“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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viernes, 23 de octubre de 2026

"La flauta mágica": Divertimento con mensaje.

 A Isabel M. M.,

regalo del Buen Dios,

con mi profundo cariño.

El siglo XVIII, o de las Luces, contempló el auge de las sociedades masónicas por toda Europa. La masonería se proponía, entre otros principios, llevar luz allí donde hay tinieblas, combatir la superstición y las falsas creencias en pro del progreso del conocimiento humano. Un conocimiento que habría de estar cada vez más próximo al demostrado por el Gran Arquitecto del Universo. Hasta el momento, la Iglesia había detentado el poder y el control sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, así como los ideales de amor entre iguales, paz, hermandad, solidaridad y concordia universales. La masonería se ofrecía como una alternativa no confesional. Es decir, como una competidora de las Iglesias cristianas. La masonería alentó, además, la discrepancia ante preceptos y dogmas establecidos de antiguo, así como los esfuerzos revolucionarios que llevaran a un cambio de la sociedad estamental europea.  Como consecuencia, y a pesar de contar con nobles entre sus filas, la mayor parte de las monarquías absolutistas la combatieron, o bien, cuando menos, la pusieron en cuarentena. La emperatriz María Teresa de Austria se opuso con tenacidad a ella, y su heredero José II la vigiló de cerca y limitó, en lo posible, su expansión. Redujo a tres las ocho logias vienesas autorizadas, y a 180 los miembros de cada una. Leopoldo II, hermano de José, fue aún más antimasónico, a instancias de los serios temores manifestados a él por su hermana María Antonieta sobre lo que estaba ocurriendo en Francia: “Ten mucho cuidado, allá, de toda organización de masones. Ya deben de haberte advertido que es por ese camino que todos los monstruos de aquí esperan alcanzar los mismos fines en todos los países”.

Crepúsculo desde el Templo de Debod (Madrid).
 Fotografía del autor de este reportaje.

Que se sepa, Wolfgang Amadeus Mozart formaba parte de dos logias masónicas de Viena: la de la Beneficencia, y la de la Verdadera Armonía, a la que pertenecía, también, su padre Leopold. Mozart instó al músico Haydn a ingresar en la primera, hecho que se produjo. Pero Haydn no duró mucho como masón, apenas tres años. Mozart se aplicó en componer variada música para los rituales secretos, para homenajear, sobre todo, al recién difunto Ignaz von Born, Gran Maestre, que vendría simbolizado en el personaje operístico de Sarastro, Príncipe de la Sabiduría. La Música, en sí, constituía para los masones un principio de armonía, un reflejo de las leyes de unidad que rigen el Cosmos (piénsese en las “músicas celestiales”, producidas por los movimientos de los planetas, de que hablaban los pitagóricos). No obstante, con lo anárquico del comportamiento de Mozart, es de dudar que este lograra acatar una disciplina severa como exigía la pertenencia a una logia. Es muy probable que la considerara un “club social” de apoyo profesional más que una entidad con fines verdaderamente trascendentes. En la misma línea la consideraría su amigo y libretista Johann Emanuel Schikaneder, a juzgar por la epístola de risa que envió para ser admitido. Leyendo ese escrito de tan solo seis líneas se diría que a las logias les valía cualquiera. 

A Schikaneder, en fin, se le ocurrió un cuento que incluyera los ideales masónicos y que pudiera constituir el libreto para una composición de su venerable Mozart. No fue suyo original del todo, sino que tomó prestados elementos de otros textos precedentes. Reflejó la moda del gusto por el Antiguo Egipto, más recreado con la imaginación que por una verdadera arqueología (pues los jeroglíficos aún no habían sido descifrados). El género sería el “singspiel”, un tipo de obra que alterna partes cantadas o recitadas con otras dialogadas; en los recitativos hay una frase que se repite a manera de estribillo; o sea, en cierto modo equivalente a lo que sería, después, la zarzuela española. ¿Por qué? Porque sería estrenado en un teatro de un suburbio de Viena, al que solo acudían las clases populares. Debía ser, por tanto, una obra para deleite y divertimento de un público general no formado. Se buscaba el éxito rápido, y que la pieza durara en cartel una larga temporada. Hacer caja era un objetivo imprescindible. El mismo Amadeus podría dirigir a la orquesta. Schikaneder sería Papageno, y la cuñada de Mozart daría cuerpo y voz a la Reina de la Noche. Schikaneder no reparó en gastos: se gastó 5.000 florines solo en el decorado, el equivalente de cien mil euros de hoy. La obra fue la más exitosa de Mozart, con 198 representaciones en dos años. 

