“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

En este país...

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domingo, 1 de febrero de 2026

DÑA. EMILIA PARDO BAZÁN, CRONISTA DE LA VIDA ESPAÑOLA.

La coruñesa Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue aclamada, y famosa, por novelas como Insolación, Los pazos de Ulloa, La Madre Naturaleza, o La Tribuna, pero, dentro de sus dotes de periodista, dejó publicadas unas excelentes crónicas de la vida nacional, en la revista La Ilustración Artística, entre los años de 1896 y 1915. Se calcula que llegó a publicar más de mil quinientos artículos, hoy, en su mayoría, inéditos, en cuanto que no han sido reeditados.

Para intentar paliar en algo este vacío, y “olvido” de la faceta periodística de la condesa, la profesora Carmen Bravo-Villasante realizó una selección prologada de cuarenta y cuatro de esas colaboraciones, en el volumen La vida contemporánea (1896-1915), en Madrid, Editorial Magisterio Español, 1972, col. Novelas y Cuentos, nº 103.

Su lectura presente ofrece una cuidada instantánea de distintas facetas de su momento: política, literatura, sociedad (fiestas, costumbres, tendencias, crímenes). Permite comparar problemas de entonces con otros de ahora, para ver que la situación no ha cambiado mucho. De muestra, un botón:

«La política es alta ciencia. Por ella se rigen los pueblos, y quien a fondo la conoce y la practica –un Maquiavelo, un Fernando el Católico, un Bismarck—tiene igual derecho a la inmortalidad que los héroes y los artistas inspirados. Pero en nada se parece la política seria a lo actual, mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones, y no vemos por ningún lado al que se eleve por encima de cábalas y conjuras de pasillos del Congreso. La verdad es que tampoco la opinión se preocupa de descubrir a la individualidad llena de prestigios, que pueda tomar en sus vigorosas manos la dirección de España. Si nos preocupásemos, en efecto, la individualidad surgiría; siempre ha surgido en casos análogos, y la historia está llena de tales ejemplos. Como no la invocamos por el magnetismo de nuestros anhelos, no surge» (07 de julio de 1913).

No hay políticos de verdad, de peso, capaces de llevar a cabo la labor titánica de la regeneración del país, tal y como proponía, por aquel tiempo, Joaquín Costa, con su figura ideal del “cirujano de hierro”. Pero es que tampoco son pedidos, buscados o deseados por la ciudadanía, que prefiere desentenderse, y que su nación vaya por donde vaya. A la inacción, inutilidad y diletantismo de unos –los profesionales de la política—se une la distracción o indiferencia de los otros –el electorado en general--.

En otro de sus trabajos, del nueve de febrero de 1903, la condesa aborda la tesis de Costa, así como la solución propuesta, para la mejora del gobierno de la nación, por destacadas personalidades que ocupan escaños en el Congreso. Las había variopintas. He aquí algunas: Salvador Canals echaba en falta un verdadero patriotismo español, que sobrepusiera al interés particular, el bien común; los señores Altamira y Posada abogaban por la independencia judicial y la extensión y mejora de la Enseñanza, con un buen presupuesto anual (la visión ilustrada); Severino Bello pedía la inmediata intervención de una cohorte de intelectuales en el gobierno (la tesis de Ortega y Gasset y de Gregorio Marañón); Lorenzo Benito creía en la necesidad de un mandatario de carácter enérgico y decidido (tal vez, un segundo Narváez; habría que preguntárselo); Pompeyo Gener pedía una república federal, de capitalidad cambiante, así como un fortalecimiento de la instrucción pública; Enrique Gil y Robles culpaba de los mayores males a una clase media volcada en el mercantilismo, con un pueblo explotado, y reclamaba una dictadura sin restricciones de poder y sin paliativos; Pella y Forgas solicitaba la descentralización del Estado y la creación de la autonomía regional; Jacinto Octavio Picón proponía un gobierno de coalición, constituido por verdaderos patriotas entregados a la sanación de las lacras del país.

