“Con la edad, los ojos ven más lejos, no en la distancia, pero sí en el tiempo.” (aausábel, 2017)

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En este país...

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viernes, 29 de junio de 2012

El caso JFK.

No soy norteamericano, pero desde que era un adolescente me he sentido intrigado por el asesinato, en la Plaza Dealey de Dallas (Texas), de John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos. Fue un viernes, 22 de noviembre de 1963, a las doce y media del mediodía, treinta y cuatro meses después de su elección. Lo recuerdo muy bien, porque yo no había nacido aún.

Fue a raíz de un excepcional reportaje que publicó El País, en su suplemento del domingo. Entonces, en los años ochenta, El País (y todos los demás periódicos) publicaban buenos trabajos de investigación. En este se incluían fotos del cadáver del presidente, así como radiografías de su cráneo agujereado, que eran inéditas en España. Era impresionante.

Después llegaron algunos documentales de televisión, con las diversas tesis sobre la conspiración, ejemplificada muy eficazmente por un largometraje de ficción, Acción ejecutiva (Executive Action, David Miller, 1973), interpretada por Burt Lancaster, con guion de Dalton Trumbo, sobre una novela de Mark Lane, que especulaba con la teoría del “fuego cruzado”, efectuado desde tres ángulos por tiradores expertos y distintos. En 1977, ¿Quién mató a J.F. Kennedy? volvió a plantearse algunos puntos oscuros en la investigación, jugando con la ucronía de que Lee Oswald no fuese asesinado y en su juicio revelara misterios no aclarados. Y por fin, en 1991, llegó una película de montaje verdaderamente impactante, JFK. Caso abierto, de Oliver Stone, quien había deslumbrado a medio mundo con su testimonio de la guerra de Vietnam en Platoon. Según esta cinta, inconmensurable ejercicio de estilo narrativo, el presidente fue abatido por varios tiradores entrenados por la CIA y los anticastristas cubanos. Más o menos, la tesis que a finales de los sesenta defendía el fiscal jefe de Nueva Orleans, James Garrison. Una tesis rechazada en un juicio. Stone criticaba la “bala mágica” o “bala prístina”, que atravesó los cuerpos de Kennedy y del gobernador Connally, cambiando varias veces de dirección y no saliendo deformada. Jesús Hermida, que vivió muchos años en Norteamérica como corresponsal de TVE, recuerda al verdadero Jim Garrison como “un abogado provinciano con mucho bar y poltrona”. Su hipótesis sobre el magnicidio no llenó, según Hermida, las primeras páginas de los periódicos de aquel país, sino solo escuetas líneas en el interior, tratada así “más como una rareza que como un notición”.

Si uno ve JFK se cree a pies juntillas lo que Stone ofrece ampliado, simulando imágenes reales y mostrando detalles que nunca existieron a ciencia cierta. Es una ficción muy bien realizada, que convence si uno no es crítico con lo primero que oye y ve.

En noviembre de 2013, se cumplirán 50 años de la muerte violenta de John Kennedy.

Ahora el Canal de Historia ofrece la posibilidad, en cuatro capítulos de cincuenta minutos cada uno, de acercarse a lo verdaderamente vivido en Dallas y en EE.UU. durante las cuarenta y ocho horas posteriores al atentado. El documental se titula JFK: tres disparos que cambiaron América (JFK: Three Shots That Changed America) y fue producido y dirigido en 2009 por Nicole Rittenmeyer y Seth Skundrick para New Animal Productions y A & E Televisión Networks. No hay ninguna voz en off que narre lo vivido: únicamente las imágenes de varias cadenas y programas de televisión tal cuales, algunas en blanco y negro y otras en color, alternando diferentes ángulos de una misma escena. Los comentarios son los mismos originales de entonces, y no han sido alterados o sustituidos en ningún caso. De este modo, cada espectador, sin ser guiado, puede sacar sus propias conclusiones.