Kathryn Lewek como La Reina de la Noche,
en el montaje de R. Villazón.

El argumento de La flauta mágica (Die Zauberflöte) está planteado como un cuento infantil, por eso quizá partes de la pieza gustan tanto a los niños. El príncipe Tamino huye de una descomunal serpiente, con ayuda de tres damas al servicio de la Reina de la Noche. Esta, viuda, ha perdido a su única bella hija, Pamina, secuestrada por Sarastro, quien regenta el Templo de la Sabiduría. La Reina quiere que Tamino se empeñe en liberar a Pamina. A tal fin, al joven príncipe se le enseña un retrato de la muchacha y se le dota de una flauta mágica, cuyo sonido encantador transmuta sentimientos y voluntades. Tamino se prenda de Pamina por el retrato, y marcha en su busca, secundado por su "escudero" Papageno, el pajarero que también sirve a la Reina de la Noche. Este personaje cumple la misma función que el "gracioso" en el teatro barroco: es pragmático, se mueve por lo inmediato (comida y bebida), pero carece de una compañera sentimental, que ansía conseguir. Es cobardica, alegre, chistoso, y no tiene las virtudes de templanza y abnegación de Tamino. Papageno es quien topa primero con la infeliz Pamina, separada de su madre. Y es quien le entera de la existencia de Tamino, que va en su busca, para liberarla, y arde en deseos de conocerla. 

W. A. Mozart

La pareja de jóvenes cuenta, desde un primer momento, con la simpatía y el apoyo de Sarastro. Las acechanzas de la rencorosa y vengativa Reina de la Noche –asistida, siempre, por sus tres damas—no podrá nada contra lo que el Destino y los dioses (Isis y Osiris) han reservado a Tamino y Pamina. 

El contrapunto oscuro y negativo de Papageno lo desempeña el negro moro Monóstatos, quien acosa repetidamente a Pamina para lograr sus favores. Monóstatos, como Papageno, no ha disfrutado todavía del dulce manjar del amor, que va a ser su primer objetivo.

En el mundo, el hombre debe tutelar a la mujer, quien por sí misma siempre se deja llevar por impulsos irreflexivos. Pero, aun así, nadie puede prescindir de ella, pues el amor ha de vivirse en pareja. No conoce el amor quien vive solo. Y se sufre en esa situación. Lo vemos en Monóstatos y Papageno. Este último incluso está dispuesto a suicidarse, como Pamina cuando cree no contar con el amor de Tamino. En ambos casos, es el coro de muchachos el que impide la tragedia. Los tres muchachos que aparecen sobre una máquina voladora son portadores de la verdad, de la claridad y de la inocencia.

El amor es el impulso universal que deberá llevar la paz a las naciones. Pero es un amor puro, virtuoso, tamizado por la sabiduría de quienes han alcanzado un grado superior. Y ahí entra Sarastro, "alter ego" del Gran Maestre masón. No obstante, es el amor limpio y verdadero el que lleva a la Sabiduría. Ese amor lo personifican Tamino y Pamina. Cuando pasen las pruebas de aptitud, Sarastro se retirará y les cederá la hegemonía. 

La flauta es un arma esencial, al final, para atravesar el pasaje del fuego. Como en la mitología egipcia, donde el alma del difunto tenía que contar con conjuros y objetos protectores para no ser devorada en el inframundo. Ahora bien, ¿era conocida esta mitología en tiempos de Mozart? Sí por medio de Heródoto, Plutarco, y otros historiadores de la Antigüedad clásica, no aún por el Libro de los muertos, que no había sido traducido (lo sería en 1842). No obstante, objetos con poderes, como la flauta o el carillón de Papageno, o extraños personajes que se transmutan (ancianas que se convierten en bellas jovencitas), todo es propio de las leyendas medievales, los libros de caballerías, y los cuentos infantiles. 