En lo que todos estaban de acuerdo es que el panorama gubernamental español era lastimoso, y que no podría seguir igual.

En el Congreso –cuenta Dña. Emilia—cunde la verborrea acompañada de una perpetua gesticulación; tantos ademanes hacían nuestros diputados, que con las manos, los brazos y el cuerpo todo daban a entender una determinada postura. Un inglés que no hablara español se divertiría viendo tal explosión de mímica. Mientras aquellos señores arreglaban la nación, un obrero cojo accidentado esperaba el diagnóstico del médico forense a partir de una placa radiográfica, para saber si tenía derecho, o no, a una indemnización por accidente laboral. «Y al salirme al paso este episodio aislado y sencillo de la lucha económica –reflexiona la escritora—se me viene a los labios una frase de la novela Resurrección: “Este sí que es el mundo, el verdadero mundo”» (07 de marzo de 1904). La realidad del día a día de la gente que tiene que trabajar duro para ganarse su pan; no la de unos señores diputados que peroran y peroran, y almuerzan de maravilla. Menos decir y proclamar, y más hacer. El movimiento se demuestra andando.

Emilia Pardo Bazán

Aparte del uso de un invento como el diagnóstico por radiografía, y del buen sabor del té Hornimans, la condesa menciona el primer caso de mujer licenciada en Medicina por Madrid, la ginecóloga Dña. Concepción Aleixandre. «Ahí tenemos una mujer ejerciendo, legalmente, una profesión científica. Si pudiésemos unir al nombre de la Aleixandre una docena, dos docenas de nombres, el caso constituiría un síntoma muy favorable a España. Por desgracia hay que reconocer que se trata de un hecho aislado, sin imitadoras, y por consiguiente, honroso tan solo para el individuo» (25 de enero de 1904). En favor del feminismo, y del progresismo de la mujer, hablaba, curiosamente, cierta publicación católica francesa, redactada por eclesiásticos: por una visión judaica del papel sumiso de la hembra humana en la Biblia, se había relegado al mínimo el rol de esta en la sociedad occidental. Eva era la eterna pecadora, que tenía que ser sustituida y redimida por la figura materna de la Virgen María, cuidadora de todo el género humano. Con tal motivo, el abate Jorge Frémont postulaba la necesidad de que la mujer entrara en la Ciencia, de que asistiera a las clases de la Sorbona, para poder dar luego a sus futuros hijos una educación religiosa, pero totalmente exenta de supersticiones y errores. Esa actitud abierta de los clérigos galos la acusaba en ausencia Dña. Emilia en los tradicionalistas españoles, algunos de los cuales tildaban de “monos” a las mujeres estudiosas. De todas maneras, el pueblo llano era tan cerrado como en época de Esquilache, y se congregaba en violenta turba para agredir a los médicos municipales que iban a vacunar contra la viruela en el distrito madrileño de La Latina (ibíd.)

Así era España: un país al que le costaba avanzar. Un Madrid con el Ritz como gran hotel de lujo, y con el Palace aún por construir sobre los terrenos de Medinaceli. Con una alta mortalidad infantil, con carros de mulas obstaculizando las principales calles de la capital, con el telekino de Torres Quevedo como primer mando a distancia, con las corridas de toros, los teatros y el cinematógrafo para llenar el tiempo libre. Sobre los teatros, y sus géneros, cada uno tenía su público. Las rifas y tómbolas benéficas se hacían la competencia unas a otras. En la calle se detenía a las primeras fumadoras, pero no a los chiquillos de diez años con el mismo hábito. La falda pantalón causaba cierto revuelo, mas no tanto el tango, por bailarse a cubierto, en los salones de los hoteles. Los automóviles eran causa de frecuentes accidentes de sus pilotos, “por compresión, por proyección, por combustión, por estrellamiento y por precipitación”, uno aplastado bajo su vehículo, otro achicharrado por su gasolina, otro despeñado al lecho de un torrente. Pero a los valientes conductores no arredraba el “artilugio trepidante”, que, además, no parecía sino que “todos somos millonarios”, cuando en España se freía a impuestos al contribuyente, impelido a comer patatas y ensaladas (08 de junio de 1908). ¿Nos suena algo todo esto?