Kennedy llegó a Dallas en el Air Force One desde Fort Worth, donde había pronunciado una charla en la Cámara de Comercio. En ese acto le regalaron un típico sombrero tejano, que no quiso probarse en público. Su discurso, al hallarse en Texas, fue marcadamente “político”, furibundamente anticomunista y conservador. Su esposa ya lucía el famoso vestido de lana rosa con el sombrerito haciendo juego. El vuelo a Dallas apenas duró once minutos. Al descender del avión, cada uno –Kennedy y Jackie, Connally y su señora, Nellie—ocuparon plaza en el automóvil descubierto e iniciaron su recorrido por las calles de la ciudad. Se dirigían a un centro comercial, donde el presidente tenía que pronunciar un breve discurso. El coche iba muy despacio, a unos quince kilómetros por hora. En la plaza Dealey avanza por la calle Houston, en la cual está la central de policía donde luego llevarían a Oswald detenido. Gira por la calle Elm, y pasa junto al almacén de libros escolares. Justo al dejarlo atrás comienza el tiroteo.  La película Zapruder, no muy bien ofrecida, por cierto, en este documental, muestra a Kennedy herido en el cuello, a Connally girándose hacia él para ver qué ha ocurrido, al mismo gobernador desplomando su espalda sobre su esposa al recibir un disparo y, finalmente, el parietal derecho del presidente estallando y mostrando un trozo de cerebro colgante en lo que parece un impacto de bala frontal o lateral. La cabeza de Kennedy va hacia atrás y cae hacia la izquierda, hacia el lado de Jackie. Aunque parece una herida voluminosa de entrada, también podría ser de salida, viniendo el proyectil desde atrás. En este punto, los expertos no coinciden. Según los médicos que exploraron el cuerpo de Kennedy en el Hospital Parkland de Dallas, la herida del cerebro era de entrada y no de salida, lo que señalaría a un tirador oculto tras la famosa verja del montículo verde. Sin embargo, en el Hospital Naval de Bethesda, donde se practicó la autopsia al cadáver, se anotó que era de salida, y que el disparo había venido desde atrás.

La primera bala, que hiere a Kennedy, no puede alcanzar a Connally, porque este todavía sujeta su sombrero y no presenta síntomas de dolor. Sin embargo unos instantes después, Connally se escurre de su asiento, perdemos de vista su sombrero y su cara se contrae. Ha sido herido por una segunda bala. La tercera y última bala vuelve a impactar en el presidente, volándole la cabeza. He aquí cómo lo describe William Manchester, uno de los primeros y más exhaustivos cronistas del magnicidio: "El Lincoln continúa perdiendo velocidad. Su interior es un lugar terrible. La última bala ha penetrado en el cerebelo de John Kennedy, debajo del cerebro. Inclinándose hacia su marido, Jacqueline Kennedy ha visto saltar un fragmento del cráneo, de color carne y no blanco" [v. La muerte de un presidente, Madrid, Globus, 1994 --1ª ed. Ed. Noguer, 1967--, vol. I, pág. 198]. Es decir, lo que se ve que estalla es el cerebelo, porque la bala viene desde atrás. Hacían falta 2,3 segundos para manejar el cerrojo del fusil utilizado en el crimen. Y el criminal pudo realizar tres disparos en menos de seis segundos: para el primero ya tenía el arma cargada, luego no hubo demora;  primer tiro, pasan 2,3 segundos; segundo disparo, otros 2,3 segundos y tercer balazo. En total, 4,6 segundos [v. op. cit., vol. I, pág. 192]. El primer impacto es certero, porque el asesino ha podido tomarse tiempo para buscar el blanco en la mira. Es el que hiere a Kennedy en el cuello, a la altura del nudo de la corbata. El segundo tiro, sin embargo, después de recargar el rifle, no acierta. Pudo haber nerviosismo en el tirador, que esta vez yerra y solo hiere a Connally. El tercer disparo resulta definitivo y es el que destroza la cabeza del presidente, desde atrás, por el cerebelo, levantando medio cuero cabelludo y fragmentos considerables de cráneo.

Kennedy es declarado muerto a la una de la tarde. Dos sacerdotes católicos comunican a los medios que el mandatario ha fallecido en el momento de darle la extremaunción. Media hora después, a las 13:30, la muerte se comunica oficialmente.