Dentro de los muros sagrados del Templo de la Sabiduría, no hay cabida ni para la ira, ni para la venganza, sí para el perdón y la concordia. "El que no perdone a su enemigo se condenará a sí mismo a sufrir", dice Sarastro en su aria de la declaración de principios de Mozart y sus masones ante la desconsolada Pamina, recién instigada esta por una renegrida madre que le ha dado un puñal para matar a Sarastro. El principio de refrenar la violencia y buscar la armonía, o el entendimiento, procede de la mitología egipcia, tal y como nos lo atestigua Plutarco en Los misterios de Isis y Osiris: “Había en Sais, en el vestíbulo del templo consagrado a Atenea, una inscripción grabada en la que se podía contemplar un niño, un viejo, un halcón, un pez y, finalmente, un hipopótamo; esto significaba: ´Vosotros, los que tenéis que nacer y morir, sabed que Dios odia la violencia insolente´, porque el niño es imagen del nacimiento, y el viejo de la muerte, indica el halcón a dios, y el pez el odio, como ya he relatado, y el hipopótamo la belleza insolente, pues dicen que este animal, después de dar muerte a su padre, tiene unión con su madre; todo esto según la forma de escribir de los egipcios” (XXXII). Según Plutarco, la palabra “odio” se representaba con el símbolo de un pez, puesto que los sacerdotes egipcios no consumían pescado y aborrecían todo lo que procediera del mar. El número tres, tan sustancial en la logia de Mozart, era un número mágico entre los egipcios: representa el triángulo, los tres lados, y la triada de Isis, Osiris y Horus: Osiris es el principio, la sustancia fertilizante; Isis, la sustancia receptiva; Horus, el resultado de la unión (LVI). El pene erecto de Osiris medía el triple que uno considerado normal (XXXVI). En La flauta mágica, aparecen tres damas, tres templos, y tres niños. Unos niños fueron los informantes del paradero del cofre donde había sido encerrado Osiris, y por esta causa creían los egipcios que los niños tenían el don de profetizar, y que anuncian presagios cuando juegan en los templos, a veces de un modo inconsciente, según les vienen las palabras (XIV). Exactamente como ocurre en la obra de Mozart, con los tres muchachos manifestándose como un coro profético. 

Plutarco anota otra noción muy querida por el pensamiento ilustrado: que el alma y la inteligencia del hombre “son materias dispuestas a recibir la ciencia y la virtud bajo la guía de la razón que debe darles orden y armonía” (LVIII). La aspiración al conocimiento de la verdad implica aspirar a la divinidad, e Isis es la diosa egipcia que más próxima se halla a la auténtica sabiduría. Pero, los iniciados que deseen alcanzarla, han de moderarse en los placeres de Afrodita, así como en los manjares; deben ser austeros, sacralizar su vida, si quieren optar a conocer al Ser primero. Este ser mora en el “Iseión”, el lugar donde solo puede obtenerse la ciencia del Ser, desde un patrón de conducta puro y virtuoso (II). Así es, también, en el templo que rige Sarastro, donde Tamino y Pamina son sometidos a prueba.


Lo puro y santo atraviesa el alma en un solo instante, como un destello de relámpago. Así nace la filosofía contemplativa (“epóptica”), de quien pasa a través de la razón y llega a la esencia primera, simple e inmaterial, alcanzando, ya sin intermediarios, la verdad absoluta (LXXVII).  

Una de las pruebas a que se somete a Tamino (y, subsidiariamente, a Papageno) es la de guardar silencio ante Pamina. A Horus (en la versión helénica, Harpócrates) se le representaba como un niño con un dedo llevado a los labios; se pensaba que en señal de silencio, como dueño del Secreto, de lo enteramente reservado o confidencial. En realidad, ese gesto con el dedo simbolizaba la inocencia infantil. 

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La propuesta de Ingmar Bergman llegó después de una primera referencia suya a Mozart y La flauta mágica en La hora del lobo, un largometraje de 1968.


La escena que más conmovía al realizador sueco era aquella en que Tamino, a solas, no sabe aún si Pamina –en poder de Sarastro—sigue viva o no. El príncipe grita, desesperadamente: “¡Oh, noche oscura! ¿Cuándo vas a desaparecer? ¿Cuándo voy a encontrar luz en las tinieblas?” La respuesta del coro, desde el interior del santuario es: “¡Pronto, pronto, o nunca jamás!” Ante la confusión y mayor insistencia de Tamino, el mismo coro por fin confiesa: “Pamina vive todavía”. Lo que quiere decir que vive el amor; que hay esperanza y latencia de amar y ser correspondido. El coro deletrea el nombre de la muchacha, como si fuera una mágica consigna: “Pa-mi-na”. “El amor es real en el mundo de los hombres”, escribe Bergman en su autobiografía, Linterna mágica.

