Edward M. Forster. Ernst Jünger se destacó también del lado alemán por escribir un sonoro alegato de sus vivencias heroicas de combatiente, que tituló Tempestades de acero, francamente admirado por los jóvenes revanchistas de la República de Weimar y, por supuesto, por los gestantes del nacionalsocialismo. Después se dijo de él que inspiró, con sus pasquines clandestinos, la rebelión de los oficiales contra Hitler. Pero su posición, aunque presuntamente favorable al pacifismo en obras como Sobre los acantilados de mármol, fue siempre ambigua. De hecho, llegó a concebir la guerra como un mal necesario impuesto por Alemania a otras naciones, para que pudieran nacer en ella el orden moral, el trabajo y la revolución técnica.

Igualmente ambigua fue la posición adoptada por Romain Gary en su primera novela, El bosque del odio, sobre la resistencia partisana contra los alemanes. Hay justificación de un impulso resuelto, determinista y liberador, pero la generosidad en el retrato no acuna sólo al rebelde resistente, sino también al nazi y al colaboracionista polaco. Al fin y al cabo, todos son seres humanos, y no bestias, porque cada uno obra según lo que le dicta la conciencia de lo que debe hacer en cada momento, esté equivocado o no. El germen de humanitarismo que existe en el hombre posibilitará la trascendencia de la guerra hacia una sociedad más justa, unida y solidaria. [Galaxia Gutenberg acaba de publicar la primera edición de esta novela en castellano.]

Con esto llegamos al realismo socialista –o fascista-- y su visión de la guerra como un apósito desagradable, pero imprescindible, para alcanzar la esperanza de mejoras sociales. “Flash back”: se equivoca de medio a medio Nietzsche cuando considera pusilánime a Cristo. El Mesías cristiano no vino a traer paz, sino espada, pues para conseguir la expansión de su mensaje había que discutir enormemente: los hijos con los padres, las hijas con las madres, las nueras con las suegras, de modo que los enemigos del hombre estuvieran en su propia casa. Dicen los expertos que sus palabras las recoge el mítico primer evangelio, el Documento Q (v. 12, 51.53), del cual bebieron Mateo y Lucas por lo menos. Se estima que ese texto perdido fue el más próximo al tiempo histórico de Jesús, y consiguientemente, el más fiel a su predicación original. Como igualmente asevera el mismo informe, quien abandona a su pareja y se casa con otra, comete adulterio (v. Q, 16, 18). El testimonio no sinóptico de Juan nos trae otra gracia añadida, espectacular: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos (…) Si alguno no persevera en mí, fue expulsado fuera, como el sarmiento, y se secó, y los recogen y los echan al fuego y arden.” (Jn 15, 5-6). ¡La de hogueras que encendieron los señores inquisidores al amparo del pie de la letra de estas palabras recogidas por Juan! El evangelio preferido, dicho sea de paso, por Isabel la Católica y por los estudiosos de la Sábana Santa de Turín.

Para los escritores de los extremismos izquierdista y derechista, la literatura es un arma legítimamente útil para obrar cambios triunfales. Max Aub, Ramón J. Sender, Miguel Hernández, actuaron convencidos de esta premisa. Miguel Hernández concebía la poesía como un arma: “En la guerra, la esgrimo como un arma, y en la paz será un arma también aunque reposada.

Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir.” (en Nuestra Bandera n° 40, 22 de agosto de 1937)

De sus correrías junto al Campesino por los alrededores de Madrid, nos han llegado estremecedores relatos como el que se reproduce a continuación:

“Los terribles días de noviembre me cogieron con él y sus soldados en los alrededores de Madrid: Boadilla del Monte, Pozuelo. Sufrimos hambres y derrotas. Mantenernos días en unas posiciones nos costaba un capital de sangre y energía. El «Campesino» contenía la desbandada a ráfagas de ametralladora. Era fatal que actuase así. Si no hubiera sido por unos cuantos hombres que actuaron de esta manera, Madrid hubiera caído.
En una de las forzadas retiradas que tuvimos hacia Madrid, en la primera en que me vi envuelto, me sucedió algo significativo. La artillería, la aviación, los tanques enemigos se cebaban en nuestros batallones, sin más armas que fusiles y algún que otro cañón, que no volvía el alma al cuerpo al oírlo de tarde en tarde. Nos retirábamos, por no decir que huíamos, dentro del más completo desorden. Las encinas de las lomas de Boadilla temblaban a nuestro paso enloquecido, y algunos troncos se precipitaban degollados bajo las explosiones de las granadas. En medio del fragor de las huida, de los cartuchos y los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menos impedimento, me hirió de arriba abajo este grito: «¡Me dejáis solo, compañeros!». Una bala rasgó por el hombro izquierdo mi chaqueta de pana, que conservaré mientras viva, y las explosiones de los morteros me cegaban y me hacían escupir tierra. «¡Me dejáis solo, compañeros!». Se oían muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: «¡Me dejáis solo, compañeros! ¡A mí me falta y me sobra corazón para todo!». En aquel instante sentí que se me desbordaba el pecho; orienté mis pasos hacia el grito y encontré a un herido que sangraba como si su cuerpo fuera una fuente generosa. «¡Me dejáis sólo, compañeros!» Le ceñí mi pañuelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. «¡Me dejáis solo, compañeros!» Le abracé para que no se sintiera más solo. Pasaban huyendo ante nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. «¡Me dejáis solo, compañeros!» Le eché sobre mis espaldas: el calor de su sangre golpeó mi piel como un martillo doloroso. «¡No hay quien te deje solo!» le grité. Me arrastré con él hasta donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude más, le recosté en la tierra, me arrodillé a su lado y le repetí muchas veces:«¡no hay quien te deje solo, compañero!». Y ahora, como entonces, me siento en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún hombre.” (14-11-1937)