Lo que se ve en la película Zapruder es la lectura que el FBI hizo el 9 de diciembre de 1963, diecisiete días después del atentado: solo tres disparos: uno hiere a Kennnedy, otro al gobernador Connally, y el tercero y fatal remata al presidente. En septiembre de 1964, una comisión oficial, llamada Comisión Warren, concluye que Lee Harvey Oswald fue el único autor intelectual y material del crimen. Sin embargo, a poco de tomar posesión Lyndon B. Johnson como 36º presidente, el todopoderoso director del FBI, Edgar Hoover, declarado enemigo del clan Kennedy, lo llamó por teléfono; ambos convinieron que a nadie interesaba una investigación en profundidad del magnicidio en esos momentos. Años más tarde, Lyndon Johnson declaró en una entrevista que creía en la posibilidad de una conspiración en el asesinato de Kennedy.

Lee Oswald es arrestado hora y media después de cometido el crimen. Trabajaba en el almacén de libros, del cual le vieron salir antes de que este fuera registrado por la policía de Dallas. Su descripción fue leída por la radio de los coches y motos patrulla. Un agente del orden, J. D. Tippit, lo reconoce como potencial sospechoso y le da el alto, con tan mala suerte que recibe un tiro de revólver por parte de Oswald. Un transeúnte atiende al herido y avisa por radio a la central. Oswald se mete en un cine, a ver la película bélica Más allá de las lágrimas (1955). Allí es neutralizado y conducido a comisaría.
A las pocas horas, las cadenas de televisión ya tienen una completa biografía con las actividades del supuesto magnicida: exmarine, procastrista, se le vio repartiendo propaganda en favor de Cuba. Anteriormente, estuvo en la Unión Soviética, donde llegó a solicitar la ciudadanía rusa (de hecho, su mujer era soviética). Tanto el rifle militar italiano como la pistola con que se disparó al agente Tippit eran suyos. Ambos estaban a su nombre.

Transgrediendo las más elementales medidas de seguridad, la policía de Dallas permitió que una treintena de periodistas se agolpara en el pasillo donde se tenía detenido a Oswald. Cada vez que era trasladado de despacho, era también interrogado por la prensa. Se quejaba una y otra vez de no disponer de asistencia letrada. Además, un agente le había abierto una ceja.
Cuando el domingo, 24 de noviembre, iba a ser trasladado a la prisión del condado, en el garaje de la comisaría central de Dallas, donde le esperaba un furgón blindado, Oswald recibió un tiro de Jack Ruby, propietario de un local de variedades. Ruby se abalanzó sobre Oswald tras gritar su apellido y disparó. El herido fue llevado al hospital en ambulancia, pero falleció mientras era operado. Evidentemente, había mucho policía en ese garaje, pero también gente que no había sido controlada, y que no debía estar allí. De hecho, hay fotografías previas a la rueda de reconocimiento de Oswald donde se ve a Jack Ruby, en una esquina y encaramado. Es decir, Ruby frecuentó la sede de la policía de Dallas desde el mismo momento de la detención de Oswald. Además hay artistas de su local que afirman haber visto a Oswald entre las mesas del público días antes del atentado contra Kennedy. Es decir, Oswald y Ruby podían conocerse. Para complicar más las cosas, Jack Ruby trabajaba para el cuáquero Richard Nixon, quien había sido rival republicano de John Kennedy en las últimas elecciones. Nixon perdió frente a Kennedy por un muy estrecho margen de votos, que se dice había sido conseguido gracias a la intervención de clanes mafiosos de Nueva York. Ruby alegó que vio en Oswald a un engreído con afán de protagonismo, cruelmente insensible al dolor de una familia americana. Por eso, según él, decidió matarlo sin esperar a juicio.
Jack Ruby intentó suicidarse por dos veces en la cárcel de Dallas, una golpeándose la cabeza contra los barrotes, y otra metiendo los dedos en un enchufe. Fue juzgado y condenado a muerte. Pero no llegó a su ejecución, porque el juicio fue anulado y luego condenado por homicidio, no por asesinato. Ruby falleció en la cárcel de cáncer el 3 de enero de 1967.