Más tarde, en 1975, llegó su propia versión de La flauta mágica, para la televisión sueca, merced al apoyo del jefe de la sección musical, Magnus Enhörning. Sin embargo, Bergman liquida este trabajo suyo en apenas dos líneas, no porque no lo considerara importante, sino porque en su libro narra experiencias vitales, y no cómo se hacen las películas.

Consciente de la atracción hacia esta ópera de un público infantil, Bergman inicia la obertura con un primer plano del rostro de una niña, toma que se reinserta a lo largo de la narración. 

Fotograma de "La flauta mágica", de I. Bergman.

En la interpretación de Bergman, la noche, el oscurantismo, se evidencia con el color negro, de luto: así van las tres damas y su propia Reina. Con velos negros, y una iluminación azulada. Cuando la Reina amenaza a Pamina con repudiarla, si no hunde el puñal que le da en el pecho de Sarastro, Bergman la avejenta con maquillaje, como si fuera una vieja bruja repulsiva. Es evidente que las tinieblas están luchando con la luz. La ignorancia y el vicio contra el buen juicio y la virtud. 


Los actores son los adecuados para sus papeles. Un Tamino (Josef Köstlinger) que es cabal físicamente a los príncipes de los cuentos de hadas y de las leyendas germánicas. Una Pamina (Irma Urrila) no tan juvenil, pero sí dulce, amable y encantadora. Y un Papageno (Hakan Hagegard) de los mejores que pueden encarnarlo: exhala simpatía, jovialidad y espontaneidad. La Reina de la Noche (Birgit Nordin) también cumple, aunque presente una faz menos agresiva a la que estamos acostumbrados. 

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Una de las mejores y más espectaculares representaciones en vídeo es la que se debe a la conjunción entre Sir Colin Davis y David McVicar para Royal Opera House / Covent Garden, de 27 de enero de 2003. Aparte de una escenografía soberbia y, hasta cierto punto, barroca, cuenta con las voces protagonistas alemanas de Will Hartmann (Tamino), Dorothea Röschmann (Pamina), Diana Damrau (Reina de la Noche) y Franz-Josef Selig (Sarastro). A ellos se suma el británico Simon Keenlyside en un Papageno demasiado hierático y serio como para desprender el potencial cómico que el personaje necesita.

McVicar construye una puesta en escena verdaderamente esmerada, con objetos propios del tiempo de Mozart. El maquillaje de la Damrau es impactante. Justo el amenazador y agresivo que precisa el personaje de una madre resentida y vengativa. Sus dotes vocales para los sobreagudos son sobresalientes. Su dramaturgia es muy convincente. Selig descuella como Sarastro, que ya es el más habitual, casi, en su repertorio. Hartmann es un buen Tamino, firme y entregado, y Röschmann una Pamina excesivamente acaramelada e ingenua. 

Otro montaje que se puede ver en vídeo, pero mucho más flojo, es el de Franz Welser-Möst al frente de la Orquesta y Coros de la Ópera de Zurich. Se registró en el año 2000, y cuenta con un joven valor futuro, Piotr Beczala, como Tamino, no muy curtido todavía en este desempeño, un muy grave Matti Salminen, como Sarastro, y una fallida y penosa Elena Mosuc en la Reina de la Noche. Correcta Malin Hartelius (Pamina), y demasiado serio y formal el Papageno de Anton Scharinger, aunque se las compone muy bien durante la borrachera, y su dúo con Julia Neumann como Papagena es muy notable, lo mejor de esta irregular propuesta.  

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Versiones grabadas para el medio televisivo, hay dos interesantes. La primera, en blanco y negro, de 1964, en el Festival de Salzburgo de ese año. István Kertész dirige a la Filarmónica de Viena, y los coros de la Ópera estatal vienesa. Waldemar Kmentt es Tamino, Pilar Lorengar (algo madura ya para este rol juvenil) es Pamina, Walter Kreppel es Sarastro, Walter Berry, un Papageno certificado, y Renate Holm interpreta a Papagena. La puesta en escena es canónica, algo acartonada, pero, lo que más destaca es una excelente e inquietante Roberta Peters como Reina de la Noche. Sobresaliente en su presencia larga, esbelta, con un negro muy ceñido que apenas la dejaba moverse (de hecho, es alzada hasta el escenario por una plataforma), y que recuerda a la Maléfica de Walt Disney.