Hernández tenía el mismo concepto de heroísmo sobrevenido que defendía Tolstoi. Los héroes son gente del común, obligada a comportarse de una manera sobresaliente, pero pasajera, según las circunstancias: “¿Quiénes son los héroes? Entiendo por heroísmo un movimiento del corazón que arrastra el mayor peligro por defender y salvar desinteresadamente algo que ocupa lugar en la pureza de sus sentimientos. A los guardias civiles de Sierra Morena se les puede considerar valientes, pero para ser héroes andan demasiado manchados de sucios intereses. Se revelaron recelosos y temerosos de la justicia popular que, más temprano o más tarde, juzgaría y liquidaría su organización de villanos, y se han defendido por desesperación. Los héroes son los hombres que les han atacado por espacio de varios meses con escopetas y con el solo deseo de acabar con la lucha para regresar al digno arado, a la vida sencilla. El héroe actúa por el impulso generoso, no por una mala pasión, aunque sea sin armas. Estos que han luchado contra los de Cortés representan al héroe.” (13-05-1937)

2ª. La depuración PACIFISTA de la guerra:

La guerra, para los autores del idealismo pacifista, es un hecho trágico e injustificable. Un absurdo, porque todo el mundo pierde en una guerra. La contienda es pergeñada por mentalidades con una enferma y fatal megalomanía, que utilizan a los combatientes como piezas de un tablero, anónimas, involuntarias, forzadas, despersonalizadas y alienadas. La Primera Guerra Mundial de nuevo incubó a varios: Louis-Ferdinand Céline, con Viaje al fin de la noche, donde habla de la guerra como de una puta a la que hay que saber ver bien, de frente y de perfil; Henri Barbusse, con El fuego, relato semiautobiográfico sobre la primera línea del frente que ganó el Premio Goncourt en 1916; Erich María Remarque, con las novelas Sin novedad en el frente, y Tiempo de amar, tiempo de morir; o Robert Graves, con Adiós a todo eso, donde un oficial tacha de cobardes a sus subordinados sin percatarse de que, a sus espaldas, una ametralladora los ha barrido a todos. El caso del español Vicente Blasco Ibáñez con Los cuatro jinetes del Apocalipsis es especialmente emblemático, pues desarrolla el concepto evangélico de contienda familiar, extendida a otra más amplia, la contienda europea. La Segunda Guerra Mundial también tuvo sus vigías y sus heraldos blancos: Norman Mailer (Los desnudos y los muertos); James Jones (La delgada línea roja); Matadero cinco o La cruzada de los niños, de Kurt Vonnegut. Los desnudos y los muertos, de 1948, es una obra de una obscenidad moral implacable. En el marco de una batalla larga y compleja, leemos los pensamientos contradictorios de soldados y oficiales, a menudo divagaciones de gran brutalidad, propiciadas por el impacto sordo de los obuses. Cuando llegue el momento de actuar, una áspera y ruda inclemencia brotará de las gargantas ahogadas por el terror, impulsadas a la hecatombe ritual de la venganza heroica. Mailer seguirá conmocionando a la sociedad norteamericana de los años sesenta predicando la consigna de “haz el amor y no la guerra” y manifestándose en contra de la participación de su país en Vietnam (¿Por qué estamos nosotros en Vietnam?, 1967; Los ejércitos de la noche, 1968)



Alegato de que los soldados piensan, y no sólo los mandos, es Escuadra hacia la muerte, el conmovedor drama antibélico de Alfonso Sastre.

Así la guerra interrumpe vidas y destruye paraísos: La Reina de África (1935), de Cecil Scott Forester; Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez; ¡Ay, Carmela!, de José Sanchís Sinisterra; La lengua de las mariposas (cuento), de Manuel Rivas; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. La huida de la guerra conduce a veces a un espacio soñado, el Shangri-La de Horizontes perdidos (1933), de James Hilton.

Quizá el lector piense que nos hemos olvidado de un escritor fundamental: Ernest Hemingway. No, nada más lejos de la verdad. Sólo que Hemingway aprovechó la guerra para el romance, para la historia de enamorados golpeada por un medio hostil y revuelto. Ahí están los ejemplos que cualquiera recuerda de Adiós a las armas y Por quien doblan las campanas. Los uniformes y el heroísmo siempre son atractivos, porque visten bien y desfilan bien, pero a veces incordian para reproducir la maldita, la frágil pero legítima felicidad de aquel Edén que nunca existió.

Antonio Ángel Usábel
(Madrid, 25 de mayo de 2009)

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