Los Kennedy no eran unos santos. Joseph Kennedy, el patriarca, había hecho fortuna en los años veinte y treinta con la Ley Seca y el contrabando de licor. Se le relacionaba con mujeres del mundo del espectáculo, en especial, con actrices de cine, un hábito que luego heredarán sus hijos (tanto John Fitzgerald como Robert, Fiscal General en 1963). Pero los Kennedy, muy queridos y reverenciados por la masa, eran católicos, en un país de mayoría protestante. Estaban a favor de los derechos civiles de la etnia de color, y eran contrarios a una enemistad permanente con el bloque soviético. John paró por dos veces una ofensiva militar contra Cuba, alegando que el diálogo y la presión comercial eran mejores que una escalada bélica de impredecibles proporciones. Los anticastristas olvidados en Bahía Cochinos no le perdonaron nunca su taimada actuación.

A las pocas horas del magnicidio, los principales analistas televisivos dudaban de que un solo hombre hubiera podido matar al presidente de Estados Unidos. El recorrido estaba muy vigilado por cientos de policías y agentes especiales. Oswald nunca habría conseguido alcanzar el objetivo solo. Tendría que haber contado con ayuda. Por su parte, Abraham Zapruder, un próspero comerciante textil de Dallas –nombre y hombre judíos—fue entrevistado en un canal de televisión y declaró entonces haber sacado fotos –no película—del momento del atentado. Su filme, en color, mudo y en 16 mm, no fue dado a conocer a la opinión pública hasta mediada la década de 1970. La revista Life se lo había comprado y lo mantuvo oculto en una caja fuerte.

En 1978, una nueva investigación del Congreso determinó que tanto el asesinato de John F. Kennedy, como los de su hermano Robert F. Kennedy y el pastor Martin Luther King, fueron consecuencia probable de tramas conspirativas. Recordemos que Luther King recibió un disparo de rifle en la terraza de un hotel de Memphis, el 4 de abril de 1968, y que Robert Kennedy, candidato a la presidencia, fue tiroteado en un hotel de Los Ángeles el 5 de junio del mismo año. Gran parte de los documentos, testimonios y pruebas del atentado contra John F. Kennedy permanecen clasificados como secretos, y no podrán ser desvelados hasta el año 2029.

Varios de los testigos del magnicidio han muerto ya. Hubo personas que declararon escuchar disparos que procedían de la valla en el montículo de hierba. Incluso que vieron nubecitas de humo saliendo de allí. El mismo Zapruder dijo haber sentido una bala rozándole la oreja. Pero lo que de cierto se ve en su película documental coincide con la tesis del FBI y de la Comisión Warren de un único tirador apostado a la espalda del presidente asesinado. Si fue Oswald o no quien apretó el gatillo, o lo hizo a instancias de terceros, probablemente no lo sepamos nunca.

domingo, 10 de junio de 2012

El valor de Facebook.


El mundo mercantilista en el que vivimos tiende a valorarlo todo en términos de dinero. Una idea empresarial exitosa vale lo que su valor en Bolsa. Facebook, sin embargo, es un proyecto sociológico y cultural, que sirve para enlazar personas, y que no está orientado a la venta de productos. El mayor atractivo crematístico de esta compañía reside en su portentoso banco de datos: nombres, apellidos, fotos, gustos, aficiones, valoraciones culturales, opiniones, enlaces… Se calcula que 83 millones de imágenes se suben a Facebook diariamente en todo el mundo. Mil millones de personas se conectan a sus páginas. Cuando alguien se suscribe a Facebook, autoriza automáticamente que cualquier cosa que publique en su espacio pueda ser utilizado después en beneficio de la firma. Tanto es así que el mismo presidente Obama ha advertido: “Tengan cuidado con lo que suben a Facebook”.
Hace poco Facebook ha salido a Bolsa. El precio de salida era de 38 dólares por acción. Los analistas estimaban que era excesivo, pues con ello superaba en sesenta veces su previsión de beneficios anuales próximos. No aconsejaban pasar la barrera de 32 dólares por título, fijándose un precio ideal de 28 dólares. Al principio, la puja fue bien, y se llegaron a pagar 42 dólares por acción. Pero poco después, los inversores comenzaron a deshacerse de sus compras, y las acciones cayeron. Parece ser que Mark Zuckerberg, el fundador, vendió treinta millones de títulos justo antes del desplome. Evidentemente, se ha jugado con Facebook para especular, hacer rápidamente dinero, y luego desaparecer, abandonando a la compañía a su suerte.
Al margen de esta oscura trama, que seguramente haya que aclarar, pues muchos pequeños inversores han resultado salpicados por el fiasco, debemos preguntarnos cuál es el valor real de Facebook.
Facebook –y en general, Internet—sirve para conectar a personas. Para facilitar la comunicación entre individuos distantes, que no se ven a menudo, en el trabajo, en un bar, o en una fiesta. Para compartir opiniones sobre los más diversos aspectos de la realidad, para intercambiar ideas y observaciones, para informar, para compartir gustos y aficiones, para motivar, para socializar hasta cierto punto. Se puede decir que Facebook cumple una labor social gratuita (puesto que no cobra por sus servicios). Del mismo modo, otros espacios, como Blogger, cumplen con un objetivo cultural: facilitan la publicación de textos inéditos de sus autores, dando también a conocer a estos.