 


La segunda adaptación, de 1971 para NDR, tuvo una dirección escenográfica firmada por Sir Peter Ustinov. Contó con la Orquesta Filarmónica de Hamburgo, bajo batuta de Horst Stein. En general, es una producción colorista, bien iluminada, y simpática. Nicolai Gedda da vida a un nada solemne Tamino, mientras la rubia Edith Mathis incorpora una resplandeciente Pamina, llena de vitalidad. William Workman es un pizpireto y muy desenvuelto Papageno, metido en su traje de plumas, y una risueña y abierta Carol Malone le da la réplica como Papagena. La estética con la que aparece un imponente Hans Sotin (Sarastro) recuerda las historias de Flash Gordon. El personaje de Reina de la Noche recae en una discreta Cristina Deutekom, sobria, contenida, poco efectista. 

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La versión que pudimos disfrutar en directo el pasado 5 de agosto en el Palacio de Festivales de Cantabria, viene avalada por el Stiftung Mozarteum de Salzburgo, bajo dirección general del tenor mexicano Rolando Villazón. La batuta era la de David Afkham, al frente de la Orquesta Sinfónica Freixenet del Encuentro. La escenografía, de Harold Thor, y la dramaturgia de Ulrich Leisinger. 

Villazón ha apostado por situar a Mozart delirante, en su lecho de muerte, que imagina asistir a una representación de su propia obra. Al parecer, pudo tratarse de un hecho verdadero, referido por los familiares del compositor. No obstante, es una anécdota que ya señaló como sustancial Ingmar Bergman cuando preparaba La hora del lobo. “Cuando Mozart escribió su ópera –apunta el director sueco—ya estaba enfermo, el presentimiento de la muerte ya lo había rozado. En un instante de desesperación impaciente grita: “¡Oh, noche oscura! ¿Cuándo vas a desaparecer? ¿Cuándo voy a encontrar luz en las tinieblas?” (Linterna mágica). Es decir, confusión entre autor y personaje, entre lo que clama Tamino, y lo experimentado en el delirio por Amadeus. 

Mozart, en el montaje de Villazón.

Así pues, unos actores encarnan al compositor y a su familia. El fantasma de Mozart pulula por las diferentes escenas de la obra, repetida e innecesariamente (hubiera bastado su presencia al principio y al final de la representación).

La consagración de Pamina llega con su aria de despecho por el presunto desafecto de Tamino, que debe guardar silencio como una de las pruebas; es uno de los momentos más sublimes de la partitura. 

La escenografía es modesta, pero adecuada, y muy bien aprovechada. La Reina de la Noche desciende en su esperada brillante media luna. Javier Camarena compone un Tamino blando y con poco temple (a pesar de no ser lucido su personaje, ya que es una obra ideada para grandes dotes vocales de los entes femeninos); Kathryn Lewek una Reina con presencia y autoridad en los sobreagudos; Selig, un Sarastro portentoso, como él sabe hacerlo; Theodore Platt, un Papageno entrañable y acertadísimo; Sofía Esparza, una Papagena correcta; Mercedes Arcuri, Sofía Gutiérrez-Tobar y Marina Pardo, tres muy graciosas, e impetuosas, damas; Daniel Domínguez, un Monóstatos suficiente; y, la gran maravilla de la velada, la norteamericana Emily Pogorelc como una muy dulce Pamina, plenamente entregada a una construcción desde dentro, a pleno corazón. La mejor y más sólida, también, a nivel vocal.

 Antonio Ángel Usábel, octubre de 2026.



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>> GRABACIONES EN AUDIO MÁS PRESTIGIOSAS DE LA FLAUTA MÁGICA:

(En orden de relevancia)

1ª. 1950: Herbert von Karajan (dir.), Orquesta Filarmónica de Viena, con Anton Dermota (Tamino), Irmgard Seefried (Pamina), Ludwig Weber (Sarastro), Wilma Lipp (Reina de la Noche), Erich Kunz (Papageno). Sello: EMI. Es considerada como una grabación de ineludible referencia. El elenco artístico está sublimemente cuidado, con una conjunción coral exquisita. Desde Anton Dermota, como Tamino, pasando por un recio Erich Kunz (Papageno), hasta unos espléndidos Erich Majkut y Harald Pröglhöf como los sacerdotes.