Dña. Emilia exonera la acción violenta de ciertos grupos de izquierda (anarquistas y socialistas), alegando que los conservadores no han sido unos santos, precisamente, y que todos ellos sumieron el siglo XIX en luchas fratricidas: motines, alzamientos, revoluciones, barricadas, guerrillas, deportaciones, prisiones, ejecuciones, saqueos, incendios, embargo de bienes, destrucción de monumentos, y otras gruesas barbaridades de calado (10 de junio de 1901). La nueva guerra europea, la de 1914, destruyó la fantástica catedral de Reims, bajo fuego alemán, pérdida insustituible que lamentaba, muy dolorosamente, la escritora coruñesa (12 de octubre de 1914). Le causó hondo malestar, también, que al Congreso Internacional de la Mujer, que se celebraba en Londres, entre junio y julio de 1899, no asistiera ninguna representante española, al no poder ella misma acudir –tras ser invitada—por estar de vuelta de otro viaje al extranjero (mayo, Conferencia de París). Igualmente, se condolió de que hubieran nacido los boy-scouts, pero no las niñas exploradoras, como si estas no tuvieran el derecho de disfrutar y de descubrir la naturaleza, y se resentía del neologismo aplicado a la novedosa actividad: “escutismo” (07 de julio de 1913).

Un volumen, el elaborado por Bravo-Villasante, que nos permite descubrir el lado cívico de Dña. Emilia Pardo Bazán, y que merecería ser reeditado en la actualidad.

Antonio Ángel Usábel, enero de 2026.

* * *

Evocación de los versos de Rubén Darío.

COMO EN LAS CAVERNAS

[FRAGMENTO. EN “LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA”, Nº 1.029, 16 DE SEPTIEMBRE DE 1901]

La modistilla carecía de trabajo. No hemos llegado todavía en España, la "nación católica por excelencia", a preocuparnos de este caso frecuente y baladí: que una mujer que desea y necesita trabajar no encuentre en qué ni en dónde. En qué... ¡Diablo! Sí; hay un trabajo que siempre encuentra fácilmente, sobre todo en las grandes capitales, la mujer, aunque no sea ni joven ni hermosa, como dice que es la modistilla del crimen. Trabajo llaman a su ejercicio las infelices que, de diez a tres de la madrugada, recorren a paso furtivo las calles sombrías y lodosas de Madrid, tapándose medio rostro con el amarillento mantón. Pero este trabajo no le convenía a la modistilla: tenía la meta de ser honrada, el propósito de conservar lo que no dan, a quien no lo lleva en el alma colocado allí por Dios, ni las más altas posiciones ni las educaciones más refinadas y pulcras, y como manera de ganarse el pan no sabía ni quería conocer sino el trabajo..., el trabajo inaccesible, en el verano, cuando los talleres interrumpen su labor y la amarga cebolla brota entre las piedras caldeadas de la desierta villa y corte.

El trabajo era tanto más necesario cuanto que no sostenía sólo la vida de la modistilla, sino la de su madre y un hermanito de corta edad. Los seres queridos aguardaban el pan y el sustento, y ella, la que debía aportarlo, la que se había impuesto la tarea de llevar en el pico al humilde nido la cotidiana pitanza, volvía de vacío, humillada, dolorida, con la vergüenza en el rostro y el desaliento en el corazón. Un día tras otro día, ya sabemos cómo se desenvuelve el trivial y doloroso viacrucis dentro de las familias pobres: hoy se empeña lo superfluo si algo tienen superfluo; mañana, lo necesario; pasado, lo indispensable -el instrumento de trabajo, la máquina de coser-. Vence el término de la casa; por todas partes apremian los acreedores de una peseta o de cincuenta céntimos, mucho más implacables y feroces que los de mil duros; la cocina no tiene carbón; la despensa está barrida; la percha, vacía; el baúl, rebañado; la cama, sin sábanas; el estómago, desfallecido, envía al cerebro vapores de alucinación mortal.... y la modistilla, antes que ver ese cuadro, quiere dejar el mundo. Ahí están las aguas del estanque de la Moncloa, brindando seguro y tranquilo lecho y bálsamo para olvidar penas y luchas.