¿Facebook significa tener que estar conectado? No, necesariamente. Hay que hacer un uso responsable de sus servicios. Como tampoco se puede estar todo el día enganchado a la televisión, al vídeojuego, o al MP3. No conviene sustituir los enlaces de Internet por las verdaderas relaciones humanas entre personas. Por el “tú a tú” de toda la vida, y mucho menos entre los jóvenes y los adolescentes. En EE.UU., la compañía de Zuckerberg se plantea sacar una versión junior, para menores de doce años. Esto sería una barbaridad: los niños son niños, y tienen que jugar y socializar en el colegio, en los parques y en las casas, no a través del ordenador. Es en cierto modo comprensible que el mundo adulto, tiranizado por horarios y por responsabilidades de trabajo y de productividad mastodónticos, busque como salida o alternativa “conectar” por medio de la red. No hay tiempo libre suficiente para verse, para charlar tranquilamente; la gente se agobia con las prisas impuestas, con las exigencias de sus jefes, con la movilidad laboral y el salario exiguo. Se vive sin vivir. La “solución” es el ordenador, y sitios de enlace humano virtual como Facebook.
Hay quien opina que el ocio, en Internet, es el paraíso de los diletantes y de los desocupados. Yo, personalmente, no vivo conectado a Facebook. No soy adicto a sus muros. Consulto de pasada su página de Inicio, leo alguna opinión interesante, y respondo a quien me haya escrito. Pero no sigo las publicaciones de sus usuarios de manera fiel y en su desarrollo cronológico diario. Me interesa Facebook en la medida en que me pueda dar a conocer a personas afines, y también para publicitar lo publicado en mis blogs (y que así su contenido alcance mayor difusión).
Facebook es otra ventana al mundo, pero no la única. Como tampoco lo fue la prensa escrita durante el siglo XIX, el cinematógrafo y la radiodifusión en la 1ª mitad del XX, o la televisión a partir de 1950. Todavía quedaba la habitación propia, el espacio privado, la unidad familiar o la soledad. Hoy siguen quedando los actos de amor, los abrazos y besos a la novia, o a la esposa y los hijos, los diálogos en familia, unas risas, las tareas escolares, los juegos de mesa, el deporte compartido, los recuerdos de los abuelos, el cine en casa o en la sala de proyección, las reuniones con los amigos, la lectura en vacaciones o en el Metro, una escapada al campo… Desde luego, quien cambie todo eso por estar conectado a Facebook, no sabe lo que se pierde. Es como quien lee mucho sin acertar a hacer nada más. Se olvidará de vivir: De tanto querer ser en todo el primero/ me olvidé de vivir los detalles pequeños”. Desde luego, no podemos asentir, como Balzac: “Una noche de amor, un libro menos leído”. Cada cosa a su tiempo. Hay que despertar como Alonso Quijano, que, aunque muy tarde, aprendió cómo era la vida de verdad a cuento de caerse de Rocinante. ¿Y después de Facebook, qué? Aún llegarán otros paraguas.

sábado, 2 de junio de 2012

Alarmante es la palabra revolución.