Wilma Lipp es una Reina de la Noche que literalmente se cuelga, se suspende de cada nota, en agudos contenidos. La Pamina de Irmgard Seefried es de una calidez envolvente y extraordinaria. El bajo Ludwig Weber quizá un Sarastro demasiado grave y profundo en su tono. Contención y sobriedad en las tres damas: Sena Jurinac, Friedl Riegler, y Else Schürhoff. Respecto a los tres niños, fueron interpretados por sopranos. La actuación de los coros de Singverein, como ya he señalado, soberbia.

2ª. 1964: Otto Klemperer (dir.), Orquesta y Coro de la Philarmonia, con Nicolai Gedda (Tamino), Gundula Janowitz (Pamina), Gottlob Frick (Sarastro), Lucia Popp (Reina de la Noche), Walter Berry (Papageno). Sello: EMI.

Lucia Popp ha sido una de las Reinas de la Noche más prístinas, con extraordinaria contención de los sobreagudos. Ha interpretado a Pamina, también, en otras grabaciones. 

Walter Berry, el más reputado Papageno de la discografía. Nicolai Gedda, un Tamino de tono claro y suave. Gundula Janowitz, buena Pamina, aunque quizá no tan delicada como lo esperado. Gottlob Frick un apropiado Sarastro de voz grave y modulada. Gerhard Unger, un Monóstatos no tan oscuro. Y, atención, entre las tres damas, la presencia destacable de Elisabeth Schwarzkopf. 

La dirección corresponde al peculiar Otto Klemperer, que opta por un estilo depurado en las partituras. 

3ª. 1937-1938: Sir Thomas Beecham (dir.), Orquesta Filarmónica de Berlín y Favres Solisten Vereinigung, con Helge Roswaenge (Tamino), Tiana Lemnitz (Pamina), Wilhelm Strienz (Sarastro), Erna Berger (Reina de la Noche), Gerhard Hüsch (Papageno). Sello: Naxos. 

Grabación realizada en la Beethovensaal de Berlín, entonces bajo dominio nacionalsocialista, entre el 8 de noviembre de 1937 y el 8 de marzo de 1938, en diecinueve discos de 12 pulgadas y 78 revoluciones. El sonido es nítido y potente. No tiene nada que envidiar a grabaciones posteriores. 

Roswaenge es un Tamino demasiado intenso, ya que la especialidad de este tenor danés era la ópera italiana. Tiana Lemnitz era una soprano lírica de voz elegante, y es una Pamina correcta. Erna Berger era joven (37 años) cuando grabó la Reina de la Noche, y su voz es prístina, juvenil, primaveral, pero convincente en su coloratura. La majestad llega con un excelente Sarastro, menos grave de lo acostumbrado, en la voz del bajo Wilhelm Strienz, hemos de señalar, uno de los cantantes favoritos de Hitler. Y el barítono Gerhard Hüsch compone un Papageno muy vigoroso y logrado. Tanto Hüsch como Strienz son los dos grandes ases de esta grabación histórica. 

4ª. 1969: Georg Solti (dir.), Orquesta Filarmónica de Viena, coro de la Ópera de Viena, con Stuart Burrows (Tamino), Pilar Lorengar (Pamina), Martti Talvela (Sarastro), Cristina Deutekom (Reina de la Noche), Hermann Prey (Papageno). Sello: Decca. 

La grabación de Solti cuenta con un Tamino muy potente y dramático en la voz intensa de Stuart Burrows. Cristina Deutekom compone una Reina de la Noche de timbre suave, que logra mayor firmeza y corporeidad en su famosa aria del segundo acto. Pilar Lorengar es una recia Pamina, de gran e intensa presencia. Hermann Prey un Papageno personal y grave. Martti Talvela es un Sarastro duro como roca, de voz profunda y cavernosa. Gerhard Stolze tiene un timbre demasiado juguetón, ligero y poco agresivo para un Monóstatos. 

5ª. 1987: Nikolaus Harnoncourt (dir.), Orquesta y coro de la Ópera de Zúrich, con Hans Peter Blochwitz (Tamino), Barbara Bonney (Pamina), Matti Salminen (Sarastro), Edita Gruberová (Reina de la Noche), Anton Scharinger (Papageno). Sello: Teldec. 

Esta grabación viene interrumpida por fragmentos narrados en alemán, que van glosando el argumento, lo que distrae y entorpece para disfrutar la ópera en sí. Lo que más destaca es la participación de Edita Gruberová como Reina de la Noche. Barbara Bonney es una eficiente Pamina.