* * *

Es de noche. Sale de casa, y con el paso automático de los que van a cumplir repentina determinación, guiados por una idea fija, cruza los barrios extraviados de Madrid, se mete en los terrenos solitarios y en los ásperos desmontes que rodean de aridez a la Cárcel. Modelo. Dos hombres, al paso, la dirigen un requiebro brutal, de esos que nuestro pueblo suelta como soltaba la ballesta el tosco venablo. Ella avanza indiferente, sorda, abismada en sus preocupaciones y ansiosa de llegar cuanto antes al término del lúgubre paseo. Ellos, en cambio, han reparado, han visto: tal vez han observado la extraña y anormal situación de ánimo de la gallarda moza; de seguro han devorado con los ojos la belleza, sospechado el abandono, la soledad, la indefensión, todo lo que pone en sus zarpas de fiera la presa fácil.

Una ojeada, un codazo les basta para entenderse y concertarse en el propósito criminal. Son hombres de acción a su manera: de acción violenta casi siempre. Su oficio es cruel: apostados al ingreso de las ciudades, armados, investidos de derechos que el Fisco les atribuye, registran la cesta del pobre, recaudan el más oneroso y odioso de los tributos el que origina la carestía, aquel cuyo resultado directo es el hambre, por la cual va la modistilla al suicidio. No son para ellos cosa nueva ni las groseras licenciosidades con la mujer, ni la riña a brazo partido y tiro limpio con el varón. Tienen esa arrogancia del funcionario español, que se siente un poco señor feudal de la inerme, sencilla y desvalida muchedumbre, ignorante de la ley y del derecho. ¡Son, además, hombres! Hombres que se creen dueños de la mujer en el hecho de que es mujer, criterio que se revela en la osadía y arrebato con que a ellas se dirigen, y en la facultad de matarlas que se arrogan con tal lisura, a pretexto de amor, de celos o de honra.

A paso de lobo la siguen, entre la sombra; ella ni les siente venir. La alcanzan pronto, la acometen, la amordazan, la amarran, la sujetan por medio de una piedra enorme sobre el pecho. ¡Destino extraño! Ella iba a morir; pero ¿cómo había de imaginar que antes iba a la tortura y a la vergüenza? Animosa, recobrada, despertada de su fúnebre sueño hipnótico por la realidad, lucha, se defiende rabiosamente, con las uñas, con el cuerpo, con inconsciente energía. Su cara se ensangrienta, sus muñecas se destrozan, y en un momento de cansancio de los dos brutos consigue huir, consigue que sus voces sean oídas, que se aproxime gente. Los malvados la persiguen a tiros; descargan sus revólveres contra la desventurada, para evitar que hable, que los acuse; y animándose mutuamente al asesinato, como se habían animado al atropello, el uno aconseja al otro que "apunte a la cabeza". Y el tiro sale, y sólo por milagro, por el temblor de la mano criminal, o por la falencia habitual en la puntería del revólver, la que iba a perecer ahogada no perece atravesada de un balazo en la sien.

¿Y qué ocurre cuando la pobre modistilla va a quejarse, deshecha en llanto y con el rostro bañado en sangre, ante quienes están obligados a velar por ella y por todos? Desde luego, ya no piensa en el suicidio. Acaso quiere vivir para ver castigados a sus infames opresores. Elle a promis de ne plus recommencer. Así se titula un capítulo conmovedor de Fromont jeune et Risles aîné, el que refiere a la odisea de la infeliz cojita Delobelle en busca del último consuelo, el fracasado suicidio... ¿Habrá prometido no hacerlo más la modistilla madrileña? ¿Qué drama se representó en su espíritu, después de la escena salvaje ante el asilo de María Cristina?

EMILIA PARDO BAZÁN

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