España 2012: un país de oligarcas. La oligarquía, supuestamente, es el gobierno de los mejores, de los aristócratas del mando. Ellos deberían velar por el interés de todos. Pero aquí solo se lo llevan. Entre pillos anda el juego. En realidad, nada separa esta España de la del siglo XIX, con el turno pacífico de partidos y una política de apaños.
"Oligarquía", en la primera acepción del DRAE (22ª ed., 2001), es el "gobierno de pocos", y en su tercera acepción, es, ciertamente, "conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio".
Agua clara.
UPyD acaba de proponer en el Ayuntamiento de Madrid la bajada de un módico 10% (¡no vayamos a pasarnos!) en el sueldo de los señores concejales (93.828 eurillos anuales, 15.643 por encima del Presidente del Gobierno). Naturalmente, a palabras necias, oídos sordos.
Por otra parte, para arreglar el panorama, 97.091 millones de euros de inversores extranjeros se van para la Barranquilla. Solo en el primer trimestre de este año. Y eso que tenemos un gobierno neoliberal.
Pero esto no es todo, amigos; aún hay más: los nacionales con posibles están cambiando euros por dólares todos los meses, en pequeñas cantidades que no superen los dos mil o tres mil euros, con la excusa de un viaje a EE.UU., para llevárselos a casa en previsión de una vuelta a la peseta. Otros acaudalados se van a Perpiñán, no para gozar de Emmanuelle precisamente, sino para evadir capital abriendo una cuenta en Francia o en Suiza.

Si viviera Galdós, vería con sus ojillos ciegos qué poco ha cambiado este país. Cierra su quinta serie de Episodios nacionales con Cánovas, y en su postrer capítulo escribe este vaticinio triste sobre nuestro eterno presente:
“Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia.

»Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro... me duermo...”.

Galdós, sin lugar a dudas nuestro novelista más fecundo y lúcido. Cualquier página suya es un ejemplo de excelente literatura. Un cirujano certero e implacable.

Galdós llama al espíritu rebelde, revolucionario. A la revolución de izquierdas contra los “neos”. Y sin embargo, por lo que hemos sabido y vivido después, cuánto cuesta dar ese paso de dolor e incertidumbre. “La revolución –decía aquel burgués de La Marsellesa (1938), de Jean Renoir—es el alzamiento de la chusma contra la gente de calidad”. Considérese esa “gente de calidad” como la oligarquía llamada a ostentar el mando. Si nos alzamos revolucionariamente, y derribamos a los políticos que nos engañan, ¿qué nos queda, cuál sería la alternativa, por quiénes los sustituimos?

Hay un drama de Antonio Buero Vallejo que retrata muy bien las dudas del teórico revolucionario para dar el paso a la acción violenta y destructiva. Se trata de La detonación (1977), sobre los últimos momentos de la vida de Larra. Larra  comprende y apoya las reivindicaciones del pueblo –las cuales incluso alienta--, pero no se decide a secundarlas, porque sería traicionar a su propia clase: la burguesía acomodada. De la pugna entre la razón y el corazón, nacerá la necesidad del suicidio, como fórmula de escape.

Las mejores revoluciones históricas no han sido una completa panacea, que se diga. Ideólogos de izquierdas han escrito amargamente contra la dictadura del proletariado. Así, Alejo Carpentier, en El siglo de las luces (1962), desencantado con la Revolución Francesa y sus efectos contradictorios en el Caribe: navega un barco negrero que se llama “El Contrato Social”; el verdugo del comité, experto en el manejo de la guillotina, reparte afable caramelos entre los niños… Así Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en El Gatopardo (1958), con la promesa de Garibaldi, cuando lo mejor es la carne a la Marsala:

“Ustedes tienen ahora precisamente necesidad de jóvenes, de jóvenes despejados con la mente abierta (…) que sean hábiles en enmascarar, quiero decir en acomodar sus concretos intereses particulares a las vagas idealidades públicas (…) Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra.”

Así también George Orwell en Rebelión en la granja (1945), donde la oligarquía de los cerdos sustituye a la dictadura de los humanos, en clara referencia al Politburó soviético. Los cerdos son los que mejor comen, porque son los que mandan y necesitan alimentarse mejor. Así Arthur Koestler, en El cero y el infinito (Darkness at noon, 1941), o Boris Pasternak en Doctor Zhivago (1957). Así nuestro Jorge Semprún, en varias de sus novelas y guiones cinematográficos (como el de La guerra ha terminado, 1966).

En efecto, “Alarmante es la palabra revolución”, porque la violencia repele, mas ¿hay lugar para el bautismo del corazón humano? ¿Hay esperanza de un mundo justo?